LA MENTALIDAD SOVIÉTICA – Isaiah Berlin

LA MENTALIDAD SOVIÉTICA - Isaiah BerlinHistoriador de las ideas, hombre de amplia cultura y gran exponente del pensamiento liberal, Isaiah Berlin (Riga, 1909 – Oxford, 1997) fue también un conocedor de las letras rusas y un sagaz observador de la realidad soviética. Nacido en el seno de una familia judía en el imperio de los zares, en 1921 emigró con sus padres a Inglaterra, país en que se forjó una notable trayectoria académica e intelectual. Concretó en la adultez dos breves estadías en la Unión Soviética, la primera de ellas a fines de 1945, en calidad de funcionario del Ministerio de Exteriores británico; la segunda, de tan sólo un mes, en 1956. Publicado en 2004 y bajo un título –The Soviet Mind– que adolece de imprecisión, el presente volumen reúne un total de diez escritos (ensayos, reportes, recensiones, conferencias) referidos al panorama político, cultural y social de la Rusia soviética, elaborados en diferentes etapas de la vida de Berlin. Se trata de artículos de diversa extensión y plasmados en registros diferentes, desde el tono propio de los informes oficiales –excepto su sequedad- hasta el acento íntimo de los recuerdos personales. Registrando impresiones, observaciones y análisis de asuntos como la escena literaria soviética, los encuentros del autor con los escritores Boris Pasternak y Anna Ajmátova (de lo mejor del libro en mi opinión), el aislamiento voluntario de la URSS y el arte de gobernar de Stalin, estos artículos conservan mucho del interés que sin duda tuvieron al momento de su concepción, tanto por temática como por calidad de la escritura (la traducción parece dar fe de lo último).

Como ya se puede suponer, un libro fragmentario en su origen y estructura no apunta al estudio exhaustivo de tema tan peliagudo como es la “mentalidad soviética”. (El propio editor y posible responsable del título, el académico británico Henry Hardy, asegura que Berlin tenía por costumbre otorgar títulos sin pretensiones a sus escritos.) Tampoco es que Berlin, en el desempeño de sus funciones oficiales, hubiese aspirado a hacer un papel semejante al del diplomático George Kennan, cuyo célebre “Telegrama largo” (1946) estableció una suerte de base doctrinaria para el posicionamiento estadounidense frente a la URSS, en los inicios de la Guerra Fría. Pese a todo, las finas pinceladas del intelectual británico configuran un cuadro cuanto menos interesante de la realidad soviética, más específicamente de la Rusia sometida al dominio bolchevique.

Quien tenga sed de observaciones de índole estrictamente política, puede por ejemplo beber del ensayo titulado “La dialéctica artificial” (1952), abocado al arte de gobernar de Stalin, o de cómo el dictador soviético enfrentó dos grandes peligros que amenazan a los gobiernos surgidos de una revolución (su Escila y Caribdis, en palabras del autor): el fanatismo utópico y el oportunismo cínico. El primero supone que el celo revolucionario conlleva un exceso destructivo que acaba incluso con individuos de talento invaluable, especialmente cuando la revolución no rinde los resultados esperados, desatándose entonces la caza de los presuntos responsables. El segundo, derivado del anterior, surge cuando el ímpetu inicial de la revolución decae y la sociedad se sume en un estado de desidia y corrupción. Según Berlin, el gobierno soviético encaró estos opuestos dialécticos mediante una espiral de acción también dialéctica: al estado de cinismo, propicio a la nostalgia del antiguo régimen, respondía con el terror, que apelaba a la pureza doctrinaria, eliminaba a los “elementos nocivos” e inyectaba bríos en una sociedad amustiada. Sin embargo, el proceso amenazaba con paralizar a esta sociedad, de tan aterrorizada que estaba. Sobrevenía entonces la hora de las contrapurgas y de la relajación de la opresión, que aniquilaba a los “zelotes” fanáticos de la revolución y abría algunas ventanas a las ansias de libertad en áreas –empero- no muy peligrosas para el régimen, como la poesía y la arqueología. El sistema (apenas bosquejado aquí) se reproducía una y otra vez en etapas sucesivas y con matices, sometiendo a la sociedad a un estado de tensión constante que favorecía la supervivencia del régimen.

Las dos estadías del autor en la URSS germinaron sendos ensayos sobre el estado de la cultura. El primero de ellos, “Las letras y el arte en la Rusia de Stalin” (1945), es una estupenda visión sinóptica y sistematizada de casi medio siglo de alta cultura rusa. Se complementa con una crónica sobre el viaje de Berlin a Leningrado, ocasión en que pudo codearse con gentes que le ofrecieron un atisbo de la cotidianeidad soviética, ciertamente más fidedigna que la deparada a nivel oficial. Una de aquellas personas era un librero que resultó ser una mina de información sobre el asedio alemán y sobre actualidad cultural rusa, además de una inestimable fuente de contactos… y, con toda seguridad, un informador de la policía secreta (el NKGB). El segundo ensayo referido, “La cultura de la Rusia soviética” (1957), es en realidad una breve pero densa interpretación de conjunto de la realidad cultural, social y política de la Unión Soviética.

Conmovedor en grado sumo es el artículo sobre el poeta Osip Mandelshtam, una de las muchas víctimas del terror rojo (murió en el Gulag de Kolimá en 1938). Berlin lo pinta como un hombre vulnerable y, al mismo tiempo, capaz de intempestivas muestras de osadía: en una ocasión se apoderó de un listado de personas que debían ser ejecutadas por la incipiente policía secreta bolchevique, para acto seguido destruirlo. Considerado un poeta esteticista, alejado de su entorno, se granjeó sin embargo el odio de Stalin a raíz de un agudo epigrama en verso escrito en 1934. Con todo, Isaiah Berlin logra superarse en el arte del retrato y la recensión literaria cuando tiene entre manos a los poetas Pasternak y Anna Ajmátova. De ésta dice, por ejemplo: “Anna Andréyevna Ajmátova era una mujer de porte señorial y gestos pausados, con una cabeza noble, unos rasgos bellos y levemente duros, y expresión de infinita tristeza. La saludé con una reverencia. Me pareció lo más apropiado, pues se movía y tenía el aspecto de una reina trágica” (p. 141). O bien, sobre Pasternak: “Hay escritores –y grandes poetas entre ellos- cuya poesía es distinta a su vida y su prosa. La vida y las demás actividades de Browning o Malory o T.S. Eliot no son específicas de poetas. En Pasternak no se da tal diferenciación. Todo lo que dice y escribe es poético: su prosa no es la de un escritor de prosa, sino la de un poeta, con todos sus méritos y defectos; sus planteamientos, su concepción de la vida, su posicionamiento político y su fe en Rusia, en la Revolución y en el nuevo mundo que está por venir, una fe muy profunda, poseen la claridad y la concreción de una visión poética. Es el último y uno de los mayores exponentes de la llamada «Edad de Plata» de la literatura rusa” (p. 163).

Ambos escritores se profesaban sincero aprecio, y ambos, genios de las letras, podían mostrarse igualmente ingenuos frente a la realidad. Berlin narra el conocido episodio del llamado telefónico de Stalin a Pasternak, en la versión que el propio poeta le relató. El dictador se comunicó con él para preguntarle si conocía el epigrama de Mandelshtam, de quien Pasternak había sido amigo. (El Kremlin debió repetir el llamado porque Pasternak colgó la primera vez, creyendo que se trataba de una mala broma.) El poeta despachó el asunto del epigrama como irrelevante y se lanzó en una de sus abstrusas disquisiciones de corte metafísico sobre la historia mundial -como buen escritor ruso, solía darle rienda suelta a su vena profética-; Stalin lo cortó diciendo: “Si yo fuera amigo de Mandelshtam, habría sabido defenderlo mejor”. Naturalmente, el episodio atormentó la conciencia de Pasternak durante muchos años. En cuanto a Ajmátova, Berlin refiere que en su reencuentro con la escritora en 1965, en Oxford, ella le confesó estar convencida de que la furia –por demás real- de Stalin al enterarse de su primer encuentro en 1945 había provocado la Guerra Fría, con lo que ambos habían cambiado el rumbo de la historia de la humanidad (¡!).

La edición incluye: a) un ilustrativo prefacio en que el editor inglés, eximio compilador de obras de Berlin, da cuenta del origen y trayectoria de cada uno de los textos; b) un nutrido glosario de nombres que permite identificar a los personajes mencionados por Berlin, apéndice de suma utilidad puesto que algunos de ellos son poco o nada conocidos fuera de Rusia (posiblemente ni siquiera en ese país); c) un apartado de bibliografía recomendada en torno a la temática rusa o soviética.

– Isaiah Berlin, La mentalidad soviética. La cultura rusa bajo el comunismo. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009. 369 pp.

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8 comentarios en “LA MENTALIDAD SOVIÉTICA – Isaiah Berlin

  1. Urogallo dice:

    Misha, que gran sovietologo habrías podido ser si el Pacto de Varsovia no hubiése caído.

  2. Rodrigo dice:

    Je, je… No hago más que seguir los pasos del gran Kolia.

  3. ARIODANTE dice:

    Excelente reseña, Rodri! Suscribo lo que dice el Uro. Has diseccionado perfectamente el libro, para que, si hemos de recurrir a alguno de sus artículos, sepamos dónde dirigirnos.

  4. Lucía dice:

    Estupenda reseña, Rodrigo, como siempre. Estoy completamente de acuerdo con lo dicho por Ariodante. Me has despertado la curiosidad por la poetisa Anna Ajmátova.

  5. Rodrigo dice:

    Gracias, Ariodante y Lucía.

    En El baile de Natacha, de Orlando Figes, hay mucho sobre Anna Ajmatova, Lucía; uno de los capítulos del libro lo protagoniza ella, justamente. También tiene su lugar en El coro mágico, de Solomon Volkov. Libros muy recomendables.

    https://www.hislibris.com/el-baile-de-natacha-%E2%80%93-orlando-figes/

    https://www.hislibris.com/el-coro-magico-solomon-volkov/

  6. Lucía dice:

    Muchísimas gracias Rodrigo. A tenor de lo leído en tus magníficas reseñas, los libros que me recomiendas, son más que interesantes. A El baile de Natacha ya lo tenía en el punto de mira. A la caza voy.

  7. Pere dice:

    ¡Albricias! ¡Isaiah Berlin! Felicitaciones por traer noticia de uno de los pocos libros que no me he zampado de un autor que reputo esencial para comprender nuestro tiempo, cuya obra al cabo de 15 años de su muerte sigue apareciendo por fascículos a medida que Henry Hardy su amigo, editor, compilador y albacea sigue encontrando material publicado en ignotas revistas del año de la catapún o gravado en cintas de audio descubiertas en sótanos olvidados. Como saben los incondicionales de sus famosas e irrepetibles charlas, el conferenciante Isaiah Berlin era todo un espectáculo que mostraba en directo como su pensamiento capturaba conceptos, esbozaba esquemas y se expresaba a toda velocidad (el mito era que en sus labios la palabra empirocriticismo era pronunciada como si de un monosílabo se tratara) de manera que el comentario de que se trata de un libro fragmentario es perfectamente coherente con el entero sistema de pensamiento del maestro Berlin, tozudamente dedicado a explorar el entorno de las ideas que moldean nuestra forma de ver el mundo y a desnudar la mente que las ha producido. Esta es, a mi modesto juicio, su principal aportación original: demostrar que las ideas en general son poco originales, dispersas, contradictorias y más sencillas de comprender si se observan en su génesis que no estudiadas una vez están puestas en limpio en plúmbeos anaqueles académicos que el tanto amaba, todo sea dicho.
    El volumen recensionado me parece original por dos razones muy vinculadas al propia Berlin. Por un lado tratándose de un autor cuyo grueso de su obra está dedicada al estudio del siglo XIX, a su parecer cuna de pensadores verdaderamente originales por contraste con los del siglo XX que entiende que son poco menos que glosadores, “La mentalidad sovietica” esta destinada al siglo XX. En segundo lugar el volumen desarrolla uno de los temas favoritos de Berlin como son los pensadores rusos (título de uno de sus más celebrados volúmenes) puesto que el siempre se consideró a sí mismo como un ruso. En concreto un judío ruso. Encuentro que este elemento debe ser puesto en primerísima posición como hace el mismo en el libro de charlas con el filosofo iraní especialista en Hegel y radicado en Canadá Ramin Jahanbegloo ( http://www.arcadia-editorial.com/es/llibre.php?id=20 ) y en su biografía “autorizada” escrita por el filosofo de origen ruso y radicado en Canadá Michael Ignatieff ( http://www.casadellibro.com/libro-isaiah-berlin-una-vida/655050/2900000660092 ) donde explica sus impresiones sobre el origen de las paranoias de Stalin y revive los episodios con Ajmatova, Pasternak y Mandelshtam tan bien glosados por Rodrigo. En estos libros, Berlin rememora con franqueza su infancia acomodada en Riga en “el mundo de la Rusia de Turgeniev” y su adolescencia en el San Petersburgo de las dos revoluciones rusas de febrero y octubre donde se produce un episodio clave en su vida. Estando en la calle, el imberbe Isaiah es testigo de cómo una anárquica y enfurecida multitud derriba a un miembro de la antigua policía zarista al que se lleva arrastrando para supuestamente lincharlo. Isaiah rememorará una y otra vez la expresión de terror del rostro del policía y manifestará que aquel fue un momento seminal en que adquirió “repugnancia por la violencia física”, cosa que no condicionará su pensamiento en el sentido de convertirlo en un pacifista a lo Gandhi, bien al contrario Berlin siempre tendrá presente que la libertad es el resultado del esfuerzo que estamos decididos a sacrificar en su defensa. “Yo no soy pacifista” dirá en charlas y entrevistas porqué “sin personalidades como Churchill dispuestos a luchar, Hitler habría invadido Inglaterra y yo estaría muerto”. Un judío ruso imbuido de empirismo inglés, vaya. Este episodio ilustra también la importancia que otorga Berlin a la experiencia personal como molde de las ideas. A lo largo de su obra, rastreará en las vidas de sus autores las claves para entender la coherencia de sus sistemas de pensamiento; ahí están el mencionado “Pensadores rusos”, “Contra la corriente”, “Impresiones personales”, “La traición de la libertad. seis enemigos de la libertad humana”, la biografía de Marx etc.
    Como elemento ajeno al comentario querría añadir que desde su muerte en 1997, el conocimiento de la obra de Berlin ha adquirido un notable despliegue en España vinculado sin embargo a determinadas opciones políticas que pugnan por desnaturalizarlo. Este aspecto ya fue denunciado en su dia en la prensa en el celebrado artículo ´Apropiación aznariana de Isaiah Berlin´ de Francesc-Marc Álvaro (http://www.radical.es/informacion.php?iinfo=5393 ) pero insisto en el porque, no siendo en absoluto el caso de este comentario ni de este blog, creo que hay que ponerse en guardia contra la customización que se está produciendo de su pensamiento, pues observo con alarma que poniendo su nombre en el Google parece que Isaiah esté en nómina de la FAES y, sin obviar que pudiera tener alguna coincidencia ideológica con esa gente, desde luego que el arsenal de la obra Berlin no es susceptible de ser puesto al servicio de un programa partidista. Lo digo por aclarar la perspectiva sobre el pensamiento de un maestro dotado de muchos registros de expresión – las impresiones sobre la URSS es uno de ellos- y que está tan cerca del lector que a veces, cuando la comunión que se establece con un libro alcanza determinada temperatura, puede parecer que lo tengas al ladito mismo razonando como y porqué el miedo a la libertad es lo que ha producido regimenes monstruosos como el staliniano. Es un sabio travieso y amable que te susurra al oído que el empeño por organizar el mundo no debe hacerte perder de vista el disfrute de las maravillas de la vida.
    Saludos y enhorabuena por el comentario

  8. Rodrigo dice:

    Gracias por tan enjundiosa intervención, Pere. La verdad es que profeso gran estima por lo que conozco de la obra de Isaiah Berlin, nada más lamento conocer menos de lo que quisiera (desde luego desconozco sus charlas). Si convenimos en que las ideas son uno de los factores que mueven al mundo, en vez de ser un mero epifenómeno, libros como Pensadores rusos, Contra la corriente y Las raíces del Romanticismo son fundamentales para el conocimiento de la historia de los últimos siglos.

    Coherente con su sistema de pensamiento, dices, y concuerdo con esto. Entendiendo “sistema” como “método”, claro, porque en tanto enemigo de todo determinismo y de todo hermetismo intelectual, tan propio de las ideologías totalitarias, Berlin era reacio a la sola posibilidad de moldear un sistema cerrado de ideas con pretensiones de explicarlo todo y, peor aún, de solucionarlo todo. Un liberal consecuente.

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