LOS VENCIDOS – Robert Gerwarth

LOS VENCIDOS - Robert GerwarthLas periodizaciones históricas nos auxilian en la comprensión del pasado pero también nos vuelven propensos a un esquematismo de compartimentos estancos, que entre otros defectos tiene el de rodear de oscuridad algunas aristas o variables que no responden del todo a los criterios que confieren sentido al paradigma histórico vigente. A veces incluso olvidamos que las periodizaciones y las denominaciones epocales son convenciones, artificios o instrumentos cognoscitivos… Acostumbrados como estamos a la práctica de dividir la historia en segmentos, corremos –por ejemplo- el riesgo de no prestar debida atención al hecho de que el concepto de Primera Guerra Mundial no tuvo para todos los contendientes el mismo significado. Una vez que la examinamos detenidamente, la misma línea divisoria que en principio establece la pertenencia al bando de los vencedores o el de los vencidos se nos revela porosa, surcada de trizaduras. En esta faceta de la cuestión, Italia representa quizá el caso más arduo: incorporada con relativa tardanza a la que acabaría siendo la coalición vencedora, los beneficios que obtuvo a raíz de su beligerancia estuvieron por debajo de las expectativas de sus dirigentes políticos, y el aspecto que la península exhibía después de 1918 no era en absoluto el de una potencia victoriosa. Antes de transcurrido un quinquenio desde el fin de la PGM, las turbulencias internas auparon al poder a un líder y un movimiento extremistas, decididos a romper con el orden liberal y a modificar radicalmente el estatus internacional del país, circunstancia que hizo de la Italia fascista un foco de inestabilidad continental y una amenaza para la paz. Otro flanco problemático de la periodización y de la consagración de la locución “Primera Guerra Mundial” concierne a las naciones balcánicas, que en su generalidad estuvieron involucradas en conflictos internacionales que exceden por mucho el estado de beligerancia delimitado por el período 1914-1918. Así como Keith Lowe muestra en su aclamado libro Continente salvaje que 1945 no supuso para toda Europa el fin de las hostilidades enmarcadas por la Segunda Guerra Mundial, los hechos posteriores a 1918 justifican la realización de un ejercicio similar para lo atingente a la Europa centro-oriental, una vasta porción del continente cuyas condiciones eran muy distintas de las que caracterizaban a las grandes potencias occidentales: por de pronto, fue en esa región donde proliferaron los extremismos políticos y donde surgieron los regímenes totalitarios. Allí fue donde se gestó la Segunda Guerra Mundial. Holgada justificación tiene, pues, el ejercicio practicado por el historiador Robert Gerwarth en Los vencidos (‘The Vanquished’, 2016), obra enfocada en la contingencia de los países que de la PGM salieron derrotados, desmembrados o insatisfechos.

Comenzando por la caída de antiguas dinastías gobernantes y el derrumbe de imperios pluriseculares, el triunfo de la revolución en Rusia y la remodelación sustancial del mapa geopolítico, las consecuencias de lo que inicialmente se conoció como la Gran Guerra hicieron de la Europa centro-oriental un caldero hirviente de conflictos latentes o en desarrollo, tanto internos como supranacionales. Habida cuenta de esto, no es la intención de Gerwarth desbancar el concepto de Primera Guerra Mundial sino hacer hincapié en que 1918 tuvo para aquella región otro cariz que el de fungir como año bisagra ente la guerra y la paz. Se trata de algo más que de una cuestión de matices puesto que las tensiones no resueltas fueron el germen del que brotó la guerra de 1939, aun más devastadora que la de 1914. Por si esto fuera poco, hay que considerar que los acontecimientos que siguieron a 1918 son para la generalidad de los países europeo-orientales –aun en la actualidad- un marco de referencia histórico más decisivo que la PGM: lo que para Europa occidental es la inmediata posguerra y el umbral de la reconstrucción de las derrengadas economías nacionales, su contraparte lo identifica en cambio con una escalada de violencia asociada a feroces luchas intestinas y a los conflictos surgidos de los esfuerzos por la emancipación nacional, la fundación de nuevos estados en condiciones sumamente desfavorables y una serie de disputas territoriales (no siempre resueltas por vía diplomática: Grecia y Turquía, por de pronto, se enfrascaron en una guerra en toda regla; Hungría soportó en 1919 la humillación de ver ocupada su capital por las tropas rumanas). Lo que de esos años retiene la memoria colectiva de la mitad menos afortunada de Europa es su carácter caótico y convulso. La inestabilidad social y política; la precariedad de las estructuras económicas; las rencillas nacionalistas y las animosidades étnicas; la radicalización de las ideologías y de las agrupaciones políticas; la amenaza revolucionaria, los golpes de estado y la guerra civil; la multiplicación de contenciosos entre estados –secuela en gran medida de la aplicación apresurada e improvisada del precepto wilsoniano de la autodeterminación nacional-: era toda una concatenación de factores adversos lo que sumía a aquellos pueblos en un mar de frustraciones y resentimientos, configurando un cuadro por completo desalentador.

El horizonte temporal de Los vencidos está acotado por el ascenso del bolchevismo al poder en Rusia (1917) y la firma del Tratado de Lausana (julio de 1923), que estableció las fronteras del nuevo estado turco y sepultó las ambiciones expansionistas de Grecia. El libro, como está dicho, condensa las vicisitudes de países que estuvieron lejos de transitar de la guerra a la paz y cuya coyuntura es clave para la comprensión del siglo XX. En esta línea, la interpretación de los acontecimientos por el autor discrepa explícitamente de la generalización de la tesis de la “brutalización” de los combatientes en el fragor de la PGM, tesis expuesta originalmente –en relación con el caso alemán- por George L. Mosse en Soldados caídos (‘Fallen Soldiers’, 1990), y que luego –señala Gerwarth- ha sido esgrimida por otros historiadores para explicar el devenir de prácticamente toda Europa. El valor de la tesis puede ser cuestionado desde el momento en que se constata que la asimilación de niveles de violencia considerados inadmisibles antes de la guerra no fue una realidad pareja para todas las sociedades: no lo fue, desde luego, para franceses, británicos y belgas, cuyos combatientes no estuvieron menos expuestos que sus pares alemanes a los horrores de la guerra de trincheras. No condujo, por ende, a una radicalización universal de las actitudes y de las mentalidades, tal que pueda remontarse a ella el auge de los totalitarismos y el origen de los estragos observados durante la SGM. Gerwarth opta por eludir esta y cualquier otra explicación monocausal; en su lugar, atiende a la especificidad de los escenarios nacionales y pone un esmerado énfasis en el carácter seminal del “después de la guerra”.

El enfoque panorámico de Los vencidos es por completo estimable, lo mismo que la crítica de la tesis de la brutalización. Thomas Weber, en La primera guerra de Hitler (libro que está entre las fuentes secundarias de las que echa mano Gerwarth) ha argumentado muy convincentemente que la radicalización de quien encabezaría el nazismo y el Tercer Reich no se produjo en los años de la PGM sino después, a partir de la fallida revolución alemana (1918-1919). La indagación de Weber comprende también a los compañeros de armas de Hitler, los hombres que integraron el Regimiento List, con el resultado de que no hay demasiadas razones para establecer una correlación directa entre la cruda experiencia de las trincheras y el extremismo político en la posguerra. Así pues, las conclusiones a que arriba Weber prestan un sólido aval a las premisas en que se sostiene el análisis de Gerwarth. Por otro lado, no se trata de descartar como si nada la incidencia de la experiencia bélica –o de su idealización romántica- como catalizador de la agitación callejera y las turbulencias políticas de la incipiente democracia alemana. La existencia misma de los Freikorps y su violento protagonismo en la represión de los revolucionarios de izquierda aportan indicios significativos de que dicha experiencia sí condicionó la actitud política de algunos veteranos de guerra, pero no de todos los que vivieron las famosas “tormentas de acero”; por demás, una proporción importante de los voluntarios de los Freikorps no eran veteranos sino jóvenes que no alcanzaron a participar en la pasada conflagración, los que se superaban en brutalidad por el deseo de estar a la altura de los relatos idealizados sobre heroísmo, sacrificio y camaradería en tiempo de guerra.

Una de las señas de identidad de las diversas crisis de posguerra (contando revoluciones, guerras civiles y guerras entre estados) fue la de los padecimientos extremos de la población civil: ni más ni menos que una de las constantes en la torturada fisonomía del siglo XX. Como se puede suponer, Rusia fue por lejos el caso más dramático, con varios millones de muertos a causa de la guerra civil y la hambruna de 1921-1922. La confrontación armada entre “blancos” y “rojos” (no los únicos pero sí los principales bandos en liza) tuvo entre sus prácticas más crueles la política de tierra quemada y la matanza de aldeanos como medida de represalia, además de la ejecución masiva de prisioneros. Los pogromos de la época zarista fueron en comparación muy poca cosa: tanto revolucionarios como contrarrevolucionarios se cebaron con especial saña en los judíos de la antigua Zona de Asentamiento (en la amplia franja occidental de lo que fuera el imperio ruso), pero también lo hicieron las fuerzas independentistas polacas y ucranianas. En torno a doscientos mil judíos fueron asesinados en esa época. Otro escenario de atrocidades multitudinarias fue el de la guerra greco-turca. La invasión de Asia Menor por tropas griegas en 1919 desencadenó una espiral de matanzas y otras formas de violencia simbolizadas en aquel entonces por los “horrores de Esmirna”. Cada vez que un poblado o ciudad cambiaba de manos –situación nada infrecuente-, las fuerzas de una y otra nacionalidad desahogaban sus odios arrojándose sobre los civiles de la etnia contraria; los barrios griegos, densamente poblados y diseminados en la costa turca del mar Egeo, pagaron con creces las masacres perpetradas por el ejército griego en la misma área y en las tierras interiores de Anatolia. (Más o menos en la misma época, armenios y kurdos sufrieron penurias similares, con el añadido de que los primeros se vieron atrapados entre los turcos y el régimen bolchevique instaurado en Rusia.)

El intercambio masivo de población entre Grecia y Turquía, determinado por el Tratado de Lausana, fue apenas uno de los muchos episodios de desplazamiento de población e inmigración forzada que se verificaron en el transcurso de la pasada centuria. Lo fue, ciertamente, en el contexto del desplome de los imperios multinacionales de Europa oriental –el austro-húngaro, el ruso y el otomano-, a raíz de su derrota en la PGM. El reordenamiento geopolítico fue uno de los desafíos más serios que debieron enfrentar las potencias occidentales, que se arrogaron la facultad de trazar fronteras y distribuir territorios bajo el designio de la homogeneidad étnica y la autodeterminación nacional. Pero el mosaico demográfico de Europa oriental, enmarañado en grado tal que superaba lo imaginable para los occidentales, frustraba cualquier ilusión relativa a delimitaciones pulcras y precisas entre estados a los que se pretendía atribuir un sustrato étnico (para mayor gloria del estado-nación, ídolo del siglo). El resultado inevitable fue que cada uno de los estados emergentes contenía importantes minorías étnicas, constituyéndose en focos latentes de discordia que en cualquier momento irían a estallar. Más temprano que tarde, los tratados orientados a proteger los derechos de estas minorías se convirtieron en papel mojado.

Fue como plantar bombas de tiempo por doquier, lo concerniente a la partición de imperios y a la ímproba política de anexión de territorios (una carga que el bloque anglo-francés se echó encima al ofrecer recompensas a quienes se alineasen con él en el curso de la guerra). Alemanes, austríacos, húngaros, griegos, italianos, búlgaros y otros: unos vieron estrechadas sus fronteras, otros se hallaron reducidos a estados minúsculos, los de más allá recibieron menos de lo que se les había prometido. Demasiados de los pueblos centro-orientales de Europa percibieron los años posteriores a 1918 como un tiempo de humillación nacional, alimentando vívidas ansias de redención y venganza. En general, la atmósfera moral de la región, emponzoñada como podemos ver, era la menos propicia para concebir razonables expectativas de paz y prosperidad a escala continental. Esta atmósfera es bien captada por Los vencidos, libro cuya perspectiva conjunta y polifacética contribuye no sólo a discernir el camino que llevaría a la Segunda Guerra Mundial sino también a la dilucidación de su naturaleza, el por qué llegó a ser la mayor de las calamidades del siglo.

– Robert Gerwarth, Los vencidos: Por qué la Primera Guerra Mundial no concluyó del todo (1917-1923). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. 475 pp.

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5 Respuestas a “LOS VENCIDOS – Robert Gerwarth”

  1. Urogallo Dice:

    Querido Rodrigo: Sin tí, Dublín estaba triste y gris. En un parque olvidado, encontré la estatua en honor de un chileno. Por una cerebración inconsciente pensé en tí. Toda exégesis, excepto señalar que era la de O`Higgins, en este caso eludo.

    Si me permites un comentario: La matanza de prisioneros en la guerra civil rusa, cómo señala una publicación reciente, se produjo casi siempre por parte del bando bolchevique. Al otro bando, mucho más escaso en recursos humanos, no le quedaba más remedio que tratar de absorver esas unidades, muy poco fiables, en su propio bando.

    https://elpais.com/cultura/2017/09/02/actualidad/1504345555_395080.html

  2. Rodrigo Dice:

    ¡Ja, ja! Y claro, de O’Higgins tenía que ser…

    Vale, Uro. Pinta muy bien el libro de Mawdsley. A ver si llega a cruzar el charco, que por ahora la editorial no ha dado el salto.

  3. Arturus Dice:

    Aunque los temas concernientes a la PGM o SGM ahora mismo no son mi prioridad, este libro me lo apunto, sin duda. Me interesa sobre todo el tema de la redistribución geopolítica en europa tras la PGM y el conflicto greco-turco.
    Muy apreciable tu reseña, Rodrigo.

  4. Arturus Dice:

    Por cierto, Gerwarth es autor de una interesantísima biografía: “Heydrich. El verdugo de Hitler”.

  5. Rodrigo Dice:

    Tengo en cuenta esa biografía. Ya caerá.

    Muchas gracias, Arturus.

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