DIARIO DE SPANDAU – Albert Speer

Diario de SpandauTeniendo en cuenta que es éste un tema delicado, trataré de enfocar la reseña desde el punto de vista biográfico y desde el literario. Aclaro esto en primer lugar porque cuando empecé a leer el libro sentía una gran desconfianza hacia todo lo que él decía –no se puede olvidar que estuvo 20 años preso y al salir de la cárcel, ya sexagenario, tenía que vivir de algo y sus memorias iban a ser un buen medio para salir adelante, por no mencionar que a nadie le gusta pasar a la Historia como uno de los grandes asesinos de la humanidad-; sin embargo, según avanzaba en la lectura, y tras empaparme de la información que sobre él he podido conseguir, dicha desconfianza fue dejando paso a una credulidad cada vez mayor sobre su relato. Bueno, exactamente sobre su relato no, sino sobre que él realmente lo pensaba así, o terminó pensando así.

En verdad, parece tratarse de una recopilación sincera de sus notas y escritos durante los años de cautiverio. No sale todo lo bien parado que cabe esperar de un libro autobiográfico con tintes de pasar por gran hombre, ni tan mal como para sospechar simulación de falsa modestia con el fin de hacerlo creíble. Parecen reales su arrepentimiento y su sensación de culpa al “enterarse” –algunos historiadores rebaten que desconociera la llamada Solución Final pues es un hecho comprobado que asistió al Discurso de Posen en el que Himmler declaró, por orden de Hitler, los planes de genocidio ante las altas esferas del partido exigiéndoles que mantuvieran esta información en secreto- de los crímenes cometidos contra la humanidad por el régimen al que pertenecía y servía, así como el hecho de que no fuera en absoluto antisemita y su mayor falta recayera en haberse sentido fascinado por la personalidad de Hitler y servirse del poder de éste para triunfar profesionalmente. Es decir, según coinciden las más de las fuentes, no se le puede probar su participación en, ni su conocimiento hasta el final sobre, lo que ocurría con los judíos, y por lo único que se le pudo inculpar con pruebas fue por haber aceptado prisioneros como mano de obra esclava durante su actuación como Ministro de Armamento del Reich.

Según se presenta él mismo, y también otros historiadores, era un hombre honrado, trabajador, metódico, responsable y falto de ambición política que creyó firmemente en el sueño de una Europa unida bajo el mandato de una Alemania Imperial, y que vio en la protección que Hitler le dispensaba la oportunidad de cumplir su ilusión de ser un gran arquitecto conocido y respetado en el mundo entero y en los siglos venideros.

Nació en 1905, ocupando el lugar intermedio de los tres hermanos que fueron, y éstos nunca tuvieron buenas relaciones con él por su tendencia a relacionarse con gente que no pertenecía a su clase social y por su carácter apocado. Su familia era de la alta burguesía, por lo que creció rodeado de lujo y sin apuros económicos; no obstante, lo que sí le faltó fue afecto, pues en su familia no eran dados a las demostraciones de cariño.

Con 26 años de edad, sus alumnos le convencieron para que acudiera a una reunión del partido nazi, y quedó hipnotizado por el carisma de Hitler, afiliándose ese mismo año de 1931. Este dato me resulta curioso porque él, durante los años de cautiverio, se pregunta en numerosas ocasiones, al principio movido únicamente por su sentimiento de culpa, y según van transcurriendo los años por su creciente desprecio hacia Hitler, cómo pudo sucederle algo así con un personaje tan infame, vulgar, ordinario, contradictorio, caprichoso y desquiciado, de reacciones a veces incluso infantiles y por lo común desmesuradas.

Dos años más tarde Goebbels le encargó un proyecto que ejecutó magníficamente y en un tiempo récord, por lo que éste, impresionado, le recomendó al führer. Hitler le apadrinó dándole multitud de ocasiones de crear y se estableció entre ellos una relación personal, desigual al parecer ya que Speer no trataba a Hitler con la misma consideración con que éste le trataba a él. Fueron esta confianza y el afecto que le tenía el führer los que sin duda le salvaron la vida cuando se negó a ejecutar la orden de “tierra quemada” en la decadencia de la guerra, por lo que cualquier otro habría sido fusilado.

En 1934, tras la muerte de Troost, fue elegido para reemplazarle como arquitecto jefe del partido. En el 37 Hitler le nombró Inspector General de Construcción con el rango de Secretario de Estado. En 1941 fue, presuntamente, responsable de la deportación de miles de judíos alemanes para poder construir según sus planes; sin embargo, pese a que él aseguró siempre no ser consciente de este hecho, parece claro que, como alto mandatario del partido, algo debía saber.

Cuando el ministro de armamento y producción bélica, Fritz Todt, murió en un extraño accidente en 1942, Hitler le nombró su sucesor prometiéndole que al finalizar la guerra le restituiría en su labor arquitectónica. A partir de este momento la mano de obra esclava aumentó más que considerablemente. Este suministro de personas estaba a cargo de su enlace con las SS, Fritz Sauckel. Estos prisioneros, llamados trabajadores esenciales, trabajaban en sórdidas y míseras condiciones, muriendo por cientos cada día; el resto, inservibles para trabajos forzados, eran enviados a campos de exterminio. Este mismo año Speer colaboró en el abastecimiento de materiales para el desarrollo de la bomba atómica. Así mismo, también parece cierto que intentó revertir la orden de exterminio emitida por Himmler, en la que ordenaba que los trabajadores judíos fueran enviados a campos de exterminio y sustituidos por polacos.

En 1943 Hitler ideó un proyecto para un edificio subterráneo que se construiría en secreto, empleando presos como mano de obra, y que se destinaría a la producción de bombas. Cuando el proyecto comenzó Speer visitó las instalaciones y comprobó por sí mismo las inhumanas condiciones en que trabajaban los prisioneros. Reclamó una mejoría de su situación, lo que molestó a Himmler que informó a Hitler, quien le retiró su confianza. Al percatarse del distanciamiento de éste, cayó en una profunda depresión de la que fue atendido por el médico de Himmler, quien, supuestamente, intentó envenenarle. Este año renunció a su cargo, pero Hitler rechazó su renuncia y le restituyó su confianza.

Parece que Speer estaba al corriente de la conspiración para matar a Hitler en el 44, pero prefirió guardar silencio, aunque tampoco participó. En el 45 visitó el bunker de Hitler con la intención de despedirse. Cuando supo que éste se había suicidado se encontró de nuevo sumido en una gran depresión de la que salió al ser solicitada su presencia por Dönitz para formar el gabinete del nuevo gobierno alemán, que duró unos 20 días y no fue reconocido por los aliados. El 12 de mayo del 45 fue arrestado por la comisión formada por los países aliados.

El juicio duró diez meses, once personas fueron condenadas a morir en la horca (aunque uno se escapó de la sentencia suicidándose con veneno), y siete a cumplir prisión en Spandau: Raeder, Hess (personaje en exceso peculiar, que casi se podría tildar de loco, al menos según el relato de Speer, durante su cautiverio) y Funk –los tres condenados a cadena perpetua-, Schirach y el propio Speer –condenados a 20 años-, Neurath –condenado a 15 años-, y por último Dönitz –condenado a 10 años-. Speer fue uno de los pocos que se declararon culpables y demostró remordimiento –hecho que le valió el desprecio de sus compañeros de prisión-, aunque negó conocer nada sobre el Holocausto. La imposibilidad de demostrar que fue miembro de las SS y que conocía el genocidio le salvaron la vida en el proceso. Fue condenado a 20 años de prisión que cumplió en su totalidad.

El libro, que recoge sus vivencias, sentimientos, emociones, estados de ánimo, y pensamientos durante sus años de prisión en Spandau, en forma de diario, nos muestra un aspecto personal no sólo de él mismo, sino también de sus compañeros de cárcel y de sus guardianes.

El trato del país aliado del que más se queja a lo largo de sus páginas es el del mando ruso, por su rigidez para cumplir las normas y parquedad al darles de comer, si bien no lo hace de los guardianes rusos a los que muestra como personas de gran corazón en su mayoría. Del mando inglés nos cuenta que hacía gala de su famosa flema británica, mostrándose siempre comprensivos pero indiferentes. Del mando francés nos dice, sin embargo, más bien poco. De los americanos destaca los menús y la incultura de los guardianes.

Sus condiciones de vida en Spandau, según nos cuenta, no eran malas y fueron mejorando con el tiempo, teniendo cada vez más acceso a mejoras y servicios. Los castigos no eran duros y la vida no era difícil excepto por la lógica aversión del ser humano a saberse privado de libertad y la humillación que ello causa.

No se llevaba muy bien con ninguno de sus compañeros de prisión, y resalta el hecho de que ninguno de ellos mostrase remordimiento ni culpa. Según sus propias palabras (como ya adelanté en un párrafo anterior), éstos le acusaban de haberse mostrado humilde y arrepentido para conseguir indulgencia, en vez de haber permanecido fiel a sus ideales y su lealtad hacia Hitler y el régimen en el que todos creían.

Desde el principio, en que dice considerarse merecedor del castigo impuesto, e incluso que ha salido bien parado por no haber sido condenado a muerte, hasta el final, se observa un proceso de pensamiento que le va trasladando, poco a poco, a la consideración de que el castigo es excesivo y que la historia la escriben los vencedores.

Lo que más parece lamentar, aparte su merma de libertad y las carencias que le impone el cautiverio, es la pérdida de su familia, el no poder asistir al crecimiento y desarrollo de sus hijos, que éstos apenas le conozcan, el abandono y las habladurías a los que se vio sometida su mujer, y su ausencia en los grandes acontecimientos familiares. Las pequeñas cosas cotidianas a veces se le hacen un mundo y, en otras ocasiones, las más graves cuestiones parecen no afectarle.

A lo largo de los años pasa por períodos de ilusión y creatividad y por otros de desesperación e inactividad. Pero lo que le mantiene cuerdo es su gran fuerza de voluntad para seguir ejercitándose, y su determinación para inventar nuevas formas en que ocupar el mucho tiempo libre que tiene un preso.

Al leer este libro me han surgido muchas dudas. Por una parte me veía solidarizada con las carencias y sufrimientos de los presos preguntándome si en un caso así también puede ser aplicable la “ley de reinserción” o simplemente es aceptable el castigo; por otra recordaba los motivos que les llevaron a esa situación y me parecía que la condena y la forma de cumplirla eran indulgentes; y por otra intentaba llegar a concordar mi deseo de que fueran castigados, con la indulgencia que merece cualquier ser humano (el problema es que, por definición, no podemos creer que un ser humano sea capaz de semejantes atrocidades). Es decir, para todos aquellos que sólo conocemos lo que ocurrió por los libros de historia, con la distancia emocional que ello conlleva, tal vez sea suficiente la pena impuesta (10, 15 ó 20 años de privación de libertad son prácticamente una vida, y cadena perpetua lo es), pero ¿y para las víctimas o sus descendientes?, ¿para quién, en sus campos de exterminio, comía sobras putrefactas, qué podía significar que Speer se quejara de la comida que recibían durante “el mes ruso”?, ¿para quienes sufrieron humillaciones y vejaciones constantes al ser tratados peor que animales, qué significaría que Speer se quejara por ser “obligado” a levantarse para saludar a un mando ruso?

En resumidas cuentas, supongo que siempre quedará la duda de si Speer realmente desconocía estos hechos, si optó por mirar hacia otro lado y “lavarse las manos” aplicando la “ley de la ventaja” para sacar provecho propio aunque no fuera antisemita, o si engañó inteligentemente a los fiscales y jueces de Nüremberg y al mundo y en realidad conoció y participó en todo activamente. Pero, en cualquier caso, se saque la conclusión que se saque, es un libro que da qué pensar, y ya sólo por eso merece la pena.

Editorial Plaza & Janes
Traducción de Manuel Vázquez y Ángel Sabrido
Primera Edición Abril 1976
I.S.B.N.: 84-01-33085-8
Depósito legal: Gráficas Guada, S.A.
Virgen de Guadalupe 33, Esplugas de Llobregat, Barcelona

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264 comentarios en “DIARIO DE SPANDAU – Albert Speer

  1. Zaharoff dice:

    Juanrio, no te enteras. El gobierno légitimo de la República española pidió auxilio a Francia e Inglaterra durante la guerra….., ¿y que pasó?. Lee las memorias de Azaña y él te lo puede explicar, dice Azaña, por ejemplo, “Hoy he visto con Barrios peliculas filmadas en el frente de Asturias. Salen banderas comunistas en todos los planos….., esto explica mejor que cientos de ridiculas excusas que me traen de Paris porqué Francia e Inglaterra no apoyan nuestra causa”. Con eso te lo digo todo, sin entrar en el golpe de Estado de 1934. En la España de 1936 ya no había ni un sólo democrata. Lo demas….tonterias. Digo la basura del Marxismo porque todavía se puede contemplar en Cuba o Corea del Norte.
    ….repito a las brigadas internacionales, los procedentes de USA, les prohibieron participar en la 2ª GM y muchos tuvieron que huir de EEUU a su vuelta por espionaje en favor de la URSS.

  2. juanrio dice:

    Zaharoff, ya se que echas de menos la luz que nunca se apagaba en el Pardo y que sigues soñando con el vigía de occidente, pero lamentablemente para tí de eso hace mucho tiempo.

    La República española pidió ayuda a Francia, Gran Bretaña, y todas las democracias, y efectivamente le negaron esta ayuda. ¿Por las banderas comunistas? Te recuerdo que en Francia gobernaba el Frente Popular, incluidos comunistas. Yo diriá más bien que fué por miedo a la respuesta que pudieran dar Alemania e Italia a una participación de estas naciones en España. De hecho la causa de que los comunistas crecieran, eran un partido muy pequeño al comienzo de la guerra, fué que la URSS ayudo a la República mientras que los demás paises la perjudicaban con un bloqueo injusto a un gobierno legítimo y democrático

    Golpe de estado en el 34, yo te diría que no hubo un golpe de estado, ni siquiera el gobierno de la época lo llamo así. Se le ha llamado siempre huelga general revolucionaria. Tan condenable como un golpe de estado, pero diferente. El gobierno de la republica envió a Franco al frente de la Legión y ya sabemos lo que pasó.

    Tienes razón en que a los brigadistas norteamericanos los vigilo el gobierno de su país y que no les dejo ingresar en el ejército, además de causarles un montón de molestias e incomodidades en su vida. De hecho en Estados Unidos estuvo prohibido el Partido Comunista. No huyeron tantos a la URSS, aunque sin duda algunos lo hicieron. Y ten en cuenta que la URSS aprovecho la buena voluntad de mucha gente.

    Que me hables de Corea del Norte y Cuba…..El eje del mal, ya se ve hoy donde están las guerras y creo que no están en ninguno de esos dos paises. Cuba será una democracia en pocos años, en el momento que mueran los Castro. Y posiblemente si USA no hubiera tenido un comportamiento tan cerril con Cuba, ésta ya sería una democracia.

    En cuanto a Corea, creo que es cuestión de tiempo también. A Kim Il Sun le queda muy poco y en cuanto que caiga el muro que hay tejido a su alrededor y los coreanos vean como se vive en el país de al lado, acabarán con su dictadura.

  3. Zaharoff dice:

    Buena respuesta

  4. Carlos dice:

    Yo dejé una respuesta que le “traduje” a Speer, la respuesto era en alemán por supuesto. Aber, wo ist bitte?

  5. Zaharoff dice:

    ¡Maldita sea!, Speer, ya hemos terminado contigo. Hemos diseccionado todo lo que has dicho y no hemos encontrado más que la la punta de un iceberg que esconde sumergido todos tus silencios. Sal de la tumba y dime al menos cuantas leales alemanas te cepillaste en tu corta existencia nacionalista….., canalla

  6. Marbenes dice:

    He dado con esta frase y, no sé si acertada o equivocadamente, me ha parecido muy apropiada para este hilo.

    “Primero fueron a por los judíos,
    y yo no hablé porque no era judío.
    Después fueron a por los comunistas,
    y yo no hablé porque no era comunista.
    Después fueron a por los católicos,
    y yo no hablé porque era protestante.
    Después fueron a por mí,
    y para entonces ya no quedaba nadie que hablara por mí.”

    Martin Niemöller

  7. Carlos dice:

    No sé cuantas alemanas se cepilló Speer, lo que sí sé es el título con que empezó esto.-
    Si queremos bucear debajo del iceberg no tengo problemas, pero pueden haber sorpresas, eh..
    En cuanto a lo de Niemöller, no estoy seguro que haya sido él quién pronunció esas palabras, pero a la mejor estoy equivocado.-Lo que sí sé es que algunos dicen que no fue tan santo como se cree y que habría coqueteado con los nazis. Pero no lo puedo comprobar.-

  8. Marbenes dice:

    La traducción más o menos completa del poema, que al parecer es parte de un sermón que dió en 1946, es ésta:

    “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
    guardé silencio,
    porque yo no era comunista,

    Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
    guardé silencio,
    porque yo no era socialdemócrata,

    Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
    no protesté,
    porque yo no era sindicalista,

    Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
    no protesté,
    porque yo no era judío,

    Cuando vinieron a buscarme,
    no había nadie más que pudiera protestar.”

    Pero respecto a que fuera un santo, no lo creo. Era anticomunista, antisemita y nacional socialista hitleriano; se enfrentó al régimen nazi sólo cuando éste se metió con la iglesia. Sólo después de ser encarcelado y más tarde retenido por la Gestapo en un campo de concentración fue cuando se unió al movimiento pacifista.

  9. David L dice:

    Aquí se ha estado comentando que Speer debía haber conocido los asesinatos en masa que se producían en los campos de concentración y , en efecto, él sabía que es lo que estaba sucediendo con los presos. Él mismo reconoció en Nuremberg los crímenes de guerra, es más, no negó su participación indirecta en ellos, provocando de esta manera muchas críticas entre sus compañeros de prisión. Speer tuvo suerte, asumió su responsabilidad, pero le salvó que fuera uno de los pocos miembros del gobierno del Tercer Reich que se atrevió a decirle a Hitler que todo estaba perdido. Además el hecho de haber impedido la orden de “tierra quemada” que Hitler había ordenado también supuso un atenuante a la hora de salvar el pellejo. Ahora bien, pasar 20 años metido en prisión con apenas cuarenta años cumplidos y con esa carga emocional encima no deja de ser un castigo terrible.

    Un saludo.

  10. juanrio dice:

    Yo no acabo de estar seguro de que estuviera implicado sólo de forma indirecta. Tengo la impresión de que con su conocimiento y bajo sus órdenes, se empleo mano de obra de los campos de concentración. Creo que le beneficio que, en comparación con el resto, tenía mucha mejor imagen y su confesión.

  11. David L dice:

    Speer era no era el encargado de “reclutar” la mano de obra que necesitaban sus fábricas para mantener la producción armamentística alemana, el responsable de realizar con éxito esta tarea fue el antiguo guletier Fritz Sauckel, personaje que acabó en la horca en los famosos juicios de Nuremberg. Lo que yo he querido resaltar es que Speer reclamaba la mano de obra a Sauckel y éste se la proporcionaba. Para el primero, el origen y las formas a la hora de reclutar esa cantidad ingente de trabajadores le era indiferente, o mejor dicho, no se entrometió nunca en la labor de Sauckel. Él necesitaba los obreros y Sauckel se los proporcionaba. Ahora bien, una cosa es que Speer no se entrometiera en el trabajo de Sauckel, y otra muy distinta es que aquél desconociera la procedencia de la mano de obra esclava. A eso me refería cuando comentaba su responsabilidad “indirecta”. A él mismo le atormentó siempre esa insensibilidad para con aquellas personas. Su obsesión a la hora de mantener con vida al Tercer Reich le desconectó a la hora de mantener cualquier atisbo de empatía con los obreros esclavos. Este hecho fue decisivo para condenarle a 20 años de prisión.

    Por cierto, ahora estoy leyendo este libro, “Diario de Spandau”, y es un documento realmente impresionante, saber que vas a pasar 20 años de tu vida en prisión, sin apenas poder hablar con nadie, con un régimen carcelario bastante estricto, debió ser durísimo. Uno puede pensar que tuvo suerte de no morir en la horca, pero la prisión creo que fue un castigo lo suficientemente duro como para que Speer recapacitara sobre su responsabilidad en los crímenes de guerra. Un libro que aconsejo leer para que uno pueda apreciar la libertad.

    Un saludo.

  12. Alvaro Domingorena dice:

    Lo único realmente cierto de Albert Speer es que era súper inteligente, ultra capaz (capaz de cualquier cosa), innovador en todo, gran arquitecto, y conocedor innato de lo que hoy llamamos “logística”. Fue un engranaje imprescindible en la ingeniería Nazi.
    Por todo lo anterior creo que era conocedor de absolutamente todo lo que ocurría en su régimen. Era una máquina de hacer, de organizar, de planificar, no de cuestionar.

  13. José Luis dice:

    Leí el libro hace unos quince años con unos veinticuatro años de edad y una visión de la realidad algo menos madura de la que tengo hoy en día. Como obra literaria carece de cualquier valor y su interés es relativo por las dudas (siendo generoso) que suscita acerca de la veracidad de algunos pasajes de la narración. No recuerdo si llegué a terminarlo, porque a veces se detiene en cuestiones demasiado prolijas y de poco interés, con gran profusión de detalles y datos, aunque otras, narra encuentros con Hitler y su círculo íntimo bastante curiosas de ser ciertas. Resulta elocuente su desafecto hacia ellos e incluso las muestras de desprecio, como si pretendiese dejar patente un distanciamiento de ellos y así justificarse, aunque lo hace desde una perspectiva pretendidamente objetiva lo que me llamó bastante la atención, aunque puede ir en consonancia con una personalidad fría y de una afectividad anómala.
    Los argumentos que aporta para defender su inocencia o desconocimiento de la realidad, simplemente, no se sostienen, carecen de credibilidad alguna, quizás allí donde insinúa que hizo lo que la mayoría y prefirió mirar para otro lado. En todo caso, para condenar son necesarias pruebas y la ausencia de evidencias directas que le incriminaran y su “arrepentimiento”, simulado o no, fueron los que le salvaron de la horca, no olvidemos que le condenaron a veinte años de prisión.
    En cuanto a “La solución final”, está claro que una idea tan monstruosa como ésta y en una estructura dictatorial, tuvo que partir de una cabeza “pensante” y de ahí se extendió descendiendo por la escala de mando hacia la base de la propia estructura formada por los ejecutores: carceleros y demás. Se trataba de una idea delirante, macabramente delirante, compartida por un círculo que la hizo propia (los mayores responsables) y por las demás capas que, en tanto se iban impregnando de la misma o de su conocimiento en mayor o menor medida, contribuían a su mantenimiento con su apoyo o pasividad. La respuesta a esta cuestión ha de buscarse en el estudio de la mente humana y de los mecanismos sicológicos que la mueven, de su capacidad para sobrevivir y de abstraerse del sufrimiento ajeno e incluso beneficiarse del mismo.
    En cuanto a la pena de muerte, a veces se subestima su principal virtud, una vez administrada en los casos más graves y con las debidas garantías (juicio justo etc..,): evita la posterior y nueva victimización por parte del reo, así como que pueda lucrarse de los crímenes cometidos, como ocurrió con Albert Speer, que se hizo millonario con los ejemplares de sus memorias vendidos, así como con las entrevistas concedidas. Acabo de ver un documental en el que se habla de que fué “cortejado” por los medios de comunicación. No se alude en ningún momento a que donara cantidad alguna o contribuyera en alguna medida a paliar en algo el dolor causado. A este respecto he de decir que la autobiografía llegó a mis manos porque se encontraba en la librería de mis padres y cuando les pregunté por su procedencia me respondieron que se la había enviado del Círculo de Lectores. (Espero que no me censuren por esta reseña). El caso es que es curioso cómo a veces se contribuye de manera inopinada a causas de dudoso valor moral.

  14. Carlos dice:

    Uf, ya me había olvidado de este tema. El año pasado leí Conversaciones con Albert Speer de Joachim Fest.Fest escribióademás una biografía de Speer que no se encuentra por ningún lado en español ,probablemente no fue traducida nunca al español.
    Como resumen de todo diré que Speer lo que hizo fue fabricarse una buena defensa en el juicio de Nuremberg, cargado de monstruosidades jurídicas en contra de los acusados y en donde paradojalmente los soviéticos, los perpetradores de horrendos crímenes en el GULAG y en Katyn eran también jueces. No se puede impedir que un acusado se defienda, pues. ¿ Si mintió o no mintió? Es cosa secundaria.Ningún acusado puede ser tan imbécil de no defenderse. Y después de la guerra,en parte arrepentido, en parte viendo que no podía desdecirse ,en parte en búsqueda de la notoriedad que tanto amó ( y que quien se la dio fue Hitler, pues sis padres no creeían mucho en él como arquitecto) escribió lo que escribió. A él le importaba su trabajo, su triunfo, su notoriedad y sí, posiblemente haya hecho como millones de alemanes, miró para el costado el tema judío. Fue juzgado y condenado a 20 años, que cumplió íntegramente, ni un día menos. Luego de salir en libertad no puede reprochársele. Cumplió su pena y a otra cosa.

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