INGENIEROS DE LA VICTORIA – Paul Kennedy

INGENIEROS DE LA VICTORIA – Paul KennedyA estas alturas, la bibliografía sobre la Segunda Guerra Mundial es tan vasta que resulta apabullante. Parece que ninguno de los flancos del mayor conflicto de todos los tiempos quedara por cubrir, especialmente en materia de estudios panorámicos. Sin embargo, de tanto en tanto nos enteramos de nuevas publicaciones con aspiraciones más o menos globalizantes, libros que no necesariamente reivindican para sí el reclamo de la novedad espectacular pero que sí hacen hincapié en la necesidad de atender a ciertas facetas o puntos de vista específicos, preteridos o insuficientemente tratados por la bibliografía existente. Michael Burleigh, por ejemplo, tuvo la ocurrencia de elaborar una historia genérica de la SGM sobre la premisa de que aquél fue un conflicto en que a lo moral le cupo un papel decisivo: así germinó su Combate moral (Taurus, 2010), obra que en lo esencial es una defensa del esfuerzo de guerra aliado, ante todo el del conglomerado anglo-estadounidense, enfrentado a una coalición de estados depredadores. El también británico Donny Gluckstein, por su parte, dio forma a una historia general alternativa vertebrada por la visión del conflicto como una confrontación entre potencias imperialistas y movimientos populares de resistencia, paralela a la lucha entre estados: es la base de La otra historia de la Segunda Guerra Mundial (Ariel, 2013). Una empresa en cierto modo parangonable es la de Paul Kennedy, que en Ingenieros de la victoria (publicado originalmente en 2013) plasma un trabajo de conjunto en que el autor, de reputación consagrada por su Auge y caída de las grandes potencias (1987), procura responder al problema del gran cambio de tornas en el transcurso de la SGM: por qué las potencias del Eje entraron en un proceso de declive sostenido tras una fase de triunfos clamorosos, mientras que el bando opuesto se encaminaba a una muy laboriosa victoria final. Queda claro, pues, que no estamos frente a una historia global del conflicto referido (otra más), sino a un estudio de amplio espectro -en sentido temporal, geográfico y temático-, que aborda las grandes campañas que decidieron el resultado de la guerra considerando una serie de factores críticos, funcionales al propósito seminal de la obra. Para una primera aproximación, vale precisar que Kennedy pone el foco en la cuestión de cómo pudieron los aliados resolver los desafíos que para ellos representaron las imponentes maquinarias bélicas alemana y japonesa, superándose a sí mismos a fin de alzarse con la victoria.

El reto mayúsculo planteado por las dos grandes potencias del Eje suponía una amenaza existencial para buena parte del mundo, y era de tal magnitud y complejidad que no cabe reducirlo a un único factor determinante; congruentemente, la respuesta al mismo tampoco podía ser unidimensional. Para derrotar a alemanes y japoneses, no bastaba con desarrollar un arma portentosa ni con implementar los mejores servicios de inteligencia, ni con acaparar el mayor volumen de recursos de todo tipo; por descontado que ceñirse a una monolítica e invariable línea estratégica u operacional hubiese sido la peor de las decisiones. Partiendo por las singulares características geográficas de cada uno de los teatros de operaciones, los problemas que encararon los aliados eran múltiples, por consiguiente sus respuestas debían serlo en igual o superior medida. Y eran respuestas que no corresponde atribuir en exclusiva a los gobernantes y grandes líderes militares de las potencias aliadas. Conforme el punto de vista asumido por Kennedy, ni aun con todo su genio organizador, su carismático voluntarismo, su competencia profesional o su capacidad de incentivar por el terror, hubiesen podido los Churchill, Roosevelt y Stalin, los Patton, Montgomery y Zhúkov, recuperarse de los reveses iniciales e imponerse por sí solos. Urgía la intervención de mandos medios y solucionadores de problemas capaces de poner en manos de los estrategas y los estadistas las formidables maquinarias de guerra en que debían convertirse las fuerzas armadas de los aliados, puesto que se proponían doblegar a las del Eje. Es en ellos y en sus logros, escasamente reconocidos por la historia -y más raramente homenajeados, en cualquier sentido- que Kennedy centra su investigación, erigiéndolos en auténticos ingenieros del triunfo aliado. Algunos de ellos, como los responsables del diseño y perfeccionamiento de radares, aviones de combate y muelles portátiles –entre otros muchos aparatos-, eran ingenieros de verdad. Otros lo eran en sentido figurado: administradores, gestores, organizadores, con rango militar o sin él. En conjunto, el libro explora la contribución de este personal intermedio al gran vuelco de la guerra.

Ingenieros de la victoria es un estudio articulado por cinco desafíos cruciales, todos derivados de la determinación -formalizada en la Conferencia de Casablanca, enero de 1943- de derrotar al Eje: 1) cómo triunfar en la Batalla del Atlántico, superando la cruenta interrupción del tráfico mercante por los submarinos alemanes; 2) cómo hacerse con el dominio del aire en Europa, imponiéndose a las distancias y desbaratando el poder de la Luftwaffe; 3) cómo contrarrestar la Blitzkrieg, la modalidad de “guerra relámpago” implementada por la Wehrmacht, considerando dos escenarios específicos: el norte de África y la contienda en suelo soviético; 4) cómo llevar a buen término las grandes operaciones de desembarco (en particular Antorcha, el desembarco anglo-estadounidense en el norte de África, y Overlord, además de las operaciones anfibias en territorio italiano); y 5) cómo superar la llamada “tiranía de la distancia”, posibilitando la descomunal campaña del Pacífico contra el Japón. El examen de Kennedy muestra que el escenario de 1945 no estaba predeterminado, por más que las probabilidades estuviesen del lado de los aliados. Podría haber fallado la trabazón de elementos que incidieron en la victoria final: no bastaba con acopiar recursos abundantes y de calidad, había que hacer un empleo inteligente de ellos; con entera razón, Churchill hablaba del “uso apropiado de una fuerza abrumadora”.

En efecto, de nada habría servido el diseño de un caza como el estadounidense P-51 Mustang si, casi por azar, no hubiese propuesto el piloto de pruebas británico Ronnie Harker sustituirle el motor, que fue lo que permitió al aparato proporcionar la tan urgente cobertura de largo alcance a las formaciones de bombarderos pesados (reduciendo drásticamente su tasa de pérdidas). El repertorio de contramedidas utilizadas contra los submarinos alemanes habría visto mermado su rendimiento si no hubiese habido ingenieros que idearan un radar miniaturizado, apto para ser montado en aviones; por demás, no bastaba con disponer de los mejores instrumentos de detección (radares, sonares, etc.): hacía falta la conformación de nutridos y bien armados grupos aéreos y navales de protección de convoyes, así como el desarrollo de nuevas tácticas de caza de submarinos. La conquista progresiva de las islas del Pacífico se habría ralentizado o entorpecido si el almirante Ben Moreell, de la armada de los EE.UU., no hubiese tenido la inspirada idea de fundar los Batallones de Construcción (apodados “Seabees” e integrados por ingenieros, técnicos y obreros cualificados), los que seguían los pasos de las unidades combatientes (a veces avanzaban confundidos con ellas), y que con magnífica eficiencia construían pistas de aterrizaje, embarcaderos, depósitos de combustible, hospitales y otras instalaciones fundamentales (también en Europa tuvieron un desempeño destacado: algunas de sus proezas fueron la fabricación y emplazamiento de los malecones artificiales usados en los desembarcos en Normandía y la reconstrucción de los puertos de Cherburgo y Le Havre). La impresionante flota de portaaviones que la marina estadounidense desplegó en el Pacífico habría quedado reducida a inutilidad si no hubiera contado con la asistencia de buques cisterna de gran tamaño, capaces de abastecerla de combustible. Que el arsenal soviético incluyera una máquina de tanto potencial como el tanque medio T-34 –concebido en la preguerra- fue sin dudas afortunado; mas para que realmente llegase a influir como lo hizo en los campos de batalla de Europa oriental debía ser mejorado -cosa que ocurrió-, y empleado en combinación con una panoplia completa de armas y acorde con tácticas distintas de las que contemplaba la doctrina del Ejército Rojo en 1941. Estas y otras soluciones requerían de individuos y equipos de trabajo no solo imbuidos de iniciativa sino dotados además de suficiente autonomía y espacio (organizacional y operativo) para llevar adelante su cometido, aguzando el ingenio sin restricciones; lo cual suponía el respaldo de instancias decisorias –con sus respectivos jefes- ampliamente receptivas y que fomentasen la creatividad.

La historia del triunfo aliado es en gran medida la de una enorme y continua serie de reajustes técnicos y estructurales, tanto en lo que concierne a las instituciones (fuerzas armadas y servicios de inteligencia) como al material usado por ellas (armamentos e instrumental de apoyo). El caso soviético demanda un examen diferenciado, habida cuenta de su carácter dictatorial y de su condición de sociedad cerrada. En lo que toca a las potencias liberales, es innegable que ellas se beneficiaron de una mentalidad y una cultura organizacional favorables a la libre iniciativa y propiciadoras de la innovación, con líderes capaces de descubrir talentos y de transmitirles su audacia y tenacidad. Aun Stalin pudo comprender que su afán inicial por hacer de árbitro de todos los aspectos de la guerra resultaba contraproducente, tornándose más receptivo a las sugerencias e indicaciones de sus generales; todo lo contrario de Hitler, que conforme se prolongaba el conflicto acaparó cada vez más funciones y estrechó hasta prácticamente suprimir el margen de maniobra de sus subordinados. Del lado japonés, llama la atención el que su adopción de patrones culturales occidentales fuese tan sesgado como para que su maquinaria bélica, tratándose de innovación y desarrollo, desembocase en un punto muerto: una parte significativa de su arsenal de guerra padeció un estancamiento terminal, sin ninguna evolución tecnológica posterior a 1941 digna de reseñar. Más determinante fue quizá el que las fuerzas armadas niponas se mostrasen incapaces de refinar sus tácticas y métodos operacionales, ciegas –por ejemplo- a la imperiosa necesidad de proteger sus convoyes, o la de cambiar radicalmente sus técnicas de caza de submarinos, o la de darle un uso conveniente a su propia flota de sumergibles (desperdiciada de modo casi inexplicable, su incidencia en el curso de la guerra fue insignificante).

Apenas puede ser más pertinente la conclusión de Paul Kennedy, que sostiene que en el contexto de una contienda «tiene que haber un sistema de apoyo, una cultura del estímulo, bucles de retroalimentación eficientes, capacidad de aprender de los reveses, capacidad de conseguir que se hagan las cosas. Y todo eso debe hacerse de un modo que sea mejor que el del enemigo. De ese modo es como se ganan las guerras». Apremiados por agresores que en algún momento parecieron imbatibles, los aliados supieron configurar sistemas de gestión y organización superiores a los de las potencias del Eje, poniéndolos al mando de líderes competentes y con amplitud de miras. Toda una lección de la historia, la que, expuesta con mano maestra por nuestro autor, hace de Ingenieros de la victoria un libro del mayor interés.

(Habrá quien se acuerde de la muy elogiable obra de Richard Overy, Por qué ganaron los aliados (1995); aunque ambos trabajos obedezcan a inquietudes afines, no hay riesgo de redundancia en el más reciente de los dos: sus diferencias de enfoque, estructura y conclusiones son en verdad profundas.)

– Paul Kennedy, Ingenieros de la victoria: Los hombres que cambiaron el destino de la Segunda Guerra Mundial. Debate, Barcelona, 2014. 528 pp.

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12 Respuestas a “INGENIEROS DE LA VICTORIA – Paul Kennedy”

  1. Farsalia Dice:

    Espléndido libro…

  2. Rodrigo Dice:

    Muy cierto.

  3. Clodoveo11 Dice:

    En resumen, la IIGM como biotopo evolutivo acelerado donde se multiplica la activación de ideas: el “posible adyacente”.

    https://evolucionyneurociencias.blogspot.com.es/2016/10/la-evolucion-y-lo-posible-adyacente.html

  4. Milius Dice:

    Buen libro, clarificadora conclusión y excelente reseña.

  5. Santi Dice:

    Un libro excelente, en las tres modalidades, normal, de bolsillo y electrónico, que no debe faltar en una buena biblioteca sobre la SGM…..

  6. Arturus Dice:

    Interesante reseña, Rodrigo, me apunto el libro.

  7. Rodrigo Dice:

    Es apuesta segura. Encima de ser interesante su tema, es amenísimo.

  8. Derfel Dice:

    Me has conseguido despertar la curiosidad.
    Lo hay en bolsillo en la librería donde compro habitualmente, el lunes me haré con él…

  9. Luismi Dice:

    Decepcionante obra, en su título y sinopsis parecía otra cosa pero al final su lectura contiene una consabida repetición de temas muy manidos para cualquier aficionado medio. Parece más bien otra generalista historia de la SGM que no aporta cosas nuevas (radares, convoyes, los mullberries, etc)

    Está muy alejado de ser una obra sobre “ingenieros” y la logística militar-industrial.

  10. Rodrigo Dice:

    Fenomenal, Derfel. Ya dirás qué te parece.

    Una simple hojeada a la introducción deja en claro que no es un libro centrado en la logística militar-industrial… Puede que a los muy versados les diga poco que no sepan sobre cuestiones puntuales, pero es un libro sin duda valioso por su mirada de conjunto, que integra y relaciona una serie de variables del modo más coherente y en base a premisas sobradamente pertinentes. Es una obra que combina la perspectiva global con el enfoque temático, abocada a una dimensión de la SGM escasamente tratada por las historias generales del conflicto.

  11. Milius Dice:

    Creo que la conclusión que tan bien ha expresado Rodrigo en su reseña y el anterior comentario definen muy bien el libro. Esto no es un ensayo técnico dedicado a un ámbito concreto, es un ejemplo de como se hacen bien las cosas desde las las más altas esferas, un ejemplo de gestión y de inteligencia organizativa, de como tomar ventaja dejando a un lado orgullos y vanidades personales y poniendo a trabajar a los mejores allá donde hagan falta. Si se siguiera haciendo igual en la paz, otra gallo nos cantaría a todos.

  12. Rodrigo Dice:

    Por ahí van los tiros, justamente. Gestión y organización son los términos clave.

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