CONSUELO DE LA FILOSOFÍA – Boecio

“Si sois honestos con vosotros mismos, la bondad será vuestra ley, porque todo lo que hacéis lo contempla un juez omnisciente”.

A lo largo de la historia seguramente no han sido pocas las obras que se han escrito desde el interior de una celda, bien porque sus autores cumplían una pena de reclusión temporal, o tal vez porque aguardaban el momento de su ejecución. Entre las primeras, y sin pensar mucho, se me ocurren Mi lucha, texto en el que Adolf Hitler perpetró las bases de su doctrina nazi; o De profundis, extensa, reflexiva y autobiográfica carta de Oscar Wilde dirigida a su examante Alfred Douglas; o el Libro de las Maravillas que Marco Polo dictó a Rustichello de Pisa acerca de sus viajes al Extremo Oriente. Entre las segundas podría citarse el Fedón de Platón, aunque no fue escrito por la víctima, Sócrates, sino por su más afamado discípulo; o la obra que hoy sacamos a la palestra, Consuelo de la filosofía, de Boecio.

Hace unas tres décadas que leí por primera vez esta obrita, en una edición de la colección Los grandes pensadores que la editorial Sarpe publicó a mediados de los años 80 del siglo pasado, con traducción de Pablo Masa. Si existen textos incombustibles a lo largo de la Historia, sin duda este es uno de ellos. No fue escrito, ya lo dije, en la comodidad de un hogar, sin apremio de tiempo y con material bibliográfico al alcance, sino que las circunstancias fueron extremas para su autor: se trata del testamento intelectual de un hombre condenado a muerte, pensado y escrito mientras estaba en prisión, aunque es probable que lo comenzara antes de ingresar en ella.

De unos años para acá se ha puesto de moda (porque se trata de eso, de una moda) recuperar antiguas doctrinas filosóficas expuestas en textos vetustos escritos en lenguas ya muertas, con la excusa (¿acaso hacen falta excusas?) de que esas ideas nos pueden resultar muy útiles hoy en día para empujar el carro de la vida. Es el caso del estoicismo. En la actualidad vivimos un rejuvenecimiento de esa corriente de pensamiento: se hacen, y bienvenidas sean, nuevas traducciones de Marco Aurelio, se recuperan los pensamientos de Séneca o de Epicteto, se elaboran (y reelaboran) aforismos, se adaptan pensamientos antiguos a la vida moderna, y se publica todo ello con el formato de manuales de autoayuda. Hasta el momento Boecio no ha tenido suerte (o sí, depende de cómo se mire) y no ha entrado en el mercado de los autores clásicos reconvertidos en gurús de la vida feliz en medio de la vorágine de la modernidad. Se me ocurren un par de razones para explicar esa ausencia: quizá se deba a que la tradición no suele colocarlo en los Campos Elíseos de los estoicos, como sí sucede con los antes citados. O quizá la causa está en que Boecio no creía en Zeus ni en Júpiter, lo cual dentro de lo que cabe le otorgaría un aroma exótico, un barniz de mueble añejo y ancestral; no, Boecio profesaba la religión católica (“parece ser que era cristiano”, escribió hace 50 años Martínez Marzoa en su magnífica Historia de la Filosofía), lo cual le otorga un aroma rancio y un barniz de mueble viejo y carcomido. Y eso no mola, supongo.

Anicius Manlius Torquatus Severinus Boethius nació en torno al 480/470 d.C. en Roma, en el seno de una familia aristocrática. Según nos cuentan los libros de historia, el Imperio Romano de Occidente acababa de caer (476 d.C.) y los ostrogodos gobernaban en buena parte del territorio. En ese contexto Boecio ocupó cargos de importancia en la corte de Teodorico el Grande, lo cual le reportó beneficios materiales pero también propició su caída: a causa de envidias y rivalidades fue acusado de manera injusta de participar en una conspiración contra Teodorico. Este lo juzgó, torturó y condenó a morir decapitado. La posteridad recordó a Boecio por tres cosas: por ser “el último romano”, título honorífico que tal vez se deba a su violenta muerte en el tiempo en que el Imperio Romano acababa de derrumbarse (¿no fue Mitrídates “el último griego” por razones similares?); por ser también “el primer escolástico”, otro título honorífico concedido quizá por ser el primero que buscó en pensadores como Aristóteles y Platón un fundamento conceptual y filosófico al cristianismo; y por haber escrito De consolatione philosophiae, lo cual ya no es un título honorífico sino un hecho consumado.

La obra es un diálogo ficticio entre el autor y la personificación femenina de la Filosofía, quien se aparece a Boecio dentro de su celda y le consuela por la injusticia que se ha cometido sobre él. De ese consuelo se desprenden básicamente dos ideas: por un lado, que hay que saber soportar las vicisitudes de la vida, sean estas positivas o negativas. Y por otro, que el método para llevar a cabo esa tarea consiste en contemplar lo divino. Boecio protesta porque la Fortuna le ha maltratado de manera injusta, y rauda llega entonces la primera lección de la Filosofía: si hasta este momento de su vida Boecio ha aceptado sin lamentos el gobierno de la Fortuna, ¿a qué viene quejarse ahora? ¿Porque la Fortuna ha cambiado en su naturaleza? Pero esto no es verdad, dice la Filosofía; la Fortuna no ha cambiado, ella es la misma de siempre. Y ese “ser la misma” quiere decir que su naturaleza se mantiene siempre igual. ¿Y cuál es su naturaleza? Precisamente la de ser cambiante. Su naturaleza consiste en cambiar, y es ese cambio, es decir, ese “ser siempre igual”, lo que ha experimentado Boecio. No ha lugar, pues, a las quejas.

Esto no es más que el principio: a lo largo de las páginas siguientes, y a través del diálogo que entablan Boecio y la Filosofía, aparecen nociones como la virtud, la búsqueda de la felicidad, el libre albedrío, la naturaleza del mal y su presencia en el mundo… Es decir, se abordan los grandes temas que ocuparon buena parte del pensamiento escolástico y medieval durante siglos, muchos de los cuales tuvieron presencia en los textos filosóficos de los griegos, sobre todo en los diálogos de Platón y en las corrientes filosóficas que surgieron en el período helenístico. El mensaje principal que transmite Boecio es, en el fondo, similar al de Sócrates: hay que tender al bien y evitar el mal, hay que buscar la virtud y alejarse del vicio. Y similar también al de los estoicos: ante los reveses de la fortuna solo cabe sonreír y poner buena cara, en los buenos tiempos como en los malos. Son estas unas páginas apasionantes si uno se deja llevar por la argumentación y se olvida de prejuicios y apriorismos innecesarios.

Consuelo de la filosofía (o La consolación de la filosofía, título quizá más habitual) es una obra imperecedera que apela a lo más profundo del ser humano, a su búsqueda de la felicidad, que es el fin último al que tiende todo hombre, como dijo Aristóteles en su Ética a Nicómaco. La editorial Acantilado publicó en 2020 esta pequeña gran obra, en la traducción que de ella ha hecho Eduardo Gil Bera. Cuatro años después la editorial celebra haber llegado a la quinta edición, y no es para menos tratándose de una obra escrita hace más de mil quinientos años. Aproveche quien no la haya leído para acercarse a ella, y mientras yo cerraré la reseña repitiendo la cita que la abría pero tal como la memoricé hace treinta años en la traducción de Pablo Masa, la cual con modestia opino que no desmerece a su sucesora:

“Si no queréis engañaros a vosotros mismos, tened la probidad y honradez como ley suprema, ya que en todo cuanto hacéis estáis bajo la mirada de un juez que todo lo ve”.

 

*****

Boecio, Consuelo de la filosofía. Traducción de Eduardo Gil Bera. Barcelona, editorial Acantilado, 2024, 194 páginas.

     

9 comentarios en “CONSUELO DE LA FILOSOFÍA – Boecio

  1. cavilius dice:

    Y por cierto, la editorial Acantilado acaba de ganar el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural de este año. ¡Felicidades!

    1. cavilius dice:

      Exacto, cavilius. Y recuerde usted que en 2020 se llevó el Premio Hislibris a la Mejor Labor Editorial.

      1. Iñigo dice:

        Y como decía Cavilius, démonos todos la enhorabuena ;-)

  2. Vorimir dice:

    Consuelo en la vejez y hoy día en los tiempos que nos han tocado vivir. Bueno, consolar no sé si es la palabra cuando hay muchos con la felicidad de la ignorancia.

    1. cavilius dice:

      El que no se consuela es porque no quiere, dicen.

  3. Rosalía deBringas dice:

    Qué magnífico recordatorio de una obra universal!!!
    En efecto, como señala Cavilius, asistimos a una «cierta» vitalidad de la filosofía»…. Pero por muy engañosa y utilitaria que sin duda sea, al menos permite que algunos textos y autores no caigan en el olvido…
    Gracias por la reseña.

    1. cavilius dice:

      Y este texto en concreto se lee muy bien. Gracias a ti, Rosalía.

  4. Arturo dice:

    Muchas gracias, Cavi, no caerá en saco roto la recomendación.

  5. cavilius dice:

    A por él, Arturo. Es una obra muy breve, yo la tuve como lectura recomendada cuando hice la carrera, y años más tarde la releí un par de veces más. Independientemente de la religión que uno profese, o aunque no profese ninguna, el texto es muy enriquecedor ya que apela a cosas que transcurren al margen de la trascendencia.

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