STASILAND – Anna Funder

STASILAND – Anna Funder El de “estado policial” es otro de los nombres del régimen totalitario. Nombre, por cierto, cuyo sentido no remite de manera primordial a la existencia de un aparato policial de proporciones ciclópeas sino al cometido que la policía secreta asume en el marco del totalitarismo: controlar a la sociedad, vigilar la sujeción efectiva de la vida social a la disciplina ideológica y normativa del régimen totalitario. Tamaña función es congruente con la esencia del totalitarismo, que no se contenta con velar por las formas de la convivencia humana sino que procura imbuirla de un contenido específico, de modo que ella exprese la transformación del hombre conforme el modelo de sociedad postulado por el credo que inspira al régimen (cualquiera sea su eje articulador, el linaje étnico-racial, la nacionalidad o la categoría socioeconómica). Para cumplimentar este objetivo programático, el Tercer Reich no tuvo necesidad de un aparato policial gigantesco; en términos proporcionales, el tamaño de sus policías no era mucho mayor que el de las agencias equivalentes en los estados democráticos. La colaboración prestada por la población compensaba satisfactoriamente su relativa exigüidad. No cabe decir lo mismo de la Alemania comunista, en que la envergadura de la maquinaria policial sí cobró un carácter distintivo. La policía secreta de la RDA, la célebre Stasi (el apelativo corriente para el Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado), fue uno de los organismos de mayor tamaño de su especie en el mundo entero. Según Frederick Taylor, autor de El muro de Berlín (2006), el momento álgido de la expansión de la Stasi decuplicó el número máximo de agentes que llegó a tener la Gestapo, y esto para una población -la de la RDA- que no superó los 18 millones –mientras que la de la Alemania nazi era de 80 millones-. Ni hablar de los colaboradores no oficiales o informantes a tiempo parcial diseminados a lo largo y ancho de la sociedad: todo indica que su número fue también mucho mayor en la RDA que en el Tercer Reich. Los 91.000 agentes a tiempo completo que integraban la nómina de la Stasi en vísperas de su disolución, ocurrida en 1989, constituían una fuerza formidable de control e intimidación, una fuerza que para entonces había refinado al máximo sus métodos. Nada tiene de extravagante el que pudiera aplicarse a la RDA por mejor nombre el de “Stasiland”, tal como hizo la australiana Anna Funder.

Anna Funder (Melbourne, 1966) es una abogada y periodista que en los años 90 trabajó en el servicio internacional de la televisión pública de Alemania. De su empleo surgió la idea de realizar un reportaje sobre la Stasi, al que terminó dando forma de libro. ‘Stasiland: Stories from behind the Berlin Wall’ fue publicado en 2003 y cosechó un éxito inmediato. Se trata de una obra que recoge diversos testimonios sobre la vida en la RDA bajo la férula de la Stasi, comprendiendo tanto al bando de las víctimas de este organismo como al de los victimarios, el de los agentes e informadores del temido cuerpo de policía secreta. De la ominosa índole de “la Compañía” -uno de sus motes populares-, no quedan dudas. Al respecto escribe Funder que «la Stasi era el ejército interno mediante el cual ejercía el control el gobierno. Su función era saberlo todo sobre todo el mundo, valiéndose para ello de cualquier medio. Sabía quién venía a visitarte, sabía a quién llamabas por teléfono y sabía si tu esposa se acostaba con alguien. Era la metástasis de la burocracia en la sociedad de la RDA: abierta o veladamente, siempre había alguien informando a la Stasi sobre sus colegas y amigos, en cada escuela, en cada fábrica, en cada bloque de pisos, en cada bar». La invasión de la vida privada, una de las anomalías estándar y más pérfidas del estado policial, tuvo en la Alemania comunista un ejemplo supremo, quizá el más próximo al que imaginaran los mejores exponentes de la literatura distópica. Después de la reunificación de Alemania, los descomunales archivos de la disuelta Stasi («En sus cuarenta años -apunta Funder-, la Compañía generó el equivalente a todos los archivos históricos de Alemania desde la Edad Media») revelaron que la mayoría de los habitantes de la RDA habían sido objeto de espionaje, y que entre los confidentes se contaban numerosos cónyuges y familiares de los espiados. La intrusión del organismo en las honduras e intersticios de la sociedad germano-oriental alcanzó tales extremos que volvió de la suspicacia el elemento definidor de la atmósfera que a diario respiraban los habitantes del país. La cotidianeidad en sus más diversos planos estaba contaminada por la desconfianza; ni la amistad, ni la vecindad, ni las relaciones laborales, ni tan siquiera el círculo familiar: ninguna de las variantes de sociabilidad se libraba de la altísima probabilidad de hallarse viciada por la condición de delator de alguna de las partes. La sospecha generalizada pesaba como una losa, y solía sofocar los impulsos más generosos de la naturaleza humana. Uno de los acápites en que mayor énfasis pone el paradigma teórico del totalitarismo, la disolución de las fronteras entre las esferas pública y privada, llegó a ser en la Alemania oriental una realidad ferozmente opresiva.

Stasiland combina en una muy lograda forma los ingredientes del reportaje, la crónica y la literatura testimonial. No se oculta la autora tras la exposición de los hechos ni se limita a reproducir testimonios –a la manera de una Svetlana Alexiévich-; es un personaje más en una obra que expone al lector una buena parte de su proceso de gestación –en lo que Funder sigue la estela de insignes como Ryszard Kapuściński, Jon Lee Anderson y David Remnick-. Seguimos los pasos de Anna Funder en su recorrido por algunos de los escenarios de la opresión, lugares que dan cuenta de la vastedad y sombría condición del que fuera uno de los pilares del régimen comunista alemán. Hito señero del recorrido es el museo de la Stasi en Leipzig, en el edificio de una de las principales sedes del organismo. Compartimos el estupor de la escritora al enterarnos de lo que exhibe una de las vitrinas del museo: frascos vacíos, parecidos a los de mermelada, que originalmente contenían muestras de olor humano; los hombres de la Stasi las recogieron en gran cantidad, ilusionados con la idea de usarlos con sus perros rastreadores cada vez que se lanzaban –hombres y animales- a la persecución de los “enemigos del pueblo”. Nos invade también el escalofrío cuando ella visita los calabozos, las celdas de interrogatorio, las salas de tortura, hasta los numerosos e interminables corredores del edificio, suerte de senderos que conducían allí donde agonizaban las esperanzas… Acompañamos a Funder en su búsqueda de testigos y solidarizamos con sus impresiones ante las vidas quebradas que llega a conocer. Miriam es una de ellas. A fines de los 60, con apenas dieciséis años de edad, Miriam tuvo la osadía de distribuir octavillas de protesta antigubernamental. Apresada bien pronto, comenzó así una trayectoria de desigual pulso con la seguridad estatal, surcada de interrogatorios, condenas a prisión, un intento frustrado de fuga a Occidente y el episodio más aciago de todos: la muerte de su joven esposo a manos de la Stasi, en 1980. Fue finalmente deportada poco antes de la caída del muro de Berlín. Retornada a Leipzig en los 90, su mayor aliciente vital era conocer las circunstancias del fallecimiento de Charlie, su marido, para lo que ponía todas sus expectativas en el ímprobo esfuerzo de las llamadas “mujeres puzzle”: mujeres que con pasmosa laboriosidad reconstituían los archivos de la Stasi, reducidos a tirillas de papel y acumulados en cantidad de sacos (unos 15.000 de ellos) poco después de decretada la disolución de la entidad.

En su registro a medias periodístico y a medias literario, el libro captura el estado de ánimo de la sociedad germano-oriental tras décadas de represión totalitaria. La atmósfera gris, plúmbea, enrarecida de esa sociedad queda reflejada en cada página de Stasiland, lo mismo que su trasfondo esperpéntico, propio de un país en que el discurso oficial carecía de todo asidero, de toda conexión con la realidad. El régimen proclamaba que los alemanes orientales carecían de cualquier vinculación con el pasado nazi; que en la RDA operaba el multipartidismo; que el sistema de justicia gozaba de plena autonomía; que los sindicatos, las asociaciones gremiales y los medios de comunicación eran libres; que la salud y la educación eran los mejores del mundo; que no había paro, ni prostitución, ni delincuencia juvenil ni ninguna de las lacras que afectaban a las economías capitalistas. Escindido entre una imagen oficial resplandeciente y una realidad opaca y asfixiante, ese era el país que la Stasi se esforzaba en perpetuar, sosteniendo el régimen a falta de conductores competentes y de recursos honestos. Cuatro décadas de despotismo, de políticas fracasadas y de falacias sistemáticas habían hecho de la ideología una patraña grotesca, aunque su utilidad como dispensador de pretextos para quienes sirvieron al régimen sobrevivió a la caída del mismo. Uno de los entrevistados por Funder es un antiguo rostro televisivo, un hombre de familia acomodada que por convicción adhirió al comunismo, conduciendo durante largos años un programa de televisión que se alzó como una de las principales bazas propagandísticas del gobierno de la RDA. Aborrecidos el programa y su conductor por muchos de los germano-orientales, el individuo se toma cada palabra de la periodista como una provocación y a modo de respuesta brama contra el Occidente con el lenguaje estereotipado de los años de la Guerra Fría -los mismos gastados clichés, los tan rancios eslóganes-. Pobre mente contumaz, osificada en una ideología desvencijada, justo como el régimen cuyo colapso no alcanza a comprender.

“Para que todo el mundo pueda entender un régimen como el de la RDA hay que contar las historias de la gente de a pie –dice una de sus interlocutoras a Anna Funder-. No solo las de los activistas o las de los escritores famosos. (…) Lo importante es cómo se las apañaba la gente corriente en el pasado”. Stasiland satisface con largueza esta demanda, además de hacer gala de un estimable valor literario. En conjunto, una lectura de sumo interés.

– Anna Funder, Stasiland: Historias tras el muro de Berlín. Roca Editorial, Barcelona, reimpresión de 2012. 320 pp.

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10 Respuestas a “STASILAND – Anna Funder”

  1. Urogallo Dice:

    Mi eterna lectura pendiente. Ellos habitaban un mundo moral de su propiedad

  2. Rodrigo Dice:

    Pues ya te demoras…

    Hace unos días volví a ver La vida de los otros. No recordaba que, al inicio de la película, hay una referencia explícita a la técnica de recogida de olores. Curioso asunto.

  3. asiriaazul Dice:

    Buena reseña Rodrigo, para un libro mas que recomendable sobre la materia. Leído el año pasado como lectura durante un viaje a Berlín, aún sorprende pensar que tal sistema de control sobre las personas e ingeniería social estaba vigente hasta hace pocos años en el continente europeo.
    Muy buena también la película La vida de los otros, perfecto complemento para el libro.

  4. Rodrigo Dice:

    Tú lo has dicho: se complementan muy bien, libro y película.

    Gracias, Asiriazul.

  5. Weiss Dice:

    Lo leí hace un par de años y es un libro bastante interesante. Quizás en algunos momentos flojea no por los testimonios / historia sino por el pulso narrativo de la autora.

    Un libro bastante recomendable

  6. Rodrigo Dice:

    Cuestión de gustos, ya se sabe… Precisamente el pulso narrativo me parece uno de los puntos fuertes del libro.

    Estamos de acuerdo en considerarlo recomendable. No es poco.

  7. APV Dice:

    Interesante.
    A fines de los 80 la Stasi como la KGB se habían convertido en excelentes máquinas para reunir información, pero al mismo tiempo tan burocratizadas que eran incapaces de usar esa información.
    El hecho es que lo de 1989 les desbordó y no se enteraron hasta el fin de como se hundía el barco (a la CIA le pasó algo similar).

    A partir de ahí tratar de salvar los muebles de manera personal (sobre todo ciertos fondos).

  8. Rodrigo Dice:

    Cierto.

    El modo en que se desencadenó el proceso que daría con el derribo del muro -y todo lo que siguió- dice mucho de la ineptitud de los servicios de inteligencia.

  9. Toni Dice:

    Hola Rodrigo. Acabo de leer tu reseña y me apunto el libro.

  10. Rodrigo Dice:

    No habrá pérdida, Toni. Ya lo verás.

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