REGRESO DE LA URSS – André Gide

REGRESO DE LA URSS – André Gide«¡Qué imprudencia adjudicar tanto valor a la afiliación de un espíritu tan inhábil de forma natural para la convicción!» Roger Martin du Gard

No es que André Gide careciese de convicciones, como parece sugerir el dictamen de su amigo Martin du Gard (que lo conocía bien, y no veía en él una veleta sujeta al capricho de los vientos); más bien es que a todas ellas anteponía invariablemente el imperativo de la autonomía moral y la honestidad intelectual: quizá su única convicción irrenunciable. En el siglo de los intelectuales comprometidos por excelencia, ni el sectarismo ni los intereses de partido, como ninguna exigencia de toma de posición política –prevaleciente en una época que solía reducir las disyuntivas de la ética a lo político-, podían contar con Gide; en cambio, sí podía hacerlo la defensa irrestricta de la verdad. El no acomodarse al imperante espíritu de partido y recelar de toda forma de dogmatismo ideológico hacía de él un supremo inconformista, con mayor hondura aun que su imagen de esteta transgresor, reluctante a la moral convencional. Su homosexualidad militante (quienquiera que escriba un texto como Corydon merece el apelativo) bastaba para ponerlo a contracorriente de lo que entonces pasaba por admisible; el conjunto de la obra literaria de Gide atestigua la escasa estima que profesaba a la ortodoxia religiosa y a las convenciones del orden burgués. Bajo el supuesto de que la repulsa de la moral vigente sirve de puente entre la vanguardia artística y la vanguardia política, nada podía parecer más natural a ojos de sus contemporáneos que Gide -el escandaloso e incorregible Gide, antiguo dreyfusista y crítico del colonialismo francés- simpatizara con la causa comunista y con la revolución bolchevique. Pero el Gide personalidad pública era, por temple e inclinación, hombre refractario a las ataduras; sus adhesiones políticas no eran en modo alguno incondicionales, algo que solo podían ver y –sobre todo- aprobar los que como él no se doblegaban al faccionalismo (el caso de Martin du Gard, entre los de su generación; la siguiente levantaría ejemplos como los de Albert Camus, Raymond Aron y David Roussett). En este sentido, su cometido en el famoso Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, realizado en París en 1935, encerraba una clara advertencia.

Por más que Gide se declarara “comunista de corazón” y admirador de la URSS, nada iba a hacerlo desistir de sus esfuerzos en favor de la liberación de Victor Serge, víctima del régimen soviético, liderando en el contexto del Congreso una campaña que dejó atónitos a los comunistas y “compañeros de ruta” del mundo. A pesar de esta categórica muestra de independencia, la visita de Gide a la URSS el año siguiente fue promocionada por todo lo alto en la prensa soviética y la extranjera de signo procomunista: una celebridad de la literatura conocería -¡al fin!- la “tierra prometida” de los trabajadores; por fuerza debía Gide pregonar las bondades del país que provocaba el odio y el temor de los explotadores y los imperialistas. ¿No lo habían hecho ya personalidades como Sydney y Beatrice Webb, George Bernard Shaw, Henri Barbusse, H. G. Wells? El tiro, empero, les salió por la culata. Poco después del viaje, Gide publicó Regreso de la URSS (1936), complementado luego con un segundo texto, Retoques a mi ‘Regreso de la URSS’ (1937). En ellos expone el autor la profunda decepción que le provocó su reciente experiencia, acarreándose de inmediato el repudio de los partidarios del régimen estalinista, empeñados en superarse unos a otros en la acidez de las injurias destinadas al escritor. En adelante, Gide quedó prácticamente al margen del compromiso político: para la izquierda era un “tránsfuga” y un “traidor” –lo era incluso para los moderados del sector, mayoritariamente inclinados a pensar que atacar a la URSS era hacerle el juego a los fascistas, que no disimulaban su disposición a hacer un frente común en el contexto de la guerra civil española-; la derecha lo tenía por irredimible en vista de los pecados que acumulaba, partiendo por su pasado dreyfuista. (De todos modos, no parece que su aislamiento lo perturbara demasiado. Sólo a costa de su propensión natural a la privacidad es que había tomado el camino del intelectual comprometido, décadas después de su moderada intervención en el caso Dreyfus. Casi septuagenario, replegarse al ámbito de la intimidad y al cultivo de las letras representaba para él una vuelta al hogar. En los años de la ocupación alemana se mantuvo apartado de la escena pública.)

En Regreso de la URSS Gide formula una abierta denuncia del opresivo régimen soviético, que practica una completa supresión de la libertad de opinión y de expresión: «En la U.R.S.S. se admite por anticipado y de una vez para siempre que, en todo y sobre cualquier tema, no puede haber más de una opinión». El órgano que ejerce el monopolio de la opinión es, por supuesto, el diario Pravda, que «alecciona cada mañana [a la gente del país] sobre lo que es oportuno saber, pensar, creer. ¡Y no es recomendable salirse de ahí! De resultas, siempre que se habla con un ruso, es como si se hablara con todos». En las primeras jornadas de su recorrido era prácticamente imposible recabar una opinión sobre los acontecimientos que sacuden a España, y es que Pravda aún no se había pronunciado al respecto: «Nadie se atrevía a aventurarse antes de saber qué convenía pensar. Sólo pasados unos días (habíamos llegado a Sebastopol), empezó a inundar los periódicos una inmensa ola de simpatía, iniciada en la Plaza Roja, y por doquier se organizaron suscripciones voluntarias para ayudar a los republicanos». El espíritu crítico y el disenso son vistos como males intolerables. Toda noticia proveniente del extranjero es objeto de sistemática tergiversación, inculcándose a la población la fantasía de que vive en el mejor de los mundos posibles. «El ciudadano soviético –escribe Gide- vive en una extraordinaria ignorancia del extranjero. Más aún: le han convencido de que todo, en el extranjero, y en todos los campos, iba mucho peor que en la U.R.S.S. Esta ilusión está hábilmente alimentada, pues lo importante es que cada cual, aun sintiéndose poco satisfecho, celebre el régimen que lo resguarda de males peores». Fuera de un patético complejo de superioridad (todos parecen creer que nada se hace mejor ni tan prestamente como en la URSS), lo que semejante estado de cosas obtiene es un generalizado conformismo, aunque al régimen no le basta con esto: aprobación sincera y entusiasta es lo que demanda de sus súbditos. Pero Gide no se deja engatusar: el miedo y la suspicacia son demasiado evidentes. Su conclusión apenas puede ser más categórica: «Dudo que en ningún otro país hoy por hoy, ni siquiera en la Alemania de Hitler, exista espíritu menos libre, más doblegado, más temeroso, si no aterrorizado, más avasallado».

Tampoco lo engaña la naturaleza del sistema, que hiede a dictadura personalista. El culto a Stalin se manifiesta en todas partes y de mil maneras; la adulación del déspota lo determina y lo contamina todo. «Dictadura del proletariado, nos prometían. Nada más lejos de la realidad. Sí: dictadura, por supuesto; pero la de un hombre, no ya la de los proletarios unidos, de los Soviets». «Lo que en la U.R.S.S. se denomina “oposición” es la crítica libre, es la libertad de pensamiento –apunta el escritor en Retoques-. Stalin no soporta sino la aprobación; adversarios son, para él, todos aquellos que no aplauden». El servilismo resultante no sino es la otra cara del despotismo estalinista.

Como artista que es, Gide no puede dejar de observar la situación de la cultura en la URSS, y lo que ve es francamente deplorable. Son los días en que la acusación de “formalismo” se impone en el terreno cultural como la condena definitiva. La denigración y la censura penden sobre todo quehacer artístico que no esté “en la línea”, que no se atenga a la orientación fijada desde arriba, desde el poder que nada deja de controlar. «Por más genio que demuestre un artista, la atención se desvía, y es desviada, de su trabajo, si éste no sigue la línea: conformidad es lo que se le pide al artista, al escritor; todo lo demás le será dado por añadidura». Pero la supresión de la libertad creativa supone la muerte de la cultura, y una sociedad sin cultura es una sociedad marchita, moribunda. Al respecto, Gide es tajante: «El arte que se somete a una ortodoxia, aun inspirada por la más sana de las doctrinas, está perdido. Termina naufragando en el conformismo. La libertad es lo primero que debe y puede ofrecer al artista la revolución triunfante. Sin libertad, el arte pierde sentido y valor». Expuesto a una cultura exangüe y falsa, en que el poder determina qué libros pueden ser leídos y qué obras de arte deben ser apreciadas, el pueblo engendra nada más que almas acomodaticias y carentes de espíritu crítico, ignorantes incluso de su incapacidad de pensar libremente: almas esclavas, en suma.

Sometido al fuego graneado de los comunistas y sus acólitos, Gide se creyó en la necesidad de añadir a su testimonio original una continuación. Así surgió Retoques a mi ‘Regreso de la URSS’, en que el autor procura apuntalar su visión reprobatoria con datos estadísticos y observaciones adicionales. La conclusión no deja lugar a dudas en lo que concierne a la postura del autor. La URSS, afirma, no es lo que pretendía ser. Ha traicionado las esperanzas de quienes la creyeron el faro que iluminaría el nuevo rumbo de la humanidad: «Si al principio nos servías de ejemplo, ahora ¡desgraciadamente! nos enseñas en qué arenal puede naufragar una revolución».

La importancia del viraje de Gide reside en que fue, si no el primero, sí el más resonante de los simpatizantes de la URSS que abjuraron públicamente del espejismo bolchevique. Otros habían sufrido sendas decepciones, pero por uno u otro motivo su distanciamiento del experimento soviético no podía provocar tanto revuelo como el del escritor francés. (Entre los hombres de letras, John Dos Passos, que incluso fue retenido durante semanas por las autoridades soviéticas –en algún momento sospecharon de sus intenciones-, se abstuvo de publicitar su experiencia; Joseph Roth no era muy famoso aún cuando publicó la crónica de su temprana decepción; hombres como Ignazio Silone, Victor Serge, Arthur Koestler y Boris Souvarine -autor del primer estudio crítico de Stalin-, además de carecer del prestigio literario internacional de Gide, no eran meros simpatizantes sino que provenían del terreno mismo del comunismo.) Lo cierto es que Gide rompió antes con el régimen estalinista que con el comunismo. El cuestionamiento que del primero vierte en sus dos textos está motivado por el rechazo del fingimiento y del espíritu de adulación y por un hondo aprecio del ideal revolucionario. Cree estar prestando un servicio a la URSS y a la causa que representa, pero nada de esto importa al gobierno soviético ni a sus valedores en Occidente, para quienes no cuentan los matices ni la crítica honesta y bienintencionada; su mentalidad maniquea no admite más alternativas que las de estar a favor o en contra de la URSS: quien no se entrega ciegamente a la causa no puede ser más que un desviacionista y un contrarrevolucionario, un enemigo con el que no cabe tener contemplaciones.

La reciente recuperación de ambos textos por Alianza Editorial constituye una medida valiosa y oportuna pues pone en manos de las nuevas generaciones un documento ejemplar, muestra admirable de probidad intelectual.

– André Gide, Regreso de la URSS, seguido de Retoques a mi ‘Regreso de la URSS’. Alianza, Madrid, 2017. 184 pp.

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2 Respuestas a “REGRESO DE LA URSS – André Gide”

  1. José Sebastián Dice:

    ¡Grandísima reseña Rodrigo! Como bien indicas la obra de Gide debería ser un faro para las nuevas generaciones.

    Desgraciadamente, en la Rusia actual sigue imperando el mismo patrón: O estás con Putin o eres un enemigo de Rusia. Y, lo que aún resulta más triste, con el beneplácito de la mayoría de la población.

    Saludos.

  2. Rodrigo Dice:

    Es todo un caso, ese país. Parece condenado a sufrir la historia como metido en un eterno bucle.

    Gracias, José Sebastián.

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