H.E.A.: PRESENTACIÓN DE LOS ESCRITOS SECRETOS DE SÓCRATES, DE I. M. FINELY JR. (ATENAS)

«Decir que Sócrates no escribió nada es no saber nada de Sócrates».

Jesús, Epicteto, Sócrates, Buda, Winnie the Pooh… ¿Qué tienen en común estos personajes históricos (por el bien de los niños, que nadie dude de que Winnie es real, por favor)? Al margen de la trascendencia que hayan podido tener sus vidas, sus actos o sus ideas (sí, Winnie también tuvo una o dos), ¿qué comparten todos ellos, al menos según la más ortodoxa tradición filológica, hermenéutica y bibliográfica? El avezado lector sin duda tiene ya la respuesta: ninguno escribió una sola palabra para la posteridad. Ninguno ha cedido a la humanidad una novela, un libro, o rollo de papiro, o losa epigráfica, con sus pensamientos, sus memorias, sus pulsiones, sus filias o sus fobias. No existe ningún documento de su puño y letra, ni se conserva nada que indique que redactaran una sola línea en toda su vida.

Es posible (aunque tampoco hay manera de saberlo, ciertamente) que el hijo de José y María no fuera iletrado, o que Buda escribiera poesías en la intimidad, o que Epicteto grabara en algún muro números (en latín o en griego, aunque esto ya sería otro debate) con el filo de una lasca, contando los días que su amo Epafrodito le tuvo esclavizado. O que Winnie the Pooh le hiciera a la mamá de Christopher Robin la lista de la compra, consistente solo en tarros de miel. Pero si acaso existió algo de eso, nada se ha preservado, nada queda, nada hay. Y aunque Sartre, o Heidegger, o ambos, afirmaran que “la nada nadea”, en este caso la nada no nadea nada de nada, porque aunque nadeara, es decir, aunque bajo una piedra del foro romano apareciera un fragmento de mármol con un montón de cruces y palitos grabados, y con la frase “Epicteto estuvo aquí”, y llevara la firma de Epicteto de Hierápolis, eso no aportaría gran cosa a la tradición filológica, hermenéutica y bibliográfica, ni al progreso del conocimiento ni a la mejora de la humanidad en general. Solo resultaría relevante hallar un texto con pies y cabeza, un conjunto sólido y consistente de frases con sentido, una argumentación, una exposición de ideas. Al menos así lo afirmó (y conviene ya bajar los pies a tierra y ceñirse a la presentación que, valga la redundancia, aquí se presenta) el catedrático de filología y estudios clásicos de la Universidad de Atenas Apostolos Dioxidados, en el acto que se celebró hace una semana en la ciudad de Atenas.

Dicho acto tuvo lugar al aire libre, en una carpa instalada ni más ni menos que en la antigua ágora, rodeados los asistentes por los ruinosos restos del bouleuterion, el altar de los doce dioses, la stoa poikile y la supuesta prisión de Sócrates. Y este último emplazamiento, la prisión donde la tradición (otra tradición, no la filológica, hermenéutica y bibliográfica) afirmaba que Sócrates había pasado sus últimos días encarcelado antes de beber la cicuta y pasar a mejor vida (o peor, que sobre esto el propio Sócrates no lo tenía claro), esta ubicación habría sido un marco ideal para el acto presentado por Dioxidados; sin embargo, el erudito ateniense explicó en un perfecto inglés y con una sonrisa en los labios (es de suponer, porque estos, los labios, permanecieron ocultos bajo una espesa y filosófica barba), que el autor del libro objeto de la presentación había preferido instalar la mesa, las sillas y la carpa toda, en el pequeño solar del ágora conocido  como la casa de Simón el zapatero. El autor en cuestión era, y es, el británico nacionalizado griego Irving Moses Finely Jr., y el libro que ha escrito y presentaba tenía, y tiene, por título Socrates’ Confidential Papers. Hay que decir que se trataba de la presentación oficial de la obra, pero que gracias a la extraordinaria diligencia del sector editorial en castellano, ya ha sido traducida a nuestra lengua bajo el título de Los escritos secretos de Sócrates.

En la presentación del acto Dioxidados dijo que Finely Jr. afirmaba tener antepasados griegos, y más concretamente remontó su estirpe a Lamprocles, hijo de Sócrates y Jantipa. Es de justicia mencionar que en ese momento un murmullo  y alguna risotada brotaron de la audiencia, pero entonces Finely Jr. tomó la palabra y con un tono exaltado dijo que, aunque Aristóteles (“ese tracio peripatético hijo de un matasanos”, lo llamó con desprecio, haciendo referencia a su lugar de nacimiento, Estagira, a su costumbre de pasear para aclarar las ideas, y a su padre Nicómaco, quien fue médico de Filipo de Macedonia) afirmara en su Retórica (1390b 30) que los hijos de Sócrates fueron unos don nadie, el mayor de ellos, Lamprocles, sí destacó en su vida, solo que su historia y sus hechos no han trascendido más que a nivel familiar.

A continuación Finely Jr. explicó la razón por la que el acto de presentación de su libro se celebraba en las ruinas de la casa de Simón el zapatero: como afirma Diógenes Laercio en sus Vidas de los filósofos ilustres (II 122), Sócrates acudía a menudo a la zapatería de Simón a charlar con él sobre lo humano y lo divino. Simón entonces dejaba sus remiendos y tomaba notas de lo hablado sobre el cuero curtido con que fabricaba sandalias, y con las notas luego confeccionaba textos y los plasmaba en rollos de papiro que la familia de Aristocles, uno de sus clientes, le proporcionaba importados directamente de Egipto. “Aquí”, dijo Finely Jr., “en esta zapatería, vieron la luz los primeros diálogos socráticos”. Simón el remendón inventó el género filosófico del diálogo, sentenció el autor greco-británico, una idea que defienden no pocos helenistas (servidor la escuchó, por ejemplo, en boca de Ignacio Pajón Leyra, doctor en Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid); así que dónde mejor para presentar su libro sobre Sócrates que en aquel establecimiento, aunque de él no queden en la actualidad más que cuatro piedras y un montón de matojos.

Casa de Simón, en el ágora de Atenas.

Y ya ciñéndose a su libro, Los escritos secretos de Sócrates, Finely Jr. explicó que en él hace público un hallazgo excepcional y extraordinario: la exégesis hermenéutica, el análisis filológico, la interpretación conceptual de los escritos que el propio Sócrates escribió, entre otros lugares, en aquel mismo punto en que nos encontrábamos: la zapatería de Simón. De nuevo un rumor de incredulidad flotó en el ambiente, pero Finely Jr., con voz firme y cierta vehemencia, se hizo dueño de la situación: la familia de Lamprocles, hijo de Sócrates y antepasado suyo, había guardado durante generaciones a lo largo de siglos y siglos (todos los que caben en dos milenios y medio, aproximadamente) un par de rollos papiráceos, escritos en sistema bustrofedónico (es decir: de izquierda a derecha y de derecha a izquierda de manera alterna, similar al recorrido de un buey arando un campo) por el padre de Lamprocles, Sócrates. La autenticidad de dichos rollos está fuera de toda duda, afirmó Finely Jr.; los resultados de la prueba del Carbono 14, los estudios grafológicos y los análisis bioarqueológicos confirman la época en que fueron escritos: en el último tercio del siglo V a.C. Y que fueran obra de Sócrates y no de otra persona lo establece una frase al inicio de uno de los rollos, redactada en grafía algo diferente del resto del texto, en la que se lee lo siguiente (y aquí Finely Jr. tomó un ejemplar de su libro y recitó):

Lamprocles hijo de Sócrates, del demo de Alopece, hermano de Sofronisco y Menexeno, ha rescatado del olvido esto que ha escrito su padre en el taller de Simón el remendón, pero también en casa de Critón hijo de Critóbulo, en casa de Alcibíades hijo de Clinias y en otros lugares públicos y privados. Para que sus palabras no perezcan con el tiempo y sean conservadas y recordadas por sus descendientes, y sepan así quién fue Sócrates, pues de otro modo será olvidado por las venideras generaciones de seres humanos que al mundo vendrán. Y para que sepan también que murió injustamente acusado de delitos que no cometió y condenado por los jueces de Atenas.

Finely Jr., visiblemente emocionado, resaltó que si bien el injusto ajusticiamiento (valga el oxímoron) era bien conocido desde que Platón escribiera su Apología (pese a que si lo hizo no fue motu proprio sino para contrarrestar el efecto que otros escritos de los enemigos de Sócrates repartieron por toda la ciudad), nadie, absolutamente nadie a lo largo de los siglos, sospechó jamás que el filósofo ateniense escribiera algo. Ni los más allegados a Sócrates, sus discípulos, conocieron jamás el hecho de que su maestro puso sobre el papiro algunas de sus ideas y reflexiones. Tan solo lo supieron la familia, es decir, su esposa Jantipa (no así Mirto, su segunda esposa, si es que llegó a desposarse con ella) y sus hijos, o al menos el mayor, Lamprocles. También tuvo conocimiento de este extraordinario hecho Simón el zapatero, lo cual se deduce, según Finely Jr., de algunos de los capítulos de los rollos en los que hay frases que se inician con un “Simón dice”. De hecho, continuó el autor, en esos fragmentos podría llegar a pensarse que las ideas que tradicionalmente se han atribuido a Sócrates tuvieron su origen en la mente del zapatero Simón.

Fragmento de papiro griego, similar a los que recogen los fragmentos socráticos.

 

En numerosas fuentes es posible encontrar, continuó Finely Jr., ecos de los antiguos en los que se argumenta que fue Sócrates quien le escribió al dramaturgo Eurípides algunas de sus tragedias. Incluso algún erudito asegura que los diálogos de la primera época de Platón (Critón, Laques, Eutifrón… ) fueron en realidad escritos por el propio Sócrates. A modo de diario a veces, de reflexiones personales en alguna ocasión, los papiros de Sócrates revelan una visión bastante diferente tanto del filósofo como de los que formaban parte de su entorno. Así por ejemplo, se habla de la enemistad entre Platón y Jenofonte, quienes como es sabido no aparecen jamás el uno en las obras del otro. O de la equivocada vocación de Platón, llamado en los escritos socráticos por su verdadero nombre de Aristocles (aquel Aristocles cuya familia obsequiaba a Simón el zapatero con los papiros egipcios). Se explica que:

Simón dice que ese muchacho, Aristocles, no llegará a ser nada en la vida como no deje de escribir esas absurdas tragedias. Siempre que le pregunta algo está en las nubes, tiene la cabeza puesta puesta en cosas imaginarias. Como si viviera en otro mundo.

De Alcibíades también se habla (“el insufrible cachorro de Pericles”), o de Critón (“El ricachón va a invitarme a comer mañana. Le cogeré un puñado de higos para Jantipa”), o de otros muchos. Según Finely Jr., la imagen que el mundo tiene de Sócrates variará considerablemente cuando se conozcan los textos que su libro pone al descubierto.

En el turno de preguntas, y en respuesta a una de ellas que no entendí bien, Finely Jr. aclaró que, aunque Sócrates había escrito en varios lugares (en casa de Critón, de Alcibíades, hasta de Ánito, su acusador), todo indicaba que nadie excepto Simón fue jamás consciente de que el filósofo supiera usar un cálamo. ¿Lo hizo entonces a escondidas? Quién sabe; el autor dejó la incógnita en el aire.

Alguien preguntó si existía alguna similitud entre los escritos secretos de Sócrates y los secretos escritos de Sócrates, y si conceptualmente y desde el punto de vista de la propedéutica dialectal socrática, el Sócrates platónico guardaba alguna diferencia con respecto al Platón socrático. Finely Jr. lo acusó de sofista sectario y seguidor de los dissoi logoi, y obvió la pregunta.

Le fue hecha otra cuestión, esta formulada en sonoro castellano de Nicaragua, que pretendía saber si había sido casual o intencionado el efecto que provoca el título del libro traducido a nuestro idioma: ¿se trata de un zafio trabalenguas que pretende imitar el sonido de los grillos, o una aliteración lírica al estilo del gran Rubén Darío en “Bajo el ala aleve del leve abanico”? Finely Jr. alegó no entender ni una palabra de castellano (solo conoce el inglés, el griego moderno y el griego ático koiné), y escudándose en un socrático “I just know that I know nothing”, no respondió.

El evento dio poco más de sí; Finely Jr. satisfizo a los oyentes que hicieron cola estampando su dedicatoria en los ejemplares recién adquiridos, y la hora y una fina lluvia se encargaron de poner punto final al acto. Una vez más, Hislibris Estuvo Allí.

     

9 comentarios en “H.E.A.: PRESENTACIÓN DE LOS ESCRITOS SECRETOS DE SÓCRATES, DE I. M. FINELY JR. (ATENAS)

  1. ErFINley RexULon dice:

    supongo que el propósito de esta parida era hacer la gracieta. Pues vale

  2. Farsalia dice:

    Què pena no haber estado en Atenas…

  3. Iñigo dice:

    Madre mía, madre mía… Fantástica reseña. Bravo!!! ;-) :-P

  4. cavilius dice:

    Pues sí que tiene Hislibris presupuesto, que puede enviar un corresponsal a cubrir estos actos en el extranjero.

    Parece un libro interesante, sí. Y también es verdad que el título es un poco trabalenguas, como un anagrama triple:

    ESCRTOS + I = ESCRITOS
    ESCRTOS+ E = SECRETOS
    ESCRTOS + A = SOCRATES

    Todo un misterio…

    1. Farsalia dice:

      Pues imagina el primer título original en inglés: The Socratic Secret Scrotum, o algo así leí. La traducción literal sería… El editor fue sabio al cambiarlo.

      1. Farsalia dice:

        Lo buscaré en Amazon…

      2. cavilius dice:

        Sí, lo del scrotum habría llevado a error a más de uno. Suerte que lo cambiaron. De hecho, suerte de los editores de este país, gracias a los cuales podemos disponer de obras como esta. Es algo que nos coloca por encima de, por ejemplo, el Imperio Romano, el cual no podía presumir de editores, aunque sí de otras cosas. Creo que fue Dionisio de Halicarnaso quien dijo que la grandeza del Imperio Romano se revelaba en sus acueductos, sus caminos y sus cloacas. De sus editores no dijo nada.

        Eso me recuerda también algo que dijo Oscar Wilde cuando le preguntaron por tres cosas que fueran el orgullo de los ingleses. Respondió más o menos esto: «el té, el whisky y yo mismo». Y luego añadió: «Lamentablemente, el té viene de China, el whisky es escocés y yo soy irlandés».

  5. juanrio dice:

    Este libro merece una presentación en el próximo encuentro en Hislibris, Sicilia nos espera la próxima primavera

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