SIN NOVEDAD EN EL FRENTE – Erich Maria Remarque

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE - Erich Maria RemarqueEn la portada del libro figura una ilustración y esa ilustración me apena, porque contiene el rostro de un joven, un muchacho, vestido con uniforme militar y me pregunto: ¿por qué? Porque a ese muchacho , al igual que a otros más que él le han partido la vida, le han partido sus ilusiones, le han partido su porvenir. Y cuando lo leo,  por momentos me llena de angustia, de ansiedad, de tensión, hasta de preocupación y tristeza porque no es justo que los acontecimientos que en él se narran tenga que vivirlos y sufrirlos este muchacho, y todos los que con él están,  en una trinchera donde viven el día a día y lo viven con la incertidumbre de si verán un nuevo amanecer.

Sin novedad en el frente (All quiet in the Western front), fue escrita por Erich Maria Remarque, pseudónimo de Erich Paul Remark (Osnabrück 1897 – Locarno 1970). El autor dice de su obra: «no pretende ser ni una acusación ni una confesión, solo intenta informar sobre una generación destruida por la guerra, totalmente destruida, aunque se salvase de las granadas». Publicada en Alemania en 1929, ya en ese mismo año se habían vendido un millón y medio de ejemplares, nada menos. También se había traducido a veintiséis idiomas. Hasta la fecha se han publicado ediciones en cincuenta idiomas y se llevan vendidos unos veinte millones de ejemplares.  En 1931 publicó la que sería continuación de este best-seller, El regreso, en la que escribe sobre la vivencias de los protagonistas supervivientes de la primera novela durante la posguerra. En 1933 ambas novelas fueron pasto de las llamas durante las quemas de libros que tuvieron lugar en varias ciudades alemanas, junto con obras de otros autores y artistas como Heinrich, Thomas Mann y otros, acusados de atentar contra el llamado «espíritu alemán», por los nazis, bien por ser judíos o por sus ideas contrarias al régimen.

Dice la leyenda negra que circuló durante algún tiempo sobre este autor que su verdadero apellido era  Kramer (Remark al revés), siendo esta un bulo nazi para asegurar que el escritor, censurado por Adolph Hitler, no constara que había estado en la guerra al mismo tiempo que lo tachaban de judío, hechos ambos falsos.

Se han filmado dos versiones de la novela de Remarque: una en 1930 (una joya del cine mudo), dirigida por Lewis Milestone y otra en 1979, esta por Albert Mann. La primera de ellas es la más real de las dos y se ha ganado la vitola de ser considerada una de las mejores películas antibelicistas de todos los tiempos.

Paul Baümer nos relata en primera persona, y como parte activa de la misma, ya que no sabe lo que va a ir sucediendo a lo largo de los doce capítulos de que consta esta obra, sus vivencias en el Frente Oeste abierto por los alemanes a donde es enviado a luchar contra el enemigo. Son realmente niños pero se dan cuenta de cómo va cambiando su personalidad a lo largo de todo el relato pues pasan de ser lo que realmente son a convertirse en verdaderos hombres. Paul Baümer, podría decirse que es su alter ego, (el autor participó en la contienda y resultó herido) llegará a decir: «Juventud de hierro. ¿Juventud? Ninguno de nosotros tiene más de veinte años, pero no somos jóvenes. Nuestra juventud… Estas cosas son ya agua pasada… Somos viejos muy viejos».

A mi modo de ver hay un momento espeluznante en el que Paul Baümer expresa su remordimiento ante lo que acaba de hacer, en el que acaba de matar a un soldado francés: «Tan sólo ahora comprendo que eres un hombre como yo. Pensé entonces en tus granadas de mano, en tu bayoneta, en tu fusil… Ahora veo a tu mujer, veo tu casa, lo que tenemos de común. Perdóname camarada. Siempre nos damos cuenta demasiado tarde de las cosas. ¿Por qué no nos dicen continuamente que vosotros sois unos infelices como nosotros, que vuestras madres viven en la misma angustia que las nuestras y que tenemos el mismo miedo a morir, el mismo agonizar, los mismos dolores?…» (p. 195).

El lenguaje de la novela es coloquial, el de los soldados, o sea, los incorporados a filas venidos de la vida civil, pues así con él puede expresar ideas claras además de los términos propios que se emplean habitualmente en el ejército. Esas ideas las expone mediante formas como el diálogo, la narración, descripción y hasta en algunas ocasiones el monólogo, usando también ciertas notas de ironía como cuando le preguntan los compañeros cómo está y les responde. «Bien, bastante bien, si no fuese por estos terribles dolores en el pie» (p. 16) o  metáforas «la venganza es como una longaniza» (p. 45).

Es una novela que impone, pues el autor denuncia en ella los estragos que ocasiona entre los soldados que van al frente enviados allí engañados para defender el patriotismo, pero lo que realmente les espera es el horror, el drama, la muerte. Los soldados, según Remarque, no luchan por su país, luchan por sobrevivir, sea como sea, deseando que esa locura se acabe para volver a casa, a su hogar, a seguir con la vida que habían planeado tener. Desean, en definitiva, la paz, porque la guerra en sí solo va a dejar marcados a una generación de jóvenes que son enviados a ellas por la autoridad que se lo obliga diciéndoles que es un deber suyo con la patria pero la triste realidad es que son enviados a una muerte de las que pocos se van a librar. Son enviados por la jerarquía, por el mando pero tanto ellos como los soldados enemigos son solo víctimas. Pero, a pesar de que impone, la recomiendo pues nos invita a la reflexión, a pensar que toda guerra que hubo, hay o habrá, son un sinsentido y el único fin de ellas es la destrucción del hombre por el hombre y, lo más triste, es que siempre habrá alguien que saque provecho de ellas. Recomendable por su fácil lectura.

Sin novedad en el frente,
de Erich Maria Remarque
Encuadernación en rústica
Ediciones íntegras ilustradas
Editorial Bruguera. Colección Club Joven, 52.
Año 1981.
Traducido del Alemán por Serrat Crespo, Manuel
Barcelona. 17×10 cm. 256 páginas.

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62 Respuestas a “SIN NOVEDAD EN EL FRENTE – Erich Maria Remarque”

  1. Galaico Dice:

    Te comprendo, Koening, y tienes toda la razón. Mejor no entrar al trapo. El acaloramiento no lleva a ningún sitio, desde luego, pero hay personas que así no lo entienden. Tienes toda la razón. Saludos. El debate es buena armonía y nada más. De eso es de lo que estamos tratando de hacer aquí.

  2. Elena Dice:

    Galaico, estupenda reseña de este maravilloso libro de mi escritor favorito.
    Todos sus libros son una joya. Aparte de los ya citados, son sobresalientes: “Arco de Triunfo”, “El obelisco negro” y “Una noche larga”.
    Cualquiera de sus libros, tienen frases filosóficas entre sus párrafos que son memorables. No sé cómo serán en alemán, pero en las traducciones sus letras me fascinan, por todos los plantamientos que hace, entre las pre-guerras, las guerras y las post-guerras, de lo vivido por un simple alemán (un ser humano cualquiera) víctima de esas situaciones.
    Tal vez sea mi escritor favorito por su sencillez al escribir, con una profundidad asombrosa, sobre los verdaderos valores de la vida y el sufrimiento humano causado por las guerras.
    En “El Obelisco negro” deja salir parte de su sentido del humor, también genial.
    No hay libro de él que no te atrape. Todos te dejan pensando mientras los lees y después de leídos, puesto que cada uno de ellos es pura filosofía sobre la vida desde diferentes tramas.
    Recuerdo, y creo que es en “Una noche larga”(no estoy segura), una frase que dice: “¿Qué es una larga vida? Una larga vida no es más que tener un largo pasado”. Me pareció la mejor explicación que puede existir de lo que es vivir mucho.
    Me ha alegrado mucho leer tu excelente reseña.

  3. Galaico Dice:

    Gracias, Elena. Desde luego, Remarque es un genio. Sin novedad en el frente es una gran novela. Te metes de pleno en la obra y te vas dando cuenta de cómo van evolucionando esos jóvenes a los que les han partido la vida. Veo que eres una fiel seguidora de sus obras. No es para menos. Y las frases que utiliza son para enmarcar, como la que tú recuerdas. Casi nada. Saludos.

  4. Elena Dice:

    La verdad, Galaico, es que uno se mete de lleno en sus obras. Ni sobran ni faltan detalles para que el lector viva esas situaciones. Todas sus tramas contienen planteamientos muy profundos en donde los protagonistas están en ángulos diferentes de las situaciones. Sucesos que se siguen viviendo y que hacen al lector pensar y analizar muchas cosas.
    Posiblemente “Sin novedad en el frente” sea su obra más conocida, mas también abarca una serie de conflictos humanos en las otras. Cuando puedas, lee esas que cité, te gustarán.

  5. Antonio Dice:

    Buenas tardes:

    Creo que no debo dar pábulo a continuar con esta conversación por este camino, así es que le ruego retire mi último comentario, sin más.

    Atte.

  6. Javi_LR Dice:

    Lo siento, Antonio, de veras. Agradezco la comprensión.

    Un saludo y gracias.

  7. Antonio Dice:

    Muchas veces termino mis mensajes con la palabra “humildemente” y no lo hago sin sentido, sino para mostrar mi respeto a los demás y para dar a entender que yo mismo puedo ser amonestado como todo el mundo, faltaría más: sólo que le agradezco la oportunidad de autocorrección que me ha dado.

    No lo lamente hombre.

  8. Javi_LR Dice:

    Pues esto le da más lustre aun al hilo, Antonio. Ahora lo que agradezco es tu generosidad. Esto es Hislibris en estado puro.

  9. APV Dice:

    Del estilo habría que mencionar Un año en el altiplano de Emilio Lussu de la década de los 30 y que por razones obvías se publicó fuera de Italia.
    Precisamente hace un año lo editaron en castellano.

  10. cavilius Dice:

    Imprimid esto. Y leedlo. Es el capítulo sexto de esta obra. Vale la pena.

    CAPÍTULO SEXTO
    De boca en boca va corriendo la voz de que se prepara una ofensiva. Partimos hacia el frente dos días antes de lo previsto. Por el camino pasamos delante de una escuela devastada por los obuses.
    Arrimados a ella, a lo largo de la pared frontal, se levanta un doble muro, muy alto, de ataúdes en madera clara, nuevos y sin pulir.
    Huelen todavía a resina, a pino, a bosque. Como mínimo hay cien.
    —Está bien preparada la ofensiva —dice Müller, maravillado.
    —Son para nosotros —murmura Detering.
    —No digas tonterías —le interrumpe Kat.
    —Ya puedes estar contento si a ti también te toca uno —dice Tjaden, riendo irónicamente—. No vaya a ser que para cubrir tu facha de muñeco de pim-pam-pum, se contenten con envolverla en una lona.
    Los demás también dicen tonterías y gastan bromas pesadas, pero, ¿cómo podríamos privarnos de ello? Los ataúdes son, efectivamente, para nosotros. En estas cosas, la organización funciona a las mil maravillas.
    Por todas partes, delante de nosotros, se oyen rumores. La primera noche intentamos orientarnos. Como que el sector está bastante tranquilo, podemos escuchar el rodar de los transportes, detrás del frente enemigo, interrumpido hasta la madrugada. Kat dice que no es que evacuen sino que traen tropas; tropas, municiones, cañones.
    La artillería inglesa ha sido reforzada, nos damos cuenta en seguida. A la derecha de la alquería hay, como mínimo, cuatro baterías más del 20,5 y detrás del tronco del chopo han emplazado lanzaminas. Además, han traído gran cantidad de estos pequeños monstruos franceses con espoleta de percusión.
    Estamos deprimidos. Dos horas después de haber entrado en los refugios subterráneos, nuestra propia artillería nos bombardeaba las trincheras. Es la tercera vez en cuatro semanas. Si fuera un error de puntería nadie se quejaría, pero esto sucede porque los tubos de los cañones están desgastados; los obuses se pierden por nuestro sector de tan imprecisos como son, a veces, los disparos. Esta noche, dos hombres caen heridos por esta causa.
    El frente es una jaula en la que se ha de aguardar, nervioso, lo que sucederá. Estamos detrás de las rejas que forman la trayectoria de las granadas y vivimos en la tensión de la incertidumbre.
    El azar planea sobre nuestras cabezas. Cuando llega un obús puedo agacharme, pero nada más; el lugar en que caerá no puedo ni conocerlo ni cambiarlo.
    Este azar es el que nos hace indiferentes. Hace unos meses estaba en un refugio subterráneo, jugando a las cartas; al cabo de un rato me levanté y fui a visitar a unos amigos, en otro refugio. Cuando volví, del primero no quedaba nada; lo había destrozado un obús de gran calibre. Regresé de nuevo al segundo refugio y llegué tan sólo a tiempo de ayudar a desenterrarlo. En el intervalo lo había hundido una explosión.
    Tanto puedo ser herido por azar como por azar conservar la vida. En un refugio hecho a prueba de bombas puedo quedar destrozado y, en campo raso, puedo permanecer diez horas seguidas bajo el fuego graneado sin que me produzca ni un simple arañazo. No es sino por simple azar que el soldado conserva la vida. Y cada soldado cree y confía en el azar.
    Debemos vigilar nuestro pan. Las ratas se han multiplicado mucho en estos últimos tiempos, desde que las trincheras no están ya tan bien ordenadas. Detering pretende que esto es una señal inequívoca de que habrá serenata.
    Las ratas aquí resultan singularmente repugnantes porque son muy grandes. Son de las llamadas «ratas de cadáver». Tienen una cara abominable, maligna, completamente pelada, puede cogeros náusea sólo con ver sus largas colas desnudas.
    Parecen tener mucho hambre. Han roído el pan a casi todos, Kropp ha envuelto el suyo con una lona y se lo ha puesto como almohada, pero no puede dormir porque las ratas le corren por el rostro para llegar hasta él. Detering quiso hacer el pillo; ató un alambre al techo y colgó de él su paquete de pan. Cuando por la noche encendió su lámpara de bolsillo pudo darse cuenta de que el paquete oscilaba. Una rata enorme cabalgaba encima.
    Tomamos finalmente una decisión. Recortamos con cuidado los trozos de pan que han sido roídos por las ratas; tirarlo todo no podemos hacerlo de ninguna manera porque sino no tendríamos nada que comer mañana.
    Las rebanadas que hemos cortado se amontonan en el centro del refugio. Cada uno coge su pala dispuesto a pegar. Detering, Kropp y Kat preparan sus linternas.
    A los pocos instantes oímos ya mordiscos y tirones. Van en aumento, delatan un sinfín de minúsculas patitas. Entonces brillan repentinamente las lámparas y todos golpeamos a un tiempo sobre el negro montón movedizo que se deshace chillando. La cosa ha funcionado. Con la pala tiramos los pedazos de rata por encima del parapeto y nos preparamos de nuevo.
    El truco tiene éxito algunas veces más. Después las ratas ya no vuelven, sin duda, porque han sospechado algo o porque huelen la sangre. Sin embargo, a la mañana siguiente nos damos cuenta de que ha desaparecido el pan que había quedado en el suelo.
    En el sector vecino, las ratas han atacado a dos grandes gatos y a un perro. Los han matado a mordiscos y se los han comido.
    A la mañana siguiente nos dan queso holandés. Reparten casi un cuarto de bola a cada uno. Por una parte, esto va bien porque el queso es gustoso y alimenticio, pero por la otra, no nos acaba de gustar, pues hasta ahora, estas bolas rojas han sido siempre el indicio de que habrá mucho jaleo. Nuestro presentimiento se acentúa cuando reparten aguardiente. De momento nos lo bebemos, pero no estamos de buen humor.
    Pasamos el día organizando concursos de tiro a las ratas y paseando de un lado a otro. Nos aumentan las provisiones de cartuchos y de granadas de mano. Nosotros mismos revisamos las bayonetas. Algunas de estas armas tienen, además del filo, el anverso trabajado en forma de sierra. Cuando los de aquí enfrente cogen a alguien que la lleva, le zumban sin compasión. En el otro sector encontraron a algunos de los nuestros con la nariz cortada y los ojos pinchados con sus propias bayonetas. Después les habían llenado la boca de serrín y así les ahogaron.
    Algunos reclutas todavía llevan este tipo de machetes, los tiramos y los remplazamos por otros. De todas maneras, la bayoneta ha perdido importancia. En los ataques se suele preferir una pala y las granadas de mano. La pala, bien afilada, es un arma más ligera y con más aplicaciones. Sirve no sólo para clavarla bajo la barbilla del adversario, sino también para dar grandes tajos; tiene un buen golpe, especialmente si pegáis en diagonal y le acertáis entre el cuello y la espalda, podéis abrirlo con facilidad hasta medio pecho. La bayoneta cuando se clava suele encallarse; entonces es preciso poner el pie sobre el vientre del caído y apretándole con fuerza dar un buen tirón hacia arriba para poder sacarla. Mientras, es posible que ya os hayan arreado. Además, la bayoneta suele romperse con facilidad.
    Por la noche resuenan los avisos de: ¡Gas! Estamos aguardando el ataque y nos tendemos con las máscaras colocadas, dispuestos a sacárnoslas tan pronto como se presente la primera sombra.
    Amanece sin que haya sucedido nada. Tan sólo aquel rodar ininterrumpido de aquí enfrente, que llega a atacarnos los nervios.
    Trenes, trenes, camiones, camiones. ¿Qué diablos deben estar concentrando? Nuestra artillería los cañonea sin cesar, pero siguen, siguen sin detenerse.
    Tenemos los rostros cansados y no nos atrevemos ni a mirarnos mutuamente.
    —Será como en Somme. Después tuvimos siete días y siete noches de bombardeo continuo —dice Kat, sombrío.
    No gasta bromas desde que estamos aquí, y esto es una mala señal, porque Kat es un gato viejo y huele las cosas. Sólo Tjaden está contento con las buenas raciones y con el ron; incluso opina que regresaremos tranquilamente, igual como hemos venido, sin que suceda absolutamente nada.
    Casi puede parecerlo. Pasa un día y después otro… Por la noche estoy de centinela sentado en un pozo de observación. Por encima de mí suben y caen cohetes y paracaídas luminosos. Estoy atento, excitado, mi corazón late con fuerza. A cada momento miro la esfera luminosa de mi reloj, la aguja parece inmóvil. El sueño se cuelga de mis párpados, muevo los dedos del pie, dentro de las botas, para mantenerme despierto. Hasta la hora del relevo no sucede nada; tan sólo continuamente el rumor sordo del otro lado. Poco a poco nos tranquilizamos y nos ponemos a jugar a las cartas… Quizá tendremos suerte.
    El cielo está poblado de globos cautivos. Se dice que los de enfrente han traído incluso tanques y que la aviación de combate cooperará también en el ataque… Sin embargo, esto nos interesa menos que lo que cuentan de los nuevos lanzallamas.
    Nos despertamos en plena noche. La tierra resuena sordamente. Sobre nuestras cabezas hay un terrible bombardeo. Nos apiñamos, unos sobre otros, en los rincones. Pueden distinguirse obuses de todos los calibres.
    Cada uno palpa sus cosas y se asegura, a cada momento, de que lo tiene todo. El refugio tiembla. La noche es sólo un trueno y un relámpago. Nos miramos al fulgor de las explosiones, y con la cara pálida y los labios prietos, movemos tristemente las cabezas.
    Sentimos en nuestra propia carne los pesados proyectiles que se llevan, trozo a trozo, el parapeto, remueven furiosamente la tierra de las rampas y destrozan los bloques superiores, de cemento armado. Escuchamos el choque sordo y rabioso, parecido al zarpazo de una fiera, que se produce cuando el obús cae en la trinchera. Por la mañana algunos reclutas tienen la cara verde y vomitan. Son demasiado inexpertos todavía.
    Lentamente, una asquerosa luz gris que hace empalidecer el fulgor de los estallidos va filtrándose por las galerías. Ha amanecido.
    Se mezclan ahora, con el fuego de la artillería, las explosiones de las minas. Producen una conmoción de locura. Donde caen se abre una fosa común.
    Salen los que van a hacer el relevo; los observadores entran tambaleándose, llenos de barro; tiemblan. Uno de ellos se tiende en silencio, en un rincón, y se pone a comer; el otro, un reservista, solloza; la presión del aire lo ha lanzado dos veces por encima del parapeto sin ocasionarle nada más que un ataque de nervios.
    Los reclutas se lo miran. Eso se contagia con rapidez; hemos de tener cuidado. Algunos labios ya empiezan a temblar. Es bueno que se haga de día; quizás el ataque se efectúe esta misma mañana. El fuego no disminuye. Se extiende también a nuestras espaldas. Por todas partes brotan surtidores de barro y metralla. La artillería cubre una zona muy vasta.
    El ataque no empieza, pero el fuego sigue siendo intenso. Poco a poco vamos ensordeciendo. Apenas habla nadie. Tampoco le oiríamos.
    Nuestra trinchera ha sido casi destruida. En muchos lugares sólo alcanza medio metro de altura. Está llena de agujeros, de embudos, de montones de tierra. Estalla una granada delante mismo de nuestra galería. Quedamos a oscuras. Hemos quedado sepultados y debemos desenterrarnos. Al cabo de una hora, la entrada queda de nuevo expedita y nosotros estamos algo más calmados porque hemos tenido en qué ocuparnos.
    El comandante de nuestra compañía entra a gatas y nos comunica que dos refugios han sido totalmente destruidos. Los reclutas se tranquilizan al verle. Dice que hoy por la noche intentarán traernos víveres.
    Esas palabras tienen un sonido consolador. Nadie había pensado en ello, si exceptuamos a Tjaden. Así, pues, recibiremos algo del exterior; si pueden llegar con los víveres es que la cosa todavía no anda tan mal, piensan los reclutas. No queremos desengañarlos; nosotros sabemos que la comida es tan importante como las municiones y que es únicamente por esto por lo que intentarán traérnosla.
    Sin embargo, no lo consiguen. Sale una segunda expedición.
    Regresa también sin nada. Lo intenta, finalmente Kat, y ha de volver sin haberlo logrado. Nadie puede pasar; no existe una cola de perro tan delgada como para escapar a un fuego semejante.
    Nos apretamos algo más el cinturón y cada mordisco al pedacito que nos queda lo masticamos tres veces. Pero no es suficiente; tenemos una formidable gazuza. Ya voy reservándome un cuscurro; me como la miga y guardo la corteza en el morral. De vez en cuando la roo un poco.
    La noche es insoportable. No podemos dormir; miramos fijamente hacia adelante y dormitamos.
    Tjaden lamenta que malgastáramos para matar ratas aquellos pedazos de pan roídos. Hubiéramos debido guardarlos cuidadosamente. Ahora se los comerían todos. También nos falta agua, pero no es aún tan urgente.
    Al amanecer, cuando todavía está oscuro, se produce un momento de emoción. Por la entrada se precipitan unas cuantas ratas que saltan y empiezan a trepar por las paredes. Las lámparas de bolsillo iluminan la confusión. Todo se llena de gritos, maldiciones y golpes. Es una descarga de la rabia y la desesperación acumuladas durante tantas horas, la que ahora estalla. Las caras están crispadas, los brazos golpean, los animales chillan; nos cuesta trabajo detenernos, casi nos hubiéramos agredido los unos a los otros.
    Esta excitación nos ha agotado. Nos tumbamos nuevamente y aguardamos. Es un milagro que en nuestro refugio no se haya producido todavía ninguna baja. Es uno de los pocos que todavía se mantienen en pie.
    Entra un cabo. Trae pan. Tres soldados han conseguido atravesar, por la noche, la línea de fuego y han vuelto con algunas provisiones. Han contado que el fuego, sin decrecer, ni un momento, llega hasta las posiciones de la artillería. Es un enigma de dónde han podido sacar tantos cañones los de aquí delante.
    Hemos de aguardar, aguardar. A mediodía ocurre lo que me temía. Uno de los reclutas sufre un ataque. Ya hacía rato que observaba cómo le crujían los dientes, inquieto, y cómo abría y cerraba los puños. Conocemos en exceso estos ojos asustados que parecen querer saltar de la cabeza. Hace poco rato estaba aparentemente tranquilo. Se hundía por dentro como un árbol podrido.
    Ahora se levanta, se desliza, arrastrándose a escondidas, a través de la galería, se para unos momentos y luego corre hacia la salida. Le pregunto: — ¿Dónde vas? —Vuelvo en seguida —responde intentando pasarme delante.
    —Espera todavía un poco que el fuego disminuirá. Escucha con atención y su mirada brilla, un momento, con lucidez. Después, de nuevo, tiene el turbio estallido de un perro rabioso; calla y me empuja hacia un lado.
    —Aguarda un minuto, camarada —grito. Kat se da cuenta, y en el momento en que el otro me empuja, él lo coge por detrás y lo sostenemos fuertemente entre los dos.
    Empieza a gritar enseguida: — ¡Dejadme! ¡Dejadme! ¡Quiero salir de aquí! No escucha a nadie y golpea a diestro y siniestro. Tiene la boca babeante y se atraganta con palabras sin sentido que suelta a borbotones, comiéndose la mitad. Es un ataque de terror de la trinchera. Tiene la impresión de que aquí se está ahogando y sólo siente un ansia: huir.
    Si lo dejáramos correría hacia cualquier parte sin cubrirse. No sería el primero.
    Como sigue furioso y los ojos empiezan a darle vueltas en las órbitas, no tenemos más remedio que atizarle un poco para que se ponga en razón. Lo hacemos de prisa y sin piedad; conseguimos así que, por el momento, vuelva a sentarse tranquilo. Los otros han palidecido al verlo; supongo que les servirá de lección. Un fuego tan intenso es demasiado para estos pobres muchachos; han pasado directamente del campo de instrucción a un infierno que haría encanecer a un veterano.
    El aire es irrespirable y esto nos ataca más todavía los nervios.
    Estamos sentados como en nuestra tumba y tan sólo aguardamos una cosa: quedar enterrados.
    De pronto, un aullido y un relámpago extraordinarios lo llenan todo; el refugio cruje por todas sus junturas bajo la explosión de un obús. Afortunadamente, era ligero; los bloques de cemento han resistido. Se oye un espantoso tintineo metálico, las paredes tiemblan, vuelan fusiles y cascos, barro y polvo. Entra una humareda sulfurosa. Si en vez de estar en este refugio tan recio hubiéramos estado en otro más débil, como los que construyen ahora, nadie de nosotros habría sobrevivido.
    Sin embargo, el efecto producido es lamentable. El recluta de antes vuelve a gritar como un loco y se le añaden otros dos. Uno de ellos se escapa y huye corriendo. Tenemos demasiado trabajo con los que quedan. Yo me lanzo detrás del fugitivo y pienso si debo dispararle a las piernas; pero algo silba, me echo al suelo, y cuando me levanto, la pared de la trinchera está llena de pedazos de metralla caliente, trozos de carne y restos de uniforme adheridos. Regreso.
    El primero parece haberse vuelto loco realmente. Si lo soltamos se lanza de cabeza contra el muro, con la furia de un macho cabrío.
    Por la noche tendremos que intentar llevarle a retaguardia. De momento lo atamos de manera que podamos soltar rápidamente sus ligaduras en caso de ataque.
    Kat propone jugar a las cartas. ¡Qué hacer, si no! Quizás así el tiempo transcurra más de prisa. ¡Pero, no! Atendemos a cada obús que cae cerca y nos equivocamos al contar las bases o no jugamos al palo que corresponde. Tenemos que dejarlo. Parece que estemos sentados en el interior de una caldera de gran sonoridad encima de la que están dando furiosos golpes por todos lados.
    Todavía otra noche. La extrema tensión nerviosa nos sume en una obtusa impasibilidad. Es una tensión mortal, como si con un cuchillo mellado os rascasen, de arriba abajo, toda la medula espinal.
    Las piernas ya no nos sostienen, las manos tiemblan, el cuerpo no es ya más que una delgada piel sobre un delirio apenas contenido, sobre un aullido sin fin que sube por nuestra garganta a punto de estallar.
    No tenemos ya ni carne ni músculos; no nos atrevemos ni a mirarnos por temor a algo desconocido. Apretamos los labios e intentamos pensar: «Esto pasará… Esto pasará… Tal vez salgamos de ésta todavía.» De repente, dejan de caer obuses a nuestro alrededor. El fuego continúa, pero ha avanzado un poco; nuestra trinchera está libre.
    Tomamos las granadas de mano, las tiramos delante del refugio y saltamos fuera. Aquel terrible bombardeo ha cesado, pero ahora efectúan, a nuestras espaldas, un intenso fuego de bloqueo. Ya está aquí el ataque.
    Nadie podría creer que en este desierto removido quedaran hombres; pero ahora emergen de todas las trincheras los cascos de acero y a cincuenta metros de nosotros han emplazado ya una ametralladora que empieza a crepitar en seguida.
    Las defensas de alambre están destruidas, pero todavía pueden contener un poco. Vemos acercarse a los atacantes. Nuestra artillería relampaguea. Matraquean las ametralladoras y crepitan los fusiles.
    Los del otro bando se esfuerzan por avanzar. Haie y Kropp comienzan a lanzar granadas de mano. Haie alcanza hasta sesenta metros y Kropp hasta cincuenta; eso está comprobado y es muy importante.
    Los de enfrente no podrán hacernos demasiado daño hasta que no estén a menos de treinta metros. Reconocemos las caras contraídas, los cascos planos: son franceses. Llegan a los restos de las defensas de alambre y tienen ya bajas visibles. La ametralladora que está cerca de nosotros ha segado toda una fila; después tenemos muchas dificultades para disparar y pueden acercarse más. Veo a uno que cae en la trampa de un pozo con el rostro hacia arriba. El cuerpo se hunde como un saco, pero las manos quedan colgadas del alambre como si quisiera orar. Después el cuerpo se le separa totalmente y cae dentro, sólo quedan las manos seccionadas por las balas, colgadas del alambre con colgajos de carne de los brazos.
    Cuando nos disponemos a retroceder emergen, delante de nosotros, tres rostros. Bajo uno de los cascos aparece una barbita negra, puntiaguda y dos ojos que me miran fijamente. Levanto la mano, pero me es imposible lanzar la granada en dirección a estos ojos singulares. Durante un instante de locura, la batalla gira como un torbellino alrededor de mí y de los ojos, únicos puntos inmóviles; después, delante de mí, la cabeza se levanta, veo una mano, un movimiento y en seguida mi granada vuela hacia allí.
    Retrocedemos corriendo mientras lanzamos alambre de púas dentro de las trincheras y disponemos granadas a punto de estallar que nos guardan las espaldas con sus explosiones. Desde la cercana posición, las ametralladoras siguen disparando.
    Nos hemos convertido en animales peligrosos. No combatimos, nos defendemos de la destrucción. No lanzamos las granadas contra los hombres — ¡qué sabemos nosotros en estos momentos de todo esto!—, es la muerte la que nos acorrala agitando aquellas manos y aquellos cascos. Por primera vez, después de tres días, podemos mirarla a la cara; por primera vez, después de tres días, podemos defendernos. Nos posee una rabia loca. Ya no hemos de esperar, impotentes, tendidos sobre el túmulo; destruimos y matamos para defendernos, para defendernos y también para vengarnos.
    Nos agachamos detrás de cada relieve del terreno, detrás de cada estaca de hierro, y lanzamos a los pies de quienes nos persiguen paquetes de explosivos, antes de huir. Las detonaciones de las bombas de mano repercuten con fuerza en nuestros brazos y piernas; agachados como los gatos, corremos inundados por esta ola que se nos lleva y que nos hace crueles, que nos convierte en salteadores de caminos, asesinos, demonios si queréis; por esta ola que multiplica nuestro vigor en medio de la angustia, del odio y del ansia de vivir, que busca nuestra salvación y que nos salva. Si tu propio padre viniera con los de enfrente, no dudarías en lanzarle una granada al pecho. Hemos evacuado las trincheras de primera línea.
    ¿Son trincheras todavía? Están deshechas, aniquiladas; no son sino fragmentos de trinchera, agujeros unidos por pequeños canales, embudos, nada más. Pero las bajas de los de delante aumentan. No habían previsto tanta resistencia.
    Mediodía. El sol quema; el sudor nos muerde los ojos; lo secamos con la manga. De vez en cuando hay sangre también. Nos acercamos a una trinchera que tiene mejor aspecto. Está ocupada y preparada para resistir; nos acoge. Nuestra artillería entra en acción poderosamente y cierra con llave la posición.
    Las tropas que nos perseguían se encallan. No pueden continuar. El ataque ha sido paralizado por la artillería. Espiamos. El fuego salta, de pronto, cien metros más allá y nos lanzamos al ataque. A mi lado un obús se lleva la cabeza de un soldado de primera. Corre todavía unos pasos, mientras la sangre brota de su cuello como de un surtidor.
    No llegamos al cuerpo a cuerpo. Los otros se retiran. Llegamos a nuestras trincheras destrozadas y seguimos avanzando.
    ¡Oh, estos regresos! Habéis llegado a las acogedoras posiciones de reserva y quisierais dejaros resbalar, desaparecer en ellas. Y he aquí que debéis volver atrás, sumergiros de nuevo en el horror. Si en semejantes momentos no fuéramos autómatas quedaríamos tendidos, exhaustos, incapaces del menor acto de voluntad. Pero nos sentimos arrastrados de nuevo hacia adelante, sin voluntad también y, no obstante, con un furor homicida y una rabia demencial; queremos matar, pues, esos de ahí abajo, ya que son ahora nuestros mortales enemigos; sus fusiles y sus granadas se dirigen contra nosotros. Si no los aniquilamos, ellos nos aniquilarán a nosotros.
    La tierra parda, esta tierra parda, rasgada y reventada, que luce grasienta bajo los rayos del sol, sirve de fondo a un terrible juego de autómatas; nuestro jadeo se asemeja al ruido de un muelle mal engrasado; nuestros labios están secos y nuestra cabeza más pesada que después de una noche de borrachera… Es así como avanzamos, vacilantes, y en nuestras almas resecas y acribilladas penetra con un dolor lacerante la imagen de esta tierra parda iluminada por este sol grasiento, con estos soldados, todavía palpitantes unos, muertos ya los otros, tendidos todos sobre el suelo, como si éste fuera su fatal destino, que nos agarran las piernas y gritan cuando nosotros les pasamos por encima.
    Hemos perdido todo sentimiento de solidaridad, apenas nos reconocemos cuando la imagen de un compañero cae bajo la mirada de nuestros ojos alucinados. Somos cadáveres insensibles que por un truco, por una peligrosa brujería, podemos todavía correr y matar.
    Un joven francés se queda atrás; le alcanzamos y levanta las manos. En una de ellas lleva todavía el revólver, no se sabe si quiere disparar o rendirse. Un golpe de pala le rompe la cara. Otro que lo ve intenta huir corriendo, pero una bayoneta se clava, con un silbido, en su espalda. Da un salto y con los brazos extendidos y la boca muy abierta, gritando, vacila con la bayoneta oscilando entre los hombros.
    Otro tira el fusil, se agacha y se cubre los ojos con las manos. Lo dejamos atrás, con los otros prisioneros, para transportar heridos.
    De pronto, en nuestra persecución, llegamos a las líneas enemigas.
    Vamos tan cerca de nuestros adversarios que casi conseguimos penetrar juntos en ellas. Merced a esto tenemos pocas bajas. Nos ladra una ametralladora, pero la hacemos enmudecer con una granada de mano. Sin embargo, en los pocos segundos que ha disparado, ha podido herir en el vientre a cinco hombres. Kat, de un culatazo, deshace el rostro de uno de los servidores de la ametralladora que estaba ileso. A los otros los atravesamos con nuestras bayonetas antes de que puedan servirse de las granadas de mano. Después, sedientos, nos bebemos el agua del refrigerador.
    Se oye por todas partes el ruido de las tenazas y los cortafríos que rompen las alambradas y se echan tablones encima de las estacas que las sostienen. Corriendo por estas estrechas pasarelas saltamos a las trincheras. Haie clava la pala en el cuello de un gigantesco francés y tira la primera granada; nos cubrimos unos segundos detrás de un parapeto y luego el trozo de trinchera que tenemos a la vista queda expedito. La segunda silba diagonalmente contra la esquina y abre vía libre; mientras corremos vamos lanzándolas contra los refugios ante los que pasamos. La tierra tiembla; todo es humareda, gemidos y explosiones. Tropezamos con jirones de carne sanguinolenta que nos hacen vacilar; con blandos cuerpos. Caigo sobre un vientre abierto encima del que reposa un quepis de oficial, limpio e intacto.
    El combate va decayendo. Perdemos contacto con el enemigo.
    Como que aquí no podríamos sostenernos durante mucho tiempo, volvemos a las posiciones anteriores protegidos por el fuego de nuestra artillería. En cuanto nos transmiten la orden penetramos corriendo en los cercanos refugios para llevarnos todas las conservas que encontramos a mano —especialmente latas de «Corned-beef» y de mantequilla— antes de marchar.
    Llegamos en buenas condiciones. Momentáneamente, los otros no inician otro ataque. Estamos más de una hora tendidos, jadeando, descansando sin que nadie hable. Estamos extenuados, tan extenuados que a pesar de la terrible gazuza, que tenemos nadie se acuerda de las latas de conserva. Sólo poco a poco vamos convirtiéndonos, de nuevo, en algo semejante a hombres.
    El «Corned-beef» de ahí enfrente es famoso en todo el sector.
    Llega a ser, de vez en cuando, la razón principal de uno de esos súbitos ataques que efectuamos a menudo, pues nuestro avituallamiento es, generalmente, malo; siempre estamos hambrientos.
    En conjunto hemos requisado cinco latas. Ellos sí que van bien pertrechados. Es una delicia su alimentación comparada con la nuestra, pobres hambrientos que debemos tragar mermelada de nabos. La carne circula en abundancia en el otro lado, sólo necesitan cogerla. Haie ha pescado, además, una barra de pan francés y se la ha puesto en el cinturón como una pala. Uno de los extremos está sanguinolento, pero no importa, ya lo cortaremos.
    Es una suerte que ahora tengamos comida abundante; todavía precisaremos nuestras fuerzas. Comer hasta satisfacerse es algo tan valioso como un buen refugio. Es por esta razón que pensamos tanto en la alimentación; nos puede salvar la vida.
    Tjaden ha robado dos cantimploras llenas de coñac. Corren de mano en mano.
    La artillería comienza a darnos su bendición vespertina.
    Anochece; se levanta la neblina del interior de los embudos. Diríase que están llenos de cosas misteriosas, parecidas a fantasmas. El vaho blanquecino se arrastra tímidamente de un lado a otro antes de osar levantarse por encima de los bordes. Después se alarga en largas fajas pálidas de embudo en embudo.
    Refresca. Estoy de centinela y escruto fijamente la oscuridad que tengo delante. Me siento deprimido, como siempre después de un ataque; por esto me es tan penoso quedar a solas con mis pensamientos. No son propiamente pensamientos, son recuerdos que me asaltan ahora aprovechando mi debilidad y que me impresionan extraordinariamente.
    Suben los cohetes luminosos… y delante de mí aparece una imagen. Es un atardecer estival, estoy en el claustro de la catedral contemplando los rosales floridos, en medio del jardincillo claustral, donde están enterrados los canónigos. A mi alrededor se levantan estatuas de piedra representando los misterios del rosario. No hay nadie; un gran silencio planea por encima de este florido recuadro; el sol calienta las enormes piedras grises. Las acaricio con mi mano y noto su tibieza. Sobre el ángulo derecho del tejado de pizarra se levanta la torre verde de la catedral, destacando en el azul tierno y mate de la tarde. Entre las columnitas brillantes del claustro se goza de aquella suave frescura que sólo puede encontrarse en las iglesias; yo estoy allí, inmóvil, pensando que cuando tenga veinte años podré conocer los turbadores goces que sugieren las mujeres.
    Esta imagen está tan cerca de mí que me asusta, llega a tocarme antes de desvanecerse con el fulgor de la inmediata bola luminosa.
    Cojo el fusil y lo examino. El cañón está húmedo; pongo encima la mano, lo aprieto y froto la humedad con mis dedos.
    En los prados que había más allá de nuestro pueblo se levantaba una larga hilera de chopos, cerca de un torrente. Podía vérseles desde muy lejos y aunque tan sólo hubiera una hilera les llamábamos la chopera. Ya de niños sentíamos predilección por estos árboles; nos atraían inexplicablemente. Pasábamos días enteros en sus proximidades y escuchábamos su ligero murmullo. Sentados bajo ellos, en la orilla del torrente, dejábamos balancear nuestros pies en el agua clara y rápida. El olor puro del riachuelo y la melodía de la brisa en los chopos dominaban nuestra fantasía. ¡Los amábamos tanto! Todavía ahora, la imagen de aquellos días me hace latir el corazón, antes de desaparecer.
    Es curioso que todos los recuerdos que despiertan en nosotros tengan dos particularidades. Siempre están llenos de silencio; es lo que tiene más fuerza en ellos. E incluso, si en la realidad fueron diferentes, no por ello dejan de producir esta impresión. Son apariciones silenciosas, que sólo me hablan con miradas y gestos, mudas… Su emocionante silencio me obliga a apretar el fusil contra mí para no abandonarme a esta deliciosa disgregación en la que mi cuerpo querría sumergirse, fundiéndose dulcemente con las potencias mudas que están detrás de las cosas.
    Son tan silenciosas porque precisamente el silencio es ahora inconcebible para nosotros. Nunca hay silencio en el frente y su zona es tan vasta que siempre nos encontramos en ella. Hasta en la retaguardia, en los más atrasados depósitos y en los lugares donde vamos a descansar, el rumor del frente llega constantemente a nuestros oídos. Nunca nos alejamos lo suficiente para no oírlo. En estos últimos días ha sido insoportable.
    Este silencio es la causa de que las imágenes del pasado despierten en nosotros más tristeza que deseo. Una inmensa y desesperanzada melancolía. Estas cosas han sido, pero no volverán.
    Han pasado, pertenecen a un mundo que ha terminado para nosotros. En el patio del cuartel nos producían un furioso anhelo y una incontenible rebeldía, nos sentíamos atados todavía a ellos, les pertenecíamos y ellos nos pertenecían aunque estuviéramos separados. Surgían también en las canciones de soldado que cantábamos cuando íbamos al campo de maniobras, marchando entre el alba y las negras sombras del bosque; era una evocación vehemente que brotaba de nuestro interior. Pero aquí, en las trincheras, lo hemos perdido todo. Ya no se eleva en nosotros ningún recuerdo; hemos muerto. El recuerdo planea a lo lejos, en el horizonte. Es una especie de aparición, un enigmático reflejo que despierta, al que tememos y al que amamos sin esperanza. Es fuerte como nuestro deseo, pero es inaccesible y lo sabemos. Es tan vano como la esperanza de llegar a general.
    Y aunque volviéramos a este paisaje de nuestra infancia, apenas sabríamos qué hacer allí. Las delicadas y secretas fuerzas que suscitaba en nosotros no pueden renacer. Podríamos encontrarnos allí de nuevo y pasear. Podríamos contemplarlo, amarlo e incluso emocionarnos con el recuerdo. Pero todo sería parecido a la agridulce contemplación de la fotografía de un camarada muerto; sus rasgos, su rostro y los días que pasamos juntos se animan a nuestro recuerdo. Pero no es él realmente.
    Ya no nos sentimos atados como antes a este paisaje. No fue la noción de su belleza y de su espíritu lo que nos atrajo, sino lo que teníamos en común, el armónico sentimiento de una fraternidad entre las cosas y los acontecimientos de nuestro ser, sentimiento que nos mantenía aparte y nos hacía incomprensible el mundo de nuestros padres; pues, en cierto modo, nosotros estábamos siempre dulcemente inclinados y abandonados al nuestro, e incluso las cosas más insignificantes desembocaban siempre, para nosotros, en la ruta del infinito. Quizás esto era tan sólo el privilegio de nuestra juventud; no veíamos todavía ningún límite ni admitíamos término a cosa alguna. Teníamos el impulso de la sangre, que nos identificaba con el correr de nuestros días.
    Hoy pasaríamos por los prados de nuestra juventud como viajeros. Hemos sido consumidos por las realidades; conocemos las diferencias como comerciantes y las necesidades como carniceros. Ya no somos despreocupados, somos terriblemente indiferentes.
    Ciertamente podríamos estar allí, pero, ¿viviríamos? Estamos abandonados como niños y somos experimentados como ancianos. Somos groseros, tristes, superficiales… Creo que estamos perdidos.
    Se me hielan las manos y tengo escalofríos; no obstante, la noche es suave. Sólo la niebla es fría, esa niebla siniestra que se arrastra alrededor de los cadáveres que hay delante de nosotros y que les sorbe la última y escondida gota de vida. Mañana estarán lívidos, verdosos y su sangre aparecerá negra y coagulada.
    Suben todavía los cohetes luminosos y lanzan su brillo despiadado sobre un paisaje pétreo, lleno de cráteres y de luz fría, como de astro lunar.
    Bajo mi piel, la sangre lleva terror e inquietud a mis pensamientos. Se debilitan y tiemblan, quieren calor y vida. No pueden resistir sin consuelo ni ilusiones; se retuercen ante la desnuda imagen de la desesperación.
    Se oye un tintineo de calderas y tengo, de pronto, el vehemente deseo de comer algo caliente; me iría bien, me calmaría.
    Me domino apesadumbrado aguardando la hora del relevo.
    Después me meto en el refugio y encuentro dispuesto un gran tazón de sopa. Está hecha con manteca y es sabrosa. Me la como despacio. Y guardo silencio, a pesar de que los demás están de buen humor, pues el fuego ha decrecido.
    Los días transcurren y cada hora es, al mismo tiempo, incomprensible y evidente. Alternamos los ataques con los contraataques, y poco a poco, los cadáveres van amontonándose en el campo lleno de embudos que hay entre ambas trincheras. Los heridos que caen cerca podemos, generalmente, recogerlos. Hay algunos, sin embargo, que quedan demasiado tiempo desatendidos y les oímos morir. Estamos, desde hace dos días, buscando inútilmente a uno de ellos. Debe permanecer tendido boca abajo sin poder darse la vuelta. No puede tener otra explicación el que no le encontremos, ya que sólo cuando se grita con la boca a ras del suelo se hace difícil precisar la dirección de la voz.
    Debe tener una mala herida, uno de esos disparos traidores que no son tan graves como para debilitar el cuerpo y matar con rapidez, ni tan leves como para que se puedan soportar los dolores con esperanzas de salvación. Kat opina que tiene la pelvis destrozada o una bala en la columna vertebral. No puede ser una herida en el pecho, pues en ese caso no tendría tanta fuerza para gritar. Si estuviera herido de otra parte, lo veríamos moverse.
    Poco a poco, su voz va enronqueciendo y tiene un sonido tan desgraciadamente confuso que diríase proviene de todas partes. La primera noche salieron tres veces a buscarlo, pero cuando creían haber encontrado la dirección y avanzaban hacia aquel lugar, la voz gritaba de nuevo desde otro lado.
    Buscamos inútilmente hasta la madrugada. Durante todo el día exploramos el terreno con binoculares; nada. El segundo día la voz es ya más débil. Nos damos cuenta de que el hombre tiene los labios y la garganta completamente secos.
    Nuestro comandante promete permiso anticipado y tres días de suplemento al que lo encuentre. Es un buen cebo, pero sin él también haríamos lo posible, porque sus gritos son terribles. Kat y Kropp salen una vez, a media tarde. Una bala lame la oreja de Albert y le arranca el lóbulo. Una temeridad inútil. Vuelven sin el herido.
    Y con todo, podemos entender perfectamente lo que grita.
    Primero sólo pide socorro. La segunda noche debe tener fiebre; habla de su mujer y de sus hijos. Oímos muchas veces el nombre «Elisa».
    Hoy sólo llora. Por la noche, la voz no es ya más que un ronquido.
    Pero resuena todavía débilmente hasta el amanecer. Lo oímos bien porque el viento sopla en dirección a las trincheras. Por la mañana, cuando todos creemos que ha muerto hace rato, un estertor gutural llega de nuevo hasta nosotros.
    Los días son calurosos y los cadáveres están insepultos. No podemos recogerlos a todos, no sabríamos dónde meterlos. Las mismas granadas se encargan de enterrarlos. Algunos tiene el vientre hinchado como un globo y los gases que lo llenan les hacen silbar, eructar y moverse. El cielo es azul, sin nubes. Los atardeceres son bochornosos, el calor sube de la tierra. Cuando sopla el viento hacia nuestro lado, nos trae el olor de la sangre, dulzona y espesa, que repugna y empalaga; el tufillo de muerte que exhalan los embudos parece una mezcla de cloroformo y podredumbre que nos produce náuseas y vómitos.
    Las noches se calman y comienza en seguida la caza de anillos de cobre de las granadas y de los paracaídas de seda de las bolas luminosas. En realidad nadie sabe por qué son tan codiciados estos anillos. Los coleccionistas opinan, simplemente, que son valiosos. Hay algunos que recogen tantos, que vuelven curvados por el peso a las trincheras.
    Haie, por lo menos, da una razón: quiere enviarlos a su prometida para que los utilice como ligas. Esto causa, naturalmente, enorme hilaridad entre los frisones. Se golpean las rodillas mientras dicen: «¡Qué cosas tienes! ¡Este Haie se las sabe todas!» Tjaden, sobre todo, no puede contenerse. Tiene en sus manos la anilla más grande y a cada momento mete la pierna dentro como para indicar el espacio que queda todavía vacío.
    — ¡Caramba, Haie! Debe de tener unos buenos muslos… Ya lo creo, unos buenos muslos.
    Los pensamientos le suben algo más arriba: — ¡Y qué culo debe tener también! Casi como el de un elefante.
    Todavía no tiene bastante, y añade: —Cómo me gustaría jugar con ella a darnos golpecitos en los jamones. ¡Palabra que sí! Haie está radiante porque su prometida tiene tanto éxito, y dice, orgulloso: —Sí, está buena.
    Los paracaídas tienen aplicaciones más prácticas… Tres o cuatro, según la anchura del pecho, bastan para una blusa. Kropp y yo los hacemos servir de pañuelos de bolsillo. Otros los envían a su casa. Si las mujeres supieran el peligro que se corre a veces buscando estos trapitos, tendrían un buen sobresalto.
    Kat encuentra a Tjaden golpeando tranquilamente los anillos de un obús que no ha estallado, para sacarlos. A cualquier otro le habría estallado entre las manos, pero Tjaden, como siempre, tiene suerte.
    Dos mariposas juegan durante toda la mañana por delante de nuestra trinchera. Son de color limón; en las alas amarillas tienen unos puntitos rojos. ¿Qué puede haberlas hecho venir? En ninguna parte hay flores ni plantas. Se posan sobre la dentadura de un cráneo. Los pájaros son tan despreocupados como ellas: hace tiempo ya que se han acostumbrado a la guerra. Cada mañana vemos volar alondras entre ambos frentes. Hace aproximadamente un año, pudimos observar a una pareja que empollaban y consiguieron, ciertamente, criar a sus pequeñuelos.
    Por lo que a las ratas se refiere, ahora nos dejan tranquilos.
    Están ahí delante; todos sabemos por qué. Se engordan. Cuando divisamos una, la tumbamos de un tiro. Por la noche volvemos a oír aquel rodar, al otro lado. De día tenemos tan sólo fuego normal, de manera que podemos dedicarnos a rehacer las trincheras. No nos faltan distracciones, pues los aviones se encargan de proporcionárnoslas. Diariamente todos los combates tienen su público.
    A los aviones de caza todavía podemos soportarlos, pero a los aparatos de observación los odiamos como a la peste porque atraen sobre nosotros el fuego de la artillería. Transcurridos unos minutos, desde su aparición, nos cae encima un diluvio de «shrapnells» y de granadas. Por su culpa perdimos once hombres en un día; cinco de ellos enfermeros. Dos quedaron tan destrozados que Tjaden afirmaba que se hubiera podido escoger en una cuchara lo que de ellos quedó enganchado en la pared de la trinchera y enterrarlo luego metido en una olla. Otro tiene las piernas cortadas y arrancado el bajo vientre.
    Reposa, muerto, con el pecho inclinado sobre la trinchera. Su cara es amarilla como un limón; entre la barba brilla todavía la brasa de un cigarrillo. Va ardiendo hasta que se le apaga en los labios con un leve crujido.
    Provisionalmente, colocamos a los muertos en un gran embudo.
    Por el momento, hay tres capas.
    Súbitamente, el fuego recobra toda su intensidad. Pronto volvemos a estar sentados con aquella rigidez angustiosa de la espera inactiva.
    Ataque, contraataque, choque, contrachoque; todo esto son palabras, pero, ¿qué es lo que encierran? Tenemos muchas bajas, sobre todo reclutas. En nuestro sector recibimos refuerzos. Son muchachos de un regimiento que se ha creado hace poco, casi todos jovencitos del último reemplazo. Apenas si conocen la instrucción; no han podido hacer más que ejercicios teóricos antes de entrar en campaña. Lo que es una granada de mano sí lo saben; pero no tienen ni la menor idea de lo que representa cubrirse, y, sobre todo, les falta vista para ello. Un relieve del terreno ha de ser de medio metro para que ellos lo vean.
    A pesar de que los refuerzos nos son muy necesarios, los reclutas son más un estorbo que una ayuda. En esta zona de violentos ataques se encuentran desamparados y caen como moscas.
    La guerra de posiciones que hoy se practica requiere conocimientos y experiencias. Es necesario comprender el terreno; es preciso saber el ruido de los distintos proyectiles y conocer sus efectos. Se ha de prever dónde caerán, saber cómo se extiende la metralla y el mejor sistema para defenderse de ella.
    Lógicamente estos muchachos no conocen nada de esto. Los trinchan a todos porque apenas distinguen un «shrapnells» de una granada; caen segados porque escuchan llenos de angustia el silbido de las inofensivas «carboneras» de grueso calibre que caen muy lejos de nosotros y no se dan cuenta del ligero murmullo vibrante de aquellos pequeños monstruos que estallan a ras de suelo. Se apelotonan como borregos en vez de dispersarse e incluso los heridos son rematados por los aviadores como si se tratara de liebres.
    Estas caras pálidas de tanto comer zanahoria; estas miserables manos crispadas; la lamentable valentía de estos pobres perros que, a pesar de todo, avanzan y atacan, de estos pobres perros valerosos que, intimidados, no se atreven a quejarse en voz alta y que con el vientre, el pecho, los brazos o las piernas destrozadas gimen sigilosamente llamando a sus madres y callan si se aperciben de que son observados.
    Sus delgados rostros puntiagudos, levemente sombreados por el pelo naciente, tienen en la muerte la espantosa inexpresividad de los cadáveres de niños.
    Se os hace un nudo en la garganta cuando los veis levantarse, correr hacia adelante y caer. Quisierais darles una zurra por ser tan bobos; cogerlos en brazos y sacarlos de aquí, donde no tienen nada que hacer. Llevan sus guerreras grises, los pantalones y las botas, pero a la mayor parte el uniforme les viene ancho, les cuelga de todas partes. Sus espaldas son demasiado estrechas; sus cuerpos demasiado delgados. No hay ningún uniforme hecho a la medida de estos niños.
    Por cada veterano caen cinco reclutas.
    Un inesperado ataque con gases se lleva a una multitud de ellos. Ni se han dado cuenta de lo que les esperaba. Encontramos todo un refugio lleno de caras azuladas y labios negros. Los de dentro de un embudo se han sacado la careta demasiado pronto. No sabían que el gas se mantiene más tiempo en los agujeros; cuando vieron que los de arriba iban sin careta, se sacaron la suya y respiraron suficiente gas como para quemarles los pulmones. Su estado es desesperado; las bocanadas de sangre les estrangulan y unas terribles crisis de ahogo les llevan irremisiblemente a la muerte.
    En un lugar de la trinchera me encuentro, de pronto, delante de Himmelstoss. Nos metemos en el mismo refugio. Todos estamos tumbados en el suelo, conteniendo la respiración, aguardando la orden de ataque.
    Al salir corriendo hacia afuera, a pesar de mi excitación, un pensamiento atraviesa mi cerebro como una bala: no veo a Himmelstoss. Salto de nuevo, rápidamente, al refugio y me lo encuentro tumbado en un rincón, con un pequeño arañazo de bala, haciéndose el herido. Pone una cara como si le hubieran zurrado. Está aterrorizado; realmente, él también es nuevo aquí. Pero yo me enfurezco al pensar que aquellos niños corren por fuera, mientras él está escondido.
    — ¡Fuera! —le grito, rabiosamente.
    No se mueve. Le tiemblan los labios y hacen bailar su mostacho.
    — ¡Fuera! Encoge las piernas, se aprieta contra la pared y me enseña los dientes, como un perro.
    Lo cojo del brazo y quiero levantarlo por fuerza. Empieza a gemir. Entonces me dominan los nervios. Lo agarro por el cuello, lo sacudo como a un saco mientras su cabeza va de un lado a otro y le grito en sus mismas narices: — ¡Mala bestia! ¿Saldrás o no? ¡Perro, cerdo! ¿Querías escaparte? Tiene los ojos vidriosos; golpeo su cabeza contra la pared.
    — ¡Asqueroso! —le doy una patada en las costillas.
    — ¡Cerdo! —Y de un empujón lo echo fuera de cabeza.
    Pasa una nueva oleada. Al frente corre un teniente. Nos ve y grita: — ¡Adelante! ¡Adelante! ¡Venid con nosotros! Y lo que no había conseguido mi paliza lo consigue este grito.
    Himmelstoss oye a un superior, gira a su alrededor como si despertara y se une a los que avanzan.
    Yo lo sigo y veo cómo salta. Vuelve a ser el mismo Himmelstoss del patio del cuartel. Ya ha atrapado al teniente y sigue corriendo, delante de todos…
    Fuego graneado, fuego de bloqueo, fuego de cortina, minas, gases, tanques, ametralladoras, granadas de mano… Palabras, palabras, pero en ellas se encierra todo el horror de este mundo.
    Nuestras caras están cubiertas de costras; nuestro pensamiento aniquilado; estamos mortalmente cansados. Cuando llega una orden de ataque debemos despertar a puñetazos a más de uno para que nos siga. Tenemos los ojos inflamados, las manos destrozadas, los codos rotos, las rodillas nos sangran.
    ¿Pasan semanas, meses, años? Días, tan sólo días… Vemos desaparecer el tiempo, cerca de nosotros, en los rostros descoloridos de los moribundos; tragamos la comida, corremos, lanzamos granadas, disparamos, matamos, nos tiramos al suelo, estamos extenuados, embrutecidos, y sólo nos sostiene una cosa: darnos cuenta de que todavía los hay más extenuados, más embrutecidos, más desvalidos que nosotros; saber que nos miran con los ojos muy abiertos, como si fuéramos dioses, porque hemos escapado tantas veces de la muerte.
    Los pocos momentos de tranquilidad los aprovechamos para instruirles.
    — ¿Ves esa marmita vacilante? Es una mina que llega.
    ¡Tírate al suelo! Pasa de largo. Pero cuando venga hacia aquí, corre en seguida. Corriendo puedes escaparte.
    Adiestramos sus oídos a percibir el pérfido murmullo de estos proyectiles pequeños, que apenas hacen ruido; han de aprender a distinguir su zumbido de mosquito en medio de aquella batalla infernal; les enseñamos que son más peligrosos que los grandes que se oyen, venir a lo lejos. Les demostramos cómo deben esconderse de los aviadores; cómo se simula estar muerto cuando los atacantes os alcanzan; cómo se prepara una granada para que estalle medio segundo antes del choque. Les enseñamos a lanzarse como rayos en el interior de los embudos cuando vienen granadas de percusión; les hacemos ver cómo se limpia de enemigos una trinchera utilizando un paquete de bombas de mano; les explicamos las diferencias de tiempo entre las explosiones de las bombas enemigas y las nuestras; procuramos que se den cuenta del silbido especial de las granadas de gas y les instruimos en todos los trucos que pueden librarles de la muerte.
    Nos escuchan, son dóciles; pero en cuanto la cosa empieza de veras, la emoción les impide recordar en la inmensa mayoría de las veces y lo hacen todo al revés.
    Traen a Haie Westhus con la espalda completamente abierta. A cada inspiración se ve, por la herida, latirle el pulmón. Todavía tengo tiempo de estrechar su mano.
    —Esto se ha terminado, Pablo —gime, mordiéndose el brazo de dolor.
    Vemos vivir hombres a quienes un obús se les ha llevado la cabeza; vemos correr soldados a quienes una explosión les ha arrancado los pies; siguen corriendo a trompicones, destrozándose los sangrientos muñones, hasta el embudo más cercano; un soldado de primera marcha dos kilómetros apoyándose tan sólo en las manos porque tiene deshechas las rodillas; otro se va hacia la ambulancia y por encima de las manos, que aprieta contra su vientre, le cuelgan los intestinos; vemos gente sin boca, sin mandíbula inferior, sin rostro; encontramos a uno que durante dos horas ha estado apretando con los dientes la arteria de su brazo para no desangrarse.
    Sale el sol, anochece, silban las granadas, termina la vida…
    A pesar de todo, este trocito de tierra removida en el que nos encontramos, se ha mantenido contra fuerzas muy superiores. Sólo hemos cedido unos centenares de metros. Pero en cada metro hay un cadáver.
    Nos relevan. Ruedan los neumáticos bajo nuestros pies. Vamos derechos, aturdidos, y cuando el grito: «¡Cuidado con el alambre!» llega, doblamos las rodillas. Era verano cuando pasamos por aquí; los árboles estaban todavía verdes. Ahora tienen un aspecto otoñal y la noche es gris y húmeda. Los camiones se detienen, bajamos, un grupo entremezclado, lo que queda de muchos nombres. A los lados, en la oscuridad, hay gente, y gritan los números de los regimientos, de las compañías. A cada voz se destaca un grupo, un grupito insignificante, miserable, de soldados sucios y pálidos, un grupito terriblemente pequeño, un resto terriblemente reducido.
    Alguien grita ahora el número de nuestra compañía. Es él, nos damos cuenta; es el comandante. Así, pues, ha vuelto. Lleva el brazo en cabestrillo. Avanzamos hacia él. Reconozco a Kat y Albert.
    Nos apelotonamos, nos apoyamos los unos en los otros, nos contemplamos.
    Y otra vez, y otra aún, oímos gritar nuestro número. Ya puede chillar, ya; no se le oye en los hospitales, ni en la fosa.
    De nuevo: —Segunda compañía. ¡Aquí! Y después, en voz baja: — ¿No queda nadie más de la segunda compañía? Calla. Su voz ha enronquecido levemente cuando dice: — ¿Estáis todos aquí? Y ordena: — ¡Numerarse! La mañana es gris. Era verano todavía cuando partimos. Era verano y marchamos ciento cincuenta hombres. Ahora tenemos frío; estamos en otoño. Las hojas crujen, las voces tiemblan cansadas.
    —Uno…, dos…, tres…, cuatro…
    Y al llegar al número treinta y dos, callan. Se hace un silencio prolongado antes de que una voz pregunte: — ¿Nadie más? Y espera. Luego ordena en tono muy bajo: —Por pelotones…
    Y la voz se encalla. A duras penas puede terminar: —Segunda compañía…
    Y penosamente: —Segunda compañía… A paso de campaña… ¡Adelante! Una hilera, una corta hilera oscila, lentamente, en la mañana.
    Treinta y dos hombres.

  11. Javi_LR Dice:

    Vaya, Cavi. Gracias por traerlo. ¿No sale un solo griego? Va a ser verdad que te estás quitando.

  12. Arturus Dice:

    Compré el libro hace meses, después de leer a Jünger, y aún está ahí, esperando turno. Pronto le tocará, espero.

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