EL TERROR – David Andress

Fue una ominosa señal el que la alborada de toda una era estuviese mancillada por el Terror, ese descrédito de la Revolución Francesa. Deplorable señal, el que la primigenia tentativa democrática francesa degenerase en dictadura sangrienta, aun antes de consumar un lustro de trayectoria. Opresivo augurio, el que semejante dictadura se constituyese en nombre de la virtud y el bien común, y que algunos de sus máximos responsables, insomnes dispensadores de la muerte, se considerasen justificados por los mejores ideales que ha podido concebir el paradigma republicano. No solo paladines de la pureza moral como el Incorruptible Robespierre y Saint-Just, el Ángel de la Muerte, sino también el zafio Marat y el turbulento Danton, incluso almas despiadadas como Billaud-Varennes (tan fanático e inflexible que se lo apodó el Rectilíneo), Fouquier-Tinville (implacable fiscal del Tribunal Revolucionario) y Collot d’Herbois (uno de los Carniceros de Lyon, aunque el mote se le endilgara a su colega Fouché), podrían defenderse ante el tribunal de la historia como idealistas y sinceros patriotas. Fue, el período en cuestión, el preludio de algunos de los peores acontecimientos del siglo XX, siglo de los estados policiales y sus matanzas multitudinarias; todo lo cual otorga enorme relevancia a un libro como El Terror, minuciosa crónica de los infaustos años de la guillotina escrita por el historiador británico David Andress.

Amenazado de desintegración por las fuerzas contrarrevolucionarias internas y por las potencias enemigas que se cernían sobre sus fronteras, el experimento republicano francés devino régimen terrorista de manera oficial el 5 de septiembre de 1793, cuando la Convención Nacional, entidad que a la sazón gobernaba el país, adoptó el Terror como política orientada a la preservación de la patria y la revolución. La legalización del Terror no significó el estreno de la guillotina, pues ya antes había bebido ésta la sangre de la familia real y de muchos otros, aristócratas, traidores y presuntos o reales agentes de la reacción. Tampoco representó el inicio de las matanzas, pues el terror institucionalizado de la dictadura jacobina había sido precedido por una suerte de terror espontáneo, aquel que protagonizaran los sans-culottes y cuya culminación fueran las matanzas de septiembre de 1792, ocurridas en las prisiones de París. Ni acabó la degollina con la reacción termidoriana, esto es, la insurrección contra el liderazgo de Robespierre el 9 de termidor (27 de julio de 1794) y su pronta ejecución (junto con la de varios de los principales terroristas, incluyendo a Saint-Just); al Terror jacobino lo siguió un terror de signo opuesto –terror contra el terror, en palabras de Andress-, el que se cebó durante meses en los seguidores del Incorruptible. Atendidas estas circunstancias, la obra en comento cubre un período más amplio que el del Terror propiamente dicho, principiando la narración con la fallida huida de la familia real, en junio de 1791, y acabando en los coletazos de la revuelta termidoriana.

Aparte la minuciosa reconstrucción de los dramáticos acontecimientos del período, en la que cobran vida no solo las figuras emblemáticas sino también personalidades menores y los movimientos sociales subyacentes, la nervadura del libro –su médula interpretativa- la proporciona una reflexión en torno a los fundamentos morales y filosóficos del Terror, lo que en buenas cuentas conduce a la problemática relación entre fines y medios en política. Se trata de un asunto tan viejo como imperecedero y Andress lo plantea de forma meridianamente clara, pero se me antoja recurrir al bisturí del gran Victor Hugo, que en su postrer novela Noventa y tres ha hecho la disección rápida y certera del mismo. En uno de sus memorables pasajes, dos de los protagonistas sostienen un breve pero incisivo diálogo sobre el Terror: el extremista Cimourdain lo cree justificado por la necesidad de defender la revolución, su antagonista Gauvain teme en cambio que el Terror llegue a calumniar la revolución; sostiene éste lo siguiente (todo el párrafo es sustancioso pero en aras de la brevedad reproduzco lo esencial): «Libertad, Igualdad y Fraternidad son dogmas de paz y armonía. ¿Por qué darles un aspecto espantoso? (…) No hay que hacer el mal para hacer el bien. No se derriba el trono para dejar en pie el patíbulo. (…) La revolución es la concordia y no el terror. Las ideas bondadosas son mal servidas por los hombres inclementes. (…) Si no se puede perdonar, no vale la pena vencer». He aquí, en pocas frases, el meollo de la cuestión. Por cierto: a menos que deseemos creer que los responsables del Terror fueron ni más ni menos que unos monstruos ávidos de sangre, no hay que perder de vista el contexto que propició la gestación de aquel régimen represivo; contexto que, desde la perspectiva de los radicales, representaba una de aquellas situaciones extremas que reclaman la adopción de medidas excepcionales. La República venía a ser una fortaleza sitiada desde el exterior y socavada por dentro; los patriotas y los revolucionarios se dejaban ganar por el miedo, sumiéndose todos en una atmósfera de paranoia colectiva en que se percibía por doquier la hidra de la traición. En esta tesitura, no extraña que el Cimourdain de Hugo llegue al punto de afirmar que «En épocas como la nuestra, la compasión puede ser una forma de traición». (En el discurso de este personaje ficticio resuena nítidamente la justificación del terror por el muy real Saint-Just, quien aseveró entre otras cosas que «La benevolencia es un ser feroz porque amenaza a la patria».)

Precisamente, el Terror representó una extrema justificación de medios mortíferos al servicio de fines presumiblemente inobjetables, tal que la compasión para con los enemigos –los internos, muy especialmente- entrañaba un (supuesto) peligro mortal para la república. En la coyuntura política y militar de aquellos cruciales años, la defensa impostergable de la libertad, la igualdad y la fraternidad exigía la congelación de tan nobles principios (Saint-Just juzgó precisamente que la revolución «se hallaba congelada»; téngase presente además que la Constitución republicana de junio de 1793 fue suspendida en octubre del mismo año, «mientras durase la guerra»). En un proceso que nos resulta familiar, dada la historia reciente, la radicalización de la dinámica revolucionaria conllevaba la supresión despiadada de todo lo que impedía la consecución del bien común; exigía el exterminio de los opositores y los traidores. En palabras de Saint-Just, no cabía duda de que «aún no era tiempo de hacer el bien». Lo que estaba en curso era el disciplinamiento y la regeneración de una sociedad con vistas a encarrilarla en la única senda que prometía la felicidad para todos. La disidencia no podía ser entendida sino como una excrecencia maligna, un tumor que debía ser extirpado del cuerpo social; operación pavorosa donde las hubiere (Saint-Just: «Lo que produce el bien general es siempre terrible»). Solo unos pocos se echarían sobre los hombros tan pesada responsabilidad, haciendo de impávidos sanadores de la nación; como manifestó Danton cuando se creó el Tribunal Revolucionario (marzo de 1793): «Vamos a ser terribles para que no tenga que serlo el pueblo».

De acuerdo a la cuenta de Andress, el aparato formal del Terror se cobró unas diecisiete mil vidas en toda Francia; los tribunales militares y las ejecuciones sumarísimas de rebeldes armados, entre treinta y cuarenta mil; los horrores generales de la guerra civil, incluyendo epidemias descontroladas, tal vez doscientas mil. Aunque estas cifras empalidecen cuando se las compara con las arrojadas por las atrocidades del siglo XX, no dejan de ser estremecedoras. No es una de las aristas menos problemáticas –y menos inactuales- del asunto el que los extremistas creyesen que tanto sacrificio valía realmente la pena. ¿No les había enseñado Rousseau que el bienestar general supone el sacrificio del bienestar individual, y que los espíritus refractarios a la voluntad general son elementos díscolos y perturbadores de la armonía colectiva, por lo cual deben ser desterrados, cuando no ejecutados? Robespierre, roussoniano consecuente, era el tipo de político para el que los hombres en concreto valen poco frente a la abstracta Humanidad. La revolución, en general, estaba dominada desde el principio por una casi enfermiza, muy roussoniana obsesión por la unanimidad, un horror a los particularismos… No, aquel no era un régimen totalitario, monstruosidad a la que aún no le había llegado la hora; pero anunciarlo, lo anunciaba. Así pues, podemos afirmar que los inclementes responsables del Terror sirvieron mal a los ideales que decían defender; que el extremismo revolucionario logró dar un aspecto espantoso, si no a los principios que inspiraban el movimiento democrático, cuanto menos a la propia revolución. Para decirlo con nuestro autor: «El problema del Terror radicaba en que su afán implacable por preservar la frágil flor de la libertad personal constituía también el mismo mecanismo de su destrucción. A fin de cuentas, ¿de que sirve la libertad si uno no puede disentir?». Su libro es, en definitiva, una advertencia digna de considerar acerca de los peligros del radicalismo y la demonización de los adversarios en política, y una advertencia sobre la supeditación de la acción política a metas utópicas.

David Andress, nacido en Londres, ejerce desde 1994 como profesor de Historia Moderna en la Universidad de Portsmouth. Considerado una autoridad en el ámbito de la Revolución Francesa y el período napoleónico, es autor de varias publicaciones sobre la materia. El Terror (The Terror: Civil War in the French Revolution, 2005) es la primera de ellas que se traduce al castellano. La edición cuenta con un apéndice compuesto por una Cronología de la Revolución Francesa hasta 1795, un Glosario y una nutrida Relación de Personajes.

– David Andress, El Terror: los Años de la Guillotina. Edhasa, Barcelona, 2011. 703 pp.

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26 comentarios en “EL TERROR – David Andress

  1. Josep dice:

    Buen texto para la pila de “pendientes”.

  2. José Sebastián dice:

    Sublime reseña, Rodrigo. Enhorabuena.

    Sobre la Revlución Francesa solo leí, en su día, el libro de Pierre Gaxotte (“La Revolución Francesa”) y me pareció demasiado “partidista” al presentar al Rey y a la familia real como víctimas inocentes de los revolucionarios e ignorantes de la miseria y el hambre que padecía el pueblo. Evidentemente, se centraba y mucho en el período del “Terror” y en la figura de Robespierre. De hecho el subtítulo de la obra es: “¿Libertad o masacre?. La verdad sin leyendas”. Más de uno ha catalagoado e Gaxotte como un “historiador de derechas”.

    Con tu reseña me parece mucho más interesante y atrayente el libro de Andress. Como ha comentado Josep otro más al apartado de “pendientes”.

  3. Rodrigo dice:

    Vale, José Sebastián, tomo nota de tu opinión sobre el libro de Gaxotte, que no conozco.

    El de Andress es ciertamente interesante pero cuidado, no es del tipo de libro introductorio.

    Gracias por los comentarios.

  4. asiriaazul dice:

    Gran reseña Rodrigo, para muy interesante libro, lo malo es el asunto del precio del mismo. Además tengo pendiente de lectura sobre el tema, “Historia de la Revolución Francesa” de Normann Hampson. En todo caso apuntado queda como futurible lectura.

  5. Rodrigo dice:

    Conservo una buena impresión del libro de Hampson, Asiriaazul. Como historia social que es, su fuerte es el análisis de los aspectos socioeconómicos de la Revolución Francesa. Es un estudio bastante especializado.

    El de Andress es caro, sí. Imagina por acá…

  6. Ignatius dice:

    Interesante reseña y libro, Rodrigo, sobre ese terrible pero fascinante (¿por que los acontecimientos mas horripilantes nos resultan los mas fascinantes…?) episodio de la historia. Creo recordar que me fijé en él el año pasado cuando salió a la venta, pero me entró “el terror” cuando vi el precio. Ahora, por culpa de tu reseña, vuelvo a tener tentaciones…y estan los tiempos como para darse uno esas alegrias.

  7. ARIODANTE dice:

    Excelente reseña, Rodrigo, y por lo que parece, libro también bastante excelente y aclarador. El tema es terrible, claro, pero es ¡tan actual! Desde la revolución francesa hemos visto tantas veces esa utilización de lemas (“libertad, igualdad, fraternidad”) aparentemente buenos (aunque contradictorios) aplicados de modo letal. Los británicos, que tuvieron su revolución y su decapitación de rey, siempre mantuvieron los límites del individuo y evitaron el totalitarismo, (no en balde Inglaterra ha sido cuna de Stuart Mill), mientras que la revolución francesa machacó al individuo y sentó las bases del totalitarismo posterior, del que hemos tenido -y seguimos teniendo- ejemplos demoledores. Me ha gustado mucho la referencia que has hecho de Hugo: “No hay que hacer el mal para hacer el bien. No se derriba el trono para dejar en pie el patíbulo. (…) La revolución es la concordia y no el terror”. Queda probado que la revolución no es la concordia, precisamente.

  8. Rodrigo dice:

    Ya ves, Ignatius, creo que el gasto vale la pena. Igual uno se descorazona con los precios de Edhasa… ¿Fascinación? Puede ser, pero también hay mucho de estar alertas a las amenazas que nos acechan, sobre las cuales la historia está preñada de advertencias. Precisamente el planteamiento que orienta la investigación de David Andress apunta a servirse de las “lecciones de la historia” para dilucidar cuestiones relativas a la colisión entre los derechos del individuo y las prerrogativas del estado; así, lo primero que uno encuentra en la Introducción son preguntas como ¿cuándo es correcto detener arbitrariamente a los sospechosos de subversión? o ¿puede justificarse el terror como instrumento político? Problemas muy actuales, según muestra la experiencia reciente.

    Coincidimos, Ario. Y bueno, hay que decir que nuestro juicio se beneficia de la experiencia de un siglo XX que llevó al límite las lecciones de la Revolución Francesa; Hugo, en cambio, todavía podía mostrarse ambiguo, justificando incluso algunos de los excesos revolucionarios. (De aquí que su novela me pareciera tan inquietante.)

    Gracias a ambos.

  9. APV dice:

    Tampoco es que Revolución Inglesa fuese algo limpio Ariodante, siempre me ha hecho gracia lo de pasar de un rey a un Lord Protector.

  10. iñigo dice:

    Lord Protector que ejercía como un dictador… incluso disovió el Parlamento como hiciera Carlos I.

  11. ARIODANTE dice:

    Vale, queridos, no estoy “defendiendo” a la revolución inglesa, (¿qué revolución es trigo limpio?) sólo la diferencio de la francesa. Cromwell, efectivamente, ejerció de dictador y disolvió el Parlamento. Pero no invadió Europa, como Napoleón, si nos ponemos así. Y tuvo lugar un siglo antes, mas o menos.

  12. APV dice:

    Solo invadió Irlanda y Escocia y entró en guerra con España y Holanda.

    De todas formas la revolución inglesa se alargó más en el tiempo, muchas de las libertades y derecho electoral que se establecieron en la Constitución francesa de 1791 no llegarían a Gran Bretaña hasta la década de 1830.

  13. ARIODANTE dice:

    Pues sí, “solo invadió” Escocia e Irlanda. Entrar en guerra …todos estábamos en guerra en aquellos siglos. España “invadió” casi toda América del sur, del centro y media América del Norte, hasta Alaska, y Filipinas, Flandes, Italia… Y nunca tuvo una revolución propiamente dicha, ni siquiera la industrial. Exportaba religión e importaba oro. No está mal…
    Sí, la revolución francesa exportó e importó mucho de la norteamericana: Franklin y Jefferson fueron testigos y agentes. Y después a la propia Inglaterra. No estamos hablando de los logros -obvios- de la Revolución Francesa, sino del Terror.
    De todas formas, nunca podemos ni creo que debamos valorar los hechos históricos bajo la óptica del presente. Al menos, no sin tener en cuenta los criterios y las circunstancias de la época en que se produjeron. ¿Qué dices tú, Rodrigo?

  14. Rodrigo dice:

    ¿Sobre evitar los anacronismos? Imposible estar más de acuerdo contigo, Ario. Y ciertamente hay una diferencia de proporciones entre las
    rencillas y contiendas europeas previas a 1789 y la guerra a escala continental emprendida por Napoleón.

    Sin olvidar el contexto, claro. Napoleón no hubiera sido el mismo sin Francia y la Revolución Francesa.

  15. APV dice:

    No se trata de valorar los hechos desde el presente ni de decir que revolución fue mejor sino simplemente señalar que ambas tuvieron aspectos sucios.

    Los procesos fueron largos si tenemos en cuenta los pasos atrás posteriores.

    En cuanto el Terror ¿donde le pone punto y final el autor? ¿Con el terror blanco termidoriano? ¿Después con Fouché a cargo de la policia (no tanta guillotina pero algo hubo como el duque de Enghien)? o incluso ¿con el segundo terror blanco de 1815?

  16. Rodrigo dice:

    “¿Qué revolución es trigo limpio?” Ario dixit.

    Como señalaba en la reseña, el libro de Andress acaba con el terror termidoriano. Y con algunas consideraciones generales sobre los días de Napoleón.

  17. Hannón dice:

    Quizás mirásemos el Terror de 1793-1794 de otra manera si entendiésemos qué estaba ocurriendo en la Francia del momento: una guerra contra prácticamente todos los países europeos (una guerra iniciada con anterioridad por los girondinos con la condena explícita de Robespierre, que trató de advertir sin éxito de que “nadie cree en misioneros armados”), y una guerra civil interior en la que el “Terror blanco” de las bandas realistas campaba a sus anchas por el sur y el oeste del país, asesinando a todos aquellos sospechosos de tener un vínculo con la Revolución (fundamentalmente, burgueses y campesinos que habían comprado títulos de los “bienes nacionales”, es decir, tierras expropiadas a los aristócratas exiliados). En 1792 el duque de Brunswick, comandante del ejército prusiano-austríaco, había emitido un manifiesto en el que amenazaba con ejecutar a toda la población de París, someter a tortura a los líderes revolucionarios y arrasar la ciudad en una “venganza ejemplar y memorable para siempre” (las matanzas de septiembre en las que el “pueblo” asaltó las cárceles, y que, contra lo que se cree, no tuvieron por víctima principal a aristócratas, sino a prostitutas y delincuentes comunes, principal población carcelaria, fueron la consecuencia directa de este manifiesto). La situación, como podéis comprobar, era la de una verdadera guerra a muerte en la que sólo cabía aplastar o ser aplastado, y no tiene nada que ver con las purgas o la represión ejercidas por los Estados totalitarios del siglo XX, que constituyen un elemento central de su política incluso en momentos de paz interna y externa (por ejemplo, la URSS de 1936-1938). El Terror fue el instrumento imaginado por un sector de los jacobinos para tratar de afianzar una Revolución que hacía aguas por todas partes en un contexto de absoluta violencia (“la Virtud sin el Terror es impotente, el Terror sin la Virtud es ciego”), no un baño de sangre desatado en medio de la paz. La historiografía anti-revolucionaria siempre se ha cebado con especial fruición en las masacres del Terror, como si estas representasen la esencia de la Revolución Francesa, y no la reacción paranoica de unos dirigentes que estaban rodeados de enemigos internos y externos tanto o más violentos que ellos mismos. Desde luego, no se trata de justificar el Terror, sino de huir de representaciones románticas y morbosas.

  18. Rodrigo dice:

    La paranoia, como bien dices; la sensación de “fortaleza asediada”, el estado de aislamiento y de precariedad de un régimen surgido de una revolución (régimen presumiblemente “virtuoso” y amenazado por enemigos perversos); la radicalización y extrema ideologización de la actividad política; la falta de escrúpulos para excusar lo inexcusable en nombre de bellos principios; la arbitrariedad del fenómeno terrorista, que se cebaba en personas cuyo único delito era el de pertenecer a una clase o categoría equivocada; la aceleración de la dinámica de exterminio, cuya maquinaria pasaba de cobrarse la vida de personalidades connotadas a destruir vidas sin verdadero relieve social o político; el patrón ideológico, con su elemento utópico, su ampulosa grandilocuencia, su dogmatismo y su convicción de hallarse en posesión de la verdad absoluta, su horror al disenso, su propensión a forzar el sentido de pertenencia comunitaria… No es que las circunstancias deban ser idénticas –¿cuándo lo son?- como para hallar precedentes ahí donde hay sobrados elementos en común. (Y remarco que hablo apenas de “precedentes”, como he hablado de “anuncios” de lo venidero; bastante claro he señalado que aquél no fue un régimen totalitario.) Podemos concordar en que la Revolución Francesa representa el umbral de una era. ¿Acaso lo es solo por lo que tiene de positivo, mientras que lo negativo lo reducimos a mero accidente, carente de toda resonancia o de toda consecuencia? Además, ¿qué paz era aquella del período de entreguerras en la Europa del siglo XX, cuando el continente entero asemejaba un polvorín? ¿O la de la segunda posguerra mundial? ¿Solo cuenta como terror totalitario el de los períodos de relativa paz externa?

    Permíteme, buen ciudadano, pero si deslindar enfáticamente la comprensión de la justificación es romantizar –cosa que yo no creo-, pues seguiré romantizando.

  19. Megalos dice:

    ¡Hola! Soy otro de los que lee más que escribe. Tiene que haber de todo. El libro de Andress tiene buena pinta. El de Gaxotte desmitifica la visión edulcorada que reinaba hasta no hace tanto sobre la revolución francesa, aunque desde luego carga las tintas en sus aspectos más negativos. El de Hampson me lo apunto, que no lo conocía. ¡Gracias amigos! El libro que más me ha gustado últimamente sobre el periodo revolucionario y napoleónico ha sido “Fouché. Retrato de un hombre político” de Stefan Zweig, que recorre la época de la mano de un superviviente y chaquetero nato tan práctico como sin escrúpulos. Se me hizo apasionante. Sobre Cromwell, junto al parlamento británico hay una estatua suya a la que me presentaron con la expresión “keep him out” o “mantenlo fuera” para recordar a los parmamentarios que fue el primero que hizo un golpe militar entrando con soldados en el parlamento británico e instaurando una dictadura personal como “Lord Protector” del reino sin rey. La experiencia fue tan grata, que a su muerte se restauró la monarquía y su cuerpo fue sacado de su tumba haciéndole de todo. Todos los países tienen sus cosillas, y en todas partes han cocido habas. Saludos a todos. :-)

  20. rafael sucari dice:

    Muy agudo tu comentario sobre el libro y una reseña muy bien desarrollada que aclara tantos cuestionamientos y elogios sobre las” revoluciones”. En cuanto al libro, lamentablemente, me ha resultado dificultosa su lectura. Pienso que la redacción es confusa en su mayor parte (la traducción, la redacción del autor?) y plagado de errores de concordancias y sintaxis lo que dificulta aún mas su lectura y la comprensión de un tema de por si se presta a la reflexión. Gracias por tu aporte Rodrigo

  21. Monterdez dice:

    Buenas tardes Rodrigo y cía. ¿podríais darme referencia del tamaño de la letra? Algunos de EDHASA la tienen pequeñita como La Revolución Rusa de Fitges.
    Atte.

  22. Rodrigo dice:

    La letra es de tamaño mediano, mayor que la del libro de Figes. Muy cómoda para la vista.

    Saludos.

  23. Monterdez dice:

    Muchísimas gracias.

  24. Jose Sancho dice:

    Plumbeo mazacote de justificación marxista de los múltiples asesinatos revolucionarios. Si buscas la verdad no te gastes estos 40e.

  25. Rodrigo dice:

    Angelito, ¿estás seguro de haber leído el libro aquí reseñado? ¿El mismo libro?

    Por de pronto, el cierre de la reseña no deja lugar a dudas sobre la postura de Andress, ajena a la justificación del terror político.

  26. zweig dice:

    Escribiré un comentario, pero ahora mismo no puedo dejar de decir que me admira el conocimiento y el uso del lenguaje de los coristas en general, la crítica de Rodrigo -no me jodas Rodrigo, tú tienes q escribir, xq tienen una fuerza, y una claridad notoria tus palabras, hay un

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