EL TELÓN DE ACERO – Anne Applebaum

C923666.jpg«Los años posteriores a 1945 no aportaron [a Europa del Este] un New Deal de libertad y justicia social sino una tiranía totalitaria y un sometimiento colonial al imperio soviético». Hugh Seton-Watson

Tras el amargo trago de la Segunda Guerra Mundial, cuyas atrocidades parecían la culminación definitiva de una historia secular de iniquidades y trastornos sin cuento, los pueblos de la Europa centro-oriental podían ilusionarse con una apertura al cambio, el inicio quizás de una nueva era, signada por la instauración de regímenes democráticos y libertarios a la par que soberanos. No es raro que, en los albores de la posguerra, Hugh Seton–Watson, historiador y comentarista político británico especializado en Rusia y Europa del Este, advirtiera un clima de resentimiento hacia los gobiernos del período de entreguerras, por lo general despóticos, ineptos y corruptos; regímenes cuyo recuerdo –sumado al trauma de la confrontación entre las tiranías hitleriana y estaliniana– provocaba «un deseo de cambio violento y una desconfianza respecto de todo lo que decía la clase dominante». Los hechos parecían anunciar la inminencia de lo que sería un vuelco radical en la historia, un vuelco para bien. Sin embargo, bastó un poco de tiempo, muy poco en verdad, para que las esperanzas se vieran frustradas. Ya al año siguiente del fin de la guerra tuvo entera justificación el veredicto célebre de Churchill: “Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero…”. Una vasta porción de Europa fue convertida en una colección de estados clientelares del gigante soviético, reproducciones a escala del país del Gulag, con sus “pequeños Stalin”, sus organismos represivos y toda suerte de mecanismos de control copiados del modelo estalinista. Descorazonado, Seton-Watson pronunció en 1961 su observación citada en el epígrafe; Europa del Este era a esas alturas presa del totalitarismo comunista y del imperialismo soviético (1). 

Periodista e historiadora estadounidense de renombre internacional, merced sobre todo a su premiada obra sobre el sistema de campos de concentración de la Unión Soviética (Gulag, 2003), Anne Applebaum nos ofrece en su más reciente libro una panorámica de la caída de Europa del Este en poder de la URSS, abarcando el período comprendido entre los años 1944 y 1956. Desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial hasta el aplastamiento de la revolución húngara por los tanques del Ejército Rojo, El telón de acero (2012) muestra la gestación y consolidación de la órbita soviética europea, en un proceso que contó con la complicidad de los partidos comunistas locales –agrupaciones, cabe recordar, netamente minoritarias– y que estableció de paso las coordenadas hemisféricas de la Guerra Fría. Notable síntesis de fuentes secundarias y primarias (éstas en forma de entrevistas y consulta de archivos), el libro procede según un esquema temático, congruente con el propósito de mostrar las vías por las que se asentó la hegemonía soviética en la referida región al tiempo que los modos por los que el totalitarismo comunista secuestró un conjunto variopinto de sociedades. Así pues, El telón de acero constituye un escrutinio de lo que puede tenerse por verdaderas tácticas de infiltración y conquista en ámbitos como la economía, las comunicaciones, la seguridad, el desarrollo de la institucionalidad política, las artes y la cultura, la educación o formación y captación de los jóvenes, las políticas demográficas y las relaciones internacionales, además de estudiar las reacciones de la población y una gama de posicionamientos políticos (colaboradores renuentes, oponentes pasivos, disidentes). Aunque surcado de observaciones en torno a la generalidad de los países de la región, el libro privilegia los acontecimientos de Alemania del Este, Polonia y Hungría, seleccionados por la autora porque ejemplifican en buena medida lo que fue la concreción de un patrón político similar en países profundamente disímiles.

Como es lógico, el enfoque de Anne Applebaum supone una reivindicación del concepto de totalitarismo, latamente controvertido y con frecuencia desvirtuado por el empleo abusivo del vocablo. El marco teórico del que se vale la autora remite al paradigma genérico formulado inicialmente por Hannah Arendt, que en su clásico libro Los orígenes del totalitarismo (1951) reunió la dictadura nazi y el régimen bolchevique bajo un mismo concepto, y, muy especialmente, a la caracterización del totalitarismo delineada por Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski en su obra canónica, Dictadura totalitaria y autocracia (1956): totalitarismo como un régimen de gobierno basado en el predominio de una ideología cerrada y excluyente, en la instauración de un sistema monopartidista encabezado por un líder carismático, en la represión de toda forma de disidencia a través de un sistema de terror –físico o sicológico-, en el monopolio de los medios de comunicación y de las armas y en el control centralizado de la economía a través de organismos corporativos (2). El modelo teórico en cuestión ha sido objetado, entre otras razones, porque haría demasiado hincapié en las analogías entre regímenes como el soviético y el nazi, resultando en un concepto que «capta la síntesis entre ideología y terror que está en el centro de las tiranías modernas, pero [que] borra las diferencias profundas que separan los regímenes reunidos bajo una definición informe y elástica» (E. Traverso) (3). También se aduce que, al fundarse en una idea abstracta -incluso quimérica- de control absoluto y poder ilimitado, el modelo distorsiona la comprensión de formaciones político-administrativas complejas; el sovietólogo Robert Service, por ejemplo, ha opinado que «el término “totalitarismo” no sirve para encapsular las contradicciones existentes en esta realidad [la de la URSS] extremadamente horrible y disciplinada pero también extremadamente caótica» (4). Se trataría por otra parte de un modelo estático, que «casi no deja espacio para el cambio y el desarrollo en la dinámica interna de un sistema» (Ian Kershaw) (5). Los críticos de izquierda suelen juzgar que el modelo tiene menos sustancia que una imagen en negativo de las sociedades occidentales, y que su difusión responde más bien al interés de contar con un mecanismo de legitimación ideológica de la democracia liberal.

Con todo, lo cierto es que no se ha acuñado un término que designe de modo más eficaz a fenómenos histórico-políticos como los mencionados; por lo mismo es que historiadores como Richard Overy, Michael Burleigh, François Furet, Emilio Gentile, Roger Griffin, Jean Meyer y Timothy Snyder -entre otros- han roto lanzas en favor de la teoría del totalitarismo. Suscribiendo los comentarios de Jean Meyer, cabe sostener que el concepto casa bien con regímenes que han sido «resultado de un triple proceso: identificación entre poder y sociedad, homogeneización del espacio social, encierro de la sociedad»; el mismo Meyer ha refinado la idea subyacente al enfatizar que «por totalitarismo se entiende no un Estado empíricamente todopoderoso, sino un sistema que pretende absorber todas las funciones de la sociedad» (6). Afín a esta línea de razonamiento, Richard Overy argumenta que el modelo primario de totalitarismo adolecía en efecto de una formulación abstracta de poder absoluto que no se corresponde con la realidad de los regímenes nazi y estalinista: «Ni Stalin ni Hitler eran absolutistas ideales, pero el dictador perfecto es un invento que está más allá de la historia»; no obstante, una vez que se supera la imagen improbable del déspota omnisciente y todopoderoso, el paradigma en comento aún resulta válido para la categorización de regímenes que se distinguen por la fusión de ideología y violencia y por la escala inaudita de dirigismo y centralización (7). ¿Las diferencias entre el Tercer Reich y el estalinismo, en absoluto marginales? A este respecto, François Furet arguye que el concepto genérico de totalitarismo es un tipo ideal y como tal «no entraña que dichos regímenes sean idénticos o siquiera comparables en todos los aspectos»; lo crucial en este sentido es que no se ha propuesto «un concepto más operativo para definir los regímenes en que una sociedad atomizada, hecha de individuos sistemáticamente privados de nexos políticos, queda sometida al poder “total” de un partido ideológico y de su jefe» (8). En cuanto a las supuestas limitaciones heurísticas del concepto derivadas de su asociación antinómica con la democracia liberal, el cientista político Karl Dietrich Bracher se encargó de darle la vuelta al problema al acreditar el valor del concepto de totalitarismo como fuente primaria de la distinción entre democracia y dictadura, enfatizando que el carácter decisivo del fenómeno totalitario reside en el total reclamo de poder, el principio de liderazgo, la ideología exclusiva y la ficción de la identidad entre gobernantes y gobernados (9). Tal como afirma Anne Applebaum, el término “totalitarismo” sigue siendo una descripción empírica útil y necesaria.

Cualesquiera fueran las circunstancias en cada uno de los países invadidos por el Ejército Rojo en su marcha a Berlín, las medidas implementadas en el plazo de pocos meses por los administradores soviéticos revelan un genuino patrón de dominación totalitaria. La autora discrimina cuatro componentes cruciales en este patrón: a) instauración de policías secretas a imagen y semejanza del NKVD –predecesor del KGB–, complementada por el control de los ministerios del Interior y de Defensa por militantes de los partidos comunistas locales; b) usurpación completa de la radio, el medio de comunicación de masas más importante en la época; c) absorción de la sociedad civil a través del acoso y la prohibición de organizaciones independientes –paso previo a la supresión del pluralismo partidista–; d) políticas de limpieza étnica, con sus desplazamientos masivos de “elementos” catalogados como exógenos (a menudo con un tremendo costo en vidas humanas). La transformación de los países ocupados en regímenes totalitarios y estados satélites de Moscú, aunque rápida, no fue abrupta, el mismo Stalin se mostró cauteloso al respecto; pragmático, el dictador soviético exigió –por ejemplo- a los comunistas de Alemania de Este que se atuvieran a una política oportunista que condujese al socialismo en zigzag y dando rodeos. El líder comunista germano-oriental Walter Ulbricht fue terminante al instruir a los suyos: «Queda claro que todo ha de parecer democrático, pero es preciso que lo controlemos todo». Consecuentemente, el partido recurrió en algunos lugares al expediente de situar en el cargo de alcalde a un socialdemócrata, pero en tal caso el primer teniente de alcalde responsable del departamento de personal y el concejal de educación debían ser siempre comunistas (10). Durante un tiempo, pues, la reconstrucción de Europa oriental pareció encaminarse por una vía semejante a la occidental, con elecciones libres, libertad de prensa y de asociación e importantes indicios de liberalización económica. Sin embargo, las medidas antedichas sirvieron de cabeza de puente de una estrategia de penetración y conquista, orientada a hacer de una serie de países un glacis defensivo de la URSS.

Huelga decir que, desde la perspectiva de los líderes soviéticos y sus clientes europeo-orientales, la opinión de la gente acerca de cómo debían rehacerse sus países importaba tanto como podían importarle a Stalin las libertades civiles en su propio feudo. El hecho de haber participado en la resistencia antifascista no constituía en sí una credencial de respetabilidad, sólo contaba la fidelidad a Moscú. A poco de finalizar la guerra no había en Europa del Este partidos más gravitantes que los comunistas, pero esto no se debía a su sustento demográfico, generalmente exiguo, sino a la ubicua presencia de “asesores” del NKVD y del Ejército Rojo. En términos de institucionalidad, las policías secretas representaban la cristalización fundacional del tutelaje soviético; el núcleo de su oficialidad había recibido capacitación en la URSS, y por descontado que la estructuración y el funcionamiento de estos organismos eran ajenos a la incipiente normalidad legal: sólo respondían de su actuación ante la cúpula de los respectivos partidos comunistas. Una vez que las elecciones libres evidenciaron el mediocre poder de convocatoria de los comunistas nativos, éstos transitaron al estadio siguiente de la dominación que fue el de la proscripción de todos los partidos políticos con excepción del propio (paso consumado ya en 1948), procediendo además al recrudecimiento del control de los espacios sociales, culturales y económicos, incluida la persecución de las iglesias. La homogeneización del ámbito político por medio del monopartidismo fue completada con la purga de los propios partidos comunistas, escenificándose juicios amañados o juicios-espectáculo cuyo guión imitaba servilmente el de los procesos del Gran Terror bolchevique de los años 30.

En paralelo se verificó la homogeneización de lo social, acorde con la concepción unívoca y monolítica del credo marxista. Al contrario que en el liberalismo, que confía en una dialéctica fructífera de conflicto y compromiso basada en el pluralismo y la tolerancia, la visión comunista de la historia -determinista y mesiánica a su modo- tiene su correlato práctico en el desprecio de la diversidad de pareceres y el rechazo de la autonomía asociativa. Consecuentemente, los partidos comunistas de la Europa oriental procuraron acabar con los gérmenes de sociedad civil incluso antes de ahogar los despuntes de economía capitalista. Muchas formas de asociación independiente y de índole apolítica (organizaciones culturales, deportivas o recreativas) se vieron primero hostigadas y luego absorbidas por el aparato estatal-partidista. Las agrupaciones religiosas y las instituciones educacionales fueron desde temprano un objetivo prioritario. En palabras de Applebaum, «en muchos lugares, el comercio privado seguía siendo legal cuando la pertenencia a un grupo de jóvenes católicos [ya] no lo era». Las actividades artísticas fueron prontamente supeditadas a un control burocrático centralizado, y las artes debieron someterse a los dictados del realismo socialista y su repudio del llamado “formalismo burgués”.

El proceso de dominación totalitaria solía cobrar un carácter orwelliano que oscilaba entre lo siniestro y lo grotesco. En 1946 nació en Alemania del Este el Partido Socialista Unificado de Alemania, el que desde entonces monopolizó la actividad política legalmente reconocida. A propósito de esto, el Neues Deutschland, periódico comunista, escribió lo siguiente: «No es un sistema monopartidista, sino la consolidación de un frente democrático antifascista unido. Junto a este partido, que representa a millones, a la larga no habrá sitio para ningún grupo escindido». Llevada de un espíritu mordaz, la concejala de Berlín Ruth Andreas-Friedrich glosó esta declaración en su diario: «No es un sistema monopartidista, pero tampoco hay sitio para ningún otro partido». En otro contexto, el ministro de Economía polaco, el comunista Hilary Minc, explicó en 1947 su “batalla por el comercio” en los siguientes términos: «La lucha por la conquista del mercado no implica la eliminación de los elementos capitalistas de mercado, tan solo implica una lucha por el control de esos elementos por parte del Estado Democrático Popular». Salta a la vista que esta no era sino una forma cifrada de comentar el sofocamiento del libre comercio por el control estatal.

Uno de los méritos mayores del libro, fuera de su enfoque temático, es su capacidad de complementar la perspectiva de los grandes acontecimientos con el aporte de los pormenores y los testimonios ilustrativos, muchos de ellos recabados por la autora por medio de entrevistas a personas que vivieron la experiencia totalitaria (no siempre como víctimas). Esta segunda perspectiva surte el efecto de transportarnos a la atmósfera social, moral y sicológica de la época, resultando particularmente funcional al objeto de plasmar el retrato de unas sociedades verdaderamente aherrojadas. En el capítulo relativo a los “colaboradores renuentes”, Applebaum muestra cómo se podía llegar a experimentar en semejantes sociedades una suerte de doble vida, un desdoblamiento perverso de la conciencia, cuando un cúmulo de presiones de todo tipo –incluyendo los mecanismos del terror– obligaban a muchos a fingir un entusiasmo que no sentían por el sistema o a prestarle colaboración a contrapelo de sus inclinaciones más íntimas. La politización integral de la sociedad llegaba a imposibilitar el ejercicio de una neutralidad silenciosa, además de suponer una invasión de la privacidad que forzaba a redoblar el fingimiento. Más que nunca se hizo tajante la división de la personalidad entre las esferas pública y privada, especialmente necesaria si se quería prosperar en el trabajo o, sencillamente, sobrevivir.

En definitiva, El telón de acero satisface el objetivo de exhibir los detalles concretos de un proceso de supremacía totalitaria, o el modo en que una versión específica de totalitarismo pudo apoderarse de un conjunto de países europeos, malogrando la existencia de millones de personas. Todo un ejercicio de lección histórica.

– Anne Applebaum, El telón de acero. La destrucción de Europa del Este, 1944 – 1956. Debate, Barcelona, 2014. 703 pp.

Notas:

[1] Las citas de Seton-Watson, tomadas de Mark Mazower: La Europa negra. Ediciones B, Barcelona, 2001. P. 281.

[2] Ver Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski: Dictadura totalitaria y autocracia. Libera, Buenos Aires, 1975.

[3] Ver Enzo Traverso: La historia como campo de batalla. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2012. Cap. V y VI.

[4] Robert Service: Historia de Rusia en el siglo XX. Crítica, Barcelona, 2000. Pp. 241-242.

[5] Ian Kershaw: La dictadura nazi. Siglo XXI, Buenos Aires, 2004. P. 45.

[6] Jean Meyer: Rusia y sus imperios. Tusquets, Barcelona, 2007.  Pp. 300-301.

[7] Ver Richard Overy: Dictadores. Tusquets, Barcelona, 2006.

[8] François Furet: El pasado de una ilusión. Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1995. P. 210.

[9] Ver Kershaw, ob. cit. Pp. 45-46.

[10] Ver Hugh Thomas, Paz armada. Grijalbo, Barcelona, 1988. P 355.

 
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10 comentarios en “EL TELÓN DE ACERO – Anne Applebaum

  1. ARIODANTE dice:

    Espléndida reseña, aunque a mi no me vaya demasiado el tema. Pero como siempre, Rodrigo, estás en tu línea. Parece un estudio muy completo del tema.

  2. Rodrigo dice:

    Es un buen libro, sí.

    Gracias, Ario.

  3. Urogallo dice:

    Mira que el libro no me llamó la atención, aunque lo ví en el silo de publicaciones populares. No tengo ni idea de porque me produjo una sensación tan poco proletaria, pero me alegra que la opinión de Rodrigo que haga rehabilitarlo en vistas a una futura lectura.

  4. Rodrigo dice:

    Tiene enjundia, Uro, y se lee bien -buena traducción, diría yo-. Debiera cautivarte.

  5. Josu dice:

    Buenas tardes;

    Soy prácticamente primerizo en este tipo de lecturas pero desde siempre he tenido interés en los temas europeos,además de los aspectos sociales e históricos de los países del antiguo ámbito soviético.¿Se puede considerar una lectura aconsejable?¿Es un libro bien documentado? He leído algo acerca de esta autora norteamericana,¿es por ello un obstáculo para hacer una lectura relativamente parcial de los acontecimientos? Muchas gracias además por su interesante y clarificador análisis del libro.

  6. Rodrigo dice:

    El libro está espléndidamente documentado y es muy recomendable, Josu, incluso en el caso de que no hayas leído obras generalistas y cuyo desarrollo se ciña a un estricto orden cronológico (El telón de acero, como he señalado en la reseña, es de índole temática). De todos modos, para entrar en materia –o para complementar la lectura de este libro- lo aconsejable es leer libros del tipo referido, tales como La Europa negra, de Mark Mazower (Ediciones B, 2001), Posguerra, de Tony Judt (Taurus, 2006), o Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX, de Gabriel Jackson (Crítica, 2009).

    Saludos.

  7. alexander dice:

    Yo esperaba mas del libro, se concentra en Polonia, RDA y Hungría, dejando atrás a Checoeslovaquia un país a mi juicio importante en el Bloque del Este, en Checoeslovaquia se dio el primer golpe de estado en 1948 contra los gobiernos multipartidistas de postguerra, y Applebaum solo lo toca de pasada. Del levantamiento obrero de Berlín en 1953 y del levantamiento húngaro de 1956 ni siquiera los profundiza.

  8. Rodrigo dice:

    Tal vez es que esperabas una historia narrativa al uso, en que la autora expusiera los acontecimientos según la preceptiva secuencia cronológica.

    Pienso que la autora evitó seguir esta vía por tratarse de un camino trillado: bibliografía por el estilo no falta, especialmente en inglés. Lo cierto es que desde que uno lee el índice, la introducción y cualquiera de las reseñas medianamente decentes que circulan en la prensa y en la red, tiene bien claro a qué se enfrenta y qué cabe esperar de un libro como éste: centrado en el análisis más que en la narración, de estructura temática y focalizado en tres de los países que conformaron el universo considerado. Lo que se llama un estudio de casos, estrategia metodológica perfectamente válida y probadamente útil. Dentro de este marco, el libro cumple con creces.

  9. alexander dice:

    En castellano tenemos una orfandad total de temas como la Primavera de Praga, el levantamiento húngaro, del tema austro-húngaro tenemos temas que hablan de la rica cultura de café de Viena, ah de Praga se centran más en la Praga de Franz Kafka que en la política, pero nada más, de Alemania de 1945-1990 abundan historias de la RFA pero no de la enigmática RDA.
    En cuanto al tema de la imposición de la llegada del comunismo a Hungría me pareció más rico en acontecimientos el libro de memorias de Sandor Marai, Tierra Tierra, es casi casi como si uno estuviera en la oscura y misteriosa Budapest de 1946 o 47.

  10. Rodrigo dice:

    La pobreza de la bibliografía disponible en castellano es un dato de la causa para muchas materias.

    Lo de siempre: si se quiere profundizar, hay que aprender otros idiomas, sobre todo inglés.

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