INTERPRETAR LA REVOLUCIÓN RUSA – Orlando Figes y Boris Kolonitskii

INTERPRETAR LA REVOLUCIÓN RUSA - Orlando Figes y Boris KolonitskiiA los símbolos  y el lenguaje político cabe verlos como factores históricos decisivos por sí mismos, más que como simple accesorio o reflejo de la «realidad»; no existe orden sociopolítico sin un código de significados que lo revista de legitimidad, genere adhesión y establezca metas comunes. Los símbolos y los discursos articulan identidades al tiempo que aglutinan y movilizan voluntades; son, en definitiva, indispensables como factor de cohesión social. Tanto más notorio resulta esto en momentos de crisis como las revoluciones, que en una de sus dimensiones constituyen quiebres en la trayectoria de los imaginarios imperantes y una confrontación entre  sistemas simbólicos rivales, entre formas alternativas de representación del mundo social. A sabiendas de todo  ello y reacios a concebir la revolución rusa como una simple lucha de clases, los historiadores Orlando Figes y Boris Kolonitskii se dieron a la tarea de analizar el universo simbólico y lingüístico  del crucial año de 1917 en Rusia. El resultado es el libro que reseño, publicado originalmente en 1999 y vertido al castellano en 2001.

El libro se basa en el escrutinio de artefactos culturales como cartas, memorias, folletos, canciones, fotografías, prensa y otros. Afincado en el terreno del estudio de las mentalidades y de las estructuras culturales, su enfoque da cuenta de la complejidad de un fenómeno como la revolución rusa, que entre otras cosas fue una revuelta contra los fundamentos discursivos del orden tradicional en Rusia. Un escenario en que irrumpió un lenguaje hasta entonces relegado a la clandestinidad y en que los revolucionarios lucharon por apoderarse de los signos del poder estatal, usurpándoselos al zarismo. Los hechos de febrero de 1917 desataron una furia iconoclasta que se cebó en los emblemas del Antiguo Régimen: el águila bicéfala; la bandera nacional; estatuas y retratos de los zares; monumentos del poder imperial; las prisiones, encarnación del despotismo. Asimismo, las gentes demandaron un acceso creciente al nuevo lenguaje de la revolución.  Que el lenguaje es fuente de poder lo sabían los revolucionarios, pero también lo intuían obreros y campesinos de escasa ilustración; lo ejemplifica la queja de un campesino a un maestro de pueblo: «No podemos defender nuestros intereses porque los amos tienen la lengua de plata y no podemos igualar sus palabras».

Salida a la luz y progresivamente triunfante, la subcultura de la clandestinidad proveyó un sistema de símbolos enormemente sugestivos y de gran poder de convocatoria. Casi universalmente aceptados, se convirtieron de facto en los símbolos del Estado, y el lenguaje de la subversión pasó a ser, en el transcurso de 1917, el lenguaje oficial, imponiéndose  a los parámetros de los sectores moderados incluso en el breve lapso de vigencia del pluralismo político. En el frente de la propaganda, las agrupaciones de izquierda hicieron un efectivo uso del arsenal a su disposición, en todo superior al de sus rivales reformistas o de derecha, a quienes su conservadurismo acabó por pasarles la factura. A favor de los revolucionarios actuó  también la carga emotiva, incluso heroica de la subcultura de la clandestinidad. El universo simbólico de los grupos de derecha no tenía modo de eludir la inmediata asociación con un régimen desacreditado como el de los zares; sólo una vez desatada la guerra civil se sacaría provecho de la tradicional vena religiosa del campesinado. Los sectores liberales, por su parte, eran reacios a cultivar cualquier forma de propaganda destinada a unas  masas de las que en realidad recelaban profundamente. Mientras que cada agrupación socialista, por pequeña que fuese, tenía una o varias colecciones de canciones políticas, los «kadetes» por ejemplo (militantes del Partido Democrático Constitucional) fueron incapaces de publicar una sola. No siendo ellos unos radicales, no estaban dispuestos a deshacerse por completo del simbolismo político del pasado; una opción que en tiempo de borrasca devino fallida, más cuando la legitimidad basada en el continuismo mostraba -ya en febrero- indicios de bancarrota total.

Al momento de estallar la revolución, la imagen de los Romanov estaba sumamente deteriorada. No sólo había caído en descrédito el principio del «derecho divino de los reyes» como fuente de autoridad sino también el prestigio del monarca como «Zar benévolo» que velaba paternalmente por todos;   idea ésta que otrora tuvo profundo arraigo en el imaginario popular ruso y que ya había zozobrado a raíz de la masacre del llamado «Domingo sangriento» de 1905. Durante la Primera Guerra Mundial, el inusual acercamiento de miembros de la familia imperial a la población, un gesto acogido al principio favorablemente, pronto contribuyó a erosionar la majestad de la monarquía. La percepción popular de las enfermeras se degradó tanto por la experiencia en el frente (llegaron a ser consideradas objetos sexuales o mujeres inútiles) que las fotografías de la Zarina y sus hijas ataviadas con uniformes de la Cruz Roja resultaron embarazosas. Pero esto es sólo un detalle menor en el cuadro de la desacralización de la monarquía. El ambiente estaba saturado de rumores, especialmente en las grandes ciudades, al extremo de que en el sentir general apenas cabía distinguir entre sectores privilegiados, ilustrados y populares; en todos ellos cundía una percepción negativa de la familia real. Los rumores socavaban la autoridad del zar y tuvieron un papel importante en su derrocamiento: se trataba de habladurías, medias verdades e infundios que  conformaban el ánimo del público en una situación propicia a la subversión.

Tres eran los motivos principales ventilados en los rumores: corrupción moral, verdadero gobierno de Rusia y traición. Las habladurías acerca de las aventuras sexuales de los zares, en particular el supuesto amorío de la zarina con Rasputín, fueron creídas por gentes de todas las condiciones y empañaban la imagen de la corte.  También estaba muy difundida la percepción del zar Nicolás II como un hombre débil que relegaba el poder en manos de su esposa la zarina Alejandra, a la que se juzgaba una arpía hombruna, empero sometida al poder hipnótico y malévolo de Rasputín; quien era a su vez considerado como la fuerza oculta detrás del gobierno. (En 1915, el ministro de la guerra llegó a declarar en público que este extravagante individuo era quien gobernaba Rusia.) La creencia en el afeminamiento de Nicolás y la prepotencia de su esposa zahería la mentalidad patriarcal y machista del campesinado y de los guardianes de la tradición. Por último, la traición era el tema que acaso hiciese de clave para movilizar una fuerte oposición a la monarquía. Nuevamente era la zarina quien desempeñaba un papel principal en estos rumores, remarcándose su origen alemán y atribuyéndosele la intención de promover a alemanes en puestos decisivos de gobierno. En 1916 circulaba la convicción de que en la corte medraba un «bloque negro» pro-germano, algunos de cuyos agentes  -incluida la hija mayor de los zares- pasaban secretos militares al enemigo.  La creencia de que la traición anidaba en la corte y en el gobierno estaba tan generalizada que incluso diplomáticos extranjeros la hicieron suya, y por su intermedio los gobiernos de las potencias aliadas.  Contribuyó a la desmoralización de las tropas  y al descontento en buena parte de la oficialidad, las élites y el pueblo llano.

Uno de los aspectos mejor destacados en el libro es el de la sicología monárquica y patriarcal que dominaba la mentalidad de la mayor parte de la población rusa. Una mentalidad de base autoritaria que asignaba un rol providencial a personalidades de las que se esperaba la salvación del país bajo una férrea conducción; mentalidad que, sobra decirlo, habla de las desfavorables  condiciones culturales para la recepción de  la democracia en la Rusia de 1917. Kerenski, su enemigo el general Kornilov y Lenin fueron sucesivamente objeto de un extendido culto al líder. La difusión de sentimientos antimonárquicos convivía con una forma de entender la política en términos que no eran sino los de la tradición monárquica, con un contenido carismático y mesiánico que fundía la figura del «hombre fuerte» con las instituciones abstractas del Estado. La masa de soldados campesinos no sólo extrapolaba al liderazgo  revolucionario la imagen del «zar benévolo», sino que proyectaba al lenguaje político las resonancias religiosas de la cosmovisión prevaleciente en el ámbito rural.  Aunque los bolcheviques se exasperaban por el abismo cultural que los separaba del tradicionalista campesinado, supieron sacar provecho del aura mística que éste solía atribuir a la revolución y al socialismo. La propaganda bolchevique presentó a Lenin (después del atentado contra su vida en agosto de 1918) como una especie de Cristo dispuesto a sacrificarse por la causa del pueblo. Un folleto del Ejército Rojo aparecido ese mismo año explicaba el origen del emblema de la estrella roja en forma de cuento de hadas, interpretando la revolución en términos de una lucha cósmica entre el Bien y el Mal, entre la Verdad (Pravda) y la Falsedad (Krivda) alegóricamente personificadas.

Como en toda otra circunstancia, el lenguaje desempeñaba un rol fundamental en la definición de las identidades y de los valores en juego. La subcultura de la clandestinidad había erigido sobre la categoría de «lo burgués» una mitología que desde los días de febrero hegemonizó  gradualmente el discurso público.  Lo burgués representaba al enemigo por antonomasia, y la imagen de lo burgués compendiaba todo cuanto de repulsivo podía haber en lo que no fuese proletariado (un «nosotros» idealizado). Pero también el zarismo había actuado a partir de una demonología del «otro», el enemigo interno o externo que pretendía destruirlo. La radicalización de los imaginarios hacía de la confrontación entre revolucionarios y zaristas un implacable choque político-cultural.  Contribuía a esto el hecho de que el discurso revolucionario estuviese dominado por una apropiación del concepto de democracia en sentido social, designando no una forma de gobierno sino  al pueblo llano; su contrario no era la dictadura sino la «burguesía» o, más ampliamente, el estrato de los privilegiados. El lenguaje revolucionario impedía concebir a un partido «burgués» como un partido  democrático; no podía haber más organizaciones democráticas que las que proviniesen de las clases desposeídas. Por consiguiente, la instauración de la democracia conllevaba la  necesidad de suprimir todo aquello a que se endilgaba el apellido de «burgués»: la economía, el Estado, los partidos burgueses; la propia burguesía, sin más.

El libro es, a mi entender, un interesante complemento a la estupenda Historia de la revolución rusa escrita anteriormente por uno de sus autores, Orlando Figes, y un valioso aporte a la comprensión de uno de los episodios clave del siglo XX.

-Orlando Figes y Boris Kolonitskii, Interpretar la revolución rusa. El lenguaje y los símbolos de 1917. Editorial Biblioteca Nueva, Universidad de Valencia, España. 2001. 253 pp.

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9 comentarios en “INTERPRETAR LA REVOLUCIÓN RUSA – Orlando Figes y Boris Kolonitskii

  1. Javi_LR dice:

    Me ha encantado la reseña, Rodrigo, de verdad. Es una magnífico epítome de la obra, no lo dudo ni por un momento. Es una verdadera suerte contar contigo, pues tus resúmenes son valiosísimos.

    Me ha intrigado especialmente lo que señalas acerca de los rumores y cómo estos fueron tan determinantes. Uno se pregunta qué es más efectivo, si la propaganda o las corrientes de opinión sin gran fundamento.

    Un saludo.

  2. Rodrigo dice:

    Gracias, Javi.

    Buena pregunta. Supongo que la ventaja de la propaganda estará en el control que se ejerce sobre ella, lo que le da su condición de herramienta política o social pero no la hace necesariamente más determinante (en el curso de los acontecimientos o en aquello que llaman la “conformación de la agenda pública”). Las corrientes de opinión, aunque mucho se haga por alimentarlas de rumores, son menos susceptibles de manipulación.

    1. Javi_LR dice:

      Bueno, ¿tú crees? Las técnicas de la mercadotecnia me asustan. Y los popes de la información, aún más. Creo que hoy en día, sobre todo con internet y la facilidad de comunicación de diversos medios como la TV, esa manipulación es más factible.

      Hagamos un ejercicio de ficción anacrónica: ¿qué hubiese pasado en la Rusia de aquella época con TV e Internet?

  3. juanrio dice:

    Excelente reseña, Rodrigo, aclaradora de lo que contiene el libro y de lo que fue el proceso de 1917.

    En cuanto a la propaganda la rumorología, no estoy del todo de acuerdo contigo. De la propaganda tendemos a desconfiar, no nos creemos los logros de los gobiernos, pensamos que lo que nos muestran los anuncios son mentira, las propiedades que nos dicen que tienen los productos estamos seguros de que son inexistentes…Y sin embargo creemos en los rumores más burdos. No pocas veces oímos a alguien decir “un amigo me ha contado que ha oído..” o “he visto en internet” y no nos preocupamos en lo más mínimo de conrtastar esa información, ya la damos por cierta, nos basta con que nos haya llegado ese rumor, sea cual sea la vía del mismo.

    Es cierto que para el poder es más controlable la propaganda que el rumor, pero podemos pararnos a pensar si quien extiende los rumores no sale de algún tipo de organismo oficial….todo es posible, incluso yo podría extender un rumor diciendo que hay una agencia del gobierno, pongase el gobierno que se prefiera, que se dedica a eso precisamente y alguien hacer rodar la bola por la red.

    En cuanto a otra de las cosas que afirmas, me ha llamado la atención, la falta de capacidad de los conservadores, de los defensores del antiguo régimen, para expresar las supuestas bondades de este. Está claro que difícilmente le podrían vender al pueblo algo más que la situación desesperada y pobre en la que vivían los rusos de finales del XIX y principios del XX. O esa decadente familia real que conducía al país con blandura hacia el desastre absoluto. La revolución lo tenía más fácil por ese rasgo igualitario que establecía entre sus dirigentes y el pueblo, por esa tabla rasa que establecía entre toda la población aunque, a posteriori, todos sepamos que nada de ello acabo resultando cierto y se condujo a la gran Rusia hacia el desastre de la Unión Soviética.

  4. juanrio dice:

    Respondiendo a Javi, con esos medios Stalin no habría muerto….

  5. Rodrigo dice:

    Te agradezco el comentario, Juanrio.

    Sí, compañeros, de acuerdo. La opinión pública es altamente manipulable y los rumores pueden ser más decisivos (Juanrio, en mi anterior intervención señalé que la propaganda no es necesariamente más determinante). Pero también es que hay un aspecto técnico –o conceptual- en que no quise entrar. Cuestión de planos: la propaganda es una herramienta que como tal supone un alto grado de control; un mecanismo con que se procura generar tendencias o corrientes de opinión. Se montan campañas propagandísticas, con toda una maquinaria operando en una dirección específica (incluyendo el apartado de medición de efectos o resultados). En el origen y desarrollo de una corriente de opinión hay diversidad de agentes e inciden muchos factores, comprendidos la propaganda y los rumores, y siempre hay en ella una cuota importante de indeterminación.

  6. Rodrigo dice:

    Ahora que tengo más tiempo…

    Javi, en cuanto al ejercicio de ficción que propones. Se ha pensado que el desarrollo de Internet posibilitaría un grado de democratización en la información, como si dijésemos: una desconcentración del poder de generar esa información y de la capacidad de difundirla a lo largo y ancho de la sociedad. Resultado: más participación, menos manipulación, mayor conciencia ciudadana, una sociedad civil mejor consolidada. “Empoderamiento” de la ciudadanía, según un término de moda… Yo no lo tengo tan claro. Internet supone un desafío para los regímenes autoritarios y las sociedades cerradas, pero un medio no actúa en el vacío ni se basta por sí solo para impulsar una efectiva participación, por no decir que también se presta para ser explotado con fines nada encomiables. (Juanrio pone el caso hipotético de alguno que utilice la red para difundir un rumor…) La manipulación puede hacerse más sutil, y con Internet, televisión y todo, las sociedades modernas o incluso en vías de modernización muestran un nivel importante de anemia o apatía cívica. Creo. ¿En la Rusia de 1917? Hum…

    Juanrio, a mí también me llamó la atención ese punto al que te has referido al final, por eso lo destaqué en la reseña. Los autores ponen bastante énfasis en lo difícil que lo tenían los conservadores en 1917 y en la generalización del descontento respecto del régimen, aunque –tal vez por no desviarse del enfoque del libro- no especifican mucho en cuanto al sentir del campesinado (sí en su reinterpretación del lenguaje revolucionario, cuestión que ocupa un capítulo muy interesante).

    Saludotes.

  7. juanrio dice:

    También hay que señalar que la sociedad actual parece menos crédula que la de esos años, aunque haya veces en que no lo parezca en absoluto. Por lo leído en otros textos, Stalin era admirado y querido, salvo por los que pagaban las consecuencias del régimen, claro. Hitler, Mussolini y Franco eran aclamados por las masas…no creo que hoy tuviera posibilidades de éxito ninguno de ellos en una sociedad occidental, aunque no es descartable en sociedades con un grado inferior de desarrollo.

  8. APV dice:

    La situación de los conservadores era muy complicada, hubieran necesitado iniciar cambios antes y con zar más competente que Nicolás; su reinado había sido una sucesión de desastres que habían destruido la tradicional vinculación del pueblo al zar.

    Por otro lado los liberales tenían un grave problema, no lograban conectar adecuadamente con la población y no ofrecían lo que esta ansiaba en 1917, pues defendían seguir la guerra.

    Respecto a lo rumores; el problema es que había parte de realidad lo que daba visos de realismo a cualquier rumor que se extendiera.

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