UN TAL GONZÁLEZ – Sergio del Molino

En Un tal González, Sergio del Molino hace cuatro aproximaciones a la figura política de Felipe González Márquez, presidente de España entre los años 1982-1996. Incido en la figura política porque la humana apenas queda entrevista más que a retazos: a decir del autor, ni siquiera sus más íntimos colaboradores conocen en su totalidad a Felipe, y aquellos que sí podrían conocerlo, como su vicepresidente y amigo, Alfonso Guerra, se guardan de ofrecer esa faceta de su personalidad introspectiva y tímida que, en cambio, el autor sí cree percibir.

Cuando se mencionan esas cuatro aproximaciones —él las denomina catas con acierto— es porque así las ha querido titular su autor, situándonos en la actualidad para, desde ella,  echar un vistazo a cada una de las etapas de regeneración y transformación del PSOE, los sucesivos gobiernos en los que estuvo presente, y la figura de su líder en todos ellos. Se ofrece como extra, y a modo de declaración de intenciones, el apartado que denomina Antes de empezar, donde pone de manifiesto que no es esta una biografía al uso, o una historiografía, sino una novela histórica como tal, salvo que tan pegada al presente y a la actualidad reciente que muchos de sus personajes, incluido el principal, viven aún y son fácilmente reconocibles.

Es por esto que, en calidad de novela —exhaustivamente documentada, aunque libre y voluntariamente parcial en lo que narra— me he animado a reseñarla: por saber si causa en los demás el mismo impacto que causó en mí (catorce años mayor y “algo” más pegado a los hechos que el autor cuando ocurrían). Pues solo desde una profunda vocación periodística y afán de novelista es posible llegar a donde lo hace del Molino. Comenzando por su edad. Él se autodenomina «hijo la transición más que nieto de la guerra civil», pero debe tenerse en cuenta que cuando Felipe González, el protagonista de su obra, deja el gobierno en 1996, quien firma esta novela tiene tan solo diecisiete años; y cuando comienza el relato de su personaje en 1969, aún le faltan diez para nacer. Por tanto, de ser un hijo de la transición es un hijo muy joven, lo que no le resta capacidad ni mérito para empaparse de la documentación y extensa bibliografía referente a su criatura y construir una obra fascinante. Deja claro, al menos a quien esto escribe, que es un hijo esclarecido, muy bien documentado y especialmente sensible a una época que transformó en profundidad nuestro país.

Lo que más me sorprendió mientras leía —no nos olvidemos, su novela— es el ritmo adictivo que provoca en el lector. ¿Cómo es posible que este “mocoso” me esté contando hechos que yo viví en primera persona con esa capacidad de síntesis y análisis tan riguroso? Si el telediario se abría para nosotros con esos bombazos, manifestaciones, declaraciones y puyas en el Congreso. Si en las calles veíamos los neumáticos arder mientras hacíamos dedo desde la facultad a casa; en los bares a nuestros padres frente a las tragaperras como subproducto de la reconversión; en la televisión a Martes y Trece parodiando las obras de Barcelona 92; a los yonquis/zombis caminando por nuestros barrios y plazas.

No puede ser más que con el rigor, la sensibilidad, la honestidad y el reconocimiento del autor a una figura que, por más controvertida que haya sido y sea, hemos de convenir, transformó, desde los sucesivos gobiernos que encabezó, un país destrozado, sometido y acomplejado. Dejó una sociedad que, aunque polarizada y bronca como tantas otras, ha sabido encontrar un lugar en el mundo y un respeto que no tenía.

Pero volviendo a la obra, se lee del tirón. Cosa que ocurre pocas veces una vez se conoce el desarrollo, la trama, los personajes y el desenlace. En su estructura es muy de agradecer la elección del narrador omnisciente, por cuanto nos permite profundizar en las intenciones, pensamientos y ánimo de los protagonistas, ir más allá de lo que la tercera persona —biografía— o la primera —autobiografía— hubiesen permitido. Aunque lo más reseñable, en mi opinión, es el regusto a esperanza que deja una vez se termina: ¡de dónde veníamos, Dios mío; y dónde estamos! Poco importa que la amargura se cuele después en forma de presente —23/11/2022, cuando desde Vox increpan e insultan a Irene Montero quien, con razón o sin ella, no merece esos descalificativos en el Congreso— y trate de devolvernos a la realidad con brusquedad. Gracias por tanto a su autor.

Nota: tras Un tal González me embarco en la obra de su colega, Íñigo Domínguez, Crónicas de la Mafia. Al margen de la ensalada de nombres de mafiosos a un lado y otro del océano Atlántico, y de la simpatía agridulce que ha generado el cine ante personajes tan poco edificantes (más bien asquerosos), pone de manifiesto la brutalidad cancerígena de la violencia puesta al servicio del enriquecimiento, la codicia sin fin y el poder más siniestro, incrustados en el seno del Estado desde el nacimiento mismo de Italia. Sin querer justificar las violencias injustificables de ETA o el GAL pienso que, incluso en “los años de plomo” en España, estuvimos muy lejos de la salvajada italiana. Creo que, demasiado a menudo, no valoramos el país en el que nos hemos convertido en tan solo cuarenta años.

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Sergio del Molino, Un tal González. Barcelona, Editorial Alfaguara, 2022, 373 páginas.

     

3 comentarios en “UN TAL GONZÁLEZ – Sergio del Molino

  1. Farsalia dice:

    Este lo tengo entre las futuribles lecturas. Bienvenido al club de los reseñadores.

  2. Urogallo dice:

    El de Íñigo Domínguez no llegué a terminarlo, pero sería mejor decir que simplemente lo tengo aparcado, porque es un libro excelente y que desvela muchas de las cuestiones que la prensa suele obviar. O mejor dicho, que obviaba en su momento, porque yo aún recuerdo a Falcone.

  3. Farsalia dice:

    Lo terminé anoche: realmente bueno. No diría que es una novela histórica, sino una novela de no ficción, muy al estilo, por ejemplo, de la también reciente El hijo del chófer de Jordi Amat (Tusquets, 2021). Sí que me parece que se muestra mucho de la figura humana de Felipe González a lo largo de todo el libro, con sutileza, mostrando sus orígenes, sus silencios, su timidez, sus filias y fobias, sus ambiciones y sus eternas retiradas, que a la vez remite a sus cansancios, sus intereses y su lenguaje malhablado en la intimidad.

    No diría que Del Molino empatiza en exceso (a veces lo parece) con el personaje, antes, durante y tras conocerlo, sino que pone en contexto los logros de su largo mandato político, sin esconder las deficiencias (el tema de los GAL y la corrupción), mostrando así de dónde veníamos y adónde hemos llegado. En este sentido, es un logro también colectivo (no todo dependía de Felipe) y deja un poso de amargura acerca de qué tiempos aquellos (incluso en la etapa final del período felipista) y qué tiempos los actuales en los que la política es mucho más que un lodazal, agudizado por las redes sociales y el muchísimo ruido mediático. Probablemente en aquellos años ochenta tampoco todo era ideal (y el libro no esconde tampoco la mitificación de una época y del personaje), pero queda la sensación que antes se ser más «civilizado».

    Tenía yo siete años cuando Felipe González llegó a La Moncloa y estaba en la universidad cuando perdió las elecciones del 96, por lo que es una etapa que recuerdo con colores sepia, noticias en televevisión y muchos cambios de un momento a otro. Es inevitable, para los que vivimos aquellos años, recordarlos con bastantes agujeros en la memoria y con no pocas inexactitudes, pero con la sensación constante de cambio.

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