LA MÁSCARA DEL MANDO – John Keegan

Cub Mascara L24.inddLa guerra supone una variedad extrema de liderazgo. En estado de guerra, el ejercicio del mando castrense consiste esencialmente en conducir una multitud de hombres expuestos de manera patente y sistemática al riesgo de perder la vida, en pos de la victoria. Se trata por tanto de una actividad en extremo desafiante, en que intervienen tanto la personalidad del líder como el contexto histórico en que él y sus ejércitos se desenvuelven. Es cierto que individuos excepcionales como Alejandro y Napoleón acometieron empresas militares fuera de lo común y que, aunque de manera efímera, tuvieron éxito allí donde la mayoría habría fracasado, constituyéndose en figuras icónicas y en motivo de emulación. Sin embargo, también ellos eran hijos de su tiempo, no menos que Julio César, Gengis Kan, Wallenstein, Wellington, Patton y otros grandes conquistadores y comandantes de la historia. El problema del mando, pues, es otra variante del “yo y mi circunstancia”, y como tal se expresa de un modo rotundo en el estilo de liderazgo asumido por diversos comandantes a lo largo de la historia. En buena medida, estudiar el liderazgo militar equivale a indagar en la realidad de la guerra desde el punto de vista del comportamiento humano: revelar el rostro de la batalla, como en el libro homónimo de John Keegan, pero enfocado esta vez en el mando. Y es así como el propio Keegan aborda el mentado problema en La máscara del mando, empleando una metodología similar a la de El rostro de la batalla: estudio de casos y análisis comparativo, desde una perspectiva en que factores como la estrategia, la táctica y la logística se subordinan a la contextualización sociohistórica del tema. Los casos seleccionados por el autor son los de Alejandro, Wellington, Ulysses S. Grant y Hitler. 

¿Por qué “máscara del mando”? Mediante esta expresión, Keegan pone acento en la naturaleza teatral del liderazgo militar, compartida con otras actividades que sitúan a uno o varios individuos enfrente de un público: el sacerdocio, la docencia, el deporte, la adivinación, etc. El titular del mando cultiva unos modos y se construye un personaje a la medida de la exigencia de llevar a otros a arriesgar la vida, y la escenificación de su personaje debe ser congruente con lo que sus subordinados esperan de la jefatura. Acorde con esta necesidad de responder a las expectativas de los demás, el líder exhibe tanto como oculta, pues la excepcionalidad –un atributo indisoluble del liderazgo- se alimenta de lo evidente pero también de un aura de misterio; además, el líder debe ocultar la parte de su personalidad que no convenga al personaje creado, a la máscara con que se presenta en público. Lo que intenta Keegan en su estudio del liderazgo militar es justamente penetrar en esta máscara.

El punto de partida o parámetro básico del que se vale el autor es el estilo heroico de liderazgo, ejemplificado de manera suprema e incomparable por Alejandro. En contraste, Wellington viene a ser la personificación del líder antihéroe, Grant la del mando no heroico y Hitler la del falso héroe. El ethos heroico es consubstancial a la cultura militar, pero nunca como en la persona y en la sociedad de Alejandro se ha fusionado tanto con la doble jefatura, militar y política, encarnada en un individuo. (En el caso de Napoleón, a mi entender, el principio rector es el del genio.) Una cuestión clave en materia de liderazgo castrense es la de cuándo estar en el frente: siempre, a veces o nunca. Alejandro estaba siempre en la primera línea de la batalla, jugándose la vida de forma absolutamente temeraria. Era además un magnífico orador, capaz de incitar a sus hombres no sólo con el ejemplo –el más audaz que quepa concebir- sino también con arengas electrizantes. Al decir de Keegan, «vivió su vida siempre en un escenario -fuese el de la corte, el del campamento o del campo de batalla-, y el desarrollo del argumento que presentaba al mundo estaba determinado por el tema que había escogido para su vida». Y el tema de la vida de Alejandro era ni más ni menos que la gloria eterna.

En cambio, Wellington, que no era rey, cifraba su ambición en servir manera irreprochable a su soberano, y cultivó sin dificultad un estilo austero y desapasionado del mando en que el impulso alejandrino de lograr lo inaudito no tenía la menor cabida. Modelo de conservadurismo político, Wellington era ante todo un gentleman, y como tal profesaba un sincero desdén por la desmesura y los alardes teatrales de Napoleón. Con todo, su época seguía venerando el ideal heroico, y el mismo Wellington, por demás un hombre de temple, era consciente de que debía ganarse la consideración de sus soldados; de lo contrario, vería seriamente mermada su autoridad y su prestigio. El hecho es que el vencedor de Waterloo ejercía el mando a corta distancia del frente, lo que en tiempos de armas de fuego significa arrostrar al peligro con frecuencia. (A ello lo obligaba, además, el nivel aún rudimentario de los medios de comunicación: Wellington debía moverse a lo largo y en la proximidad del frente para saber lo que ocurría.) Por su parte, Grant también se definía como un leal servidor del poder soberano, pero en él faltaba el aristocrático sentido de la distancia que impregnaba la mentalidad y el actuar de Wellington. Más cabalmente austero que éste, Grant no sobresalía por su aspecto ni por sus maneras, repugnándole la teatralidad en todos los casos. Su modestia era digna del ethos republicano y casaba bien con la jefatura de un ejército de ciudadanos. Como comandante consideró que su lugar estaba lejos del frente, desembarazándose del estilo de liderazgo basado en el ejemplo: el perfeccionamiento de las armas hacía de la exposición innecesaria al fuego enemigo una pura irresponsabilidad. De todos modos, durante la Guerra de Secesión su vida corrió peligro varias veces, y él siempre se mostró imperturbable; nunca se puso en duda su valor físico o moral. Grant mandaba por medio de despachos escritos, haciendo un uso intensivo del telégrafo.

Hitler, por último, era un demagogo y un dictador carismático, y con toda la arrogancia de que era capaz –sin duda ilimitada-, se apropió del mando militar supremo al tiempo que humillaba a los militares profesionales, reduciéndolos a la condición de lacayos de su voluntad. Puso mucho cuidado en explotar su imagen de héroe de la Primera Guerra Mundial, legitimando su autoridad militar en lo que aducía como la camaradería del frente y el conocimiento directo de la experiencia de la batalla. En el contexto del Tercer Reich eran vitales la estridente oratoria del dictador y la maquinaria propagandística a su servicio, incluyendo el espectacular ceremonial de masas. Como es notorio, Hitler ejercía el mando a mucha distancia del frente, encerrado en refugios sumamente protegidos (de los que se construyeron más de una docena, algunos de ellos sin usar jamás). A la par con el declive de su estrella y con su decadencia física, conforme la guerra se tornaba desfavorable, el Führer declinó todo contacto con el pueblo alemán, desinteresándose además de la suerte de los soldados a los que había pretendido inspirar con su remoto pasado de combatiente. Fuera de las convicciones políticas, que imponían un mundo de distancia entre él y Grant, es obvio que éste le hubiera chocado el estilo del déspota alemán, todo teatralidad y exhibicionismo.

En relación con el acto de imponer a otros un riesgo extremo como el que implica el combate, el mando conlleva una serie de imperativos: a) complementar el halo de superioridad del líder con un sentido de afinidad entre él y sus subordinados, de tal manera que los intereses de uno y otros permanezcan alineados; b) motivar a los hombres, insuflarles ánimo combativo (en la Primera Guerra Mundial se produjo una total falta de comunicación entre la comandancia y las tropas, precisamente cuando éstas se nutrían de ciudadanos altamente alfabetizados, sacrificados en un contienda cruenta y desgastadora: no es casualidad que los generales, alojados en castillos y ajenos a las privaciones del frente, debieran vérselas con amotinamientos multitudinarios); c) ejercer un grado de coerción, amenazar con el castigo y administrarlo cuando se juzgue necesario (es una ilusión creer que se podrá domeñar el miedo en los hombres sólo merced a palabras inspiradoras); d) actuar, y hacerlo en base a previsión y conocimiento: la información previa al combate y relativa al desarrollo del mismo es esencial (una cuestión vinculada al dilema de la cercanía o lejanía del frente: Alejandro intervenía en lo más duro de la refriega y decidía el curso de acción sobre la marcha; Hitler, que nada veía del combate, confiaba en las tecnologías de comunicación y emitía órdenes cada vez más terminantes y alejadas de la realidad); e) estar presente o al menos sugerir presencia, aproximándose a la zona de peligro en momentos de calma, a fin de inspirar valor mediante el ejemplo (un imperativo cuya fuerza se degrada a medida que el alcance y potencia de los armamentos empuja a los líderes a la retaguardia). El mando en la era nuclear, apuntaba Keegan en los años 80, aunaba nuevamente la jefatura militar con la política, puesto que el gobernante asumía la responsabilidad en el uso de las armas nucleares; pero, a diferencia de Alejandro –soberano y comandante a un tiempo-, los gobernantes en una guerra nuclear se expondrían menos que nunca a los efectos de la contienda.

Una vez más, un libro excelente.

– John Keegan, La máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo. Turner, Madrid, 2015. 438 pp.

 

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9 comentarios en “LA MÁSCARA DEL MANDO – John Keegan

  1. Caballero dice:

    Una vez más, una reseña excelente. Además de interesantísima. El mejor modo de empezar el año hislibreño es con una reseña del maestro Rodrigo. Un abrazo.

  2. urogallo dice:

    Un clásico entre los clásicos felizmente reeditado.

  3. Rodrigo dice:

    Y qué mejor que semejante recibimiento. Agradecido, Caballero.

    Tú lo has dicho, Uro. Un clásico. De los mejores libros que leí en 2015.

  4. urogallo dice:

    Hay unavieja edición del ejército español que ya será un incunablem

  5. ARIODANTE dice:

    Magnífica reseña, Rodrigo, y de paso, ¡feliz año!
    Respecto al libro, es curiosa la elección de mandatarios. Porque si bien Alejandro o Hitler son obvios, Wellington y Grant…no sé, parece que no se me hubieran ocurrido. Yo hubiera pensado más bien en Nelson, por parte inglesa, y quizás en Andrew Jackson, por parte americana …en fin, lo cierto es que las distinciones entre unos y otros parecen acertadas, bien argumentadas y oportunas.

  6. Rodrigo dice:

    Y bueno, Ario, Nelson era marino. Su ámbito de acción era otro.

    Es claro que los candidatos serían unos cuantos. Uno de los criterios de selección tiene que ver con la capacidad de representar ciertos valores predominantes y cierto tipo de sociedad. De Wellington, por ejemplo, destaca su raigambre aristocrática y el haber sido, según Keegan, el más perfecto ejemplo de gentleman, mientras que Grant representa a una sociedad democrática.

    Lo que me gusta de Keegan es la amplitud con que aborda sus temas, salvo que se dedique a la historia militar pura y dura, como en su plomizo libro sobre la Guerra de Secesión.

    Un abrazo, Ario.

  7. Yllanes dice:

    El mejor libro de Keegan. Coincido con Rodrigo, el criterio no es tanto buscar los generales más importantes, sino abarcar el mayor abanico posible de valores y estilos.

  8. Rodrigo dice:

    Lo has dicho mejor que yo.

  9. Erasmin dice:

    Buen libro

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