LA FACULTAD DE LAS COSAS INÚTILES – Yuri Dombrovski

9788415601869«Todos deseamos rescatar a través de la memoria cada fragmento de vida que súbitamente vuelve a nosotros, por más indigno, por más doloroso que sea. Y la única manera de hacerlo es fijarlo con la escritura». Enrique Vila-Matas.

Yuri Dombrovski sobrevivió a los trallazos homicidas del Gran Terror y a los campos de concentración soviéticos. Sobrevivió al estalinismo, con cuyas peores facetas se las vio cara a cara, y aunque tuvo más suerte que muchos de los millones de víctimas de la maquinaria de moler carne –apelativo corriente entre los zeks (presidiarios) para referirse al Gulag-, su vida quedó por siempre señalada por la experiencia traumática de la reclusión siberiana. De hecho, toda una sociedad quedó marcada por la arbitrariedad sistemática del estalinismo, arbitrariedad connatural a un régimen cuya lógica misma contemplaba la necesidad de movilizarse contra los enemigos internos, reales o, más frecuentemente, ficticios: el régimen comunista, al decir de Tony Judt, vivía en un estado permanente de guerra no declarada contra sus propios ciudadanos. La inseguridad y el temor eran parte de la atmósfera que todos respiraban, cuyo enrarecimiento remitía sólo a rachas, en las ocasionales pausas de relativo relajamiento que el más acabado sistema de control social –precisamente en razón de su perfección- podía permitirse. Cuando las purgas de la segunda mitad de los años 30 dieron pleno sentido al concepto del terror como mecanismo de represión y sometimiento en un contexto totalitario, así como a la idea del sempiterno estado de guerra interna, se hizo más evidente que nunca el grado en que la Unión Soviética encarnaba el más burdo de los contrasentidos: el Estado que se proclamaba como dueño de la constitución más democrática del mundo era en realidad el que menos garantizaba la integridad de la persona, el más dispuesto a atropellar los derechos y libertades individuales. Dombrovski estuvo entre los que padecieron en carne propia la gran falacia soviética, y lo mismo que a otras víctimas de la iniquidad, la escritura le proporcionó el antídoto contra el olvido -contra lo que Vila-Matas califica como la indiferencia de una mirada contemporánea cada vez más inmoral-. Su personalísimo testimonio de la aberración estalinista tiene forma de novela y fue publicada originalmente en el extranjero, en 1978, bajo el título de La facultad de las cosas inútiles

La novela es de raigambre autobiográfica y a su autor (nacido en Moscú en 1909) le tomó alrededor de once años escribirla, entre 1964 y 1975. Es la continuación de El conservador de antigüedades, publicada en 1964 en la revista literaria Novy Mir (no hay traducción al castellano). Impedido de publicarla en la URSS, Dombrovski envió una copia a París, en donde fue editada por YMCA-Press (como se sabe, las ediciones tamizdat, en el extranjero, eran una forma de eludir la censura soviética). Presumiblemente a raíz de esta edición, Dombrovski recibió una serie de amenazas y al fin fue objeto de una paliza brutal de cuyas consecuencias no se pudo recuperar, falleciendo un mes y medio más tarde, en 1978. La prensa soviética hizo silencio en torno a estos hechos, que ni siquiera fueron consignados en el periódico de la Unión de Escritores. Más claro, imposible: Yuri Dombrovski estaba tachado por el régimen, que en realidad lo tenía en la mira desde mucho antes. Deportado en 1932 a Almá-Atá, Kazajistán, en 1937 fue a dar por varios meses en la prisión de la ciudad, a la que volvió en 1939, esta vez para ser enviado a un campo de concentración en Siberia. Liberado en 1943, con la salud muy quebrantada, fue nuevamente apresado y hecho carne del Gulag al término de la década, cuando su ascendencia judía lo puso en el foco de la campaña contra el “cosmopolitismo”. Tras su liberación definitiva en 1955 pudo dedicarse en pleno a la literatura, en la que había debutado con una novela titulada Derzhavin (1938).

Dombrovski puso en la redacción de La facultad de las cosas inútiles sus mayores cuidados y máximas esperanzas, pues la concibió como la culminación definitiva de su trayectoria literaria. Resulta una obra un tanto atípica. Ambientada en 1937, en la ciudad de Almá-Atá, cuando arreciaba el terror orquestado por el comisario Yezhov, algunas de las situaciones narradas por el autor resultan curiosas, difícilmente imaginables en recintos emblemáticos de la opresión comunista como las prisiones moscovitas de Lefortovo y Lubianka. ¿O tal vez no? Como fuere, la provinciana prisión de Almá-Atá, bien conocida por Dombrovski, no debía ser necesariamente una reproducción exacta de sus hermanas mayores, y es así que tenemos al protagonista de la novela departiendo latamente con sucesivos compañeros de reclusión, esto mientras se prolonga la fase de hostigamiento por los fiscales. La instrucción del proceso, como no puede dejar de ocurrir, incluye espantosas sesiones de tortura y períodos de confinamiento en celdas de castigo, tan inhóspitas como cabe adivinar. El protagonista es Gueorgui Zibin, quien trabaja como conservador de antigüedades del Museo Central de Kazajistán y que, en la apertura de la narración, lidera una expedición arqueológica en una zona montañosa. Alter ego del autor, desgraciadamente nos perdemos buena parte de su caracterización –y de sus peripecias- al no contar con la primera parte del díptico novelístico. Su captura por agentes del NKVD apenas puede ser más arbitraria. Sin evidencia alguna que sostenga la acusación, se le endilga la sustracción de unas piezas arqueológicas de oro recientemente desaparecidas, y de ahí a colgarle los usuales sambenitos –“enemigo del pueblo” y demás lindezas de la época- media un paso. Por fuerza culpable de los cargos que se le imputan, conforme manda la abyecta lógica soviética, ni siquiera la tortura logra arrancarle la confesión que los fiscales buscan sonsacarle por turnos. Y quien dice confesión dice también delaciones, por supuesto: según la mentada lógica, la más mínima señal de descontento es indicio de la voluntad de conspirar contra el Estado, y el conspirador actúa siempre de consuno con otros. Además, desenmascarar una red de enemigos del pueblo, alguna célula de saboteadores probablemente coludidos con agentes extranjeros: qué mejor espaldarazo para una carrera ascendente en el sistema judicial o en los órganos de seguridad. ¡Un juicio público a imitación de los procesos que por entonces se verifican en Moscú! No, la presa no escapará tan fácilmente.

La narración intercala el calvario procesal de Zibin con retrocesos temporales en que el protagonista recuerda ciertos momentos pasados con su novia (también aquí hay matices y circunstancias que quedan un tanto en el aire por no conocer el primer volumen). Pero más importantes son los extensos diálogos que Zibin sostiene en prisión, conversaciones sobre lo humano y lo divino, una de las cuales, plasmada con entera naturalidad por el autor, resulta muy instructiva respecto de los vericuetos del sistema penal soviético y sus instrumentos del terror, que tantos estragos ocasionan en la población. Los diálogos son el principal recurso formal de la novela, que en proporción abrumadora consiste en una suerte de retrato de época –la época de las Grandes Purgas, con sus resonancias en una remota ciudad de provincias- por medio de personajes de toda condición, incluidos chekistas, fiscales y delatores, que se vuelcan en la conversación, se muestran a sí mismos y a las condiciones en que se desenvuelven conversando. Trátese, por ejemplo, de esbirros del régimen que procuran dar con el modo de romper con la obstinada resistencia del inculpado, Zibin, o de un antiguo pope que ha sufrido las penurias de Kolimá y, según sea su interlocutor, se nos aparece como un modelo de sabiduría o como el más vil de los delatores, los diálogos –en registros y tonalidades acordes con los personajes y las circunstancias- nos tienen en vilo la mayor parte de la lectura. De uno de ellos brota el sentido del título, que alude al carácter superfluo y accesorio del sistema jurídico: las leyes, los procedimientos, los resguardos a los derechos provistos por el aparato legal, todo esto sólo cuenta en la medida que responda a la conveniencia del régimen; después de todo, la URSS no es en rigor un Estado regido por la ley sino por el partido, es decir, por la lectura ideológica que sus líderes hacen de la historia. Más que nunca en el ignominioso bienio de 1937 y 1938, años de arbitrariedad llevada al paroxismo, la ley es en la URSS una parodia de sí misma, una cosa completamente inútil.

Pletórica en personajes y escenarios, de ritmo ágil y de profunda inspiración moral, la de Dombrovski es una novela que vale la pena leer. La traducción ha corrido por cuenta de Marta Rebón, lo que a estas alturas ya es prenda de garantía.

– Yuri Dombrovski, La facultad de las cosas inútiles. Editorial Sexto Piso, Ciudad de México/Madrid, 2015. 678 pp.

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4 Respuestas a “LA FACULTAD DE LAS COSAS INÚTILES – Yuri Dombrovski”

  1. ARIODANTE Dice:

    La reseña es excelente, como es habitual, Rodrigo, pero a mí el tema no me anima a leer. ¿ no se hace demasiado angustioso el relato de las penalidades carcelarias, las presiones, morales y físicas, las torturas, las desgracias de una época desgraciada? Ya sé que es un tema muy real y tratado no solo por este autor, pero…¿ qué peculiaridades aporta frente a otros? ¿Más detalles de la crueldad humana? No sé, a mí en otra época lo hubiera leído pero ahora prefiero leer temas que pueden ser penosos… pero no tanto.

  2. Rodrigo Dice:

    Pasa que me interesan el contexto histórico y la literatura rusa, Ario. Pero no soy un lector monotemático. Mi lectura de esta novela ha estado rodeada –precedida y sucedida- por la de varias otras, que nada tienen que ver con el tema soviético.

    En cuanto a “lo que aporta” la novela de Dombrovski. Aporta una muy apreciable contribución al caudal de la memoria histórica, la que nunca debiera considerarse saciada o clausurada; mucho menos en un caso tan dramático como fuera el de la dictadura soviética, cuyas víctimas se contaron por millones y que hizo de un país una inmensa prisión. Aporta la memoria personal del autor, tan digna de considerar como la de cualquiera que tenga a bien el dejar registro –y no de cualquier manera- de su experiencia vital. Aporta la singularísima voz del autor, que no es la de Solzhenitsyn, ni la de Eugenia Ginzburg, ni la de Varlam Shalámov, ni la de ninguno de los otros escritores que se atrevieron a denunciar la monstruosidad soviética. Y no sólo ellos: como en todo escritor que valga la pena tener en cuenta, la voz de Dombrovki tiene un registro y un temple que no cabe preterir porque los temas a que se aboca coincidan con los de otros autores.

    Pienso que La facultad de las cosas inútiles aporta lo que toca tanto a la literatura testimonial como a la buena literatura en general: un antídoto contra el olvido, una especial forma de conjurar los demonios personales y una peculiar plasmación artística, con sus propios matices y tonalidades. Pongo de relieve esto último porque, más allá de su valor denunciatorio, la de Dombrovski es una buena novela.

  3. ARIODANTE Dice:

    Ya lo sé, Rodri, ya lo sé. No te enfades conmigo. Por alguna razón (o sin ella) eres un verdadero buceador en la literatura e historia rusa, y la verdad es que es un tema interesantísimo. Pero yo me quedé en el siglo XIX…
    Quizás no ha sido muy adecuada la expresión “lo que aporta” refiriéndome a la novela. Las novelas no aportan, como los ensayos, ciertamente. Lo que quería preguntar es en qué es tan singular la voz de Dombrovski, no tanto en los temas como en el estilo literario. Estamos hablando de una novela, no de un reportaje periodístico, entiendo. Una novela de denuncia, desde luego, lo cual le da un valor especial, pero mi pregunta es si además, su valor literario es tan destacable.

  4. Rodrigo Dice:

    Verás, Ario, me parece destacable la forma en que en la novela se construye en base a los diálogos, recurso en que Dombrovski se juega sus mejores facultades literarias. De los diálogos brota el perfil de los personajes, su individualidad y su pertinencia narrativa (el cómo y por qué intervienen como tales personajes); ellos moldean la progresión de la trama, le imprimen su ritmo y sugieren el tono emocional de los diversos pasajes de la novela, con sus variadas circunstancias (las hay románticas y amicales también, no todo transcurre en la prisión). Tratándose del tema central, los diálogos nos ponen en contexto, recrean el momento y nos envuelven en lo que debió ser la atmósfera opresiva y desquiciada del mismo, cuando nadie podía sentirse a salvo en medio de aquel sistema. Como apunto en la reseña, los personajes se vuelcan y se muestran en la conversación, lo que supone sumirnos en situaciones tan variadas como la condición de cada uno de ellos -y son bastantes, una galería bastante nutrida aunque no tanto como para perdernos en la dispersión-. Lo singular del contexto, que entre cosas expone a las personas a una suerte de degradación universal, es más que nunca evidente en el caso del antiguo pope, un tipo que se nos aparece primero como un santo varón y que luego vemos en el papel de delator, uno de la especie más baja. Y es con toda naturalidad que lo tenemos en primer lugar departiendo con el protagonista, en un pasaje empapado de resonancias bíblicas, y luego enfrentado a los esbirros del régimen, cuando sin empacho alguno se nos desdobla como un ser de dos caras, mostrando su peor faceta; es imposible entonces no tener presente que el sujeto ha sido un zek, hecho que evoca un mundo insondable de penurias y de quebranto moral. El todo, pues, resulta eficacísimo desde el punto de vista narrativo.

    Sería bueno conocer la novela anterior, primera parte del díptico protagonizado por Zibin. Creo que algunos detalles quedan en el aire, la relación con su novia por ejemplo, clave en algunos momentos de La facultad de las cosas inútiles. Pero en general se lee sin dificultades, como una novela autónoma.

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