LA UNIÓN SOVIÉTICA Y LA SHOAH – Antonella Salomoni

LA UNIÓN SOVIÉTICA Y LA SHOAH - Antonella Salomoni«Sobre Babi Yar no hay más que las voces de las hierbas salvajes».
Evgueni Evtushenko

Publicado por primera vez en 1961, el poema Babi Yar, del ruso Evgueni Evtushenko (n. 1933), provocó en la Unión Soviética una conmoción que trascendió las fronteras de la literatura. Sus versos reivindicaban la identidad judía de las víctimas del Holocausto y desafiaban el sistemático ocultamiento de esa identidad por el régimen soviético; por de pronto, en Babi Yar (barranco a las afueras de Kíev) no había cosa alguna que recordase a los casi 34.000 judíos asesinados por los nazis  en septiembre de 1941: nada sino la proliferación de hierbas salvajes campeaba en el lugar. En actitud perfectamente sintomática del problema de fondo, los detractores del poema se ensañaron en el internacionalismo del autor y en su denuncia de la judeofobia rusa; les ofendía que Evtushenko hiciese de ese internacionalismo una suerte de certificado de la identidad rusa, pasando por alto que el poeta hiciese gala de una total fidelidad a la ortodoxia comunista; el «cosmopolitismo», decían sus críticos, no era más que una traición al pueblo ruso (cabe destacar que Evtushenko no era judío). No todas las reacciones fueron negativas. Impresionado por los versos, Dimitri Shostakóvich los incorporó en su Sinfonía n°13 a modo de poema vocal. La obra, recibida con ovaciones las pocas veces que fue ejecutada, fue no obstante ignorada por la crítica y torpedeada por todos los medios, incluido el robo de la partitura. El régimen no perdonaba lo que consideraba como una distorsión de la  historia.

En efecto, a pesar de que gran parte de las víctimas de la Shoah (=catástrofe, el nombre hebreo para el Holocausto) fueron exterminadas en suelo soviético, la Unión Soviética sistemáticamente se negó a considerar la masacre de judíos como un fenómeno distinguible del resto de muertes habidas durante la Segunda Guerra Mundial. Incluso después de la muerte de Stalin, la versión oficial del régimen hacía de la criminalidad nazi en territorio de la URSS una agresión contra todos los pueblos soviéticos por igual. El desmoronamiento del régimen trajo consigo un vuelco en el enfoque y la apertura de numerosos archivos, tanto soviéticos como alemanes -confiscados durante la guerra-. En publicaciones aparecidas en diversos estados postsoviéticos se ha abordado al fin la particularidad del Holocausto, discutiéndose entre otros aspectos el antisemitismo local y la activa colaboración prestada a los alemanes por cierta parte de la población nativa (lo que ha dado lugar a una corriente de justificación y rehabilitación de los colaboracionistas, pero esto ya es otra historia). La profesora Antonella Salomoni, nacida en Italia y experta en Historia Contemporánea,  expone en La Unión Soviética y la Shoah (libro publicado originalmente en 2007) diversas aristas del tema en cuestión, las que pueden agruparse en tres grandes apartados temáticos: genocidio, reacciones y silenciamiento.

GENOCIDIO. Generalidades y algunas especificaciones sobre la matanza de judíos, plasmadas especialmente en el prólogo y en el primer capítulo del libro. El prólogo aborda precisamente el episodio de las ejecuciones masivas en el barranco de Babi Yar (29-30 de septiembre de 1941). El primer capítulo concierne al estallido de la guerra germano-soviética y a los actos iniciales de las operaciones de exterminio. Acaso sea lo menos novedoso del libro, pero este apartado contiene un ingrediente que nunca se podrá dar por consabido: el de los testimonios de algunos de los supervivientes del genocidio,  sabiamente seleccionados y dosificados por la autora; y es que en tales testimonios se reflejan –en palabras de Salomoni- «hechos desnudos y crudos que ansían la máxima eficacia descriptiva»: un propósito al que aquellos supervivientes hacen plena justicia.

REACCIONES. Sobre cómo se condujeron los judíos soviéticos ante la ocupación alemana y el genocidio, desde la obediente respuesta a las disposiciones germanas sobre registro, traslado y reasentamiento (conducentes a la ejecución inmediata o al hacinamiento en los guetos) hasta la denuncia del exterminio y la resistencia. Cobran particular importancia en este apartado el Comité Antifascista Judío, los partisanos judíos, la importancia del yiddish como lengua testimonial en la prensa y la literatura, la elaboración del Libro Negro (documento sobre el exterminio de judíos), y el papel desempeñado por los escritores Ilya Ehrenburg y Vasili Grossman. Antonella Salomoni  arguye que la –en su día- tan criticada «pasividad» inicial de los judíos soviéticos frente a las órdenes alemanas se debió a ingenuidad y escepticismo (¿quién podía creer que un pueblo desarrollado como los alemanes sería capaz de cometer una matanza multitudinaria de civiles?); a desinformación (la URSS había levantado un muro de silencio y de tergiversación de la realidad exterior); a la esperanza de «salvarse mediante el trabajo» (factor en que  los concejos judíos de los guetos tuvieron una cuota importante de responsabilidad). Algo que suele dejarse en el olvido es que desde fecha temprana hubo una considerable participación de judíos en el movimiento partisano, los que combatieron en unidades polacas, soviéticas o autónomas (con el yiddish como elemento distintivo).

SILENCIAMIENTO. Empeñado como estaba el régimen en cohesionar a la sociedad soviética, esto es, en  fortalecer el frente interno de cara a los nuevos desafíos de la política internacional, el eventual reconocimiento de los judíos como categoría específica y como objetivo preferente de los crímenes nazis hubiese mermado el valor de la «Gran Guerra Patriótica» como discurso o mito unificador (fue, en efecto, el ingrediente fundamental de la conciencia soviética de postguerra). La pretensión de generalizar el alcance y magnitud de la criminalidad nazi respondía al propósito de inhibir las antiguas animosidades étnicas y restablecer la normalidad interna, lo que suponía ocultar la especificidad identitaria –judía- de las víctimas del genocidio; cualquiera fuese el caso de judíos muertos a manos alemanas, si partisanos, habitantes de un gueto o sublevados del campo de exterminio de Sobibor, siempre se les designaba con la categoría genérica de «ciudadanos soviéticos». El mismo imperativo de reconciliación y cohesión interna llevó a tender un manto de olvido sobre el colaboracionismo de quienes participaron de manera entusiasta en la denuncia y matanza de judíos: fue ante todo el caso de ucranianos y ciudadanos de los países bálticos. No menos importante en esta historia de silenciamiento fue la oleada de antijudaísmo y antisionismo que sobrevino en la URSS en la segunda mitad de los años cuarenta, y que ya había despuntado en los años de guerra.

Nada se ahorra la autora sobre el nefasto papel de Ilya Ehrenburg como propagandista insidioso y propalador del odio, no muy diferente del odio preconizado por los nazis, pero también se refiere a su lucha contra el antisemitismo interno, cuando en mitad de la guerra cobraba fuerza en la URSS el mito de que los judíos rehuían el llamado a filas, dedicándose en cambio a beneficiarse económicamente. Ehrenburg y Vasili Grossman fueron casos insignes de judíos rusificados que redescubrieron su identidad judía a causa de la persecución nazi -un tema al que Salomoni  presta bastante atención-. A ambos les cupo un importante papel en la edición del Libro Negro, cuya elaboración confrontó enfoques diversos. Primero se lo concibió como documento para la denuncia del genocidio en el extranjero, fruto de la iniciativa de Albert Einstein y un comité judeo-estadounidense; luego se pensó en utilizarlo como instrumento de prueba en los procesos que la URSS entablaría contra la dirigencia nazi, una vez ganada la guerra; finalmente se pensó en difundirlo en la propia URSS para contrarrestar el antisemitismo interno: los testimonios de la matanza y las pruebas de heroísmo por parte de ciudadanos judíos debían sensibilizar a sus compatriotas soviéticos. El proyecto final procuraba responder a la diversidad de objetivos. Por otra parte, Ehrenburg y Grossman tenían ideas diferentes sobre el trabajo de edición: el primero lo entendía como mero esfuerzo de recopilación y selección, reproduciendo los testimonios de primera mano sobre el genocidio en su forma original; el segundo prefería una reelaboración literaria de los manuscritos de tal suerte que la versión refinada de los testimonios hablase también por los que no habían sobrevivido al exterminio. Prevaleció la opción de Ehrenburg, y Grossman redactó el prefacio (además de incluir dos artículos de su autoría). Con todo, el Libro Negro fue finalmente censurado y confiscado en 1947, debiendo esperar la caída de la Unión Soviética para  su publicación, la que se verificó en 1993.

De importancia capital resulta el accionar del Comité Antifascista Judío, que surgió como instrumento de propaganda y como elemento de apoyo para ciudadanos judíos en las zonas ocupadas, y que bien pronto se transformó en organismo de representación de los ciudadanos judíos y de los intereses sionistas en la URSS,  lo que lo convirtió en un estorbo para el régimen. La entidad fue disuelta en la posguerra, y su directiva fue aplastada en la oleada antisemita y antisionista de 1948 en adelante (Solomon Mijoels, su presidente, fue asesinado ese mismo año; los otros máximos dirigentes del extinto Comité fueron ejecutados en 1952). El material de interés proporcionado por la profesora Salomoni  no acaba ahí: también aborda  cuestiones como el desarrollo de la línea jurídica que enmarcaría el trato dado por la URSS a los responsables de la política nazi de exterminio; los primeros procesos contra alemanes y colaboracionistas responsables de atrocidades o crímenes de guerra; casos ejemplares de ayuda prestada a judíos por simples ciudadanos soviéticos; el trauma de la liberación de los supervivientes de guetos y campos de concentración o exterminio, así como la agresiva respuesta dada por el régimen soviético al resurgimiento de la identidad judía al interior de sus fronteras. Es precisamente con la violenta represión de las reivindicaciones judías y sionistas que cierra el libro, un trabajo relativamente breve pero rico en información, bien escrito y correctamente hilvanado. Muy recomendable en mi opinión.

– Antonella Salomoni, La Unión Soviética y la Shoah. Genocidio, resistencia, silenciamiento. Publicacions de la Universitat de València,  2010. 326 pp.

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12 comentarios en “LA UNIÓN SOVIÉTICA Y LA SHOAH – Antonella Salomoni

  1. David L dice:

    Excelente reseña Rodrigo, ya es un clásico felicitarte, pero en esta ocasión resulta todavía con más fundamento, la reseña de este magnífico libro bien puede servir de homenaje a las víctimas de Babi Yar. Hoy(29de septiembre) se cumplen 70 años de ese hecho tan cruel y bárbaro llevado a cabo en tierras ucranianas.

    Es curioso, pero no he podido por más de alegrarme al ver hoy publicada esta reseña, es precisamente el libro que estoy leyendo actualmente. Llevo leídas unas cien páginas y me valoración no puede ser más positiva. La Shoah y su repercusión político-social en la URSS de Stalin y sucesores presenta numerosas controversias que la autora italiana, Antonella Salomoni, nos descubre en este breve, pero jugoso ensayo. La paranoia soviética, fruto en mi opinión de una inseguridad manifiesta en la cohesión interna, es llevada al límite con el infausto tratamiento dado al Holocausto Judío en el territorio donde más matanzas se produjeron. ¡Qué paradoja! ¿no?.

    ¿A qué tenía miedo el régimen estalinista reconociendo la especificidad de la masacre de Judíos en la antigua Unión Soviética? ¿Por qué no aceptó la URSS el hecho demostrado del antisemitismo feroz perpetrado por los nazis y sus colaboradores en su territorio? Dos preguntas claves de toda esta historia que Antonella Salomoni intenta responder con gran aporte documental. En descarga de Stalin habría que mencionar, aunque sea brevemente, que esta postura no fue exclusivamente de los soviéticos. La Declaración de Moscú en octubre de 1943, firmada conjuntamente por el mandatario soviético, por Churchill y Roosevelt, establecía una estrategia común totalmente contraria a la aceptación de una comunidad de destino, es decir, una nación compuesta por las personas Judías que estaban siendo masacradas por simple hecho de pertenecer a la “nación Judía”. En occidente esta versión no pudo ir muy lejos, pero en los antiguos territorios de la Unión Soviética todavía hoy mantiene cierto vigor y, por supuesto, durante la Guerra Patriótica y la posguerra fue dogma de fe.

    Otro hecho que me está agradando de este libro es el tratamiento de la autora para con la mitificada pasividad de los Judíos ante lo que se les venía encima, el famoso Pacto Ribbentroo-Molotov de agosto de 1939 tuvo una influencia desastrosa para la opacidad gubernamental ante los ataques ya descarados que se estaban perpetrando contra los Judíos alemanes y, posteriormente polacos, una vez comenzada la guerra. En un territorio tan extenso, con unas comunicaciones deficientes, con un aparato de Partido omnipresente ¿quién podía conocer la verdad de la tragedia que se estaba cometiendo contra el pueblo Judío?

    Todavía debo acabar esta interesantísima obra de la autora italiana Antonella Salomoni, pero más de cien páginas ya me han dado para apreciar en su justa medida este trabajo.

    Un saludo.

  2. Rodrigo dice:

    Gracias, David. No me había percatado de la coincidencia de fechas, valga entonces el homenaje a las víctimas de Babi Yar.

    A propósito de la Declaración de Moscú. En efecto, resulta coherente lo que planteas con el hecho de que ni Churchill ni Roosevelt podían contar con que la ciudadanía de sus respectivos países apoyase una guerra librada “en defensa de los judíos”. No era un argumento políticamente rentable. También resultaba impensable en el contexto soviético, en que la llamada gran guerra patriótica se convirtió pronto en el mito unificador por excelencia. Y en un instrumento de legitimación del régimen de cara al extranjero.

    También es interesante el último punto. Resulta llamativo lo muy dispuesto que estuvo Stalin a honrar el pacto con Alemania imponiendo a sus súbditos un muro de silencio sobre la realidad de ese país. Tratándose de Stalin, mucho cálculo, mucha táctica, pero en este caso parece haber habido un grado importante de buena fe.

  3. José Sebastián dice:

    Enhorabuena Rodrigo por tan magnífica reseña.

    La matanza del barranco de Babi Yar ha pasado a los anales más negros de la historia como una muestra de la barbarie a la que puede llegar el ser humano.

    En la obra “Amos de la muerte. Los SS Einsatzgruppen y el origen del Holocausto”, el autor Richard Rhodes relata esta espeluznante orgía de dos días de duración en un barranco a las afueras de Kiev.

    En cuanto al comportamiento de Stalin respecto al pueblo judío no debe extrañarnos si analizamos como trató al pueblo calmuco, a los tártaros de Crimea, a los cosacos, y a los propios soldados soviéticos prisioneros de guerra de los Nazis liberados al final de la contienda. Todos eran traidores.

  4. Rodrigo dice:

    Cierto, José Sebastián. Y a eso añadamos la oleada antisemita de posguerra, que amenazaba acabar en catástrofe de proporciones.

    Muy bueno el libro de Rhodes.

  5. Farsalia dice:

    Precisamente hace unos días leí el libro de Rhodes… Y en cuanto al de Salomoni, como me sucede con tantos, lo tengo en la estantería mirándome desde hace tiempo. Tras esta magnífica reseña de Rodrigo, omo no podía ser menos, creo que prontito le hincaré el diente.

  6. David L dice:

    Si la negación por parte de la Unión Soviética de la especificidad judía a la hora de analizar el genocidio en sus territorios fue un objetivo del régimen estaliniano, no desmerece tampoco el trato informativo que dieron a los colaboracionistas soviéticos durante la “Gran Guerra Patriótica”. Ahora tocaba minimizar dicha colaboración llevada a cabo en los territorios anexionados a la URSS después de 1939 y relegarlos a acciones individuales. Todo en aras de una pacificación interna, una cohesión de los pueblos soviéticos que debía adaptarse a la versión oficial. No había sitio para la discusión, había que desactivar el todavía existente antisemitismo en esos territorios, toda la culpabilidad debía recaer en los invasores alemanes, desviando de esta manera los problemas internos de adhesión al régimen comunista. La ciudadanía soviética debía estar por encima de cualquier carácter específico de los diversos pueblos que formaban la URSS.

    Un saludo.

  7. Rodrigo dice:

    Bueno, más que desactivar el antisemitismo interno yo creo que lo prioritario para las autoridades soviéticas era la reconciliación de las diversas nacionalidades que conformaban el país, con especial atención al problema del separatismo ucraniano; asunto éste al que claramente has aludido, David (minimizar el colaboracionismo ucraniano, lograr la pacificación interna, etc.). De ahí que no hubiese lugar para la persecución y el castigo de los colaboracionistas (efectivamente, como has señalado, toda la culpa debía recaer en los alemanas), aparte que las propias autoridades ucranianas optaran por negar el carácter colectivo y específico de los episodios locales de antisemitismo. Fue el Comité Antifascista Judío el que levantó la causa de la lucha contra el antisemitismo en la URSS, causa que pudo llevar adelante mientras resultó funcional a la guerra contra Alemania; una vez ganada, dicha causa perdió sentido –desde el punto de vista del régimen- y fue sofocada por el viraje gubernamental al antisionismo y el “anticosmopolitismo”. Todo lo cual, pienso, confirma la idea de que la negación de la especificidad del genocidio respondió a un objetivo preciso del gobierno soviético.

  8. David L dice:

    Otro aspecto que me ha descubierto este libro ha sido el proyecto del Comité Antifascista Judío (EAK), creado bajo el amparo del régimen soviético en 1942 y controlado por el Partido Comunista, para la creación de una República Judía en Crimea donde se alojaría a los miembros de esta comunidad. El proyecto no acabó bien, la voluntad del régimen estalinista no estuvo por la labor, además en 1952 se celebró un juicio contra los dirigentes del EAK por supuestas actividades antisoviéticas y entre las acusaciones parece que destacó el intento de creación de esta República Judía. Intentaré averiguar algo más sobre este tema.

    Un saludo.

  9. José Sebastián dice:

    Realmente interesante lo que cuentas en torno al proyecto de crear una República Judia en Crimea. Si el proyecto existió – que no lo dudo – debió contar en su momento con la aprobación – aunque fuera meramente tacticista e interesada – del omnipresente camarada Stalin. Tal vez ello fuera ligado a sus planes de deportar a los tártaros de Crimea tras expulsar a las tropas alemanas de la Península. Resulta también curiosa la idea de crear una especie de gueto gigantésco, similar al irreal proyecto nazi de confinar a los judíos en Madagascar. Espero averigues algo más y lo compartes con nosotros.

  10. Weiss dice:

    Que yo conozca, sobre las relaciones entre Stalin y el régimen comunista, con los judíos soviéticos, existen dos libros en la lengua de Shakespeare – ¡ como no ! – :

    – “Stalin’s Secret Pogrom: The Postwar Inquisition of the Jewish Anti-Fascist Committee”

    – Stalin’s Forgotten Zion: Birobidzhan and the Making of a Soviet Jewish Homeland: An Illustrated History, 1928-1996

    Saludos

  11. Rodrigo dice:

    Estoy leyendo El libro negro, cuya accidentada historia relata brevemente la profesora Salomoni.

    Recopilación de testimonios del Holocausto, el libro fue editado por un equipo dirigido por Ehrenburg y Grossman. Acaba de ser publicado por primera vez en castellano, por Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg.

    Sin dudas, el libro más espeluznante que he leído en mi vida.

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