MURILLO: EL MAGO SEVILLANO DEL PINCEL – Antonio Cavanillas de Blas

(Murillo) retrata una emoción mucho más profunda, la de la compasión, la de la inocencia. (Espido Freire)

Hace dos años, Sevilla y España en general, celebraban el IV Centenario del nacimiento de uno de nuestros pintores mas universales: Bartolomé Esteban de Murillo (1618–1682), aquel genio de la paleta que por primera vez se atrevía, en aquellos años que le había tocado vivir, a enseñar a las gentes como el cielo les sonreía. Murillo, que firmaba con el apellido de su madre (María Pérez) por tanto se nos muestra hoy en día como un pintor humano, cercano, de gran belleza y que sabía empatizar con la gente que le rodeaba mostrando su natura de manera humilde y sublime a la vez que actuaba como bálsamo en un tiempo duro como aquel en el que se produjo la peste de 1649. Frente a otros pintores de la época, los cuadros de Murillo, no solo los religiosos sino también los que reflejan a niños desarrapados de la calle, mendigos o nobles, son identificables a primera vista porque a lo largo de su vida, tras desprenderse de la influencia de otros compañeros del oficio consiguió un estilo propio en el que, como ya he dicho antes, los ángeles sonríen al ser humano. Por él, por sus pinturas, se pelean las mejores pinacotecas del mundo, desde Sevilla, Madrid, Londres y hasta las ubicadas en Estados Unidos ya que reconocen en este sevillano de pro a uno de los grandes pintores de la Historia del Arte. Así pues para conocer de manera intima la vida de aquel que puso una mirada serena al barroco les invito a leer la novela histórica: Murillo, el mago sevillano del pincel, del autor Antonio Cavanillas de Blas, publicado por La Esfera de los Libros en 2018.

Aunque este libro se nos venda como una novela histórica, yo, tras su lectura, la considero más una autobiografía novelada que una novela en sí. Una especie de memorias en las que de forma intimista el propio Murillo nos narra su vida desde su más tierna infancia hasta su aparatosa muerte por una hernia debido a una caída desde un andamio. Murillo frente a otros artistas de su tiempo no llevó una vida agitada en exceso ni de extravagancias sublimes sino que era de naturaleza tranquila, practico, familiar, amigo de sus amigos y muy caritativo. Vamos, con los pies puestos en la tierra. Tuvo una infancia y juventud un tanto sosegada, a pesar de quedar pronto huérfano y tener que irse a vivir con su hermana mayor, Ana, y su cuñado. Aunque coqueteó con la idea de viajar a América, pues le tentaban las historias de los barcos que llegaban al Arenal, muy pronto, en 1630, entró como aprendiz en la casa del pintor Juan del Castillo en donde fue dejando bien claro su maestría con los pinceles, como se puede ver en las pinturas del claustro chico del convento de San Francisco (1645). Fue un hombre de familia (llegó hasta tener diez hijos)  y tal vez ese apego a la casa y a la vecindad hizo que no solo pintara escenas religiosas sino también a los jóvenes del barrio y a los más desfavorecidos, un ejemplo de ello son los Niños comiendo melones y uvas o Niños jugando a los dados. Aquí los más desamparados de la fortunas exhiben una luz interior que nos hacen querer adoptarlos a primera vista.

Murillo, en esta obra de Cavanillas de Blas, también nos habla de cómo cuando fue empezando a ser reconocido en Sevilla viajó a la Corte, a la Real Villa de Madrid junto con Alonso Cano y conoció a Velázquez de quienes en principio fue influenciado. Igual que con Zurbarán. Todo pintores andaluces, como se puede ver. Pero también, en su evolución no desdeño a otros artistas de allende nuestras fronteras como Tiziano, Rubens o Van Dyck. Aun así, cuando se fue despegando poco a poco de éstos, quedándose con lo bueno de ellos y desechando otras menudencias de otros, fue cuando consiguió su estilo propio, aquel por el que todo el mundo lo reconoce. Pero como nos dice el propio Murillo no todo en su vida fue un discurrir tranquilo como rio en la marisma, sino que también tuvo sus vueltas y revueltas, como la terrible peste que se cebó con Sevilla en 1649 y que se llevó por delante a casi la mitad de la población de la ciudad. Tantas eran las muertes que los centros hospitalarios no daban más de sí y se habilitaron espacios de entierro comunales llamados “carneros”, donde se arrojaban los muertos (las carnes). No hubo familia que no sufriera la siega de la Señora de la Guadaña. Hubo barrios enteros que desaparecieron resintiéndose por ello la economía y el esplendor de la vieja Hispalis. La propia familia de Murillo también sufrió el mordisco de la muerte. Ya nada fue igual, aunque cuando la pestilencia remitió la vida volvió a su ser y desde entonces Murillo y sus ayudantes no pararon de pintar cuadros por encargo, muchos de ellos religiosos, no solo para la ciudad sino también para enviarlos a América. Muy apreciadas eran sus Inmaculadas en la que su mujer Beatriz era el modelo a seguir. Esto procuró grandes sumas de dinero al pintor el cual, como hombre práctico que era, no desperdició.

Todo el mundo quería un cuadro de Murillo, desde las Iglesias hasta los nobles e incluso los comerciantes se rifaban sus cuadros a precio de oro. No había cofradía y lugar de culto que no tuviera uno. Se había convertido en el autor de referencia de Sevilla (buena cuenta de ello lo tuvo el general Soult cuando expolió copia de ellas  en 1810) y por eso en 1660 junto a otros pintores como Herrera el Mozo fundo la Academia de Pintura. Cuando iba por la calle era saludado por todo el mundo. Gustaba del trabajo sencillo, en un horario fijado, tranquilo y por las tardes salir a dar un paseo y degustar jeringos (churros o porras) con una buena jícara de chocolate junto con su prole o compañeros de profesión. Es por eso que su muerte en 1682 fuera tan sentida. Mientras supervisaba unos trabajos en el retablo de los Capuchinos de Cádiz se cayó del andamio estrangulándose una hernia que pasados unos meses, y tras grandes sufrimientos, le llevaron a la tumba. De maestro de la pintura española pasó así a ser uno de los genios inmortales del Barroco y del Arte en su totalidad.

Esta novela, breve en su extensión, de Antonio Cavanillas de Blas además de narrarnos las vivencias de Murillo por ende se extiende en poner a nuestros pies como era el entorno que éste frecuentaba, las relaciones familiares que había entre los distintos pintores andaluces y cómo era la Sevilla de mediados del diecisiete. Rica comercialmente y pícara en extremo. Fresca, con olor azahar, llena de cultura y gracia por los cuatro costados. Vemos el trasiego de sus gentes, las estrechas calles por donde anduvo y moró el pintor y asistiremos a la llegada de los barcos a esa ciudad que muchos consideraron la Babilonia moderna. Murillo, el mago sevillano del pincel, son unas breves memorias que son entretenidas de leer y que más allá de su enjundia literaria son interesantes para conocer a este pintor que nos acercó el color de los ángeles y nos muestra como la bondad no solo existe en las nubes vaporosas del cielo sino también en el corazón de los más humildes.

Antonio Cavanillas de Blas, Murillo: el mago sevillano del pincel. Madrid, La esfera de los libros, 2018, 248 pp.

     

2 comentarios en “MURILLO: EL MAGO SEVILLANO DEL PINCEL – Antonio Cavanillas de Blas

  1. Vorimir dice:

    Del autor leí hace tiempo “Harald el vikingo” y huyo de él como de la peste, está en mi top de peores novelas históricas. Lo mismo es que es realmente su peor novela (espero que así sea) porque a Richar si le gustaron más o menos las anteriores a esa. Por lo que comentas de esta parece que al menos cumple con los mínimos. Pero yo, ni aun así me acercaré XD

  2. Balbo dice:

    Sí, la «novela» es entretenida y describe bien el mundo interior de Murillo y los gremios de pintores sevillanos… pero al final de la lectura te queda el regusto de que podía haber abundado un poco más. Si algunas veces nos quejamos de que algunas novelas tienen mucha paja, a esta le pasa lo contrario. Se queda en lo justo y necesario pero en mi modesta opinión podría haber tenido más trama, no sólo la descriptiva. Aun así entretiene y te enseña el mundo de Murillo y su persona. Un aprobado justo.

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