DEL AMANECER A LA DECADENCIA – Jacques Barzun

DEL AMANECER A LA DECADENCIA - Jacques BarzunUn perfil de la vida cultural en Occidente desde el 1500 hasta fines del siglo XX. Esto ofrece el historiador franco-estadounidense Jacques Barzun (n. 1907) en Del amanecer a la decadencia, libro cuya publicación original data de 2001. Perfil, cabe insistir, porque no es un registro enciclopédico de obras, ideas e instituciones surgidas en el contexto especificado sino una visión panorámica, selectiva y crítica, del recorrido seguido por la civilización occidental en el último medio milenio. Una síntesis ambiciosa, digámoslo de una vez, que corona una extensa trayectoria vital y profesional (Taurus publicó en 2008 una nueva edición de este libro a modo de homenaje al centenario del autor).

La civilización occidental no es un todo monolítico provisto de un único significado, señala Barzun; sin embargo, sobre las tensiones y contradicciones que la han signado -y que en muchos casos no acaban de resolverse- prevalece un importante grado de coherencia y continuidad. Se trata de la civilización mestiza por excelencia; su desarrollo se ha visto beneficiado por la recepción de numerosos préstamos de otras tierras, asimilados de modo creativo. En los cinco siglos estudiados, Occidente pudo generar un cúmulo de bienes culturales de profunda riqueza y elevada originalidad, tanto que no los ha habido en otros tiempos ni en otros lugares. Atendido esto, el propósito de Barzun consiste en  desmadejar, combinando narración e interpretación, algunas de las muchas hebras que componen la urdimbre cultural de Occidente.

La estructura del libro merece un párrafo. Consta de cuatro grandes partes, presidida cada una de ellas por sendas revoluciones: la religiosa (surgimiento del Protestantismo), la monárquica (verificada en el siglo XVII y centrada en los principios de monarquía y estado-nación), la liberal (a partir de la revuelta del Romanticismo contra el razonamiento abstracto) y la social (en el siglo XX, consecuencia remota de las anteriores). La secuencia expositiva, enfocada en acontecimientos e ideas en acción, está punteada con breves semblanzas de personajes representativos -algunos de ellos famosos, otros no tanto-, ensambladas de tal manera que el discurso no pierde un ápice en ilación y fluidez. Insertados en medio hay seis secciones transversales cuyo objeto es examinar ideas y acontecimientos desde la perspectiva que pudo tener un observador imaginario en una ciudad y un tiempo específicos; por ejemplo: «La perspectiva desde Madrid en torno de 1540». Un recurso llamativo y que añade enjundia a la exposición. Otro que no me satisface tanto: las frecuentes citas dispuestas en los márgenes del libro, de modo similar a los recuadros en revistas; son pertinentes e ilustrativas, pero interrumpen un poco el curso de la lectura.

Barzun pone énfasis en cierta cantidad de elementos o «temas» que considera que han actuado como motivos axiales a lo largo de medio milenio de evolución social y cultural; se los encuentra, destacados con mayúsculas, cada vea que resulten una constante del período tratado. El más destacado de todos: la emancipación, vinculada con el cuestionamiento de la autoridad y de la tradición en todo orden de cosas. Otros temas son: individualismo, primitivismo (anhelo de despojarse de las complejidades de una organización sociocultural sofisticada), secularismo, análisis, reduccionismo, abstracción, cientifismo, autoconciencia, especialismo.

El libro está escrito en un estilo llano y desenfadado. Transparenta la erudición de su autor, al tiempo que elude sabiamente la pedantería. En ocasiones nos topamos con perlas de ironía y gracejo. A propósito del crítico literario inglés William Hazlitt (1778-1830), dice: «La crítica de este tipo hoy en día no está de moda porque no sigue ningún método, carece de jerga y leerla resulta placentero. ¿Cómo podría ser “rigurosa”? Es “impresionista”» (p. 756). Es también una muestra de su rechazo del academicismo y de los excesos intelectualistas de escuelas como el estructuralismo (al que acusa de haber ayudado a que la enseñanza de gramática en las escuelas fuera imposible).

Barzun cuestiona algunas tesis e ideas de cierto arraigo, sin atribuirse originalidad en todos los casos. Por ejemplo, la tesis que conecta el origen del capitalismo con el espíritu del protestantismo, formulada inicialmente por Max Weber y R. H. Tawney y refutada desde hace un tiempo. Barzun argumenta convincentemente en su contra: las doctrinas protestantes podían ser incompatibles con elementos como la usura y el ansia de provecho; el ascetismo de los puritanos como fundamento de la ética del trabajo y del estilo empresarial (Weber) es una exageración; sobre todo, la génesis del capitalismo precede a la revolución protestante. En otro capítulo, Barzun desmonta la imagen de Leonardo da Vinci como figura más representativa del Renacimiento. La categoría propia de esta época, su arquetipo individual, fue el del «hombre universal» (uomo universale), cuya base la proporcionaba el Humanismo o «las buenas letras»: lenguas clásicas, literatura, filosofía, teología, historia. De todas éstas Leonardo carecía casi por completo (su desinterés por el latín y el griego era total). No era el generalista u «hombre orquesta» que solemos imaginar: no era arquitecto ni escultor, tampoco era literato y la música le era indiferente. Más adelante, Barzun pone en entredicho la radical originalidad que se ha atribuido al pensamiento de John Locke, de quien dice que adquirió fama gracias a «una serie de resúmenes, bien organizados y en prosa sencilla, de ideas ya muy maduradas» (p. 541). También considera falsa la imagen histórica que identifica el período victoriano con el moralismo –o una forma sistemática de hipocresía moral- y con el sexismo implícito en la abstracción de la «mujer victoriana» (una mujer social e intelectualmente inválida, no más que un «ángel de la casa»): de partida, el moralismo se había impuesto antes de que naciese Victoria, afirma nuestro autor, y tanto la evidencia histórica como la literatura dan cuenta de la abundancia de mujeres activas y resueltas. Además, meter a todos los ingleses de la época en el saco de unos «victorianos» mojigatos e hipócritas distorsiona la profunda, sincera inquietud que produjo en muchos de ellos el debate entre religión y ciencia.

Barzun se permite unas cuantas digresiones terminológicas, en que cuestiona el uso cotidiano de ciertas palabras, sea porque su vulgarización supone una desvirtuación de su significado original y una merma en precisión semántica, o porque se trata de designaciones incorrectas. «Revolución», por ejemplo: aplicamos el nombre a demasiadas cosas, banalizándolo. En opinión del autor, revolución es una convulsión que da nuevo rostro a la cultura, caracterizándose por una transferencia violenta de poder y propiedad en nombre de una idea. En el orden de las instituciones y las prácticas, un terremoto, de los que ha habido sólo cuatro desde el 1500 (las arriba mencionadas). La guerra de independencia de los EE.UU. no fue una revolución; bastaría con repasar la lista de agravios de los colonos norteamericanos frente a las imposiciones inglesas. El objetivo de los sublevados era en realidad reaccionario, puesto que anhelaban retroceder a la situación anterior a las últimas políticas de la Corona. En otro caso, Barzun defiende el uso del término genérico «hombre» y rechaza la exigencia de escribir «hombre y mujer» con el mismo sentido genérico («hombre» es etimológicamente apropiado, su sentido inclusivo se da por entendido, hay una tradición literaria por detrás y la expresión «hombre y mujer» es incompleta: de ser consecuente, el celo lingüístico contra la discriminación debiera añadir la categoría «adolescentes»). Discute en cambio la pertinencia de términos como «puritanismo», «romanticismo», «pragmatismo», pero no espera que sean eliminados ni sustituidos. A este respecto, Barzun apostilla que «todas las etiquetas históricas son apodos»[…] y, por tanto falsean. Sin embargo, «rebautizar más apropiadamente» sería una pérdida de tiempo porque al basarse el proceso en el criterio de diversas cabezas, volvería a introducir la confusión» (p. 967). Con todo, él mismo cae presa del prurito de rebautizar. En un caso propone un neologismo: «eutopía» en vez de «utopía»; lo que hicieron autores «eutópicos» como Tomás Moro, Tommasso Campanella y Francis Bacon fue fantasear en torno a la idea de un «lugar bueno». También postula la conveniencia de emplear un término como «relacionismo» para designar las acepciones más difundidas de «relativismo» (un concepto en torno al que hay demasiados malentendidos).

Decadencia, dice el título. Barzun piensa que Occidente está en una fase de descenso, no por pérdida de energía o de sentido moral ni porque la juzgue condenada a una ruina total, sino porque su desarrollo ha desembocado en un punto muerto: el actual (el libro fue escrito en los últimos años del siglo pasado) es un tiempo en que se ha de enfrentar la pérdida de la Posibilidad (sic): las formas del arte y de la vida parecen agotadas, y las fases de desarrollo están trilladas. Por delante sólo quedan la repetición, el tedio y la frustración.

Se trata, en suma, de un libro monumental y apasionante, un par de pasos más adelante de la divulgación en tanto posee, en palabras de Barzun, el «vivificante ingrediente que supone una visión propia». Cumple bien con el objetivo fundamental que su autor asigna a la historia: mostrar pautas y permitir la reordenación de unos hechos dispersos. Pautas, que no leyes. Barzun está lejos de emular a autores como Marx, Spencer, Spengler o Toynbee, quienes, en la senda de la filosofía de la historia, pretendieron encontrar un sistema y un propósito en el caos de los acontecimientos (metiendo con calzador hechos y personajes en unos esquemas simplificadores). La historia en sí misma no es un agente, ni obedece a la acción de alguna fuerza motora que impulse una dinámica unidireccional orientada a la consumación de un fin escondido. Yendo más lejos, Barzun opina que la historia no es ni puede ser una ciencia, porque su interés radica en el detalle.

– Jacques Barzun, Del amanecer a la decadencia. Taurus, Madrid. 2ª edición, 2008. 1304 pp.

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11 comentarios en “DEL AMANECER A LA DECADENCIA – Jacques Barzun

  1. ARIODANTE dice:

    Cielos, Rodri!! menuda reseña! ¡Tiene más enjundia que facundia, que diría el dicho! Cuantos temas para debatir…lçastima que me voy en unas horas y tengo poco tiempo, pero prometo estudiarlo: me han gustado muchas de las opiniones de este autor, por lo que he visto a vuelapluma, pero eso de contradecir a Weber… tendré que releerlo. Yo soy bastante weberiana en ese punto, aunque tampoco me pegaría con nadie por ello, claro.
    Enhorabuena, Rodri por esa reseñaza tan llena de ideas y tan bien expuesta…como siempre.

  2. Rodrigo dice:

    Gracias, Ario. El libro tiene tantas cosas interesantes que, comprimidas algunas de ellas en la reseña, apenas dan una pálida imagen de lo que ofrece.

    Que disfrutes de tu estada en Madrid, y de los festejos por supuesto.

  3. pepe dice:

    Magnífica reseña, Rodrigo. Mira si me habrá gustado que, no habiendo estado nunca inclinado a la lectura de ensayos, éste que propones me resulta de lo más interesante y voy a considerar seriamente hacer una excepción. Me gusta que tenga toques de ironía y de gracejo. Luego sigo que ahora me tengo que ir a los fastos del V Centenario.

  4. Rodrigo dice:

    Consideración de lo más honroso. Gracias, Pepe.

    Jacques Barzun aún vive, y ronda los 103 años de edad. Supongo que tiene tanto de triste como de admirable el poder dar testimonio de una época terrible como fuera el siglo XX (en cierto pasaje del libro hace referencia a un recuerdo de infancia en la época de la Primera Guerra Mundial). En su infancia y adolescencia en Francia, el autor vivió en un medio frecuentado por artistas y personalidades de renombre -su padre era poeta y funcionario-. Y bueno, ya octogenario dio en escribir este libro, lleno de lucidez. ¡No el último! En el nuevo siglo ha seguido publicando. Formidable.

  5. pepe dice:

    He aquí un ejemplo de gracejo en un ensayo. Eslava-Galán, en su Historia de España para escépticos dice a pie de página: En 1990, centenario de la partida de al-Mutamid, el que esto escribe hizo el ridículo arrojando flores al Guarralquivir en el transcurso de un acto poético celebrado en el presunto lugar donde embarcó el rey poeta. Luego, la dama por cuya causa había asistido al evento me negó sus favores alegando que la emotividad del acto la había embargado de retrospectiva tristeza que cualquier expansión de los sentidos hubiese desvirtuado. Vuelto a la soledad de mi alcoba me miré al espejo y me dije: Te está bien empleado, por gilipollas. Supongo que los detalles de humor de Barzun no seran de este jaez…

  6. Rodrigo dice:

    Pues no, Pepe. Lo de Barzun no llega a tanto.

  7. Urogallo dice:

    Interesante exposición, aunque me ha rechinado especialmente lo de negarle el adjetivo “revolucionario” a La Revolución Americana. Siendo cierto que sus objetivos, como los de todas las revoluciones, eran tan prosaicos como volver a la deliciosa situación de olvido y autonomia propios de las guerras francesas, no se puede olvidar que jamás retrocedieron ante la idea de negar la soberania hereditaria en favor de la constitución de una república igualitaria.

  8. Rodrigo dice:

    Ya me extrañaba que no se dijese nada sobre ese punto en particular.

    Creo que es una de las tesis más discutibles de Barzun. Mal que mal, la sublevación de los colonos significó un viraje suficientemente radical en las formas de poder como para considerarla una revolución. Esto, por si no bastase con considerar la repercusión del acontecimiento, y, sobre todo, la del modelo republicano de él surgido. O sea que comparto tu apreciación, Uro.

  9. Urogallo dice:

    Favor que tú me haces Rodrigo.

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