LA MUJER EN LA GRECIA CLÁSICA – Claude Mossé

La mujer en la Grecia ClásicaTenemos a las hetairas para el placer, a las concubinas para que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las esposas para que nos traigan hijos legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares”.
Demóstenes, Contra Neera.

Breve e interesante ensayo de la historiadora francesa Claude Mossé en torno a la condición social de la mujer en el mundo de hombres que fue la antigua Grecia. Y digo “antigua” (palabra comodín que no ubica al lector en ninguna época concreta dentro del período histórico griego que va de Homero a Alejandro) y no “clásica” (que sí sitúa tópicamente en el siglo V a.C.), porque así es el título en el original francés, ése es el espacio histórico que abarca, y por tanto así debería haberse traducido (quizá se ha buscado eludir estúpidamente la connotación negativa de lo “antiguo” y atraer la positiva de lo “clásico”, quién sabe).

En el marco de los estudios sobre la sociedad griega, y concretamente en la parcela de los estudios de género, existen algunos lugares comunes, unos un tanto desusados, otros en cambio más frecuentados. Por un lado, tenemos las hipótesis sobre las sociedades matriarcales arcaicas del Egeo, lanzadas hace ya unos 150 años por J.J. Bachofen (El matriarcado, Ed. Akal, 1992), que van desde la consideración seria y formal de la mítica comunidad de las amazonas, hasta la matrilinealidad como sistema sucesorio en la sociedad cretense, o el ejercicio del poder en, por ejemplo, Micenas, Fócide o Argos por parte de Clitemnestra, Anaxibia o Egialea respectivamente. Por otro lado, existe el camino más transitado que se centra en el análisis de la sociedad griega como algo netamente masculino, convirtiendo a la mujer en la encarnación de todos los males del hombre (Pandora) y la relega a las únicas tareas de la reproducción y del cuidado de la casa.

De manera aséptica y objetiva, Claude Mossé se encamina por este segundo sendero y describe a lo largo de escasos cinco capítulos y dos apéndices la situación de inferioridad en la que, independientemente de la escala social, del nivel de riqueza o de las leyes vigentes, se ha encontrado siempre la mujer helena. Ciñéndose al patrón habitual (y no por ello menos cierto) de los estudios clásicos de género, y apoyándose a menudo en autores como el recientemente fallecido Jean-Pierre Vernant o el helenista Moses I. Finley, la autora ilustra la idea de que la mujer es un simple elemento de intercambio usado para crear vínculos, alianzas y obligaciones entre dos familias; carece de voluntad y su único papel activo es el de señora de la casa. Esta afirmación tiene validez siempre, estemos en la Troya de Homero o en la Atenas de Pericles. Porque en la ciudad griega, en la polis (que no es más que un “club de hombres”), la mujer queda definitivamente integrada como un ser marginal con una categoría parecida a la del esclavo y que siempre ha de ir acompañada de la figura de un tutor (sea el padre, el esposo, el hermano…). La mujer nunca será una “ciudadana” (la palabra existe en griego, pero vacía de significado) sino, como mucho, “la esposa de un ciudadano”.

“Eterna menor” o “inferior” son términos que Mossé aplica a la mujer; sin embargo, nunca habla de discriminación. Esto puede deberse a que “discriminar” connota la idea de querer diferenciarse de algo que en realidad es equiparable, quizá precisamente porque es equiparable. Y no es esta la visión que el hombre griego tiene de la mujer. Se discrimina al esclavo, que es un hombre que por avatares del destino le ha tocado vivir en esa condición; pero no se discrimina a la mujer, quien ya de por sí es un ser inferior.

El libro dedica especial atención a la mujer ateniense como modelo válido para cualquier otra polis griega. Hace hincapié en la descripción de los distintos papeles que puede desempeñar una mujer griega en ese marco político: el de esposa (gyné), concubina (pallaké), prostituta (porné) o cortesana (hetaira, la misma palabra con que se identifican los famosos “Compañeros” de Alejandro, los hetairoi). Todas estas funciones son legítimas y están aceptadas socialmente, lo cual explica por qué en Grecia nunca hubo objeción a la existencia de la monogamia. De esos cuatro papeles, el que proporciona mayor independencia y libertad es, curiosamente, el último. La hetaira, siempre extranjera, es un término medio entre la prostituta y la mujer de compañía, con libertad para salir a la calle, participar en banquetes masculinos e incluso tener propiedades. Algunas de estas mujeres han pasado a la historia por la influencia que ejercieron sobre destacadas personalidades del mundo griego: Aspasia, de quien se cuenta, entre otras muchas cosas, que convenció a Pericles para que hiciera la guerra contra Samos; Diotima, frecuentada por Sócrates e inmortalizada por Platón en el Banquete (su nombre, por cierto, es también el de un portal de internet dedicado a la mujer en la Antigüedad: http://www.stoa.org/diotima/); o Friné, a quien Praxíteles usaba de modelo para sus esculturas (fue el primer escultor que representó a la mujer completamente desnuda), y que se libró de una acusación de impiedad mostrándose ante el tribunal como vino al mundo.

También se presta atención, aunque menos, a la mujer espartana como caso paradigmático; de ella se afirma que, pese a la aparente mayor libertad con respecto al resto de griegas, la idea subyacente en la sociedad espartana no deja de ser la misma que en Atenas, Corinto o Tebas. Y esa idea también subyace, aunque no lo parezca, en las obras de todos los autores clásicos griegos: Esquilo, Sófocles, Aristófanes e incluso Eurípides, a veces considerado por la posteridad como feminista. Sólo el filósofo Platón, al final de sus años, concede una cierta equiparación entre la mujer y el hombre (en Las Leyes), sin duda llevado por el descontento que le produce la sociedad en la que le ha tocado vivir.

Se trata por tanto de un rápido recorrido por el universo griego desde la perspectiva de la inferioridad del género femenino, que no cae en el absurdo de hacer anacrónicos juicios de valor. Quizá adolezca, en opinión personal, de no haber utilizado más los textos clásicos, que son fuente inagotable para ilustrar esa idea de inferioridad que está grabada a fuego en la mentalidad del hombre griego y también, probablemente, de la mujer griega. En estos textos, apenas se empieza a escarbar se encuentran frases como éstas:

El silencio es un adorno en la mujer”. Sófocles, Áyax.

Y también en la relación entre macho y hembra, por naturaleza, uno es superior y otro inferior, uno manda y otro obedece”. Aristóteles, Política.

De aquellos que nacieron como hombres, todos los que fueron cobardes y se pasaron la vida haciendo maldades fueron transformados, en su segundo nacimiento, en mujeres”. Platón, Timeo.

La esposa no debe tener sentimientos propios, sino que debe acompañar al marido en los estados de ánimo de éste, ya sean serios ya alegres, pensativos o bromistas”. Plutarco, Moralia.

Y, finalmente, el Catálogo de las mujeres, del poeta de los siglos VII-VI a.C. Semónides de Amorgos. Pese a su extensión, vale la pena reproducir entero el fragmento conservado por su carácter ilustrativo y porque (entiéndase bien) es lo más interesante de toda esta reseña:

De modo diverso la divinidad hizo el talante de la mujer / desde un comienzo. A la una la sacó de la híspida cerda: / en su casa está todo mugriento por el fango, / en desorden y rodando por los suelos. / Y ella sin lavarse y con vestidos sucios, / revolcándose en estiércol se hincha de grasa. / A otra la hizo Zeus de la perversa zorra, / una mujer que lo sabe todo. No se le escapa / inadvertido nada de lo malo ni de lo bueno. / De las mismas cosas muchas veces dice que una es mala, / y otras que es buena. Tiene un humor diverso en cada caso. / Otra, de la perra salió; gruñona e impulsiva, / que pretende oírlo todo, sabérselo todo, / y va por todas partes fisgando y vagando / y ladra de continuo, aun sin ver nadie. / No la puede contener su marido, por más que la amenace, / ni aunque, irritado, le parte los dientes a pedradas, / ni tampoco hablándole con ternura, / ni siquiera cuando está sentada con extraños; / sino que mantiene sin pausa su irrestañable ladrar. / A otra la moldearon los Olímpicos del barro, / y la dieron al hombre como algo tarado. Porque ni el mal / ni el bien conoce una mujer de esa clase. / De las labores sólo sabe una: comer. / Ni siquiera cuando Zeus envía un mal invierno, / por más que tirite de frío, acerca su banqueta al fuego. / Otra vino del mar. Ésta presenta dos aspectos. / Un día ríe y está radiante de gozo. / Cualquiera de fuera que la ve en su hogar la elogia: / “No hay otra mujer más agradable que ésta / ni más hermosa en toda la tierra.” / Al otro día está insoportable y no deja que la vean / ni que se acerque nadie; sino que está enloquecida / e inabordable entonces, como una perra con cachorros. / Es áspera con todos y motivo de disgusto / resulta tanto a enemigos como a íntimos. / Como el mar que muchas veces sereno / y sin peligro se presenta, alegría grande a los marinos, / en época de verano, y muchas veces enloquece / revolviéndose en olas de sordo retumbar. / A éste es a lo que más se parece tal mujer / en su carácter: al mar que es de índole inestable. / Otra procede del asno apaleado y gris, / que a duras penas por la fuerza y tras los gritos / se resigna a todo y trabaja con esfuerzo / en lo que sea. Mientras tanto come en el establo / toda la noche y todo el día, y come ante el hogar. / Sin embargo, cuando se trata del acto sexual, / acepta sin más a cualquiera que venga. / Y otra es de la comadreja, un linaje triste y ruin. / Pues ésta no posee nada hermoso ni atractivo, / nada que cause placer o amor despierte. / Está que desvaría por la unión de Afrodita, / pero al hombre que la posee le da náuseas. / Con sus hurtos causa muchos daños a sus vecinos, / y a menudo devora ofrendas destinadas al culto. / A otra la engendró una yegua linda de larga melena. / Ésta evita los trabajos serviles y la fatiga, / y no quiere tocar el mortero ni el cedazo / levanta ni la basura saca fuera de su casa, / ni siquiera se sienta junto al hogar para evitar / el hollín. Por necesidad se busca un buen marido. / Cada día se lava la suciedad hasta dos veces, / e incluso tres, y se unta de perfumes. / Siempre lleva su cabello bien peinado, / y cardado y adornado con flores. / Un bello espectáculo es una mujer así / para los demás, para su marido una desgracia, / de los que regocijan su ánimo con tales seres. / Otra viene de la mona. Ésta es, sin duda, / la mayor calamidad que Zeus dio a los hombres. / Es feísima de cara. Semejante mujer va por el pueblo / como objeto de risa para toda la gente. / Corta de cuello, apenas puede moverlo, / va sin trasero, brazos y piernas secos como palos. / ¡Infeliz, quienquiera que tal fealdad abrace! / Todos los trucos y las trampas sabe / como un mono y no le preocupa el ridículo. / No quiere hacer bien a ninguno, sino que lo que mira / y de lo que todo el día delibera es justo esto: / cómo causar a cualquiera el mayor mal posible. / A otra la sacaron de la abeja. ¡Afortunado quien la tiene! / Pues es la única a la que no alcanza el reproche, / y en sus manos florece y aumenta la hacienda. / Querida envejece junto a su amante esposo / y cría una familia hermosa y renombrada. / Y se hace muy ilustre entre todas las mujeres, / y en torno suyo se derrama una gracia divina. / Y no le gusta sentarse con otras mujeres / cuando se cuentan historias de amoríos. / Tales son las mejores y más prudentes / mujeres que Zeus a los hombres depara. / Y las demás, todas ellas existen por un truco / de Zeus, y así permanecen junto a los hombres. / Pues éste es el mayor mal que Zeus creó: / las mujeres. Incluso si parecen ser de algún provecho, / resultan, para el marido sobre todo, un daño. / Pues no pasa tranquilo nunca un día entero / todo aquel que con mujer convive, / y no va a rechazar rápidamente de su casa al hambre, / odioso compañero del hogar, dios de mal temple. / Cuando piensa un hombre gozar de mejor ánimo / en su hogar, por gracia de los dioses o fortuna humana, / encuentra ella un reproche y se arma para la batalla. / Pues donde hay mujer no puede recibirse con agrado / ni siquiera a un huésped que acude a la casa. / La que parece, en efecto, que es la más sensata, / ésa resulta ser la que más ofende a su marido, / y mientras anda él de pasmarote, sus vecinos / se ríen a su costa, viendo cuánto se equivoca. / Cada uno hará elogios recordando a su propia / mujer, y censuras cuando evoque a la de otro. / ¡Y no advertimos que es igual nuestro destino! / Porque éste es el mayor mal que Zeus creó, / y nos lo echó en torno como una argolla irrompible, / desde la época aquella en que Hades acogiera / a los que por causa de una mujer se hicieron guerra.

(Traducción de C. García Gual)

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34 comentarios en “LA MUJER EN LA GRECIA CLÁSICA – Claude Mossé

  1. Daniekes dice:

    ¡Olé , Maestro!
    Gracias por la reseña, cavilius. Parece un “pequeño manual” sobre la mujer griega. Das las pinceladas justas para que se quiera contemplar todo el cuadro. Y el “Catálogo de las mujeres”….por Zeus Machista.

  2. Aretes dice:

    Otra, como no podía ser de otra forma, estupenda reseña.
    El tema, interesante y, aunque alguien le pueda parecer feminista o trasnochado, no olvidemos que afecta a la mitad de la población que vivió en esa época. Sobre el último párrafo, solo destacar las pocas virtudes del género femenino que dejan entrever la rebelión ante un sistema machista y opresión, al que las mujeres de la época castigaban con las únicas armas que tenian para sobrevivirlo.
    Sólo una pregunta: ¿de verdad os imaginais esa sociedad en la que los hombres sólo buscaran una fiel abeja? ¿alguien que de verdad se haya enamorado buscaría sólo una buena gerente para su hacienda? Afortunadamente la historia nos cuenta otra cosa.

  3. Ascanio dice:

    Enhorabuena por la estupenda reseña, Cavilius de mis femineidades.
    Tengo que reconocer que al ver la extensión de la misma me he asustado un poquillo, pero luego he vencido mis reticencias y te aseguro que me la he leído de un tirón. Impagables los últimos párrafos, algunos de los cuales me han recordado las recomendaciones de los cursillos prematrimoniales que citaste en otro hilo, como por ejemplo que la mujer debe acompañar a su marido en los estados de ánimo de éste.
    Una duda sobre las hetairas: ¿podríamos definirlas, usando un término actual, como prostitutas de alto standing?
    Y ya por último, la acusación de impiedad de Friné y su desenlace me hace recapacitar sobre lo fácilmente sobornables que han sido siempre los tribunales y los jueces. Debilidad que hoy en día, desgraciadamente, sigue de plena actualidad.

  4. Paco T dice:

    Magnífica reseña, Cavi. Un tema muy interesante… Por cierto, sobre la pregunta de Aretes, creo que la sociedad toda estaba dirigida por lo masculino, y por tanto satisfacían diferentes necesidades con el amplio abanico de estatus de mujeres que registra el libro de Mossé. El amor probablemente no se contemplaba, al menos no con nuestros parámetros actuales… Aunque por otra parte, no sé si en el libro se comenta algo al respecto: el eros y toda esa parafernalia. Hay bastantes acercamientos al tema en la Grecia clásica, así que igual Mossé comenta algo en el libro, pese a que éste sea breve.
    Respecto a las hetairas, recuerdo un libro titulado “Los bajos fondos en la Antigüedad” donde se relataba la historia de una muy afamada (cuyo nombre no recuerdo), creo que del siglo IV aC. Su historia se había conservado porque hubo de testificar en un juicio importante. Lamento ser tan vago en los detalles, pero leí el libro hace 8 ó 9 años…
    Saludos

  5. Paco T dice:

    Ahora que lo pienso, quizá la hetaira que comentaba antes era la Neera del discurso de Demóstenes. Coinciden tanto la época como el episodio del juicio que yo recuerdo…

  6. Arauxo dice:

    Gran reseña, Cavilius, como suele ser habitual en ti (y lo de “gran” lo digo en varios sentidos…) Aunque no sé si hago bien felicitándote, porque estoy alimentando tu vanidad y la titánica lucha entre polifémicos egos que llamamos Hislibris…

    Digo yo, Cavilius que, dejando en la cuneta matrilinealidades y legendarios matriarcados, el estatus, la dignidad y la relevancia de la mujer en Grecia eran muy inferiores a la de la antigua Roma ¿verdad? (esto, en realidad, no es más que para meterte el dedo un poquito en el ojo y animar así el debate), donde, al menos en su papel de matrona, destacaron singularmente algunas mujeres concretas; en el caso de la República cabe mencionar a Aurelia, la madre de César y, sobre todo, la gran Cornelia, madre de los Graco (por no mencionar a otras como Servilia, la amante de César, que destacó por otros méritos…); y en el del Imperio y muy por encima de las demás a la artera Livia, pero también a la noble Antonia o a tantas otras…

    Y se me ocurre también que en el antiguo Egipto pero, sobre todo, en el antiguo Israel, la dignidad y consideración de la mujer era también muy superior a la que le “otorgaba” la civilización griega. Incluso podría añadirse a la lista la situación de las féminas (o, al menos, de ciertas féminas) en algunas estapas y regiones medievales…

    Lo que me lleva a recordar cierto comentario que hizo hace algún tiempo Aretes en no sé qué reseña, estableciendo una relación directa entre el grado de civilización de una sociedad y la dignidad de la mujer en ella. Una de dos: o el postulado de Aretes es mal falso que los duros de plata de Sevilla o la civilización griega era muy inferior a la romana, la egipcia, la judía… ¿Tú por cual de las opciones te inclinas, Cavilius?

    Bueeeeeno. Ya te dejo que repliques. Es tu turno, para hablarnos de Penélope, las troyanas, Medea o Lisístrata…

    Un saludo.

  7. Aretes dice:

    Imagino que el dicho es “más falso que los duros…”, y siento volver a discrepar pero como ya quedó trillado, no voy a insistir, querido Arauxo.

    Saludos

  8. cavilius dice:

    Gracias a todos por los comentarios.

    La verdad es que el poema de Semónides de Amorgos es quizá un ejemplo extremo, pero en cualquier caso válido, de la visión general que el colectivo masculino tenía del femenino en tierras helenas. ¿No existía el enamoramiento entonces? Evidentemente que sí, y la autora no lo rehuye, Aretes y Paco T (cita a Ulises y Penélope, y un epitafio que nos ha quedado de un marido o muy enamorado o muy hipócrita -y, tratándose de griegos, no sé yo cuál será la opción correcta-… ). Otro punto a tener en cuenta para entender el “aparcamiento” a que era sometida la mujer es que se trataba de sociedades en las que el aspecto militar ocupaba un papel importantísimo. La guerra era el pan de cada día, y a la guerra iban los hombres, por tanto ellos eran los únicos que decidían en la ciudad y, por derivación, en sus casas.

    Pero si queremos saber cómo era la convivencia, el día a día entre hombres y mujeres, hemos de acudir a las comedias de Aristófanes o Menandro. Allí hay mujeres que mandan más que los hombres y hombres que no pintan nada ni en su propia casa. Como hoy en día, vamos. Otra cosa es que por consenso social y legal la mujer estuviera relegada a desempeñar un papel de comparsa, cosa que ya no pasa hoy en día. Lo poco que ellas podían controlar y administrar (su casa o su hacienda, quien la tuviera), lo hacían porque el hombre así lo disponía. Como indico en la reseña, sólo las hetairas tenían una cierta independencia, al disponer de ingresos propios (en especias, sobre todo, obviamente), o incluso casa propia con esclavos, donde eran visitadas por sus clientes para gozar de su compañía y, si se terciaba, de sus favores sexuales. Sí Ascanio, supongo que podríamos considerarlas “prostitutas de lujo”. Y tienes toda la razón en lo de la sobornabilidad (o al menos “influenciabilidad”) de los jueces, piensa que por aquellos lares la democracia se extendía incluso a la administración de justicia, de manera que incluso los jueces eran ciudadanos de a pie elegidos por sorteo, con su particular perspectiva de lo justo y lo injusto, con sus debilidades y sus prejuicios. Quizá te refieras a la propia Friné, Paco T, por los datos que mencionas; Neera (si no me estoy confundiendo, pero ya lo miraré) fue acusada de convivir con un ciudadano ateniense (de hecho era más una acusación contra el ciudadano en cuestión) como si fuera su esposa, siendo en realidad extranjera y por tanto teniendo menos derechos incluso que una “ciudadana” . En cambio Friné, hetaira amante del escultor Praxíteles, que probablemente le sirvió de modelo para sus esculturas de desnudos femeninos (las primeras del mundo griego), fue acusada de impiedad. Su “abogado”, el logógrafo Hipérides (del cual nos han quedado algunos textos), viendo que las cosas pintaban mal, ingenió la estratagema de desnudar a la hetaira ante el tribunal para que los propios jueces juzgaran dónde estaba la impiedad. En ningún sitio, sentenciaron obviamente.

    Tengo por casa, Paco T, un libro titulado La prostitución en la Antigüedad, de Charles Dufour, plagadito de anécdotas al respecto (Babilonia, Israel, Egipto, Grecia, Roma). Apasionante. Tengo también otro, El amor y la vida material en Grecia y Roma, de Pancracio Celdrán, bastante más prescindible. Y en librerías hay, como tú dices, bastante bibliografía al respecto.

    Pues pienso como tú, Arauxo, que en otras sociedades la mujer tenía bastante más relevancia que en la griega. Hombre, hay excepciones helenas notables: así, que recuerde ahora mismo, la reina Artemisia de Halicarnaso, que participó en la batalla de Salamina; Aspasia, hetaira de Pericles; Hipareta; la reina persa Atosa, que seguramente “decidió” que su hijo Jerjes fuera el sucesor de Darío… (también me suena que de todo esto se habló en otra reseña, ¿verdad? ¿De Ascanio quizá?). Y ya que me preguntas por qué opción me decanto, pues yo creo que por la de que en Sevilla no hay duros de plata.

    Saludos

  9. cavilius dice:

    Bueno, evidentemente la reina persa Atosa no es una “excepción helena notable”.

  10. Ascanio dice:

    Cielos, Cavi, ¿las hetairas cobraban en especias? Vaya, me imagino que sería entonces en azafrán, porque el valor de perejil no creo que estuviese por las nubes en aquella época…

  11. Arauxo dice:

    Pues te equivocas, Cavilius. Porque en Sevilla no hay duros de plata… pero los hubo. ¡¡¡Y qué duros!!! En realidad eran falsos, pero no tan falsos… ¿No conocéis la historia de los duros sevillanos? (Como estoy oyendo reverberar en mi interior un nutrido coro de angelicales voces gritando silenciosas “noooooooooo, Arauxo, noooooooooo; cuéntanosla, ¡cuéeeeentanosla!)”, voy a ser benevolente y magnánimo y os la voy a contar, porque es cortita.

    En el último cuarto del siglo XIX, la moneda oficial de España ya era la peseta (que había empezado a circular en 1868, tras la Revolución llamada La Gloriosa) y todas las acuñaciones se hacían en plata. La moneda más valiosa era la de 5 pesetas, que ya entonces se llamaba duro, con la misma denominación y valor facial con la que ha permanecido desde entonces y hasta la introducción del euro en el año 2002.

    Por aquel entonces, todavía no se había implantado el valor fiduciario de la moneda, que es el vigente hoy en todos los países del mundo. El valor fiduciario es en realidad un consenso, por el cual la comunidad otorga a un instrumento de cambio -la moneda, el billete, la tarjeta de crédito o cualquier otro- un determinado valor que no se corresponde en absoluto con el valor “real” o intrínseco de dicho instrumento. Es decir, v. gr., el trozo de papel que soporta a un billete de 500 euros, no cuesta, al peso, 500 euros, sino infinitamente menos; el billete tiene ese valor porque está garantizado por el Banco de Europa y así nos los creemos, sin más; de ahí que se denomine valor fiduciario (del latín , fe, confianza).
    Pues como decía, a fines del XIX no existía aún el valor fiduciario de la moneda, por lo que el metal que la soportaba debía costar, a precio de mercado, lo mismo que establecía su valor facial. O sea, que un duro de plata debía acuñarse en una pieza de plata que costase 5 pesetas, para que el valor facial y el valor intrínseco de la moneda fuesen iguales. Así el Estado ponía en circulación una pieza de plata que costaba 5 pesetas garantizando que aquéllo valía realmente 5 pesetas. Y con ello cumplía el objetivo de todo sistema monetario: facilitar los intercambios.

    ¿Qué ocurrió a en la práctica? Que desde finales del siglo XIX, la plata fue perdiendo progresivamente valor, hasta el punto en que la cantidad de plata que llevaba un duro llegó a ser de… 2 pesetas. Con ello, el Estado “engañaba” a la población, garantizando el valor de 5 pesetas para aquel pedazo de plata que sólo valía 2 (en el fondo, el sistema estaba evolucionando naturalmente hacia el valor fiduciario…) y por cada duro que emitía, el Estado se “enbolsaba” 3 pesetas.

    Llegados a esta curiosa situación -curiosa, porque suele suceder lo contrario- funcionó perfectamente, como no podía ser menos, la picaresca española y hubo quien falsificó duros incluyendo menos plata que en la moneda oficial, ganando así la diferencia. Pero en Sevilla y a principios del siglo XX -en una nave que aún sigue en pie, aunque en estado realmente ruinoso-, un grupo de pícaros, capitaneados por un joyero, crearon una auténtica obra de arte que ha pasado a los Anales de la Historia de la Chapuza y del Cachondeo Nacional. Porque, puestos a falsificar, acuñaron monedas ¡¡con mejor ley que las monedas oficiales!! Es decir, ¡duros falsos con un poco más plata que los duros verdaderos! Y es que en Sevilla las cosas la hacemos bien y además hasta los ladrones son gente honrada…

    ¿Qué ocurrió? Pues que, aunque eran falsos, los duros sevillanos circularon igual que los otros o incluso más, porque nadie le hacías ascos a una moneda de esa calidad. Y tantos se acuñaron y tanto se extendieron por toda la geografía nacional, que la Administración de Alfonso XIII acabó aceptando los duros sevillanos y cambiándolos por duros oficiales, para así retirarlos de la circulación (y al mismo tiempo, “hacer caja”, ganando la diferencia de plata entre unos y otros). Y así quedó el dicho “eso es más falso que un duro sevillano“, porque los duros, pese a su ley (es decir, pese a la cantidad y pureza de su plata)… eran falsos, los quisiese quien los quisiese y circularan lo que circulasen.

    Estooooooo… ¿A que esto es un episodio bastante desconocido de la Historia de Grecia, Cavilius?

  12. Arauxo dice:

    Vaya, la que he liado con las cursivas, Dios mío…

  13. tarquinia dice:

    Interesante off topic… incluso con el baile de cursivas.

    :-)

  14. ignacio el argentino dice:

    Muy buena reseña Cavilius, aunque el tema mucho no me agrada.
    siempre pense que Claude Mosse, era un hombre.
    saludos

  15. Arauxo dice:

    ¿Por qué no te agrada, Ignacio? ¿Por lo griego del asunto? ¿Por lo femenino? ¿O por ambas características? (desde luego, mira que soy malo…)

    Por cierto, Cavi: hablas de la situación de la mujer y de los esclavos en la Grecia “antigua”. Pero había algo indudablemente peor que una cosa o la otra: una mujer… esclava. Eso sí que sería pa tirarse por un barranco…

  16. cavilius dice:

    ¿Ah, sí? Pues… pues… que sepas que… que la primera persona que apareció en una acuñación de moneda fue el persa Darío I. Y fue mucho antes de que existiera ni Sevilla, ni Hispalis (¿y Tartessos? Bueno, pero eso no cuenta). Y que se representaba al Gran Rey con un arco en la mano, y por eso esas monedas se conocían como arqueros aunque se llamaban daricos. Y que por eso, “ser vencido por los arqueros” era sinónimo de aceptar oro persa. Hala.

    (FE DE ERRATAS: a causa de mi lastimosa memoria, que me sirve para recordar cómo entrar en Hislibis y poco más, ahora he de corregir lo siguiente: donde antes dije Charles Dufour en realidad es Pierre Dufour, y donde dije El amor y la vida material en Grecia y Roma en realidad es El amor y la vida material en la Grecia Clásica. Que es de bien nacidos ser corregidos, hombre).

  17. cavilius dice:

    Pues barrancos había, Arauxo, para tirar a quien hiciera falta. Pero esto es otra historia/reseña, y debe ser contada en otra ocasión…

  18. richar dice:

    Genial. Gracias cavilius por tu asombroso despliegue sobre materia griega. En serio, empiezo a pensar que estás gravemente enfermo, pero bueno. Gracias Arauxo por el chascarrillo de los duros sevillanos, muy curioso.

    En fin, un gran hilo éste… ah, cavilius, menos mal que has rectificado, porque ya te iba a echar la bronca por lo de confundir a Charles con Pierre, habrase visto.

    Saludos,
    Richar.

  19. Valeria dice:

    Bueno, magister, das las pinceladas justas para que a alguien a quien no quiera bien le desee que en su próxima reencarnación le toque ser mujer en la Grecia clásica. Específicamente, además, de Semónides. Por lo demás, todo está dicho ya, me gustan estos despliegues, y también me lo he pasado pipa con el de Arauxo sobre los duros. Con todo esto me ha vuelto a la memoria la entrevista al Sr. Gual y la pregunta que sugerí para su entrevista. Sigo sin entender cómo con esa mentalidad han sido capaces de aparecer en escena (aunque sea en el plano estrictamente literario o mítico) mujeres como Atalanta, Antígona, Casandra o Hipólita.
    Saludos a todos.

  20. Valeria dice:

    Cuando decía lo de la reencarnación en la Grecia clásica, quería decir en la Grecia antigüa. Que me he dado cuenta.

  21. Paco T dice:

    Sobre el tema de la posibilidad de observar el papel real de la mujer en la Grecia clásica gracias a, por ejemplo, las comedias de Aristófanes, estoy totalmente de acuerdo contigo, Cavi. La frescura de esas obras es tal que uno no puede sino pensar que realmente representan las preocupaciones diarias, la vida cotidiana de la Atenas de fines del s. V aC. Por cierto, espero poder colgar pronto en el Foro Off Topic algunas fotos de la representación de Lisístrata que pude disfrutar el día del libro en Baelo Claudia… En cuanto estudie las instrucciones que puso Richar las coloco en el foro…

  22. cavilius dice:

    Es que ahí, en las comedias, está la auténtica Grecia (la auténtica Atenas, realmente), es donde mejor podemos hacernos una idea de qué pensaban realmente los atenienses, qué modas tenían, con quién se metían, a quién valoraban, cómo convivían con la guerra, con los esclavos, con los metecos, cómo se llevaban con las otras polis, qué chascarrillos corrían, qué expresiones, qué dichos. De ahí (de esto último) la dificultad de traducción que presentan las comedias, y la dificultad de comprensión en muchos casos.

    Aristófanes se mete con políticos y militares (Pericles, Cleón, Nicias, Alcibíades…), filósofos (Sócrates, Anaxágoras…), trágicos (Eurípides), nada ni nadie se salva de su mordacidad, y el éxito de sus tragedias indica que el pensar general aceptaba con agrado esa mordacidad.

    Corto, que me enrollo.
    Saludos

  23. Javi_LR dice:

    Didáskalos kaì sophós Cavilius, siempre es un placer leerte.

  24. cavilius dice:

    Huy lo que me ha dicho… pues va a ser por habérseme escapado que Aristófanes tenía éxito con sus tragedias. Pa meterme preso.

  25. Javi_LR dice:

    Ja, ja, ja. Anda que…

  26. Javi_LR dice:

    Y no, sólo lo decía por aquello de inflar egos (aunque un poquito te lo mereces…, las palabras, no el hinchado).

    Aunque habida cuenta del fallo…

  27. Urogallo dice:

    Me ha gustado la última parte, esto si que es una reseña con contenido y útil, que consiste en una lectura en sí misma, antes que en un comentario ( Lástima que sea un contenido Heleno, pero contenido al fin y al cabo).

  28. ilargi dice:

    Me a gustado , realmente es curiosos este tipo de pensamiento pero siempre tenemos que ponernos en el contexto historico al que pertenece. la mujer tiene que estar subordinada al hombre por que su alma no esta equilibrada si no que en ella predomina el alma concupiscible , es decir predomina en nosotras los sentimientos ,pasiones..,mientras que en el hombre el alma esta equilibrada ya que predomina lo racional.. segun platon.pero segun mis reflexiones si el ser humano ya sea hombre o mujer necesita d otro dl mismo sexo o de diferente es simplemente porque interiormente no esta realizado y ambos necesitan de otros para su propia existencia

  29. alejandra dice:

    K ES MUY FOME EL ARTICULO Y NO ES LLAMATIVO

  30. Toni dice:

    Esta mujer es homófoba hasta la saciedad. En la última parte del libro no se anda con rodeos a la hora de tratarnos (a los “gays”) de pederastas… Además durante todo el libro sus mensajes sobre el tema son alusorios, nunca lo trata directamente. ¿Le dará miedo? ¿Su hija es lesbiana y la guarda en un armario?. ¿Ha “pillado” a su marido con el lechero?. Tal vez le haya pasado todo a la vez y no sepa por donde comenzar su venganza. Mi consejo es que investigue y tal vez así se de cuenta de que la Homosexualidad no es ni una enfermedad, ni nada por el estilo. ¿Qué me ha parecido el libro?. Regular tirando a malo.

  31. cavilius dice:

    ¿En serio? No me pareció a mí que la autora dijera ni que diera a entender en ningún momento que los gays sean pederastas (así, en presente); creo que simplemente utiliza unos textos clásicos (El banquete de Platón, por ejemplo) para analizar el fenómeno de la homosexualidad en Grecia, que con frecuencia consistía, nos parezca bien o no, en relaciones pederásticas. Evidentemente, no tiene nada que ver cómo se entendía la homosexualidad en Grecia a cómo se entiende hoy en día, y lo mismo vale para la pederastia. No podemos valorar el pasado en base a categorías de nuestro tiempo, y no me parece que la autora lo haga. Y desde luego, tampoco recuerdo que en el libro se hablara de la homosexualidad en términos peyorativos, tales como “enfermedad” o similares. ¿Podrías dar ejemplos?

    Saludos.

  32. en realidad muy interesANTE EL TEMA pero hubiese querido q la historia en cuanto a las mujeres de grecia fuesen diferentes, no se otros pero yo no encuentro la diferencia actual en la capacidad de itelecto entre la mujer y el varon…

  33. pedo finito dice:

    No estoy de acuerdo, Toni. Todo eso es mentira.

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