EL BUSCÓN EN LAS INDIAS – Alain Ayroles y Juanjo Guarnido

«Fueme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres».

Altas miras han tenido los creadores de este cómic al querer hacerle segunda parte a una novela picaresca escrita en el siglo XVII; ni más ni menos que a la Historia de la vida del Buscón llamado Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, conocida normalmente como Vida del Buscón, de Francisco de Quevedo. Difícil cometido no solo por la distancia temporal, sino por la importancia de la obra y del autor. Pero a fe mía que han salido del brete con gallardía y buen hacer; el resultado ha sido un cómic de los que quedan en el recuerdo. Para bien, claro.

Por si alguien no conoce la obra de Quevedo (¿hay alguien en esa situación?), conviene decir que el protagonista de la misma es un tal Pablos, hijo de un barbero y una bruja, ambos dados a la vida del robo y el engaño, y con un hermano que siendo niño murió en la cárcel, azotado. La vida de Pablos transcurre entre la pobreza y la miseria más viles, viajando de un lugar a otro en la España del Siglo de Oro (de oro no para él, desde luego), sirviendo a unos, estafando a otros, y recibiendo de tanto en tanto humillaciones, golpes y palizas. La novela concluye con lo que hoy en día se llamaría un “final abierto”: «Yo, que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirme –no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado pecador-, determiné, consultándolo primero con la Grajales, de pasarme a Indias con ella, a ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fueme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres». De este modo finiquitó Quevedo su Vida del Buscón, y con esa última frase comienza el cómic.

Cuatrocientos años después de su escritura, que se dice pronto, alguien ha recogido el testigo de ese final inconcluso (o concluso de manera abrupta, si se quiere), y ha decidido proseguir con las desventuras de Pablos una vez se ha “pasado a Indias”. Huelga decir que Indias es América (es llamativo que, más de cien años después de su descubrimiento, el Nuevo Continente aún se conociera con ese nombre). Y es que ese «fueme peor» era toda una invitación a que alguna mente creativa (ya que no el propio autor, Quevedo, cuya autoría por lo visto jamás admitió por temor inquisitorial) se atreviera a darle continuación y desarrollo al otro lado del océano. Así lo han hecho Alain Ayroles y Juanjo Guarnido, el primero elaborando el guion y el segundo transformándolo en dibujo, en viñeta, en cómic. Así nace El Buscón en las Indias, o una segunda parte de la historia de la vida del pícaro llamado don Pablos de Segovia, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Todo eso es el título.

En cuanto al guion, se pueden decir muchas cosas pero en general todas buenas. Para empezar, el lenguaje empleado: cuando uno trata de ambientar una obra, la forma de hablar de los personajes es un elemento importante, y más si conocemos en qué modo se expresaba la gente de la época elegida, como es el caso. Partiendo de la base de que la prosa de Quevedo es inimitable (o mejor dicho, inigualable, que imitable lo es y mucho), el texto de El Buscón en las Indias reproduce bastante bien el sabor añejo y curado del castellano antiguo, y ello sin perder en legibilidad y comprensión. Para muestra, un botón: «Y es que la vida del villano es como yegua penca. Uno cree tenerla por las riendas, pero la muy empicada se acula. ¿Pensabais hacer esto? Haréis aquello. ¿Queríais ir allá? Es aquí que ella os trae».

La historia (y con esto no descubro apenas nada de ella, pues aparece ya en las primeras páginas y luego hay más, mucho más que descubrir) se centra en la leyenda de la existencia de El Dorado, un lugar en el continente americano que los conquistadores españoles imaginaban repleto de oro y riquezas en abundancia casi infinita. La leyenda de la ciudad refulgente nació en las primeras décadas del siglo XVI y no se desvaneció hasta que la cartografía y la geografía la relegaron al terreno de lo mítico, ya en el siglo XIX. En todo ese tiempo fueron muchos los aventureros que se atrevieron a sumergirse en las desconocidas y selváticas tierras de América central y del sur, en busca del mágico lugar. En la época de Quevedo y de Pablos, por tanto, El Dorado estaba en plena efervescencia. Sin embargo, el guion de Alain Ayroles va mucho más allá de plantear una mera historia de aventuras en la selva, que en realidad no suponen más que una porción del conjunto: la historia es la de Pablos y está contada a modo de analepsis (o sea: flashbacks) en los cuales el vagabundo de Segovia (no puedo dejar de recordar esta canción cada vez que veo escrita esa palabra) relata sus vivencias, las cuales constituyen la auténtica trama del cómic. Una historia con tres partes de desigual extensión pero bien diferenciadas, y en las que las sorpresas siguen un ritmo in crescendo hasta llegar a un final ciertamente arriesgado, tal vez excesivo, con una ambigua frase final cuyo doble sentido quizá solo será captado por los conocedores de cierto cuadro de Velázquez. Por poner un par de peros, en algún momento la acción se vuelve algo repetitiva, pero ¿quién es capaz de conducir su vida de novedad en novedad a diario? Y el hecho de que, al tratarse del relato que hace el protagonista, muchas viñetas cuentan con una “voz en off”, la de Pablos, que relata la historia. Sin embargo, los “bocadillos” de texto son pequeños y de contenido breve y conciso, para no robar espacio al elemento esencial de los cómics: el dibujo.

Y sobre el dibujo, a cargo de Juanjo Guarnido, hay que decir que es excelente. Está a caballo entre la caricatura y el dibujo naturalista, si se puede llamar así, y tanto en lo uno como en lo otro se aprecia un altísimo grado de realismo, de fidelidad y de recreación. Ciudades y paisajes, espacios abiertos y estancias cerradas, planos cortos y generales, todo ello goza de un magnífico detallismo, existiendo algunas viñetas de gran belleza. Y hablando de viñetas (porque también en cómo sean estas, en su tamaño y formato, es posible aplicar la creatividad), estas son indefectiblemente cuadrangulares, aunque sí es cierto que su longitud horizontal o vertical cambia a menudo, haciendo que el formato de la página sea variado y dinámico. Por otro lado, es de destacar el color general de las viñetas, que se adapta al relato según su naturaleza: para ayudar a distinguir –falta no hace, pero es un detalle a tener en cuenta- el relato retrospectivo de la historia presente, el tono de las viñetas se tiñe de sepia en un caso o en otro.

En resumen, poca cosa se puede decir en demérito de este cómic. El trabajo de Alain Ayroles y Juanjo Guarnido se aprecia de principio a fin, así como el esfuerzo de la editorial, que en su página web ha confeccionado incluso una guía didáctica sobre la obra. Bienvenidos sean cómics como este, que contribuyen a rescatar autores y textos clásicos y que además lo hacen con buen hacer y espléndidos resultados.

Alain Ayroles y Juanjo Guarnido, El Buscón en las Indias. Barcelona, Norma Editorial, 2019, 160 páginas.

     

3 comentarios en “EL BUSCÓN EN LAS INDIAS – Alain Ayroles y Juanjo Guarnido

  1. Iñigo dice:

    Magnífica reseña de un magnífico cómic… Mejor no se puede expresar. Con permiso, aporto la humilde reseña que escribí en su día, después de disfrutar y mucho, de su lectura.
    https://elpuentelejano.blogspot.com/2020/02/el-buscon-de-las-indias.html

  2. Balbo dice:

    Ya lo anunciaba Quevedo al final del Buscón, que el protagonista se estaba pensando viajar a las Américas. Este comic es una digna secuela de la obra inmortal quevediana. Enhorabuena por el magnífico trabajo de este libro

  3. cavilius dice:

    Sí, el cómic está muy bien, y el toque humorístico que lo acompaña de principio a fin está muy logrado. A Quevedo le habría gustado, probablemente.

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