LA GUERRA CIVIL EUROPEA, 1917-1945 – Ernst Nolte

LA GUERRA CIVIL EUROPEA, 1917-1945 - Ernst NoltePublicado por primera vez en Alemania en 1987 y objeto de varias reediciones, La guerra civil europea, 1917-1945 es un libro que estuvo en el tuétano de un debate conocido como la «controversia de los historiadores», el que tuvo lugar en la segunda mitad de los años 80 y se originó en la tentativa de algunos historiadores alemanes de reconsiderar el III Reich y su lugar en la historia alemana e internacional. Su autor, Ernst Nolte (n. 1923), es uno de los más importantes historiadores revisionistas del nacionalsocialismo (revisionista, no negacionista: no ha llegado a negar el genocidio de los judíos ni la índole criminal del régimen hitleriano). La última edición en castellano, precisamente la que reseño, es la traducción de la edición alemana corregida y aumentada de 1997. Incorpora un prefacio en que el autor hace el balance de la controversia de los historiadores; un epílogo post guerra fría, con consideraciones relativas a lo que denomina la guerra civil mundial (precisamente el período de la guerra fría, de 1947 a 1990); y una carta del historiador francés François Furet, crítico de los planteamientos de Nolte.

El libro consiste en un estudio de la confrontación entre nacionalsocialismo y bolchevismo en el período comprendido entre los años 1917 y 1945. Los cuatro capítulos centrales dan cuenta de los siguientes temas: retrospectiva de los años 1917-1932; la relación de hostilidad entre dos estados unipartidistas ideológicamente contrapuestos; estructuras de ambos estados; la guerra germano-soviética. El análisis noltiano da prioridad al fenómeno alemán.

 

El paralelismo establecido entre ambos movimientos es articulado por cuatro tesis principales:

 

- el concepto de guerra civil europea proporciona el mejor enfoque para analizar los movimientos bolchevique y nacionalsocialista;

- el nacionalsocialismo constituyó en lo primordial una reacción frente al bolchevismo (teoría del nexo causal);

- en el nacionalsocialismo, la pasión antibolchevique prevaleció sobre la pasión antisemita (mejor sería decir judeófoba o antijudía);

- entre los regímenes bolchevique y nacionalsocialista existe una situación de paridad o equivalencia conceptual. Nolte suscribe la noción de totalitarismo como categoría genérica que comprende a ambos sistemas, sin menoscabo de sus múltiples diferencias.

La segunda tesis se resume en una fórmula que ha levantado polvareda: «El gulag es anterior a Auschwitz» (incluida en el prefacio de 1997), con la que Nolte se refiere no tanto a la obvia precedencia cronológica del sistema concentracionario soviético como a una relación causal entre los dos mayores regímenes totalitarios de su tiempo. En concepto de Nolte, la existencia del fenómeno nacionalsocialista se explica por la existencia previa del fenómeno bolchevique.

 

El aspecto central del nacionalsocialismo, según el autor, no son sus tendencias criminales ni sus obsesiones antisemíticas, sino su relación con el comunismo en la forma que éste adquirió en la URSS. La ideología, los criterios y los actos de Hitler y sus secuaces estuvieron regidos por los sentimientos básicos que en ellos provocó el comunismo, a saber, miedo y odio. Pero además de ser motivo de odio y causa de temor, el bolchevismo fue para ellos un modelo a seguir. Técnicas de lucha política y de seducción de las masas, mecanismos de represión, sistema de campos de concentración: elementos que los nacionalsocialistas reprodujeron del original bolchevique. Nolte entiende la referida relación en términos de correspondencia extrema así como de desafío y reacción, siendo el bolchevismo el original y el nacionalsocialismo una copia (invertida); de lo que se deriva que el nacionalsocialismo se explica ante todo como contraideología opuesta al bolchevismo.

 

Nolte funda su tesis de la precedencia del antibolchevismo sobre el antisemitismo en la idea de que Hitler (y con él, sus partidarios) atribuía a los judíos la paternidad del bolchevismo, adjudicándoles no sólo la responsabilidad de las atrocidades perpetradas por éste en la URSS sino la calidad de agentes fundamentales de la amenaza mundial bolchevique. En palabras del autor, «la llamada “solución final de la cuestión judía” puede calificarse como prototipo ideal del genocidio basado en la asignación colectiva de culpa a una entidad supraindividual» (p. 473). Rotundo dictamen, es verdad, aunque algo desvirtuado en vista de la reducción del antisemitismo nazi a la condición de subproducto o especie particular del mucho más difundido antibolchevismo. (De acuerdo al historiador, los judíos no fueron para Hitler un mero chivo expiatorio ni fueron asesinados como «ovejas enviadas al matadero» (sic) sino en calidad de agentes de los males de la época -acaso una réplica tardía a Hannah Arendt, que usó dicha expresión en su libro Eichmann en Jerusalén (1963)-. Sorprendentemente, Nolte cree necesario reforzar su interpretación afirmando que ésta «rinde el mayor honor a los judíos muertos» -p. 30-. En mi opinión, un recurso capcioso y absurdo: el calado de una teoría sobre el nazismo no se mide según el honor, mayor o menor, que rinda a las víctimas, tal cual lo concibe Nolte.)

 

De acuerdo a los lineamientos del enfoque noltiano, carece de fundamento la pretensión de asignar al genocidio de los judíos una especificidad radicalmente distinta de la del exterminio masivo de personas bajo el régimen de Stalin. La «solución final» es única, asegura, pero no al extremo de resultar incomparable. A la amenaza de destrucción de una clase social por los bolcheviques, postula Nolte, los nacionalsocialistas respondieron con la destrucción de lo que a la sazón se consideraba una raza, la de los judíos, tenida por responsable de dicha amenaza. Así pues, el exterminio de judíos por los nazis «constituye la contraparte exacta de la tendencia a la destrucción absoluta de una clase mundial por parte del bolchevismo» (p. 488). También es la copia en clave biologicista de un original en clave socioeconómica.

 

Pienso que, por de pronto, Nolte tiende a empatizar en exceso con el nacionalsocialismo. Considerar el Holocausto como una suerte de medida preventiva ante la supuesta amenaza «judeobolchevique» presta demasiado crédito a un motivo propagandístico para el que no hay en Nolte suficiente impugnación. Poner además a los nazis a la defensiva, simplemente reaccionando frente a un peligro, propende a mitigar la perversidad de la matanza multitudinaria de judíos y no es explicación suficiente de esta matanza (por no hablar de la matanza de gitanos, enfermos mentales y minusválidos, civiles y prisioneros de guerra polacos y soviéticos, etc.). Como tampoco es explicación suficiente del desencadenamiento del conflicto total que fue la Segunda Guerra Mundial por Hitler. Algo similar ocurre con respecto al nacionalsocialismo en su conjunto, al considerárselo una mera copia del estalinismo.

 

En mi opinión, puede que el enfoque de Nolte resulte simplista, reduccionista y parcial. Creo que además adolece de ciertas incoherencias. Puede discutirse la reducción de un fenómeno complejo como la confrontación entre bolchevismo y nacionalsocialismo a una relación de simple causalidad lineal (esquema de causa-efecto). También el que prescinda por completo del factor liberal-republicano, base de las democracias occidentales -incluida la fallida República de Weimar- y objeto de repudio tanto por parte de comunistas como de nacionalsocialistas. ¿No cundía en los estamentos oligárquicos y burgueses de Occidente un profundo rechazo del comunismo y de la revolución bolchevique, sin por esto plegarse a la causa nacionalsocialista? Lo cierto es que el discurso anticomunista no fue privativo del nazismo y que no siempre garantizó a éste una adhesión masiva e incondicional; y que no fue simplemente el solo repudio del comunismo lo que concitó las altas votaciones obtenidas por el partido nazi antes de asumir el poder. Pero, sí, el enfoque de Nolte es premeditadamente selectivo y polémico: «La época sólo figura como guerra civil europea si los dos antagonistas principales ocupan el centro del análisis: el bolchevismo, que desde 1917 formó un Estado, y el nacionalsocialismo, que se erigió en Estado en 1933» (p. 39).

 

Desde la perspectiva del autor, el antibolchevismo habría sido, en el nacionalsocialismo, más determinante que el pangermanismo y el afán de espacio vital. Nolte consagra, como no puede dejar de hacer, la importancia de la política de espacio vital en la guerra contra la URSS, con su correlato de exterminio o desplazamiento de los pueblos nativos. Admite, qué otra cosa si no, que los alemanes se comportaron con total desprecio de la población eslava, la que en Ucrania y Bielorrusia –sobre todo- solía recibir a los fuerzas germanas como a sus salvadores, ofreciéndoles pan y sal (tradicionales signos de bienvenida); acogida a la que los alemanes respondían con prepotencia, vejaciones y fusilamientos: no en contradicción con las ideas y los planes de Hitler, sino en consecuencia con ellos. Sin embargo, a renglón seguido encontramos la siguiente aseveración: «[…] No fue posible sostener en la Unión Soviética una lucha antibolchevique por la libertad y la dignidad humana de los individuos y contra el sistema despótico de Stalin, pese a que un sinnúmero de personas -rusos, ucranianos y también alemanes- estaban dispuestos a ello, sino que al final de cuentas el choque se redujo a una guerra de conquista y destrucción que como tal carecía de ideología, porque no era más que un oscuro conflicto étnico y muestra de un egoísmo nacional sin límites» (p. 477). Más bien parece que aquel tipo de lucha libertaria, en vez de no haber sido posible, no estaba entre los objetivos bélicos de Alemania. Lo cierto es que el conflicto en el Este fue planteado desde su inicio precisamente como una guerra de conquista y destrucción: una guerra de exterminio. Nunca albergó el dictador alemán el benéfico propósito de liberar a los pueblos eslavos de la férula bolchevique ni le importaban otros intereses que no fueran los de la «raza aria». (Valga la advertencia de que Nolte no descarta del todo la teoría del ataque a la URSS como un intento de anticiparse a una «inminente» agresión soviética; esto es, el pretexto de la guerra preventiva, levantado por la propaganda nazi y argüido en los años 80 como hipótesis explicativa.)

 

Otrosí: ¿no hay un trasfondo ideológico hecho de racismo y pangermanismo en el expansionismo nazi? A esto Nolte diría que no; es más, lo declara expresamente: a su entender, la pretensión de erigirse en nación hegemónica, estableciendo un dominio supuestamente coherente con las leyes de la naturaleza y «limpiando» la Tierra de todo lo inferior, no constituye ideología alguna. En cambio, la «solución final» de la llamada cuestión judía sí que «parece haber sido un acto basado por completo en motivos ideológicos» (477). En primer lugar, una incoherencia: la «solución final» fue una forma radical de «limpieza étnica o racial» (limpieza de lo inferior). En segundo: a saber qué entiende Nolte por ideología.

 

Se puede reprochar al análisis noltiano la tendencia a agotar, al menos en este libro, la comprensión del nacionalsocialismo por medio de una conceptualización puramente negativa, de simple reacción y oposición: nacionalsocialismo como ideología, movimiento y régimen opuesto al comunismo. Ciertamente, no se supera este reduccionismo apuntando únicamente a otras características negativas del nazismo (su antiliberalismo, su antijudaísmo, etc.), por decisivas que fueran. Omitir los aspectos propositivos del discurso nazi y poner al nazismo en situación de estricta servidumbre respecto del comunismo es una operación conceptual insatisfactoria.

 

Creo que hay razones para cuestionar la tesissobre el origen del antijudaísmo de Hitler –una tesis por momentos rayana en la indulgencia-. No parece tan claro que el odio de Hitler a los judíos derivase casi exclusivamente de una aversión anterior y más intensa al comunismo sino que pudo tener raíces más profundas, imbricadas con corrientes judeófobas mucho más antiguas que el comunismo (y que, por tanto, no podían aducirlo como pretexto). Empero, no hay sino reconocer que el anticomunismo era una baza política más ventajosa que el estridente antijudaísmo de Hitler, algo de lo que él mismo era perfectamente consciente; el anticomunismo tenía en general mayor potencial movilizador y resultaba una credencial programática más convincente de cara a los estamentos dirigentes de la sociedad alemana.

 

Nolte relega a un lugar demasiado secundario el hecho de que Hitler imputaba a los judíos no sólo el origen y los males del comunismo sino prácticamente todos los vicios del mundo moderno (y de épocas pasadas también), entre los cuales incluía la democracia y el liberalismo. Es cierto que a éstos menos que odiarlos los depreciaba; pero son elementos que abultaban el listado de cargos antijudío de Hitler. Por otra parte, tenemos que si los nacionalsocialistas hubiesen sido meros nacionalistas anticomunistas, muy posiblemente (y esto lo reconoce el propio Nolte) habrían contado con el beneplácito y la adhesión de muchos judíos alemanes, entre los cuales había numerosos anticomunistas furibundos, y la mayoría de ellos profesaba un sincero amor por la patria natal (la población judía de Alemania era una de las más voluntariamente asimiladas de Europa). ¿A qué preterir, además, la política antijudía tempranamente implementada por el régimen nazi? En el balance, el antijudaísmo del nazismo fue lo bastante nocivo como para concederle un rango de importancia similar al del anticomunismo entre los elementos característicos del movimiento. Este acentuado antijudaísmo le privó de la aprobación de sectores profundamente anticomunistas en las sociedades occidentales (así como le permitió sintonizar con los que sí profesaban prejuicios antijudíos). Si el ascenso del nacionalsocialismo al poder no fue recibido con universal suspicacia en dichas sociedades, se debió en gran medida a la idea de que una Alemania fortalecida bajo el signo de la esvástica sería un sólido muro de contención ante la amenaza soviética, mucho más eficaz que la zozobrante República de Weimar. Sin embargo, el activo antisemitismo del III Reich, sumado a la agresividad de su política exterior y su acelerado armamentismo, minó la confianza inicialmente puesta en él por sectores anticomunistas extranjeros, imposibilitando la conformación de un gran frente antibolchevique internacional. (La credibilidad de Hitler como paladín supremo del anticomunismo se vio mermada tras el pacto con Stalin de 1939.) Factores que, curiosamente, no son olvidados por Nolte pero sí obviados en este acápite.

 

El antibolchevismo fue un motivo crucial en el nacionalsocialismo, sin duda, pero no unívoca ni exclusivamente determinante de la política del III Reich. De lo contrario, éste hubiera cultivado -aunque sólo fuese por conveniencia- la simpatía inicial de antiestalinistas ucranianos y otros, en vez de enajenársela por los peores medios. De lo contrario, no hubiese suscitado en Hitler tanta desconfianza la idea de proveer de armas a fuerzas auxiliares eslavas de sobrado antiestalinismo ni hubiese rechazado de plano, el propio Hitler, la idea de conformar un gobierno ruso provisional opuesto a Stalin (con un líder como el general Vlasov a la cabeza, por ejemplo). Por ende, cabe sostener que el nacionalsocialismo era tan ultranacionalista, racista e imperialista como antibolchevique.

 

Hay que tener en cuenta que si Hitler pretendía suprimir el comunismo dentro y fuera de Alemania, no lo hacía en nombre de ideales humanitarios, libertarios o democráticos. El III Reich no fue sólo un régimen antibolchevique sino también uno de tipo extremadamente despótico, militarista y expansionista, un régimen de terror en que la segregación y la exclusión eran consubstanciales a sus cimientos ideológicos; a la vuelta de los años, un régimen genocida. No son elementos cuya importancia desconozca Nolte pero sí que pueden pasar por secundarios o accidentales en el desarrollo de sus planteamientos.

 

Nolte formula la proposición de que la famosa «Orden de los comisarios» no era en sí misma criminal sino una disposición consecuente con el contexto de una guerra civil europea (o guerra de ideologías mundiales), en que podía esperarse que los bolcheviques, especialmente los comisarios políticos, cometerían las peores atrocidades contra los prisioneros del bando alemán. Para el autor, el crimen residía «en un nivel más profundo, en el desencadenamiento de tal guerra sin causas apremiantes» (p. 442). (Si admite que la guerra no tuvo causas apremiantes, el argumento de la guerra preventiva quedaría en nada; ¿nueva contradicción? Pues bien, inmediatamente después de lo anterior Nolte afirma lo siguiente: «Una vez más se presenta el problema de si fue una guerra preventiva o la lucha decisiva inevitable» -íd.-)

 

Otra proposición polémica: la de considerar comparable la deportación al este de judíos alemanes y de otras nacionalidades –arguyendo que constituían elementos real o potencialmente hostiles a una Alemania en guerra- con la deportación por Inglaterra de inmigrantes alemanes al Canadá, o con la internación por el gobierno estadounidense de inmigrantes japoneses en campos de concentración. No es sólo que al juzgarlas comparables Nolte pretenda justificar aquellas deportaciones, sino que se trataba de situaciones diferentes. La erradicación de los judíos de Alemania y de los territorios eventualmente ocupados por el III Reich era uno de los objetivos programáticos del nacionalsocialismo, cuya consecución debía alcanzarse en el plazo de varios años; no una simple eventualidad ni una «medida precautoria» contra ciudadanos de una potencia enemiga por parte de un país en estado de guerra. Por otra parte, Nolte omite en este punto el antecedente de las iniquidades cometidas contra los judíos desde 1933, mucho antes de estallar la Segunda Guerra Mundial (¿se podía esperar, por ventura, que los judíos prestasen apoyo a un régimen sistemáticamente antijudío?); e intenta apuntalar su argumentación aludiendo a una carta abierta del líder sionista Chaim Weitzmann, publicada en septiembre de 1939 en el Times de Londres, en que declaraba su apoyo a Inglaterra y las democracias. Nolte considera que la declaración constituía en principio una «declaración de guerra judía contra Hitler» (téngase presente que Weitzmann no era jefe de estado y que no era portavoz de todos los judíos del mundo), de lo que se deduce que no habría carecido de justificación el que Hitler quisiera confinarlos o deportarlos en calidad de prisioneros de guerra.

 

Por último, he advertido algunos fallos puntuales en el libro. Al menos dos: Nolte califica a los ex cancilleres Brüning y Papen de fascistas (en realidad eran conservadores), y posiciona a Ludendorff entre los adversarios enconados y duros del movimiento nacionalsocialista, «desde el principio» (Ludendorff fue aliado de los nazis durante un tiempo, en los años 20).

Dejo constancia, pues, de algunas matizaciones y objeciones tentativas a las formulaciones del autor (sin arrogarme originalidad alguna). Naturalmente, las opiniones aquí vertidas están abiertas a la discusión.

- Ernst Nolte, La guerra civil europea, 1917-1945. Fondo de Cultura Económica, México, 2001. 548 pp.

Technorati Tags: , ,

ampliar


Compra el libro
Ayuda a mantener Hislibris comprando el LA GUERRA CIVIL EUROPEA, 1917-1945 en La Casa del Libro.

26 Respuestas a “LA GUERRA CIVIL EUROPEA, 1917-1945 – Ernst Nolte”

  1. farsalia Dice:

    La idea de una guerra civil europea creó, en cierto modo, escuela. Enzo Traverso retoma el concepto en un libro reciente, A fuego y sangre. De la guerra civil europea, 1914-1945 (Publicacions Universitat de València, 2009) -libro que tengo entre los futuribles a comprar-, aunque realiza un análisis diferente al de Nolte.

    Me miraré con calma tu reseña, Rodrigo.

  2. Rodrigo Dice:

    Bueno, Farsalia.

    Ya nos comentarás de ese libro. A mí por lo menos me interesa.

  3. lucano Dice:

    Excelente reseña (y en cierto modo refutación de Nolte) la tuya, Rodrigo. Otra vez la tentación de la justificación, siquiera parcial, del nazismo, por parte de sólidos pensadores, alemanes o no. Es muy interesante cómo se intentan rebajar o descafeinar los dos aspectos más repulsivos para los europeos del nacional-socialismo: el pangermanismo y supremacismo racial y el antisemitismo extremo, ambos pilares esenciales del pensamiento hitlerano, más constantes en su trayectoria que el propio antibolchevismo, siempre propagado pero en ocasiones postergado en la práctica, a diferencia del constante y progresivo ejercicio del antisemiismo y del expansionismo alemán.
    Un saludo

  4. Clodoveo11 Dice:

    Bueno, téngase en cuenta que el nacionalsocialismo es un primo hermano del socialismo marxista: la única diferencia es que mientras el nazismo exterminaba por cuestiones de raza el bolchevismo lo hacía por cuestiones de clase. Y ambos igual de totalitarios.

  5. Javi_LR Dice:

    Gran artículo, Rodrigo. Mil gracias por traérnoslo, de verdad. Es un texto sin duda digno de leerse y ser reflexionado. Supongo que habrá gente que no te leerá y caerá en los tópicos simplistas de siempre, pero al alcance dejas ese poder de reflexión. De nuevo mil gracias.

  6. Rodrigo Dice:

    Gracias a ti por publicarlo, Javi.

    (Viniendo de quien viene, el elogio me ha compuesto el día.)

  7. farsalia Dice:

    Es interesante lo que comentas, Rodrigo, acerca de los paralelismos entre los regímenes soviético y nazi, pues es una idea que aunque ya bebía de lejos, Nolte ha sabido ponerla en situación y crear el escenario para libros como Dictadores de Richard Overy. Se ha visto a menudo el nacionalsocialismo como un régimen enfrentado, per se, cuando ambos regímenes tuvieron bastantes elementos simbióticos entre sí. Regímenes netamente contrarios pero que tenían más en común entre sí que con las democracias liberales occcidentales del período. No estoy de acuerdo con nolte en esa idea de la paternidad judía del bolchevismio, un cliché archirrepetido y que, en general, peca de superficialidad que de puntos en común entre ambos elementos.

    Desde luego, no son equiparables el gulag soviético y los lager de exterminio nazis, partiendo de la base de que el objetivo de ambos eran diferentes. Con ello, desde luego, no debemos caer en el solipsismo de que unos eran “mejores” que otros. Será simplista, pero la finalidad de los campos de exterminio nazis era justamente esa, el asesinato, mientras que en el gulag se pretendía, aunque sólo fuera sobre el papel, la “reeducación” de los presos. Con todo, lo habitual es que el gulag acabara siendo una condena a muerte a medio plazo para los prisioneros.

    Interesantísima tu reseña, Rodrigo, tanto como el libro. Aquí hay temas sobre los que sacar jugo.

  8. Rodrigo Dice:

    Observaciones muy valiosas, Farsalia.

    A mí el de Overy, Dictadores, me parece un libro muy superior. Creo que es un acierto el que descarte -por históricamente irrelevante- el problema de cuál de los dos dictadores, Hitler o Stalin, fue el más perverso o desquiciado, y se centre en los procesos sociales por los que ambos regímenes alcanzaron un nivel de criminalidad tan espantoso. Ciertamente que no son equiparables, tal cual dices; o como apunta Overy: comparación y equivalencia no son lo mismo.

    Gracias por los comentarios.

  9. Urogallo Dice:

    Estoy de acuerdo con Javi, más que reseña es un artículo, exponiéndo detalladamente la posición del autor y poniéndola en relación con una visión más amplia ( Y más desapasionada) de la cuestión.

  10. Rodrigo Dice:

    Comentario que me honra una enormidad. Muchas gracias, Uro.

  11. ARIODANTE Dice:

    Acabo de verlo, Rodri; pero aún no lo he leído. Mañana te digo algo, dame tiempo para que lo lea, tus reseñas/artículos han de leerse con calma, para disfrutarlas.

  12. Rodrigo Dice:

    Ario querida, ya sabes que no hay obligación de leer ni de comentar.

  13. David L Dice:

    Rodrigo, como siempre una excelente reseña. Conozco el libro, aunque no lo he leído, y más o menos conocía la teoría de Nolte sobre la guerra civil europea que usa este autor para explicar el estallido de la IIGM. No podemos entrar aquí a acusar de quién fue más siniestro, si el régimen nacionalsocialista o el comunista de Stalin, ambos fueron terribles, pero no iguales. El nacionalsocialismo condenaba, sin remisión posible, a todo aquel que era predeterminado como persona de raza judía, es decir, no había posibilidad de “reeducación o conversión”. Para el bolchevismo, la idea dominante era la de ejercer una presión sin límites con el objetivo de conseguir la inclusión de la sociedad a dominar por cuestiones de clase social. Aunque tremendamente perverso este último, al menos siempre existía alguna posibilidad de salvar el pellejo, caso harto difícil con el nazismo si eras catalogado de judío.

    En cuanto a la teoría de Nolte sobre el concepto acción-reacción para explicar el auge del nacionalsocialismo, creo que es una verdad a medias, es decir, no es del todo mentira, pero tampoco es del todo verdad. El antisemitismo ya era utilizado por el Alto Estado Mayor del Ejército alemán, por poner un ejemplo, mucho antes de la revolución bolchevique del 17, así que el odio a todo lo que “oliera” a judío era algo anterior a la llegada al poder de los soviets. Hitler supo usar ambos temas (antisemitismo y antibolchevismo) según el momento presente y el público a quién iba dirigido el mensaje. En su momento el antibolchevismo le atrajo el apoyo de la clase terrateniente alemana, permitió la ayuda financiera al NSDAP de este sector de la sociedad y contribuyó a que el movimiento nazi creciera como fuerza política dominante en Alemania. Por otra parte, el antisemitismo permitió aglutinar a la masa social activa dentro del partido y con ello encontrar un enemigo “invisible” y, tal vez por ello tan peligroso en la mentalidad nazi como para exaltar a sus partidarios más violentos.

    El nacionalsocialismo nunca fue bien visto por las democracias occidentales, aunque en algún determinado momento pudiera parecer que sí tal vez producto del intento de aquellas de intentar acotar a la fiera antes de que decidiera actuar por libre. Los intentos de llegar a acuerdos con Alemania tuvieron sentido por motivos estratégicos producto de la debilidad e indecisión de Francia y GB, esto no quiere decir que en estos países no existieran corrientes políticas que vieran en este movimiento un freno a la temida expansión de la revolución bolchevique, pero la desconfianza hacia Alemania existió siempre.

    Lo que diferencia a Hitler y al nacionalsocialismo de los anteriores dirigentes alemanes, al menos durante la posguerra de la IGM, es que aquél manifestó claramente que su principal enemigo era la URSS, al contario de lo que había sucedido durante los años 20, años de colaboración germano-rusa, por lo que tal vez el encuadre en un espacio temporal de guerra civil europea entre el nacionalsocialismo y el bolchevismo debería retrasarse prácticamente hasta la llegada de Hitler al poder en 1933. Ya sé que a nivel interno las luchas entre los sectores más conservadores alemanes y los comunistas siempre estuvieron presentes en la Alemania surgida de Versalles, pero yo ya no estoy tan de acuerdo cuando nos referimos a la política exterior germana, los acuerdos de Rapallo de 1922 son una muestra de esta colaboración entre amabas ideologías irreconciliables.

    Un saludo.

  14. Rodrigo Dice:

    Estupenda contribución, David. No sólo por muy bien informada sino también por la claridad y brillantez con que te expresas. Muchas gracias.

  15. Valeria Dice:

    Da gusto leer comentarios razonados y exposiciones brillantes, reflexivas y sosegadas sobre un tema como este. Enhorabuena, señores.

  16. Pere Dice:

    Nazis y comunistas, comunistas y nazis. La historia como Apocalipsis, la historia como relato denso y salvaje como jamás se había visto y que jamás se vuelva a ver!).

    Felicidades por la elección de un libro importantísimo y por una reseña extensa y currada que me sugiere cinco temas:

    1. ¿Quién es el original y quien la imitación? La respuesta, ya conocida, servirá de manera indicativa para señalar al culpable del desaguisado y Nolte, defendiendo su verdad y barriendo pro domo sua desarrolla su tesis con buen oficio y señala que, efectivamente, el canon de activista político protagonizado por jóvenes de modales chulescos encuadrados en organizaciones paramilitares, con cazadoras de cuero negras, insignias parareligiosas y una notable embriaguez metafísica es un producto genuino del partido bolchevique que todos los radicales europeos copiaron e incluso (¡glups!) mejoraron. Otra cosa es la legitimidad que otorga la victoria y la habilidad en el uso de la propaganda. Igual que otra cosa es el desprecio por la vida humana y el sentimiento de querer dar un “empujón a la historia” que estaban en el espíritu de Europa durante la Primera Guerra Mundial, acontecimiento bélico que tiene un carácter fundamental en el análisis de Nolte y del cual por habernos quedado (afortunadamente) descolgados, pienso que los españoles debemos opinar con cierta prudencia. En todo caso, el marco mental propuesto en el libro tiene sus cimientos en 1917.

    2. La singularidad alemana en la historia del siglo XX. Fijada la premisa anterior Nolte procede a deslindar la responsabilidad del régimen nazi de la que le corresponde a la nación alemana, que tendría la condición de ser otro campo de batalla más dentro de la Guerra Civil Europea en que la población fue al mismo tiempo cómplice y victima. Cuidado que este es un tema movedizo. Sin embargo creo que no le faltan razones. Las lecturas de los escritores conservadores Sebastián Haffner o Joachim Fest señalan que las primeros en sufrir en sus carnes el sistema de gobierno del Tercer Reich fueron los propios alemanes, un hecho que apoya la tesis de Nolte. También dan testimonio de que no todo fue pardo en la patria de Goethe entre 1933 y 1945, que hubo matices, desobediencia e incluso resistencia. En este sentido es de resaltar la polémica habida entre las memorias de Fest tituladas precisamente “Yo no” y las de Gunter Gras, escritor que desde su torre de marfil ha condenado reiteradamente a su país a tener que purgar eternamente las culpas del nazismo y que resulta que “el sí” que vistió el uniforme de las SS.

    3. Busque y compare. Suena frívolo pero es que el debate en sí mismo me lo parece del todo. ¿Como enunciarlo sino? ¿Auschwitz o Vorkuta? ¿Gestapo o Checa? ¿Matar por la raza o por la clase social? Es un hecho que la Operación Barbarota fue una guerra de conquista y exterminio en una escala jamás vista, solo igualada en la crueldad del avance ruso sobre Alemania. También es un hecho, como pone de relieve el pensador de moda Slavoj Zizeck, que a los prisioneros del Gulag se les obligaba a escribir una carta de felicitación al camarada Stalin el dia del aniversario de este y esta actividad, que de tan paradójica yo seria incapaz de valorar, es impensable en los campos de exterminio de la Solución Final. Y cierto que los hechos no se pueden comparar. El nazismo es el mal en su estado más puro y absoluto que ha visto la humanidad y sin embargo no conoció un autoexterminio del partido y del país en la escala de las purgas de Stalin ni tampoco empleó hambrunas masivas, como medio de desucranización, por ejemplo. Afortunadamente el nazismo está condenado ad eternitatem (en eso estamos todos de acuerdo), pero el comunismo sigue ahí, reducido a la mínima expresión, pero rocoso y desafiante. Sobre las raíces de este hecho es donde el libro plantea sus preguntas.

    4. La cuestión judía. Punto al que se acogen todos los críticos de Nolte para fustigarle. Sin embargo uno piensa en una entrevista realizada al pensador anglo-ruso-judío Isaiah Berlin en que fue preguntado por esto mismo y respondió que era cierto que los principales cabecillas comunistas europeos eran judíos y que eso exacerbó la paranoia de la conspiración judía, que sería bolchevique y capitalista al mismo tiempo (!) y añade Berlin un misterioso comentario “pero hay cosas que precisamente por ser ciertas no deben ser dichas nunca”. Esta entrevista se encuentra en el libro “Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo” de Seix Barral donde, mira por donde, el autor, el periodista francés Guy Sorman, tambien entrevista de manera crítica y a mi modo de ver injusta a Ernst Nolte calificando a su teoría de la Guerra Civil Europea más o menos de exponente de la reacción conservadora fascistoide en Alemania (claro está, Nolte ubica los orígenes doctrinales del fascismo europeo en el partido Action Française idea que no se refleja en la reseña y eso no gusta nada a nuestros vecinos). En todo caso el antisemitismo no era un producto exclusivo alemán. Era y me temo que sigue siendo hoy un ingrediente común de la Europa de la época, aunque se pase de puntillas sobre ello y aunque en el Tercer Reich alcanzó cotas de destrucción ilimitadas. Sin embargo a uno siempre le queda la duda de cuanto había de oportunismo criminal y cuanto de fe verdadera en el antisemismo de los nazis (a recordar las palabras del Mariscal Göring “judío es quien yo decido que lo es”). El holocausto se perpetró en medio de la indiferencia / participación de los europeos, no solo de los alemanes.

    5. 1914 – 1945. No me parece desacertado la idea central de Nolte para encuadrar este periodo tan duro de nuestra historia. La idea de la Guerra Civil Europea como episodio culminante del malestar espiritual causado en los pueblos de Europa por la industrialización que los arranca violentamente de sus modos de vida milenarios lanzándolos a la búsqueda de nuevas identidades nacionales donde son pasto de oportunistas, es una idea como otra. Precisamente, en otra entrevista sostenida con Isaiah Berlin (en esta ocasión le entrevistaba el pensador iraní experto en Hegel, Ramin Jahanbegloo) este discrepaba ácidamente de Nolte, pero no acusándole de ser más fascistoide o menos, sino porque en su opinión los alemanes ya eran nacionalistas durante las guerras napoleónicas, cuando todavía no habían sido industrializados. Berlin opinaba que el malestar europeo procede mayormente de las heridas infligidas al orgullo de los pueblos y al afán de superarlas, lo que el denominaba “la rama doblada” (no confundir con el fuste torcido de la humanidad). Y ya que estamos hay otras opiniones. François Furet que aparece en el libro y se cita en la reseña cuya tesis es la del revolucionario europeo como un burgués que se odia a sí mismo, o la de Winston Churchill que calificaba de modo sugerente a este periodo como la Segunda Guerra de los Treinta Años.

    No puedo evita citar la comparación inteligente y acertada de un buen amigo mío, abogado de Girona, que señala la similitud entre la historia de Francia y la de Alemania en sus respectivas revoluciones nacionales. En síntesis, Francia una monarquía histórica y sólida, un puntal del equilibrio europeo, pierde con su derrota ante Gran Bretaña en la Guerra de los Siete Años su acceso al dominio mundial y se queda encerrada en el continente. La consecuencia no immediata es un cambio de régimen político de caracteres extremistas, liquidación de la monarquía, programa de máximos del nuevo estado y expansionismo con vocación planetaria que desemboca en las guerras napoleónicas. Al cabo de un siglo Alemania, un actor completamente integrado en el equilibrio de poderes europeo, pierde su imperio colonial en la Gran Guerra lo que conduce a la caída del imperio, a dar entrada a los radicales y a desarrollar un programa de conquista mundial. Discutible pero interesante, como las tesis de Nolte que también señalan a un culpable del relato: ¡Perdida Albión, devuélvenos el Peñón!

    Enhorabuena Rodrigo.

  17. ARIODANTE Dice:

    Rodrigo, me he quedado anonadada: es un magnífico artículo, ciertamente. Como tú mismo haces una crítica de las tesis del autor, crítica que comparto, no tengo nada que añadir, porque ya se hadicho mucho y mejor de lo que yo podría explicar, ya que no soy especialista en el tema.
    Artículos como éste (y otros muchos, por supuesto) son los que están haciendo que Hislibris brille y se vaya haciendo una reputación en el mundo del ensayo y la novela históricos. Vaya, de nuevo, mi enhorabuena, Rodri.

  18. Urogallo Dice:

    ¿Se vaya haciendo?. Yo creo que la teníamos por derecho de nacimiento.

  19. ARIODANTE Dice:

    Siempre dando la nota, Uro!

  20. Rodrigo Dice:

    Saludos, Pere.

    Respecto del primer punto, diré que el enfoque asumido por Nolte me parece irrelevante. Aplicado con la vehemencia y la erudición del autor, en vez de refinar la comprensión del problema, creo que lo distorsiona. No se resuelve mucho reduciendo la cuestión a una simple relación de original y copia, o de acción y reacción. Por supuesto que la hoguera del nazismo se alimentaba del odio o el temor al comunismo, pero no es este factor el único que explica la popularidad del movimiento ni el apoyo al III Reich, como tampoco agota la comprensión del nazismo. Y, como señalaba en la reseña, el repudio del comunismo no era privativo de los nazis, aunque es cierto que éstos lo llevaron al extremo. (En este punto suscribo lo afirmado por David.)

    En relación al segundo punto. Pienso que Haffner es en buena medida un caso fuera de lo común, escasamente representativo de lo que pudiera considerarse como la media entre los alemanes de su tiempo. No se avino a condescender con el régimen nazi y formuló una fundada crítica de la pasividad y la falta de coraje cívico exhibidos por sus compatriotas –especialmente en lo que cabe al segmento de los que no adherían al nazismo-. Creo, por otra parte, que la nación alemana era en aquella época más vulnerable que otras a un discurso extremista y violento como el del nefasto aventurero político que fuera Hitler. Aquí entran a tallar las teorías sobre la especificidad alemana pero también las consideraciones sobre las circunstancias del momento (la crisis económica, la derrota sufrida en la Iª G.M. y tan mal digerida, la defección del estamento militar, el fracaso de la República de Weimar, los efectos del Tratado de Versalles, etc.). Con respecto a la responsabilidad de la nación alemana, me remito a lo sostenido por autores como Ian Kershaw, Eric Johnson, Robert Gellately y Peter Fritzsche, entre otros. Kershaw acertaba al decir en una entrevista que los alemanes divinizaron a Hitler mientras estuvo vivo (o les faltó poco para hacerlo) y luego le echaron la culpa de todo; fue su cabeza de turco, a la que colgaron todas las culpas.

    Con respecto al tercer punto. La comparación entre ambos fenómenos, el nazi y el comunista, es una tarea útil, de relevancia superior a la del mero interés académico. Lo que considero ocioso es el ejercicio de determinar cuál de los dos fue el más perverso.

    Sobre el cuarto. Nolte no es el único autor que constata la sobrerrepresentación de judíos entre los líderes bolcheviques y los de la Liga Espartaco. Lo hace Kershaw, lo hace Richard Overy, lo hace Robert Service, lo hace Paul Johnson, también -si mal no recuerdo- Enrique Moradiellos en su libro introductorio sobre el antisemitismo (o antijudaísmo); lo puede hacer cualquiera que tenga la información a la mano. Sin embargo, a diferencia de Nolte, ellos no lo hacen con la intención de propasarse en la comprensión indulgente del antijudaísmo nazi. Lo de Nolte me recuerda un pasaje de las memorias de Sebastian Haffner, el que reproduzco a continuación:

    De hecho a la gente le encantaba opinar sobre la “cuestión judía” basándose en porcentajes. Se ponían a calcular si la parte proporcional de judíos miembros del Partido Comunista no era demasiado elevada y su equivalente entre los caídos en la Gran Guerra demasiado baja (de hecho, yo mismo escuché esto último de labios de una persona que se consideraba miembro de la > y tenía un título de doctor. Con la máxima gravedad me demostró que los doce mil judíos alemanes caídos en la Gran Guerra representaban una proporción menor respecto a la totalidad de judíos alemanes que su equivalente en el caso de los Arios. De ahí concluía “una cierta justificación” del antisemitismo nazi) (Haffner, ‘Historia de un alemán (1914-1933)’, Booket, 2005, p. 153).

    En cuanto a lo extendido del antijudaísmo, completamente de acuerdo. Pero el que el antijudaísmo específicamente nazi fuera o no sinceramente motivado o resultado del oportunismo, no afecta demasiado al resultado concreto de este motivo. Me refiero, obviamente, a los millones de judíos asesinados.

    El quinto punto. Creo que sí, es una idea como otras y al menos como metáfora dice bastante. Hasta el marxista de Hobsbawm la considera válida. Como señalara Farsalia, ha creado –en cierto modo- escuela. Otra cosa es considerarla plausible conforme la postula Nolte.

    Ario, muchísimas gracias por tu apreciación.

    Saludos.

  21. Pere Dice:

    Uno tiene siempre en mente que, al fin y al cabo , Nolte fue discipulo de Heidegger del cual cuanto más sabemos más aborrecible (e ilegible) se vuelve.

    Insisto que hay que tener claro que Nolte barre para casa pero que sus esquemas aportan luz y coherencia al siglo XX y matizan la singularidad alemana y eso lo dice el propio François Furet, que es critico en cierta parte con su obra.

  22. Pere Dice:

    Ayer en EL PAIS el gran Jacinto Anton publicó este magnifico articulo que demuestra que la resistencia antinazi en Alemania fue más vigorosa de lo que trasciende habitualmente:

    http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Dijeron/esvastica/elpepusocdmg/20100207elpdmgrep_9/Tes

  23. alfredo Dice:

    Interesante el libro de Nolte aunque no lo he conseguido aun en mi pequeña ciudad de Chile. Estando en la universidad pude leer ‘La crisis del sistema liberal’ del mismo autor. Un detalle que han pasado por alto en las referencias que han escrito lineas arriba es que Nolte, a diferencia de este humilde y joven servidor, vivio el nazismo y por lo mismo puede captar elementos de el que a la distancia del tiempo son imperceptibles para otros mortales mas contemporaneos. Al margen de aquello y escribiendo a la distancia geografica y temporal, tengo la sospecha que el antisemitismo nazi tuvo tambien algo de herramienta aglutinadora de unos alemanes que por siglos han vivido mas bien dispersos. La vieja estrategia de unir a los nuestros presentandoles un enemigo comun.
    Saludos

  24. Rodrigo Dice:

    Una idea con visos de verosimilitud. Hay que considerar, en todo caso, que el antijudaísmo era en la época de la unificación alemana (siglo XIX) un fenómeno transfronterizo, el que se manifestaba –matizado y con diversa intensidad- en gran parte de Europa y fuera de ella. Con el predominio casi indiscutido del discurso nacionalista y el triunfo de la nación-Estado, los judíos solían tenerla muy mal ya que aparecían como el elemento extraño por antonomasia, no sólo ajeno al “alma nacional” en puridad sino perturbador de su proyectada grandeza –esto, para los nacionalistas alemanes y para sus congéneres de los demás países, todos supuestamente necesitados de un chivo expiatorio y de un elemento aglutinador por contraste-. Era una variante de antijudaísmo en buena medida “universal”, y por lo mismo y porque su número en Alemania era muy menor en comparación con el de otros países (Polonia, Rusia, Hungría y otros, en los que el antijudaísmo era en el siglo XIX y comienzos del siglo XX mucho más feroz), no creo que alcance a explicar la singularidad del antijudaísmo nazi, con toda su virulencia y efecto destructivo. (Además, los judíos alemanes estaban mucho más integrados en su entorno social que los de Europa oriental.) Si el nacionalismo revanchista de la primera postguerra mundial –fieramente antijudío- hubiese sido todo, Alemania podría haberse contentado con apoderarse de Prusia Oriental, Alsacia-Lorena y los Sudetes, además de anexionarse Austria, pero la mezcla de expansionismo y antijudaísmo de los nazis iba mucho más allá de una simple reivindicación de unidad nacional. También hay que tener en cuenta que no todos los sectores de la sociedad alemana compartían el violento antijudaísmo de los nazis, por lo que Hitler optó por moderar la presencia del elemento antijudío en el discurso público de su movimiento-partido.

    A estas alturas el de Nolte es un libro difícil de encontrar. Hace unos meses quedaba un ejemplar en la librería del FCE de Santiago, y bueno, ya fue vendido.

    Saludos, Alfredo.

  25. Juan Claudio Lechín Dice:

    No es verosímil que gran parte de una nación, casi todo un pueblo, destruya a una raza sistemáticamente y durante años sin causas profundas. No fue Rusia el enemigo histórico de Alemania sino Francia, no fue Rusia quien los humilló en Versalles sino Francia. Entonces, cómo explicar un temor hondo, psicológico, incluso de fisonomía atávica, contra los bolcheviques (aunque fueran judíos, algunos). ¿Lucha de clases, eliminación de la propiedad? Hitler y la jerarquías de NSDAP eran de orígen lumpen, ¿porque defenderían con tanto encono a la propiedad y a una clase a la que ya no pertenecían por ser marginales? En cambio se detecta ya en el siglo XIX un profundo antisemitismo en el pueblo alemán, se detecta una frágil identidad por su reciente unificación nacional, su apego a las tradiciones frente a un liberalismo novedoso, un rezago frente a la odiada Francia en incorporarse a la modernidad liberal… ahí hay más fragua de pulsiones esenciales para fabricar un Holocausto que en una copia mecánica, que alega Nolte, que como toda emulación mecánica, aún por miedo u odio, no es perdurable. La imitación es pasajera a menos que se pueda colgar de esencias propias, no se sostiene con rigor a través del tiempo sino está fundamentada en traumas o pulsiones propios, hondos; condiciones necesarias para el Holocausto. Copiaron entre ambos, sí, Stalin también hizo los procesos de Moscú copiando la Noche de los Cuchillos largos, pero estas copias de iniciativas del otro no hacen causalidad para eliminar millones de gentes y sostener impertérrito que se trata de una ruta necesaria y correcto.

  26. Gustavo Barrán Dice:

    Me agrada tu reseña, de alguna es buen tópico para comenzar la lectura de Nolte, la Historia es más compleja a comparación de esquemas reduccionistas, sin duda tu reseña me servirá para formular un prejuicio y discutir la obra.
    Lamentablemente no he encontrado dicho libro , no sé si de casualidad tengas un PDF, sería muy útil u veo que a varios nos caeria de maravilla. Sin más recibe un gran saludo y reitero las gracias.

Deja una Respuesta