LA FRACTURA. VIDA Y CULTURA EN OCCIDENTE, 1918-1938 – Philipp Blom

AR503_La fractura.inddAunque se tarda en trascender al plano del imaginario colectivo, hay toda una tendencia en el sostener que el recuerdo de la Belle Époque como una era dorada, pletórica de confianza y optimismo, merece más de una matización, lo mismo que la estampa de un agosto de 1914 henchido de fervor patriótico y ardor bélico masivos. Sin embargo, el prurito desmitificador de esta tendencia no es tan radical que reniegue de cuanto dicen o sugieren ambas imágenes (evidentemente, hay una diferencia entre matizar y desmentir de manera tajante). Por más que se repruebe su carácter parcial, contienen ellas una estimable dosis de verdad: la fe en la ciencia y el progreso y el triunfalismo eurocéntrico distaban mucho de ser imposturas, y no es en modo alguno un despropósito el ver en la Exposición Universal de París del año 1900 -desbordante de esa fe y de ese triunfalismo- un precipitado del sentir de aquellos años, un genuino paradigma de la época; asimismo, la deriva bélica de 1914 recibió el beneplácito de muchos europeos, ebrios de patriotismo pero también convencidos de que la guerra constituía una oportunidad de disipar la complacencia y el adocenamiento que, supuestamente, infestaban el espíritu de los tiempos. Cualquiera sea el punto de vista, invariablemente se observa que la Europa de principios del siglo XX, la de los años de vértigo, oscilaba entre la expectación y la inquietud: una atmósfera en que la ansiedad provocada por la celeridad de los cambios no sobrepujaba necesariamente al entusiasmo y la aprobación de los beneficios materiales y espirituales de la modernidad. La Gran Guerra, aparentemente, lo trastornó todo. El que más tarde llevaría el nombre de “período de entreguerras” nació de una terrible fractura, y no resulta extraño que una sensación generalizada de inestabilidad, precariedad e incertidumbre sobrevolara su transcurso. Exceptuando hasta cierto punto las de cuño izquierdista, que tuvieron en la Revolución Rusa una lumbre de esperanza (por demás sorprendente y desconcertante), pocas fueron las ilusiones que sobrevivieron incólumes a la hecatombe desencadenada en agosto de 1914, comenzando por la visión gloriosa de la guerra. La sórdida experiencia de las trincheras y la trasformación de la batalla por obra de la artillería, las ametralladoras y los gases tóxicos dieron al traste con el ideal heroico de la carga a la bayoneta, además de reducir a obsolescencia a la caballería. Ya no había lugar para las proezas individuales en la guerra moderna, no provendría de esta despiadada e impersonal maquinaria de segar vidas la regeneración moral de las naciones.

La Gran Guerra demostró que los prodigiosos avances científicos y tecnológicos podían muy bien adaptarse a los fines más destructivos, volviéndose contra el mismo género humano que tanta fe había depositado en ellos. La matanza industrializada no solo hizo de los “campos del honor” un infierno nunca antes visto sino que arrambló con buena parte de los valores y las certezas que daban sentido al concepto de civilización occidental, arrojando a los hombres a un vacío moral, una tierra baldía en que no contaban sino como masa informe, degradados a simple estadística para uso de políticos y militares afanados en empresas temerarias que escapaban a su control. La aviación y la aparición de los vehículos blindados de combate confirmaban el advenimiento de una era de las máquinas que tornaba ridículas las soflamas bélicas, aquellas que, entre otros ampulosos motivos, enaltececían el coraje y el sacrificio supremo por la patria. El que la ciencia médica otorgase reconocimiento a la denominada “neurosis de guerra” o “fatiga de combate” es indicativo de un cambio de mentalidad respecto de la guerra, cuyos traumáticos efectos fueron atestiguados por escritores como Siegfried Sassoon, Wilfred Owen, Edmund Blunden y Gabriel Chevallier, y por pintores como Otto Dix, George Grosz y Ernst Kirchner. La industrialización siguió su curso, ciertamente, pero ya no excitaba la imaginación de la manera en que solía hacerlo; la técnica pasó de provocar fascinación a inspirar temor, lo que se refleja en realizaciones emblemáticas de la época por el estilo de R.U.R., inquietante pieza teatral del checo Karel Čapek (1920), o las películas Metrópolis, de Fritz Lang (1927), y Tiempos modernos, de Charles Chaplin (1936). Un fondo de amargura y desencanto sedimentó en la vida de los que sobrevivieron al desastre, inseguros de lo que les deparaba el futuro, que tan prístino y promisorio parecía antes de 1914. El surgimiento de los regímenes totalitarios intensificó las aprensiones respecto del porvenir del mundo, tal cual se percibe en obras señeras de la literatura distópica: el caso de Nosotros, de Yevgueni Zamiatin (1921), y Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932). Por su parte, los más jóvenes, muy imbuidos del descrédito de los antiguos valores y de las viejas normas, se lanzaron al frenesí de la novedad y de cuanto los distanciara de la generación de los padres. El llamado a filas de los trabajadores durante la guerra propició la incorporación de la mujer al mercado laboral, lo que dio nuevo impulso a la emancipación femenina. La política experimentó el auge de las ideologías y los movimientos extremistas, especialmente en los países que de la guerra no obtuvieron otra cosa que la derrota, el desmembramiento territorial o la frustración de sus aspiraciones expansionistas. La siempre frágil cohesión social vio por doquier cómo crecían sus fisuras. En el terreno cultural, el triunfo internacional del jazz y la consolidación de las vanguardias artísticas simbolizan la disposición anímica de los años veinte y treinta. Las conquistas de la ciencia son también significativas, tanto por sus logros cognoscitivos (Blom los ejemplifica con los descubrimientos del astrónomo Edward Hubble, que a partir de 1923 desmontaron la concepción de un universo delimitado por la Vía Láctea) como por su progresivo dominio de los espacios sociales (ilustrados por medio del “juicio de Scopes”, proceso judicial que en 1925 enfrentó a partidarios de la teoría de la evolución y defensores del paradigma creacionista, en la localidad de Dayton, estado de Tennessee).

De estas y otras cuestiones da cuenta La fractura (2015), obra del historiador alemán Philipp Blom –un habitual en nuestras latitudes hislibreñas, puede decirse-. El libro reproduce el planteamiento y la metodología del celebrado Años de vértigo, del que es una continuación, abocada por su parte al lapso de tiempo comprendido entre las dos guerras mundiales. A objeto de delinear una panorámica del período, enfocada en Europa y los Estados Unidos y con pronunciado énfasis en los aspectos socioculturales, Blom prefiere concentrarse en incidentes suficientemente representativos de cada uno de los veintiún años abarcados (de 1918 a 1938), pero menos obvios que la Conferencia de Versalles en 1919 o la llegada de Hitler al poder en 1933. En el andamiaje de La fractura conviven celebridades de todos los ámbitos, desde la política a las artes, y personas extraídas por un instante del anonimato, cuyas experiencias son ilustrativas de algunas de las características del período. Al igual que en la mentada obra anterior, el conjunto ofrece el aspecto de un rico mosaico, fruto de una acabadísima amalgama de erudición y amenidad.

Predomina en esta panorámica un tono más bien sombrío, el que contrasta con el aire notoriamente más exultante de Años de vértigo: nada de insólito habida cuenta del contexto. En los países que tuvieron parte en la Gran Guerra prácticamente no hubo familia que no lamentase la muerte de uno o más de los suyos, por no hablar de los mutilados y los traumatizados, y lo peor era quizá la conciencia de que las pérdidas y las tribulaciones fueron en vano, sacrificios por completo estériles: la guerra que en principio debía acabar con todas las guerras multiplicó por el contrario los contenciosos, dejando numerosos problemas sin resolver y abriendo nuevos frentes de conflictividad potencial. Pocos podían creer que la amenaza de una nueva contienda, especialmente entre las grandes potencias, había sido conjurada; por lo mismo es que el estallido en 1939 de una segunda gran guerra no supuso para la mayoría de los europeos una verdadera sorpresa. En Europa y en Estados Unidos, ni siquiera el elemental problema del diario sustento podía darse por resuelto en vista de remezones como la hiperinflación de 1923, que sumió en la bancarrota a las burguesías de Alemania, Austria y Hungría, y la Gran Depresión desatada por el crack de 1929. «Para muchas personas –escribe Philipp Blom-, el mundo parecía haber perdido su anclaje metafísico, el último pivote de su existencia»: una observación que casa perfectamente con el perplejo y desencajado clima espiritual del momento. Con todo, nuestro autor sostiene que las discontinuidades entre los años previos y los posteriores a la Gran Guerra son menos profundas de lo que puede suponerse, más allá de las sensaciones prevalecientes en ambos períodos. Los fenómenos que habitualmente pasan por trastornos gatillados por el cataclismo de 1914-1918, en los ámbitos social, económico, político y cultural, en realidad hundían sus raíces en las dinámicas propias del cambio de siglo, que inseminaron las tensiones que terminarían por hacer eclosión en las décadas siguientes.

El evangelio del racionalismo y del progreso, por de pronto, no suscitaba en 1900 ni en 1914 una conformidad universal. La modernidad ilustrada ha debido lidiar desde sus inicios y a lo largo de su trayectoria con una corriente antagónica a la que debe más de un sobresalto; véanse los varapalos que le dirigieran renombradas personalidades del calibre de Burke, De Maistre, Carlyle, Emerson, Ruskin, Kierkegaard, Nietzsche y Bergson, entre otros: la contracultura de la antimodernidad –que tiene en el romanticismo uno de sus afluentes más caudalosos- es de todo menos exigua en aportaciones intelectuales de altura, y resulta sintomático que en la primera posguerra adhirieran a ella muchos de quienes idealizaban la fenecida Belle Époque. Siguiendo a Blom, una de las claves para comprender el período de entreguerras reside en captar lo que tiene de continuidad más que de ruptura, en lo concerniente a la modernidad técnica y socioeconómica tanto como en su faceta cultural. Se trata de una premisa que encuentra plena justificación cuando se tiene en cuenta que el desencanto con el progreso científico-tecnológico no impuso una veda a la innovación técnica ni impidió que la industrialización prosiguiera su andadura a un ritmo avasallador, fomentando crecientes flujos migratorios desde el campo a la ciudad (una realidad dramáticamente representada por los desplazamientos de población afroamericana a las ciudades industriales del norte de EE.UU. y por la multitudinaria conversión de campesinos soviéticos en obreros fabriles en enclaves como Leningrado, Sverdlovsk (Ekaterimburgo), Stalingrado o Magnitogorsk, la descomunal ciudad del acero que simbolizó la industrialización a marchas forzadas de la URSS). O cuando se considera que movimientos artísticos como el dadaísmo, el surrealismo, el suprematismo de Kazimir Malevich y el neoplasticismo de Piet Mondrian, manifestaciones diversas del radicalismo vanguardista, fueron posibles porque los precedieron Matisse, Picasso, Kandinsky y otros talentos rompedores, quienes señalaron el camino de la irreverencia y la experimentación creativas a ultranza y que a su vez representaron una escalada en la senda trazada por sus respectivos antecesores.

Conforme la perspectiva asumida por el autor, el escrutinio de los años que mediaron entre las dos guerras mundiales es una potente reivindicación de la ciencia historiográfica en la medida que proporciona herramientas para el esclarecimiento de las claves del presente. Abordar las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y rastrear las continuidades y eventuales rupturas en lo que algunos han interpretado como una “segunda guerra de los treinta años” o una “guerra civil europea” representa ni más ni menos que una inmersión en los lineamientos de mediano y largo plazo del siglo XX, decantando en paralelismos de la índole que Blom ejercita a modo de cierre de su indagatoria. Según él, las incertidumbres y el estupor que configuraron el ambiente de la primera posguerra no difieren mucho de las señas espirituales de nuestro tiempo, en que las repercusiones del fin de la Guerra Fría aún se dejan sentir. Acierte mucho o poco, es un planteamiento que redobla el atractivo intrínseco de La fractura.

- Philipp Blom, La fractura: vida y cultura en Occidente, 1918-1938. Anagrama, Barcelona, 2016. 614 pp.

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6 Respuestas a “LA FRACTURA. VIDA Y CULTURA EN OCCIDENTE, 1918-1938 – Philipp Blom”

  1. Vorimir Dice:

    Rodrigo, una conversación contigo sobre la historia del siglo XX tiene que hacerle sentir a uno como un enano intelectual. Si ya casi tus reseñas lo hacen. :D
    En mi reciente viaje a París hicimos un tour guiado por el barrio de Montmartre y el guía nos habló también mucho de los felices 20, la post 1GM-Pre 2GM, etc. Un tema muy interesante.

  2. Rodrigo Dice:

    Vaya, Vori. La verdad es que me queda muchísimo por aprender…

    El libro es muy bueno, cumple holgadamente con las expectativas que el propio Blom genera con su firma. Es un estupendo historiador.

  3. iñigo Dice:

    Apuntado queda. Pinta muy muy interesante. Gracias Rodrigo.

  4. Rodrigo Dice:

    No hay de qué, compañero. Siempre es un gusto recomendar libros de calidad.

  5. Rosalia Dice:

    (Me uno con entusiasmo al comentario de Vorimir. Me encantaría verte por aquí)
    Con tan estupenda reseña, cómo para no acercarse al libro!!!
    Un saludo y muchas gracias, Rodrigo.

  6. Rodrigo Dice:

    Gracias a ti, Rosalía.

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