CHURCHILL: WALKING WITH DESTINY – Andrew Roberts

Sobre Winston Churchill prácticamente se ha escrito todo… y se ha visto todo. Su figura, considerada de las más importantes de la historia británica por parte de los propios británicos, en los últimos tiempos ha recibido una especial atención en cine y televisión: películas como Churchill (Jonathan Teplizky, 2017) y El instante más oscuro (Joe Wright, 2017) o series como The Crown (Netflix: 2016-), en cuya primera temporada la figura de Churchill tiene un especial protagonismo. En Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), el discurso «Lucharemos en las playas», pronunciado tras la evacuación de la Fuerza Expedicionaria Británica al continente europea, es evocada en los últimos minutos del filme, cuando los soldados británicos regresan a casa, y constituye una de las piezas oratorias más importantes de todos los tiempos. Pero… ¿está todo “dicho” y “escrito”? ¿Queda margen para conocer algo más de una figura tan icónica como Winston Churchill? En esta reseña exponemos los muchos alicientes y puntos a favor que tiene esta mastodóntica biografía de Andrew Roberts, Churchill: Walking With Destiny (Viking, 2018, 1.152 páginas). Empecemos por una anécdota poco conocida muy reveladora sobre el personaje. En el capítulo 15, “Into the Wilderness: January 1931–October 1933” (En el desierto: enero de 1931-octubre de 1933),  Roberts relata un episodio que pudo producirse y no tuvo lugar: un encuentro personal entre Winston Churchill y Adolf Hitler en Múnich, a finales de agosto de 1932. Churchill, que por entonces no ejercía ningún cargo en el Gobierno de coalición del laborista Ramsay MacDonald con los conservadores (era únicamente diputado tory), estaba de viaje por el sur de Alemania. Los nazis habían ganado las elecciones al Reichstag en el mes de julio, alcanzando la cifra más alta de diputados y voto popular (230 escaños, 13,74 millones de votos, un 37,27% del voto escrutado) en unas elecciones libres, y Hitler presionaba en vano para que Paul von Hindenburg, presidente del Reich, le encargara la formación de un gobierno.[1] Cedemos la palabra a Roberts: 

A finales de Agosto [Churchill] casi conoció a Hitler en Munich, cuando el publicista del Partido Nazi, Ernst “Putzi” Hanfstaengl, educado en Harvard, intentó organizar una reunión entre los dos hombres. «Herr Hitler», dijo Hanfstaengl al Führer en su apartamento, «¿se ha dado cuenta de que los Churchills están sentados en el restaurante? (…) Le esperan para tomar un café y se tomarán esto como un insulto deliberado». Hitler, que estaba por afeitar y tenía muchas cosas por hacer, dijo: «¿De qué diablos hablaría con él?». Probablemente no habría sido una conversación demasiado fructífera, ya que Churchill le envió un mensaje a través de Hanfstaengl: «Dígale a su jefe de mi parte que el antisemitismo puede que sea un buen arranque, pero es una pésima etiqueta». Churchill preguntó a Hanfstaengl: «¿Por qué su jefe es tan violento en relación con los judíos. Hasta cierto punto puedo entender que esté enfadado con judíos que hayan hecho cosas malas o estén en contra de su país, y puedo entender que se resista a ellos si tratan de monopolizar el poder en cada esfera de la sociedad. Pero, ¿qué sentido tiene estar en contra de alguien simplemente por su origen? ¿Cómo puede alguien evitar el hecho de haber nacido?». Terminó el relato de su casi reunión con una broma: «Así que Hitler ha perdido la oportunidad única de conocerme» (…) En sus memorias de la guerra de dieciséis años después, Churchill escribió: «Yo no tenía prejuicios nacionales contra Hitler en aquella época. Sabía poco de su doctrina y nada de su carácter. Admiro a los hombres que defienden a su país en la derrota, aunque yo estuviera en el otro bando. Tenía un perfecto derecho a ser un alemán patriota si así lo había elegido» (traducción propia).

La escena fue reproducida tanto por Hanfstaengl (en un libro de 1957 titulado Hitler: The Missing Years) como por el propio Churchill en The Gathering Storm, primer volumen de sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, y de ambas fuentes la toma Roberts, reproduciendo con exactitud los diálogos (también la menciona Roy Jenkins, más brevemente, en su también extensa biografía del personaje, publicada en castellano por Ediciones Península en 2003). Desde la ficción, aparece también, con algunas licencias, en la serie de televisión Winston Churchill: The Wilderness Years (ITV: 1981), que recoge su década de aislamiento político entre 1929 y 1939.[2] Lo interesante de este párrafo es que se recogen dos de los muchos aspectos que Winston Churchill defendió o se tomó como asunto “personal”: la defensa de los judíos y la alerta ante el auge del nazismo en la Alemania weimariana: un auge que finalmente culminaría en la decisión de Hindenburg, presionado desde varios sectores, para designar a Hitler como canciller el 30 de enero de 1933. En pocos meses, el líder nazi destruyó la democracia en Alemania, prohibiendo y persiguiendo a los demás partidos políticos, reduciendo el Reichstag a una cámara legislativa sin poder alguno y erigiendo una dictadura (afianzada tras la muerte de Hindenburg en agosto de 1934).

Churchill, que en esos años treinta no tuvo influencia alguna en los gobiernos conservadores de Stanley Baldwin y Neville Chamberlain, se mantuvo como prácticamente la única figura con voz propia que alertó sobre la deriva de la Alemania nazi hacia un dominio del continente europeo por la fuerza, ya desde que los nazis salieron de la Sociedad de Naciones, iniciaron una política de rearmamento que rompía con las cláusulas del Tratado de Versalles y reocuparon la Renania desmilitarizada en 1935. A partir de ahí, Churchill se erigió en el particular “tábano de la sociedad británica” frente a una política apaciguadora, especialmente bajo el Gobierno de Chamberlain (mayo de 1937-mayo de 1940), que fue aceptando tácitamente las agresiones de Hitler: la anexión de Austria en marzo de 1936, la ocupación de los Sudetes checoslovacos en el otoño de 1938 y la invasión de lo que quedaba de Checoslovaquia en la primavera de 1939. El ataque sobre Polonia en septiembre de ese año fue la última gota que colmó el vaso y que el Gobierno británico se negó a aceptar, declarándole la guerra. Para entonces, Winston, que en esa década de los años treinta había sido atacado constantemente por los “chamberlainitas” y los apaciguadores tories, que lo consideraban un exaltado belicista y que no deseaban una repetición de la Gran Guerra de 1914-1918, se vio reivindicado políticamente y entró de nuevo en el Gobierno, asumiendo (otra vez) el puesto de Primer Lord del Almirantazgo… casi un cuarto de siglo después de que tuviera que abandonarlo a causa del desastre de Galípoli, operación anfibia en los Dardanelos que impulsó con vehemencia pero de la que no fue el único responsable.

La magna biografía de Andrew Roberts, trabajo inmenso que bien merecería el apelativo de “obra definitiva” sobre el personaje (siendo, por cierto, y como el autor menciona en una nota a pie de página en su libro, la biografía número 1.010 sobre Churchill), trata con muchísimo detalle este aspecto de la personalidad de Winston Churchill: su renuencia a aceptar sin más las agresiones de Hitler en Europa y su constante denuncia de los peligros de la dictadura nazi no sólo para la estabilidad del continente, sino también para la supervivencia del Imperio Británico (y ya, en segunda instancia, la democracia en todo el planeta). Su insistencia, a la altura de Catón el Censor y su machacón ceterum censeo Carthago delenda est, lo elevó ante la opinión pública como figura de una integridad casi única y clarísimo candidato primer ministro cuando el Reino Unido entró en guerra con Alemania en septiembre de 1939.

Pocos le habían creído en los años precedentes, apenas un puñado de amigos y colaboradores en una Cámara de los Comunes que, hasta entonces, consideraban los discursos y arengas de Churchill como una más de sus muchas rarezas. Chamberlain quedó políticamente desacreditado y la puntilla vendría con la fracasada operación militar en Noruega en abril de 1940; una operación, como Galípoli en 1915, fue responsabilidad del Primer Lord del Almirantazgo, otra vez Winston, pero que el primer ministro asumió como propia. Como se detalla en El instante más oscuro. Winston Churchill en mayo de 1940 de Anthony McCarten [3] (Crítica, 2017), Chamberlain se vio obligado a dimitir, presionando para que su sucesor no fuera Churchill, sino el vizconde de Halifax, uno de los más inveterados apaciguadores, pero que tenía en contra dos aspectos: en primer lugar, como miembro de la Cámara de los Lores, no tenía asiento entre los Comunes, que es donde se dirimía (y se sigue dirimiendo) la política británica; y además era consciente de que no podía competir con el carisma de Winston dentro y fuera de la Cámara de los Comunes y del propio Partido Conservador. El rey Jorge VI era partidario de designar a Halifax, pero finalmente aceptó a Churchill, pues se le consideraba, tanto entre los conservadores como entre la oposición laborista, la persona más adecuada por carácter, carisma y experiencia para asumir el cargo de primer ministro.

Y de este modo, Winston Leonard Spencer Churchill fue nombrado para el cargo que desde pequeño había soñado. Como menciona Roberts en el libro, el ambicioso Winston de los años precedentes a la Primera Guerra Mundial afirmó que sería primer ministro a los cuarenta años; en realidad tuvo que esperar hasta los sesenta y cinco, y lo hizo por dimisión de su antecesor, no por haber ganado unas elecciones generales; de hecho, perdió las primeras elecciones que convocó, en julio de 1945, al final de la guerra. Pero se mantuvo en primera línea política, ahora en la oposición, hasta las elecciones de octubre de 1951, que sí ganó, a los setenta y cinco años de edad, y ejerciendo un segundo mandato, un “Indian Summer” como lo define el autor –un “veranillo de San Martín” en castellano– en los que se agudizaron los achaques propios de alguien de su edad y se ocultó incluso a la opinión pública un serio problema de salud (una embolia cerebral), que lo mantuvo apartado del Gobierno durante varios meses en 1953.[4] Finalmente, y tras mucho insistir Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores y su “heredero” político, Churchill dimitió como primer ministro en abril de 1955, poniendo fin a casi medio siglo de estar en primera línea de la política británica.[5]

Una carrera política vasta y que podría servir de guía a políticos del presente de cómo acumular experiencia (y ser constante) en el servicio público. Y éste es precisamente uno de los aspectos que con más detalle se tratan en la biografía de Roberts: la carrera política de un personaje que lo dio todo por el Imperio Británico, que más tiempo pasó en la Cámara de los Comunes (su segundo hogar), con cientos de discursos pronunciados (que permiten conocer cómo Churchill jugaba con las palabras y llevaba la oratoria a niveles que hoy en día cuesta ver, ya no sólo en el Reino Unido sino en la propia España) y una labor legislativa de altura. Echando un vistazo a esa carrera política, desde que entrara como diputado tory en 1900 [6] y hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Churchill pasó por los siguientes cargos:

  • Viceministro para las Colonias, 1905-1908.
  • Presidente de la Junta de Comercio, 1908-1910.
  • Ministro del Interior, 1910-1911.
  • Primer Lord del Almirantazgo, 1911-1915.
  • Canciller del Ducado de Láncaster, 1915 (un ministerio sin cartera).
  • Ministro de Armamento, 1917-1919.
  • Ministro del Aire y de la Guerra (1919-1921).
  • Ministro para las Colonias (1921-1922).[7]
  • Canciller del Exchequer o ministro de Hacienda (1924-1929).

En 1929 los tories perdieron las elecciones frente a los laboristas y se iniciaron los “Wilderness Years” (los años en el desierto), la particular “travesía por el desierto” de Churchill fuera del Gobierno durante una década –ni Ramsay MacDonald en 1931, ni Stanley Baldwin en 1935, ni tampoco Neville Chamberlain en mayo de 1937 le invitaron a participar en sus gabinetes– y como un diputado “disidente” dentro del Partido Conservador, opuesto a una mayoría “apaciguadora” frente a Hitler, como se ha comentado antes. Pero su experiencia política no tenía parangón hasta entonces, ocupando (y “aprendiendo en”) diversos ministerios. Si se me permite la expresión, “Políticos Presentes y Futuros, examinad la Hoja de Servicios de Winston Churchill” en poco más veinte años: los ministerios de las Colonias (para un ferviente creyente en el Imperio Británico como era él fue esencial), el Interior (haciendo frente a huelgas generales y oponiéndose al sufragio femenino, “error” que siempre recordaría), la Marina (con una política de fuerte inversión en la construcción y renovación de la Royal Navy, pero también volviendo loco a su staff y metiéndose en aventuras desastrosas como la campaña de Galípoli, que le costaría el cargo), la Economía de Guerra (el suministro de armamento en los dos últimos años de la Gran Guerra), la Aviación y el Ejército (insistiendo en renovar unas fuerzas armadas desgastadas tras la guerra de 1914-1918, siendo una voz poco escuchada por una mayoría social y política que reclamaban paz) y ministro de Hacienda (con decisiones erróneas como el retorno de la libra esterlina al patrón oro en 1925, error del que aprendió para los siguientes años).

Con excepción de la cartera de Asuntos Exteriores, Winston Churchill estuvo en los principales ministerios durante ese período de tiempo. En todos ellos dejó su huella, comenta Roberts, y en todos ellos aprendió algo que le serviría para siempre; en todos ellos cometió errores, algunos gravísimos, pero de la experiencia de esos mismos errores supo sacar conclusiones para no repetirlos. De todos los colaboradores, incluso de quienes no simpatizaban con él, en aquellos ministerios supo sacar lo máximo y aprender con ellos. Era difícil trabajar con él, comentaban muchos de sus subordinados, pero Churchill hizo lo posible por colaborar con ellos y nunca les culpó por una mala decisión tomada. En última instancia, asumió que él era el responsable de lo que sucedía en ese ministerio.

Aprendizaje constante, pues: esa fue uno de los bagajes de Winston Churchill a lo largo de su vida. Ensayo y error, en muchos casos.

Para cuando Churchill volvió a la primera línea político, en septiembre de 1939, otra vez como Primer Lord del Almirantazgo (una segunda etapa más serena y sensata que la primera) y, especialmente, como primer ministro en mayo de 1940, como relata Roberts en su libro, la experiencia sucesiva en Armamentos, Aviación y Guerra supuso un aprendizaje (y un saber rodearse y escuchar a quienes le rodeaban en dichos ministerios) no fue olvidada cuando fue premier y ministro de Defensa, en mayo de 1940; labores ambas que compatibilizó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Al contrario: Churchill supo moverse como pez en el agua en problemas que cualquier otro político habría tenido dificultades en comprender por falta de experiencia. Y  precisamente experiencia era la que Winston acumulaba: y a carretadas, por decirlo coloquialmente. Tenía sus manías y prejuicios, desde luego: así, aun escuchando las opiniones de los comandantes militares y mariscales a su cargo, como ministro de Defensa, no dudó en relevarlos si era necesario, asumiendo la responsabilidad. Militar él mismo durante la Primera Guerra Mundial, cuando como coronel se hizo cargo durante unos meses de una unidad de combate en suelo francés, conoció de cerca la guerra de trincheras y los sufrimientos del soldado, lo cual le permitió tener una visión amplia cuando se hizo cargo de la estrategia militar (al menos hasta 1942) durante la Segunda Guerra Mundial, en especial en el período en el que Inglaterra luchó “sola” frente a Alemania, tras la evacuación de Dunkerque.

Pero, como el lector podrá captar en este libro, Winston Churchill no fue sólo un político, sino muchas otras cosas, sorprendente alguna que otra. También fue deportista (jugó al polo hasta avanzados los cuarenta años de edad), pintor (y nada despreciable, incluso hubo una retrospectiva de su obra en sus últimos años), periodista (tanto como corresponsal de guerra como articulista, tareas que inició en su juventud y que le dieron para vivir cuando no pudo dedicarse de lleno a la política, al menos hasta los años veinte), ensayista (autor de una extensa obra histórica y de biografías, que le permitieron ganar millones de libras durante su vida [de manera escalonada y que no alcanzaron del todo para sufragar su nivel de vida] y ganar un Premio Nobel de Literatura en 1953)[8] y soldado (en la guerra de los Bóers, como alardeó siempre, pero también una breve experiencia en las trincheras durante la Gran Guerra). Fue también un aventurero, invirtió una fortuna en la Bolsa de Nueva York que perdió en el crash de 1929 y que le costó recuperar; un patriota (Britannia rules!) y un internacionalista (creyó en una Europa de tipo confederal, unos Estados Unidos no aislacionistas y un papel rector del Reino Unido entre ambas esferas); un anticomunista pragmático (a menudo tenemos la visión de Churchill como un feroz azote del comunismo, pero, a riesgo de que se le etiquetara de veleta, apostó por la integración de la URSS en el concierto de las naciones y defendió la alianza con Stalin frente a la Alemania hitleriana incluso cuando se destaparon masacres soviéticas como la de Katyn en Polonia); un “sionista” (siempre rechazó el antisemitismo y apostó por una patria para los judíos, aunque a veces disintió del modo de concederla); un imperialista (se negó sistemáticamente a conceder cualquier tipo de autonomía, como los dominios, a las colonias; fue crítico con cualquier concesión a Gandhi en la India, al que despreciaba) y un demócrata que consideraba que la democracia era “el menos malo de los sistemas políticos” y que creía que una conversación de cinco minutos con el votante medio era la mejor prueba que uno podía tener contra este régimen político (la visión aristocrática de la política siempre estuvo en el ADN de alguien como Churchill, criado en la élite). De todo ello, y con largueza, habla Andrew Roberts en esta magna biografía.

Y lo hace “hablando” por boca del propio Churchill y quienes le rodearon, pues un vistazo a las fuentes de archivo que se recogen al final del volumen nos da una idea de hasta dónde ha llegado el autor de esta biografía para documentarse y permitir que el personaje “hable” por sí mismo: más de cuarenta colecciones de documentación privada, depositadas en el Churchill College de Cambridge, algunas de ellas inéditas hasta ahora, y que incluyen la extensísima correspondencia familiar (con su esposa Clementine y sus hijos Randolph y Sarah),[9] y los papeles privados y diarios de muchos de sus colaboradores. Roberts destaca el uso que ha hecho de los diarios oficiales del Gabinete de Guerra durante el período 1940-1945, así como de los diarios personales del rey Jorge VI (con permiso expreso de la reina Isabel II) o los escritos personales de Ivan Maisky, embajador soviético en Londres durante la Segunda Guerra Mundial y con quien Churchill mantuvo una fluida relación. Esta labor de documentación es inmensa y permiten que esta biografía, decíamos antes, se acerque a la etiqueta de “obra definitiva” sobre el personaje.

Una documentación que nos permite conocer a fondo a Churchill en su esfera pública y especialmente en la privada: su pasión por el coleccionismo de mariposas, por ejemplo, pareja a la que alimentó como pintor. Marido y padre cariñoso (a pesar de la tensa relación que mantuvo siempre con su hijo Randolph), y también hijo piadoso respecto a su propio padre, Randolph Churchill (1849-1895), cuya muerte le afectó especialmente y cuyo recuerdo siempre tuvo muy presente. También era alguien que se emocionaba y lloraba en público con facilidad (Roberts lo menciona en innumerables ocasiones de diversas fuentes, algunas de las cuales dudaban de la sinceridad de sus lágrimas); que bebía de manera inmoderada (¿fue alcohólico?), que desde los años veinte se acostumbró a una larga siesta después de comer, que mantuvo cuando fue primer ministro, y que no mostraba pudor alguno ante sus colaboradores (por muy de alto nivel que fueran) cuando salía de la bañera desnudo; con horarios intempestivos y jornadas de trabajo que se alargaban hasta las dos o tres de la madrugada. Hedonista y romántico, soñador y pragmático, egocéntrico y quisquilloso, dilapidador y trabajador para recuperar lo perdido.

Otro de los (muchos) alicientes del libro es conocer a fondo la fijación, por no decir, obsesión, con su padre: la relación entre ambos no fue sencilla y Winston siempre esperó que su padre se sintiera orgulloso de él (algo complicado como estudiante más bien mediocre y con una juventud azarosa que, como menciona Anthony McCarten en el libro antes mencionado, lo hacían ver, a ojos de su padre, como “un zángano en la sociedad” [“the social wastrel”]). Desde que murió, se rumoreaba que como consecuencia de la sífilis, aunque parece ser que pudo ser a causa de un tumor cerebral no diagnosticado (Winston siempre rechazó el chisme sobre la muerte de su padre), Churchill lo mantuvo en su memoria, incluso en actitudes que imitó de él, como ciertos gestos con la cabeza o el tipo de bastón que utilizaba. Son diversas las ocasiones, recogidas en el libro, en las que Churchill rememoraba la figura pública de su padre y el rencor que le tuvieron algunos de sus colegas tories, como el marqués Salisbury, primer ministro entre 1895 y 1902, y líder de los tories; en un momento determinado, pasados cincuenta años de la muerte del progenitor, Churchill le comentó a un descendiente del Salisbury cuánto mal le habían hecho a su padre. La prematura muerte de quien pudo ser un político de altura y dimitió de su cargo de canciller del Exchequer de manera intempestiva afectaron a Churchill, que como político siempre procuró seguir su modelo, a veces de manera obsesiva.

Si la primera parte del libro es la larga “preparación” de Churchill para ser primer ministro en mayo de 1940 y que supone, de por sí, todo un volumen, la segunda parte nos muestra, y es otro de los puntos fuertes del libro, la Segunda Guerra Mundial a través de la labor (y la experiencia) de Winston Churchill como primer ministro. Las diversas operaciones militares (con algunas de las cuales no estuvo de acuerdo), las conferencias con Franklin D. Roosevelt y Stalin (las “cumbres” por antonomasia, de la Carta del Atlántico a la conferencia de Potsdam) y los detalles personales de la relación con ambos; los numerosos viajes a los escenarios de guerra, muchas veces poniendo en riesgo su vida (es elocuente la insistencia por estar presente en el desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944, hasta que el propio Jorge VI le prohibió acercarse); el día a día de la gobernación en medio de una guerra en la que Inglaterra estuvo “sola” durante un año y medio (y cómo Churchill tuvo que hacer frente a la dificilísima situación en la primera mitad de 1942, con los ataques japoneses en el Pacífico, el avance alemán en el norte de África y amenazando Egipto, o los problemas para conseguir armas y municiones a lo largo de 1941 de un aliado como Estados Unidos que, en puridad, era neutral), etc. Esta segunda parte, dedicada en extenso al período de mayo de 1940 a finales de julio de 1945, cuando Los tories perdieron las elecciones generales y Churchill dejó de ser primer ministro, es exhaustiva (como de hecho lo es todo el libro), y se complementa con tres capítulos finales sobre el período en la oposición política (hasta 1951), el segundo mandato (agosto de 1951-abril de 1955) y la última década de vida de Churchill (cada vez más acosado por los achaques de salud).

El resultado es una extensísima y muy completa biografía del personaje, por un lado, pero también una esclarecedora panorámica de un período (1900-1955, sobre todo) y de un escenario, la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX y la vida política focalizada en la experiencia y la visión de este personaje, por el otro. Un cuadro muy amplio que impacta por su exhaustividad y por un estilo amenísimo, muy literario; profuso en detalles y que desborda pasión. Una lectura deliciosa y una obra, por último, que va a quedar como referencia sobre el personaje. Un libro que, por muy extensa que sea su traducción (y parece que lo será) debe ser leída por todos aquellos que quieran saber quién fue Winston Churchill.

 

Notas

[1] El desgaste del NSDAP en los meses posteriores a estas elecciones al Reichstag fue evidente cuando el canciller Franz von Papen las convocó por segunda vez en 1932, en noviembre: los nazis perdieron 34 escaños y algo más de dos millones de votos.

[2] Winston Churchill: The Wilderness Years, episodio 3, “In High Places”, disponible on line en YouTube [fecha de la última consulta: 10 de noviembre de 2018]. La cuestión de marras se desarrolla entre los minutos 4:15 y 10:15. En esta secuencia, Churchill (acompañado de su esposa Clementine, su hijo Randolph y algunos amigos) acude a cenar a un restaurante y charla con Hanfstaengl sobre la política del momento en Alemania. Churchill pregunta si Hitler ganará las elecciones (las ha ganado el mes anterior, como sabemos, pero sin conseguir alcanzar la cancillería); Hanfstaengl le responde que si no éstas, ganará las siguientes. «¿Por su política respecto a los judíos?», pregunta Churchill. Hanfstaengl le responde: «Espero que entienda que el problema al que se enfrenta Alemania es la influencia de judíos extranjeros del Este, la excesiva representación de sus correligionarios en la política, el ámbito laboral y demás. La respuesta natural de los auténticos arios hacia este infeliz estado de cosas…», momento en el que Churchill le interrumpe: «[…] dígale a su jefe de mi parte, si no tengo la oportunidad de hacerlo personalmente, que el antisemitismo puede ser un buen punto de partida, pero es una mala etiqueta». Hafstaengl se reúne entonces con Hitler, que ha visto desde otra estancia la escena y, a pesar de la petición de éste, se niega, furioso, a reunirse con el británico. Al día siguiente, y frente a una multitud que vitorea a Hitler a las afueras del hotel en el que residen los Churchills, Haefstaengl le reitera a Winston la posibilidad de encontrarse con Hitler, pero Churchill la rechaza, alegando que ya se marchan, y le dice: «dígale a su amigo que, si alguna vez decide a viajar a Londres, por supuesto estaré dispuesto a reunirme con él».

[3] Y en la desigual película homónima y con guion del propio McCarten, dirigida por Joe Wright y con Gary Oldman en la piel de Churchill.

[4] El filme para televisión Churchill’s Secret (ITV, 2016) relata con detalle los meses de convalecencia en secreto de Churchill y en cómo fue tomando la decisión de retirarse definitivamente, cediendo el cargo de primer ministro a Anthony Eden.

En el 7º episodio de la primera temporada de la serie televisiva The Crown (Netflix: 2016-), se cuenta cómo el secreto de la enfermedad de Churchill afectó incluso a la propia reina Isabel II (Claire Foy), que reaccionó con una soberana reprimenda al anciano primer ministro (John Lithgow), a instancias del profesor que ha escogido para instruirla en los asuntos esenciales de la política británica: «No puedo convocar a los hombres más brillantes y extraordinarios del país para echarles una regañina como a niños», dice la reina. El profesor le pregunta por qué no: «Usted ha actuado bien y ellos no». «Sí, pero son mucho más inteligentes que yo. En cualquier confrontación me ganarían en debates, en ideas y en manipulación», responde la reina. El profesor responde que se trata de una cuestión de integridad y principios, y que ella conoce al dedillo la “Constitución” británica: «Tiene la única educación que importa», incide, insistiendo en que los convoque (a Churchill y su colaborador, lord Salisbury) y les eche una buena regañina, «como a niños». Cuando la reina pregunta «¿y por qué iban a soportarlo?», el profesor responde, en uno de los diálogos más ingeniosos de toda la temporada a cargo del creador de la serie, Peter Morgan: «Porque son ingleses, hombres y de clase alta: una buena regañina de una niñera es lo que más desean en la vida».

[5] Aún retendría el escaño en la Cámara de los Comunes, que revalidó en las elecciones generales de mayo de 1955 y octubre de 1959, y para el que no se presentó en las de octubre de 1964, unos meses antes de su muerte.

[6] En 1904 abandonó el Partido Conservador, «cruzando la sala de la Cámara de los Comunes«» y sentándose en la bancada de la oposición, el Partido Liberal. Winston fue “liberal” (a su manera) hasta las elecciones de 1924, en que volvió a presentarse por el Partido Conservador, que ya no abandonó hasta su muerte. Con todo, y hasta su designación como primer ministro en mayo de 1940, Churchill siempre fue visto como “un verso suelto” entre los tories; no asumió el liderazgo del partido hasta la renuncia de Neville Chamberlain, en octubre de 1940, y que mantuvo hasta su dimisión de 1955.

[7] 1922 fue uno de los anni horribilis en la vida de Churchill; en apenas unos meses, y como escribió en su momento, con su característico humor: «En un parpadelo de ojo, me encontré sin cargo, sin escaño, sin un partido y sin un apéndice» (final del capítulo 12).  Se volvió a presentar como candidato en unas elecciones parciales en 1923, perdiendo de nuevo. No volvió a los Comunes hasta marzo de 1924 y desde entonces no perdió en ningunas elecciones generales hasta su retirada del acta de diputado en 1964.

[8] La obra escrita de Winston Churchill, desde sus primeras obras a finales del siglo XIX, con una visión muy victoriana del Imperio Británico, pasando por sus grandes estudios históricos (The World Crisis en cuatro volúmenes [editada en castellano en 2014 por DeBolsillo: La crisis mundial, 1911-1918], Marlborough. His Life and Times, Great Contemporaries, The Second World War [en seis volúmenes, y que le hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura] o A History of the English-speaking Peoples), recibe un tratamiento pormenorizado por parte de Roberts a lo largo del volumen. Roberts pone en contexto cada una de sus obras y analiza qué quería aportar Churchill con ellas, especialmente sus grandes obras históricas, como sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, una obra más literaria que estrictamente histórica.

[9] Los lectores de otra extensa biografía de Roberts, Napoleón: una vida (Palabra, 2016), saben hasta qué punto el autor saca partido de la correspondencia privada de los personajes sobre los que trabaja.

     

7 comentarios en “CHURCHILL: WALKING WITH DESTINY – Andrew Roberts

  1. Iñigo dice:

    Impecable Gato. Bravo!!!!

  2. David Yllanes dice:

    Enhorabuena por esta tremenda reseña, que hace justicia a un libro realmente extraordinario.

  3. Farsalia dice:

    ¡Gracias a ambos! Un libro extraordinario en todos los sentidos, sin duda alguna. A ver lo que tarda en llegar la traducción.

  4. asiriaazul dice:

    Me lo anoto como futurible en cuanto sea publicado en castellano.

  5. Miguel Croce dice:

    Qué reseña tan bien hecha y de lectura que lo prende a uno desde el principio.

  6. Farsalia dice:

    Gracias, es un libro muy jugoso.

  7. Bilbao Carvajal dice:

    Hola, excelente reseña. Estoy leyendo el Napoleón de Roberts y es sencillamente extraordinario.
    Hay algún rumor sobre editorial y fecha que se haría con esta publicación?
    Saludos
    Bilbao

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