CENSURA EN EL MUNDO ANTIGUO – Luis Gil

Censura en el Mundo AntiguoMayor razón para reírme de la necedad de quienes creen que con el poder del presente se puede extinguir también la memoria de la posteridad. Y es que, al contrario, la autoridad de los talentos perseguidos crece, y ni los reyes extranjeros ni los que procedieron con la misma saña lograron otra cosa que el deshonor para sí y la gloria para ellos.”
Tácito. Anales IV, 35.

Magna, admirable, portentosa, soberbia y aún no superada después de casi 50 años de su publicación; todo eso es esta minuciosa historia del esfuerzo humano por coartar la libertad de expresión literaria, artística, religiosa y política, a lo largo de los algo más de 1000 años que van desde las primeras manifestaciones escritas en la Grecia Arcaica, hasta un poco más allá de la caída del Imperio Romano de Occidente. Su autor, Luis Gil, es uno de los máximos exponentes de la pujante filología clásica española que hoy goza de universal reconocimiento, por usar la expresión que él mismo aplica a sus colegas, que se gestó a partir de los años cincuenta del pasado siglo por primera vez en nuestra historia. Ya octogenario y con una tranquilidad de espíritu y lucidez mental que muchos con menos de la mitad de años desearíamos, Luis Gil acaba de recibir (en octubre de 2007) el Premio Nacional de Historia de España por su obra El imperio luso-español y la Persia Safávida, Tomo I (1582- 1605). Sí, no es una errata: Tomo I.

El libro es la tercera edición de un trabajo que fue publicado en 1960 y reeditado en 1984. El ojo atento se habrá percatado de que la primera tirada aconteció en pleno franquismo y la segunda en tiempo de democracia ya consolidada. El ojo atento, si además es avispado, habrá tenido que notar lo peregrina que debió de ser la idea siquiera de escribir un libro sobre censura en plena época de censura. Y el ojo atento, avispado y además clarividente, sin duda habrá reparado en algo todavía más chocante, algo en sí contradictorio, a saber, que mi Censura pasase la censura. Esta tercera impresión recoge los prólogos de las dos anteriores y aun un tercero, en los cuales (especialmente en el segundo) se ofrecen al lector unas valiosísimas claves para interpretar las páginas que siguen; y no es superfluo comentar a santo de qué el libro está escrito “en clave”. En ese jugoso segundo prólogo a la edición de 1984, Luis Gil explica cómo su libro tuvo que afrontar en 1960, por decirlo así, el mismo mal que su contenido pretendía poner a la luz, y cómo salió airoso de ello. Es preciso hacer una doble lectura para poder captar el mensaje oculto de mi libro, mensaje que sólo pudo ser percibido por el lector español de entonces, acostumbrado a leer entre líneas, consciente de la existencia de una censura que obligaba a muchos escritores a sentir lo que dijeran, a no decir lo que sintieran, o a decirlo sin que se notara. El autor escogió esta tercera vía, y así echó mano de ciertos procedimientos de estilo, y hasta de algunos recursos tipográficos, para encubrir el fondo y adecuar la superficie a los modos y modas de entonces. Todo ello constituía el ‘modus scribendi’ propio de una dictadura y el juego de tácitas complicidades en ella establecido entre el autor, su público y esa figura anónima aunque omnipresente, del censor.

Lógicamente, el mero hecho de haber logrado publicar semejante libro en semejante contexto sociopolítico fue de por sí digno de asombro en los países vecinos. Se llegó a decir que “bueno era que un libro sobre la censura nos llegara de España, donde se es orfèvre en la matière”, o que “para tratar de la libertad de expresión y de la libertad de conciencia en un país donde hace estragos la dictadura, la intolerancia y la censura […], para recordar los autos de fe en la Alemania de 1934 […], para hacer hincapié en el hecho de que Teodosio I, el emperador cristiano e intolerante, naciera en España, para terminar la exposición histórica con la mención al Decretum Gelasianum, el más antiguo esbozo conocido de Index librorum prohibitorum, para atreverse a ser heterodoxo en un país ortodoxo, era necesaria una gran dosis de valor: es éste el primer testimonio de estima que quisiera ofrecer a este bello libro.”

Respecto a esta doble o segunda lectura mencionada por el autor, y a la que el desarrollo de esta reseña me ha llevado a referirme antes que a la primera, llevarla a cabo no deja de ser un ejercicio curioso para el lector que cumpla alguno de los requisitos exigidos (ya que no el temporal, por razones obvias, sí al menos el de nacionalidad). De esa forma quizá adquirieran un sentido inesperado algunas frases dispersas ocultas en la espesura de la selva paginística, como cuando dice que pese a sus innegables méritos, el ambiente opresivo de la tiranía no fue tan favorable a la vida del espíritu como el más abierto de las ‘politeiai’ o constituciones de signo oligárquico o democrático que la sucedieron; o cuando dice que se emplearon para acabar de una vez con el cristianismo procedimientos que recuerdan tristemente los de ciertos estados modernos; o que hay que pensar seriamente en la inutilidad de los esfuerzos de los regímenes políticos efímeros por impedir la difusión de la Verdad contenida en la letra de los libros o en la alada palabra del magisterio oral.

En cuanto a la lectura plana, la que no busca dobleces en lo que se lee, ella por sí misma daría justificación con creces al presente volumen. Este libro viene a cubrir un vacío: el del estudio de los textos y documentos de la Antigüedad que han desaparecido por razones digamos “no naturales”, y los motivos de esa privación. Porque si bien sobre los textos grecorromanos conservados hasta nuestros días existe infinita bibliografía, sin embargo ningún autor parece haber tenido en cuenta algo a priori sumamente probable, concretamente, el hecho de que los hombres hayan podido poner idéntica solicitud y celo en destruir lo sentido por ellos como perjudicial que en conservar lo que estimaban beneficioso y útil. Efectivamente, la Historia que conocemos, la Historia “oficial”, es la que está escrita en la herencia que ha sido conservada durante siglos; pero la Historia escrita que no nos ha llegado acaso podría tener tal relevancia que alterara el contenido de la versión “oficial”. Porque ¿nos hemos de creer sin más, pongamos por caso, que Catilina era el monstruoso engendro descrito por Cicerón y por Salustio y que se debe a mera casualidad el que no se haya conservado una literatura favorable a su persona?. De ahí la enorme importancia que adquiere este recorrido por la censura en el mundo antiguo: no sólo por el interés en conocer qué otros textos, qué otras maneras de pensar, qué otras ideologías existieron en la Antigüedad y de las cuales nada se sabe a través de los documentos conservados; sino, y más importante, por el hecho de que esos textos o ideologías podrían provocar un giro de 180 grados en nuestra percepción de la Historia.

Es de destacar el hecho de que el libro no es un mero catálogo de datos en los que se vislumbre voluntad censora, sino que todos ellos quedan perfectamente enmarcados y contextualizados en la época y situación en que se producen; de manera que lo que se nos ofrece es ni más ni menos que un manual de Historia, aunque, eso sí, desde la perspectiva poco habitual que ya se ha explicado antes. La singladura comienza con las primeras manifestaciones de censura que se conocen en el mundo griego contra los poemas de Homero (contra quién si no) en el siglo VII a.C., pasando por las medidas represoras y censoras del sistema político que se instaló en Esparta (las representaciones teatrales se prohíben en Esparta. La enseñanza de la filosofía y de la retórica se suprime terminantemente (…) Los libros son desterrados del país al igual que los maestros extranjeros, y el odio a la palabra escrita se lleva al extremo de no escribir las leyes), pasando también por las idas y venidas de la libertad de expresión en Atenas (muy interesante el análisis que se hace de la famosa parrhesía ática, que podríamos traducir como “espíritu parlanchín” de los atenienses, análisis que permite comprobar un tanto paradójicamente que fue en Atenas donde por primera vez se realizaron intentos serios de poner cortapisas legales a la libertad de palabra y de magisterio, e incluso de establecer una censura literaria, como reacción lógica contra los excesos del librepensamiento y la ‘sinceridad’ de las gentes), y avanzando en el tiempo hasta llegar al periodo helenístico y las primeras persecuciones por razones religiosas que se llevaron a cabo en el mundo griego, a cargo de Antíoco IV.

Una vez repasada Grecia, el libro se zambulle en Roma, de la que ya no saldrá. El periodo republicano queda descrito en pocas páginas en proporción con las dedicadas a la Roma imperial, pero es que durante la República hubo una amplia libertad de palabra y de pluma para expresar el propio pensamiento, de modo que al objeto del libro no resulta un periodo interesante. Pese a ello, en esas pocas páginas se sientan las bases de unos elementos que serán constantes en el desarrollo de la censura imperial: la persecución de la magia, la superstición y la adivinación, el carmen condere, la lex Cornelia de iniuriis… Con el Imperio se inaugura un aspecto de la censura que ha perdurado por los siglos de los siglos: a la censura religiosa y la censura social se añade una tercera, la política, contra toda crítica oral o escrita a los agentes de la autoridad imperial o los personajes de la corte. El libro recorre cronológicamente y uno tras otro, el siglo I d.C., años de decadencia literaria a causa de la censura; el siglo II, una de las épocas más felices de la historia de Occidente pero también una de las más conflictivas en el plano religioso, ya que la convivencia de unas formas de pensar con otras, al implicarse íntimamente en las creencias religiosas, y suponerse unos y otros en posesión absoluta de la verdad, se hará punto menos que imposible, lo cual explicaría sin duda que en el reinado de Marco Aurelio se produjeran, por iniciativa popular, las más graves persecuciones contra el cristianismo de todo el siglo; el siglo III, en el que el peso opresivo de la figura de los emperadores fue sin duda una de las causas que cooperaron a hacer del siglo III un periodo de radical decadencia en las letras latinas y griegas (en este siglo se produjeron duras persecuciones a la magia y la adivinación, al maniqueísmo y al cristianismo, siendo esta última cuestión tratada de manera extensa y prolija -la consideración del cristiano como un “fuera de la ley”, la persecución de Diocleciano, la resistencia ofrecida…- ); el siglo IV, en el que el cristianismo se convierte en religión oficial pese a que todavía gran parte de la población del Imperio seguía siendo pagana; y el siglo V, que contempla el nacimiento de un nuevo tipo de indeseable: el hereje, esa víbora ponzoñosa oculta en el seno del cristianismo, mil veces más temible que el enemigo declarado, el pagano. Contra él el Imperio cristiano aplicaba con redoblado vigor los mismos procedimientos de los perseguidores del cristianismo, tan virilmente condenados por los apologetas de los siglos II y III; y aunque dentro del cristianismo existieron posiciones de tolerancia ante la herejía y de crítica a su persecución, desde las que se expresaron pensamientos como el de que es una gran injuria a Dios el que los hombres le defiendan. ¿Qué opina de Dios quien con violencia quiere defenderle sino que Él no puede por Sí solo vengar sus ofensas?; pese a estas posturas tolerantes, la intransigencia política condujo a la elaboración de un índice de los libros heréticos que, a pesar de las repetidas destrucciones, circulaban por doquier. Con la mención de dicho índice concluye el libro.

Es de justicia reconocer la vastísima erudición de que se hace gala en cada una de las páginas, el increíble conocimiento implícito de la antigüedad grecorromana, el apabullante dominio de las fuentes clásicas que se evidencia en la profusión de notas a cada capítulo. Incluso se tiene la sensación de que el autor se ha contenido para no caer en una desmesura erudita que hubiera relegado su obra a ser pasto exclusivo de doctos investigadores y bibliotecas especializadas. Muy al contrario, el libro está dirigido a filólogos clásicos o espíritus sensibles a los atractivos múltiples del mundo griego y romano, y si bien en algunos momentos la lectura se hace farragosa por la sucesión incesante de datos, lo cierto es que el esfuerzo vale la pena. Se trata sin duda de uno de esos libros que todo interesado en la cultura grecorromana debería tener al alcance de su mano incluso aunque sólo fuera como obra de consulta.

Concluyo este comentario escrito conjuntamente con el autor, de quien he rescatado todas las cursivas no entrecomilladas (sus palabras constituyen una muestra del contenido del libro infinitamente mejor que cualquier glosa que yo hubiera podido hacer) con una anécdota narrada por el historiador Dión Casio que permite imaginar el clima de inseguridad y angustia que se vivió en numerosos momentos a lo largo de esos más de 1000 años que abarca esta historia de la censura. En tiempos del emperador Septimio Severo, en el Senado romano se veía la causa de un tal Aproniano, a quien increíblemente se acusaba de un mero rumor que decía que su nodriza había visto en sueños que iba a ser emperador. La pena en caso de culpabilidad sería la muerte. Por tal motivo sus esclavos habían sido reglamentariamente torturados para tomarles declaración, y al parecer uno de ellos había afirmado haber visto, en algún momento y lugar, asomarse a un senador calvo. En lugar de risa, tal declaración provocó en los senadores un profundo desasosiego:

Al oír esto quedamos nosotros (a saber, los senadores), en una terrible situación […] No sólo a los calvos, sino también a los que tenían entradas les dominó el espanto, y corrían rumores de ‘es fulano’, ‘no, es mengano’. Y no voy a ocultar lo que me pasó, aunque sea sumamente ridículo. En tan gran desconcierto me encontraba, que me palpé con la mano a ver si tenía pelos en la cabeza. Y lo mismo les ocurrió a otros muchos. No quitábamos la mirada de quienes eran más o menos calvos, tratando de echar sobre ellos el peligro, hasta que se leyó la declaración adicional de que el calvo en cuestión llevaba una toga con un borde purpúreo. Al decir esto todos miramos a Bebio Marcelino, a la sazón edil y completamente calvo. Levantándose entonces éste y saliendo al centro de la sala, dijo: ‘Me reconocerá sin duda alguna, si es que me ha visto’. Aprobamos nosotros sus palabras y se hizo entrar en la curia al denunciante, el cual estuvo de pie mucho tiempo en silencio, mirando a su alrededor a ver a quién debía reconocer. Por último, siguiendo un gesto imperceptible que alguien le hizo, afirmó que era Marcelino el hombre del sueño. De este modo quedó Marcelino convicto y confeso de un crimen de ‘asomamiento de calvo’ y le sacaron de la curia entre lamentos […] Y así fue como se le cortó la cabeza, antes incluso de enterarse Severo de que había sido condenado”.
Dión Casio. Historia romana LXXVII, 8.

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56 comentarios en “CENSURA EN EL MUNDO ANTIGUO – Luis Gil

  1. pepe dice:

    Una reseña realmente maravillosa, Cavilius. El tema es apasionante y, además, de plena actualidad, porque existen todavía muchos tipos de censura, quizá no tan bárbaros como sea destruir una obra pero tanto o más eficaces. Ehorabuena.

  2. Epaminondas dice:

    Magistral reseña Cavi de un libro doblemente interesante tal y como expones. Interesantísima la duda que expones sobre la veracidad de las fuentes que conocemos y habitualmente trabajamos como básicas y ciertas. ¿Será la historia radicalmente diferente a lo que conocemos?

    Creo yo que puede ser algo diferente, no excesivamente diferente. En todo caso y como expone el maestro Popper, si bien no es posible establecer absolutos (es imposible despejar absolutamente la duda), la ciencia debe ser capaz de establecer verdades relativamente absolutas, esto es: ciertas mientras no se demuestre lo contrario.

    Enhorabuena de nuevo y saludos.

  3. Huguete dice:

    En relación con lo que dice el compañero Pepe, quiero denunsiar aquí el intento de censura a que se ha visto sometido recién el lider de la revolusión bolivariana e incansable luchador por la libertad, que ha prometido no dar descanso a su brazo ni a su lengua hasta tanto no caigan las cadenas de la opresión. Un saludo grande y un abraso bolivariano a los compañeros de Hislibris.

  4. Epaminondas dice:

    Uf…

    Yo paso.

  5. Verdoy dice:

    Anda pepe, “compañero de la revolusión”… y tu sin saberlo.

    Huguete, a mi me vas a disculpar, pero yo soy hislibreño y no soy compañero de tu “revolusión”.

    Y volviendo a temas más amenos: Me rindo ante tí Cavilius. Sensacional reseña. Ahora solo falta que no me des el disgusto de decir que el libro está descatalogado o algo por el estilo.

    saludos

  6. Delfi dice:

    Epaminondas y Verdoy, no os dejéis dominar por la ofuscasión y la intransigencia. El compañero Huguete nos ha enviado a todos su abrazo fraterno y revolucionario, que yo recojo y le devuelvo emocionado. Todos estamos en la obligación de hacer una gran reminiscencia de los sueños de los luchadores por la libertad que nos precedieron. Estamos acá para decir basta a la tiranía, a la explotación, al saqueo y también para felicitar lo más antes posible al compañero Cavilius que ha hecho una reseña hermosa y sabia. Sigue adelante, hermano, que tienes la gran responsabilidad de impedir que la cultura clásica desaparezca de esta página anegada en el frangollo de la guerra y de la violencia.

  7. Epaminondas dice:

    Madre mía Cavi, estos te hunden la reseña.

  8. Urogallo dice:

    ¡Compañeros todos!. No os dejeís llevar por la crispación y ofrecedle a las compañeras del otro lado del oceano, cuando más guapas mejor, el fraternal abrazo de nuestra solidaridad proletaria.

    Yo, como pequeño burgués, no debería decir esto último, pero es inevitable.

    Juash, tan tranquilo estaba yo leyendo la excelente anécdota sobre los senadores calvos y los métodos de Septmio Severo y me encuentro esto. Así es verdad que las hortigas anidan entre las rosas…

  9. Rodrigo dice:

    Extraordinaria reseña, Cavilius. No hay duda de que el tema es siempre importante y que el libro debe ser toda una contribución. Como para pensar que el tópico famoso sobre las ‘lecciones de la historia’ puede, al menos en ocasiones, dejar de ser un tópico; el problema está en si los que manejan el poder –o pueden llegar a hacerlo- leen libros como éste que presentas. Y si verdaderamente aprenden alguna lección sobre la libertad de expresión y afines.

    En relación al ‘saludo’ del compañero Huguete: no hay mayor descaro que el de defender (¿en nombre de la libertad de expresión y de prensa?) a un déspota que censura toda crítica a su régimen y clausura medios de comunicación de línea opositora. Una vergüenza para la izquierda latinoamericana.

  10. Epaminondas dice:

    Una vergüenza para la humanidad toda.

  11. Laurita dice:

    Plino el Viejo recoge en su Historia Natural que el urogallo macho es
    de plumaje gris negruzco en sus partes superiores, con cobertoras alares pardas, cola y vientre manchados de blanco y carúncula roja alrededor del ojo. A tenor de esta descripción parece claro que el urogallo macho es, en definitiva, un animal…

  12. pepe dice:

    Apartándome un poco del asunto de la censura en la antiguedad,
    me gustaría saber vuestra opinión sobre si el hecho de que ciertos medios de comunicación silencien opiniones contrarias a su ideario o a sus intereses políticos es en realidad una forma de censura o, por el contrario, son muy libres de mantener una “línea editorial bien definida”…

  13. davide dice:

    Pues la verdad Pepe, en el caso de los públicos, tengo claro que la censura no debería existir; pero en los privados, la cosa se me complica.
    Porque se entiende que éstos responden a unos intereses concretos y claro, tampoco vas a ser tan tonto de permitir que escriban en contra de los mismos.
    Buena pregunta, de todas maneras.

  14. cavilius dice:

    Gracias por los comentarios, pe, Epa, Hugue, Verdo, Del, Uro, Rodri, Lau, y los que vengan (ay, estos apocopillos, no me dejan, no…). Verdoy, el libro salió hace poco en Alianza; lo encontrarás fácilmente y a un módico precio.

    Yo, lo que le veo a esto de la censura es que no es reversible: hay que tolerarla porque si censuramos la censura, la estamos afirmando (¿pensaría así el censor que dio el nihil obstat a este libro allá por 1960?; no creo). Y creo que esa irreversibilidad es lo que ha hecho que pepe-Huguete-Delfi-Laurita se emocione. ¡Pero por Dios, que alguien le desconecte el teclado!

    Respecto a tu pregunta, opino como davide. Pero si eso es un problema, se soluciona no recurriendo a ellos, o haciéndolo asumiendo el riesgo. Por mi parte, reivindico el derecho a la desinformación:

    ¡Qué descansada vida
    la del que huye del mundanal ruïdo
    y escoge la escondida
    senda por do han ido
    los pocos sabios que en el mundo han sido!
    .

    Saludos.

  15. Urogallo dice:

    Desconocia la cobertura parda y el vientre blanco de los gallos-toro, en los ejemplares que yo he podido ver ( y dudo que Plinio tuviese acceso a los ejemplares escoceses, si no solo a los cantabricos) los gallos-príncipe son negros por completo.

    En cualquier caso, habría que preguntarse si Plinio llegó a ver alguna vez las costas del mar Cantabrico.

  16. pepe dice:

    Gracias, Cavilius, por pedir que se censuren mis opiniones y que se acalle la voz de los oprimidos, a los que intentas despojar incluso de su alma colmenera. Tampoco me ha pasado desapercibida tu alusión a los calvos, no me extrañaría que alguno protestara de aquí a poco.

    Para que veas que no te guardo rencor, te voy a hacer una pregunta que tiene que ver con la reseña. Como es bien sabido, a Catón el Viejo se le conoce como Catón El Censor en gran medida por su oposición a la difusión de la cultura helena, por lo que ésta significaba de corrupción de los valores romanos. ¿Qué ejemplos pone el libro de esta (encomiable) labor de censura?

  17. Urogallo dice:

    Es una lastima que la degenerada casa de los Escipiones obstaculizase su notable valor de preservación de los valores romanos.

  18. cavilius dice:

    Cielos, he caído en mi propia trampa y me acabo de incluir irreversiblemente en el censo de los censores…

    Pues aunque me sé el libro de memoria, pepe, la página donde habla de Catón el viejo censor no la recuerdo bien; espérate que llegue a casa y refresque la memoria.

  19. Urogallo dice:

    ¿Y qué tal el tema de la destrucción por Augusto de todos los papeles de César que juzgó indignos de Divus Iulius?.¿Encaja como censura,no?.

  20. unoqueva dice:

    rodrigo

    espero no se entienda mal mi mensaje y no voy a realizar una defensa de Chavez, personaje al que quiero lo mas lejos posible de mi pais, pero como nobleza obliga, hay q aclarar algo

    para ser exacto, si te referias a RCTV, caduco su licencia y el gob. tenia libre potestad para renovarla o no. ademas recordemos el pasado golpisma de esta cadena apoyando intentonas militares contra gob democraticos, ya le hubiera correspondido perder la licencia hace años, creo

    ya que te mencionas tambien, clausuras, de cuales hablas? no conozco ninguna, salvo las que inventan en la CNN y no existen en la vida real

  21. Rodrigo dice:

    A propósito de lo que planteaba Pepe:
    En razón de una cierta rigurosidad, he buscado en el diccionario RAE –formato electrónico- el significado de la palabra ‘censura’ y he encontrado las siguientes acepciones:

    “Censura.
    (Del lat. censūra).
    1. f. Dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito.
    2. f. Nota, corrección o reprobación de algo.
    3. f. Murmuración, detracción.
    4. f. Intervención que ejerce el censor gubernativo.
    5. f. Pena eclesiástica del fuero externo, impuesta por algún delito con arreglo a los cánones.
    6. f. Entre los antiguos romanos, oficio y dignidad de censor.
    7. f. Psicol. Vigilancia que ejercen el yo y el superyó sobre el ello, para impedir el acceso a la conciencia de impulsos nocivos para el equilibrio psíquico.
    8. f. ant. Padrón, asiento, registro o matrícula.
    ~ de cuentas.
    1. f. La ejercida por el censor jurado de cuentas.
    previa ~.
    1. f. Examen y aprobación que anticipadamente hace el censor gubernativo de ciertos escritos antes de darse a la imprenta.

    http://buscon.rae.es/draeI/SrvltObtenerHtml?LEMA=censura&SUPIND=0&CAREXT=10000&NEDIC=No

    Según esto, tal vez no sea muy correcto definir o caracterizar como censura la práctica de ‘filtrar la información’ por los medios de comunicación.

    Yo creo que esta práctica periodística, la de filtrar la información, las fuentes y los puntos de vista, es completamente legítima. A los responsables de la misma les compete ejercerla con la mayor observancia de la ética profesional anexa a su oficio. Es decir, con la mayor imparcialidad y objetividad posible, como corresponde a quienes desempeñan la labor de informar a la sociedad. Lo que no está reñido con el derecho de cada medio –incluso necesidad- de atenerse a una determinada línea editorial. El público puede optar por un medio u otro, y es de hecho lo que hace –en un régimen medianamente democrático, al menos-: opta según su afinidad con la línea editorial del medio elegido y según si, de acuerdo a la evaluación del público, este medio satisface exigencias relativas a seriedad, rigor, objetividad, profesionalismo y otros parámetros. Siempre habrá medios más tendenciosos y parciales que otros, y es claro que todos los medios responden a la defensa de unos u otros intereses -desde la promoción de la libertad y la democracia hasta el interés pecuniario de los propietarios del medio-. Lo importante –según lo veo- es que el público ejerza su propio derecho de informarse acuciosamente, contrastando medios y fuentes, exigiendo pluralismo y libertad informativa. Y que el marco normativo y sociopolítico del país pertinente garantice esta libertad y este pluralismo.

  22. Rodrigo dice:

    (Diantre, qué dilemas tan interesantes plantean los versados en temas de la Antigüedad. Maldita mi ignorancia.)

  23. cavilius dice:

    Vamos allá:

    Que sepas, pepe, que el libro dedica ni más ni menos que las páginas 136, 137 y 138 a ciertas actuaciones de Catón y otras gentes de su círculo; también le hace coprotagonista de la página 142, página ésta que ciertamente no suele destacar en los libros, y quizá por ello le hace entrar de nuevo en escena en la 154, para darle una cordial despedida en la 203. En cuanto a Augusto, pues le dedica un capítulo entero, cosa ésta digna de encomio: el número 7, sin ir más lejos, que se extiende desde la página 168 hasta la 180. Ahí es nada. Y por si fuera poco, y sin duda debido al hecho de que el ínclito Octavio fue emperador del imperio de los romanos, también tiene cameos en las páginas 159, 187, 188, 190, 194, 195, y otras muchas hasta que finalmente le agradece su intervención en la 431.

    Era esto lo que os interesaba, ¿no? Puedo entrar en más detalles si queréis.

    Saludos.

  24. Urogallo dice:

    Hombre, yo con los números ya tengo bastante, pero igual el resto de lectores necesitaria una exposición mas literaria y menos aritmética.

  25. Iñaki dice:

    ¡Aibalahostia! De modo que el Calvi-Luis éste a los calvos y a las calvas faltar quiere, y digo yo, ¿qué te han hecho a tí los calvos y las calvas, pues? Y no es que yo sea calvo, que no soy, oyes, que pelo tengo por cierto, peinado a lo cortinilla, mecagoental…

  26. Huguete dice:

    Compañero Iñaki, qué gusto en saludarte, aca en la revolusión bolivariana estamos trabajando duro y tupido para terminar con la injustas ideas preconsebidas de la sosiedad, de que los peludos son chévere y los calvos unos cojudos.

  27. jerufa dice:

    Me parece que no hay derecho a emborronar esta extraordinaria reseña con este tipo de comentarios. Cavi no se lo merece.
    Opino, como diría alguien a quien aprecio y estimo.

  28. pepe dice:

    Tienes mucha razón Jerufa, esta reseña no necesita comentarios
    que emborronen su prístina pureza. El compañero Huguete me encarga que te diga que está avergonzado y muy arrepentido. Me ha dejado estos versos para tí:

    Hay que ver lo que me ha dicho
    aquí el amigo Jerufa:
    que ésta no es reseña bufa
    y que yo soy un mal bicho

    y a emborronar lo excelente.
    que yo derecho no tengo
    qué hago, ¿me voy o me vengo…?
    Será mejor que me ausente
    y torne a mi revolución
    ¡ay!, ya me puede la emoción…
    quedad con Dios, buena gente.

  29. Incitatus dice:

    Enhorabuena Cavilius, interesante reseña sobre un magnífico libro que me tendré que leer (ya está en la pila) y que plantea un tema de lo más interesante.

    Pepe con respecto a la censura interna de los medios, si son privados, creo que aunque no es deseable, sí es legítima, ya que en el fondo se trata de un empresa privada y por lo tanto, mientras no mienta, difame o ataque al honor de alguíen, puede autocensurarse lo que quiera, por lo tanto contar con los colaboradores que desee y llevar una línea propia.

    Lo que no es deseable es que medios de la competencia quieran ejercer esa censura arrogándose el monopolio de la “verdad”

    saludos

  30. cavilius dice:

    Gracias, jerufa, por salir en defensa del hilo. Ese atajo de alopécicos son unos desalmados que no respetan nada.

    Efectivamente, Incitatus: una vez que se tiene claro que “los hechos” o “la verdad” como tales no existen, sino que existen “tal como fulano los cuenta” o “tal como mengano los describe” (¿es exactamente lo mismo “un árbol cayó en el bosque” que “un árbol se desplomó en el bosque”?, por poner un ejemplo tonto), una vez sentada esa premisa, cualquiera que se arrogue el monopolio de la “verdad”, como tú dices, en realidad y por definición se está arrogando el monopolio de la mentira. Y esa es la esencia de la censura: si sólo lo que yo digo es cierto, quien diga algo diferente está engañando y por tanto se le ha de censurar.

    Saludos.

  31. Valeria dice:

    Cavi, no me puedes hacer esto en la cuesta de enero. Mira que por tu recomendación tengo encargado otro libro que no voy a recoger para no caer en mayores tentaciones en entrando en la librería. ¿Pero no has oído lo de la crisis, la caída de la bolsa y todo eso? ¡Liante, que eres un liante!. Que no hay derecho a escribir así de bien, porretas. Que me convences siempre.

  32. davide dice:

    Entonces Cavilius, las religiones monoteístas, basadas en dogmas revelados por entes superiores y creadores, podrían llegar a resultar uno de los cúlmenes de la censura, a lo largo de nuestra historia.

  33. cavilius dice:

    Efectivamente, davide, y como bien dices: las religiones (y yo no especificaría si monoteístas o no) podrían llegar a resultar el summum de la censura, y no te niego que en alguna ocasión haya sido así. Pero, por lo mismo, también podrían llegar a resultar el summum de la tolerancia. Es cuestión de saber escoger entre lo uno y lo otro, entre entre censura y tolerancia, entre (y por poner un ejemplo, voy a tomarlo de la religión cristiana) “quien no está conmigo está contra mí” y “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. No es fácil. Opino.

    Compra, Vale, compra, que este es baratito: creo que unos 10 euros de nada.

    Saludos.

  34. davide dice:

    Entiendo perfectamente tu réplica Cavilius, y la comparto. La cuestión está precisamente en saber hasta dónde se pueden meter esas religiones en la esfera pública, y no circunscribirse sólo a lo privado.
    Saludos.

  35. akawi dice:

    ¡Lo que yo decía! Hoy hace un día maravilloso pero no te preocupes que algún Gili….. vendrá y te lo fastidiará.

    A pesar de esto, la reseña muy buena, es natural.

    Cavilius, ya hasta Marzo no te toca reseñar más. No tengo dinero, no tengo espacio, no tengo tiempo…. por favor Cavi ten compasión.

    Un abrazo.

  36. cavilius dice:

    ¿Gili? Ah, lo dices por el autor. Pero no es Gili, es Gil. Y lo de marzo díselo también a Uro, que cada vez que desayuna reseña un libro…

    Refiriéndome al libro: éste plantea su recorrido histórico centrándose en la dialéctica censura/tolerancia: en tal siglo hubo mayor permisividad con la libertad de expresión, tal emperador aplicó más mano dura a todo lo que no le fue favorable… Esa dinámica es manejada siempre y en todo momento por quien ostenta el poder, sea bajo la forma que sea: democracia, tiranía, república, imperio… Y a lo que voy: en el momento en que ese poder está ligado a la religión, en el momento en que hay un culto que es “el oficial” (o sea: siempre, ya que hablamos de la Antigua Grecia y de la Roma republicana o imperial), la distinción entre “esfera de lo público” y “esfera de lo privado” desaparece en ese sentido. Y es en ese momento cuando la religión puede creerse con la potestad de ejercer la máxima censura que el poder le permita, o bien puede ser capaz de mostrar la máxima tolerancia.

    Saludos.

    Evidentemente, en un estado en el que no haya un culto oficial,

  37. cavilius dice:

    las reglas del juego habrían de ser otras. (¿Y por qué se me ha cortado la frase?)

  38. Ariodante dice:

    A ver si ahora se va a estropear la papri… Cavi, aunque tarde, enhorabuena por la reseña. El libro parece magnífico, asi que, como siempre, ¡a la cola! Esto es el no parar…
    No sé si es por la ausencia de foro o por qué, pero la papri se ha enriquecido muchísimo, con unas reseñas estupendas y unos comentarios igualmente fenomenales. Como dice Akawi, estais poniendo el listón muy alto. Pero me congratulo, por supuesto. Cavi ¡más, más!

  39. akawi dice:

    ¿Más, más? ¿? ¡¡¡Más, más despacio por favor!!!

    Ariodante ¿Tu no estabas de traslado? ¡Ale! pues a callar y no animes al personal que veremos a ver si esto no se desboca como el foro.

    Cavilius en tus anteriores comentarios sobre la censura, no puedo remediar acordarme de Franco. Pero es que ahora también estamos censurados los fumadores. ¿Cavi tu crees que las censuras irán para mucho?

    Abrazos.

  40. cavilius dice:

    Tranquila akawi: no creo que la persecución contra los fumadores dure mucho más. Como mucho se prolongará…

    …HASTA QUE NO QUEDE NI UNO DE ELLOS SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA…

    ¡JA JA JA JA JA! … ¡JA JA JA JA JA! … ¡JA JA JA JA JA!
    (risa de tipo de la del final de la canción “Thriller” de Michael Jackson)

    PS: Richar, ¿cómo anda el problemilla del foro?

  41. akawi dice:

    Malvado, que eres un malvado. (No se trata del color malva)

    No sabes lo difícil que resulta dejar de fumar. Pero si encima es por obligación e imposición pues, como que no.¿¿ Me explico??

    Sé que debo, pero ni quiero, ni puedo. Aquí hasta tengo peleas conmigo misma. Si conoces algún afrodisiaco efectivo, me avisas.

    Abrazos.

  42. Germánico dice:

    Y a mí.

  43. Aretes dice:

    ¿A Germánico? ¡ni se os ocurra!
    Es como Obelix con la poción mágica…

  44. Rodrigo dice:

    Pero si Obelix bebe de la poción mágica se convierte en estatua de piedra…
    ¿Sería lo mismo con Germánico?

  45. Aretes dice:

    En columna, se convertiría en columna…

  46. Rodrigo dice:

    Je, je, je …

  47. Germánico dice:

    Como no os abran el foro, aquí no va a haber quien respire…

  48. akawi dice:

    ¡¡Os abran..!! Dice Germánico. Os abran el foro. ¡Será cara dura, el tío!

    Y para colmo hemos fastidiado el hilo de la Censura en el Mundo Antiguo, de nuestro buen y paciente amigo Cavilius.

    Perdona Cavi, es que son unos irrespetuosos.

  49. cavilius dice:

    Perdonar es de sabios.

    O rectificar. O beber la sopa con pajita. No sé, algo así era.

  50. Ariodante dice:

    A ver, que ya vuelvo. Estaba de mudanza, pero, afortunadamente, Akawi, todo tiene un final, y en este caso el final ha sido bastante feliz, aunque todavia me queden algunas cosillas por arreglar, pero he sobrevivido.
    Asi que, ¡temblad, temblad! Ariodante ataca de nuevoooo!!!
    Por lo pronto. ¡¡¡FUMADORES AL PAREDOOOONNN!!!
    ¡Hay que acabar con todos ellos! Lo siento por ti, Akawi, pero hasta te haríamos un favor…¿o no?

  51. Rodrigo dice:

    (Menos mal que dejé de fumar hace años…)

  52. Germánico dice:

    Pues yo me estoy fumando un puro…

  53. akawi dice:

    ¡Ya estamos conque si la abuela fuma…!

    Será un tema que se podrá “dialogar” en el foro. Lo dejaremos para ese momento.
    Sólo diré que en los años setenta nos lo vendieron muy bien. Si fumabas era más inteligente, más progre, más culta, más alta, más guapa…… más de todo. Ahora eres una apestosa-leprosa-tuberculosa, a la que hay que aislar. ¿Es solamente mi culpa????????? ¿Cómo se deja el tabaco?
    ¿Eih, eih, eih?

  54. Incitatus dice:

    Akawi, llevo cinco años sin fumar y no se deja de echar de menos nunca… ahora mismito me fumaba un cartón de Chester

  55. Ariodante dice:

    Jolín, Akawi, no te lo tomes tan a pecho, era una broma. Cierto que en elos años 70 las grandes tabacaleras nos lo ponian muy bien…y nosotros caíamos dulcemente en la tentación. Yo fumaba como todos, hasta que me quedé embarazada y decidí, de un dia para otro, no fumar; inmediatamente me pasé al bando contrario, es decir, a no soportar el humo. Pero yo no soy partidaria de evitar que la gente se suicide, el cielo me libre, ja ja ja…lo que no quiero es que, indirectamente, me lleven de la manita a mi también. Por lo demás, me parece que hay que volver al espíritu de los primeros fumadores: el “salón de fumar” del siglo XVIII y XIX, y el smoking, (= traje para fumar).
    Incitatus: yo nunca he echado de menos fumar, y mi marido, que era más fumador que yo, también dejó de hacerlo de un día para otro tras una racha de faringitis agudas, y nunca lo intentó de nuevo.
    O sea: si uno verdaderamente quiere, la voluntad es poderosa. Ahora bien, como Akawi reconoce, en el fondo no quiere. No le importa lo que le pueda pasar, o decide (lo cual implica otra voluntad) apechugar con lo que venga porque prefiere seguir con el humo. A mi me parece que es una elección como otra cualquiera y hay que respetarla….siempre y cuando nos respeten a los que decidimos no aspirar más que la polución ciudadana (bastante inevitable) o el perfume que acabamos de ponernos y que nos ha costado un riñón.
    Un abrazo, Akawi!

  56. Valeria dice:

    He rescatado este libro de la caverna de los libros pasados, y he llevado muy bien la lectura hasta los dos úlitmos capítulos, ya centrados en los siglos IV y V. Y digo que lo he llevado bien porque no es un libro fácil de leer. Supongo que filólogos y filósofos realizarían ese ejercicio lector con más alegría. Tal vez como “espíritu sensible” dejo bastante que desear.

    Los dos últimos capítulos me han parecido más confusos que el resto, más desordenados, con constantes citas que saltan en el tiempo, como si el autor quisiera hablar en poco espacio de demasiadas cosas a la vez. O tal vez se trata de que ha abordado profundidades abisales que no está en mi mano apreciar, y además respecto a una época que no domino con soltura.

    Eso sí, los prólogos del autor a la obra, magistrales. En resumen: un buen libro, pero una lectura que exige un cierto esfuerzo. Como libro de consulta, es excepcional, seguro que lo buscaré más de una vez.

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