HEIDEGGER Y EL NACIONALSOCIALISMO – Eduardo Carrasco

«El reconocimiento de los propios pecados, de las propias debilidades y flaquezas, no merma la autoridad moral de quien se dispone a juzgar, sino que la consolida». José María Ridao, El vacío elocuente

La publicación en Francia del libro Heidegger y el nazismo (1987), del chileno Victor Farías (académico e investigador versado en filosofía y literatura, alumno de Heidegger en la Universidad de Friburgo), revivió una controversia que por años estuvo adormecida, concerniente a la complicidad del filósofo alemán con el régimen hitleriano y, en términos más generales, acerca de la relación entre filosofía y política. En la estela de esta polémica, el filósofo Eduardo Carrasco (Santiago de Chile, 1940) ha realizado una pequeña pero esclarecedora contribución con un libro en que evalúa la enormidad de que una de las mentes más preclaras del siglo -como tal cabe calificar a un pensador tan influyente- pudiera caer en la seducción del nazismo, afiliándose al partido y sumándose al coro de los valedores intelectuales de Hitler.

Enormidad tanto más desconcertante cuanto más se tiene en cuenta que nunca manifestó Heidegger un franco propósito de redimirse; ninguna señal, jamás un gesto ostensible de arrepentimiento por su pasada capitulación (que lo fue tanto en el plano moral como en el intelectual). Nunca siguió al compromiso público de Heidegger con el nazismo una retractación igualmente pública; nunca una condena explícita de Hitler y el Tercer Teich, a pesar de haberse distanciado de ambos con relativa premura. Como apunta Mark Lilla en Pensadores temerarios, Heidegger llegó a decir que solo pediría disculpas por su pasado nazi si Hitler regresara para disculparse con él. Tamaño disparate es un indicio de que algo iba mal en el filósofo alemán… Carrasco escruta la dimensión ética del problema, a la vez que rastrea sus antecedentes filosóficos y espirituales -¿en qué ideas o impulsos fermentó la adhesión del autor de Ser y tiempo al nazismo?-, además de abordar el dilema de si la obra del filósofo se ve afectada por sus deslices políticos -¿resulta desacreditado o, cuanto menos, contaminado el pensamiento heideggeriano por el filonazismo del autor?, ¿qué repercusiones tiene la deriva política de Heidegger en la recepción y comprensión de su obra?-. Vaya por delante que Carrasco no se va con medias tintas al respecto, sin que esto merme su ecuanimidad. Según él, el caso en cuestión confirma que un pensador excepcional puede no estar a la altura de su obra, y que no hay incompatibilidad absoluta entre el genio intelectual y la miopía política, o, peor aun, la endeblez moral.

El asunto tiene incluso una dimensión alegórica: el descalabro de Heidegger como una metáfora del colapso cívico y moral de la nación germana, tan desnortada que delegó en un movimiento bárbaro la responsabilidad de conducir el país. Metáfora doblemente significativa, habida cuenta de lo que hay en el meollo del misterioso caso alemán (en la ilustrativa expresión de Rosa Sala): la aberrante caída de una sociedad avanzada en los brazos de un movimiento primitivo, liderado por un individuo que, fuera de un golpe de estado fracasado y la autoría de un panfleto atroz, no tenía otras credenciales políticas que una oratoria vocinglera y demagógica. ¡Heidegger y el nazismo! En cualquier otra circunstancia, una asociación grotesca y poco menos que inconcebible; en el contexto en que se produjo, una muestra del envilecimiento y extravío colectivo. Heidegger, cabe recordar, se inscribió en el partido nazi el 1 de mayo de 1933, cuando ya nadie podía ignorar lo que el nazismo significaba: la apoteosis de la violencia y la intolerancia, del militarismo y el expansionismo, del racismo y el antisemitismo, del autoritarismo y el nacionalismo más rampante. ¿Suscribía el filosofo todos estos componentes del discurso nazi? ¿Lo identificaba la vitriólica verborrea de los nazis, antidemocrática, belicista y judeófoba en grado sumo? ¿Qué hilos podían unir en una misma urdimbre a un pensador de fuste y un movimiento cuyos militantes más visibles solían ser unos gamberros refractarios a toda norma de decencia y civilidad? Siendo ya rector de la Universidad de Friburgo, el hombre recorrió Alemania dictando conferencias de propaganda que invariablemente terminaban con un rotundo “Heil Hitler!“. En el crucial año de 1933, se sumó a un listado de conferenciantes en una respetada institución académica berlinesa, el que incluía a notorias personalidades del partido: Hess, Goering, Goebbels, Walther Darré, Rosenberg y otros. No tenía escrúpulos en ser visto como un nazi de tomo y lomo, activamente involucrado en la promoción de la causa hitleriana.

Como otros intelectuales de su tiempo, Heidegger estaba obsesionado por la idea de la decadencia de Occidente, acosado no solo por el comunismo soviético sino también por el americanismo, o la amenaza de un país “sin historia”, los Estados Unidos; país -según él- huérfano de valores, vacío de cultura y dominado por la pasión nihilista de la tecnología. “Rusia y América -declaraba-son ambas, desde un punto de vista metafísico, la misma cosa, el mismo frenesí siniestro de la técnica desencadenada y de la organización sin raíces del hombre normalizado”. Occidente solo podía salvarse si retornaba a los orígenes, es decir, a la antigua Grecia. De esto se desprendía que solo Alemania podía impulsar el movimiento de regeneración europea, porque solo la nación germana había permanecido fiel al legado helénico. En este sentido, el orbe latino no contaba: al dejarse imbuir del espíritu judeo-cristiano, los pueblos latinos habían traicionado el legado de la Hélade, inhabilitándose como animadores genuinos de la cultura occidental. Sucedía además que, en la crítica tesitura del período de entreguerras, los nazis alardeaban de un afán de recuperar el espíritu primigenio de la comunidad nacional y restaurar la conexión con el suelo y la tierra (‘Blut und Boden‘), señuelos ambos que encandilaron el alma reaccionaria que alentaba en Heidegger. De tal suerte obnubilado, se representó a los nazis como los mejores depositarios del pathos salvífico que ansiosamente buscaba, a efectos de propiciar el renacer de Europa. Su aporte al movimiento de regeneración consistiría en proporcionar al nazismo lo que, en su opinión, todavía le faltaba: un verdadero pensamiento, tal que le permitiera corregir sus defectos (el racismo, ante todo, que al menos en su versión más crasa Heidegger no compartía) y que lo encaminara en un sentido propiamente fundacional, mucho más profundo que el mero objetivo de superar la encrucijada de Alemania a principios de los años 30 (crisis económica, inestabilidad política y una situación de potencia de tercer orden, sin influencia en los asuntos internacionales).

Pensador excepcional, Heidegger resultaba empero tan susceptible como cualquiera de sus contemporáneos al imaginario y los lugares comunes que impregnaban el entorno. Al igual que el más iletrado de los cofrades de las asociaciones de veteranos de la Gran Guerra, enaltecía el “espíritu de camaradería” presuntamente nacido en la experiencia del frente, crisol de una comunidad orgánica forjada al calor de la ruda prueba de las trincheras. En una de sus conferencias dictadas en la Universidad de Friburgo, en 1934, aseguró que “el espíritu nuevo del Frente portaba en sí mismo la fuerte voluntad de hacerse realmente efectivo después de la guerra como fuerza determinante en la existencia del pueblo”. “La camaradería como forma fundamental de comunidad -aduce también- surge primeramente de los que se ven conducidos al servicio de la misma obligación”. De tal suerte exaltada, la camaradería propiciaba la transformación de los vínculos de ciudadanía en lazos igual de firmes y disciplinados que los que rigen en la organización militar. La cohesión típicamente militar, jerarquizada y con la individualidad reducida a una mínima expresión, aparecía como el ideal supremo de estructuración social. Apunta Carrasco, a propósito de esto: «Cuando Heidegger, en la línea del nacionalsocialismo, afirma este ideal de sociedad fundado en la organización militar, está lisa y llanamente volviendo atrás en la evolución histórica de las libertades y buscando un régimen que nada tiene que ver con los ideales de un filósofo», amante por vocación de la autonomía de pensamiento y acción.

Heidegger viene a ser uno más de los pensadores antagónicos a la modernidad, a la que imputan la disolución del ethos comunitario y la condena del hombre a un estado de anomia y alienación. A juicio del filósofo, esta situación de precariedad existencial solo podía ser superada si se abrazaba un nuevo concepto de libertad, basada en la “ligazón con la ley del espíritu del pueblo”. Alemania estaba mejor posicionada que los demás países europeos para el despertar, dado que no era simplemente una sociedad sino un pueblo, una “nación cultural” compenetrada de un sentido unitario orgánico, inmune todavía a las ilusiones libertarias de las sociedades occidentales, individualistas y desarticuladas. Para Heidegger, la verdadera libertad significaba “obligación ligada […] con la voluntad del Estado. Libertad es obligación para con el destino de un pueblo”. De aquí a concebir la libertad como facultad de escoger la esclavitud había solo un trecho. En Soldados del Tercer Reich, Sönke Neitzel y Harald Welzer reproducen el testimonio de un oficial alemán capturado, el que declara con toda altivez no envidiar la libertad de británicos y estadounidenses: él prefería “la libertad de seguir incondicionalmente a su Führer”.

Lo chocante aquí es la servidumbre de Heidegger a los mitos y consignas que inficionaban la atmósfera mental de la época, y el que pudiera prestarse a lo que Julien Benda llamó la “traición de los intelectuales” (o “de los clérigos”, en la formulación original). Sin atender el sesgo nacionalista y reaccionario que lastraba su pensamiento -sesgo que celebra el particularismo y contradice el universalismo al que es proclive la filosofía-, no se entiende muy bien que Heidegger concibiera a Alemania como única heredera legítima del espíritu griego, y que radicara lo medular de la civilización occidental en el legado de Grecia exclusivamente, negando todo valor a la tradición judeo-cristiana y a las conquistas del racionalismo ilustrado (incluyendo la moderna democracia y el proceso de secularización). Señala Carrasco que «tanto en su evolución política como en su historia cultural, Alemania es tributaria de lo aportado por los demás países europeos y en especial por Francia. La Revolución Francesa y los pensadores políticos vinculados a ella, así como la revolución científico-técnica que tiene sus raíces en el pensamiento de Galileo y Descartes, son hitos fundamentales, cuya influencia en la historia alemana nadie podría intentar disminuir. Esto significa que Alemania, como todos los países europeos, responde a una historia común, que Heidegger, arrastrado por su absurdo nacionalismo, pretende desconocer». En general, su visión de la realidad circundante estaba permeada por el complejo de “fortaleza asediada” que padecía buena parte de Alemania y que alimentaba la retórica resentida y vengativa de los nazis; lo que en buenas cuentas revela este complejo es la inseguridad de una matriz identitaria que, en palabras de Carrasco, «no sabe afirmar sus propios valores sin buscarse adversarios». (Este es un factor en que suelen incidir los estudiosos de la cultura alemana y su ambigua relación con la modernidad; véase, por ejemplo, Rosa Sala Rose y su libro El misterioso caso alemán, o Wolfgang Martynkewicz en Salón Deutschland, o bien Wolf Lepenies y La seducción de la cultura en la historia alemana.)

Carrasco expone a un Heidegger provinciano, sin mucho mundo, ajeno por elección a todo atisbo de cosmopolitismo, cerrado casi por completo al conocimiento de manifestaciones artísticas y tendencias culturales extranjeras; un hombre, en suma, de referentes culturales extremadamente limitados y en quien podían convivir la genialidad y la estupidez. Su mismo antisemitismo, aunque menos virulento que el de los nazis, era del tipo que a la sazón podía encontrarse en los medios rurales o urbanos de baja estofa, un antisemitismo ignorante y prejuicioso, no fundado en ninguna clase de reflexión seria; según el pensador chileno, un «acto de grave irresponsabilidad filosófica». Hombre de alma encogida, podemos decir, en absoluto un espíritu abierto o intrépido sino más bien intimidado por la sola idea de la “otredad” y de lo que pudiese deparar el porvenir. Careció del valor de expiar su pasado culposo, y fue capaz de empujar al pensamiento a un estado de claudicación terminal: recuérdese aquella famosa sentencia suya, “Solo un Dios podrá salvarnos”, pronunciada en plenos años 60.

Con todo, Carrasco no cree que los deslices políticos y la flaqueza moral de Heidegger descalifiquen en bloque su obra filosófica, indudablemente valiosa. Al respecto, su dictamen es el siguiente: «Si la gran lucidez de Heidegger en algunos aspectos va acompañada de una ceguera inexcusable, esto muestra una vez más que no debemos esperar de los filósofos nada que vaya más allá de sus limitaciones como seres humanos». Para aquilatar la enorme contribución del filósofo de Messkirch a la comprensión de lo humano, afirma nuestro autor, es necesario hacer abstracción de las mezquindades de la politiquería. En definitiva, el caso de Heidegger es en sí una lección acerca de los riesgos de mezclar dos esferas, la filosofía y la política, que en realidad difieren en todo. (A este tema en particular, Carrasco dedica el último de los ensayos que componen su libro.)

– Eduardo Carrasco Pirard, Heidegger y el nacionalsocialismo. Ensayos sobre filosofía y política. Catalonia, Santiago de Chile, 2012. 221 pp.

     

5 comentarios en “HEIDEGGER Y EL NACIONALSOCIALISMO – Eduardo Carrasco

  1. cavilius dice:

    Heidegger, qué recuerdos de carrera. ¿Por qué hay ser y no más bien nada?

    Se me ha olvidado por qué era…

    1. Vorimir dice:

      El ser, el pensar, que si el alemán y el griego son las únicas lenguas válidas para la Filosofía… que chapa me han dado también este curso en un máster que he cursado, era oir su nombre y nos daban sudores fríos a todos. El filósofo para quién si la filosofía era explicada de forma clara y amena no era verdadera filosofía. Poco más que añadir. XD

      1. cavilius dice:

        Pues lamento disentir, pero a mí me parece (o me parecía, que hace ya décadas que no leo nada de este hombre) un autor muy legible. Enrevesado y complejo, pero legible. Tiene cosas directamente inexcrutables (Ser y tiempo o Identidad y diferencia son ideales como somníferos), pero otros textos suyos son especialmente clarividentes. Y breves. ¿Qué significa pensar?, ¿Qué es la filosofía?, El final de la Filosofía y la tarea del pensar, Introducción a la metafísica, y otros que no recuerdo ya.

      2. Vorimir dice:

        Estoy de acuerdo en que “¿Qué significa pensar?” es medianamente legible, o al menos el profesor de esa parte nos lo hizo. Pero “ser y tiempo” es un bfffff cerebral muy gordo. Y lo de que la verdadera filosofía debía ser muy dificil de entender es idea suya eh, y me da que lo aplicaba bien.

  2. hahael dice:

    Interesante reseña, Rodrigo. Dan ganas de hacerse con el libro.

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