LA SEDUCCIÓN DE LA CULTURA EN LA HISTORIA ALEMANA – Wolf Lepenies

LA SEDUCCIÓN DE LA CULTURA EN LA HISTORIA ALEMANA - Wolf LepeniesCon el nefasto fenómeno del nazismo como telón de fondo, el sociólogo alemán Wolf Lepenies analiza en este volumen (publicado originalmente en 2006) lo que considera como la tendencia alemana a idealizar y sobrevalorar la cultura en detrimento de la política, en particular la de tipo liberal y parlamentario. Premisa del estudio es la idea de que si existe o ha existido en la historia moderna una ideología alemana, ésta sería precisamente la de concebir la cultura como un «noble sustituto de la política». Lepenies prefiere juzgar esta tendencia más como una cuestión de actitud que de carácter nacional, con lo cual sustrae su análisis al riesgo de adjudicar la cuestión central, el marco ideológico-cultural que propició el auge del nazismo, a lo que pudiera interpretarse como la esencia –unívoca e inmutable- de lo alemán. Las nociones de «tendencia» y «actitud» otorgan al enfoque asumido por el autor un matiz de holgura que contradice la impresión de rigidez y exclusividad que produce la noción de «carácter», y remiten derechamente al condicionamiento de los fenómenos sociales. Lepenies está lejos de postular que la denigración de la política y la veneración romántica de los logros culturales sea una actitud exclusiva de los alemanes, pero sí cree que en ningún otro país ha condicionado el curso de la historia con tanta fuerza como en Alemania.

En el meollo tanto de la referida «ideología alemana» como de ciertas tesis relativas al ascenso del nazismo está el concepto de la singularidad o «vía específica» (Sonderweg) de la nación alemana. Ya en el siglo XIX, la tradición académica germana solía adscribir el destino de Alemania a una ruta diferente de la seguida por Occidente (representado en lo primordial por Francia e Inglaterra, más tarde por los Estados Unidos). En el marco de este modelo de pensamiento, Alemania -disgregada o unificada- se erigía como la «nación de la cultura» (Kulturvolk) por antonomasia, entendiendo «cultura» como un estadio superior de realización comunitaria en que lo crucial es el enaltecimiento del patrimonio intelectual, artístico y espiritual surgido del pueblo (Volk). Históricamente relacionada con la tardía unificación alemana y con acontecimientos traumáticos como la Guerra de los Treinta Años y las guerras napoleónicas, condicionada además por dicotomías como las de «Romanticismo frente a Ilustración», «comunidad frente a sociedad», «lo genuino frente a lo aparente», la base de la identidad alemana y fuente de autoestima nacional estaba en la idea de ser un  Kulturvolk («pueblo» o «nación cultural») rebosante de espíritu y vitalidad,  antes que un Kulturstaat, una entidad nacional políticamente definida (con el Estado como viga maestra). A Occidente le correspondía el rango inferior propio de la «civilización» (Zivilisation), una categoría negativamente asociada con lo material, lo superficial y lo perecedero, en que lo primordial era el cultivo del frío y escéptico  racionalismo, de las efímeras formas, del comercio y de la política. Los países meramente civilizados carecían del componente orgánico y trascendente de la Kultur, y debían contentarse con ser unas cáscaras vacías afectadas por las lacras del  cosmopolitismo y el desarraigo, el hedonismo y la alienación.

Lepenies dictamina que el orgullo de los alemanes por su cultura, indudablemente exquisita en muchos aspectos, ha sido una compensación por sus repetidas desilusiones en política. La indiferencia ante la perspectiva de involucrarse en los asuntos de la polis -y el consiguiente ensimismamiento en la esfera de lo privado- se asumió en el siglo XIX como distintivo del «carácter alemán», incluso después de la unificación del país. Según una trillada imagen, Alemania era ante todo una nación de poetas, pensadores y músicos, al tiempo que propendía a ser un Estado formado por vasallos en lugar de ciudadanos. La concepción de lo público estaba dominada por un déficit de realismo y de pragmatismo, al extremo de cundir entre los alemanes un desprecio de la política como arte de lo posible y reino del compromiso. Propio de lo alemán parecía ser el entretejer la política con visiones utópicas y con alguna teoría de salvación general. Aunado todo esto con cierta predilección alemana por las interpretaciones escatológicas de la historia, no ofrecía el país un panorama auspicioso en materia de exaltación de las libertades individuales, de los derechos civiles y de la participación ciudadana. No resultaba extraño, pues, que el coraje cívico, asociado con el principio de la insurrección ante la arbitrariedad del poder establecido, fuese una virtud desconocida por muchos alemanes. Por ende, tampoco era extraño que la República de Weimar, de origen tan precario, suscitase escaso entusiasmo en la población alemana, que en gran parte la consideró una suerte de interregno de cuestionable legitimidad.

El III Reich no representaba la culminación ideal e inevitable de la trayectoria histórica de Alemania, pero tampoco constituía una anomalía.  Había en las diatribas de los nazis contra la política (cierta forma de política, se entiende) un signo de continuidad y de congruencia respecto del pasado nacional. No fueron pocos los intelectuales y artistas de la Alemania de entonces que se dejaron seducir por el proyecto nazi, en el que vieron una promesa de restituir el Kulturvolk a su lugar de privilegio. Factores como el culto al líder, la fastuosidad del discurso,  la monumentalidad de los propósitos y la parafernalia simbólica y ceremonial activada por los nazis; en fin, todo aquello que autorizó a Walter Benjamin a hablar -desde una perspectiva crítica- de «estetización de la política», era concebido como una glorificación del ethos alemán. Tampoco fueron pocos los que se sintieron decepcionados después de 1933, pero en sus manifestaciones surgidas a raíz de acontecimientos como la quema de libros de ese mismo año, la «Noche de los cuchillos largos» (en 1934) o la «Noche de los cristales rotos» (1938), Lepenius advierte más indicios de decepción estética que moral.  Característico es que la actitud de estos personajes, lejos de cualquier atisbo de oposición, se redujese a la  desilusión y lo que se conoció como el «exilio interior». En definitiva, con la sustitución de la política por la cultura, hubo una predisposición a aceptar la ausencia de un sentido de moralidad en la esfera de lo público.

A poco de finalizar la guerra, la fórmula del «retorno a Goethe» fue la que mayor resonancia tuvo como antídoto a la crisis nacional. Lo que parecía un curativo era en realidad un síntoma del problema por cuanto revelaba un fallo sustancial en la comprensión de lo sucedido, que exigía un análisis que no eludiese la importancia de lo político; era una recaída en la ilusión de que la cultura podía reemplazar a la política. El novelista Frank Thiess, que no había emigrado de Alemania, sostuvo que la lectura generalizada de las obras de Goethe durante el III Reich había hecho de muchos alemanes unos exilados interiores que no habían caído en la tentación de apoyar al régimen  nazi; tesis absurda e irrelevante donde las hubiere: los nazis no habían dudado en utilizar la figura de Goethe, el aprecio de su obra no era un equivalente -ni requisito indispensable- de la condición de disidente, y el pretendido exilio interior no había impedido que el nazismo perpetrase sus atrocidades. La prédica del retorno a Goethe, fundada en una perspectiva que distaba de ser minoritaria, daba a entender  que la catástrofe acarreada por el nazismo  representaba el fracaso definitivo de la política. Lo que en realidad había fracasado, aparte de la concepción estrecha y reduccionista de lo político (pues también hay una política del despotismo o del totalitarismo), era la actitud típicamente alemana frente a los asuntos públicos, o su afán de subsumirlos en la cultura; en una palabra, su antipoliticismo (que no deja de ser una postura política). En otro punto del espectro de ideas, Thomas Mann, mucho antes de la instauración del III Reich, había acabado por reconocer la importancia de lo político y de lo social como aspectos indispensables de la humanidad.

Precisamente, la figura de Thomas Mann constituye un referente constante del análisis de Lepenies, tanto en términos positivos como negativos.  Desde los días de la Primera Guerra Mundial, cuando suscribía el credo antiliberal y defendía la singularidad alemana, enfrentada a la vacuidad de la Zivilisation occidental (Mann sostenía que el militarismo era una costumbre alemana más), el escritor evolucionó hacia un republicanismo que le enajenó la admiración de muchos de sus compatriotas conservadores. Se contó entre los más activos portavoces de los emigrados de la Alemania nazi, y luego de la Segunda Guerra Mundial fue uno de los protagonistas de la controversia que se libró entre los  emigrados y los exiliados interiores. Entre otras cosas, estos últimos aseguraban haber hecho mucho más que aquéllos por la supervivencia del espíritu alemán y se arrogaban un mejor derecho para juzgar de lo sucedido. Como fuere, ambos bandos convergían en un mismo punto: la tendencia a sobredimensionar los logros culturales y omitir un genuino análisis político de la catástrofe. Todos ellos, incluido Mann, coincidían en formular interpretaciones profundas y grandiosas de índole apocalíptico-esteticista; ninguno se avino en lo inmediato a pisar el terreno pragmático y modesto de los méritos de la democracia y de la racionalidad occidental. En cierta ocasión, refiere Lepenies, Goethe propuso que los alemanes se prohibieran durante treinta años el empleo de la palabra Gemüt (alma); en 1941, Thomas Mann hizo algo similar con respecto a la palabra Tiefe (profundidad).  Sin embargo, él mismo, que nunca se desligó de la  creencia de que la esencia de lo alemán residía en la variante  germana de Romanticismo, trazó en su novela Doktor Faustus una interpretación que, con su referencia al contenido «trágico» y «demoníaco» de la cultura alemana, es un monumento a la «profundidad» y el antipoliticismo alemanes. (Similar reproche formula Rüdiger Safranski en su libro sobre el Romanticismo.)

Lepenies evalúa el caso del escritor Gottfried Benn como representativo del «problema alemán». Después de la guerra, Benn consideraba que los intelectuales alemanes habían contribuido a la catástrofe de su país porque no habían sabido mantenerse al margen de la política; no advertía que, por el contrario, la pasividad  y la mera repugnancia estética de los intelectuales (cuando la hubo) sólo podían aportar a la perpetuación de un régimen perverso. Benn desdeñaba la democracia y en su ofuscación llegó a pensar que la ruina del mundo occidental se debía no a cosas como los regímenes totalitarios o los crímenes de la SS sino al concepto de zoon politikon, «esa metedura de pata de los griegos». Un documento de su autoría, una carta enviada en 1948 a los editores de la revista Merkur, condensa buena parte de los rasgos característicos de la actitud alemana posterior a la guerra: ausencia de cualquier sentimiento de responsabilidad o arrepentimiento, autocompasión ilimitada y escasa disposición a aprender de las experiencias pasadas. Como en el caso de otros intelectuales alemanes que reflexionaron sobre el reciente desastre, lo único que cuenta en las manifestaciones de Gottfried Benn es el sufrimiento propio, brillando por su ausencia cualquier referencia a la persecución de los judíos y al Holocausto. (Peter Fritzsche, en su libro Vida y muerte en el III Reich, ha destacado que en el imaginario colectivo alemán de posguerra no hubo espacio para el sufrimiento de los judíos, y que los textos de la época solían fundarse en la supresión del conocimiento sobre el destino de los judíos y de su patrimonio en Alemania.)

El exilio interior, con su deliberada elusión de todo compromiso político,  venía a ser una forma de autoengaño, así como una técnica para adaptarse a la realidad. No fue muy diferente el expediente al que recurrió la élite intelectual en la RDA, que «aprendió a la perfección el arte de dejarse gobernar» (Wyndham Lewis) y reeditó la fórmula alemana de llevar la  vida de un vasallo y sentirse libre a la vez. A diferencia de lo sucedido en otros países gobernados por regímenes comunistas, no hubo en la RDA  un movimiento de disidencia política en que los intelectuales ejercieran un papel destacado, y la mayoría de ellos encontró la forma de congeniar con la élite política. En general, intelectuales y artistas fueron espectadores pasivos  de la revuelta popular que acarreó en 1989 el colapso de la RDA. Antes y después de esta crucial fecha, los intelectuales de la Alemania oriental hicieron suyo el predicamento de replegarse sobre sí mismos. La RFA, en cambio, presentaba un cuadro más alentador. Lepenies afirma que, en ese país, la cultura «ya no era un ático desde donde se contemplaba con cierto desdén y arrogancia el sótano de la política cotidiana».

El autor, nacido en 1941, ha tenido una dilatada trayectoria académica en Francia, EE.UU. y Alemania. Fue rector del Instituto de Estudios Avanzados de Berlín.  Es autor de ensayos como Las tres culturas. La sociología entre la literatura y la ciencia (FCE, 1994) y ¿Qué es un intelectual europeo? (Galaxia Gutenberg, 2008).

-Wolf Lepenies, La seducción de la cultura en la historia alemana. Akal, Madrid, 2008. 254 pp.

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21 comentarios en “LA SEDUCCIÓN DE LA CULTURA EN LA HISTORIA ALEMANA – Wolf Lepenies

  1. Urogallo dice:

    Esto no es una reseña Rodrigo, podría ser un artículo, y le faltaría poco para ser una ponencia.

    Cultura y Civilización, términos que en boca de los alemanes revisten un contenido tan distinto del que nosotros les damos. Como enunciaba Paul Johnsson, la Kultur es lo especificamente alemán, vital, natural, viril y poderosa. La Zivilisitation, para resumirlo, sería Francia.

    También hay que decir que la Kultur se veía con el mismo tinte sombrio y perverso desde las barricadas de la Zivilisitation.

  2. pepe dice:

    Magnífica reseña. Me sorprende leer que el coraje cívico, asociado con el principio de la insurrección ante la arbitrariedad del poder establecido, sea una virtud desconocida por muchos alemanes. Me pregunto cómo se entienden entonces la Reforma luterana, la guerra de los capesinos… Recuerdo ahora una novela de Heinrich von Kleist, Michael Kohlhaas, donde se nos muestra a un hombre honrado cuyo excesivo sentido de la justicia le lleva a convertirse en salteador y asesino…

  3. Washington Urogallo dice:

    Recordemos que la Reforma Luterana estuvo a favor de aplastar las revueltas de los campesinos. ( Magnífica la versión de Waltari). El Luteranismo venía a fosilizar la estructura social, y fue la religión de los poderosos.

    Las revueltas campesinas solo eran otra revuelta anti-señorial más. Aquí se está hablando de la perspectiva de las élites, que fueron las que terminaron con ellos.

  4. Rodrigo dice:

    Bueeeeno, Uro, no es para tanto. Se agradece en todo caso. Justamente, a Francia se la tenía por epítome de la idea de “civilización”, y en Alemania hubo una fuerte corriente de opinión que planteó la guerra de 1914 como una guerra cultural que en concreto significaba una lucha entre la “Kultur” y la “Zivilisation”. Existe al respecto un documento significativo, un manifiesto de 1914 firmado por un conjunto de intelectuales, científicos y artistas alemanes que justificaba el belicismo y el expansionismo alemanes en esos términos. El mismo título es decidor: Al mundo civilizado, y es que el manifiesto era un desafío dirigido a “los otros”, las potencias occidentales. A todo esto, Lepenies dedica un capítulo al tema de las relaciones franco-alemanas y otro al de las interacciones entre la herencia cultural alemana y las tradiciones políticas estadounidenses. Muy interesantes ambos.

    Gracias, Pepe. La verdad es que el autor circunscribe su análisis a los dos últimos siglos de la historia alemana porque éste es el período en que, por así decir, cristaliza el problema de la “seducción de la cultura en la historia alemana” (o el de la cultura como sustituto de la política en el contexto alemán). La reforma luterana y la guerra de los campesinos cuentan como antecedentes mediatos de las frustraciones alemanas en el terreno de la política, están en la raíz de una tendencia que vino a tomar forma en la época referida. También puede mencionarse un hecho tan posterior como los levantamientos fracasados de 1848-1849. Eso pues, son antecedentes dentro de un proceso complejo, nada excluyente y sujeto a los vaivenes de la historia. Como sabes, el mismo Romanticismo, central en los conceptos –no estáticos- de cultura alemana e “ideología alemana” con que trabaja Lepenies, es un movimiento surgido recién en torno al 1800.

  5. Jon Arson dice:

    Impresionante reseña. Parece un libro sumamente interesante. Unapena que no sea un campo del que realmente sepa mucho.

  6. Urogallo dice:

    Bueno, hay que puntualizar que la identificación es precisamente lo que tu ahora has aclarado.

    No la Francia real, la Francia imaginada por Alemania, como ese país “del sur” corrompido y decadente, agusanado por la democracia.

    Si me permitís la anécdota, siempre se ha dicho que la nación alemana nace el día que Fichte ve desde su ventana en Berlín a la guarnición francesa patrullando la calle y cantando en su “jerga”.

  7. pepe dice:

    Al mencionar la reforma quería sugerir que un movimiento de este tipo no parece propio de un pueblo cuyos individuos carezcan por completo de cierto espíritu crítico, por llamarlo de algún modo…

  8. pepe dice:

    Por cierto, los amantes de la cuestión alemana quizá disfruten con la lectura de la novela de Neuman “El viajero del siglo”, último premio Alfaguara…

  9. Urogallo dice:

    Posiblemente la coexistencia, siempre dificil, entre religiones enfrentadas fuese parte del proceso hacia esa “Torre de Marfil” cultural.

  10. Rodrigo dice:

    Tendré que investigar en google, Pepe; no conozco al escritor que mencionas.

    Gracias, Jon Arson. El libro es sin dudas interesante, y no resulta muy difícil de leer.

    Muy posiblemente, Uro. Un factor a tener en cuenta.

    No conocía la anécdota de Fichte. A propósito, una vez leí que su obra anunciaba o representaba la transición del cosmopolitismo del primer romanticismo alemán al nacionalismo estrecho y excluyente en que éste degeneró. Está claro que las guerras de liberación contra Napoleón incidieron fuertemente en este movimiento.

  11. Urogallo dice:

    Bueno, casi sería mejor dicho hablar de un nacionalismo cultural que se vuelve nacionalismo político ante la humillación de la derrota militar.

    Sturm und Drang.

  12. Rodrigo dice:

    Nunca mejor dicho, Uro. Ésa es la idea.

    Bueno, me parece pertinente traer a colación uno de los libros mayores que he leído sobre el nazismo, la biografía de Hitler escrita por el alemán Joachim Fest. Este historiador dedica algunas de las mejores páginas de su excelente libro al tema de la especificidad cultural de su país al momento del auge del nazismo. Sus tesis son muy similares a las de Lepenies. Alude expresamente a la enajenación de la realidad, el “desinterés tradicional alemán por la política” y el “resentimiento estético e intelectual contra la política” (con el afán de redimir a la nación alemana por medio del arte) como antecedentes del caso. Sostiene que el nazismo pudo triunfar en la sociedad alemana porque en ella prevalecía una pasión antipolítica tal que ninguna promesa de tipo social podía superar la sugestión del mundo privado, y la noción de tomar parte en los asuntos cívicos era incapaz de cautivar la fantasía de los alemanes; a través de Hitler, la nación se sintió más bien liberada que descartada de la política, “limitándose únicamente a aplaudir, desfilar y levantar los brazos”. También se refiere a la paradoja de una nación cuya cosmovisión es modelada por categorías apolíticas y en cuyo recuerdo no hay reyes decapitados o levantamientos populares triunfantes, y que sin embargo ha aportado a la modernidad –por medio de su intelectualidad- algunos de sus conceptos y consignas más radicales. En verdad, aunque la filosofía política no es mi fuerte, uno puede pensar en Fichte postulando el derecho del pueblo a la revolución y la justificación de una violencia legítima contra la arbitrariedad, o en Schlegel defendiendo el republicanismo y la democracia directa. Esto, por no hablar de Marx y sus discípulos alemanes.

  13. Hindenburg dice:

    Como diría el castizo: “Germany is different…”

  14. Pere dice:

    Estoy de acuerdo en que la consideración de la política como algo sucio es uno de los pilares que alzaran al nazismo hasta el poder, pero en relación al otro eje del libro creo que convendría matizar el emparejado cultura – civilización, que no surge porqué sí, sino como resultado de la agitada historia de los alemanes y que, por poner otra anécdota, tiene que ver con el hecho que habiendo estando presentes en la historia de Europa desde Ariovisto no consiguen levantar cabeza hasta las guerras napoleónicas. La cosa empeoró a partir del final de la Guerra de los Treinta Años, que dejó al país convertido en un erial durante un siglo, y en el patio trasero donde Francia extiende su dominación militar y su primacía cultural. Los pobres alemanes, indefensos, atrasados, provincianos, tras intentar afrancesarse y comprobar que el resultado era convertirse en viles imitaciones despreciadas por los originales se refugian en las profundidades insondables de la consabida “alma alemana”. El pietismo es la primera reacción defensiva que consiste en decir, bien dejemos a los franceses con su arte de academia y sus pautados artificios y nosotros refugiémonos en la autenticidad y naturalidad alemana de nuestra fe. Después vendrán otras reacciones, igualmente intuicionistas y anticosmopolitistas como cuenta Isaiah Berlin, gran conocedor de la corriente del pensamiento alemán del siglo XVIII que bautiza como contrailustración y donde ubica las raíces del Romanticismo en su conocido planteamiento. El tema es que mientras los franceses construyen el gran artefacto del estado-nación (el mismo que ahora está haciendo aguas) los alemanes, sometidos en las minúsculas satrapías, cada una con su pequeño déspota al frente, en que el tratado de Westfalia divide a su patria lo detestan y lo subliman al mismo tiempo.

    El estado-nación como aspiración de una parte del nacionalismo alemán (el genuino nacionalismo alemán, en mi modesta opinión, es federalista en la tradición del Sacro Imperio Romano Germánico) será la fruta prohibida que va a encontrar su máxima expresión en el Tercer Reich, culminación de las empanadas mentales de un provinciano plebeyo y autodidacta. En la historia alemana no hay tanto una oposición de la cultura a la civilización – o sea a Occidente- como una resistencia al asimilacionismo francés, el cual ha fomentado este equívoco. El, por lo demás, excelente y recomendable, libro de Alain Finkielkraut “La derrota del pensamiento” publicado a mediados de los felices ochenta (felices para mí que era joven y sin hipoteca) insiste en situar en el pensamiento alemán el inicio de la babélica disgregación del mundo operada por el romanticismo. El mundo del siglo XVIII, dice, había sido dotado de sentido por la ilustración que era universal, cosmopolita y aceptado por las elites hasta que llegaron los tontos de los alemanes y alzaron por encima de la razón el valor de oscuros diosecillos locales. Nada de eso, respondió en su momento el Isaiah Berlin. No confundan la voluntad de ser de un pueblo con el sueño del asalto a Occidente que no aparece en los esquemas alemanes hasta los nazis.

    En todo caso es seguro que alguna cosa chirria en la cultura alemana, eso es seguro. Al fin y al cabo no formaron parte del Imperio romano y eso se nota. Ellos se lo perdieron, maldita noche de Teutoburgo. Josep Pla, primera espada de las letras catalanas y un escritor muy querido en nuestro país describe muy bien este sentimiento que los alemanes provocan a los mediterráneos en un párrafo de su libro de viajes por la Europa de los años veinte del pasado siglo “Cartes

  15. Pere dice:

    Josep Pla, primera espada de las letras catalanas y un escritor muy querido en nuestro país describe muy bien este sentimiento que los alemanes provocan a los mediterráneos en un párrafo de su libro de viajes por la Europa de los años veinte del pasado siglo “Cartes de lluny” (Cartas desde lejos). Pla entra en la cafetería de un pueblito del Rin. Es domingo por la tarde y los alemanes están sueltos y relajados. Traduzco las palabras del maestro : “En estos cafés y en esta hora dominical es cuando uno ve claramente el miedo que te dan los alemanes, el miedo cerval, terrible, que te dan los alemanes. Tiemblas como una hoja de árbol, tienes la misma sensación de encontrarte un hipopótamo en libertad”.

    En fin, Roma vintrix.

  16. Rodrigo dice:

    Pere, se agradece un comentario tan interesante.

    Tengo la suerte de haber leído ambos libros, el de Berlin y el de Finkielkraut, más recientemente este último. Creo que tu planteamiento es bastante acertado pero me atreveré a formular algún modesto reparo. Pienso que, sin restar importancia al factor de la resistencia a la influencia francesa –término tal vez más adecuado que el de “asimilacionismo”, puesto que no se redujo el todo a mera tentativa de imposición sino que hubo mucho de admiración y recepción voluntaria de la cultura francesa por parte alemana-, en buena parte del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX el contraste entre “cultura” y “civilización”, con su carga despectiva de lo occidental, sí tuvo un papel importante en el ámbito intelectual y en el discurso identitario alemanes. Es una dicotomía absolutamente fundamental en la tradición crítica alemana de la sociedad moderna. Me refiero al pensamiento de personalidades notorias como el nacionalista Paul de Lagarde, o intelectualmente prestigiosas como Ferdinand Tönnies, Ernst Troeltsch, Georg Simmel, Werner Sombart y Oswald Spengler, quienes formularon algunas de las críticas más terminantes de lo que ha solido asociarse con la modernidad: liberalismo, sociedad de masas, cosmopolitismo, racionalidad instrumental, maquinismo, materialismo, etc. En todos esos autores resonaba la protesta romántica contra la Ilustración, y en todos alentaba la idea de que la modernidad representa el triunfo de la “civilización” y la degradación de la “cultura”. Y era ésta una modernidad y una civilización que, lejos de identificarse únicamente con Francia, equivalían en realidad a un Occidente genérico en que Inglaterra, como primera potencia económica, industrial e imperial de la época, llevaba la parte del león (nunca mejor dicho, vaya). Y Estados Unidos, con su democracia, su industrialismo y su cultura de masas, por no hablar de su corta historia y su presunta pobreza en materia de tradiciones, no lo hacía nada de mal como ejemplo (espantable) de sociedad moderna.

    Creo pues que no es cuestión de restringir la idea del rechazo alemán de Occidente a los nazis. Puede decirse que la Alemania de entreguerras, con la derrota militar y el Tratado de Versalles a cuestas, con el tránsito abrupto de un régimen monárquico a uno republicano, con sus crisis políticas y económicas, fue un verdadero caldo de cultivo para un sentimiento antioccidental que de hecho se expresó en la corriente de pensamiento que Jeffrey Herf denominó “modernismo reaccionario”. Se trataba de una tradición intelectual que sustrajo a la tecnología y la racionalidad de medios a fines del registro de taras de la modernidad y se esforzó por conciliarlas con los tradicionales elementos irracionalistas, antiindividualistas y antiliberales del conservadurismo alemán. No cabe definir a los autores que conformaban esta tradición intelectual como nazis, ya que sólo algunos de ellos encontraron acomodo en el nazismo y el III Reich, y el nazismo no hizo suyas todas sus ideas. En fin. El ensayo de J. Herf sobre este tema es muy interesante.

  17. ARIODANTE dice:

    Rodrigo, te felicito por el artículo, ponencia, reseña o lo que queramos llamarle. Es un texto de primera categoría, que merece una larga reflexión. Los comentarios también son jugosísimos, así que los iré leyendo poco a poco, porque me parece un tema importante.

  18. Chuikov dice:

    Me quito el sombrero. Acabo de pasar la hora más interesante de la semana. Gracias, Rodrigo y compañía.

  19. Rodrigo dice:

    Reseña no más, Ario, reseña. Muchas gracias, también a Chuikov.

  20. juanrio dice:

    Me sumo a las felicitaciones al reseñador y a las aportaciones posteriores, tan valiosas. Tiene toda la razón Uro en que sobrepasa los límites de la reseña para situarse muy por encima de la media….da gusto conocer cierta gente y ciertos textos…

  21. Rodrigo dice:

    Bueno… Se agradece, Juanrio.

    Pasa que el nivel de Hislibris es un gran aliciente. Por parte de un servidor, se hace lo que se puede.

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