LA NOCHE MIL DOS – Joseph Roth

LA NOCHE MIL DOS. Joseph RothMoses Joseph Roth, autor prolífico si aunamos literatura y periodismo, es conocido mundialmente por su magna obra La Marcha Radetzky, reseñada en estas páginas. Por ello no insistiré demasiado en su biografía, ya desarrollada en el enlace anterior. Sin embargo, hay algunos datos, citados en un delicioso artículo de Cabrera Infante acerca de La Marcha… que pueden ser ilustrativos. Cabrera define a Roth como un “caricaturista de genio”, -al estilo del pintor/dibujante Grosz- que, fiel a su lema: “Ser capaz de decir en medio folio cosas interesantes“- definía no sólo un personaje, sino también toda su biografía. Y yo diría más: toda una época. Porque lo que Roth retrata es el crepúsculo de una época divina: el imperio austrohúngaro. En palabras de Roth: “Mi experiencia más inolvidable fue la guerra y el fin de mi patria, la única que tuve: la monarquía Austrohúngara” (…) “Amaba esta patria mía que me permitía ser a la vez un patriota y un ciudadano del mundo entre todos los pueblos de Austria y también un alemán“. Y si Hermann Broch, contemporáneo suyo, dijo que la literatura “tiene una significación social pero a un nivel metafísico“, la única metafísica posible en Roth, según Cabrera Infante, es el humor y la intrusión de la historia contemporánea en su felicidad de expresión. Comparto la afirmación.

Roth es un ostjuden, un judío del Este, mal considerado en los círculos vieneses judíos. A pesar de que Brody, su ciudad natal, era el centro de la Ilustración Judía. En el 14 ingresa en la Universidad de Viena, que casi podía considerarse un gueto judío, (“voluntario”, según Coetzee). Y aunque es pacifista, se alista en 1916, año en el que se desprende de su primer nombre, Moses, porque ser judío es ya peligroso en Centroeuropa y Joseph es un nombre más discreto.

Roth empieza a escribir tras la guerra y se casa, en Berlín. Empieza lo que él llama novelas-periódico (Zeitungromane). Publica cientos de artículos y reportajes periodísticos, testimonio de la convulsa Europa de entreguerras. En 1925 Roth es nombrado corresponsal en París del diario Frankfurter Zeitung. Allí se ilusiona e incluso valora la posibilidad de escribir en francés, pero al cabo de un año es reexpedido a la ya Unión Soviética, desde hacía nueve años. Desde Rusia, sin nada de amor, escribe unas crónicas excelentes, absolutamente decepcionado. Como le comentó a Walter Benjamin, entró en Rusia “casi como un bolchevique convencido” pero salió como “monárquico”. Con amargura, Roth constata en sus artículos la evidencia de que el joven Estado comunista estaba lejos de alcanzar una sociedad más humana. Fragmentos del diario que el escritor lleva durante el viaje, muestran, además, la creciente ansiedad personal determinada por los sentimientos hacia su esposa.: “Uno no puede viajar si tiene el corazón unido a alguien“, escribe. Ella acabó enferma mental, recluida en un manicomio.

L.F. Moreno Claros, nos cuenta lo que Roth se encuentra en su periplo ruso: ciudades de gentes grises y mal vestidas, sin poesía, sin pasado, en las que reina el apresuramiento y donde hombres y mujeres fruncen el ceño; en las que ya no hay lugar para la vida privada, acosada entre las asambleas y la fábrica; donde no se estilan el lujo ni las frivolidades, pero los odiados “burgueses” son sustituidos por una nueva especie: el “proletario-filisteo”. Roth describe las costumbres impuestas por el joven Estado soviético que ha implantado por decreto el racionalismo banal que rige una vida sin metafísica; o la nueva moral sexual que sepulta el erotismo y convierte a la mujer “liberada” en un asexuado “factor social de producción“.

En el 32 publica la novela que le llevaría a la fama: La marcha Radetzky, usando el emblema del imperio austrohúngaro, para relatar la ascensión y decadencia de los Trotta, que corren paralelos a la ascensión y decadencia del imperio. Un gran fresco de la sociedad austrohúngara, no exento de un cierto toque satírico y a la vez nostálgico. Es Roth escritor de evidente originalidad, impregnando toda su obra una ironía que no se podría llamar “socrática y sí socarrona” (C.I. dixit) Roth es original porque no tenía influencias. Solía decir: “Un escritor que se pasa el tiempo leyendo (a otros autores) es como un camarero que emplea su tiempo comiendo.“. A partir de 1934, vive huyendo de ciudad en ciudad por una Europa que observa atemorizada o incrédula el ascenso del nazismo. Incluso se convierte al catolicismo en sus últimos años, tratando de ser lo más austríaco posible… Muere en París, completamente alcoholizado, en 1939.

La obra que comentamos aquí es La noche mil dos, publicada en 1939. Al parecer hubo en castellano alguna otra traducción con el título El collar de perlas, que es un título que le va mucho más. Pero el caso es que Roth la titula así, como una referencia a Las mil y una noches. Esta obra, que recuerda en muchos momentos, por su personaje central, al último Trotta de La Marcha Radetzky. En realidad, la estructura de la obra es un tanto encadenada, como el triple collar de perlas, que es el macguffin, que diría Hitchcock, el leit-motiv que pulula por encima de la obra. Podría haber sido un anillo o unos pendientes. Pero es un collar de perlas, un magnífico collar de tres vueltas que el Shah de Persia, con cuya visita a Viena se inicia la novela, regala a una joven de costumbres ligeras tras pasar una noche con ella.

Considero esta novela como un enorme tiovivo, un tiovivo de feria, de la gran feria de vanidades formada por el mundo centroeuropeo imperial. Los personajes van pasando ante nuestros ojos, uno detrás de otro, cada uno montando su caballito, persiguiéndose constantemente sin llegar a alcanzarse nunca. O como una enorme montaña rusa donde la fortuna de los protagonistas sube y baja según el momento, y el que está arriba puede de pronto encontrarse al fondo del valle y viceversa. Hay, de hecho un tiovivo en la parte final de la novela, en la vienesa feria del Prater, con lo que no es descabellado que el autor también de modo indirecto hiciera esta referencia.

El relato comienza y acaba con el Shah…y el collar de perlas a él ligado. Nos presenta al barón Taittinger, capitán de caballería, que es el encargado de conseguir que el excelentísimo Shah se divierta una noche con un repentino capricho, la condesa de W. o más bien, con alguien que la sustituya sin que se note, para no crear un conflicto diplomático. Los intermediarios, el policía Sedlacek, los altos cargos del Ministerio, el Gran Eunuco, el Gran Visir del Shah, todos van girando en la enorme rueda. El barón Taittinger encarna el declive del imperio: y con ello, la decadencia de un mundo que, a la par que el mundo victoriano en el imperio británico, conlleva una concepción de la vida y unos valores que la Gran Guerra borrará definitivamente, dándoles sepultura porque ya estaban enfermos de muerte.

La narración sigue rodando con los siguientes personajes: la joven Mizzi, que de empleada en una tiendecita pasa a trabajar en una casa de placer con Frau Matzner y sus pupilas, recibiendo a la aristocracia masculina en sus salones, y que de pronto se convierte en propietaria de una fortuna, cuando recibe -discretamente- el regalo del Shah: las valiosísimas perlas. Mizzi, sobrepasada, acaba perdiendo su dinero y colaborando sin saberlo en una estafa, con lo que resulta condenada y pasa un tiempo en la cárcel. Sigue la rueda con Frau Matzner, el banquero Efrussi, que fue, por cierto, el receptor de las perlas, vuelve a girar con el barón, corren rumores, y aparece un nuevo personaje, el mezquino reportero Lazik, que empieza a seguir una pista que le resulta prometedora. Por sus contactos policiales, concretamente con Sedlacek, el policía que se ocupó del caso del Shah, llega a relacionar a Mizzi con el barón Taittinger, y con otros muchos aristócratas asiduos de la casa de la señora Matzner. Sigue el rastro de las perlas, lo que le lleva a diversos protagonistas de la historia. Y entrevé dinero: mucho dinero. Y se pone en movimiento, empieza a editar publicaciones con datos que hacen que el gran mundo se tambalee. El ingenuo barón cae en la trampa como una mosca en una tela de araña.

Con lo que volvemos al protagonista principal: el barón Taittinger. De pronto todo se le complica: su tradicional indiferencia y liberalidad hacia el dinero y hacia los que le rodean hacen que su patrimonio se tambalee; las informaciones que difunde Lazik provocan que le sea sugerida la baja del ejército. Taittinger, anonadado, se ve incapaz de afrontar todo esto. Por otra parte, se le presenta su bastardo, un jovencito malcarado y delincuente ya, que reclama ayuda económica groseramente. Renueva sus contactos con Mizzi, que, una vez fuera de prisión, vive con un grupo de vulgares feriantes, que tratan por todos los medios de hacer que el aturdido barón les subvencione un dudoso negocio.

Taittinger se da cuenta que su vida como civil es vacía, y se siente perdido, desamparado. Necesita al ejército como un niño a su madre. Roth nos muestra, magistralmente, el proceso mental del barón: su rutinaria vida en el ejército, sus amantes ocasionales, sus paseos a la hora prevista, su aburrimiento a horas fijas,…pero todo esto desaparece, de un día para otro, y se encuentra con que ha de pensar –cosa a la que no está acostumbrado-, tomar decisiones civiles, engorrosas, ha de soportar relacionarse con seres vulgares, cuyo lenguaje no entiende, con costumbres groseras y con personas que nunca hubiera podido imaginar que pudiera tratar. No tiene horarios fijos como antes, no le espera su ordenanza, su patrimonio ha decrecido peligrosamente y apenas puede mantener un nivel de vida decoroso. Pero sigue dilapidando su dinero, se deja engañar con tal de no pensar, paga con tal de que le dejen en paz,…intenta volver al ejército moviendo todas sus influencias, porque ése es su hogar, después de todo. Ésa es su vida.

Pero he aquí que el círculo se cierra: cuando ya parecían los rumores acallados y los vulgares acosadores entretenidos en sus propios asuntos, he aquí que el pez se muerde la cola: el Shah decide volver a Viena. Y entonces comienzan a resurgir los viejos fantasmas, las viejas historias y todos los sueños del barón se desvanecen. No se le admite de vuelta al Ejército, y él no puede soportarlo, lo cual precipita su fin.

El Shah vuelve, esta vez bien acompañado por una nueva esposa hindú, jovencísima, que le proporciona lo que necesita. Curiosamente por una carambola del destino, las perlas, luego de un recorrido por los Países Bajos, retornan a un joyero vienés que las expone en su escaparate. El Gran Eunuco del Shah las compra, con lo que el collar retorna a las manos del Shah, que se vuelve a Persia con ellas en el cuello de su deliciosa y jovencísima esposa.

Roth disecciona y destroza todos los sectores sociales: la aristocracia, que queda como un estamento decadente e inútil, en un limbo, fuera de la realidad; el pueblo, que queda como cruel, ignorante, interesado únicamente en sacar lo más posible de los ricos, sin importarle cómo; los burgueses, banqueros, abogados, policía, al servicio del poder; el Ejército, que trata de salvaguardar su fachada a todo costa, la prostitución, conocida de todos pero invisible cuando conviene; incluso los periodistas son presentados como chantajistas y difamadores… La noche mil dos sería la noche siguiente a las mil y una que se nos ha contado a lo largo de la novela: el retorno del Shah y el fin de una época.

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11 comentarios en “LA NOCHE MIL DOS – Joseph Roth

  1. Rodrigo dice:

    Interesantísimo, Ariodante. Me gusta mucho lo que he leído de este escritor, con esa mezcla de humor cáustico y nostalgia que suele imponer en sus relatos y el sólido tradicionalismo de su estilo. Al menos para mí, el contexto tanto de su biografía como de buena parte de su obra es de lo más llamativo. Por lo que cuentas, es cierto que el protagonista de esta novela recuerda al último Trotta de ‘La marcha Radetzky’, pero más todavía que la obra entera converge con aquélla en uno de los grandes temas que orquestaron el quehacer literario de J. Roth: justamente, el retrato al mismo tiempo crítico y pleno de añoranza de un mundo ido –el imperio austrohúngaro-. (Lo que me recuerda que aún tengo pendiente la lectura de las memorias de Stefan Zweig, también reseñadas en Hislibris.)

    Debo buscar este libro. Enhorabuena por la reseña, mi estimada Ario.

    Saludos.

  2. Ariodante dice:

    Gracias, Rodri; si, creo que te deberías regalar este libro. Merece la pena. Saludos y felices fiestas.

  3. lucano dice:

    Hola Ariodante, preciosa reseña

    Resulta un poco chocante (o quizá no) que la nostalgia de un mundo perdido resida en alguien probablemente marginal en ese mundo (un judío del Este). Sin embargo algo muy valioso debió de perderse junto a esas aristocracia y burguesía decadentes del imperio austro-húngaro cuando autores diferentes con vidas tan atormentadas como Roth o Sándor Márai dejan entrever esa gran nostalgia bajo sus ácidos retratos de esa sociedad.
    Un saludo y feliz Navidad

    Un

  4. sito dice:

    Sorprendente lo que nos cuentas Ariodante. Que duros tuvieron que ser aquellos años de entreguerras y luego decimos que estamos mal ahora.

  5. Ariodante dice:

    No tan chocante, Lucano, ni tan sorprendente, Sito; todo lo que deseaba Roth era ser más austríaco que nadie…Suele ocurrir, que los judíos de cada país intentan demostrar que son tan patriotas como cualquier otro, ante la mirada acusadora de “los otros”. El imperio austrohúngaro, salvando las distancias espacio-temporales, debió de ser algo así como el imperio romano en la época de Augusto Me refiero al clima, al ambiente social creado: el imperio, vastísimo, multicultural, era “su” mundo, un mundo autosuficiente y honorable…Pero todo se acaba, y es esa nostalgia, esa pérdida de algo glorioso, lo que late en todos estos escritores, conscientes de asistir al ocaso de los dioses.
    Saludos y felices fiestas a ambos.

  6. Nivga dice:

    Enhorabuena por la reseña, Ariodante. Me ha encantado por lo sentida, y me ha hecho evocar una época que me habría gustado conocer más de cerca. Desde mi pasión infantil por Sissi, de la que leí un montón de libros de la colección Bruguera (que seguro que muchos conocísteis también), hasta otro libro que me regaló una amiga al cumplir 11 años, ‘El ángel del trombón’; que recuerdo de argumento parecido a ‘La marcha Radetzky’ y que, seguramente por no entender del todo a esa tierna edad, me dejó honda huella, me he sentido muy atraida por esa parte de la historia conocida como Imperio Austrohúngaro. Tanta rigidez en el trono y tanto bullicio intelectual y artístico me parecen una mezcla admirable. Va siendo hora de que me ponga manos a la obra y lea más sobre ella, y qué mejor que un libro como el arriba comentado.

    En fin, mil gracias por la reseña, y felices (y literarias) fiestas para todos.

    Un cordial saludo.

  7. Rodrigo dice:

    Lo que dices es muy pertinente, Ario. En ese país multinacional y multiétnico que era el imperio austrohúngaro, los judíos llegaron a sentirse bastante cómodos, por momentos como una más entre las tantas etnias que lo poblaban (aunque no dejaban de sufrir hostigamiento). Pero fue sobre todo Viena, que a principios del siglo XX era una ciudad cosmopolita y podía ser considerada la segunda capital cultural europea, la que propició el brote de una nutrida pléyade de artistas e intelectuales judíos o de origen judío. Muchos de ellos lograron el reconocimiento del público, y algunos incluso obtuvieron puestos de importancia. (Justamente el que tantos judíos o personas de origen judío se contasen entre los protagonistas de las vanguardias culturales pero también políticas de aquella Viena –que para la provincia y los sectores reaccionarios del país era “Viena la roja”- hizo del asunto una bomba de tiempo antisemita; pero esta es otra historia). Considerados estos detalles, que se me escaparon cuando elaboraba la reseña de ‘La marcha Radetzky’ (y Nando tuvo a bien recordarme), es lógico que personas como Joseph Roth lamentasen la caída del imperio austrohúngaro y, sobre todo, el ocaso de Viena como capital cultural y hogar de judíos de talento.

    Saludos

  8. Ariodante dice:

    Muy atinado, Rodrigo.

  9. CORCONTAS dice:

    Aunque no es del todo mi estilo, he de reconocer que la reseña está elaboradísima!

    Felicidades! Ario!

  10. Chuikov dice:

    Hace poco terminé de leer el libro.

    Ariodante, ¿no te pasó que te resultaba muchas veces difícil ubicarte? Leyendo tu reseña, identifico la mayor parte de las cosas de las que hablas, pero he de reconocer que se hizo muy cuesta arriba y que, de no ser porque tiene 200 páginas, posiblemente la hubiera dejado.

    Es mi primer acercamiento a Joseph Roth. Pero es seguro que no va a ser el último. Quiero probar la marcha Radetzky y otro que he visto por ahí, si bien un poco caro, “Crónicas berlinesas”.

    La reseña es completísima, pero no es una raya en el agua. Todas las que haces son maravillosas.

    Saludos.

  11. ARIODANTE dice:

    Gracias, Corqui ! Y Gracias, Chuikov, eres muy gentil. La Marcha Radetzsky es lo más conocido de Roth, y lo que leí primero, y las Crónicas Berlinesas ls tengo en casa, pero aun sin leer. Luego leí una serie de librillos editdos por Acantilado, novelas cortas o relatos, que no estaban mal: La cripta de los capuchinos, y otros qu eno me acuerdo, pero podráds verlos en el listado de la editorial, porque es la que está publicando mayoritariamente a ese Roth.
    No recuerdo tener problemas de ubicación, Chikov. La verdad es que ya hace bastante tiempo que la leí y no me acuerdo.

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