SEIS AÑOS QUE CAMBIARON EL MUNDO – Hélène Carrère d’Encausse

SEIS AÑOS QUE CAMBIARON EL MUNDO - Hélène Carrère d’EncausseVaya por delante que el libro no pretende relatar lo nunca contado: la historia del derrumbe de la Unión Soviética ha sido objeto de descripción y análisis en una infinidad de publicaciones de todo tipo, desde sesudos artículos en revistas académicas hasta las crónicas y memorias legadas por actores o testigos de los acontecimientos, pasando por las infaltables monografías, biografías e historias generales de Rusia o del régimen soviético. Las perspectivas disciplinares, teóricas y metodológicas aplicadas al examen de lo ocurrido han sido también las más diversas. (Los especialistas en la cuestión soviética o en relaciones internacionales se dieron prisa en pergeñar explicaciones en torno el fenómeno, pasándose de sutiles o quedándose cortos, y es que a muchos de ellos los pilló de sorpresa –¡y no sólo a ellos!: tan inamovible parecía el esquema dicotómico que estructuraba el orden planetario, a mediados de los 80; tan habituados estábamos a él, incluso quienes éramos demasiados jóvenes como para jactarnos de nuestra trayectoria en el mundo.) ¿Carece por esto de todo interés el reciente trabajo de Hélène Carrère d’Encausse? En opinión de este modesto reseñador, no, aunque sólo fuere por la relevancia intrínseca del tema abordado. Los seis años del gobierno de Mijaíl Gorbachov estuvieron surcados de eventos y accidentes tan movidos como pasmosos, rebosantes de significado y ahítos de consecuencias de resonancia global. Precipitaron el cierre de una época y la apertura de otra, eventualidad que sólo medianamente puede ser sugerida por la caracterización del paso de un mundo bipolar a uno unipolar, y que por su dramático sentido se ha prestado a interpretaciones tan reduccionistas o descabelladas como puede ser la del “fin de la Historia”, proclamado en su día por Francis Fukuyama. Habida cuenta de lo crucial del asunto, no es cosa de despachar un libro como Seis años que cambiaron el mundo (publicado originalmente en 2015) dispensándole a priori las consabidas descalificaciones (“redundante”, “descartable” o equivalentes), mucho menos si se aprecian las recapitulaciones compactas, vigorosas y enjundiosas como la emprendida por la reputada sovietóloga francesa (n. 1929). Por demás, el largo epílogo abocado a compendiar el gobierno de Boris Yeltsin es un valor añadido que incrementa notablemente su pertinencia.

La mención anticipada de los dos líderes rusos no es gratuita. Gorbachov y Yeltsin son las dos figuras más prominentes de aquellos años borrascosos y hegemonizan sin vacilación el protagonismo del libro. En lo medular, la crónica del capítulo final de la URSS escrita por Carrère d’Encausse persigue la estela de los dos insignes personajes, procediendo en derredor de sus planes e iniciativas, de sus acciones y reacciones, materializadas las más de las veces en una relación de franco y hasta enconado antagonismo. Por cierto, la autora también tiene en cuenta una nutrida galería de personalidades clave, lo mismo que la compleja trama de circunstancias en que unos y otros debieron desenvolverse. El panorama nos es familiar: no es otro que el de una Unión Soviética sumida en el más profundo y prolongado estancamiento, incapaz no ya de sostener el ritmo de la rivalidad económica, tecnológica y armamentística con los EE.UU. sino de satisfacer las necesidades básicas de su población; población esta que se sofocaba a diario en un clima moral enrarecido y que arrastraba su miseria y su desesperanza bajo el peso de un sistema plúmbeo como una losa de granito, ahogando sus penurias en un mar de alcohol (no por casualidad, el alcoholismo generalizado constituía un reto insoluble para el gobierno soviético). En un país cuya atrofia hallaba su metáfora perfecta en la gerontocracia que lo dominaba, dando al mundo el espectáculo bochornoso de tres decrépitos gobernantes muriendo uno tras otro en un lapso inferior a los tres años, el ascenso a la cúspide del poder de un “joven” como Gorbachov (54 años en aquel instante) representaba toda una conmoción. El orbe entero se compenetraría de los dos símbolos del remezón gorbachoviano, dos términos que hasta entonces sólo los rusoparlantes conocían: perestroika y glasnost. ¡Inolvidable época! En verdad unos años desbocados, al extremo de hacer del reformista Gorbachov un revolucionario accidental y muy a su pesar, dado que lo que puso en marcha –cual aprendiz de brujo- fue algo muy distinto de lo que se proponía, desencadenando un proceso que se le escapó de las manos y que culminó en la desintegración del régimen que pretendía salvar.

Quien obtenía réditos en medio de aquel desmadre era Yeltsin, por supuesto. Su andadura fue del apparatchik renegado, encumbrado primero a la cúpula del sistema y luego devenido encarnación de la lucha contra el sistema, ex comunista que nada aborrecería más -en la década postrera del siglo, su década rusa- que el espantajo del comunismo retomando el control en la Rusia post-soviética. La imagen del irreductible Yeltsin encaramado a un tanque y bramando contra el golpe de estado chapuceramente montado por una panda de recalcitrantes (19 de agosto de 1991) no sólo representa su ascenso a la condición de héroe nacional: es un hito en la iconografía del hundimiento de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría. Los hechos posteriores confirman la trascendencia de aquella jornada, con Yeltsin desplazando del primer plano a un Gorbachov que ya no daba el ancho para lo que se fraguaba (aunque se tardara en asumirlo). Por si fuera poco, a partir de aquel día dejó de tener sentido el contrapunto que marcaba el desempeño de los dos hombres: Gorbachov desacreditado en el interior pero vitoreado en el exterior (su estatus en Occidente acabó siendo su última baza en el juego de poder de 1991), Yeltsin impopular fuera de Rusia pero al alza entre sus compatriotas. Yeltsin conquistó al fin el aprecio del hemisferio occidental y acaparó en adelante el papel de astro ruso de la sección internacional de las noticias.

La autora dedica buena parte de su libro al candente tema del auge de las identidades nacionales, y con razón, puesto que de él provinieron algunos de los más graves contratiempos que debió encarar Gorbachov. (A su debido tiempo, también sería un quebradero de cabeza para Yeltsin.) Lo que en aquel entonces se llamó el “desfile de soberanías” se verificó en la forma de manifestaciones autonomistas en la periferia soviética, sobre todo por las naciones bálticas y algunas de las repúblicas centro-asiáticas (Azerbaiyán tomó la delantera en este respecto), y en la de una serie de contenciosos interétnicos en el eterno polvorín del Cáucaso, llegando al estallido de conflictos abiertos como en el caso del Alto Karabaj –región disputada por azeríes y armenios- y el de los separatistas abjasios en Georgia. Ucrania, cuyo peso en la URSS sólo era superado por el de Rusia, estuvo bastante rezagada en el acápite del despertar nacionalista, pero una vez sacudida de su modorra cobró un protagonismo proporcional a la crisis latente de Crimea (y la de Ucrania occidental, mucho menos rusificada y étnicamente más heterogénea que la parte oriental). Para Gorbachov resultó más sencillo lidiar con los problemas del plano internacional que confrontar la fuerza centrífuga de la rebelión identitaria, amenaza inherente a la condición multiétnica del estado soviético.

El estallido de las veleidades autonomistas fue un regalo para los detractores de Gorbachov del ala reaccionaria, visto lo mucho que abultaba la lista de reproches que se hacían al gobernante: ¿no bastaba con la caída en picado del estatus de superpotencia a raíz de incidentes como la retirada de Afganistán y la decisión de no intervenir en el desplome de los regímenes comunistas en Europa del Este?; ¿había que resignarse además al desmembramiento de la URSS? El querido “Gorbi” de los occidentales podía adjudicarse el Premio Nobel de la Paz, poco importaba a la mayoría de los habitantes del país, que soportaban algo peor que la merma del poder soviético en el concierto internacional: lejos de mejorar, los estándares de vida de la población seguían declinando y no se vislumbraba señal alguna de repunte. Aunque no lo admitieran en público, Gorbachov y sus colaboradores comprendieron que el sistema no sobreviviría a los programas de reforma. Cualquier gestión que se acometiera en orden a enmendarlo sin soliviantar sus fundamentos estructurales chocaría con la evidencia de que el fallo residía en los propios fundamentos. El sistema no daba más de sí y agonizaba de manera irreversible: cada paso que daba –y en torno a 1990 sólo podían ser pasos vacilantes de anciano achacoso- lo abocaba al despeñadero de la historia. Los golpistas de agosto de 1991 no hicieron más que apurar el golpe de gracia que clausuraría un experimento tan desmesurado en sus propósitos como execrable en su realización.

Para la Rusia emergida del colapso de la URSS, la década de los 90 fue un período errático por momentos e invariablemente tortuoso,  inevitablemente traumático para una sociedad sometida a una transición política y económica que en sí misma constituía una nueva forma de experimentación. (Por algo es que Robert Service dio a su libro sobre aquellos años el título de Rusia, experimento con un pueblo.) A la apertura hacia el pluripartidismo y otros cambios asociados al vuelco en la cultura política del país se sumó una reestructuración económica tremendamente costosa para la población, que presenció atónita o consternada lo que Carrère d’Encausse califica como «la operación de bandidaje más extraordinaria de un Estado que haya conocido la historia contemporánea». Yeltsin dio vía libre al saqueo de la riqueza nacional, mas lo que cuenta en opinión de la historiadora es su rol como principal fuerza motriz en la reedificación del país. A su juicio, la posteridad habrá de hacer justicia al papel de Gorbachov y Yeltsin, consagrándolos entre los grandes reformadores que se han empeñado en la modernización y europeización de Rusia.

– Hélène Carrère d’Encausse, Seis años que cambiaron el mundo. 1985-1991, la caída del imperio soviético. Ariel, Barcelona, 2016. 384 pp.

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4 comentarios en “SEIS AÑOS QUE CAMBIARON EL MUNDO – Hélène Carrère d’Encausse

  1. Farsalia dice:

    Leído hace un año y medio, cuando se publicó, escribí una breve reseña para un número de Desperta Ferro Contemporánea, que no me resisto a transcribir, pálida muestra frente al detalle de la reseña de Rodrigo:

    “El 25 de diciembre de 1991 Mijaíl Gorbachov, presidente de la Unión Soviética, dimitió de su cargo, pero ya hacía semanas que URSS había dejado de existir para varias de sus repúblicas federadas. Seis años antes, en marzo de 1985, Gorbachov había sido elegido secretario general del PCUS y su llegada al poder anunció cambios radicales para salvar un imperio soviético moribundo. En este libro, la experta sovietóloga Carrère d’Encausse analiza la caída del régimen comunista y de su imperio euroasiático. La perestroika (“reconstrucción”) y la glásnost (“libertad de opinión”) fueron los ejes sobre los que Gorbachov pretendió revitalizar la URSS para salvarla de una catástrofe económica y política. El accidente de la central nuclear de Chernóbil, en abril de 1986, fue el síntoma definitivo de que algo iba muy mal en el “paraíso de los obreros”. El libro muestra las tensiones en el seno del Sóviet Supremo y el Politburó entre conservadores y aperturistas, y las dificultades del premier para sacar adelante su proyecto. La modernización del régimen se vio socavada desde el interior, paradójicamente gracias a la perestroika y la glásnost. Gorbachov, destaca la autora, tuvo que lidiar con la creciente oposición en el interior del país y la popularidad en el extranjero. Frente a Gorbachov se erigió Boris Yeltsin, figura disidente en el seno del poder soviético, aliado pero a menudo enemigo del premier ruso. Su auge hacia la presidencia de la Federación Rusa es inversamente opuesta a la de un Gorbachov que tuvo que lidiar en varios frentes: el económico, el institucional/político, el nacionalista (de los países bálticos a los georgianos y los ucranianos, sobre todo) y el exterior (frente a los Estados Unidos), sin olvidar el bloque socialista, en descomposición. El fracaso de Gorbachov se agudizaría con el golpe de estado de agosto de 1991, orquestado por quienes consideraban que el gobierno del premier hundía a la URSS y querían mantenerla a la antigua usanza, y aunque fracasó provocó su caída. En un extenso epílogo, se trazan las consecuencias de la debacle soviética: la construcción de una Rusia poscomunista durante la convulsa presidencia de Yeltsin. “

  2. Rodrigo dice:

    Buena contribución, Farsalia.

  3. APV dice:

    Parece interesante.

    La política y economía soviética estaban fosilizadas desde la época de Brezhnev, y la gerontocracia no resolvía la situación (aunque hay quien atribuye a Andrópov un proyecto reformista truncado por su muerte).
    Gorbachov fue vista como una solución pero el resultado no fue adecuado, Yelsin aprovechó y su turbulento gobierno dió paso al reparto económico del país y a la implantación capitalista sin anestesia (y de paso a cañonazos como en 1993).

    Lógico que los rusos se volvieran hacia alguien como Putin que les ofrecía revolver los anteriores mandatos (pero sin cambiar el nuevo sistema económico).

    Es interesante compararlo con el aterrizaje chino, que partía de una situación mucho peor derivada del último maoismo, donde se mantuvo el poder por parte del partido.

  4. Rodrigo dice:

    Así es.

    Fue una época de aquellas en que se percibe el rumor de la Historia, así, con mayúscula; sobre todo en el cambio de década. Como pocas veces, sentíamos el estar viviendo uno de los puntos de inflexión en el devenir del siglo, el fin de una era y la apertura de una nueva (si para bien o para mal, ya es otra cosa).

    … Con mayor razón en países como el mío, que vivía su propia experiencia de transición.

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