LA ROJA INSIGNIA DEL VALOR – Stephen Crane

9788499893853Deseoso de medir su temple, un joven granjero llamado Henry Fleming se ha enrolado en el ejército unionista; corre el año de 1863, el tercero de la Guerra Civil estadounidense. Henry es un mozalbete al que la lectura de Homero ha imbuido de ardor guerrero y de añoranza de tiempos heroicos; aunque desconfíe de su época, en que la civilización parece haber sofocado la viril pasión guerrera, acaso descubra en el conflicto en marcha un impensado crisol de proezas, una oportunidad para la gloria. Sin embargo, el instante decisivo, el de la entrada en acción, se dilata hasta la saciedad: el regimiento al que nuestro Héctor en ciernes ha sido adscrito se emplea en desplazamientos que no parecen tener otro sentido que el de sumir a los hombres en ansiedad y extenuación. Así las cosas, el muchacho tiene tiempo de sufrir el flagelo de la incertidumbre. ¿Estará a la altura de sus sublimes ensoñaciones, llegado el momento de combatir, o huirá ignominiosamente, presa del pánico? Si es herido y sobrevive, ¿podrá exhibir su herida como una roja insignia del valor? Pronto comprobará Henry que la realidad de la guerra es muy distinta de cuanto hubiese podido imaginar, pero también, y sobre todo, que el valor y la cobardía pueden cohabitar en un mismo pecho, asemejándose en muy poco a sus ampulosas e imberbes ilusiones. 

El periodista y escritor Stephen Crane (1871-1900) fue uno de los introductores del naturalismo en la literatura estadounidense. Tras estrenarse en 1893 con Maggie, una chica de la calle (breve y áspera novela de crítica social), en 1895 publicó La roja insignia del valor (‘The Red Badge of Courage’), novela ambientada en la Guerra Civil y que devino pronto un hito en la narrativa de ficción bélica. Para ponderar su relevancia, conviene recordar dos célebres aproximaciones a la guerra en el contexto de la literatura moderna. En La Cartuja de Parma, obra de Stendhal publicada por vez primera en 1839, Fabrizio del Dongo asiste a un hecho de armas tan confuso que duda en considerarlo una batalla en toda regla; lo cierto es que se ha tratado nada menos que de Waterloo. En Guerra y paz, publicada por partes entre 1865 y 1869, Pierre Bezújov interviene en la batalla de Borodinó sin advertir otra cosa que caos, desenfreno y desconcierto; Tolstói, que admiraba la visión de Waterloo plasmada en La Cartuja de Parma, llevó más lejos que Stendhal la inmersión en la batalla (como suceso genérico): mientras Fabrizio participa apenas en sus márgenes, Pierre pasa de observador a actor eventual, sumiéndose en plena vorágine de la acción. Lo que tienen en común ambas representaciones es su perspectiva inmediatista y empática, una perspectiva que sitúa al lector en el terreno mismo de los acontecimientos. Conducidos por el punto de vista de los respectivos protagonistas, nos compenetramos de su percepción de la batalla, necesariamente dispersa y parcial pero rebosante de dramático verismo. En lo que toca a este punto, Stephen Crane dio un paso más adelante: hizo de la percepción antiheroica del combate el tema mismo de la narración, transmitiéndonos la cruda realidad de un hecho tan terrible como recurrente en el devenir de la humanidad. Mérito mayor de la obra en comento es sustraer la representación literaria de la guerra tanto de la idealización romántica como de la majestuosidad épica.

No es casualidad que la Historia proporcione sólo el tácito trasfondo de la narración. Nada se sabe en Roja insignia de política, ni de ideologías, ni de patriotismo; nada de guerras justas o de causas deleznables. El marco en que se escenifica su trama es un conflicto en que se enfrentan azules y grises, sencillamente; todo lo demás se da por consabido. Esta relativa indeterminación se extiende también a los personajes, designados preferentemente por algún signo distintivo o por su rango militar: el soldado alto, el soldado jactancioso, el soldado harapiento, el teniente, el general. El mismo protagonista es identificado las más de las veces como “el muchacho”. En ocasiones es la multitud uniformada y disciplinada la que asume la acción, a la manera de una máquina o de una enorme bestia, vapuleada pero siempre temible: «… Las articulaciones doloridas del regimiento crujían mientras penosamente se colocaban, vacilantes, en posición de contraataque…»; a veces la personificación recae en la artillería, cuyas rugientes piezas –por ejemplo- se reúnen «en fila, en cuclillas como jefes salvajes. Era una conferencia de tribus de abrupta violencia, una horrible discusión».

La novela consta de una prosa que aparece como el precipitado de la mejor fórmula literaria, combinación en dosis precisas de sencillez, donaire, emotividad e inspiración. Aunque Crane admiraba a Zola, no llegó al extremo de imitar el lenguaje seco del francés. Imágenes plásticas, coloridas y sugerentes proveen los más variados tonos a la narración, infundiéndonos de los claroscuros de su azarosa temática. Espontáneos y dinámicos diálogos refuerzan la naturalidad del estilo. El de La roja insignia del valor es un modo impresionista, íntimamente hermanado con la subjetividad del protagonista: el flujo narrativo procede al compás de sus emociones, fluctuando según reverberen los acontecimientos, los lugares y las personas en el alma del novel soldado. Semejante impresionismo captura entre otras cosas las distorsiones que los hechos arremolinados de la batalla suscitan en el individuo, como en aquel pasaje en que Henry comprueba pasmado que la franja de territorio que su regimiento ha intentado cruzar –una carga a la bayoneta repelida por el enemigo- es en realidad pequeña; momentos atrás, en el fragor del combate, parecía una extensión digna de gigantes…

Por cierto que es una sensibilidad impresionable la de nuestro aspirante a héroe, maleable como la de cualquier persona por formar. Su vívida imaginación, su propensión a las cavilaciones y una nota de juvenil fatuidad, capaz de revertirse en odio a los demás conforme los hechos desmientan las quimeras que el muchacho ha forjado para sí: tal vez no sean éstos los materiales con que se esculpe el heroísmo. ¿O sí? (¿O es que lo que cuenta es el cruel desmentido de las ilusiones y el saber tomar la realidad como lo que es?) Después de todo, acaso no haya mayor indeterminación que la relativa a la fibra moral del ser humano, especialmente cuando es sometida a circunstancias extremas como las del combate.

Sólida visión desencantada de la guerra, la novela de Crane –temprana víctima mortal de la tuberculosis- es también una obra sobre el conocimiento de sí mismo, sobre la iniciación en la vida o, lo que es lo mismo, sobre la transición a la madurez. Una pequeña gran joya de la literatura universal.

– Stephen Crane, La roja insignia del valor. Rey Lear Editores/Debolsillo, Madrid, 2012. 192 pp.

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11 Respuestas a “LA ROJA INSIGNIA DEL VALOR – Stephen Crane”

  1. ARIODANTE Dice:

    Estupenda reseña, Rodrigo. hace mucho que leí este libro, y ya casi no me acordaba de él.

  2. Rodrigo Dice:

    Gracias, Ario.

    Para mi fue lectura pendiente por largo tiempo. Me resultó una experiencia gratificante, a pesar de su renombre no esperaba que fuese una novela tan buena.

  3. Antígono el Tuerto Dice:

    Gran novela que has reseñado Rodrigo; la leí en su día (años ha) y aunque es breve no desmerece en nada a obras más voluminosas. Una especie de acercamiento desmitificador a los combates de la Guerra Civil de los Estados Unidos de Norteamérica.
    Como curiosidad mencionar que Crane fue corresponsal durante la Guerra de 1898 entre EEUU y España.

  4. ARIODANTE Dice:

    Crane fue, como sabrás, muy amigo de Joseph Conrad, al que impactó fuertemente la temprana muerte del norteamericano. También fue amigo de Henry James.

  5. Rodrigo Dice:

    Suscribo, Antígono. El valor de la novela es mayor que su volumen. De verdad me ha sorprendido por su calidad.

    Muy cierto, Ario. Conrad opinó que Stephen Crane, sin ser muy versado en literatura, tenía un don natural que lo podía llevar lejos en su camino. Creo que prologó una edición inglesa de Roja insignia.

    Del autor también leí Maggie, una chica de la calle, novela breve de un naturalismo inmisericorde, digno del mejor Maupassant. Tenía lo suyo, Crane.

  6. Soldadito Pepe Dice:

    La mejor novela de guerra de la historia. En mi opinión.

  7. Centurion Dice:

    Llevada al cine de manera bastante digna con el tejano Audie Murphy, uno de los soldados más condecorados de la SGM y reconvertido en la posguerra al cine western y música country

  8. Valeria Dice:

    Sorprendente la visión poética de la guerra que plasma Crane. No en cuanto a idealización de la misma, sino en cuanto a la manera poética de abordar el desconcierto, lo irracional, el miedo, la cobardía, y a la vez las ansias de gloria, el valor y el sacrificio. Por la sensibilidad del relato.

    Aunque reconozco que algunas de las disgresiones iniciales del protagonista, por su nivel, chocan con la imagen que nos transmite de simple granjero.

  9. Rodrigo Dice:

    No dejas de tener razón, Valeria. En ambos puntos.

    El lirismo al que aludes lo distingue bastante de su modelo, Zola, que cultivaba una prosa más bien seca.

    Espero que se imponga la impresión positiva.

  10. Valeria Dice:

    Por supuesto que se impone, Rodri. Muy positiva.
    El comentario que hice sobre un granjero mencionando, al inicio del libro, a Leónidas, o la Ilíada, es solo una anécdota, irrelevante en cuanto a la valoración general. Es una novela con un estilo literario, a pesar del tema, sorprendentemente inspirado e inspirador.

  11. Rodrigo Dice:

    Doble satisfacción para un servidor: que hicieras caso de la recomendación y que no te haya defraudado.

    Un abrazo, Valeria.

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