LOS QUE SUSURRAN – Orlando Figes

LOS QUE SUSURRAN - Orlando Figes

Sumergirse en el ámbito privado de la Rusia de Stalin equivale en grandísima medida a incursionar en el terreno de la represión estalinista desde el punto de vista de los sobrevivientes.  Hasta ahora hemos tenido ocasión de conocer diversos testimonios sobre el Terror bolchevique en la forma de memorias y de narraciones que entremezclan ficción y realidad (obras de Evguenia Ginzburg, Nadezhda Mandelshtam, Alexander Solyenitzin, Varlam Shalámov y otros),  pero no un estudio general de lo que Orlando Figes denomina la «subjetivad soviética» que comprenda no sólo a las víctimas directas de la represión en su escala mayor, la de los campos de concentración, sino también a aquellos que optaron por callar resignadamente y por asimilar los términos del discurso oficial. Personas como las señoras Ginzburg y Mandelshtam, afirma Figes, rindieron testimonios valerosos en que proclamaban un principio de disidencia basado en la defensa de la libertad individual. Conciencias esclarecidas aunque no siempre supieran llegar a la raíz del problema (pues no bastaba con imputar el origen del Terror al «culto de la personalidad» ni a una presunta trasgresión del legado de Lenin), autores como los arriba mencionados no hablan necesariamente por los millones de ciudadanos soviéticos que soportaron los rigores del estalinismo y su asalto a la vida privada.

Orlando Figes (Londres, 1959) es un historiador especializado en la Rusia moderna, autor entre obras de una prestigiosa historia de La Revolución Rusareseñada en esta página-. Basándose en una gran cantidad de documentos privados (cartas, diarios y otros) y en entrevistas con sobrevivientes de la era de Stalin, Figes entrelaza una serie de historias familiares que configuran una amplia panorámica de la esfera de la intimidad en tiempos del Terror. Dichas historias cubren los diversos períodos de la represión administrada sobre la población soviética, desde la oleada inicial de 1918-1921 hasta la del período final del gobierno de Stalin, entre 1948 y 1953. Se trata, pues, de la historia de gentes que debieron aprender a morderse la lengua y hablar en susurros  con tal de sobrevivir. En primer plano figuran unas cuantas familias, entre las que destacan la de Konstantin Simonov y la de su segunda esposa, Yania Laskina. Personalidad tristemente emblemática, el corresponsal de guerra y escritor Simonov (1915-1979) asume en las páginas de Los que susurran un rol preponderante, claramente negativo: Figes traza de quien fuera un rendido admirador de Stalin una semblanza crítica que contrasta con la de numerosas víctimas de la represión.

Pocos regímenes lograron un nivel tan elevado de control social por la vigilancia mutua como el estalinista. En pocos regímenes como éste se verificó de modo tan pronunciado un fenómeno como el de la doble vida que tantos se vieron forzados a llevar, especialmente aquellos que se habían formado antes de la revolución; personas que en público aparecían como silentes ciudadanos soviéticos, en el secreto de sus hogares se aferraban desesperadamente a sus viejas ideas y creencias, en una suerte de «inmigración interior» de la que solían excluir a sus hijos: por el bien de éstos, muchos padres consideraron preferible que se moldeasen según el patrón soviético. Precisamente, uno de los temas centrales del libro en comento es el de las reacciones de las familias ante la opresión, sus estrategias de supervivencia, los modos en que las relaciones afectivas se vieron afectadas así como el desdoblamiento moral de personas que vacilaban entre el temor y la esperanza suscitada por las quiméricas promesas del régimen.

En ciertos casos, la utopía de la futura sociedad socialista podía compensar los sufrimientos de la vida presente, aunque la magnitud de los mismos era tal que incluso una calamidad de proporciones apocalípticas como fue la invasión alemana en 1941 podía llevar aires de cambio. La guerra tuvo la facultad de exaltar los ánimos y desatar las lenguas. Muchos ciudadanos se atrevieron a expresar abiertamente sus críticas al régimen, y las expectativas en torno a una posible liberalización cundieron en la población. Avanzada la guerra, los soldados del Ejército Rojo penetraron en territorio alemán y experimentaron un verdadero choque con la realidad occidental, muy distinta de la que pintaba la propaganda soviética; Stalin, por supuesto, estaba consciente del peligro que esto significaba. La victoria final supuso no sólo una difícil readaptación a la sociedad sino, peor aun, una decepción total ante el recrudecimiento de la opresión. Víctimas de las nuevas oleadas represivas fueron, entre otros,  la  mayoría de los combatientes y civiles que habían caído prisioneros de los alemanes.

El protagonismo asignado por nuestro autor a Konstantin Simonov demanda cierta atención. Hijo de una aristócrata de rancio abolengo y de un general del ejército zarista, Simonov era por nacimiento un miembro de la oligarquía que resultó desbancada por la revolución bolchevique. Toda su vida se esforzó al máximo por adaptarse al régimen y adquirir una «identidad soviética». Así pues, rechazó en su juventud la posibilidad de recibir una educación universitaria y optó por formarse como tornero en un instituto técnico, para mejor integrarse a la masa proletaria. Iniciado en el campo de la literatura y tras la invasión alemana a la URSS, prácticamente no hubo  género en que no cultivase las artes de la propaganda oficial, en que rindió culto a la figura de Stalin. En la misma época adquirió celebridad merced a su romance y posterior matrimonio con una famosa actriz rusa, Valentina Serova, para quien escribió obras de teatro y guiones cinematográficos descaradamente panfletarios.  

Más tarde, encumbrado Simonov al rango de  autor favorito de Stalin (quien se permitía corregir su trabajo literario), ocupando cargos de importancia y gozando de los privilegios de la élite soviética, no sólo se abstuvo de ayudar a colegas escritores o periodistas amenazados por la represión de 1948-1953 –de un marcado antijudaísmo-, sino que atizó el fuego de la campaña, difamando en encendidos artículos y discursos a algunos de sus mejores amigos. La denuncia de los males del estalinismo por Jrushov fue para el escritor una experiencia traumática, y la concibió como una traición hacia quien había conducido la victoriosa guerra contra Hitler; coherentemente, también se opuso al deshielo. Aunque luego se arrepintió de su cobarde actuación en los días del postrer ciclo represivo de Stalin e incluso matizó su veneración del dictador, insinuando algunas críticas a partir de su novela Los vivos y los muertos (1959) y apoyando la publicación de obras potencialmente subversivas (como la novela de Bulgákov El maestro y Margarita), el escritor fue hasta su muerte un estalinista convencido.  

– Orlando Figes, Los que susurran. Edhasa, Barcelona, 2009. 958 pp.

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20 comentarios en “LOS QUE SUSURRAN – Orlando Figes

  1. farsalia dice:

    Un libro que tengo pendiente desde que se publicó… hace ya año y medio.

  2. ARIODANTE dice:

    …. y que yo no creo que lea, porque con esta magnífica reseña por ahora me considero suficientemente informada. Luego le doy otra lectura y te comento, Rodri.

  3. CORCONTAS dice:

    Siento mucho que no sea mi estilo, pero reconozco el gran mérito de tu reseña.
    Mis mas sinceras felicitaciones, Rodrigo.

  4. farsalia dice:

    Hombre, Corcontas, bien hallado… ;.)

  5. CORCONTAS dice:

    Para servirlo, Farsalia. :-D

  6. Cristián dice:

    Gracias por la reseña Rodrigo. En cuanto termine a R. Overy y sus dictadores, cuya reseña hecha por tí fue una de las razones de su compra, hincaré el diente a este libro.

    Figes ha adquirido cierta notoriedad en el últinmo tiempo por haber realizado críticas destempladas a través de comentarios en sitios como amazon.uk, de los libros de otros historiadores entre los que se cuenta R. Service.

    Salu2 desde Chile!!! y ya dejaré mis comentarios cuando esté embarcado en su lectura.

  7. Rodrigo dice:

    Sí, en el foro se ha comentado lo del patinazo de Figes, Cristián. Lamentable.

    Por mi parte tengo pendiente su Revolución Rusa, que me atrae mucho. Lo malo: mil páginas de letra muy muy pequeña.

  8. Cristián dice:

    Revolución Rusa de Figes es un “pedazo” de libro. En todo caso yo decanto por Robert Service a la hora de buscar historiadores versados en Rusia. Sus biografías de Lenin y Stalin son altamente recomendables. El año pasado se editó la última de la trilogía que el se propuso de Trotsky.

    Escapé de Revolución Rusa, por que la edición en tapa dura de Edhasa tiene en Santiago un precio prohibitivo.

    Saludos,

  9. Rodrigo dice:

    Lo sé, Cristián. Lo compré en Librería Antártica, en Santiago. Una friolera el precio.

    También soy seguidor de la obra de Service y he leído los libros que mencionas, entre otros. Excelente historiador.

  10. Rodrigo dice:

    Cristián, acaso conozcas un libro de Jean Meyer, Rusia y sus imperios (Tusquets, 2007). Si no, bueno, te lo recomiendo encarecidamente.

    http://www.hislibris.com/rusia-y-sus-imperios-1894-2005-jean-meyer/

  11. Urogallo dice:

    Yo tengo pendiente su último libro sobre Crimea. Pero soy hombre paciente, ya lo traducirán al cristiano.

  12. Cristián dice:

    Rodrigo,

    Gracias por la recomendación del libro de Jean Meyer. Anotado en la lista de pendientes y empezaremos desde ya su búsqueda en librerías.

    Saludos,

    Cristián

  13. Koenig dice:

    Interesantísima reseña, Rodrigo, sobre un asunto, como es el de la represión en la Unión Soviética, al que apenas me he asomado con el “Gulag” de Appelbaum.

    Sobre todo con este libro que reseñas que, aunque tal vez me equivoco, muestra los mecanismos por los que un pueblo se adapta a la represión, y si bien se centra en la Unión Soviética, tal vez algunas formas de actuar podrían extrapolarse a otros regímenes.

    Me lo estoy pensando.

    Saludos.

  14. Rodrigo dice:

    No he leído el prestigioso libro de Anne Appelbaum, Koenig. Es un vacío que espero colmar alguna vez.

    Sí, también creo que ofrece material extrapolable a otras formas de represión totalitaria, o por lo menos comparable. El parangón más claro: la China de Mao, o la RDA.

  15. juanrio dice:

    Un tema apasionante. Tengo pendiente leer a Simonov, Los vivos y los muertos, aunque espero dedicarle unas horas este verano para hacerme una idea de lo dicho. Y ya que me apuro al mismo Figes, sus libros están en la biblioteca del barrio, así que no hay que preocuparse por el precio.

    En cuanto al universo Staliniano me permito recomendaros “Prisionera de Hitler y Stalin” de Margarit Buber-Neumann, un apasionante testimosnio del jugo político que se dió entre los dos regímenes totalitarios, cuando funcionaba el pacto Molotov- Ribbentrop

  16. Rodrigo dice:

    Tomo nota, Juanrio. Gracias por el dato.

  17. Cristián dice:

    Rodrigo,

    Para tu información O. Figes visitará Stgo en Agosto de este año. Más información en emol.

    Saludos,

    Cristián

  18. Rodrigo dice:

    Sí, me había enterado de su visita por El Mercurio. Lástima los horarios, no creo que pueda asistir.

  19. JF dice:

    Bueno Rodrigo, interesante la reseña, aquí creo que pasa algo parecido como con: “La toma del poder de los nazis”. ¿Están todos?… en “Los que susurran”, el Sr. Figes, ‘se acuerda’ de los Testigos Cristianos de Jehová o pasa como en tantas obras que los autores se olvidan de “los olvidados de la Historia”. Lo comento, pues el régimen comunista de la URSS (sobre todo desde la época de Stalin), paso algo parecido (salvando las distancias) como con el régimen nazi de Hitler. En la URSS se persiguio, encarceló, deportó a campos de trabajos siberianos y mató entre otras cosas a los Testigos, por el simpre hecho de que su Organización religiosa se oponía y denunciaba a un régimen totalitario.

    Un saludo.

  20. Rodrigo dice:

    JF: el libro no es un registro categorial de víctimas de la represión en el contexto dado, ni está entre sus premisas el ofrecer un estudio diferenciado de victimización según categorías. Por lo tanto, que no mencione a los Testigos de Jehová no constituye a mi entender un fallo sustancial.

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