LA GUERRA DE LA INFANTERÍA ALEMANA. 1941-1944: COMBATE Y GENOCIDIO EN EL FRENTE DEL ESTE – Jeff Rutherford

LA GUERRA DE LA INFANTERÍA ALEMANA. 1941-1944: COMBATE Y GENOCIDIO EN EL FRENTE DEL ESTE - Jeff RutherfordJeff Rutherford es doctor en historia y profesor en la Wheeling Jesuit University, especialista en historia contemporánea de Alemania y, concretamente, en la participación de la Wehrmacht en el Frente del Este. Estamos pues ante un verdadero conocedor de toda la idiosincrasia que conllevó la presencia germana en la URSS. Por eso mismo es de agradecer que los lectores en castellano podamos disfrutar de trabajos como el que aquí se va a reseñar.

El título de este ensayo deja muy a las claras quién o quiénes van a ser los protagonistas, está sin duda la infantería alemana, la verdadero protagonista de la invasión de la Unión Soviética aquel 22 de junio de 1941, ella será quien conquistará los territorios; además se encargará de su control y dominará todas las esferas públicas de las mencionadas conquistas, entre las que se encontraba la población autóctona. Como podemos observar, no sólo la lucha frente al Ejército Rojo fue la misión encomendada a la infantería alemana, los valores raciales frente a lo que ellos consideraban el germen de todas sus desgracias, el judeo-bolchevismo, sería por así decirlo la parte política de esta doble misión. El autor cree que la historiografía ha analizado al detalle el periodo que va desde que se desataron las hostilidades hasta el final de la crisis invernal de 1941-1942, pero posteriormente hay un vacío en este mismo campo académico en cuanto a los giros que se sucedieron desde finales de 1942 hasta 1944 que presentan interesantes variables en cuanto al tratamiento con la población civil. Una relación que no siempre fue homogénea, a pesar de lo que pudiéramos pensar si analizamos al detalle el constante machaque propagandístico que acompañó la presencia nacionalsocialista en el Frente del Este.

Un hecho determinante que debe quedar claro tras la lectura de este ensayo es la certeza de que para 1944 una gran parte del ejército alemán había participado de un modo u otro en la guerra genocida en suelo soviético; a partir de esta premisa el autor basándose en la trayectoria de tres divisiones de infantería —la 121º, la 123º y la 126º— intentará demostrar, o al menos cuestionar, si la ideología racial nazi fue la motivación principal que animó a estos soldados a practicar una guerra de aniquilación en toda regla, o, por el contrario, existieron otras razones que pueden explicarnos esos virajes que se sucedieron en el desigual comportamiento de estas tres unidades anteriormente mencionadas.

Estas divisiones, con las cuales se va a conformar una microhistoria de la presencia germana en Rusia, estaban encuadradas en el Grupo de Ejércitos Norte, todas combatieron la mayor parte de la contienda en este frente, aunque la 123º fue desviada en otoño de 1943 al frente Sur, en concreto a Ucrania. Podríamos preguntarnos por qué el autor decide centrarse en estas tres unidades y en el Frente Norte cuando es en el Centro y Sur donde se desarrollan las campañas más espectaculares de la Wehrmacht. Hay una respuesta: precisamente este frente “tranquilo” acarreó una ocupación más a largo plazo y una “convivencia” más cercana con la población civil. Podemos afirmar sin faltar a la verdad que estas fuerzas administraron una zona que resultó prácticamente inalterada desde 1941 hasta 1944. Sin duda es un buen ejemplo para demostrar la teoría principal que el profesor Jeff Rutherford pretende plantear en este trabajo, que no es otra que la de afirmar que aunque la ideología nazi proporcionó un contexto legitimador para utilizar la violencia como arma de guerra en todas sus variantes, no fue el único motivo en el que basó su táctica para someter a la URSS, hay otra motivación de más peso todavía: es lo que se denominó imperativo militar. Atención a este último término porque es fundamental para entender el comportamiento de la infantería alemana en la Unión Soviética. Rutherford afirma que no podemos observar el “imperativo militar” como un concepto rígido, sino como un medio que permite hacer cualquier cosa que fuera necesaria para vencer al enemigo en el campo de batalla, en todas sus formas posibles. No podemos solamente quedarnos con la ideología racial impregnada en la vida nacionalsocialista para explicar todo lo que pasó en Rusia, la victoria debía conseguirse a toda costa y, para ello, había que ser pragmáticos y utilizar un conjunto de acciones adaptadas a los momentos precisos en los que fueran necesarios ponerlas en práctica, de ahí que durante estos tres años de presencia germana en suelo soviético el comportamiento de estas tres divisiones, ejemplo de la participación militar alemana, no siempre siguiera un criterio homogéneo. Si solamente se hubiese atendido a la práctica de una política basada en una ideología racial extrema alentada por el nazismo, estos constantes giros en el proceder a veces muy contradictorios no se hubiesen llegado a producir. No habría habido tregua alguna para con el enemigo, y, sin embargo la hubo; siempre que fuese necesaria dentro de lo que el autor denomina “imperativo militar” la política del palo y la zanahoria haría acto de presencia sin importar otros componentes como pudieran ser los ideológicos.

Existió un progresivo aumento de la violencia según avanzaba la guerra, de eso no hay duda, pero no sólo es achacable, según el autor, a la asimilación de un contenido ideológico nazi en el soldado de infantería; el imperativo militar formaba parte de esa práctica operacional que debía ser utilizada con todas sus fuerzas cuando el momento lo requiriese sin ningún miramiento, y es aquí donde entra la perversa relación con la población civil maltratada o “mimada” según necesidades militares.

¿De dónde procede este concepto de “imperativo militar”? Para Jeff Rutherford es una cuestión que tiene respuesta en la tradición militar prusiana: se aplicarán todos los medios necesarios y contundentes en el menor tiempo posible para desbaratar y aniquilar la defensa de sus enemigos logrando una victoria rápida y total. Por supuesto, cada tiempo tuvo su particular forma de utilización de estos drásticos usos, la Wehrmacht era heredera en cierta manera de ese concepto tan tradicional prusiano del imperativo militar. La guerra no sólo se decidía en el campo de batalla, si la aniquilación de población civil favorecía una rápida victoria legitimaría el uso de esas acciones apoyándonos esa peculiar teoría militar.

En definitiva, y como bien apunta el autor amparándose en otro gran historiador el norteamericano Robert Citino, la “Vernichtungsschlacht” (combate de aniquilación) sería el modo típicamente alemán de hacer la guerra. No se puede explicar mejor y en menos palabras que las que nos va a ofrecer este gran trabajo sobre el papel de la infantería alemana en el Frente del Este entre 1941 y 1944.

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6 comentarios en “LA GUERRA DE LA INFANTERÍA ALEMANA. 1941-1944: COMBATE Y GENOCIDIO EN EL FRENTE DEL ESTE – Jeff Rutherford

  1. Rodrigo dice:

    Supuesto que la tesis del imperativo militar sea válida, contribuiría a refrendar en cierto modo los planteamientos que Sönke Neitzel y Harald Welzer exponen en Soldados del Tercer Reich, en orden a matizar o relativizar la incidencia de la ideología nazi en la comisión de actos criminales por las tropas alemanas en territorio soviético. Cabe recordar que estos autores concluyeron que el condicionamiento ideológico –tamizado por el adoctrinamiento nazi- fue menos decisivo en el desempeño de las tropas que el marco de referencia profesional del estamento militar, en que el sistema de valores y las doctrinas específicamente castrenses resultaban fundamentales, lo mismo que la convicción de estar realizando un trabajo como cualquier otro –un factor crucial tratándose de una sociedad como la alemana, permeada por entonces de una tradición y una mentalidad fuertemente militarizada. La idea del imperativo militar, su asimilación por el ejército alemán y el operar en terreno de acuerdo con sus lineamientos, encajaría con la visión de un cuerpo armado cuyos escrúpulos morales son inhibidos o neutralizados por la satisfacción de un trabajo realizado conforme manda la doctrina militar: un trabajo bien hecho, aunque sus efectos sean, desde otro punto de vista, censurables.

    Apenas supe de la publicación en castellano de este libro me propuse adquirirlo. Espero verlo pronto aquende el charco.

  2. David L dice:

    Exactamente, la dicotomía “ideología” o “situación” parece decantarse, a la vista del estudio operacional de estas tres divisiones de la Wehrmacht, a favor de la segunda opción. Por supuesto, eso no quiere decir que la ideología no resultase determinante en muchísimos aspectos, lo fue, pero parece más adecuado a la hora de intentar comprender las diferentes actitudes sobre el terreno de estas unidades hablar de “utilitarismo militar” o, como hemos mecionado anteriormente, de imperativo militar.

  3. urogallo dice:

    Atráctivo título (Y espántosa combinación)

  4. Rodrigo dice:

    Excelente libro, seguramente a la altura de lo más relevante que se ha escrito en mucho tiempo sobre la SGM, y en particular sobre la guerra germano-soviética.

    David ha atinado al cien por ciento al remarcar el tema del imperativo militar como eje vertebrador del análisis realizado por Jeff Rutherford. Es cierto: este autor no subestima la gravitación del factor ideológico en la guerra desatada por Hitler ni en el cometido de la Wehrmacht en suelo soviético. Lo que hace es matizar su importancia, subrayando en cambio la mayor incidencia del factor pragmático, el del imperativo militar.

    De acuerdo al solvente planteamiento de Rutherford, durante el arrollador avance germano de 1941 operó a plenitud una integración de ideología y pragmatismo, empleándose a fondo el ejército alemán en una guerra entre cosmovisiones irreconciliables (guerra de aniquilación), pero a partir del frenazo causado por las contraofensivas soviéticas y la crisis invernal, entre ambos factores se produjo una relativa pero notoria disociación, de suficiente calado como para que el imperativo militar pasara a predominar. La brutalidad arbitraria e ideológicamente motivada contra la población eslava dio paso a un rebajamiento de la violencia contra ella, no por un repentino humanitarismo -huelga decirlo-, sino por hacerse patente al mando alemán la conveniencia de congraciarse hasta cierto punto con los nativos, o, por lo menos, mantener con vida a aquellos que pudieran ser útiles como mano de obra cautiva (una necesidad imperiosa, dada la urgencia de material invernal in situ –botas, abrigos, construcción de refugios- y de producción tanto fabril como agrícola). Lo primero, atraerse una buena disposición de la población, apuntaba a desincentivar en los locales el ánimo de sumarse a la guerrilla o de suministrarle información y recursos básicos. Aunque el desprecio racista y una cruenta dosis de bestialidad siguieron rigiendo las actitudes de los militares alemanes hacia la población civil (después de todo, el propósito de expolio y explotación constituía el trasfondo de la referida moderación), ya no imperó una voluntad indiscriminada de arrasar con ella (imperativo ideológico) sino que se dio primacía a lo que resultase funcional al imperativo militar: derrotar al Ejército Rojo, asegurando de paso la conquista de territorio soviético.

    La necesidad de desincentivar la lucha partisana era otro objetivo primordial, por razones obvias –ninguna fuerza ocupante puede desestimar un movimiento de resistencia actuando a sus espaldas- pero también porque el ejército sufría conforme se prolongaba la guerra un déficit creciente de soldados: los reemplazos no bastaban a cubrir las plazas dejadas por las cuantiosas bajas –muchos de ellos además no tenían una instrucción adecuada-, y la obligación de desviar destacamentos a misiones de retaguardia raleaba las fuerzas de primera línea, comprometidas en la desgastante pugna con el ejército soviético. Aquí hay punto en que Ruherford incide con especial énfasis, llamando la atención sobre otro acápite cardinal: la misma urgencia de rellenar los huecos dejados por la drástica tasa de bajas relegaba a consideraciones secundarias la procedencia de los reemplazos, cosa que perjudicaba la cohesión de las tropas y por ende su eficacia combativa. (Era práctica oficial de la Wehrmacht conformar los regimientos según el origen de los soldados, fomentando en las unidades un sentido de comunidad y solidaridad regional. Este es un asunto relevante que no siempre es tomado en cuenta; no lo hacen, por ejemplo, Jochen Hellbeck en Stalingrado, o Xosé Núñez Seixas en El frente del Este: ambos destacan el factor de la cohesión regional del ejército alemán como una de sus mayores fortalezas, pero no aluden a la dificultad de proveer a ella según avanzaba la guerra.)

    Rutherford hace hincapié en que la implementación de medidas antipartisanas implacables estaba en línea con la tradición militar prusiana, y que esta política –central en la doctrina del imperativo militar- no habría extrañado a los militares prusianos en la guerra franco-prusiana o alemanes en la Primera Guerra Mundial. Sobre su importancia, el autor no deja lugar a dudas: señala con toda rotundidad que la disposición del ejército alemán a cometer tropelías arraigaba ante todo en dicho imperativo, mientras que la ideología nazi actuó “como un acelerador y no como la causa primera o primordial”. Lo específico y anómalo de 1941, arguye además, es que aquellas medidas fueron aplicadas ya en la fase temprana del conflicto, cuando, en rigor, todavía no operaba la lucha partisana: los alemanes las aplicaban contra civiles y contra combatientes regulares soviéticos, decididos a batirse hasta el último aliento. Sin embargo, tengo entendido que en 1914 la situación no fue muy diferente: en aquel contexto, los alemanes, durante su avance en suelo belga, no tardaron mucho en ejecutar cruentas represalias contra la población civil, y lo hicieron no en respuesta a actividades partisanas sino a la (para ellos sorprendente) determinación del ejército belga de resistirse con denuedo a la invasión; las soldados belgas que quedaban en la retaguardia alemana –conforme era rebasados por el avance germano- y persistían en la lucha seguían siendo soldados regulares, reacios a deponer las armas. Según esto, lo que en el fondo hacía la doctrina militar alemana –de raigambre prusiana- era desvirtuar el concepto de “lucha partisana” e institucionalizar una anomalía criminal, normalizándola como si nada.

    A pocas semanas de desatada la Operación Barbarroja, la política antipartisana fue radicalizada con el fin de compensar por medio del terror las deficiencias estructurales de la ocupación alemana (en concreto, erradicar de una vez por todas todo germen de oposición, para así prevenir las dificultades derivadas de la escasez de hombres aptos para consolidar la ocupación). Rutherford enfatiza que la brutalidad del ejército alemán era intrínseca, compenetrado como estaba del paradigma del imperativo militar y de los designios ideológicos del régimen. Fue desde los primeros compases de la guerra que en el ejército alemán se produjo una fusión del ideario de la dirigencia nazi (racista, imperialista y apocalíptico) con dicho imperativo, el que, en buenas cuentas, significaba sacrificar todo escrúpulo moral a la necesidad de obtener una victoria definitiva. El que esta fusión aflojase en el transcurso del segundo año de guerra no significa que perdiera toda pertinencia. Por mucho que el trato deparado a los civiles mejorase un poco (se los alimentaba en vez de dejarlos morir de inanición, no se los sometía invariablemente a requisas absolutas, no se los fusilaba a la menor provocación), lo cierto es que: a) los judíos quedaron excluidos de toda relajación de la brutalidad; b) los prejuicios raciales (los eslavos como seres infrahumanos) seguían en pie; c) los civiles eran explotados a conciencia, obligados a trabajar para el Reich; d) siguieron aplicándose represalias contra la población cada vez que los partisanos hacían de las suyas. El factor ideológico no desaparecía en absoluto, solo se lo subordinaba al imperativo militar, y únicamente en la parte relativa a los eslavos (el antisemitismo exterminador fue por el contrario intensificado).

    Por demás, la derrota de Stalingrado supuso un cese de la política conciliadora: reventados los mitos de la invencibilidad del ejército alemán y de la inferioridad irremediable de su homólogo soviético, definitivamente defraudadas las expectativas de un inminente desmoronamiento del gigante soviético (cada vez más colosal en la percepción alemana), muy afectados además los combatientes por las noticias sobre los estragos causados en casa por los bombardeos aéreos anglo-estadounidenses, tanto los mandos como los soldados coligieron que la guerra solo podía librarse a muerte y sin contemplaciones, por lo que en adelante se imponía la máxima dureza en la confrontación con el enemigo. Retorno a la guerra ideologizada o recrudecimiento del imperativo militar, tanto da: la política de tierra quemada supuso arrasar con todo, con los consiguientes padecimientos para lo que restaba de población civil, ya muy diezmada (muertes y deportaciones masivas).

    En las conclusiones, una ilustrativa aseveración formulada por Rutherford: “Aunque el ejército alemán estaba afrontando una guerra contra el Ejército Rojo, también participó de buena gana en la guerra de aniquilación contra la sociedad soviética que impulsaba Hitler, tal y como las investigaciones históricas de los últimos treinta años han demostrado ampliamente. El estudio [realizado por el autor] de las tres divisiones de combate (121ª, 123ª y 126ª) en esta región del noroeste de Rusia, hasta ahora desatendida, ha apuntalado esa opinión general, porque los crímenes de guerra cometidos por esas divisiones de infantería corren parejos con las atrocidades normalmente atribuidas a los alemanes durante la guerra que emprendieron contra la Unión Soviética”. Estas atrocidades son inteligibles en el marco de una guerra emprendida por motivos ideológicos de clara impronta nazi, pero en cuyo desarrollo cobraron fuerza protagónica los aspectos pragmáticos relacionados con la derrota del Ejército Rojo. Durante un largo período de la guerra, el desempeño de las unidades se explica mejor por las circunstancias concretas del devenir bélico –entre ellas, el trato cotidiano de las tropas con civiles soviéticos- que por los parámetros ideológicos de la “guerra de Hitler”. El imperativo militar llegó a ser en terreno más decisivo que el imperativo ideológico.

  5. Rodrigo dice:

    Leyendo ahora el clásico trabajo de Omer Bartov, El ejército de Hitler, me topo de nuevo con un planteamiento que contradice la tesis de la cohesión territorial del ejército alemán; me refiero a la idea de una forma de cohesión basada en la distribución de los soldados según su procedencia regional. Al respecto, Bartov es aun más terminante que Rutherford –recordemos que su obra data de mucho antes, de 1992, y que es un libro seminal en su campo-. El historiador israelita sostiene que la alta tasa de bajas sufrida por las fuerzas alemanas en la campaña contra la URSS imposibilitaba la mantención de la referida modalidad de cohesión, por lo que la clave de la alta prestación alemana hay que buscarla en otra parte. (Según adelanta, la clave residiría en la penetración ideológica del nazismo y en una disciplina militar sin precedentes.)

    Parece una tesis holgadamente atendible. Me llama la atención que Jochen Hellbeck le haga oídos sordos, como si la desconociera o desaprobara por completo. Hay que recordar que en su Stalingrado, libro reseñado por un servidor, uno de los temas axiales es el de la cohesión y combatividad del Ejército Rojo, contrastándolo con el ejército alemán; y es precisamente en este marco que Hellbeck aduce la teoría de la cohesión de base territorial. Curioso, por decir lo menos.

  6. Rodrigo dice:

    Fuera de las pruebas documentales (datos sobre las bajas experimentadas por el ejército alemán en el frente soviético y sobre la deficiente tasa de reemplazos, que más encima solían ser de origen diverso), Bartov arguye en favor de su teoría las diferencias en materia de tenacidad combativa entre el ejército del este y el del oeste, enfrentado el último año de guerra a los aliados occidentales. Mientras las fuerzas del este combatían a muerte y a la desesperada, resueltas a perecer antes que rendirse a las “hordas soviéticas”, las del oeste solían mostrar una mayor disposición a cejar en la lucha, entregándose a los anglo-estadounidenses. La tasa de bajas en el frente occidental fue mucho menos drástica, y allí sí tuvo ocasión de operar la cohesión de grupos primarios de base regional (grupos que en el frente oriental se desintegraron con suma rapidez, y en la mismísima fase inicial de la campaña soviética). Como es obvio, la confrontación con las potencias occidentales no estaba emponzoñada por la retórica racista, deshumanizadora y apocalítica que moldeaba la lucha con el enemigo eslavo; en el contexto occidental, la variable ideológica no era determinante, no funcionaba como detonante primario de la eficacia combativa de las tropas alemanas, al contrario de lo que sucedía en el frente opuesto.

    Interesante.

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