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El pequeño Pataxú, Tristan Derème

Reseñas cartográficas
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vorimir



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MensajePublicado: Mar Oct 25, 2011 8:57 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Yo también la tengo, me cayó hace un par de años por Reyes. Very Happy
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La Torre de Vorimir
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Horus-chan



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MensajePublicado: Mar Oct 25, 2011 10:00 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Laughing Laughing Laughing

Pues no me lo digas dos veces porque la historia de Harrison me encanta, es un asunto extraordinario y, en cambio, bastante desconocido. El pobre Harrison fue "ninguneado" a causa de sus demasiado humildes orígenes (al igual que lo que comentas de Mourelle). Pero era un crack, ganó el concurso convocado para solucionar el problema de obtener la longitud y en cambio ni siquiera se lo querían pagar, pobre. Toda la vida batallando pa cobrar lo que realmente era suyo...

Queda anotado, pues, como asunto pendiente, hablar de John Harrison. Wink

PD: Vorimir, tienes el de Laín Carrasco? Que envidia... O te refieres al de Bouzas?
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Horus-chan



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MensajePublicado: Mar Nov 08, 2011 11:49 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Bien, queridos amigos, proseguimos en nuestro arduo camino sobre las reseñas cartográficas. Esta vez tratamos otro de los grandes: Ptolomeo. Según mi humilde opinión, si Mercator está en el nº1 del podio de geógrafos-cartógrafos, el viejo Ptolomeo merece por méritos propios el nº2. Hablaremos de uno de sus trabajos más famosos, la Geographia.


El autor:
Claudio Ptolomeo fue un matemático, astrónomo y geógrafo, nacido en Egipto (90-168 d. C.). Vivió en Alejandría en período de dominio romano, y trabajó en la famosa biblioteca, desarrollando su trabajo en los campos de la astronomía y a la geografía. En relación a estas dos disciplinas creó dos grandes obras: la llamada Composición Matemática, conocida como el Almagesto, y la Geographia, que se ha considerado como la obra más importante de la antigüedad en su materia. Esta obra fue la primera en la que se elaboró una descripción de toda la Tierra con una metodología científica. En ella, Ptolomeo desarrollaba un sistema para trazar mapas y construir globos terráqueos inspirándose en la obra de otros cracks como Eratóstenes de Cirene, Hiparco de Nicea o Marino de Tiro (otro gran pionero de la ciencia geográfica).



Otra gran aportación de Ptolomeo a la cartografía fue su propuesta para proyectar la esfera terrestre sobre la superficie plana de de los mapas, consiguiendo así cambiar la escala dentro de un mismo plano. Para representar la superficie de la tierra, Ptolomeo diseñó una especie de proyección cartográfica de tipo cónico.


La obra:
La Geographia de Ptolomeo (también conocida como Cosmographia, o Hyphegesis Geographike) es la obra principal de Ptolomeo. Fue escrita sobre el año 150 d.C.
Esta obra es un tratado sobre cartografía y una recopilación de todo lo que se sabía de la geografía del mundo en el Imperio Romano del siglo II d.C. Ptolomeo se basó principalmente en el trabajo de Marino de Tiro y en manuscritos procedentes del imperio persa y del propio imperio romano.

La Geographia constaba de dos partes: en el libro uno realizaba un análisis de los datos obtenidos y de los métodos utilizados en su trabajo, y los libros 2-5, eran un atlas. Su trabajo recopilando datos fue realmente espectacular: descripciones precisas de todos los lugares conocidos; referencias de más de 8.000 lugares, asignándoles latitud y longitud, apuntando las coordenadas para su localización y ubicación en los mapas. Se sabe que la obra original contenía, además de un mapamundi, 26 mapas regionales (10 de Europa, 12 de Asia y 4 de África). Debido a la dificultad de copiar a mano la información gráfica, los mapas originales se han perdido y tan sólo se conservó el texto a partir de la transmisión manuscrita. Los mapas que a día de hoy podemos ver, hechos a partir de las coordenadas publicadas en el texto de Ptolomeo, se fueron re-añadiendo a las copias medievales de la obra que se iban realizando, con trabajos cartográficos completamente nuevos. Lo que está claro es que a día de hoy no se ha conservado ningún mapa dibujado de la mano de Ptolomeo.

El camino para la recuperación del resto de la obra de Ptolomeo, pero, fue tortuoso. Se supone que casi todo su trabajo original se perdió en los diferentes incendios y saqueos perpetrados en la famosa biblioteca de Alejandría. Así, poco a poco, fueron redescubriéndose copias de su trabajo en muchos otros lugares.

-Un escritor árabe del siglo X, llamado al-Masudi, menciona un mapa coloreado de la Geografía en el que asegura que habían representados unas 4.530 ciudades y más de 200 montañas.

-El monje bizantino Máximo Planudes encontró una copia de la Geografía allá por 1295, y puesto que no había mapas en esta copia, editó su propia versión basada en las coordenadas del texto.

-La copia más antigua de la obra que ha pervivido (del siglo XIII) se encontró en el Palacio de Topkapi en Estambul (esta copia fue utilizada como base para una nueva edición de la obra en 2006).

-La primera traducción latina de la obra, llamada pues Geographia Claudii Ptolemaei, se hizo en 1406 por el florentino Giacomo da Scarperia ( bajo el nombre latinizado de Jacobus Angelus).

-La primera edición impresa probablemente se editó en Bolonia, en 1477, y fue también el primer libro impreso de la historia que incluía ilustraciones grabadas. Nuevas ediciones fueron apareciendo, la mayoría usando la técnica del grabado para los mapas, algunas usando las versiones originales de sus mapas, pero la mayoría actualizándolos y, por tanto, perdiéndose información histórica, pues (contradicciones de la historia, je, je…).


Mapamundi de la 1ª edición impresa.

-Una edición impresa en Ulm en 1482 fue la primera impresión alemana. También en 1482, un tal Francesco Berlinghieri imprimió la primera edición en italiano vernáculo.

A partir de entonces, con la explosión científica del renacimiento, las copias se cuentan a mogollones en todo el mundo. Las hay en Suiza, en Alemania, en Italia, etc.


El gran mérito de Ptolomeo fue reordenar la gran cantidad de información geográfica que, poco a poco, había ido recabando. Asignó coordenadas a todos los lugares y accidentes geográficos que conocía, en una cuadrícula que extendió por todo el mundo, siendo pionero en el trazado de un sistema de coordenadas con paralelos y meridianos (pedazo de crack!!!!)
Midió la latitud a partir del ecuador, tal como hoy se hace y se ha hecho siempre gracias a él. Puso el meridiano 0 en la tierra más occidental del mundo conocido de su tiempo, en las Islas Canarias (concretamente en la isla de el Hierro).

Ptolomeo era consciente de que apenas se conocía tan sólo una cuarta parte del globo terrestre. Porque eso sí, señores, el sr. Ptolomeo tenía clarísimo que la Tierra era redonda. De hecho, tanto él como Eratóstenes habían investigado sobre el tema y habían hecho sus propios cálculos sobre el diámetro de la tierra y la longitud del Ecuador. Y no iban demasiado desencaminados, manda güevos. Pero ambos habían tirado a la baja: Eratóstenes calculó que la longitud de la circunferencia de la Tierra era de unos 34.000 kms (en realidad es poco más de 40.000). Así, tomando como referencia estas dimensiones, cualquier calibración por coordenadas que se extrajera de ella irremendiablemente resultaba en una medición inferior (ya comenté en la reseña de Mercator que éste estableció que el Mediterraneo era bastante más largo de lo que Ptolomeo había calculado).


Un mapamundi del siglo XIII, realizado a partir de la Geographia. Se supone que es el más antiguo que se conserva, atribuido a un tal Agathodemon.


El mapamundi de Ptolomeo:
En su mapamundi, Ptolomeo había trazado todo el mundo, pues, a partir de las Insulae Fortunatae (Islas Canarias) hacia el este, llegando hasta la costa oriental de Sinus Magnus (uséase, el mar de China). Esta parte comprendía un rango de 180 grados de longitud. En los mapas de Ptolomeo se representaban, entre muchas otras cosas, la isla de Taprobana (Sri Lanka o Sumatra), el Quersoneso Áureo (que podría identificarse como la península de Malaca), India Intra Gangem (la actual India, ma o meno), e India Extra Gangem (Indochina y China), y los montes Simantinus (la cordillera del Himalaya; flipante).
Una enorme península que se extiende más allá de esta India Extra Gangem podría ser, quizás, la representación de las tierras de Indochina.
Al extremo nororiental del mapa perdido, Ptolomeo localizaba la tierra llamada Serica o Sinae (tierra de la seda, China), mientras que en el extremo sudeste estaba ubicado el enigmático puerto de Cattigara. En el mapa medieval de Henricus Martellus, en 1489, basado en la Geographia, la masa continental asiática se representaba en una enorme península, en cuyo extremo se encontraba Cattigara. Para Ptolomeo, Cattigara era un gran puerto situado en el extremo suroriental del llamado Sinus Magnus (o bien, el gran golfo). Sin embargo, actualmente hay gente que paranoya con teorías absurdas sobre si estas tierras no podrían ser parte de Perú, o Suramérica, en función de una serie de viajes que supuestamente los chinos hicieron hacia allí, y cuya información Ptolomeo había recabado. Sandeces.


Evidentemente, con el paso del tiempo y los avances técnicos y de la navegación y la ciencia, las tablas y referencias de Ptolomeo fueron perdiendo fuelle en pro hacia otros estudios más próximos a la realidad. Cristóbal Colón colaboró en la modificación de estos cálculos pues, a partir de sus viajes, corroboró que la longitud de los grados establecidos por Ptolomeo se quedaban cortos. Colón usó las mediciones del tal Marino de Tiro, que establecía que la distancia del Cabo de San Vicente, en la costa de Portugal, hasta la famosa Cattigara, en la península de la India Superior, era de 225 grados (según Ptolomeo, esa misma distancia era de 180 grados).
Más tarde, Mercator trazaría su proyección y se vería que muchas de las mediciones de Ptolomeo se habían quedado cortas.


Bueno, pues, aquí os voy a colgar un link al Institut Cartogràfic de Catalunya, en el que podemos consultar online una versión completa de la Geographia de Ptolomeo, de 448 páginas, para que podáis ojearlo y haceros una idea de la obra. Un poco de paciencia pues tarda un poquito en cargar (son muchas páginas, leñe…)

http://www.icc.cat/web/content/cartoteca/ptolomeullibre/Default.html


Se trata de una edición suiza, realizada en Basilea en 1542 por Sebastian Münster. Si quereis ver los mapas, tenéis que iros directamente a partir de la página 217 (hay una barra espaciadora arriba que podéis ir moviendo, no hace falta ir página por página, eh?). Vereis que hay un mapamundi con América; evidentemente, éste no está tomado de datos de Ptolomeo (XD), pero hay gran cantidad de trabajos interesantísimos. En la página 229 está Hispania, con una forma extrañísima, (ni piel de toro ni pollas), pero con todos sus elementos bien trazados (Pirineos, Ebro, Baleares, etc).


Y por último, como viene siendo habitual, comentar muy por encima los elementos cartográficos de los mapas (en líneas generales, se entiende):

-Escala: no hay señalada una escala gráfica como tal, aunque las referencias entre paralelos y meridianos son tan claras que, a partir de ellas, se puede extraer la escala, pues.

-Coordenadas geográficas: se utilizan en casi todos los mapas, aunque en algunos de tipo detalle no se especifican. Están marcadas en el margen, en un recuadro bien definido alrededor del mapa, de forma muy muy muy evidente.

-Paralelos y meridianos: no aparecen dibujados tal cual, pero se referencian junto a las coordenadas en los márgenes. Es curioso pues cada paralelo tiene su nombrecito adjunto.

-Loxódromos: no aparecen las líneas de rumbos, esta obra es menos aplicada a navegación, es más un atlas puro y duro. Hay que situarse en la época de Ptolomeo. La brújula no existía, amigos.

-Proyección utilizada: no hay proyección definida, aunque en el mapamundi Ptolomeo creó una especie de “proyección cónica”. Los cálculos los hizo Ptolomeo tomando la tierra como una esfera, y trazando desde allí su red de puntos-coordenadas. Sin embargo, vaya currada que se pegó el hombre…

-Orientación: al no estar referenciados los puntos cardinales, las orientaciones no quedan clarificadas. Sin embargo, intenta respetar la proyección norte, tomando como referencia para la orientación la “proyección” de los invisibles paralelos y meridianos.

-Cartelas. Hay en casi todos los mapas, con documentación adjunta sobre ciudades de cada territorio, pueblos que los habitan, culturas, etc.

-Simbología. Como podemos observar en los mapas, la simbología es relativamente parecida a la tradición del momento. No en balde, la Geographia aportaba datos numéricos, pero en cuanto a representación, cada cartógrafo, en cada época, adoptó las convenciones del momento. En este caso, ya en época renacentista, recuerda mucho a Mercator, Blaeu y compañía.

-Texto. Está escrito en latín, incluso la toponímia específica de cada región (vemos en Hispania, por ejemplo, Barcino, Toletum, Palantia, etc).



A disfrutarlo, pues!!!
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Rosalía de Bringas



Registrado: 16 Feb 2011
Mensajes: 3482

MensajePublicado: Mie Nov 09, 2011 11:40 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

¡Muchísimas gracias, Horus!
Me parece una reseña memorable. Tan completa y amena...
(¡Menudo trabajo te has llevado!)

Gracias de nuevo.
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Valeria



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Mensajes: 5224
Ubicación: Al otro lado del Limes

MensajePublicado: Mie Nov 09, 2011 1:45 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Voy a tener que pedirle a Cavi la faldita y los pompones para animar a Horus y a Ptolomeo.
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Horus-chan



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MensajePublicado: Vie Nov 11, 2011 12:30 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Laughing Laughing Laughing

Eso quiero verlo yo... Dame una P! Dame una T! Dame una O! Dame una L...... Cool
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Horus-chan



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MensajePublicado: Mar Nov 29, 2011 11:48 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Bueno, lo prometido es deuda, dicen. Así que ahí va una reseñita sobre la vida y obra del señor John Harrison y su cronómetro marino.



Para poder explicar la historia de John Harrison, hay que ponerse en antecendentes. En el siglo XVIII (y antes también, evidentemente) era muy complicado conseguir situar la posición de un barco en alta mar. No, quiero decir, era imposible lograrlo sin un margen de error peligroso.

Para todos aquellos que no lo recuerden bien, la posición se consigue a partir de unas coordenadas Norte-Sur, la latitud; y unas coordenadas Este-Oeste, la longitud.

La latitud era fácil de conseguir. Con un astrolabio, un cuadrante, una ballestina y, posteriormente, un octante o un sextante, se calculaba la altura del sol respecto al horizonte, se aplicaban algunas correcciones sencillas y se obtienía la diferencia en grados respecto al ecuador. Esto es sencillo, pues, debido a eso: la latitud es perpendicular a la rotación de la tierra. Pero la longitud…

Astronómicamente, en tierra, con instrumental adecuado, puede calcularse la longitud a partir de diversos métodos desarrollados por genios como Galileo o Newton. El primero desarrolló unos cálculos basados en las posiciones de las lunas de Júpiter (tela!). Sin embargo, a bordo de un barco eran cálculos imposibles de realizar. Galileo, Newton, Halley, Huygens y otros genios de la época intentaron dar con soluciones realmente pragmáticas a bordo de un barco, pero fracasaron.

A partir de un determinado momento, ya que la astronomía parecía no ser viable, se planteó una solución más sencilla al asunto: llevando a bordo un reloj que marque la hora de un meridiano de referencia, tomando la hora solar de la posición del barco, puede calcularse la diferencia en horas. Cada hora son 15 grados de longitud. Blanco y en botella, sólo se trata de hacer unas simples conversiones.

Si aquí es mediodía, y hace tres horas que lo fue en Greenwich, 15 x 3 = 45º. Esa es la diferencia en grados de longitud respecto al meridiano cero. Sencillísimo.


Como idea, el cronómetro era mucho más práctico que los complicadísimos cálculos astronómicos. Pero a veces el hombre se emperra en hacer difícil lo que puede ser más sencillo: sólo hacía falta mejorar los relojes de entonces que, por desgracia, se retrasaban a diario y no garantizaban una precisión lo suficientemente fiable como para ser empleada en cálculos de posicionamiento a bordo. Se había intentado embarcar relojes de péndulo (desarrollados por Christian Huygens, que construiría su primer reloj regulado con un sistema de péndulo en 1656). Sin embargo, el balanceo del barco y las condiciones atmosféricas desfavorables afectaban negativamente las oscilaciones del péndulo. En el puente de un barco cualquier tipo de reloj se atrasaba, se adelantaba o incluso se paraba. El aceite lubricante de la maquinaria del reloj se espesaba, los elementos metálicos se contraían o dilataban a causa de las cambiantes condiciones meteorólogicas: temperatura, humedad, presión, etc. Había que intentarlo de otro modo.


Así, aparecieron diversos métodos alternativos, algunos absurdos: sir Kenelm Digby en 1687 descubrió el llamado polvo de la simpatía. Era un polvo que en teoría podía curar a distancia (fumadas de otras épocas). A grandes rasgos, se basaba en aplicarlo a un objeto perteneciente a un enfermo. Extendiendo el polvo sobre la venda que cubría una herida, por ejemplo, se supone que se aceleraba la cicatrización de la misma. Para aplicarlo al problema de la longitud, la idea de Digby consistía en subir a bordo del barco a un perro herido, dejando en tierra a alguien encargado de sumergir diariamente la venda del animal en la solución de simpatía, al mediodía, para que en el buque se supiera cuando era mediodía en el lugar de referencia. Un aullido emitido por el perro indicaría la hora a bordo, pues. Con la hora de referencia y la hora local se podría establecer la longitud. Existieron otras propuestas absurdas, como establecer una legión de barcos en alta mar, dando cañonazos para marcar la posición. Todos fueron sonados errores.


Pero el problema persistía y, en una era en que la navegación lo era todo, en que la ciencia náutica estaba mejorando considerablemente, hacía falta garantizar la seguridad de las rutas. Los errores en la determinación de la longitud significaban una considerable prolongación de las travesías, condenando las tripulaciones a penurias o enfermedades como el escorbuto. Se optaba, pues, por transitar rutas establecidas, pillando por banda una latitud ya conocida y navegando en linea recta. Un reclamo perfecto para piratas, pues.


Sin embargo, los capitanes seguían perdiéndose por los mares, a veces de forma absurda. En 1763, el capitán del HMS Le Glorieux arribó a Brasil habiendo puesto rumbo al cabo de Buena Esperanza.
Hubo un desencadenante: el 22 de octubre de 1707, frente a las islas Sorlingas, cerca de las costas de Cornualles, cuatro de los buques de guerra de la flota comandada por el almirante sir Cloudeisley Shovell (incluido el suyo propio, el HMS Association) se hundieron a causa de un error en el cálculo de la longitud, muriendo en ello más de 2.000 hombres. Siete años después de este accidente, en 1714, se estableció el llamado Decreto de la Longitud, según el cual el Parlamento prometía una recompensa de 20.000 libras para aquel que fuera capaz de hallar una solución viable al problema, estableciéndose incluso unos márgenes de error definidos como aceptables. Se nombró un Consejo de la Longitud, formado por científicos, oficiales de marina y funcionarios, y este sería el organismo encargado de supervisar y conceder el premio. Y aquí entra en acción la figura de Harrison…


John Harrison nació el 24 de marzo de 1693 en Foulby, en el condado de West Yorkshire en el seno de una humilde familia, cuyo padre era carpintero. No tenía estudios (apenas sabía escribir), y ni siquiera era relojero. Sin embargo, no se sabe cómo, construyó su primer reloj de péndulo en 1713, antes de cumplir 20 años.
En 1720 comenzó a construir un reloj de torre en Brocklesby Park, que finalizó en 1722, y que hoy en día aún existe y funciona, 289 años después. Estos primeros relojes no necesitaban lubricación, ya que estaban hechos de madera de guayacán, un tipo de madera tropical que exuda una grasa natural que ayudaba a lubricar los engranajes y protegerlos. Más adelante, decidió sustituir el hierro y acero por latón, un material más resistente a la oxidación. Entre 1725 y 1727, en compañía de su hermano James, construyó algunos relojes más, manteniendo la precisión de los mismos con retrasos de menos de un segundo al mes.


En algún momento, obtuvo información del premio convocado y, creyendo poder resolverlo a partir de sus relojes, viajó a Londres en 1730, pero no logró encontrar la sede oficial del famoso Congreso de la Longitud. En realidad, el susodicho congreso nunca se había reunido. Entonces, decidió visitar a uno de sus miembros, el famoso Edmund Halley (sí, el del cometa). Éste le aconsejó visitar a George Graham, un relojero famoso en su tiempo. Harrison, junto a su hermano James, se dedicaron a construir el primero de sus cronómetros marinos, el H-1.
Este reloj, de 34 kilos, fue embarcado a bordo del buque Centurión, con rumbo a Lisboa. La buena impresión causada por el reloj significó que el Consejo de la Longitud se reuniera por primera vez desde su fundación, 23 años antes.


El H-1, el primero de los cronómetros marinos de Harrison

Sin embargo Harrison, en un acto de autocrítica bastante sorprendente, solicitó financiación para mejorar su reloj y no aceptó la parte proporcional del premio que le hubiera correspondido. La ayuda solicitada por Harrison ascendía a 500 libras esterlinas. A cambio, otorgó el H-1 al congreso de la longitud.


El segundo cronómetro se llamó H-2 y fue presentado por John Harrison allá por 1741. Pero el muy puñetero tampoco estaba satisfecho con su obra y solicitó volver a intentarlo. Sin embargo, el H-2 nunca se hizo a la mar. Fue sometido a diferentes pruebas de calentamiento y enfriamiento, agitaciones y otras salvajadas para simular los vaivenes de un navío. Y salió muy bien parado, ganándose el pleno respaldo de la Royal Society. El siguiente modelo, el H-3, requeriría de casi otros 20 años de trabajo.


El H-2.


El H-3.

Paralelamente, los científicos de Greenwich habían empezado a estudiar otro método: el método de la distancia lunar. Varios investigadores desperdigados por todo el mundo aportaron su granito de arena a un proyecto de inmensas proporciones basado en complicadísimos cálculos en relación a las diferentes posiciones de la luna. Era tan complicado que requería almenos cuatro horas para llevarse a cabo el cálculo de longitud. Y aún no era fiable del todo pues la luna presenta una órbita tan excéntrica en relación a la regularidad de la Tierra que era necesario acumular años y años de datos para cuadrarlo todo (si no recuerdo mal, cada 18 años la luna vuelve a realizar un ciclo completo idéntico al anterior. Tela, pues, los cálculos que se tuvieron que hacer). A mitad del siglo XVIII la técnica empezó a parecer finalmente viable gracias a la acumulación de esfuerzos de estos investigadores.

John Harrison necesitó 19 años para construir el H-3. Nadie se explica el motivo de emplear tanto tiempo en ello, más cuando este tercer modelo no iba a ser tan determinante como su sucesor. El H-3, el más ligero de los relojes marinos hasta entonces, pesaba algo más de 27 kilogramos. Pero tampoco le convenció pues, tras conocer al influyente relojero John Jefferys, se emperró en construir un reloj más pequeño, mucho más manejable y práctico. En 1759 terminó por fin el archifamoso H-4, el cronómetro que acabaría obteniendo el Premio de la Longitud, aunque para nada lo consiguió ese año (no le quedaba nada, al pobre). El H-4 medía 127 milímetros de diámetro y pesaba tan solo 1360 gramos.


El H-4. A que es precioso?

El problema de marear tanto la perdiz fue que, con todo este tiempo, los científicos de Greenwich habían avanzado en sus investigaciones hasta el punto de poder competir con los cronómetros. Flamsteed y Bradley, primeros directores del observatorio de Greenwich, se mostraron afables con Harrison y sus ideas y, pese a que eran más del lado “intelectual”, no despreciaban el trabajo mecánico de un simple relojero. Sin embargo, Bliss y sobretodo Maskelyne, los siguientes sucesores en el cargo, estaban implicados en el tema pues competían por obtener el premio de 20.000 libras. Pero, además, tenían poder sobre la adjudicación del mismo (esto, en mi pueblo se llama tongo). Así que se dedicaron a putear a Harrison de mala manera, para ganar tiempo y conseguir cuadrar sus investigaciones (Maskelyne llegó a pasar largas temporadas en África para poder estudiar el hemisferio sur celeste, entre otras cosas).

Se establecieron pruebas reales para el H3 y el H4, embarcándolos en sendos viajes por todo el mundo (en los cuales el hijo de John, William, se encargó de tomar los datos y vigilar su obra). Tras esos viajes, el H-4 solamente se había atrasado cinco segundos, un margen suficiente como para obtener el codiciado premio. Sin embargo, el consejo de la longitud (uséase, Maskelyne y los suyos) estableció que los controles no habían sido suficientes y que se requeriría otra prueba más, ahora bajo una supervisión aún más estricta. En lugar de las 20.000 libras, John Harrison recibió tan sólo 1500 por las molestias.

Para mas inri, en 1763 comenzaron a acosar a John Harrison para que explicara sus secretos, pues tal vez temían que palmara (ya contaba 70 tacos), y que se llevara a la tumba el secreto de su reloj. Aquel mismo año, pues, el Consejo se ofreció a hacer efectiva la mitad del premio a condición que Harrison entregase todos sus relojes marinos y revelase los secretos de sus máquinas. El premio completo, las famosas 20.000 libras, sólo se le concederían si él mismo se comprometía a supervisar la construcción de dos copias del H-4. Pese a su inicial negativa, Harrison no tuvo más remedio que doblegarse y así fue como una comisión delegada por el Consejo invadió su casa. Se pegaron 6 días en desmontar y enseñar pieza a pieza el H-4. Se le obligó a montarlo de nuevo y entregarlo, cerrado con llave, en su caja. Se le arrebataron sus esquemas, dibujos y planos mientras construía las dos copias exigidas. Según parece, los 4 relojes requisados fueron trasportados a lo bruto, en carrozas cuya “suspensión” hubiera destrozado cualquier reloj de péndulo. Chorradas para ganar tiempo.


Mientras tanto, Maskelyne seguía con sus investigaciones, obcecado en conseguir el premio de un modo más científico. Así consiguió publicar el primer almanaque náutico (una herramienta realmente útil para cálculos de posición y que a día de hoy sigue publicándose), mediante el método de las distancias lunares. Con estos nuevos datos aportados se conseguía reducir de cuatro horas a escasos 30 minutos el tiempo necesario para calcular la posición en el mar con este método. Sin embargo, este método seguía en desventaja respecto al cronómetro en la estricta teoría: con mal tiempo y cielos tapados no se puede emplear. Y tampoco los días en que hay luna nueva (no hay luna).


Lo último y el colmo de los colmos se produjo en abril de 1766, cuando el Consejo decidió someter el H-4 a otra prueba más aún. Y esta vez se pasaron tres pueblos. Se trasladaría el reloj al Real Observatorio, donde debería permanecer por un temporadita, supervisado por el mismísimo Maskelyne. Así, curiosamente, el H-4 falló en la prueba en el observatorio, adelantándose hasta 20 segundos al día. Casualidad?


Harrison se quejó del trato que estaba recibiendo el H-4. Había sido expuesto a la luz directa del Sol estando en el interior de una caja, con cubierta de cristal. El efecto lupa, chavales, debió ser acojonante. El reloj tuvo que haber soportado temperaturas infernales. Además, el termómetro para medir la temperatura se encontraba en el otro extremo de la habitación y confortablemente a la sombra. Maskelyne y los Harrison nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Y no es para menos, manda cojones.


En 1770 John Harrison había concluido el primero de los relojes que representaban una copia del H-4: el llamado H-5 (no era muy original poniendo nombres el amigo). Convencido de que, al ritmo que trabajaba, no viviría para construir el H-6, decidió acudir al mismísimo rey en persona, Jorge III. Lo hizo para que interviniera en el asunto alguien con poder pero ajeno al interés del premio, pues hablar con el consejo era hablar con el enemigo. Cuenta la leyenda que el rey decidió solucionar el problema trasladando el reloj a su propia casa, decidido a someter en persona a prueba el H-5. Para vergüenza de Harrison, al principio el reloj se mostró fallón, con gran margen de error. Luego, el rey Jorge se acordó de que había dejado cerca de allí unos imanes. Todo volvió a la normalidad y se produjo lo que se esperaba del H-5. Al cabo de diez semanas, entre mayo y julio de 1772, el rey defendió con orgullo el reloj, que había demostrado su precisión hasta el impresionante límite de un segundo cada tres días.


Obligados, los miembros del Consejo de la Longitud no tuvieron más remedio que reunirse en 1773, y así Harrison recibió 8.750 libras. No era el premio al completo, pero una muy considerable parte. Para más recochineo, en 1775 el capitán James Cook regresó de su segundo viaje, en el cual había llevado el K-1, la segunda copia del H-4 (que la había realizado Larcum Kendall, socio de Harrison). Cook se deshizo en elogios hacia el K-1. La victoria de Harrison sobre Maskelyne y los demás científicos era irreprochable.


El bueno de John Harrison murió el 24 de marzo de 1776, habiendo contribuido a un tremendo avance para la navegación. Hay quien sostiene que la posterior supremacía naval británica tiene su origen en esta "ventaja" que los ingleses se marcaron con Harrison. Podría ser... Sin embargo, a partir de entonces, muchos otros relojeros empezaron a intentar realizar sus propios cronómetros. John Arnold, un avispado relojero, fue el primero que empezó a producir en masa cronómetros, aunque éstos no alcanzaran el nivel de precisión de los hechos por Harrison. Poco a poco, pero, se fue imponiendo el sistema del cronómetro por su sencillez de aplicación y, sobretodo, por su precisión. En 1815 habían ya casi cinco mil cronómetros rulando por los barcos de la armada británica. El éxito era rotundo, pues, así que el Consejo de la Longitud ya no era necesario y se disolvió oficialmente en 1828.

Sin embargo, todo ese tiempo los otros relojes de Harrison, el H-1, el H-2 y el H-3, fueron abandonados en un húmedo almacén, en el observatorio de Greenwich, donde permanecieron olvidados hasta 1836. Su restauración, a manos del capitán de marina británico Rupert T. Gould, requirió cuatro añitos enteros. Y ahora los relojes aún siguen funcionando en la galería del Real Observatorio de Greenwich. El H-4 está expuesto en el museo naval de Londres.
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MensajePublicado: Mie Nov 30, 2011 8:43 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Interesantísimo artículo Horus,estas que te sales.
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Valeria



Registrado: 16 Oct 2006
Mensajes: 5224
Ubicación: Al otro lado del Limes

MensajePublicado: Jue Dic 01, 2011 2:26 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Me ha encantado.

Aplausos (clap, clap, clap....)
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Pamplinas



Registrado: 04 Abr 2009
Mensajes: 3664
Ubicación: Valentia Edetanorum

MensajePublicado: Jue Dic 01, 2011 7:26 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Y digo yo que, ¿no es una lástima que estos magníficos artículos se pierdan en el foro? ¿No podrían tener un espacio en la Papri?
_________________
No importa cuán estrecha sea la puerta, cuán cargada de castigos la sentencia. Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma.
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atenea



Registrado: 18 Ago 2011
Mensajes: 477
Ubicación: Complutum

MensajePublicado: Jue Dic 01, 2011 9:15 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

fantástico.........peazo trabajo.......gracias.......mu güeno......... Shocked Very Happy Shocked Very Happy
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Horus-chan



Registrado: 13 Dic 2010
Mensajes: 2021
Ubicación: A bordo de la Halbrane

MensajePublicado: Sab Dic 03, 2011 1:02 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Gracias Saporo, Valeria, Pamplinas, Atenea, y a todos los hislibreños en general. La verdad es que para mi hacer un artículo así es una simple diversión. Y si puedo compartirla aquí, pues mejor que mejor. Wink

Pamplinas escribió:
Y digo yo que, ¿no es una lástima que estos magníficos artículos se pierdan en el foro? ¿No podrían tener un espacio en la Papri?


http://www.youtube.com/watch?v=tj9N5U8meOw

Ni siquiera me había planteado esa posibilidad. Confused
_________________
El que ha naufragado,
teme al mar aun calmado.
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Valeria



Registrado: 16 Oct 2006
Mensajes: 5224
Ubicación: Al otro lado del Limes

MensajePublicado: Dom Dic 04, 2011 7:47 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Desde luego, con algunas biografías hay que acordarse siempre de la frase esa de que "la realidad supera siempre a la ficción".
Seguro que si alguien escribiese una novela sobre la vida de Harrison, habría quien hubiera dicho que el argumento es demasiado increíble para que la novela fuera verosímil Laughing
Mira que se lo hicieron pasar mal esos malandrines, bellacos del Consejo de la Longitud.

De todos modos, Horus, yo te agradezco la claridad con la que nos planteas los problemas técnicos, y lo ameno de tus relatos. Felicidades otra vez.
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Urogallo



Registrado: 15 Oct 2006
Mensajes: 21280
Ubicación: La Ferriére

MensajePublicado: Mie Abr 25, 2012 10:37 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Uhá. Conocía superficialmente al personaje. ¡ Eso es amor al trabajo bien hecho !
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—Tienes la palabra de un oficial romano —dijo—. Vale más que un juramento.-
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Nae Sirud



Registrado: 15 Abr 2014
Mensajes: 19
Ubicación: Benar-Zala

MensajePublicado: Vie Abr 25, 2014 10:01 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Ostras, qué interesante está este post. Estaré pendiente, a ver si hay más entregas. Gracias por toda esta información.
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La literatura es la verdadera máquina del tiempo
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