LA CONFESIÓN – Artur London

LA CONFESIÓN - Artur LondonLa usurpación de Europa del este por la Unión Soviética, alboreando la Guerra Fría, tuvo uno de sus momentos álgidos en los juicios espectáculo montados entre fines de los años 40 y comienzos de los 50, a imitación de los procesos de Moscú (1936-1938). Estos juicios amañados materializaron entre otras cosas el desbaratamiento de cualquier veleidad de autonomía en la construcción del socialismo, abominando de paso de la herejía yugoslava: en adelante, el único camino posible sería el de la subordinación incondicional a los dictados de Moscú, garantizada por la depuración preventiva de imitadores (supuestos o potenciales) del “traidor” Tito. Uno de los procesos más sonados fue el de Praga, efectuado en 1951 y 1952 y conocido como “proceso Slánský”, por el más importante de los dirigentes encausados: Rudolf Slánský, secretario general del partido comunista de Checoslovaquia. En este proceso, que inauguró la purga interna del partido y el gobierno checoslovacos conforme al modelo estalinista (el apego al cual fue rigurosamente supervisado por asesores soviéticos), catorce altos funcionarios y dirigentes comunistas –la mayoría de ellos de origen judío- fueron acusados de conspirar en contra del estado, motejándoseles de traidores titistas, trotskistas y sionistas, presuntamente empeñados en una labor de zapa a favor del imperialismo capitalista. Once de los imputados fueron condenados a muerte y prestamente ejecutados, incluidos Slánský y Rudolf Margolius, a cuya viuda, Heda, debemos las excelentes memorias tituladas Bajo una estrella cruel. A los otros tres procesados se les impuso penas de prisión perpetua. Entre ellos estuvo Artur London, quien al momento de ser aprehendido (enero de 1951) se desempeñaba como viceministro de Asuntos Exteriores. Nacido en Ostrava, de linaje judío y militante comunista desde muy temprana edad, London (1915-1986) había residido en el Moscú de los años treinta y participado en la guerra civil española como voluntario en las Brigadas Internacionales. Sobrevivió al cautiverio nazi en el campo de concentración de Mauthausen, mas no sin secuelas pues contrajo allí la tuberculosis; tras la guerra regresó a su patria natal en compañía de su esposa, la comunista francesa Lise Ricol (hija de inmigrantes aragoneses) y sus tres hijos. Su fidelidad a la causa comunista resistió la prueba del arbitrario juicio al que fue sometido, y resistiría la del aplastamiento de la Primavera de Praga por los tanques del Pacto de Varsovia, pero lo que le asegura un lugar en la posteridad es su testimonio en torno al mentado proceso, el libro La confesión, publicado por primera vez en París, en 1968.

Aunque de una u otra manera expone la trayectoria completa de su autor –hasta el momento de su rehabilitación, el mismo año de 1968-, el libro atiende fundamentalmente a su doble experiencia de procesado y condenado a prisión, sobre la que se extiende con generosa minuciosidad. Su condena, de por vida inicialmente, fue rebajada a veinticinco años. Los ecos de la desestalinización de la URSS supusieron una revisión parcial del proceso Slánský y los que le siguieron; de ello se benefició London, que fue liberado poco después del famoso XX Congreso del PCUS (aquel de febrero de 1956, en que Khrushov denunció el “culto a la personalidad”). Si de los procesos de Moscú ha podido decirse que “subsisten como un documento de gran valor para el historiador: la concepción y el contenido de la acusación y de las declaraciones son un testimonio inestimable de lo que era, en aquel período, la sociedad soviética” (el enunciado es del historiador Pierre Broué), lo mismo cabe afirmar del proceso de Praga o de Slánský, pues ilustra una de las fases cruciales de la transformación de Checoslovaquia en uno de los estados satélite de la URSS, con particular énfasis en lo que corresponde caracterizar no como lealtad sino como el servilismo del gobierno y los organismos de seguridad de aquel país, rendidos en pleno al control soviético. De aquí la relevancia de la denuncia formulada por London: La confesión, testimonio sobrecogedor y difícilmente olvidable, grafica del modo más rotundo la mecánica de los juicios espectáculo escenificados acorde con el guión soviético, arrojando luz sobre aspectos decisivos de la lógica –desquiciada y espantable- del cerrojo impuesto a las sociedades víctimas del totalitarismo comunista. Los fundamentos ideológicos (en complicidad con una específica encrucijada histórica), las argucias y las fórmulas de apariencia legal, los violentos métodos inquisitoriales, la saña y la terquedad de los interrogadores: todo está expuesto en el libro, del que emerge con diáfana claridad el perfil del aparato represivo en uno de sus característicos despliegues.

La orquestación y coreografía de los juicios había tenido sobrada ocasión de ser puesta a punto en los años del Gran Terror. Nada en ellos estaba librado al azar; todos los detalles involucrados en la caída en el abismo inquisitorial estaban celosamente concebidos para la obtención de un único resultado, fijado de antemano: la condena de los acusados. Era toda una enorme, pesada y bien lubricada maquinaria la que se arrojaba sobre las víctimas propiciatorias. Víctimas inocentes, no de complicidad ideológica, claro está, pero sí de los cargos que se les imputaban. En el contexto de otro proceso emblemático, el del Ministro de Asuntos Exteriores húngaro László Rajk (enjuiciado y ejecutado en 1949), Janos Kádar –a la sazón Ministro del Interior- dio en el centro de la farsa al manifestarle (en conversación grabada clandestinamente) que en el gobierno estaban del todo conscientes de su inocencia, por lo que “le admiraban aún más por su sacrificio; no de su vida, porque no lo matarían; sólo sería un sacrificio moral, y luego lo sacarían de ahí”. (Por supuesto, también esto era mentira.) Montaje destinado a impresionar, aleccionar y amedrentar a un público constituido por la nación entera –con amplia resonancia en el exterior, además-, no bastaba con la exhibición de las pruebas acusatorias ni con la condena dictada por el tribunal; había que obtener confesiones, y éstas debían ser públicamente recitadas por los acusados.

De hecho, la clave de los procesos residía en la etapa de las confesiones, verdadero clímax del montaje. Su carácter grotesco y su falsedad saltaban a la vista, tal cual había ocurrido en los procesos moscovitas, pero esto no impedía que muchos –tanto nacionales como extranjeros- se las tragaran limpiamente. La propia esposa de London tuvo por genuina su confesión, a tanto llegaba en ella el compromiso partidista y la ignorancia de los métodos estalinistas. La desproporción de los cargos y la monstruosidad de los crímenes que se echaban encima Slánský y los demás (sabotaje, espionaje, asesinato y mucho más) afectaban no la credibilidad de los juicios sino la de los procesados, minando cualquier presunción de inocencia. ¿Por qué confesaban si no era por su real culpabilidad? Cuando London pudo retractarse de su confesión ante su esposa, una vez iniciado el deshielo en el bloque comunista, la reacción primera de Lise fue justamente de ese tenor: ¿por qué había confesado?, ¿por qué no se había resistido a unas acusaciones tan graves, él, cuya trayectoria daba fe de su inconmovible lealtad al partido y al ideario comunistas? Nada sabía Lise de las maquinaciones ni de las corrosivas técnicas de los servicios de seguridad, nada del abyecto arte de arrancar confesiones forzadas. Los catorce del proceso Slánský soportaron meses y meses de interrogatorios en condiciones devastadoras, sometidos a toda suerte de torturas físicas y sicológicas. London, en particular, sufrió una recaída en la tuberculosis, y el tratamiento paliativo que se le proporcionó en prisión fue apenas el adecuado para mantenerlo con un hilo de vida: lo suficiente para el momento crucial de las confesiones públicas. Afortunadamente, el amor de Lise por su marido y padre de sus hijos era más fuerte que su compromiso político. Enseguida convencida de la inocencia de Artur, y aunque retornada a Francia por insistente sugerencia de su marido y de sus amigos checoslovacos, hizo cuanto estuvo en sus manos por conseguir su liberación.

Pocas denuncias de la arbitrariedad institucionalizada revisten tanta importancia histórica como la de Artur London. En el catastro de libros esenciales sobre los desvaríos y aberraciones del siglo XX, La confesión merece un puesto quizá tan honorable como los de Primo Levi y Alexander Solzhenitsyn.

- Artur London, La confesión: en el engranaje del Proceso de Praga. Ikusager Ediciones, Vitoria, 2000. 520 pp.

Compra el libro

Ayuda a mantener Hislibris comprando LA CONFESIÓN de Artur London en La Casa del Libro.

3 Respuestas a “LA CONFESIÓN – Artur London”

  1. Derfel Dice:

    Se me había pasado por alto esta reseña: excelente pinta tiene este libro.

    Me llamó mucho la atención el proceso Slánský cuando leí las memorias de la viuda de Margolius, episodio que, si no fuese por la atrocidad de lo sucedido, parecería sacado de una comedia negra.

    Creo que este libro está descatalogado en España.

    Muchas gracias, Don Rodericus.

  2. Rodrigo Dice:

    Con un poco de suerte se lo encontrará en librería de viejo, por ejemplo, o huroneando en la red…

    El libro figura en la bibliografía de Posguerra, de Tony Judt, igual que las memorias de Heda Margolius. Dado el asunto de fondo, estoy por considerarlo uno de los títulos capitales de la literatura testimonial del siglo XX.

    Mil gracias por el comentario, Derfel.

  3. Rodrigo Dice:

    A todo esto… Costa Gavras dirigió una adaptación de este libro, con Ives Montand y Simone Signoret en los roles protagónicos. Jorge Semprún escribió el guión.

Deja una Respuesta