PÉRDIDAS Y GANANCIAS – Peter Burke

PÉRDIDAS Y GANANCIAS - Peter Burke«El exiliado existe en un estado intermedio, ni completamente integrado en el nuevo ambiente, ni plenamente desembarazado del antiguo, acosado con implicaciones a medias y con desprendimientos a medias, nostálgico y sentimental en cierto plano, mímico efectivo y paria secreto en otro.» E. Said

La historia de los intelectuales emigrados o expulsados de su tierra de origen es la historia de una doble dinámica: en tanto portadores del saber, con los intelectuales desplazados se trasladan también el conocimiento y la investigación, materializando lo que puede tenerse por variedad primaria -elemental y la más antigua- de unas a modo de «carreteras de la información». Carreteras que suponen un trasiego de personas y capital cultural que se intensifica cuando se producen desplazamientos humanos masivos, las dramáticas diásporas que jalonan la historia de la humanidad y que son por lo general provocadas por rachas de persecución religiosa o por graves convulsiones políticas. Entre los episodios de esta índole destacan, desde los albores de la Era Moderna, la expulsión de los judíos de España ordenada en 1492 por los Reyes Católicos; el exilio de los hugonotes a raíz de la Revocación del Edicto de Nantes, en 1685; el éxodo ruso desatado por el movimiento revolucionario y la guerra civil, de 1917 en adelante; la huida de alemanes y austríacos, judíos o no, desde la instauración del Tercer Reich en 1933. En el plano individual, estos movimientos transfronterizos acarrean con frecuencia penurias casi inenarrables, pues exponen a las gentes no sólo a las apremiantes dificultades relacionadas con la subsistencia diaria -de suyo un problema crítico- sino también a una cierta dislocación de la identidad, tanto más sensible cuanto mayor es la vinculación con el suelo patrio y su incidencia en la biografía personal; la experiencia del desarraigo puede tornarse en ocasiones insufrible, sumiendo al individo en la mortificación y el desquiciamiento. La perspectiva sociohistórica, en cambio, está en condiciones de tomar nota de las repercusiones benéficas que dichos movimientos han tenido en el campo del progreso cultural, en la medida que suponen un trasvase de conocimientos por aquellos que se dedican al cultivo o custodia del saber. Menos dramática quizá y más parsimoniosa es la parte que, en este sentido, cumplen los intelectuales y científicos trasladados de manera voluntaria. Unos y otros, exiliados y expatriados (voluntarios), son el objeto de estudio del más reciente libro traducido del británico Peter Burke, eminente historiador cultural.

Ambas facetas, la del sufrimiento personal y la del beneficio sociocultural, las representa de manera fidedigna el palestino Edward Said. En su libro Representaciones del intelectual (1994), el tercer capítulo arranca con una drástica declaración: «El exilio es uno de los más terribles destinos». La frase nace indudablemente de la vivencia personal, la de un hombre de letras que supo por sí mismo de los rigores morales y sicológicos del destierro. Más adelante, empero, la conmovedora sentencia es en cierto modo contrapesada por observaciones como la que sigue: «El intelectual exílico no responde a la lógica de lo convencional sino a la audacia aneja al riesgo, a lo que representa cambio, a la invitación a ponerse en movimiento y no a quedarse parado»; difícilmente se puede acuñar una fórmula más elocuente del bien que eventualmente implica el exilio en el espíritu del intelectual, en tanto lo sustrae del apoltronamiento, la erosión de la curiosidad y otros vicios derivados de la acomodación a los senderos trillados de la investigación o a las rutinas de una plaza académica.

A lo largo de su ensayo, Said reflexiona en torno a las connotaciones de la expatriación del intelectual, sobre todo la de tipo forzoso, distinguiendo entre intelectuales integrados y marginales, aquellos para los que la aclimatación al entorno de acogida conlleva desafíos nunca superados del todo. (Hay incluso los casos que ilustran el extremo de lo que George Prochnik llamó el «exilio imposible», a propósito de Stefan Zweig.) Naturalmente, el autor palestino no llega a entonar un panegírico del exilio, pero de la condición de inestabilidad y ambigüedad del intelectual exiliado -su existir en un estadio intermedio entre la adaptación al nuevo hogar y el aferrarse melancólicamente al antiguo- extrae efectos positivos como el de la ya referida inquietud -un permanente estar en guardia que previene del anquilosamiento y la sujeción a los convencionalismos-; o la doble perspectiva, suerte de enfoque heurístico que arroja luz sobre ideas y experiencias al observarlas en constante contraposición. El intelectual exiliado resulta pues favorecido por lo que Burke califica de privilegio cognitivo (análogo al concepto de «privilegio epistemológico», empleado por Enzo Traverso), el que viene a ser pieza esencial del engranaje de Pérdidas y ganancias. La pesquisa realizada por nuestro autor está orientada a dilucidar el impacto del desplazamiento de intelectuales en el desarrollo del conocimiento en Occidente, desde el año 1500 en adelante. Burke acota más su estudio centrándolo en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales.

Trátese de exiliados o expatriados (término con que el autor identifica a los transterrados por voluntad propia), los intelectuales desplazados son tal vez la corroboración más rotunda de que el conocimiento está social e históricamente situado -que es como decir que el contexto sí importa. Muy probablemente, la obra de un historiador como Mikhail Rostovtzev habría sido radicalmente distinta sin un contexto tumultuoso como el de la Rusia de principios del siglo XX y sin la experiencia de la emigración (consumada tras la consolidación del régimen bolchevique). Con casi toda seguridad, el estudioso de la literatura judeo-alemán Erich Auerbach no habría escrito Mimesis (1946), su influyente obra panorámica sobre la literatura occidental, si por causa del hostigamiento de los nazis no hubiera hecho de Estambul su refugio. El caso de Auerbach ilustra además el efecto de la ampliación de perspectivas, propiciada por la salida del terruño patrio. Las bibliotecas turcas no disponían del material que Auerbach requería para proseguir sus estudios especializados, por lo que se vio obligado a trasladar la mirada hacia el conjunto de su disciplina; este fue el origen de su libro más reputado. Según propia confesión, E. H. Gombrich se vio incentivado a extender sus horizontes mentales en el exilio, apuntando a la concepción de obras genéricas; la célebre Historia del Arte (1950) de este estudioso judeo-austríaco nació en las circunstancias de su patria de adopción, Inglaterra.

La ampliación de la mirada o de los horizontes de pensamiento contribuye poderosamente a la deslocalización del conocer, clave en la reducción del provincianismo y de una de sus manifestaciones más gravosas: el etnocentrismo. Un ejemplo de esto lo ofrece la diáspora de intelectuales europeos hacia EE.UU. en la década de 1930, hecho que remeció a la academia estadounidense, que languidecía en una autocomplacencia cuajada de sesgos y prejuicios burdamente provincianos. Incorporados en universidades, centros de investigación e iniciativas editoriales, los profesionales europeos -muchos de ellos judíos de nacionalidad alemana o austríaca- suministraron antídotos contra la estrechez de miras en la forma de nuevos paradigmas y estilos cognoscitivos. Otro caso emblemático fue el de los eruditos italianos de la época del Renacimiento, cuyo prestigio internacional hacía que su presencia fuera reclamada por la mayor parte de las cortes y universidades extranjeras; sin duda que la diseminación de esos eruditos por los confines de Europa contribuyó a la difusión del humanismo. Cabe señalar que, con no poca frecuencia, la ampliación de la perspectiva incita a la puesta en marcha de estudios comparativos, lo que redunda en favor de la elaboración de fructíferas síntesis o teorías generales.

A juicio de Burke, el combate del provincianismo pasa por tres procesos fundamentales, que son los que vertebran el estudio en comento: mediación, o la capacidad de interceder entre la cultura de origen y la del país de acogida (los intelectuales operando como difusores o traductores de culturas vernáculas y como vehículo de comunicación entre matrices culturales diversas); distanciamiento, o el tránsito de una mirada localista a una de carácter panorámico, dirigida al cuadro general y gradualmente desvinculada del saber convencional (proceso en que, menos que un total desapego respecto de la realidad local, lo que suele haber es «una mezcla de implicación e indiferencia», como señalaba Karl Mannheim); e hibridación, que convierte a los intelectuales desplazados en agentes catalizadores de ciertos niveles de integración o aun de simbiosis cultural (los intelectuales como sujetos partícipes de dos tradiciones y formas de ver el mundo, aunque nunca acaben de asimilar la idiosincracia de su hogar adoptivo). Uno de los mejores ejemplos de hibridación lo proporciona el arribo de intelectuales germano-parlantes al Reino Unido y EE.UU. en los 30 y 40 del siglo pasado. Esos estudiosos promovieron un acercamiento entre la tradición de la que estaban imbuidos, notoriamente inclinada a la especulación abstracta y la teoría, y la escuela anglosajona del empirismo y la investigación cuantitativa. Gracias a esto, disciplinas como la sociología y la historia del arte evidenciaron un fuerte impulso en el mundo de habla inglesa.

Muchos son los hombres de letras y cientistas sociales que pululan por las páginas del libro, y es que Burke hace un uso abundante del método de la prosopografía, o el análisis colectivo de biografías según épocas y lugares (dicho grosso modo). El todo refuerza la idea defendida por el autor de que «la circulación de personas fue y es una forma más eficaz de transmitir conocimientos que la circulación de libros». También es de destacar el factor de la receptividad de los destinos del exilio o expatriación, signo de mayor tolerancia política o religiosa y de un aprecio de las libertades individuales por parte de los anfitriones, o bien del deseo de superar un estado de inferioridad cultural y de lanzar al propio país al ruedo de la competición internacional. Ejemplo del primer caso es la Holanda del siglo XVII, que en tiempos de conflictos religiosos y precaria paz social acogió a cantidad de gentes necesitadas de refugio (recuérdese a Descartes, por mencionar apenas una figura señera). El segundo caso lo ejemplifica la Rusia de Pedro I, apodado el Grande, zar que invitó a su corte a numerosos intelectuales europeos, sobre todo alemanes, con el objeto de plantar una semilla de progreso cultural en el vasto y atrasado país.

En suma, un libro no muy extenso pero sí sustancioso, de grata y provechosa lectura.

– Peter Burke, Pérdidas y ganancias. Exiliados y expatriados en la historia del conocimiento de Europa y las Américas, 1500-2000. Akal, Madrid, 2018. 256 pp.

     

2 comentarios en “PÉRDIDAS Y GANANCIAS – Peter Burke

  1. Derfel dice:

    Interesante.

    Me llama la atención lo que reseñas sobre Stefan Zweig y su «exilio imposible». Nunca terminó de cuadrarme bien la historia de ese suicidio -el propio y el inducido-, siempre me ha parecido que entraña una suerte de exhibicionismo o boutade.

    Mira que no existen países en el mundo civilizado para vivir bien, sobre todo con su envidiable posición económica.

    En fin. Gracias por la reseña, excelente como todas las tuyas.

  2. Rodrigo dice:

    Mira que es un caso que me ha inquietado, el de Zweig y su suicidio (con su esposa). Verás, admiro la obra de este hombre y le envidio su exquisita sensibilidad, alerta a todo cuanto reflejase -y me limito a evocar su estilo- la riqueza y plenitud del espíritu. Pero no por esto iré a subirlo a un pedestal: bastante me choca el que rehusara denunciar abiertamente al nazismo. Aun así, me parece demasiado duro, quizá injusto, el atribuir su muerte a un afán exhibicionista. Pienso que el factor material -el de la posibilidad de trasladar su residencia a algún lugar cómodo- tiene poco que ver con la cuestión. La clave está en lo moral, y se halla de algún modo cifrada en sus memorias, de título rotundamente decidor: El mundo de ayer. ¡Ni más ni menos! Zweig desesperó por completo de la posibilidad de que su amada Europa fuera capaz de restaurar siquiera una parte de ese mundo periclitado, del que extraía toda su savia espiritual y que alimentaba cada fibra de su ser. Por cierto que en esta radical desesperanza y desesperación final hay mucho de debilidad interior, pero sucede que el mismo Zweig se reconocía falto de temple, falto del material que distingue al luchador.

    Creo que Prochnik ha razonado de manera convincente en torno a ese caso. En mi reseña del libro procuré transmitir lo esencial de su argumentación, tal vez convenga -a falta del libro- echarle un vistazo.

    Mil gracias por el comentario, leal Derfel.

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