VIAJES CON HERÓDOTO – Ryszard Kapuscinski

VIAJES CON HERÓDOTO. Ryszard Kapuscinski“No estamos solos. Tenemos vecinos y éstos, a su vez, tienen los suyos y así sucesivamente, y todos juntos poblamos un mismo planeta.” Heródoto

Cuenta Kapuscinski en ‘Viajes con Heródoto’ que, en los inicios de su carrera periodística –corrían los años 50-, informó a su redactora jefa de sus deseos de ir al extranjero. Mencionó Checoslovaquia, pero el destino daba lo mismo: lo que incitaba al bisoño reportero era la idea de cruzar la frontera, posibilidad casi del todo vedada a los del lado oriental del telón de acero. Poco después, Kapuscinski vio realizado su sueño, ¡y de qué manera!: destinado a la India y con un ejemplar de la ‘Historia’ de Heródoto a cuestas, regalo de la redactora jefa. Fue el inicio de todo. Durante muchos años, no pararía el polaco de viajar por el mundo en calidad de corresponsal, y Heródoto sería su acompañante fiel; en realidad, un verdadero maestro.

Viajes con Heródoto’ es un estupendo homenaje a uno de los padres de la historiografía. Primer globalista, o el primero en tomar conciencia de la multiplicidad del mundo como esencia del mismo: así es como lo califica el famoso periodista. “No estamos solos”, advertía Heródoto a sus compatriotas; viajó él por buena parte del mundo entonces conocido, y se imbuyó de una escala perceptual y valórica superior a la que le deparaba la patria natal. Lo mismo y bajo semejante enseña haría el polaco, muchos siglos después.

Heródoto piensa en escala planetaria, sostiene Kapuscinski, puesto que al olvido impuesto por el tiempo quiere oponerle el registro de la historia de la humanidad; ambicioso designio. Su horizonte es amplio, nada provinciano. Tanto que, entre otras cosas, puede afirmar -¿admitir?- que los dioses griegos provienen en realidad de Egipto, algo que seguramente sonaría a blasfemia a los oídos de sus orgullosos compatriotas. Kapuscinski, siempre preocupado por el tema de la comprensión y la tolerancia de lo diverso, no puede sino entusiasmarse ante la receptividad del historiador. “Heródoto –dice- jamás rechaza ni condena la otredad, todo lo contrario: intenta conocerla, comprenderla, describirla. ¿El hecho diferencial? Sólo está ahí para subrayar la unidad, en toda su plenitud y riqueza”. Difícilmente puede haber mejor recomendación de su obra, a mi entender.

Kapuscinski cita frecuentemente al griego, lo comenta, se pregunta por lo que ha omitido en su narración, se sorprende ante eventuales incongruencias. Sus glosas rebosan admiración pero también curiosidad e inquietud. El pasaje de la sublevación de Babilonia, por ejemplo. Los babilonios quieren sacudirse el dominio persa. Su ciudad, bien lo saben, será sometida a asedio; para reducir el número de bocas a alimentar, asesinan a una buena parte de sus mujeres. ¿Quién tomó la decisión, inquiere Kapuscinski? ¿Hubo oposición? ¿Por qué se eligió el método de estrangulamiento? ¿Qué se hizo con los cadáveres? Darío, rey de los persas, derrota a Babilonia y hace empalar “hasta tres mil de aquellos que sabía que habían sido autores principales de la rebelión” (escribe Heródoto). Pero, ¿cómo se hizo esto? ¿Empalamiento en masa o de uno en uno? ¿También fueron empalados matemáticos y astrónomos, de los que abundaban en Babilonia? Si así ocurrió, ¿por cuánto tiempo fue retrasado el desarrollo del conocimiento? Se trata, como puede verse, de preguntas sencillas hechas en voz alta, de las que muchos de nosotros –supongo- nos haríamos.

Entremezclados con los comentarios al clásico helénico van algunas de las experiencias del reportero. El texto, último de los compuestos por Kapuscinski, se adelanta y retrocede en el tiempo según el diapasón de los recuerdos de su autor. Su primer trabajo fue frustrante, ya que nada sabía de la India, un tan complejo país, y poco fue lo que sacó en limpio salvo la imperiosa necesidad de aprender (y vaya que lo hizo). A India le suceden los destinos más dispares, preferentemente en Asia y África. Su segunda misión es en la China, año de 1957. Constata el ambiente opresivo que ahí reina, y ve en la Gran Muralla una Gran Metáfora: el país resulta poco menos que impenetrable (la lengua, el régimen, la vigilancia a que se lo somete, el predominio de una suerte de ‘psicología de la muralla’ que impone a los habitantes una divisoria mental: lo que está adentro es bueno, lo de fuera es malo; todo barreras). En Uganda, 1960, asiste a un concierto ofrecido por un ya veterano Louis Armstrong; el público permanece en completo silencio, durante la presentación y al final de la misma. En 1979 acude a Irán, cuando la revolución de Jomeini, y puede conocer las ruinas de Persépolis. Retrocede veinte años a una misión que desempeñara en el Congo, y se pregunta por la enorme diversidad de las tribus africanas –al tiempo que recuerda el interés de Heródoto por registrar las características de las tribus y pueblos que en sus viajes ha conocido (“No estamos solos…”).

La coherencia del libro está dada, entonces, por los dos viajes que a lo largo de su vida realizara el autor: uno en el ejercicio de su profesión reporteril, y el otro en las páginas de su ‘Historia’, a la que volvía una y otra vez (puede uno imaginarse el viejo volumen, amorosamente trajinado). El resultado me parece muy seductor. Y ya deseo sumergirme en mi propio Heródoto.

Ryszard Kapuscinski, ‘Viajes con Heródoto’. Anagrama, Barcelona, 2008. Traducción de Agata Orzeszek. 308 pp.

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41 comentarios en “VIAJES CON HERÓDOTO – Ryszard Kapuscinski

  1. Vorimir dice:

    Lo he dicho más de una vez en otros post hablando de este hombre. Sólo he leido Ébano, pero me pareció magnífico y tengo pendiente leer todo lo que de este hombre caiga en mis manos.

    Gracias por la reseña pues, Rodrigo.

  2. Rodrigo dice:

    A mandar, Vorimir.

  3. Ariodante dice:

    Magnífca reseña, Rodri. Ya me hice con el libro antes del verano, gracias a tus sugerencias, asi que lo adelantaré unos cuantos puestos en la lista, a ver si puedo hincarle el diente. Los libros de viajes, si el viajero es ilustre, me encantan. Y es el primer libro de Kapuszinski. Creo que en la mudanza del año pasado perdí, o regalé, sin saber lo que hacía, Ébano, por lo que me tocará recuperarlo, o sea, comprarlo, claro.

  4. AlmaLeonor dice:

    ¡Hola!
    Me encantó este libro. Y mira, gracias a tu reseña me acabo de proponer volver a leerlo. Gracias de nuevo.
    Besos.AlmaLeonor

  5. Rodrigo dice:

    Ario, Ario, me afliges. ¿Regalar o perder «Ébano»? Snif…

    ¿Releerlo, gracias a la reseña? Bonito piropo, AlmaLeonor.

    Saludos.

  6. Ariodante dice:

    Bueno, Rodri, ¡ejem! lo siento…si lo regalé, tanto mejor para el que lo recibió. Si lo perdí…ahí sí que no tengo perdón.
    Bueno, y hablando del libro, o mejor, de lo que se cuenta o se dice en el libro, pues yo destacaría esa «amplitud de miras» que se adquiere viajando y conociendo otros países, otras costumbres. Los grandes viajeros, Heródoto, Marco Polo, Alí Bey, Speke y Burton, estaban todos «curados de espanto», al haber conocido costumbres y gentes diversísimas.
    Pero una cosa es tener amplitud de miras y otra -y aqui introduzco el posible problema, je je..- considerar que todas las costumbres son igualmente beneficiosas o respetables. ¿Cuál es la posición de Kapuszinski?

  7. Me ha gustado mucho la reseña Rodrigo.
    Gracias.

  8. Guayo dice:

    Buenísima reseña, lo compre hace algunos meses y estoy ansioso por comenzarlo, al autor nuca lo he visto como un reportero o viajero, lo miro como un historiador, al principio cuando buscaba sus libros tenia que mirar en la sección de viajes y aventuras. He leído por ahí que esta es una de sus mejores obras, aunque no la he leído si he podido leer otros de sus libros y todos tiene un toque personal, creo que tiene su propio puesto, realmente se podría calificar este libro como sus obra magna.

  9. Rodrigo dice:

    Pues muchas gracias, Capitán y Guayo. Seguramente es uno de sus mejores libros, no sé si el mejor de todos (aún me quedan varios por leer, de modo que no puedo formular un juicio completo).

    Mira, Ario: Kapuscinski no abunda mucho en la crítica de las costumbres ajenas. Opta más bien por retratarlas y, en ocasiones, hacer comparaciones nacidas de su propia observación y muy posiblemente de lo que ha leído (como una entre chinos e indios, indios de la India, que se encuentra en las páginas de ‘Viajes con Heródoto’). Es un observador empático, digamos, además de cultivado, lo que no impide que a veces manifieste sorpresa ante lo que ve. En este aspecto difiere mucho de uno como Paul Theroux, que por mucho que haya viajado no puede dejar de mirarlo todo con ojo sarcástico, y me refiero a una causticidad muy prepotente, etnocentrista, de gringo al que le cuesta mucho dejar de mirarse el ombligo (aparte de ser un latero, en mi opinión). En realidad, Kapuscinski, seguramente por su profesión de corresponsal, es más observador político que de costumbres, aunque el aspecto etnográfico es importante en sus libros –por los menos los que yo he leído-. Pero no creas que vaya “de buen rollito”. Kapuscinski puede ser muy crítico de ciertos regímenes políticos y de ideologías o actitudes mezquinas e irracionales. Nacionalismo –no patriotismo, que no es lo mismo-, racismo y fundamentalismo religioso le merecen especial repulsa, precisamente por el principio de negación o rechazo de la alteridad en que se basan y por la semilla de irracionalidad agresiva que germina de este principio. En ‘El imperio’ (que antes reseñé) esta vena crítica está más explícitamente desarrollada.

    Ya que he mencionado ‘El imperio’: aquí verifica una necesidad de los pueblos de referirse a un gran pasado (“Vayamos donde vayamos, las gentes de todos los países se enorgullecen de lo lejos que habían llegado a parar sus antepasados”), y esto como desahogo ante un presente difícil. Habría en esta práctica una especie de “ley de compensación” que se comprende muy bien cuando, a continuación, Kapuscinski contrasta el sentido o ‘instinto de amplitud’ que históricamente ha animado a tantas naciones –ese que se expresa en el expansionismo y el imperialismo- con el ‘sentido de profundidad’ que hoy parece prevalecer, esto es, el sumergirse en el fondo de su historia para demostrar su fuerza e importancia (téngase en cuenta que ‘El imperio’ data de 1993, y que Kapuscinski escribía desde la perspectiva de una progresiva globalización, fenómeno que implica la paradoja de un cierto estrechamiento del mundo que vuelve la expansión al estilo “tradicional” una empresa arriesgada y difícil). El polaco confiere al patriotismo un aura positiva de sentido de dignidad nacional, y escribe: “La sensación de la profundidad permite a la pueblos conservar su dignidad sin la necesidad de dar rienda suelta al instinto de la amplitud”.

    Hay un librito muy interesante de este autor, ‘Encuentro con el otro’, que consta de seis conferencias dadas por él en torno a su experiencia profesional y, por supuesto, la experiencia de enfrentar y tratar de comprender la diversidad cultural. Kapuscinski es muy sensible al tema de las identidades y al conflicto que supone la globalización –con su impulso homogeneizador- enfrentada al afán de preservar la originalidad y singularidad de ciertos núcleos identitarios. Kapu se decanta por la amplitud de miras y por el diálogo (“Mi experiencia de convivir con Otros, muy remotos, durante largos años me ha enseñado que la buena disposición hacia otro ser humano es la única base que puede hacer vibrar en él la cuerda de la humanidad”, etc.). No es cientista político ni jurista ni sociólogo, así que no se pida de él fórmulas concretas para lograr algo que parece tan loable.

    Kapuscinski aprecia en mucho lo diferente, lo irrepetible, eso que da sabor al ejercicio de recorrer el mundo. Me imagino que nada debe resultar más aburrido al viajero que la uniformidad.

    Saludos.

  10. Ariodante dice:

    Pues me has dado una respuesta completísima, Rodri, jolín, ¡qué verbo! ¡qué despliegue! En fin, creo que aún adelantaré más mi lectura del libro, ya me parece apremiante.
    Ciertamente la mejor posición es la tolerancia, siempre y cuando se mantengan unos límites, que, por lo que dices, el Kapu los admite.
    Cierto que un mundo uniforme sería aburridísimo: ya no viajaríamos, a menos que fuera para ver paisajes…Pero yo estoy convencida de que la uniformidad nunca se va a dar, las características peculiares de cada país o de cada grupo cultural, o étnico, es algo que difícilmente se perderá.
    Habrá asimiliación en las grandes ciudades: de hecho, ya la hay. Pero aún así, si se sabe buscar, hay peculiaridades muy difíciles de erradicar, por estar muy arraigadas. Y además, las grandes ciudades, al modo europeo, no hay demasiadas por el resto del mundo. La gran mayoría de poblaciones perdidas de la India, China, Oriente medio, Brasil, etc. conservan sus peculiaridades y es difícil que lleguen a cambiar, creo yo. Al menos, en esto, sí que soy optimista.

  11. AlmaLeonor dice:

    ¡Hola!
    Una poesía de Kapuscinski
    Besos.AlmaLeonor

    ESTOY LLENO DE DUDAS

    Estoy lleno de dudas
    Busco palabras
    La imagen que veré en la imaginación
    No quiere adoptar
    Formas nítidas
    Está
    Lejos
    Velada
    Y a pesar de que fuerzo la vista
    No se acerca
    No cobra vida
    Es más
    Cuando la observo
    Durante mucho tiempo
    Se aparta
    Y desaparece para siempre

  12. Rodrigo dice:

    En efecto, Ario querida: Kapu tenía mucho verbo y era capaz de un gran despliegue. ;-)

    Me parece que tienes mucha razón en lo que dices. No creo que haya que sobrevalorar el efecto de uniformización por la globalización. Uno de los fallos de lo que M. Castells (el sociólogo español) denomina ‘identidad de resistencia’ -en su tipología de identidades culturales- es justamente esta sobrevaloración, una especie de paranoia ante la globalización que llama a la gente a resistirla y que en casos extremos incita a la xenofobia y a la violencia; violencia que puede ser interna, puesto que la ‘otredad’ no es sólo la del extranjero sino también la de ciertos grupos endógenos, marginales o ‘refractarios al sistema’ (por decirlo rápidamente). Pero también está el problema del lado inverso, el de las culturas hegemónicas a las que a menudo resulta tan difícil comprender lo extraño y no endosarle la categoría de ‘inferior’.

    Bueno, creo que Heródoto y Kapu eran personas muy sabias. Espero poder hacerme pronto del libro del griego -quiero decir, en una edición mejor que la de Edaf-.

  13. Ariodante dice:

    Ja ja ja…! Lo del verbo iba por ti, Rodri, no me seas tan modesto. Cuando lea al Kapu, ya veremos qué verbo tiene, pero, por ahora, sólo he visto el tuyo.

  14. Ariodante dice:

    Y además, estoy de acuerdo con o que dices. También hay que considerar los aspectos beneficiosos de la globalización, no sólo los negativos, que los hay, y muchos.
    Globalizamos los avances técnicos, la higiene, la medicina, y eso es importante. A veces parece que se tiene más miedo a la pérdida de la identidad cultural por tener más hospitales, por ejemplo…
    Ya sé, que se teme a las grandes potencias en cuanto a que los avances van acompañados muchas veces por mensajes culturales o ideológicos extraños, pero ahi está la capacidad de la gente de seleccionar y elegir.

  15. Rodrigo dice:

    Ya verás, ya verás del verbo del Kapu…

    Lo de la globalización tiene sus cosillas. No es cuestión de descartarla de plano ni de rendirle pleitesía.

    En fin.

  16. Ariodante dice:

    Bueeno, aqui nadie ha hecho ni una cosa ni otra. Me refiero a la globalización. De todas formas no estamos ante una opción, sino ante un hecho, me parece. El problema es que, como muchas otras cosas, (el multiculturalismo, por ejemplo) como se ha hecho de ellos estandarte de batalla política, pues es difícil entrar a hablar de ello sin un cierto bagaje de prejuicios, ¿no te parece, Rodri? Por parte de todos, no me excluyo, desde luego. Inconscientemente ya parece que hay valoraciones antes de analizar los hechos fríamente. Y todos los hechos, no sólo los que convienen a nuestra postura previa. Es tán difícil…

  17. Rodrigo dice:

    Sí, Ario, lo de la globalización lo decía en general.

    Por supuesto que es un hecho; pasa que es un hecho que no deja indiferente y que genera opiniones contrarias. Y claro, los prejuicios y valoraciones tienen su parte.

    Palabra que yo no tengo una postura tan clara sobre este tema.

    Saludos transoceánicos.

  18. Ariodante dice:

    Seguimos estando de acuerdo, Rodrigo.

  19. Antonio Penadés dice:

    Estoy de acuerdo en que la visión del mundo que tienen Kapuscinski y Heródoto son muy parecidas. La tolerancia cultural del griego era tan sincera que llegaba a defender que “la costumbre es la reina de todo”, una postura que muchos, a lo largo de la historia, han tachado de lunática.

    Hay un pasaje en la Historia que ilustra muy bien este planteamiento abierto y respetuoso de Heródoto: ¿quién mejor que el mismísimo rey persa para constatar las inmensas diferencias existentes entre las distintas sociedades que poblaban el mundo conocido? El rey Darío llevaría a cabo una prueba irrefutable entre vasallos suyos que procedían de confines opuestos de su imperio: griegos, llegados de su extremo occidental, e indios, que vivían en su extremo oriental. La cita dice así:

    «En efecto, si a todos los hombres se les diera a elegir entre todas las costumbres, invitándoles a escoger las más perfectas, cada cual, después de una detenida reflexión, escogería para sí las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que sus propias costumbres son las más perfectas… Y que todas las personas tienen esa convicción a propósito de las costumbres puede demostrarse, entre otros muchos ejemplos, en concreto por el siguiente: durante el reinado de Darío, este monarca convocó a los griegos que estaban en su corte y les preguntó que por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían a ningún precio. Acto seguido Darío convocó a los indios llamados Calatias, que devoran a sus progenitores, y les preguntó, en presencia de los griegos, que seguían la conversación por medio de un intérprete, que por qué suma consentirían en quemar en una hoguera los restos mortales de sus padres; ellos entonces se pusieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. Esta es, pues, la creencia general; y me parece que Píndaro hizo bien al decir que la costumbre es reina del mundo».

    ¿Cómo debe actuar un hombre cuando muere su padre, quemando su cuerpo o comiéndoselo? Heródoto contestaría que depende del lugar, una respuesta acorde con una de las ideas centrales de su pensamiento, que defiende que ninguna de las prácticas establecidas por la costumbre puede ser considerada moralmente superior a las demás.

    Enhorabuena, Rodrigo, por esta reseña. Coincido en que este es un libro magnífico en el que confluyen las personalidades del que lo ha escrito (cómo lamento no haber podido conocerle personalmente) y del autor en cuyo pensamiento profundiza.

  20. Rodrigo dice:

    Gracias, y un honor, Antonio. Ya echaba en falta la opinión de alguien que corroborase o desmintiese lo planteado por Kapuscinski acerca de Heródoto, cosa que no estoy en condiciones de hacer aún puesto que he debido postergar –espero que no por mucho tiempo- mi propia introducción en la obra del griego. (Parece, snif, que entre los helenófilos declarados que pueblan el sitio, aparte de mi fiel Ariodante, el tema no suscita mayor interés. Snif.)

    Ciertamente, el pasaje que has tenido a bien citar ilustra muy bien, con toda su crudeza, aquel aspecto que Kapuscinski valorara tanto en el autor griego: justo lo que has calificado de ‘tolerancia cultural’, que también a este aficionado lector que soy ha llamado poderosamente la atención –y que considero una excelente recomendación de Heródoto.

    Aspecto que, con todo y parecerme muy ponderable, no deja de tener sus bemoles.

    Saludos.

  21. Clío dice:

    ¿porqué? no entiendo bien tu último comentario Rodrigo…

  22. Rodrigo dice:

    Clío, es que me picoteaba la cabezota la idea de que uno puede toparse con normas y costumbres difíciles de tragar, nada más. Comprenderlo todo, digamos, en base a tolerancia, ¿es aceptarlo todo? Por poner un ejemplo extremo: la antropofagia, práctica aceptada por algunos pueblos. Vaya que es difícil de aceptar. ¿Hasta qué punto el principio del respeto de la diversidad cultural puede legitimarlo todo?

  23. Antonio Penadés dice:

    Heródoto trata en su obra sobre la tribu de los andrófagos, de quienes afirma que tienen las costumbres más salvajes de todos los hombres, ya que no practican la justicia ni poseen ninguna ley, por ser nómadas y, sobre todo, porque se alimentan de carne humana. Incluso ahí sigue sin realizar reproche alguno. Por otro lado, aunque define a los escitas como las gentes más ignorantes de todas las regiones, describe con profusión su dieta, sus ropas, su religión, lengua y prácticas sexuales: le da la vuelta a la tortilla y utiliza ese testimonio para que el lector tome conciencia de la inmensa diversidad cultural que existe en la Humanidad.

    Aun así, estoy seguro que Heródoto –y también, cómo no, Kapuscinski-, se opondría a muchas prácticas que afectan gravemente a terceros (normalmente a los más indefensos) y que no nacen propiamente de la costumbre de una sociedad en concreto, sino de las imposiciones de algunas religiones monoteístas. El respeto hacia el otro comprende, en primer lugar, el respeto absoluto hacia la libertad de los demás.

  24. Rodrigo dice:

    Quise decir: difícil de aceptar desde fuera, por uno que estás imbuido de una cultura que considera aquella práctica como tabú. (Malditas prisas.)

  25. Clío dice:

    Sí, desde nuestras categorias morales o religiosas, es difícil de aceptar casos como el ejemplo que pones, pero ¿hemos de aplicarlas a culturas que no tienen o no creen en ellas? lo que para nosotros es motivo de rechazo para ellos es un homenaje, y me refiero a la anécdota que cuenta Antonio, la línea es tan sutíl….

  26. Rodrigo dice:

    Muy sutil, Clío; a veces demasiado sutil.

    Buen principio el que has asentado, Antonio. Ahora bien, el distingo entre lo que se debe a la costumbre y lo que se debe a los monoteísmos es otro cantar.

  27. Antonio Penadés dice:

    Ahí va otra cita muy curiosa de Heródoto, en este caso acerca de las costumbres de los egipcios (Hdt. II 35-36):

    “Tanto por razón de su clima, tan diferente a los demás, como por su río, cuyas propiedades tanto le distinguen de cualquier otro, distan los egipcios enteramente de los demás pueblos en leyes, usos y costumbres. Allí son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen, impeliendo la trama hacia la parte inferior de la urdimbre, cuando los demás la dirigen comúnmente a la superior. Allí los hombres llevan la carga sobre la cabeza y las mujeres sobre los hombros. Las mujeres orinan en pie, mientras que los hombres se sientan para ello. Para sus necesidades se retiran a sus casas y salen de ellas comiendo por las calles, dando por razón que lo indecoroso, por necesario que sea, debe hacerse a escondidas. Ninguna mujer se consagra sacerdotisa a dios o diosa alguna: los hombres son allí los únicos sacerdotes. En otras naciones dejan crecer su cabello los sacerdotes de los dioses; los de Egipto lo rapan a navaja. Señal de luto es entre los pueblos cortarse el cabello los más allegados al difunto, y entre los egipcios, ordinariamente rapados, lo es el cabello y barba crecida tras el fallecimiento de los suyos. Los demás hombres dejan sus partes naturales en su propia disposición, excepto los que aprendieron de los egipcios a circuncidarse. En Egipto usan los hombres vestidura doble y sencilla las mujeres. Sus vestidos son de lino y siempre recién lavados, pues la limpieza les merece un cuidado particular, siendo también ella la que les impulsa a circuncidarse, prefiriendo ser aseados que gallardos y cabales. Beben en vasos de bronce y los limpian y friegan cada día”.

    Cualquier griego que escuchara o leyera este testimonio alucinaría con los egipcios. Heródoto lo cuenta con todo el respeto del mundo; aunque, eso sí, seguro que hoy no aceptaría costumbres como la ablación, por mucho que sea un rito ancestral.

  28. Javi_LR dice:

    Ay ese texto, ¡qué texto! Qué recuerdos. Los relatos de Heródoto acerca de Egipto tienen un encanto especial.

    En cuanto al debate abierto, es muy complicado desde nuestro punto de vista analizar las costumbres con los mismos ojos con los que miraba Heródoto. Con frecuencia, nosotros nos movemos con categóricos morales que no existían para un griego de la mentalidad del de Halicarnaso. Ellos eran pesimistas, eran parte de un juego llamado mundo, inmersos en una lucha por ser dueños de su destino, un destino que se les escapaba y que marcaba todo, pero del cual eran responsables. Los dioses manipulaban aquel tablero a su antojo, y el hombre se sentía dueño sólo de lo que le rodeaba, de lo que veía, de lo que hacía, y a veces ni de eso. Para un griego de esta época, lo que le cercaba moralmente hablando era potencial, accesorio, sin proposiciones necesariamente verdaderas. La fuerza de la tragedia griega reside ahí mismo, en ese juego de dioses, destinos y contingencias; Esquilo le añadía a todo esto un aparato mitológico, unos cuantos héroes, etc., mientras que Heródoto incorporaba sólo lo que veía o indagaba.

    Sin duda, Heródoto hoy en día tacharía la ablación con términos absolutos, y muchas otras cosas, pero ya no sería Heródoto.

  29. Rodrigo dice:

    Entiendo, Javi. Ya no sería Heródoto, como cualquiera de nosotros no sería el mismo -ni lo serían las categorías cognoscitivas y valóricas que actualmente esgrimimos- en el contexto de Heródoto.

    Gracias a ambos por su contribución.

  30. Incitatus dice:

    Interesantísima reseña y comentarios, a los que como siempre llego tarde… enhorabuena Rodri por los debates que creas. Espero poder contruibuir más tarde

  31. Rodrigo dice:

    Vale, compañero.

  32. Antonio Penadés dice:

    Totalmente de acuerdo, Javi, con que nuestro categórico moral no existía en el siglo V a.C. Eso es muy importante. Sin embargo, en esa época ya hacía tiempo que en Jonia había nacido la individualidad, el pensamiento racional y los planteamientos protocientíficos. La tragedia griega hace referencia a tiempos remotos. Heródoto compartió esa parcela laica con un respeto absoluto a los dioses. Del mismo modo, creía que lo establecido por el destino (la Moira) estaba vedado incluso a la divinidad, pero a la vez seguía reservando un apartado para la actuación del hombre según su inteligencia y su estrategia. Parecen aspectos contradictorios, pero él supo mantener y defender con éxito la complejidad de su pensamiento.

  33. Javi_LR dice:

    Sí, completamente de acuerdo, Antonio; decimos casi lo mismo.

  34. Germánico dice:

    Sin duda, pues yo no entiendo nada de lo que decís.

  35. Javi_LR dice:

    Lógico. Somos «gringos».

  36. Javi_LR dice:

    (Este último comentario lleva el copyrigh de Curistoria)

  37. Germánico dice:

    Qué raritos sois… Por cierto, ¿debo romper el hiato de «sois», o simplemente no lleva tilde? Últimamente estoy con esa duda…

  38. Toronaga dice:

    Ryszard Kapuscinski, un genio.

  39. ARIODANTE dice:

    Estoy disfrutando muchísimo con la lectura de este libro. Ya me queda poco para acabarlo. Menos mal que te hice caso, Rodri, y lo compré. Es un encanto de lectura. Fresca y a la vez altamente reflexiva.

  40. Rodrigo dice:

    Qué bien, Ario, qué bien. Me alegra que te esté gustando.

  41. Santiago dice:

    Fue con este libro con el que me inicié a leer a Kapuscinski, comencé con «Viajes con Heródoto», «El emperador», «El imperio», también leí una entrevista que le hicieron en Letras Libres y que recomiendo. Y me gustaría leer a lo largo del año «El Sha» y «Ébano». También hay que decir que junto con este libro de «Viajes con Heródoto» y uno de los prólogos de «Biblioteca personal» de Borges, me animé a conseguir «Los nueve libros de la Historia» de Heródoto.
    Es difícil de calificar «Viajes con Heródoto», en realidad es un ensayo con dos líneas de desarrollo, los viajes en la carrera periodística de Kapuscinski y Heródoto, pero a esto hay que añadirle que tiene un gran discurso narrativo, así que en cierta forma tiene un cierto aire novelístico que ensayo, ya que en la narración el personaje se transforma, y aquí también él desde que comienza en Polonia hasta que viaja por el mundo. Sería un poco precipitado llamarlo narrativa de no ficción, o autobiografía, pero dejarlo en ensayo es quedarse corto. Es un gran libro.

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