ORGULLO Y PREJUICIO – Jane Austen

«La imaginación de una dama va muy rápida y salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio en un momento».

La escritora inglesa Jane Austen (1775-1817) no era un ente aislado de la sociedad ni del mundo que le tocó vivir pues aunque una parte de la crítica, de manera errónea, haya motejado sus novelas como meros divertimentos burgueses, ella sabía en qué mundo vivía y supo aprovecharse de él y reflejarlo en cada uno de sus escritos inmortales. A Jane le tocó en suerte una etapa en continuo cambio pues no nos hemos de olvidar que vio con sus ojos caer el llamado Antiguo Régimen y alzarse uno nuevo, con dolor y sangre, en una Europa que parecía congelada. La podemos situar en la llamada época georgiana, en la a que cuatro reyes de igual nombre, Jorge, pertenecientes a la dinastía alemana de los Hannover, les tocaron distintas suertes en su reinado, sobre todo a Jorge III, también conocido como el Rey Loco, y finalmente a Jorge IV o época de Regencia, que es en la que más podemos centrar  la figura de Jane Austen (y también a Los Bridgerton en el campo de la ficción). El inmovilismo del pasado va resquebrajándose a golpes de cincel: la nueva filosofía de la Ilustración y la hipocresía del Despotismo Ilustrado, las guerras napoleónicas (1793-1815) y sobre todo la Revolución Industrial o agrícola que conseguirá mejorar el nivel de vida de cientos de miles de personas a la vez que relanzar el comercio a escala mundial.

Este sería el apasionante marco histórico en que el vivió Jane Austen, pero además fueron unos años muy importantes en el ámbito literario anglosajón, cruciales en la posterior creación literaria de las obras de nuestra escritora. El siglo XVIII fue sin lugar a dudas una de las épocas doradas de la literatura inglesa pues en el campo de la novela podemos hallar a grandes escritores como Daniel Defoe, Jonathan Swift, Henry Fielding e incluso a Horace Walpole con su Castillo de Otranto en el que ya se atisbaban los preludios de lo que sería conocido como el Prerromanticismo. Jane Austen leyó y se empapó de todos estos autores, de sus influencias, y aunque era anterior al romanticismo supo de su valor al igual que de la naciente novela gótica. Y no solo tuvo estas novelas como punto de apoyo para sus escritos sino que también estuvo muy influenciada por grandes poetas como Wordsworth y Coleridge. Y es en este punto donde aparece uno de los elementos que más van a estar presente en sus obras. Recuerden que antes de este párrafo, en el contexto histórico que antes exponía, hablaba de la Revolución Industrial sobre todo enfocada a lo agrícola. Uno de sus derivaciones filosóficas es que debido a ella, por lo menos en Inglaterra, se instala una idea, ya antigua, acerca del antiguo-nuevo Beatus Ille o alabanza de la naturaleza. Todo inglés con posibles empieza a añorar la sencillez del mundo rural y ¿qué mejor exponente que los burgueses terratenientes que como Jane Austen vivían en fincas o mansiones rodeadas de ubérrimos campos y amables vecinos con los que vivir y a la vez entablar amistades y relaciones íntimas?

Todo inglés (con posibles, como ya he indicado) sueña –y sigue soñando– con ello. Un ejemplo cinematográfico: el embajador británico, interpretado magníficamente por el flemático David Niven en 55 días en Pekín, al principio de la película anhela con toda su alma dejar la embajada allá en la lejana China y retirarse a una casita en el campo para estar rodeado de verdes campos en los que pasear y leer sin ser molestado. Pues bien, este mundo de pequeños pueblos y campos perfectamente parcelados, con pequeños pero excitantes problemas domésticos y amorosos, son los que habitan el universo de Jane Austen y el mejor ejemplo lo encontramos en la que es considerada para muchos lectores como la obra maestra de esta gran escritora: Orgullo y Prejuicio (1813).

Esta novela nos traslada a  Longbourn, uno de esos pequeños microcosmos rurales que parecen tan alejados del mundo, sobre todo del bullicio de Londres, y donde reside la populosa familia Bennet donde la madre tiene un gran problema y es que tiene un total de cinco hijas casaderas y, por tanto, su única misión es verlas bien casadas a ser posible con un rico terrateniente no solo por el bien de ellas sino también debido a que cuando su marido se muera, por el sistema de mayorazgo, ella no quedará en la calle y podrá tener una tranquila vejez al cargo de una de sus hijas. Así que hay imaginarse la alegría que le depara saber que a la gran mansión de Heatherfield va a vivir uno de esos grandes hacendados, el caballero Bingley que, como es ley de vida, puede solucionar todos sus problemas, como muy bien nos informa Jane Austen al principio de la novela:

«Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa».

Es por ello que muy pronto toda la localidad se convierte en un hervidero de chismorreos hasta que se produce un evento, un baile en concreto, en el que la prole de los Bennet, va a participar. Pero allí, en ese baile tan educado saltan las chispas pues dos actitudes ante la vida, dos formas de comprender a la humanidad van a chocar irremediablemente: por un lado la soberbia y orgullosa segunda hija de los Bennet, Elizabeth, y por otro el altivo y prejuicioso amigo del rico hacendado, Darcy. A partir de aquí, entre amoríos, aventuras y deliciosos (o tristes) acontecimientos va a desarrollarse la relación entre el hielo y el fuego que representan Lizzy y Darcy y que a ojos de los lectores se convertirán en una de las parejas más famosas, sin lugar a dudas, de la historia de la literatura universal.

En un principio, a primera vista, si o bien solo conocemos Orgullo y prejuicio por meras referencias, no la hemos leído, o bien solo la hemos visto en cine o en la televisión en las distintas versiones que se han realizado, puede parecer que es una obra hermética, centrada únicamente en los enredos amorosos que existen en torno a la impulsiva Elizabeth o al iceberg inescrutable que es Darcy y en los simples asuntos terrenales de una burguesía ociosa, alejada de la realidad cambiante de ese momento. Se puede conceder este razonamiento si solo nos fijamos en la ausencia de datos históricos existentes a lo largo del libro. Pero si observamos con ojos más sagaces, alejados de los melindres románticos de algunas escenas, podremos comprobar cómo algunos de esos hechos van calando en las distintas escenas, actitudes y arquetipos de los personajes que van sucediéndose a lo largo de Orgullo y prejuicio.

Reconozco que no es una novela histórica pura, pero sí alego que nos encontramos con una novela de tesis que nos acerca a las costumbres y modus vivendi de aquellos terratenientes de la época georgiana y de la Regencia, a la par que saltan distintos temas algo escabrosos en esa sociedad en el que las clases sociales parecen totalmente impermeables e impenetrables. Uno de los primeros temas que saltan a la palestra, y que ya he mencionado con anterioridad, es el tema de la imposición del mayorazgo, es decir el que una mujer no podía heredar propiedades y si no había hijos, como era el caso de la familia Bennet, éstas pasaban incluso a sobrinos o nietos varones con lo que dichas mujeres al fallecer el marido se quedaban en un caso a merced de la buena voluntad de otras personas, o acabar en la calle con una mano delante y otra detrás. De ahí la evidente preocupación de la histeria matriarcal de los Bennet.

Y no solo esta ley del mayorazgo era injusta con el sexo femenino sino que incluso afectaba a los segundones de la familia que eran obligados a meterse en otros oficios como la Iglesia o el ejército (aunque tampoco era una búsqueda dura, ya que muchos de ellos eran apadrinados por parientes ricos comprando alguna vicaria o cargo de oficial en las reales fuerzas). En este caso, por ejemplo, Collins,  uno de los pretendientes de Lizzy y futuro heredero del mayorazgo, había conseguido una de estas vicarías gracias al patrocinio de la rica e insufrible lady Catherine; e incluso otro de los pretendientes, el taimado Wickham había ingresado como oficial en el ejército debido a otra ayuda de un familiar. Como curiosidad estos casos de flagrante nepotismo eran bien vistos por la sociedad sobre todo porque así la estabilidad patricia quedaba en casa y así no era necesaria la ascensión de ningún advenedizo de clase inferior.

Pero el tema más afilado de la novela es el de la libertad de las mujeres. Desde un principio se pone el foco sobre la ausencia de dicha libertad con respecto al matrimonio y cómo son obligadas a aceptarlo si no quieren quedar como las solteronas y raras de la familia, al albur de ser acogidas en el futuro por algún pariente benefactor, y de este modo no caer en desgracia en una sociedad tan pacata e hipócrita. Austen, a través de la fuerza de su protagonista principal, Elizabeth, critica la imposición de dichos matrimonios concertados y como éstos hacen que la mujer sea solamente un premio a conseguir o bien una mercancía con la que obtener privilegios. A lo largo de las páginas de Orgullo y prejuicio observamos las diferencias claras de cómo es la desequilibrada educación que en aquellos años recibían hombres y mujeres. Los niños en general, por ejemplo, eran educados por niñeras e institutrices, pero a cierta edad temprana a las niñas se las orientaba en otros menesteres, a saber: ser esposas y madres en un futuro, inculcarles el principio de obediencia al marido y centrar sus habilidades en cultivar los talentos que las hagan una señorita de bien y de esta manera atraer a un futuro marido que las cuide. Se las enseñaba a coser y bordar, cantar y tocar instrumentos (sobre todo el piano y el arpa, pero nunca la flauta debido a la connotación sexual), saber expresarse, conocer algún idioma extranjero (francés, por ejemplo), los distintos pasos de bailes, cómo comportarse en una reunión o un baile, el tipo de ropa que llevar a las distintas horas del día, e incluso a confeccionar cartas (esenciales para poder conocer los chismorreos y que se debían escribir sobre todo por las mañanas tras el desayuno). Había incluso infinidad de academias destinadas a señoritas de pro que se dedicaban a enseñar todos estos quehaceres.

Ah, y no nos olvidemos que sin virtud (otro baldón más) o la caída en el adulterio, tema tan recurrente en la novela del siglo XIX,  la vida de esa señorita y de su clan podía convertirse en todo un infierno, o lo que podía traducirse como la expulsión de la buena sociedad. Austen, aunque seguidora de Mary Wollstonecraft (1759-1797) y de su obra Vindicación de los derechos de la mujer, no es una mujer feminista radical sino que es una gran observadora de los problemas que las mujeres tienen en esa sociedad tan cerrada y nos muestra, a través de las palabras y los hechos de sus inconformistas protagonistas, que está en contra de la función que la sociedad de su tiempo da a las mujeres y que éstas no solo han de estar en casa con la pata quebrada ni ser solamente un meros receptáculos para tener y cuidar bebés.

Y para terminar, una anécdota. Orgullo y prejuicio en un principio no se iba a titular así sino Primeras impresiones, y la verdad que también hubiera sido un titulo bastante apropiado para la obra pues hay que tener cuidado con las impresiones que nos hacemos la primera vez que conocemos a una persona, ya que eso es lo que les pasó a los dos protagonistas del libro: Darcy y Elizabeth. El libro de Austen va más allá de un simple entretenimiento literario centrado en los amoríos entre burgueses y ricos hacendados de un pequeño pueblo de Inglaterra: la autora, a través de los hechos y de los fuertes rasgos de cada personaje, nos muestra cómo era aquella sociedad de finales del XVIII, sus costumbres, cómo se vestían, como se divertían o las inflexivas reglas de corte y etiqueta que debían preservar los caballeros y las damas frente a los demás. Jane Austen con esta historia nos da una clase de moral pero no un aburrido sermón, al revés, una moraleja escrita de forma natural, elegante y, por qué no, chispeante. Desde luego, leer a esta autora es una autentica delicia.

*****

Jane Austen, Orgullo y prejuicio, traducción de Marta Salís. Barcelona, Alba Editorial, 2009, 424 páginas.

8 Comentarios

  1. Buena reseña, sí señor. Hay mucho desdén por Jane Austen, pero es una novela la mar de interesante. La leí en catalán hace como veinte años. Siempre que veo la película de Joe Wright de 2005 me digo a mí mismo «tienes que releer la novela», algún día lo haré.

  2. Gran reseña de un libro que leeré algún día, seguro. Gracias

  3. Muy buena reseña! Jane Austen, una escritora en la cima de las letras universales que merece numerosas relecturas, y creo que un ejercicio muy interesante para apreciar hasta qué punto fue rompedora en su momento consiste en leerla precisamente después de la Vindicación… de Mary Wollstonecraft, que tú mismo has mencionado.

  4. Debes, debes hacerlo! Alba ha sacado unas traducciones excelentes en los últimos años. La peli que nombras a mi me pareció un poco floja, la miniserie de la BBC hace una recreación muy interesante y, aunque la evocación es mucho más libre, Más fuerte que el orgullo con Laurence Olivier es una verdadera delicia, te la recomiendo!

  5. Me gusta mucho esa película, no tanto por ser una adaptación de la novela de Austen (que también), sino como película en sí: tiene secuencias, detalles muy concretos, que se te quedan en la memoria (muchas miradas, por ejemplo), unas localizaciones fantásticas (la «casa» de Darcy en la que nunca está, por ejemplo), una preciosa fotografía… y esa música de Dario Marianelli. Si la dan por la tele, fijo que la veo. La miniserie de la BBC la recuerdo algo «canónica» en las formas. Buscaré en alguna plataforma la de Laurence Olivier.

  6. PS: está en Prime Video.

  7. Que maravillosa interpretación de Donald Sutherland… y esas lágrimas tras reunirse con su hija al final de la peli… Actorazo.

  8. A mí, sin embargo, no sé por qué, las varias películas que se han realizado de Orgullo y prejuicio me aburren bastante. No veo buenos adaptaciones del libro. Opinión personal, lo siento, sé que hay quien se echará las manos a la cabeza. Lo que sí me gustan son las reseñas que se hacen de la novela o de las películas.

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