CONSTANTINOPLA – Baptiste Touverey

Constantinopla es la primera incursión en la narrativa histórica del periodista y también traductor de Stefan Zweig, Baptiste Touverey, amante declarado de ambas Romas desde su infancia. Ha elegido Baptiste para su estreno una de las épocas más atractivas del Imperio romano de Oriente, de la Romania, puesto que Heraclio es, en mi opinión, la puerta que abre Bizancio a su Edad Media. Es este basileo quien moderniza las estructuras a través de las cuales la autocracia imperial ejerce el poder; es este emperador quien heleniza definitivamente el Imperio ―adopta por primera vez el título de basileo y hace oficial el griego en la administración― y quien, partiendo desde una posición de extrema debilidad con una capital estrangulada por ávaros y persas, destruirá al antagonista sasánida, recuperando así, de forma casi titánica y sorprendente, el vigor del estado bizantino y buena parte de las viejas fronteras en Asia y Egipto.

Desde el punto de vista narrativo y formal, la prosa de Touverey es ágil, amena, ni seca ni florida, pero muy acompasada al ritmo narrativo, muy útil para la transmisión de lo narrado al lector. A tal agilidad contribuye, sin duda, la estructura en capítulos muy breves, puede que demasiados y, a veces, artificialmente separados, pero, aun así o quizá por ello, el texto tiene una vis atractiva que provoca la necesidad de sostener la lectura con las menores interrupciones posibles. Suele ser habitual hoy en día denostar esta estructura capitular. No es mi caso. Tampoco me entusiasma, pero si una cosa conviene al desarrollo de la obra, pues conviene. Y es muy posible que, de otro modo, la digestión de la novela hubiera resultado más difícil. Otro de los valores que la narrativa de este autor muestra, también a mi herético juicio, es que en esta obra el narrador cumple con su oficio y narra, cuenta, describe y dibuja paisajes exteriores e interiores que alumbran el camino del lector. Touverey no se limita, por fortuna, a sembrar las páginas con diálogos y diálogos, cosa muy habitual del apresurado hoy en día y bastante más propio de otros géneros literarios. En este sentido, la obra en sí me ha resultado placentera de leer, por no tener que ir saltado a matacaballo de raya en raya, de casilla en casilla, interpretando marcos de la acción, tonos y sentidos de lo dicho.

De otra parte, la historia que se nos cuenta se desarrolla en dos momentos distintos, con una importante cesura temporal que separa las dos partes de la novela. El primero tiene lugar en el año 610 y su vórtice gira alrededor de la ascensión de Heraclio al trono de la ciudad del Cuerno de Oro. Asistimos así a un momento de fragilidad y decadencia del gobierno de Focas ―un exoficial que, subido al caballo de la revuelta de las tropas del Danubio contra la avaricia de Mauricio, había usurpado la púrpura en el 602―, y que ejerce su tiranía sobre un imperio casi extinto y con su capital amenazada ―los sasánidas de los generales de Cosroes II acampan al otro lado del Bósforo, en Calcedón― mientras se apoya en dos columnas de sustentación: el terror que administra Bonosus, antiguo conmilitón y ahora sádico prefecto de los excubitores, y el control popular que ejercen los líderes de los verdes, en el hipódromo y fuera de él. Conoceremos también a su hija Domentzia, esposa de pago para el ambicioso y taimado general Priskos, un patricio adorado por el demos constantinopolitano. Ante este panorama y contra estos personajes, Touverey desarrolla la rebelión de los primos Heraclio y Nicetas, quienes, desde el exarcado de Cartago compiten en una carrera cuya meta es el palacio imperial. Todo se resolverá en una carrera wallaciana con gotas de Oliver Stone, que Heraclio vencerá no solo frente al resto de los aurigas/luchadores, sino también sobre su desgraciado primo Nicetas. Con ello, Heraclio ganará el trono y también la mano de Fabia Eudoxia, hija del anterior emperador Mauricio, prometida de Nicetas y verdadera pieza de legitimación dinástica. Odios, pasiones y venganzas desbordarán el palco imperial en las escenas finales.

En la segunda parte, datada en el 627, presenciamos la transformación de los dos personajes principales. Nicetas, hundido moralmente por la pérdida del imperio y de su brazo, borracho y resentido, se transformará en el héroe de los muros de la Ciudad frente a los ávaros a cambio de perder, como amante de Fabia, una felicidad personal que, amargado, nunca ha terminado de disfrutar. Heraclio por contra, mutará, de esposo consentidor y de emperador apocado, gobernado por otros ―el patriarca Sergio, Priskos―, mutará en líder salvífico y guiará a los romanos hasta la total derrota del shahanshah persa y la caída de Ctesifonte. Del mismo modo, en este milagroso año se disolverá la malsana relación de los dos primos y Eudoxia, la retorcida carrera política de Priskos y la venganza de la esposa de este. Muchos personajes, muchas acciones, muchas batallas, mucho de todo… y todo bien hilado.

Me ha llamado la atención un tanto el hecho de que las dos partes podrían haber constituido, sin problemas, dos novelas distintas: una sobre el ascenso de Heraclio y otra acerca del apogeo de su autocracia. Y me extraña porque se pierde la oportunidad de, con relativo poco esfuerzo, engarzar una tercera que describa la llegada del Islam a las fronteras de la Nueva Roma.

Quizá entre los mejores puntos a considerar de esta obra de Baptiste Touverey, se encuentre la configuración, primero, y la evolución, después, de determinados personajes. Así, el impulsivo general Nicetas y su hundimiento en los infiernos del desánimo; Priskos, desprovisto de ética, arribista y tantas veces traidor; Domentzia, ejemplo vivo de lo próximas que se hallan las pasiones del amor y del odio; Focas, un oportunista descreído y cínico. Tal vez sea Heraclio el más acartonado de todos, junto con Sharvaraz (el futuro shah Bahram VI), cuyos trazos me trajeron recuerdos del Jerjes de Zack Snyder en 300.

Desde el punto de vista de la contextualización histórica, se me ha planteado alguna que otra duda . ¿Refleja la novela el ambiente de los hechos históricos que configuran la autocracia de Heraclio? Pues sí, pero grosso modo. Una de las carencias principales de la obra viene constituida, a mi modo de ver, por la falta de inmersión cultural en los rasgos étnicos, nacionales si se quiere, de los pueblos implicados (romano/bizantino, ávaro y sasánida). No es que no haya algunos ―en lo iranio, más―, sino que lo que hay es poco y no impregna todo cuanto me gustaría.

Otro problema es que el autor se toma licencias históricas de cierta trascendencia. Por citar las más relevantes, Baptiste concentra las campañas de Heraclio en Asia en el año de la batalla de Nínive, cuando, de hecho, son varias las que lleva a cabo y en diversos periodos desde el 622, con regreso siempre a sus bases en la capital. Así mismo, mantiene a Eudoxia como uno de los personajes principales de la segunda parte, cuando ya había muerto de parto dos años después del ascenso de Heraclio al trono, quince años antes.

Esto plantea una cuestión que, para mí, suele ser relevante en la narrativa histórica. Muchos son los que piensan que el valor narrativo, en este género, siempre estará por encima del rigor histórico y que si algo conviene al desarrollo de la trama, bien traído estará. Quienes así opinan, suelen decir que nadie debe de acercarse a la novela histórica para aprender Historia. Y esto es verdad, nadie debe de hacerlo. Hay que ir a donde se debe ir. Sin embargo, este es un principio de comportamiento que solo pertenece a la esfera del lector. Yo, en cambio, aun aceptando aquel principio como verdad, también considero otro como de importancia semejante y que sólo atañe al autor. Quien escribe narrativa histórica tiene la obligación de no inducir, conscientemente, a error, no debe nunca desinformar a sabiendas, y ha de tener presente que no todos cuantos se acercan a su literatura son expertos en los hechos ni en la cultura de lo narrado. Y cuando por conveniencia de la trama así lo hace, el autor tiene el deber de advertirlo.

Dicho lo cual, repito que la novela está dotada de una narrativa ágil, divertida y que responde al aspecto general de la época. Para mí es una novela más que aceptable y cuya lectura recomiendo sin reparos. Constantinopla es un muy buen trabajo primerizo de Baptiste Touverey en la que espero sea una larga producción narrativa. Pero… ¿es Constantinopla, tal y como yo la entiendo, una buena novela histórica? Bueno, pues ahí ya tengo yo más dudas. Deshójenla y juzguen por si mismos. Se divertirán.

Baptiste Touverey, Constantinopla. Grijalbo, 2019, 528 pp.

     

7 comentarios en “CONSTANTINOPLA – Baptiste Touverey

  1. Iñigo dice:

    Buena reseña, sí señor… Qué bien muestras los claros y oscuros de la novela, Likine! Gracias

    1. Likine dice:

      Gracias, Íñigo. Y si te gustan los tiempos bizantinos, no dejes de leerlo cuando tengas ocasión.

  2. cavilius dice:

    Coincido en lo de que los capitulos cortos son excesivos y excesivamente cortos, y en que cada parte podría haber sido una novela por sí misma. Por lo demás, la novela se lee bien y entretiene, que de eso se trata, de leer y entretenerse.

    Y al hilo de que hay que leer en esta vida, no me resisto a citar algo que escuché el otro día a Guillermo Arriaga, escritor, guionista y algunas cosas más. Vino a decir algo así como esto: no pasa nada si no leemos a García Márquez, a Juan Rulfo, a Shakespeare, a Cervantes; no pasa nada si no leemos libros. El problema es cuando los leemos: entonces es cuando pasa absolutamente todo. Y de eso se trata”.

    Pues eso; a leer Constantinopla.

    1. Likine dice:

      Yo pensaba que el libro te gustaría más, Cavilius, ya que es de griegos, aunque sean un poco postgriegos. En cuanto a la cita, pues es cierta: también se vive en los libros. Y, a veces, con mayor emoción.

  3. Iñigo dice:

    Qué bueno Cavilius… Me gusta la cita de Arriaga.

  4. Urogallo dice:

    Bienvenida reseña, porque hacía tiempo que no veía un libro tan publicitado como este en su lanzamiento comercial.

    1. Likine dice:

      Su principal función, entretener, la cumple ―yo creo― con creces, aunque sin grandes alharacas, Urogallo.

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