RÉQUIEM POR UN IMPERIO DIFUNTO – François Fejtö

RÉQUIEM POR UN IMPERIO DIFUNTO - François FejtöEnfrentados a una contienda de proporciones colosales, los europeos de 1914 podían quizá consolarse pensando que el mundo saldría de ella escarmentado y regenerado, curado al fin de su tendencia a zanjar sus problemas mediante las armas. Sin embargo, la que debía ser “la guerra para acabar con todas las guerras” terminó siendo el disparo de largada de una carrera demencial hacia una era de violencia terminal, en escala nunca vista. En lugar de restañar heridas, la Primera Guerra Mundial laceró y mutiló a los estados y las naciones, diseminando tensiones, rencillas y revanchismos por doquier; en vez de sofocar los contenciosos, los multiplicó y los hizo aun más explosivos. Debía conducir a una paz duradera; derivó en cambio en un clima de extrema beligerancia social y política, sembrando las condiciones propicias para una tormenta perfecta. La PGM emponzoñó el alma de Europa, incitándola a actuar en lo sucesivo como si la fatalidad señalase el curso de la historia, o como si nada se pudiera resolver sin recurrir a las medidas más traumáticas. Ofuscados, los responsables de la política internacional optaron casi siempre por las líneas de acción que menos convenían a la armonía y estabilidad del continente (y del mundo). Por de pronto, la remodelación del mapa de la Europa centro-oriental fue un desatino mayúsculo, aunque es cierto que se trataba de un desafío casi insoluble; de hecho, no hicieron falta muchas sesiones de la Conferencia de Paz de París (de la que emergería el Tratado de Versalles) para que los dirigentes se dieran cuenta de que sus resoluciones disgustarían a todos. El ideal wilsoniano de la autodeterminación de las naciones y el principio del estado-nación étnicamente homogéneo hacían del nuevo trazado de fronteras un empeño tan ímprobo como ilusorio, en franca colisión con la profunda diversidad lingüística y religiosa de la región. La heterogeneidad étnica era un factor determinante en el caso del imperio austro-húngaro, monarquía dual que albergaba un intrincadísimo mosaico de pueblos. ¿Aspiraban todos ellos a la autonomía?; ¿representaban las minorías una fisura en la cohesión y solidez del imperio? ¿Era el imperio austro-húngaro la “cárcel de pueblos” denunciada por algunos? En definitiva, ¿estaba el mismo condenado a una completa disgregación como la que se consumó abruptamente en 1919?

De tales cuestiones se ocupa François Fejtö en Réquiem por un imperio difunto, ensayo reeditado recientemente en España y cuya publicación original -en francés- data de 1988. Fejtö (1909-2008), periodista y politólogo franco-húngaro, enfatiza que en 1914 la convivencia multiétnica era en el imperio Habsburgo una realidad quizá no ejemplar, pero sí bastante consolidada y con expectativas de prosperar. Ninguna de las potencias europeas incluía en su agenda el desmembramiento del estado danubiano; antes bien, su subsistencia era considerada un interés prioritario, funcional cuanto menos al orden y estabilidad en una zona de suyo conflictiva (para los occidentales, servía además como contrapeso del militarismo prusiano y la barbarie rusa; el imperio otomano ya no contaba como verdadera amenaza para Europa). Ya desatada la guerra, el desempeño de las tropas fue por lo general correcto, mostrándose razonablemente combativas y leales a la causa imperial. ¿Qué cambió durante la guerra? ¿Qué circunstancias plantaron en el corazón del sistema la bomba que lo haría saltar en pedazos? En una tesis que constituye la piedra angular del libro, Fejtö sostiene que el derrumbe del imperio no obedeció a un proceso de corrosión de los mecanismos que lo mantenían unido ni a una súbita crisis interna, sino que fue el resultado de la acción de agentes exógenos. Ciertamente, la deficitaria centralización administrativa y la necesidad de conciliar los intereses y reivindicaciones de una multitud de particularismos eran factores que mermaban la robustez del país, relegándolo a una posición de inferioridad frente a las otras potencias del continente. Aun así, el separatismo no era en 1914 una fuerza apabullante, ni se sentía la corona amenazada por la sombra de la disgregación.

El margen de autonomía de los húngaros, con Budapest erigido en efectivo centro de toma de decisiones, era lo bastante amplio como para satisfacer a la segunda mayoría étnica de la monarquía dual. En su periferia, checos y croatas presionaban por la obtención de mayores privilegios (entre los checos cundía cierta humillación por haber sido postergados en favor de los húngaros en el Compromiso de 1867, que fundó la monarquía dual), pero sus demandas no eran intransigentes ni podían impulsar un movimiento centrífugo (no todavía). Según Fejtö, fueron los dirigentes de la victoriosa Entente los que cargaron con la responsabilidad de desmembrar el imperio, especialmente la izquierda francesa, interesada en extender su ideario republicano, anticlerical y antiimperialista en una región que de pronto parecía madura para la liberación de los pueblos y el quiebre de una monarquía obsoleta. También destaca el papel de dos célebres emigrados checos, pronto los fundadores del estado checoslovaco: Tomáš Masaryk y Edvard Beneš, cuya vehemente y versátil campaña en favor del separatismo ejerció un poderoso influjo en la opinión de las autoridades francesas, británicas y estadounidenses. La labor de zapa de unos y otros incidió en la circunstancia de que los líderes occidentales dejaran de ponderar al imperio austro-húngaro como factor de equilibrio en Europa oriental, trasladando su preferencia a la instauración de estados cabalmente nacionales.

A Fejtö no lo ciega su nostalgia de la monarquía dual. Advertido de la importancia del despertar de la conciencia nacional a lo largo del siglo XIX, conviene en que el autonomismo separatista era una tendencia significativa al interior del imperio. Con todo, insiste en su carácter de tendencia, no de destino irrevocable, y en que su fuerza no era en modo alguno incontenible; su poder de convocatoria no llegaba al extremo de movilizar en masa a las nacionalidades periféricas. El ímpetu del separatismo era contrarrestado por otra tendencia quizá igual de considerable, el federalismo, que concitaba la adhesión de buena parte de las minorías, persuadidas de que la coexistencia pacífica en el seno de una misma estructura estadual les garantizaba ventajas muy tangibles (mientras que los beneficios de una hipotética autonomía estaban demasiado librados a la incertidumbre).

Antes de abordar el tema central de su estudio, el autor pasa revista a los antecedentes históricos del imperio Habsburgo y a los orígenes de la Primera Guerra Mundial, en sendos capítulos provistos de sumo interés. Luego entra propiamente en materia, siendo uno de sus procedimientos predilectos el examen de los tejemanejes en el ámbito de la diplomacia y el cometido de ciertos actores relevantes, agentes -oficiosos algunos de ellos- de la monarquía dual, intermediarios extranjeros -incluidos algunos españoles- o bien individuos empeñados en socavar las bases del imperio (británicos y, sobre todo, franceses, además de los ya mencionados Masaryk y Beneš). Fejtö hace hincapié en los cautelosos esfuerzos del nuevo emperador, Carlos I (sucesor de Francisco José, fallecido en noviembre de 1916) por sacudirse la tutela alemana y retirar al país de la guerra, una tentativa frustrada principalmente por los franceses (los emisarios del imperio se quejaron de que Francia tenía pocos interlocutores dispuestos a negociar con un estado que tenía muy mala prensa, dominada esta por el republicanismo batallador del viejo dreyfusismo). Por su parte, los italianos se opusieron a una paz por separado por temor a conseguir menos de lo que la Entente le había prometido en materia de ganancias territoriales. Los federalistas húngaros, en cambio, no tenían buenos contactos con el presidente Wilson ni con los gobiernos de la Entente. El Congreso de los Pueblos Oprimidos de Austria-Hungría, realizado en Roma en abril de 1918, propinó un duro golpe a la tímida intentona imperial; el congreso fue uno de los grandes triunfos propagandísticos de los austrófobos occidentales y emigrados (checos, eslavos del sur, polacos), que conquistaron para su causa a eminencias como G.K. Chesterton, Sidney Webb y George Bernard Shaw. En concepto de Fejtö, tras las maniobras de los austrófobos se detecta la influencia de la masonería, a la que muy especialmente pertenecían varios de los dirigentes y líderes de opinión franceses y estadounidenses.

Lo que selló finalmente el destino del imperio danubiano fue la determinación de franceses y británicos de obtener una victoria militar sin condiciones sobre las potencias centrales, ciñéndose de paso a los acuerdos suscritos con sus aliados: Italia, Serbia y Rumania, además de los compromisos compensatorios con checos y eslovacos, todos los cuales esperaban una suculenta tajada de la partición de la monarquía dual. A raíz de esto es que Fejtö afirma que «la Primera Guerra Mundial comenzó como una guerra (imperialista) clásica y acabó como una guerra ideológica», idea ya planteada en su momento por el mismísimo Clemenceau (en 1930). Guerra que principió como típica confrontación de potencias imperiales movidas primordialmente por la consabida “razón de Estado”, que podía lo más bien impulsar alianzas entre regímenes democráticos y un estado como la Rusia de los zares, símbolo del despotismo y el antiliberalismo; guerra que durante su transcurso adoptó un aura cuasi metafísica de lucha entre el bien y el mal, orientada al aplastamiento definitivo del enemigo, por ende imposible de dirimir si no era por medio de una victoria total y sin concesiones. La guerra como una cruzada de nuevo cuño, asumida por el progresismo francés como una oportunidad única para la diseminación de su ideario: suerte de mesianismo republicano que vino a interpretar la defensa del imperio austro-húngaro como defensa de un statu quo que contravenía los derechos de las nacionalidades, subyugándolas a un régimen intrínsecamente reaccionario. He aquí que, siguiendo a nuestro autor, se descubre la “clave masónica” de la guerra ideológica, dado el protagonismo de la masonería en la lucha contra el clericalismo, el monarquismo y el militarismo (de los cuales Austria-Hungría resultaba una acabada encarnación).

Interesante trabajo, tal vez afectado de cierto tufillo a “teoría conspiranoide” pero avalado en buena medida por las fuentes documentales a que apela el autor. Su tono de elegía por la desaparición del imperio Habsburgo parece justificado por las secuelas del acontecimiento, que agravó en vez de resolver los conflictos étnico-nacionales del área danubiana (entre otras cosas, exaltó la integración y la homogeneidad en desmedro de la cooperación y el respeto de la diversidad, dejando indefensas a las minorías frente a unas etnias centrales demasiado dispuestas a la coerción y a la segregación). Libro recomendable, en suma.

– François Fejtö, Réquiem por un Imperio difunto. Historia de la destrucción de Austria-Hungría. Ediciones Encuentro, Madrid, 2016. 494 pp.

     

2 comentarios en “RÉQUIEM POR UN IMPERIO DIFUNTO – François Fejtö

  1. atenea dice:

    ¡qué buena reseña! Es uno de mis temas favoritos. Gracias maestro.

  2. Rodrigo dice:

    Pues mil gracias, Atenea.

    Suerte que de vez en cuando se reediten libros valiosos como este. La edición anterior es de Mondadori, de 1990.

    Así y todo, los de Encuentro no anduvieron muy acertados con la portada. ¡Un casco prusiano! Vaya despiste…

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