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El pequeño Pataxú, Tristan Derème

Canciones de la India
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momper



Registrado: 14 Dic 2008
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Ubicación: el chacuatol

MensajePublicado: Mar Dic 06, 2011 9:00 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Si tuviera que escribir un relato completo de todos los asuntos de su reino y de todo lo que pasó, con sus errores y deficiencias, debería llenar muchos volúmenes»
Ziauddin Barani, Tarikh-i-Firuz Shahi

Los Tughlaq fueron la segunda y última dinastía turca de Delhi. El primer sultán Tughlaq, Ghiyas ud-Din (1320-1325), fue quien restauró el Sultanato tras el vertiginoso final de los Khilji. Hombre de humilde origen (era hijo de un esclavo), sobrio y capaz, murió cuando volvía de una exitosa expedición a Bengala (enredada en un conflicto dinástico) que le supuso la anexión de Bengala Oriental. El pabellón de madera que su primogénito y heredero Fakhruddin Muhammad Jauna Khan había preparado para recibirlo en Afghanpur (cerca de Delhi) se desplomó, quizá por culpa del desfile de los elefantes traídos de Bengala como trofeos de guerra, y el Sultán y cinco o seis dignatarios —entre ellos uno de sus cinco hijos— murieron aplastados por los escombros. El viajero tingitano Ibn Battuta, que conoció a Jauna Khan, lo consideró causante de la muerte de su padre, y con él historiadores posteriores como Abd-ul-Qadir Bada'uni (1540-1615) o Nizam-ud-din Ahmad (1551-1621). En cambio, Ziauddin Barani (1285–1357) —que también conoció a Jauna Khan, pues fue su nadim (compañero) durante diecisiete años— está entre quienes consideraron el suceso un accidente. Según el historiador moderno Ishwari Prasad, «hay fuertes razones para pensar que la muerte del Sultán fue el resultado de una conspiración en la que tomó parte el príncipe coronado y no de un accidente».

Sea como fuere, Jauna Khan fue coronado en 1325 con el nombre de Mohammad bin Tughlaq. Radhey Shyam Chaurasia (History of Medieval India) dice que «fue quizá la más sorprendente figura de la India medieval». Políglota, filósofo avezado en lógica y metafísica griega, estudioso de la poesía persa (el latín de la educación india), matemático y amante de la ciencia… Barani escribió que «sus aptitudes habrían sorprendido a hombres como Aristóteles o Asaf»; para Ishwari Prasad fue «incuestionablemente el hombre más capaz entre las cabezas coronadas de la Edad Media, indudablemente el más dotado y docto de los reyes que se habían sentado en el trono de Delhi desde la conquista musulmana». El orientalista británico Stanley Lane-Poole (1854-1931) nos acerca un poco más al personaje al afirmar que «era un hombre con ideas avanzadas para su época». Demasiado avanzadas quizá, y en cualquier caso ejecutadas con torpeza. «Su entera vida pasó en perseguir planes visionarios por medios igualmente irracionales, sin consideración al sufrimiento que se ocasionaba a sus súbditos» (Chaurasia).

Su primer gran proyecto (1326-27) fue el traslado de su capital a Devagiri —vieja capital de los seunas, en el Decán—, a la que rebautizó Daulatabad (ciudad de la fortuna). Según el historiador persa Muhammad Qasim Hindu Shah, más conocido como Firishta (1560-1620), sus ministros le habían aconsejado sin éxito el traslado a Ujjain, ciudad milenaria que formaba parte del sultanato desde principios de ese siglo XIV. Sobre sus motivos para que la corte dejara una ciudad renombrada ya desde hacía doscientos años en el mundo islámico como capital del sultanato indio, Barani nos dice que quería controlar mejor las recién conquistadas provincias del Decán (su primera expedición al Warangal de los Kakatiyas había fracasado al ser cortadas sus líneas de suministro), y cabe pensar que también quería alejar la capital de la amenaza de los mongoles, que llevaban un siglo saqueando las provincias septentrionales del sultanato. No obstante, Abdul Malik Isami (que hizo el camino a Daulatabad siendo adolescente) en su Futuh-us-Salatin da una razón más personal: el odio que sentía por la gente de Delhi, razón en la que abunda Ibn Batutta, que nos habla de los anónimos llenos de injurias contra él que se escribían.
La alta sociedad delhiense se mostró disgustada de tener que abandonar una ciudad «que durante 170 o 180 años había prosperado y rivalizaba con Bagdad y El Cairo» (Barani). Isami habla de seis caravanas de personas forzadas a un viaje de 700 millas y 40 días de duración. Pese a que los cronistas contemporáneos informan del traslado de toda la población de Delhi, el historiador moderno Jaswant Lal Mehta en su Advanced Study in the History of Medieval India (Vol.I: 1000-1526 AD) nos dice que fueron esencialmente las clases altas las obligadas a desplazarse: «La coerción fue empleada contra los que desobedecieron las órdenes del Sultán; algunos fueron despiadadamente arrastrados fuera de sus casas y castigados. Sin embargo, los desgarradores relatos de emigración en masa narrados por Barani, Ibn Batutta e Isami, etc. no son totalmente correctos; llegaron a ser corrientes entre la gente como una expresión de los sentimientos de resentimiento y disgusto contra la despótica acción del Sultán. La ciudad de Delhi no fue evacuada completamente, si bien es cierto que, al ser privada de sus reales patronos y su aristocracia, perdió su antigua pompa, grandeza y prosperidad». Las clases populares, formadas tanto por hinduistas como por musulmanes, no fueron compelidas a «tomar el camino del Sur».
La distancia entre Delhi y Devagiri se cubría entonces con una magnífica shahrah (carretera) hecha ya en tiempos de los Khilji, de los que era tributario este reino hinduista del Decán. Se establecieron lugares de descanso a lo largo de la ruta donde se facilitaba a los trasladados comida y bebida, y además había tropas para protegerlos. Según Ibn Batutta, el Sultán compró las viviendas en Delhi de quienes fueron impelidos a desplazarse; a los que en Daulatabad se les proporcionó sustento y alojamiento, se les concedieron tierras para edificar sus casas y se les facilitó lo concerniente a sus negocios. Pero la generosidad del Sultán no evitó las fatigas del viaje y el dolor del exilio, Barani pudo lamentarse de las tumbas de musulmanes que se levantaban en la «tierra infiel» de Devagiri.
La nueva capital fue embellecida con mezquitas, mercados y baños públicos, y vio su ciudadela reforzada; unos inmensos tambores a lo largo de la ruta comunicaban la apertura y el cierre de las puertas de Delhi…

Estando en Daulatabad se produjo la incursión en la India del mongol Tarmashirin, gobernante de la Transoxiana (en el Kanato de Chagatai, grosso modo entre el mar de Aral y el Macizo de Altái). Ambicionando el Ilkanato (Persia), en ese momento regido por el joven Abu Sa’id, Tarmashirin planeó atacar el Jorasán persa, pero fue derrotado cerca de Ghazni (1326) y pasó a la India con 40.000 soldados. Firishta nos informa de que hubo que sobornarlos para que se marcharan de vuelta. Muhammad bin Tughlaq escribió a Abu Sa’id para unir fuerzas contra los «infieles» gobernantes Chagatai de Jorasán, pero poco después Tarmashirin se convirtió al islam, y se dice que hizo alianza con el Sultán para conquistar el Jorasán persa. Con esta proyectada expedición, Muhammad bin Tughlaq probablemente sólo buscaba asegurar las problemáticas provincias fronterizas de Sindh y Punjab. Barani cuenta que se mantuvo durante un año un ejército asalariado de 370.000 soldados, pero la restauración de las relaciones amistosas entre Abu Sa’id y An-Nasir de Egipto (implicado al parecer en el enredo) estorbó los planes, y la imposibilidad de seguir pagando a los soldados obligó a licenciarlos a casi todos, con lo que se creó un gran problema de orden público. Tan sólo unos diez mil fueron empleados en 1333 en la expedición a Qarachil (en el Himalaya), a la que Firishta, revelando el pobre conocimiento geográfico de su época, atribuye la intención de conquistar China, cuando se trataba más bien de forzar a los caciques locales a aceptar el sometimiento a Delhi ante la preocupación de que se incrementara la influencia china en la zona, donde al parecer habían construido ya un santuario. El ejército fue sorprendido por las lluvias y las tormentas propias de esas montañas, y su retirada fue cortada por los nativos, que lo masacró: según Barani, que habla de 30 ó 40 mil hombres, sólo dos oficiales y diez soldados volvieron a Delhi; Isami con más realismo habla de 5 ó 6 mil supervivientes, pero de los cien mil soldados que menciona.
En cuanto a Tarmashirin, su conversión disgustó a una nobleza aferrada a los códigos de conducta y leyes recogidos en la yasa (establecida por Gengis Khan), y al cabo fue depuesto por el Kurultai (consejo), lo que condujo a una abierta revuelta contra él dirigida por su sobrino Buzan. El Sultán emitió entonces un manshur en el que invitaba a las «víctimas del opresivo comportamiento de los enemigos de la sharia» a emigrar al Sultananto. Cuando Tarmashirin intentaba huir por el Oxus fue alcanzado y asesinado (1334). El historiador contemporáneo al-Safadi da una versión ligeramente distinta, según él Tarmashirin abdicó con objeto de hacer vida de ermitaño en una montaña, pero fue asesinado antes de llegar a su destino por orden de Buzan. Quizá tenga relación con esta historia la que refiere Ibn Batutta: después de su deposición y asesinato, un hombre apareció en Delhi y dijo ser Tarmashirin; su identidad se habría confirmado, pero por razones políticas el Sultán lo rechazó y lo hizo expulsar; finalmente encontró refugio en Shiraz, donde aún vivía en honorable confinamiento cuando el célebre viajero visitó la ciudad en 1347.

La estancia en Daulatabad no duró mucho: Muhammad ordenó la vuelta de la corte a Delhi pocos años después «sin ninguna fanfarria» (Jaswant Lal Mehta) tras unas exitosas revueltas en las provincias del Sur. La ciudad quedó, en palabras de Lane-Pool, como «monumento a una energía mal encauzada».
Pese a la fracasada ejecución, Jaswant Lal Mehta resalta los «efectos de largo alcance» de este proyecto (si resultaron «maravillosos» o no ya es otra cuestión): «Las barreras socio-culturales entre el Norte y el Sur fueron rotas. Muchos miembros de la élite musulmana se asentaron allí […] y gradualmente llegaron a adquirir una posición dominante entre la aristocracia del Decán. La propagación del islam entre los nativos recibió ímpetu, y la población de los musulmanes más allá de los Vindhyas se incrementó cosiderablemente. Lo concibiera originalmente así o no, Muhammad bin Tughlaq llegó a ser indirectamente responsable de la implantación de la Fe y cultura islámicas en el Sur».

Este segundo Sultán Tughluq estableció muchos hospitales en los que se podían conseguir medicinas y tratamientos libres de costo, y un sistema judicial rápido y gratuito; Ibn Batuta nos dice que «ni siquiera la riqueza de la India, reforzada por el botín traído del Decán, pudo satisfacer la extravagancia de su generosidad». Su «imprudente generosidad» (Chaurasia) y sus visionarios planes exigían muchos recursos; para obtenerlos en 1330 emitió tankas de bronce y estableció que valían lo mismo que las de plata, experimentos monetarios que le han valido ser descrito por Edward Thomas como el «Príncipe de los acuñadores» (The Chronicles of the Pathan Kings of Delhi, 1871). Probablemente oyó hablar del papel moneda de Kublai Khan en China o de un experimento similar hecho en el Ilkanato por Gaikhatu en la centuria anterior, pero ambas experiencias habían sido abandonadas a esas alturas, y en Delhi la experiencia no resultó mejor: el fraude fue masivo y obligó a retirar las nuevas tankas dos años después. Miles de personas acudieron a la capital para canjear las monedas de bronce por otras de oro o plata (gentileza del Sultán), y cien años después todavía se veían en el tesoro real montones de este pobre dinero de corta vida.

La necesidad de incrementar los recursos del gobierno lo llevó en 1335 a subir los impuestos sobre la tierra en el Doab (entre el Ganges y el Yamuna), la tierra más fértil de su reino. Algunos historiadores piensan que lo hizo también para poner freno a las actividades rebeldes de sus terratenientes. En ese momento la sequía condujo a una hambruna, y el problema se prolongó durante unos siete años, pero los impuestos fueron recaudados rigurosamente, lo que convirtió a muchos campesinos en mendigos e impelió a otros a esconderse en los bosques, donde se les persiguió para hacerlos volver a las tierras. «Irritado por el fracaso del impuesto, el Sultán cazó a los desgraciados hinduistas como bestias salvajes, los rodeó en las junglas como si fueran tigres y les dio caza y los masacró a miles» (Lane-Pool). Ziauddin Barani, nativo del Doab, escribió: «se agotó a los raiyats (campesinos), los que eran ricos se convirtieron en rebeldes, las tierras se echaron a perder, los cultivos cesaron, miles y miles de personas murieron». Jaswant Lal Mehta, en el libro citado, nos dice que Muhammad-bin-Tughlaq había hecho concesiones a los agricultores del Doab mientras recrutaba su ejército para conquistar Jorasán, pero al licenciarlo quiso reinstaurar los viejos impuestos y recuperar otros abwabs (tributos) a los que habían renunciado sus antecesores y que eran muy impopulares. En esa situación los terratenientes utilizaron a los soldados licenciados para crear problemas. Entonces llegó la sequía y el hambre… Unos campesinos se hicieron bandidos, otros emigraron a las ciudades. Muhammad, viendo que el aire en Delhi era pestilencial, se trasladó a un lugar en el Ganges a ochenta kilómetros llamado Swarga-dwar (Entrada al Cielo), donde permaneció más de dos años; la población de Delhi, ante el problema de desabastecimiento, fue autorizada a emigrar a la fértil región de Awadh.
En Tughlaq Dynasty, de Agha Mahdi Husain, encontramos esta gráfica cita del historiador del siglo XVI Haji-ud-Dabir: «Cuando los recaudadores de impuestos trataron severamente a los campesinos, éstos los mataron. Consecuentemente el Emperador envió a los amiran-i-sadah contra ellos, y éstos mataron a los campesinos. Entonces los campesinos aprovecharon la oportunidad y mataron a los amiran-i-sadah. Como resultado, la región fue completamente arruinada». Al darse cuenta de la situación (tarde, como es de suponer), el Sultán suspendió los impuestos (era 1341); también prestó dinero a los agricultores para que pudieran hacer acequias y pozos, pero para entonces muchos habían muerto o habían tenido que dejar sus tierras.
Pese a estos despropósitos, Muhammad bin Tughlaq se aproximó al tema de la agricultura con un espíritu científico: creo un departamento específico —el Diwan-i-Amir-Kohi— para llevar el arado a tierras incultivadas, y concedió una extensión de unos 100 km2 para experimentar durante dos años. Empleó muchos recursos en estos planes pero fracasaron por la ineficacia y la desidia, cuando no la corrupción, de los empleados.

En 1335 comenzaron los desórdenes en todo lo ancho del sultanato contra el comúnmente apodado «el tonto más sabio». Muhammad estaba para entonces muy decepcionado con su nobleza y su burocracia. Las revueltas se sucedieron en las provincias —dieciséis hasta el fin del reinado en 1351— con objeto de proclamar la independencia. La primera, la de Ma’abar (en la costa este del sur de la India), donde gobernaba Sayyid Hasan; un ejército fue enviado hasta allí —a seis meses de marcha desde Delhi—, pero cambió de bando al llegar a su destino. El sultán capitaneó en persona un nuevo ejército, pero en Bidar (Telangana) los acometió un brote de peste y tuvieron que volver sobre sus pasos y acogerse a Daulatabad. Muhammad también enfermó, y se extendió el rumor de que había muerto, lo que excitó aún más la revuelta. Lo cierto es que no sanó hasta que estuvo en Delhi, y renunció a enviar otra expedición de castigo al lejano sur, con lo que Sayyid Hasan estableció el Sultanato de Madurai (o Ma’bar). En cambio, su hijo, Sayyid Ibrahim, rebelado a su vez en Hansi, fue derrotado y ejecutado. En 1338 se alzó Fakhruddin Mubarak en Bengala y dio principio a un reino independiente que duró doscientos años. Lahore, Gujarat, el Decán… Incluso Ainul Mulk, eficaz y leal gobernador de Awadh (también llamada Oudh), se rebela cuando es nombrado gobernador de Daulatabad, pues considera que se busca su perdición en el problemático Decán. «Por primera vez en su reinado el Sultán Muhammad tuvo motivos para temblar por su trono y su vida» (N. Hanif, Islamic concept of crime and justice); no obstante, tras derrotarlo junto al Ganges, trató a Mulk con consideración por los valiosos servicios que le había prestado.
La pérdida de las recaudaciones correspondientes a las provincias independizadas llevó a aumentar la presión fiscal sobre las leales y a las consecuentes rebeliones. Los amiran-i-sadah del Decán se alzaron, la destrucción de Dwarsamudra, capital de los reyes Hoysala, ultrajó los sentimientos de los hinduistas. El Sultanato de Bahmani (que se vinculó a la cultura persa) y el Imperio Vijayanagara surgen en esta época. No extraña que el sucesor de Muhammad-bin-Tughlaq, su primo Firoz Shah, se hiciera rogar para aceptar el trono.

El carácter de Muhammad-bin-Tughlaq suscita modernamente controversia, pues se considera que fue un «soberano terriblemente incomprendido». Según estos autores modernos, los contemporáneos Barani e Ibn Batutta fueron ortodoxos musulmanes y como tales tenían una visión prejuiciada de un hombre de perspectiva más abierta. Magnificaron sus fracasos y minusvaloraron sus éxitos. Quizá los primeros se deban en buena medida a circunstancias incontrolables, como la hambruna, la oposición de los musulmanes ortodoxos y el atraso de la gente, que no supo apreciar sus ideas avanzadas, pero parece evidente que fue una persona de carácter inestable, precipitado cuando se requería paciencia, alguien que pensaba en los fines sin considerar los medios; y el fracaso de sus planes acentuó su desequilibrio y la severidad de su temperamento.
Lane-Pool escribió: «Lo que le parecía bueno debía ser hecho inmediatamente, y cuando se probó imposible o fallido, su decepción alcanzó el límite de la locura, se sintió desolado y descargó su ira contra los infelices infractores que no podían seguir el paso a su imaginación. Por tanto, con las mejores intenciones y excelentes ideas, pero sin equilibrio ni paciencia ni sentido de la proporción, Muhammad bin Tughlaq fue un tremendo fracaso».

Era un hombre distante de los vicios relacionados con el vino, las mujeres y el juego. Religioso, pero no intolerante: concedió altas posiciones a hinduistas, y su justicia no hizo distingos por razones religiosas. (No quiero dejar de señalar que él también intentó detener la práctica del satí). Barani lo describe como un «racionalista». Hombre temperamental, poco dado a discutir sus planes. Se cuenta que encontró satisfacción en torturas y ejecuciones, pero se me ocurre que la época y las circunstancias de un vasto dominio exigían castigos ejemplares: en 1327 su primo Bahauddin Gurshap, a la cabeza del feudo de Sagra en el Decán, no reconoció su autoridad, pero fue derrotado y los Hoysala, en quienes había buscado refugio, lo entregaron. Llevado a Devagiri, «Muhammad lo desolló y asó vivo, envió su carne cocida a su familia, y después de rellenar su piel con paja exhibió el repugnante trofeo en las principales ciudades del reino» (Sir George Dunbar, A history of India from the earliest times to nineteen thirty-nine). «La serie de torturas y ejecuciones descritas por Ibn Battuta es demasiado horrible para referirla, y la escena habitual en Delhi que presenció el viajero árabe de adiestrados elefantes con comillos armados con cuchillas de acero que levantaban a las víctimas en el aire, las pisoteaban y las despedazaban hiela la sangre» (Lane-Pool).

En 1351 murió cerca de Thata, en Sindh, cuando perseguía a un cacique rebelde: «Todos sus planes quedaron en nada cuando después de veintiséis años murió de una fiebre en las orillas del Indo» (Lane-Pool).

Bada’uni le dedicó esta lapidaria frase: «El rey se libró de la gente, y ésta, del rey». Algo que, bien mirado, podría ser el epitafio de cualquiera.

***

Recientemente fallecido a los 71 años, Ustad Sultan Khan ha sido un célebre intérprete de música clásica indostana. En el 2006 grabó un álbum con algunas de las mejores cantantes indias: Ustad and the Divas, y voy a poner el tema que cantó con Shreya Ghoshal. Para los curiosos diré que la bailarina del vídeo se llama Nina Sarkaar.

Leja Leja

leja leja
Toma
ni muiye
¡Oh, muchacha!
leja leja re mehki raat mein churake saare rang leja
Toma, roba de esta fragante noche todos los colores
raatien raatien mein bheegon saath mien tu aisi mulakaat deja
Encuéntrame esta noche para que me imbuya de ti
leja leja re mehki raat mein churake saare rang leja…
ni muiye maila mann mera

¡Oh, muchacha!, mi corazón es del color de la suciedad
kya karna aisa rang gora
¿Qué hacer con tan hermoso color…
jo piya na rijhaye
cuando el amado no es cautivado?
ni muiye mann maila
¡Oh, muchacha!, el corazón es del color de la suciedad
mann maila kya karna,hai aisa..
¿Qué hacer con el sucio corazón?
na bhaye piya ko tann gora kya karna..hai aisa..
¿Qué hacer con el hermoso cuerpo si al amado no le gusta?
leja leja…

leja leja.. leja leja re.. leja leja haan re..

Toma

chahoon paas paas aana
Quiero que vengas más y más cerca
koi dhoondh ke bahana
y si hace falta una excusa
tumhe apna maana
sea que te considero mío

chahe ruthe ye jamana
Aunque la sociedad se enoje
chahe maare jag taana
aunque el mundo haga comentarios insidiosos
tumko hai paana
tengo que conseguirte
ni muiye saari raaton ki..kahani koi to hogi..
¡Oh, muchacha! Todas estas noches tienen que tener alguna historia
jo jaage taare raaton ko..
que mantenga despiertos a las estrellas…
ya jaage jogi..
o al asceta
hoo.. ni muiye.. haai..
¡Oh, muchacha!
ni muiye hoti hia.. kucch batein hoti hai raaton mein
¡Oh, muchacha!, algunas conversaciones tienen lugar en la noche
jo jaage hai jogi ya taare jage hai..
que mantiene despiertos al asceta o a las estrellas
raaton mien..
en la noche
leja leja re mehki raat mein churake saare rang leja…


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momper



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MensajePublicado: Dom Ene 08, 2012 2:45 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

—Bajo ninguna circunstancia la preferiría a mi Noor Jahan, mi luz del mundo, mi Mootee Mahul, mi perla del palacio.
—Todo falsa moneda y halago vacío —dijo la Begum—. Déjame escuchar, en dos breves palabras, que dejas a esta mujer a mi disposición.
—Pero no para ser enterrada viva bajo tu asiento, como la circasiana de quien estabas celosa —dijo Middlemas, estremeciéndose.
—No, tonto; su suerte no será peor que la de ser la favorita de un príncipe. ¿Tienes tú, un fugitivo y criminal como eres, mejor destino que ofrecerle?

En este pasaje de la novela The Surgeon’s Daughter (1827) Walter Scott recogió una historia que impresionó a los historiadores británicos del siglo XIX: hacia 1790 dos jóvenes esclavas de la Begum Samru, cacique del feudo de Sardhana (a 85 km al nordeste de Delhi), prendieron fuego a una residencia y un almacén cercano que tenía ésta en Agra. El castigo que les infligió consistió en desollarlas y enterrarlas vivas, para después poner su cama o —en otra versión— su silla encima y fumar tranquilamente mientras morían.
La palabra begum es de origen turco y designaba a las mujeres miembros de la familia de un beg: un gobernador o príncipe del imperio, pero a Begum Samru el nombre no le vino por su nacimiento. Se llamó antes Farzana y había nacido hacia 1750 en una familia pobre de la pequeña aldea de Kotana (cerca de Sardhana). Siendo aún niña, ella y su madre se quedaron solas (no se sabe si el padre murió o las abandonó) y tuvieron que mudarse a Delhi, donde parece ser que la madre se dedicó a la prostitución. Queriendo un futuro mejor para su hija, la hizo aprender a bailar, y ya en su adolescencia Farzana se convirtió en una tawaif, palabra hoy sinónima de prostituta, pero que entonces designaba más bien a una especie de geisha india. En 1765, cuando contaba unos quince años, conoció a un hombre que triplicaba su edad y que cambiaría su vida: Walter Reinhardt, un mercenario de oscuros orígenes, pues las fuentes le atribuyen varias nacionalidades; al parecer hablaba urdu y persa, además de francés, alemán e inglés; y había llegado a la India en 1750, donde sirvió tanto a franceses e ingleses como a príncipes locales. En la biografía de Reinhardt hay un episodio particularmente sanguinario sucedido cuando estaba al servicio de Mir Qasim, nabab de Bengala: la masacre de los prisioneros de Patna en 1763. El conflicto entre el nabab y la Compañía de las Indias Orientales había surgido por la abusiva exención de impuestos de que disfrutaban los comerciantes ingleses; a finales de 1762 Mir Qasim pactó condiciones más justas en su capital, Mongheer, con Henry Vansittart, gobernador del Fuerte William, en Calcuta, pero el Consejo de esta ciudad no las aceptó. El nabab respondió con la audaz medida de suprimir también los impuestos a los comerciantes indios, con lo que Bengala, Bihar y Orissa se convirtieron en una zona de libre comercio. El Consejo consideró la medida un acto de hostilidad, y la guerra se desencadenó tras el intento infructuoso de Mr. Ellis, presidente de la factoría de Patna y hombre de carácter violento e impetuoso, de hacerse con la ciudad. Pese a la batalla perdida, el éxito al final fue para las fuerzas de la Compañía. Según el contemporáneo Mir Gholam Hussein-Khan, autor de Siyar-ul-Mutakherin, «los ingleses fueron victoriosos no tanto por el poder de sus espadas como por medio de los traidores que habían reclutado en el campo de sus enemigos». Nada más empezar la contienda Mir Jaffar había sido colocado en el masnad (trono) en sustitución de Mir Qasim, «en la terminología británica esto fue llamado la “Tercera Revolución en Bengala”. En realidad, esta agitación política fue también organizada por la Compañía de las Indias Orientales, que ahora empezó a jugar el papel de hacedor de reyes en Bengala» (J. L. Mehta, Advanced Study in the History of Modern India, 1707-18013). Jaffar estuvo presente en la batalla de Udhua Nala, que puso a sus tropas a las puertas de Mongheer; el nabab huyó a Patna y advirtió a la Compañía de que si seguían avanzando mataría a los prisioneros ingleses de la factoría. Tras la toma de la ciudad, más de ciento cincuenta personas fueron asesinadas como represalia. El redactor del United Service Journal de 1835 escribe que el modo de ejecutar el crimen «fue tan execrable como el hecho mismo», pues Reinhardt invitó a buena parte de los oficiales y personas principales de entre los prisioneros a un ágape en sus habitaciones para, una vez allí, hacerlos degollar; sus cuerpos fueron arrojados a un pozo. Se ha conservado la carta que el cirujano militar William Anderson, también prisionero, escribió al día siguiente a John Davidson, cirujano a su vez en Chittagong:

«Patna, 6 de octubre, 1763
Querido Davidson:
Desde mi última carta su Excelencia [el nabab] ha sido completamente derrotado y, en consecuencia, obligado a replegarse. Llegó a los Jardines de Jaffer Cawn ayer, y se propone entrar en la ciudad hoy. Samru [Reinhardt], con los cipayos, llegó aquí anoche, supongo que para efectuar sus viles designios, porque anoche Mr. Ellis y 48 caballeros fueron asesinados, y como quedamos otros tantos entre los soldados y nosotros, espero mi destino esta noche. Querido Davidson, esto no es una sorpresa para mí, porque lo he esperado todo el tiempo; debo, por tanto, como un hombre a punto de morir, pedirte que reúnas y remitas a casa mi fortuna tan pronto como sea posible, y escribas una carta consoladora para mis padres. Hazles saber que muero con valor, como debe hacerlo un cristiano; porque no temo a quien puede matar el cuerpo y nada más, sino que me regocijo en la esperanza de una existencia futura por los méritos de mi Redentor. ¡Oh, Davidson!, no estés demasiado ansioso por hacer fortuna; deja que la mediocridad te satisfaga, y ve a casa y conforta a tus amigos y a los míos. […] Ahora, querido amigo, me despido de ti, en la esperanza de que nuestra amistad subsistirá, porque ¿por qué no podría haber la misma amistad en un estado futuro, como la hay en éste? La amistad fundada en la virtud debe subsistir para siempre. Que te vaya bien. Que Dios te dé satisfacción en la vida y alegría en la muerte.
Tuyo, W. Anderson».

Ese mismo día fue asesinado junto a sus compañeros, entre ellos un muchacho hijo de Mr. Ellis. Se comprende que la Compañía solicitara desde ese momento en todos sus acuerdos con los príncipes locales la entrega de Reinhardt («ejecutor europeo de la barbarie asiática», al decir del historiador decimonónico Henry George Keene). Mir Qasim se deshizo por aquel entonces también de los indios que consideró «sospechosos de complicidad con los británicos», como el Naib (vicegobernador) de Bihar, Raja Ram Narain, que fue arrojado al Ganges con un saco de arena atado al cuello. La guerra se dirimió al año siguiente en la batalla de Buxar. Derrotado el ejército que unía las fuerzas de Bengala, Awadh y los mogoles, Mir Qasim no quiso entregarse como sí hicieron el Nabab-Visir de Awadh y el propio Emperador, y consiguió huir, pero su papel en la Historia había terminado; murió cerca de Delhi en 1777, abandonado y pobre.
Reinhardt sólo vivió un año más, pero tuvo más suerte.
Se llamaba a sí mismo Samru, tal y como era conocido entre los nativos, corrupción quizá de “Le Sombre”, que al parecer era el apodo que le pusieron sus amigos europeos por su tez morena y su expresión sombría. Cuando conoció a Farzana tenía ya una concubina musulmana llamada Bahaar, que le había dado un hijo. (Las concubinas eran llamadas Bibis y disfrutaban de derechos legales y respetabilidad). No debió de haber problemas entre ellas, porque Farzana se ocupó de Bahaar, que al parecer acabó sufriendo desórdenes mentales, hasta su muerte. No se sabe si Reinhardt llegó a casarse con Farzana, pero ella asumió enseguida su nombre Samru, y le añadió Begum, con lo que quizá pretendía enmascarar su más que humilde origen (hay quien dice que llegó a manos de él comprada o regalada como esclava). Durante los trece años que compartieron (hasta la muerte de él), Begum Samru acompañó a Reinhardt en todas sus campañas; al servicio primero de Jawahar Singh, gobernante Jat de Bharatpur, y después del propio Emperador, que con el tiempo estacionó su tropa de unos 2000 soldados en Agra.
Su casa allí fue amueblada al estilo europeo, y la Begum, a diferencia de otras mujeres indias, cenaba en la mesa con su marido, a menos que hubiera invitados indios. La comida era normalmente india, pero se servía vino; su ropa era también india y solían hablar en urdu, pues ella sólo tenía nociones de francés e inglés. Antoine-Louis Henri Polier, coronel francosuizo al servicio del nawab de Awadh, y autor de un interesante volumen de cartas en persa (el I'Jaz-i Arsalani), nos dice que Reinhardt vestía «al modo mogol», tenía una zenana (una especie de harén), y adoptó el estilo de vida de los nativos.
En una audiencia con el emperador en 1774, Reinhardt (o Samru) pidió un jaidad (tierra libre de tributación concedida con la condición de mantener tropas al servicio del emperador), que le fue concedido dos años después en el rico Doab: el territorio de Sardhana. La Begum había creado fuertes vínculos con sus batallones, con los que había compartido la vida del campamento militar, y cuando Samru murió en Agra en mayo de 1778, sus oficiales pidieron al emperador Shah Alam II que la nombrara sucesora por encima de las reivindicaciones del hijo de aquél.
En los años siguientes, en plena decadencia del poder mogol, los batallones comandados por la propia Begum acudieron en ayuda del emperador contra Rohillas, Jats o Sijes. En 1787 Shah Alam II le concedió —a ella, que había conocido la miseria en los suburbios de la capital— el nombre de Zeb-un-nissa (ornamento de su sexo) y ropas ceremoniales (el khilat) por haber impedido su asesinato en el ataque de los Pashtunes Rohillas (o Pathans) en septiembre.
Ghulam Kadir, el kan de los Rohillas, había pasado su juventud prisionero en Delhi, donde según la tradición había sido humillado, al ser obligado a aparecer vestido de mujer ante la corte, y castrado. No se sabe cómo recuperó la libertad para poder suceder a su padre, pero en agosto de 1787 derrotó en Shahdara, cerca de Delhi, a los Marathas que sostenían al emperador, y entró en la ciudad para exigir los cargos de mir bakhshi (general en jefe) y amir al-umara (primer ministro). Pasó los meses siguientes saqueando el Doab, y en julio de 1788 estaba de vuelta en Delhi, esta vez con el propósito de hacerse con el tesoro imperial. Shah Alam fue apresado y cegado, y durante las siguientes diez semanas se dejó morir de hambre a las mujeres y los hijos del harén, los príncipes fueron azotados y las princesas violadas, se torturó a cuantos podían saber dónde estaba el tesoro real…
Mahadji Rao Sindhia, gobernador Maratha del estado de Gwalior y desde 1784 al mando del ejército imperial en Delhi, había sido entonces derrotado en el sur por los Rajputs, pero en octubre estaba ya en una capital que Ghulam Kadir había abandonado al conocer su llegada. El vengativo kan Rohilla fue capturado el 8 de diciembre, y Shah Alam exigió que se le sacaran los ojos, que le fueron enviados en un cofre; en días sucesivos fue despedazado.

A finales de esa década de los ochenta, Begum Samru —que no había podido intervenir en el drama que se había desarrollado en Delhi— incorporó a su ejército a dos hombres que serían muy importantes en su vida: George Thomas, un irlandés apuesto y carismático de humilde origen, y Le Vasseau, un francés altivo y distante que tenía cierta conexión con la nobleza francesa (de hecho, había llegado a la India huyendo de la Revolución). Parece ser que compitieron por el amor de la bella châtelaine y que la enemistad entre ellos indispuso a la Begum con Thomas, que abandonó Sardhana hacia 1793, unos cinco años después de su llegada, y un par después de que ella se hubiera casado con Le Vasseau (matrimonio que le permitió añadir la palabra Nobilis a su nombre). Nos dice Brijraj Singh en su excelente artículo «Crossing Boundaries. The Life of Begum Samru» que por razones diplomáticas la Begum no quiso hacer público su matrimonio, lo que tuvo como efecto indeseado el disgusto de sus muy afectas tropas al ver las familiaridades que se permitía Le Vasseau con ella. La impopularidad del francés aumentó cuando puso fin a la costumbre que tenía Begum de cenar con sus oficiales en palacio, con la excusa de sus malos modales y del carácter familiar que debía tener la cena. En 1795, percibiendo el descontento, el matrimonio negoció con la Compañía británica y la Corte mogola su salida de Sardhana, y en mayo de 1796, tras transferir buena parte del tesoro a Mirzapur, intentó huir en secreto sin éxito, pues a apenas tres millas de la ciudad fue alcanzado por sus tropas. Ambos intentaron suicidarse al creer que el otro había muerto: él se disparó en la cabeza, y ella se apuñaló, pero la daga chocó con una costilla y la herida no fue mortal; aunque también se dijo que había empujado a Reinhardt a un pacto de suicidio sin intención real de quitarse la vida. En Sardhana las tropas amotinadas ofrecieron el feudo al hijo de Reinhardt, Aloysius Balthazar Reinhardt, que vivía en Delhi de la asignación que le pasaba Begum Samru; en cuanto a ésta, encuentro en el número de noviembre del 2008 de la revista Outlook Traveller un artículo (firmado por Rajni George) en el que se dice que se la ató a una cureña y se la expuso al sol durante siete días sin agua ni comida, cuando en otros textos sólo se habla de que se la aprisionó. Sea como fuere, consiguió hacer llegar un mensaje a su antiguo oficial George Thomas, que se presentó en Sardhana con cincuenta soldados de caballería para liberar a quien probablemente significó mucho para él; los defensores, muy superiores en número, vieron aparecer en el horizonte a la infantería y, suponiendo que fuerzas Marathas venían con ellos, como había pregonado Thomas (cuando en realidad se trataba de sólo cincuenta de sus soldados), pactaron su rendición y liberaron a la Begum, que recuperó su puesto. Acabado el drama, Aloysius regresó a su regalada vida en Delhi.

En 1794 había muerto Mahadji Rao, el poderoso gobernante del clan Maratha de los Sindhias, a quien Begum se dirigía como «hermano». En 1802 fue Thomas quien terminó su vida. Enrolado a la fuerza en la British Navy cuando era trabajador en los muelles de Youghal, en Irlanda, desertó nada más llegar a Madrás y llevó una vida aventurera que lo condujo a conquistar casi todo el Punjab de los sijes y a fundar su propio reino en Haryana (al oeste de Delhi), que perdió un año antes de morir al ser derrotado por un mercenario francés al servicio de los Sindhias. En 1803 los ingleses derrotaron a éstos y se hicieron con el control de casi todo el Norte de la India. El 29 de octubre el Comandante en Jefe británico Lord Gerard Lake, conquistador de Delhi en septiembre, envió una nota perentoria a la Begum, en tonos distintos a los que se habían usado hasta entonces con ella: «En cuanto reciba esta carta venga inmediatamente sola a mi presencia». Ya antes de la victoria sobre los Sindhias en Assaye del luego famoso Arthur Wellesley, Begum había intentado ponerse bajo la protección de los ingleses, pero el ofrecimiento había sido diferido. Ahora Lake le informó de que el Gobernador General de la India, Richard Wellesley, aceptaba su ofrecimiento y le proponía una suma de dinero y una hacienda en la orilla occidental del Yamuna a cambio de la entrega del principado de Sardhana. Begum había aceptado ya cuando se le especificó a vuelta de correo que su recompensa tendría que esperar. Acorralada, esta enérgica mujer respondió fomentando actividades antibritánicas en el Doab y enviando emisarios a Ranjit Singh, de Punjab, y Holkar, de Indore, únicos poderes independientes que quedaban en el Norte de la India. Esto le ha valido ser considerada por historiadores nacionalistas como Mahendra Narain Sharma una pionera en la lucha por la libertad, cuando difícilmente podía ella pensar en una India libre de ingleses. Wellesley estaba a punto de enviar a un agente para tomar posesión del feudo cuando sus diferencias con el Consejo de Directores de la Comañía, que no veía bien sus deseos de liberalizar el comercio entre los dos países, lo impelieron a dejar el cargo; su sutituto, Lord Cornwallis, se mostró —con el asenso de Lord Lake— más comprensivo con la Begum: con la condición de que Sardhana y sus otros bienes inmuebles pasaran a ser propiedad británica a su muerte, fue dejada «en la tranquila posesión de su Jagir con todos los derechos y privilegios que había disfrutado hasta el momento».

Cuando vivía en Agra, Begum Samru conoció la misión jesuita instalada allí desde el tiempo de Akbar —a la que Reinhardt había hecho algún donativo— e incluso solicitó una Biblia. Su interés por el Cristianismo se acrecentó y en 1781, tres años después de la muerte de Reinhardt, fue bautizada con el nombre de Joanna. A instigación suya se convirtió también su hijastro Aloysius. No obstante, el respeto de la Begum por las tradiciones culturales indias hizo que sus sacerdotes europeos se quejaran al Papa de que conservaba algunas prácticas paganas. Algunos de ellos tampoco veían bien que su generosidad alcanzara a todas las iglesias cristianas. Su hijo adoptivo, David Ochterlony Dyce-Sombre (descendiente de Reinhardt), anotó en su diario el 16 de marzo de 1834: «Hablé al Padre sobre la intención de la Begum de confesarse, pero él me dijo algo que me dejó estupefacto, que tenía miedo de que si le daba el Sacramento se metería en un lío, por haber dado la Begum dinero a iglesias no católicas, lo que era contrario a su religión».

A partir de 1780 Sardhana se convirtió en destino obligado de los primeros viajeros coloniales, para quienes la Begum representaba la fantasía y el exotismo de la India. También pasaron por allí corresponsales de varios periódicos, como el Asiatic Annual Register y el Calcutta Gazette. Thomas Bacon, un artillero que viajó por el Norte de la India en los años treinta del siglo XIX, destacó sus recepciones públicas (durbar):

«He estado presente frecuentemente en sus durbars, y he disfrutado el privilegio de conversar con su Alteza, para mi entretenimiento y edificación. Normalmente recibe a sus visitantes en una carpa montada en el exterior de su palacio (excepto en grandes ocasiones, cuando ella honra la sala de audiencias con su presencia), y con poco despliegue de magnificencia o riqueza en su persona.
[…]
La encontramos sentada sobre un deslucido y gastado sofá, sobre las piernas cruzadas, su pequeña persona envuelta en un amplio chal amarillo de cachemira, de exquisita textura, aunque de ningún modo vistoso; bajo este chal una atractiva capa verde, de moda europea… En la cabeza lleva un turbante, a la manera de los hombres; pero este tocado es a veces cambiado por un más apropiado gorro mogol de dignidad, trabajado con oro y adornado con piedras preciosas.
[…]
La Begum da normalmente una gran fiesta, que dura tres días, en Navidad, a la cual lo más granado de la sociedad de Meerut, Delhi y sus alrededores son invitados».
First Impression and Studies from Nature in Hindostan, 1837.

T. C. Plowden, el administrador encargado de hacer el inventario de sus bienes tras su muerte en 1836, informó de que «aunque la condición económica de su territorio parecía ser dorada a primera vista, dentro todo estaba podrido» (Brijraj Singh); y lo atribuyó a los altos arrendamientos (necesarios para mantener su ejército) y a que los últimos tres años de su vida entregó las riendas de la administración a su hijo adoptivo, Dyce Sombre, que estableció unos impuestos fijos al margen de la producción real. El Padre W. Keegan, seminarista en Sardhana en los últimos años de la Begum, matiza el diagnóstico en su Sardhana and its Begum, y alaba su generosidad, pues —nos dice— concedió préstamos cuando hubo sequías y fue indulgente con los morosos del fisco.
Dyce Sombre encargó a un discípulo de Canova, Tadolini, la realización de su tumba, pero pienso que un homenaje tan bueno por lo menos como el de la piedra se encierra en este espontáneo comentario del Padre Keegan: «Tenía una elegancia natural y debió de haber sido singularmente bella a la edad de quince años para haber captado la mirada de Walter Reinhardt».

****

La película «Karam» (2005) gira en torno a un pistolero de la mafia, John (interpretado por John Abraham), que se replantea su vida después de asesinar a toda una familia, y decide empezar una nueva vida con su mujer, Shalini, una cantante de club nocturno (Priyanka Chopra, que ya hacía tiempo que no aparecía por el foro) que está embarazada. El jefe de John tiene otros planes para él: matar a sus cinco grandes rivales, y para obligarlo a cumplirlos secuestra a Shalini y le da 36 horas para llevar a cabo la tarea…

Tinka Tinka (en la voz de Alisha Chinoy)

Har dil main armaan hote to hai
En cada corazón hay un deseo
bas koi samjhe jara
y sólo alguien lo advertirá

Tinka tinka jara jara
Cada pequeña partícula
hai roshni se jaise bhara
está como llena de luz
Har dil main armaan hote to hai
En cada corazón hay un deseo
bas koi samjhe jara
y sólo alguien lo advertirá

Dil pe ek naya sa nasha cha gaya
En el corazón hay como una nueva exaltación
kho raha tha jo khwaab vo laut aa gaya
un sueño que palidecía se ilumina de nuevo

Yeh jo ehsaas hai jo karaar hai
Este sentimiento, este consuelo
kya issi ka hi naam pyaar hai
¿es lo llamado amor?
pootche dil thumke jara
Pregunta al corazón


Ultima edición por momper el Dom Sep 02, 2018 8:29 pm; editado 4 veces
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Abraham



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MensajePublicado: Dom Ene 08, 2012 3:04 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Historias densas y letras bastante profundas, ritmo y un buen mood... gracias Momper, siempre con ese gusto tan especial... saludos
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"Quien revisando lo viejo conoce lo nuevo, es apto para ser un Maestro". Confucio
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momper



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MensajePublicado: Dom Ene 08, 2012 8:44 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Me halagan mucho sus palabras, Abraham. Gracias por pasar por aquí.
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momper



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MensajePublicado: Dom Feb 19, 2012 4:53 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Había escuchado relatos de la gente del lugar acerca de que el Shaniwar Wada está embrujado. Muchas obras en el teatro maratí han estado basadas en esta misma tradición popular, y nosotros teníamos curiosidad por saber más. Al preguntar a nuestro guía turístico sobre esto, nos llevó a una parte particular del fuerte. Parecía una zona corriente, una especie de darwaaza (puerta) con pasajes adyacentes a ambos lados que conducían a escaleras. La Historia cuenta que después de la muerte del Peshwa Madhav Rao, su hermano pequeño Narayan Rao lo sucedió con sólo trece años. Ya que Narayan Rao era menor de edad, su tío Raghunathrao se convirtió en su tutor y comenzó a actuar como regente. Con el paso de los días, Raghunathrao llegó a ambicionar convertirse en el Peshwa mismo. Para lograrlo conspiró con su intrigante y astuta esposa, Anandibai.

En 1773, cuando Narayan Rao tenía sólo catorce años, su tío envió a sus guardias para que lo atraparan y se lo llevaran. La leyenda cuenta que había enviado un mensaje que rezaba “Narayan Rao la dharaa” (Capturad a Narayan Rao), pero su artera esposa lo cambió a “Narayan Rao la maaraa” (Matad a Narayan Rao). De este modo, Anandibai pasó a la Historia por cambiar “dha” por “maa” y promover el asesinato del joven príncipe. Al ver a los guardias venir a por él, éste huyó dentro de la fortaleza hacía los aposentos de su tío, el Badami Mahal, gritando “Kaka! Mala vachva!” (Tío, por favor, sálvame). Pero nadie vino a su rescate. Su tío se quedó mirando cómo era asesinado. Narayan Rao fue cortado en tantos pedazos que tuvo que ser sacado en un recipiente por la puerta.

Raghunathrao recibió una sentencia de muerte por incitar a este espantoso crimen. Los vecinos dicen que en ciertas noches se puede escuchar aún el grito de Narayan Rao: “Kaka! Mala vachva!”. Piensan que es su afligida alma pidiendo todavía ayuda. Dejamos el fuerte imaginando aún estos episodios históricos. Hoy en día la tranquilidad de este lugar es sólo perturbada por parejas que tontean en pasajes ocultos del fuerte, y que son echadas por los guardas a intervalos regulares; “Raju ama a Pinki” y otros grafitos amorosos quedan garabateados indebidamente en los muros de esta histórica belleza. La afligida alma del Peshwa Narayan Rao es, sin duda, lo último en lo que piensan».
Gayatri Shenoy (de su diario en la red).

El Shaniwar Wada fue destruido casi completamente en un incendio «inexplicable» desatado el 27 de febrero de 1828 y que se prolongó siete días. Subsisten la muralla que rodeaba el complejo, las monumentales puertas y los cimientos de los varios edificios de esta corte del Peshwa (una especie de sogún marata) en Pune.
Los Maratas eran entonces «el más grande, el más fuerte, el único poder imperial en la India» (Jaswant Lal Mehta). Narayanrao tenía diecisiete años cuando sucedió a su hermano, el Peshwa Madhavrao I, muerto de tuberculosis en 1772 a la edad de veintisiete años, y de cuya virtud nos hablan estas palabras de James Grant Duff (asistente del residente británico en Pune a principios del siglo siguiente y autor de History of the Mahrattas): «Los llanos de Panipat [aludiendo a la derrota de 1761 ante los afganos de Ahmad Shah Durrani] no fueron más fatales para el Imperio Marata que el temprano fin de este excelente príncipe». Su viuda se inmoló ceremonialmente en la pira funeraria.
Madhavrao había tenido encarcelado a su tío Raghunathrao (Raghoba en los anales ingleses), pues llegó al extremo de conspirar con el Nizam de Hyderabad en su ambición por suplantar a su sobrino; pero dos días antes de morir lo liberó y le confió a su hermano menor, «en el espíritu de olvidar y perdonar», en palabras del historiador Jaswant Lal Mehta. La buena fe de Madhavrao hacia un hombre al que nunca dejó de tratar con consideración se reveló fatal para su hermano. Grant Duff nos dice que las insensateces propias de un muchacho fueron vistas como crímenes por el partido de sus enemigos. Apenas nueve meses después de convertirse en Peshwa, la relación con su ambicioso tío se había deteriorado hasta el punto de que éste había sido confinado en sus aposentos del Shaniwar Wada. El 30 de agosto de 1773, coincidiendo con el último día del Festival de Ganesha, varios guardias gardis (una subcasta guerrera) conducidos por su capitán, Sumer Singh Gardi, se abrieron paso hasta Narayanrao y le pidieron que renunciara a su puesto. El joven Peshwa fue compelido a buscar la mediación de su tío; y en sus aposentos, en medio de una violenta discusión, fue asesinado junto a diez de lo suyos.
Raghoba se proclamó Peshwa inmediatamente: recibió del Chhatrapati (emperador) el sirpah (la toga ceremonial), y fue reconocido por el ejército y los representantes foráneos, entre ellos el recientemente establecido residente de la Compañía Británica de las Indias Orientales; sin embargo, su sangriento acceso al poder suscitó mucho resentimiento en el pueblo, y desde el primer momento contó con la desconfianza de los mutseddies (los altos funcionarios). El influyente Nana Phadnavis (ministro de finanzas), llamado por los europeos «el Maquiavelo marata», encargó una investigación sobre la muerte de Narayanrao al Nyayadhish (ministro de justicia) Ram Shastri Prabhune. Ecribe Grant Duff que, unas seis semanas después del hecho, Shastri acusó a Raghoba de haber inducido a Sumer Singh a cometer el crimen, pero éste sólo admitió haber escrito una orden para detener al Peshwa. Se averiguó entonces que se había alterado tal mensaje: tyaala dharun aana (detenedlo) había sido transformado, cambiando sólo una letra, en tyaala marun aana (matadlo), y fue «universalmente creído que la alteración fue hecha por la infame Anandibai» (de la que se dice que odiaba a la madre de Narayanrao). Raghoba, según la relación de Grant Duff, preguntó a Shastri qué expiación podía hacer, a lo que éste le contestó: «El sacrificio de tu propia vida… Por mi parte, no trabajaré ni entraré siquiera en Pune mientras tú presidas la administración»; palabra que cumplió, pues se retiró a vivir a una remota aldea. Sumer Singh Gardi fue condenado en ausencia y murió «misteriosamente» en Patna (Bihar) en 1775.

El episodio que siguió a esta revelación ha pasado a la Historia como la «Conspiración de los doce» (por los ministros implicados), y comenzó con el anuncio de que la viuda de Narayanrao esperaba un hijo. Raghoba, que había partido para combatir las incursiones en territorio marata del Nizam de Hyderabad, volvió sobre sus pasos y el 4 de marzo de 1774 derrotó cerca de Pandharpur al ejército puesto en pie por los ministros (los sardars del durbar o corte), lo que le ganó muchos partidarios; pero cuando estaba a pocas millas de una Pune que empezaba a ser abandonada por sus aterrados habitantes, concibió sospechas de la fidelidad de sus propios generales y, como si la Historia quisiera recrear sus viejos episodios, decidió dar la vuelta y cruzar el Narmada para reafirmar su posición con el apoyo de algunos caciques provinciales.
El 18 de abril de 1774 la joven viuda —que había sido llevada a finales de enero por seguridad al fuerte de Purandhar— dio a luz un niño, declarado diez días después Peshwa con el nombre de Madhavrao II. El hecho de que en el fuerte hubiera otras mujeres embarazadas (quizá para prevenir el nacimiento de una niña) dio que hablar, pero el General John Briggs —tiempo después residente de la Compañía en Satara, donde vivía el Chhatrapati— nos dice que la propia hija de Raghoba, Durgabai (llevada al fuerte por Phadnavis), estuvo en la habitación en el momento del parto, y nadie puso realmente en duda la legitimidad del niño. El chico tuvo un paso fugaz por la Historia: Grant Duff nos cuenta que se suicidó a los veintiún años, arrojándose desde los muros del Shaniwar Wada, ya que al parecer vivía atormentado por el rígido control que Padhnavis había ejercido siempre sobre él. Pero quizá no ocurrió así: «Si el Peshwa cometió suicidio en un ataque de desesperación debido a la desmesurada tutela de Nana Padhnavis, fue arrojado por algún sicario a sueldo de los ingleses o cayó por su culpa es un puzle de la Historia sin resolver» (Radhey Shyam Chaurasia, History of the Marathas).

Ya unos días antes de este nacimiento Raghoba había buscado el apoyo de la Compañía, entonces obsesionada por hacerse con el puerto de Bassein y la isla de Salsette (junto al emporio británico de Bombay), cuya cesión habían negociado sin éxito con Madhavrao I. Antes de llegar a un acuerdo, Raghoba fue abandonado por Mahadji Sindhia y Tukoji Rao Holkar, dos de los caciques maratas que tenían una relación meramente nominal con Pune, y que justifican el nombre de Confederación Marata que se da también a este imperio. Sospechando que lo iban a capturar mientras negociaba en Burhanpur una compensación por renunciar a sus pretensiones, huyó por la noche el 10 de diciembre de 1774. En la apresurada huida tuvo que dejar a su begum Anandibai al cuidado de los Pawar en el Fuerte Dhar, donde dio a luz a Baji Rao, que llegaría a ser (cosas tenedes, Historia) el último Peshwa. Raghoba fue derrotado el 17 de febrero en las orillas del Mahi por el ejército del Consejo de Regencia y tuvo que huir de nuevo en la oscuridad de la noche con sólo 300 soldados de caballería. El nabab de Cambay rehusó ayudarlo, pero acudió al agente británico establecido allí, Charles Malet, y éste le sugirió que fuera a Bhavnagar, donde barcos ingleses lo trasladarían a la factoría de Surat. El 6 de marzo la Presidencia de Bombay firmó sin el consentimiento del Consejo Supremo de Calcuta —al que estaba subordinada— el Tratado de Surat, que supuso el inicio de la Primera Guerra Anglo-Marata. «La alianza de los ingleses con un hombre implicado en un crimen creó un profundo y duradero prejuicio contra ellos» (John Clark Marshman, The History of India). El acuerdo establecía que se le proporcionarían 2.500 soldados (de los cuales, al menos 700 europeos) a cambio de cierta cantidad de dinero y —muy a su pesar— la entrega de Salsette y Bassein. En Calcuta el Consejo consideró el tratado con Raghoba «impolítico, peligroso, no autorizado e injusto». Warren Hastings, el Gobernador General (cargo recién creado y de limitada autoridad todavía), defendió que se apoyaran las decisiones de la Presidencia de Bombay, pero se la apremiara a terminar la guerra cuanto antes; en cambio, Sir Philip Francis —cuyos problemas con Hastings no habían hecho más que empezar— y otros miembros del Consejo determinaron la inmediata anulación del tratado y la retirada de las tropas británicas. Consecuentemente, en Pune se ensalzó la sabiduría del «gran Gobernador de Calcuta, que ha ordenado que la paz sea concluida», e incluso se acabó aceptando la entrega de Bassein y Salsette, a cuya posesión no quería renunciar el Consejo, dispuesto incluso a continuar la guerra si se desoía su petición. El Tratado de Purandhar fue firmado el primero de marzo de 1776, y supuso, además de la devolución a los maratas de ciertos territorios, la conversión de Raghoba en un inofensivo pensionado en las orillas del Godavari. La Presidencia de Bombay, que había visto la guerra prácticamente ganada después de una contundente victoria en Arras, consideró el tratado «altamente perjudicial a la reputación y los intereses de la Compañía» y, anticipando la respuesta de la lejana Corte de Directores a estos sucesos, dio asilo a Raghoba en Surat y volvió a desplegar tropas allí y en Broach (o Bharuch), ante la indignación del Consejo de Regencia marata.

John Clark Marshman refiere otro motivo de disgusto para el Consejo: la simpatía con que se vio en Bombay a un impostor que había llegado a reunir 20.000 seguidores. En el Decán abundaron aquellos años los «Perkin Warbecks y Lambert Simnels» que pretendían ser alguno de los muchos nobles maratas que habían caído en Panipat; el más afortunado se dio a conocer en Buldelkhand a finales de 1761 con la pretensión de ser Sadashiv Rao Bahu, sobrino del Peshwa Bajirao I y comandante en jefe de las fuerzas maratas en la desdichada batalla. Nos cuenta Jaswant Lal Mehta en su excelente Advanced study in the history of modern India, 1707-1813 que algunos oficiales menores reconocieron en él al Bhau Sahib, pero el durbar y la familia del Peshwa habían confirmado en su día la muerte de Bhau, y cuando en 1764 el impostor cruzó el Narmada y conmocionó Maharashtra, Madhavrao I formó una comisión con oficiales veteranos encargada de establecer su verdadera identidad. Resultó ser un Brahmán Kanoja (una de las trece divisiones de la casta) de nombre Sukhlal. Capturado, fue exhibido en Pune durante un día y condenado a prisión perpetua el 15 de octubre de 1765. Pasó los siguientes años en diferentes fortalezas, hasta que en febrero de 1776 el gobernador del fuerte de Ratnagiri lo liberó tras proclamarlo el auténtico Sadashiv Rao Bhau. De nuevo suscitó muchas adhesiones, hasta el punto de que George Dick, el residente comercial del Fuerte Victoria, escribió al Gobernador de Bombay, William Hornby, el 11 de mayo de 1776:

«Parece que los derechos de Sudaba son muy respetados, y que muchos oficiales de rango han rehusado marchar contra él, lo cual puede inducir a Nana Furness a pedir condiciones; el plan es no rechazarlo totalmente, sino cortarle las alas».

El renacido Sukhlal solicitó ayuda militar de Bombay, pero el Gobierno no accedió a su solicitud para no infringir el Tratado de Purandhar, aunque Marhsman escribe que se le concedió una pensión de 10.000 rupias al mes. En noviembre fue capturado en Kolaba, abandonado ya por casi todos, y después de haber rehusado desembarcar en Bombay «por no encontrarse allí Hornby». El 18 de diciembre de 1776 fue atado a los pies de un elefante en Pune y pisoteado hasta la muerte.

Pocos meses después las suspicacias fueron inglesas, pues se tuvo noticia en Bombay de que un barco francés había arribado a un puerto marata, y ciertos nobles llegados en él habían sido recibidos en Pune. Se hicieron averiguaciones y se supo que la expedición era encabezada por un aventurero llamado Saint-Lubin, que había convencido al Ministro de Marina francés, con exageradas y falsas representaciones, de que podía lograr influencia en los consejos maratas para firmar un acuerdo comercial. En Pune Saint-Lubin dijo al Consejo de Regencia que estaba autorizado a ofrecerles 2.500 soldados europeos, además de pertrechos y municiones, e incluso teatralizó su deseo de estrechar relaciones al mostrar un cuadro que había hecho pintar en París sobre el bárbaro asesinato de Narayanrao. Phadnavis (que utilizó siempre su apodo infantil Nana) vio en este francés una excelente oportunidad de irritar a los británicos y lo tuvo en la capital alrededor de un año. Aunque Marshman nos dice que le concedieron el puerto de Chaul —una antigua factoría portuguesa—, en realidad los tratos de Saint-Lubin no condujeron a nada.

Leo en el volumen decimoctavo de The European Magazine and London Review (from July to December, 1790) que Joseph Alexis Pallebot de Saint Lubin había servido como ayudante de cirujano en los barcos de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. «En todos sus viajes adoptó el título de Chevalier; y, si consideramos su actividad, podemos decir en verdad que fue un Chevalier d’Industrie». En 1766 estaba al servicio del Dalwai de Mysore, Hyder Ali Khan, que tenía un cuerpo de mercenarios franceses. Cuando despertó las primeras sospechas sobre su auténtica valía le fue retirado el mando de una tropa que se le había confiado, y se le permitió permanecer sólo como ayudante de cirujano; pero acabó en prisión acusado de corromper la lealtad de sus compatriotas. Consiguió escapar a Madrás, lo que probablemente le salvó la vida, e informó a los ingleses de cuanto sabía sobre las fuerzas de Hyder Ali, a quien derrotaron poco después. Hizo al servicio de la compañía inglesa una pequeña fortuna, ocupándose de corromper a soldados de otras naciones para que se unieran a ella; y, «como es una gratificación de la vanidad mostrar opulencia ante los ojos de quienes han atestiguado nuestras estrechas circunstancias», volvió a su país. Al pasar por la Isla Borbón (hoy De la Reunión) se recordaron viejos problemas que había tenido allí y se reparó en la fortuna adquirida con los ingleses, por lo que fue encarcelado y enviado preso a Francia, donde acabó en la Bastilla. No había guerra en ese momento con Inglaterra, y él era un tipo carismático que contaba fascinantes historias de la remota India… así que fue puesto en libertad e incluso llegó a ser presentado al Ministro de la Marina, Monsieur de Sartine, al que hizo creer que había mantenido correspondencia con muchos nababs y conocía el estado de sus reinos. Mr. de Sartine decidió despacharlo con discreción a la India como Enviado Plenipotenciario del Rey de Francia. El barco empleado pertenecía a Laffon de Ladebat —un comerciante de Burdeos que buscaba financiación para un viaje a la India y China— y fue convenientemente proveído de armas. Cuando ya había zarpado, llegaron a Burdeos los oficiales del Rey para detener al Chevalier, de quien ahora se sospechaba.
Tras doblar Cabo Verde, Saint-Lubin apareció con uniforme y anunció «de parte del Rey» que nada sería hecho sin su consentimiento, y que todos los franceses de la Costa de Coromandel y de Malabar estaban sometidos a sus órdenes.
El paso por Mangalore se hizo con absoluta discreción, pues nos dice Laffond que de haber sabido Hyder Ali que Saint-Lubin estaba en sus dominios lo habría hecho pisotear por sus elefantes. Desembarcó en tierra marata «con la más absurda pompa» (exigida por su secretario a las autoridades locales) y partió hacia Pune. El redactor del Magazine escribe que «todo lo relacionado con el barco, tanto los hombres como la mercancía, estaba destinado a la desgracia; y Mr. Laffon de Ladebat, uno de los más respetables comerciantes de Burdeos, y el más útil a la nación francesa, quedó arruinado». Dos años después, en 1780, Saint-Lubin reaparece en París, justo después de la destitución de Mr. de Sartine, y se presenta a su sustituto, el Marqués de Castries, que lo manda (de nuevo) a la Bastilla. Otros dos años después, todavía encerrado, deja de alimentarse, y Monsieur de Saint Sauveur, Lieutenant de la célebre cárcel, y Mr. Chenon, Comisario, certifican que nuestro hombre se ha abstenido de cualquier comida o bebida durante 58 días (!). De la Bastilla es enviado al manicomio de Charenton, donde se le permite dar paseos por el jardín, circunstancia que aprovecha para fugarse. Reaparece en Alemania, desde donde escribe con frecuencia al Marques de Castries para solicitar la gracia de poder volver a Francia. En Holanda publica un libro sobre el Indostán. «Lo que ha sido de él desde entonces no lo sabemos».

La suerte de Raghoba pudo haber cambiado gracias a los conflictos internos del Durbar: una facción estaba dispuesta a devolverle el poder para hacer frente al que detentaba Padhnavis en nombre del niño Peshwa. Pero el General en Jefe marata, Hurry Punt, era un hombre del regente, y Tukoji Rao Holkar se dejó sobornar, por lo que el 11 de julio de 1778 los miembros de la facción opositora fueron detenidos, y muchos de ellos acabaron ejecutados. La guerra terminó en 1782, en parte por el temor de la Compañía a que los franceses aprovecharan el desconcierto para comprometer las posesiones británicas. El tratado que le puso fin consagró a Madhavrao II como Peshwa y estableció una pensión para Raghoba proporcionada por los maratas, además de permitirle escoger libremente su lugar de residencia; circunstancias de las que poco pudo disfrutar o lamentarse, pues murió ese mismo año.
En 1794 falleció Anandibai, dejando dos hijos menores de edad: Baji Rao y Chimnaji Apa, que fueron confinados entonces por Padhnavis en el fuerte de Shivanir, a más de doscientos kilómetros de Pune. «La condición de estos jóvenes suscitó en todo el país marata fuertes sentimientos de general conmiseración» (John Wilson, Indian Caste). Grant Duff refiere que Baji Rao le envió una carta a su primo Madhavrao en la que le decía que «él estaba en confinamiento en Shivanir y el Peshwa bajo el control de su ministro; que su condición como prisioneros era muy similar, pero sus mentes y sentimientos eran libres, y deberían sentirse unidos uno a otro; que sus ancestros se habían distinguido por sí mismos y llegaría el tiempo cuando ellos podrían emular sus hechos y alcanzar por sí mismos un duradero y honorable nombre». Se inició entonces una relación epistolar que terminó cuando Padhnavis tuvo conocimiento de ella y encarceló a quien la había hecho posible. Madhavrao se arrojó al vacío el 22 de octubre de 1795 y murió dos días después, legándole con su último aliento el masnad a Baji Rao. Padhnavis les ocultó este hecho a los sardars e intentó que pusieran sobre el gaddi (almohadón) al hermano pequeño, Chimnaji, que tendría que ser adoptado por la joven viuda, con él como regente. Lo que siguió fue un año de lucha de facciones en la que quizá lo menos importante era cuál de los dos hermanos iba a ser el nuevo amo. El 26 de mayo de 1796 Chimnaji fue investido Peshwa contra su voluntad, pero el propio Nana acabó apoyando las aspiraciones de Baji Rao, y éste se sentó definitivamente en el gaddi el 4 de diciembre. Tenía veintiún años y era un joven carismático y atractivo, pero John Mills pudo escribir que fue «en todos los aspectos que se consideren, el peor de los Peshwas». Según Grant Duff su juego consistió en «no confiar en nadie y engañar a todos». En el ocaso del Imperio, el poder real estaba en manos de los Sindia y los Holkar de las provincias; Baji Rao quiso apoyarse en los ingleses, y su juego terminó. Tenía poco más de cuarenta años cuando la Compañía lo convirtió en un pensionado en Bithur, a orillas del Ganges, donde su tiempo continuó «dividido entre el estímulo de la más gruesa disipación y la práctica de las más absurdas supersticiones» (John Wilson). Ya antes de perder el poder, vivía atormentado por el fantasma de Narayanrao, hecho que trascendió por sus «incesantes esfuerzos por exorcizarlo». Sacerdotes de Pandharpur, una célebre ciudad de peregrinación, consiguieron ahuyentar al espectro durante un tiempo, y Baji Rao en agradecimiento financió allí la construcción de un dique que aún existe. Sin embargo, el fantasma reapareció en Bithur, y Baji Rao se entregó a las penitencias impuestas por sacerdotes de la sagrada Benarés, además de ponerse en manos de sadhus (santones) y adivinos. Esta vez la imagen de Narayanrao, que le predecía el incendio de su casa y el fin de su linaje con su sucesor, no lo abandonaría. La profecía se cumpliría pocos años después de su muerte: su hijo adoptivo y heredero, Nana Sahib, combatió en la Rebelión de la India de 1857 y se significó por participar en dos masacres de británicos; en su persecución los británicos llegaron a Bithur, y el 19 de julio el palacio familiar fue saqueado e incendiado. Dos años después se situaba a Nana Sahib en Nepal, donde desaparece para la Historia.
***

La canción de hoy pertenece a la comedia «Biwi nº 1», en la que Prem (Salman Khan) deja a su sencilla esposa Pooja para irse a vivir con Rupali (Sushmita Sen, Miss Universo 94), que aspira a ser modelo y tiene la sensualidad que cabe suponer. Pooja entonces envía a su suegra y a sus hijos a vivir con Prem y Rupali, y transforma su imagen. Imaginen el resto. Cantan Anuradha Sriram y Abhijeet.

Chunari Chunari

Chunari chunari…
El velo, el velo
Lal ganj ke lal bangle se lal chunariya layi
Me traje un velo rojo de un rojo montón de rojo algodón
Chunari Chunari…
Lal rang me daal daal ke lal lal rangvaayi

Lo mojé en color rojo y lo teñí de rojo
Chunari Chunari…
Aaja na chhoole meri chunari sanam

Ven, toca mi velo, cariño
Kuchh na mein boloon tujhe meri kasam
No diré nada, te lo prometo
Aayi jawani sar pe mere
Me he hecho mayor
Tere bin kya karoon jawani pe rehem
¿Qué haría sin ti? Apiádate de mi juventud
Aaja na chhoole meri chunari sanam
Kuchh na mein boloon tujhe meri kasam

Chunari Chunari…
Meri chunari lal rang ki sharmaaye ghabraaye

Mi velo es rojo por el rubor y la turbación
Tu jo daale ispe nazar ye aur lal ho jaaye
Si pones la mirada en él, se volverá incluso más rojo
Chunari Chunari…

Teri chunari lipat lipat ke pagal mujhe banaaye

La forma en que te envuelve tu velo me va a volver loco
Pehle se hi tadap raha tha aur mujhe tadpaaye
Antes me estaba torturando, ahora me torturará más aún
Jane tamanna kar na aise sitamb
Cariño, no me atormentes así
Kuch na mein bolu tujhe meri kasam…

Chunari Chunari…
Chikne Chikne Badan Se Tere Sar Sar Chunari Sarke

El velo debería desprenderse de tu encantador cuerpo
Aisa Lage Ke Bin Baadal Ambar Pe Bijli Kadke
Parecerá como si un rayo golpeara el cielo sin una nube a la vista
Chunari Chunari…
Jee Karta Ye Bijli Mein Tujhpe Aaj Bithaoon

Espero con todo mi corazón poder alcanzarte hoy con este rayo
Tujhko Bhar Loon Baahon Mein Ye Chunari Tujhe Udaoon
Yo llenaré tu abrazo y este velo te hará volar
Badta Hi Jaye Dard Ho Na Khatam
Deja que mi tormento crezca; ¡que nunca llegue a su final!
Kuch Na Mein Bolu Tujhe Meri Kasam…


Ultima edición por momper el Dom Sep 02, 2018 8:34 pm; editado 1 vez
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MensajePublicado: Lun Feb 20, 2012 8:35 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

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MensajePublicado: Mar Mar 27, 2012 10:21 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

A mediados del siglo XVI los sultanatos surgidos de la desaparición del Imperio Bahmanid se decidieron a entablar una guerra sagrada contra el Imperio Vijayanagara. Los años anteriores habían visto la alianza de Bijapur con el imperio hinduista para luchar contra el sultanato de Ahmednagar por la posesión de las ciudades de Kalyana y Sholapur, pero incluso como aliados se habían producido conflictos: Firishta nos dice en su Gulshan-i Ibrahim (El jardín de Ibrahim) que «Los infieles de Vijayanagara, que durante muchos años habían estado deseando tal suceso, no dejaron crueldad sin practicar. Insultaron el honor de las mujeres musulmanas, destrozaron las mezquitas, y ni siquiera respetaron el sagrado Corán».
Firishta nació en Persia, a orillas del mar Caspio, por el tiempo de estos sucesos, pero pasó su vida en la India, donde su padre se dedicó a la enseñanza del persa en Ahmednagar. Llegó a ser capitán de la guardia del sultán, y tras una revuelta palaciega tuvo que exiliarse en Bijapur, donde el sultán Ibrahim Adil Shah le pidió que escribiera una Historia de la India en la que las dinastías del Decán recibieran por primera vez la atención merecida. En su célebre tarikh (crónica) refiere una curiosa anécdota sucedida cuando se formalizaba la paz entre Ahmednagar y Bijapur: Hussain Nizam Shah, el derrotado sultán de Ahmednagar, tuvo que acudir al campamento de Rama Raya —emparentado con el emperador y auténtico hombre fuerte de Vijayanagara— para aceptar las condiciones impuestas. Éste lo recibió dentro de su tienda pero tuvo la deferencia de besar su mano; el sultán, con «imprudente orgullo», pidió acto seguido un cuenco y un aguamanil, y lavó sus manos, «como si hubieran sido contaminadas por el toque de Rama Raya, quien, enfurecido por la afrenta, dijo en su propia lengua: “Si él no fuera mi invitado, se arrepentiría de este insulto”; entonces pidió agua y se lavó él también las manos».

El punto de vista tradicional identifica a Vijayanagara, en palabras del orientalista Robert Sewell, como «el baluarte hinduista contra las conquistas musulmanas». En cambio, Richard Maxwell Eaton, autor de A social History of the Deccan, 1300-1761 (The New Cambridge History Of India), nos dice que «ninguna de las partes parece haber estado motivada por inquietudes religiosas», y que la implicación de Vijayanagara en los asuntos del Decán era una apuesta personal de Rama Raya, que, «apartándose radicalmente de las tradiciones de cualquiera de las tres casas que hasta entonces habían gobernado Vijayanagara —los Sangama, Saluva y Tuluva—», asoció su persona, su familia y el Estado que gobernaba con la dinastía Chalukya de Kalyana (los Chalukyas Occidentales), que habían dominado entre el 974 y el 1190 un territorio que abarcaba desde el río Narmada hasta el país tamil, y que «eran todavía en los días de Rama Raya un poderoso recuerdo».
Eaton escribe que la ciudad de Kalyana, en poder ahora de Bijapur, «se convirtió en una obsesión para un amargado y humillado Hussain Nizam Shah». Con objeto de recuperarla casó a su hija Jamal Bibi con el sultán de Golconda, y «para dramatizar la importancia de la cuestión de Kalyana, la ceremonia de boda tuvo lugar junto a las murallas del fuerte, justo fuera del alcance de sus cañones». Acabadas las celebraciones se puso sitio al lugar. El sultán de Bijapur, Ali Adil Shah, solicitó otra vez la ayuda de Rama Raya, que acudió a la llamada con «50 000 caballos y una inmensa fuerza de infantería» (Sewell). Firishta insiste en que «los hindús de Vijayanagara cometieron las más vergonzosas devastaciones, quemando y arrasando los edificios, acomodando a sus caballos en las mezquitas, y practicando su idolátrica adoración en los sagrados lugares. El Sultán se sintió muy ofendido por estos insultos a la Fe, pero, como no tenía capacidad de impedirlo, simuló no advertirlo».
Animado por su exitosa expedición, Rama Raya ocupó ciertos territorios fronterizos, lo que llevó a Ali Adil Shah a inspirar en los demás sultanes del Decán la formación de una «liga de los fieles» contra él. Las diferencias entre los sultanatos decanís fueron resueltas con enlaces matrimoniales, como los establecidos por las casas reinantes en Ahmednagar y Bijapur: Hussain Nizam Shah casó a su hijo mayor con la hermana de Ali Adil Shah, y a su hija Chand Bibi con éste.

Diogo do Couto —continuador por orden de Felipe II de las Décadas de Joao de Barros— se encontraba en la India desde 1559 y escribe que Rama Raya era en 1565, cuando se enfrentó a los sultanatos, un hombre anciano, «pero tan valiente como uno de treinta años». Estaba tan confiado de la victoria ese 26 de enero de 1565 cerca de la ciudad de Talikota que ordenó que le fuera entregada la cabeza de Hussain Nizam y le llevarán vivos a Ali Adil Shah e Ibrahim de Golconda, a los que quería encerrar de por vida. Es sabido que la batalla es una de las más grandes de la Historia, con varios cientos de miles de soldados implicados. En la lucha y en la persecución que siguió a la derrota, Vijayanagara dejó más de cien mil cadáveres. Según Sewell (A Forgotten Empire: Vijayanagar), los portadores de la litera en que estaba Rama Raya la abandonaron cuando un elefante de Hussain Nizam se abalanzó sobre ellos, por lo que fue capturado. El relato de Eaton es menos impresionante: «el octogenario sufrió una herida de lanza y cayó de su caballo». Couto refiere que Hussain Nizam cortó la cabeza de su enemigo con sus propias manos y exclamó: «¡Ahora me he vengado de ti!», acto seguido la clavó en una lanza y la expuso a la vista de los combatientes. En la traducción de la Historia de Firishta que publicó en 1829, el coronel John Briggs anota: «En el presente día, se puede ver una representación esculpida de la cabeza de Rama Raya que sirve como apertura de una de las alcantarillas de la ciudadela de Bijapur, y sabemos que la auténtica cabeza, anualmente cubierta con aceite y pigmento rojo, ha sido mostrada a los píos musulmanes de Ahmednagar, en el aniversario de la batalla, durante los últimos doscientos cincuenta años».
La magnífica Vijayanagara, de veinticuatro millas de circunferencia, fue saqueada durante seis meses. Dos años después, en 1567, el viajero veneciano Caesaro Federici visitó el lugar: «La ciudad de Bezeneger no está totalmente destruida, todavía hay casas en pie, pero vacías; nadie vive en ellas, salvo tigres y otras bestias salvajes».
Cien años después, los brahmanes habían pervertido la Historia de Vijayanagara hasta tal punto que las leyendas comunes entre la gente ignoraban la conquista musulmana; en ellas los cuatro sultanes del Decán habían sido esclavos del Raja de Vijayanagara, que les concedió sus reinos en calidad de vasallos, circunstancia que aprovecharon para rebelarse y asesinar a su señor.
La victoria no aprovechó mucho a los sultanatos decanís: las provincias del imperio derrumbado afirmaron su independencia, y cuando Bijapur quiso hacerse con los restos del Imperio, Ahmednagar acudió en ayuda de los hinduistas, temerosa de que su rival se hiciera demasiado poderosa; al final los sultanatos pactaron que ninguno de ellos se apoderaría de antiguos territorios de Vijayanagara sin consentimiento de los demás. Sus continuos conflictos abrieron además la puerta del Decán a los mogoles, que conquistaron la provincia septentrional de Sindh en 1592 y pudieron poner sus ojos en el Sur.

Las circunstancias habían impuesto el matrimonio de Chand Bibi y Ali Adil Shah —feroz enemigo de su padre—, pero, curiosamente, la relación fue excelente: «Ella acompañó a su marido en sus campañas y cabalgó a su lado para combatir. Durante los tiempos de paz una gran parte de los asuntos públicos le fueron confiados, y dio audiencias y trató de negocios en el durbar. Fue querida por todos, no sólo por su audacia, sino por su justicia y firmeza» (J. D. E. Gribble, History of the Deccan). Toda la fascinación que suscitó en sus contemporáneos encuentra un eco en estas líneas que el capitán Cecil Cowley —que sirvió en la India tras la Primera Guerra Mundial— le dedicó en su Tales of Ahmednagar:
«De notable belleza, ella no fue bendecida con hijos y mantuvo la gracia de su figura hasta el día de su violenta muerte. Siempre elegantemente vestida, solía montar a horcajadas sobre un ricamente engalanado corcel, tanto si iba al campo, de viaje o a cazar. Por deferencia a la costumbre, su rostro solía estar ligeramente oculto por algún fino tejido, pero nunca usó un velo formal. En Bijapur hay un retrato de ella pintado por un artista persa antes de la muerte de su marido. Exquisitamente pintado en colores con cuerpo, sin la frialdad que habitualmente acompaña las pinturas orientales. Las facciones son regulares y muy hermosas. La tez es clara, con un ligero matiz rosáceo en las mejillas; los ojos, de un azul grisáceo, con largas pestañas oscuras. La boca, delicada y de dulce expresión, muestra una leve sonrisa, pero hay un claro tono de firmeza en el mentón y en el grácil cuello, y la frente tiene una amplitud y un poder muy notables. Su educación continuó muchos años después de su matrimonio, y llegó a hablar con fluidez el persa, el árabe y el turco, además de los dialectos corrientes entre la tropa. Dibujaba y pintaba flores con facilidad y delicadeza, y tocaba la veena (instrumento de cuerda) con habilidad».

Chand Bibi enviudó en 1580: Ali Adil Shah prestó su apoyo a Bidar en una de las interminables luchas en que se enzarzaron los sultanatos decanís; el persa Sayyid Ali b. Azizullah Tabatabai relata en su Burhan-i-Maasir que, estando en Sholapur con sus tropas, el enviado de Ali Barid Shah le entregó los dos atractivos eunucos que había solicitado en el pacto de alianza y cuya posesión ansiaba; al quedarse de noche a solas con uno de ellos, éste le clavó una daga «para vengar el insulto que tenía intención de cometer sobre él». Un sirviente que acudió al oír los gritos mató al regicida con la misma daga con que se había cometido el crimen.
La sucesión recayó en un sobrino de nueve años, Ibrahim Adil Shah II. En medio de los conflictos causados por la ambición de los sucesivos corregentes, Chand Bibi logró conservar el control de la educación del sultán niño, que siempre mostró afecto por ella.

En 1584 visitó Ahmednagar —gobernada entonces por su hermano Murtaza— al acompañar con la pompa requerida a la princesa Khodeija Sultana (hermana de Ibrahim) a su boda con el príncipe Miran Hussein. Murtaza Nizam Shah era apodado Divana (loco) por la extravagancia de su conducta. En cierta ocasión salió solo del palacio para emprender una peregrinación a la tumba del santo Imam Reza, en Irán; un hombre lo reconoció en el camino y se le persuadió de que regresara. Otra vez arrojó al fuego las valiosas joyas del botín de Vijayanagara, enojado porque su primer ministro había intentado evitar que le concediera a su favorito, un bailarín llamado Fatteh Shah, dos ricos collares de los que éste se había encaprichado. Radhey Shyam, en su tesis doctoral The Kingdom of Ahmadnagar (1966), sugiere que el origen de sus desvaríos pudo estar en los remordimientos por haber ordenado el envenenamiento de su ministro Changez Khan, de cuya lealtad sospechó injustamente por culpa de su favorito de entonces, Husain Khan —otrora vendedor ambulante de gallinas—, que había sido tratado bruscamente por aquél. La intromisión de este hombre (también llamado Sahib Khan) en los asuntos del reino costó el derramamiento de mucha sangre, y de su depravación se cuenta que solía recorrer borracho las calles de Ahmednagar montado en un elefante y se apoderaba de jóvenes de ambos sexos cuya belleza llamaba su atención. «En este tiempo su favorito, Saheb Khan, cometió grandes excesos, con sus partidarios, unos tres mil sinvergüenzas decanís, frecuentemente arrancando a los hijos de sus padres con los peores propósitos. Tomó a la hija de Meer Mahdie, que fue asesinado al defender el honor de su familia. Estas afrentas causaron gran indignación, pero el regente tenía miedo de la influencia del favorito sobre el sultán» (Firishta). Murtaza, inaccesible en su Palacio Baghdad para quien no fuera él, consintió estos crímenes cuando no fue su instrumento necesario; pero se negó a entregarle la cabeza del sar-i-naubat (comandante en jefe) Sayyid Murtaza Khan Sabzavari, y se empezaba a cansar de sus excesos cuando Saheb quiso tomar por la fuerza a una joven de la nobleza cuya mano le había sido negada; Sabzavari introdujo entonces en su campamento algunos hombres que lo estrangularon. Al Sultán se le dijo que había muerto al oponerse a las fuerzas reales que debían llevarlo de vuelta a la capital.

El matrimonio de Miran Hussein con la princesa de Bijapur lo solicitó la corte de Ahmednagar después de infructuosos intentos de recuperar por las armas la fortaleza de Sholapur, que había sido la dote de Chand Bibi. El pacto matrimonial concebido por el ministro Salabat Khan establecía su devolución, pero Bijapur no quiso cumplir ese apartado del acuerdo y la boda se postergó sin fecha. La situación se deterioró hasta el punto de que Ibrahim Adil Shah urgió a que se celebrarán las nupcias o se devolviera a la princesa; al no atenderse su petición, puso sitio al fuerte de Ausa, y sólo la caída de Salabat Khan evitó la guerra. La boda finalmente se celebró espléndidamente en Patori, pero Murtaza se sintió entonces «receloso de la fidelidad de su hijo» y tramó su muerte: con la excusa de que lo echaba en falta, lo compelió a dormir en una habitación cercana a la suya; a la mañana siguiente, aprovechando su sueño, prendió fuego a su ropa de cama y le cerró la puerta; Miran debió la vida a la oportuna intervención de Fatteh Shah, que oyó sus gritos.
El príncipe buscó refugio en Daulatabad, pero pronto tomó el camino de vuelta con la ayuda del nuevo Wakil (primer ministro), el persa Mirza Khan, que había sobornado a Fatteh Shah y a cuantos como él podían influir en el Sultán para obtener el nombramiento. Firishta, como se ha dicho, era entonces capitán de la guardia: «Yo tenía la guarda del palacio y deseaba defenderlo; pero, siendo abandonado por mis hombres y no quedando nadie salvo el sultán, Fatteh Shah y unos pocos sirvientes, la defensa era vana». Miran entró allí con cuarenta hombres, que asesinaron a cuantos encontraron en su camino, salvo al cronista de estos sucesos: «El príncipe, afortunadamente, me conocía y, meditando que habíamos sido compañeros de estudios, ordenó que mi vida fuese perdonada» (probablemente sin sospechar la importancia de su gesto para la posteridad). «Habiendo llegado ante su padre, el príncipe lo trató, de palabra y obra, del modo más ultrajante. (Murtaza) Nizam Shah estaba silencioso, mirándolo con desdén, hasta que el príncipe, poniendo su sable desenvainado en su pecho, dijo: “Te voy a matar”. Nizam Shah entonces, suspirando profundamente, exclamó: “Tú, maldito de Dios, sería mejor para ti dejar a tu padre ser tu invitado los pocos días que le quedan y tratarlo con respeto”. El príncipe, aplacado momentáneamente por estas palabras, detuvo su mano, y se retiró de las estancias de su padre. Sin embargo, no teniendo paciencia para esperar su muerte, aunque sufría entonces una enfermedad mortal, mandó que lo pusieran en una cálida habitación de baño y, cerrando inmediatamente todas las puertas y ventanas para excluir todo el aire, prendió un gran fuego bajo ella, para que el Sultán fuera rápidamente ahogado por el vapor y el calor» (Firishta).
El trono le duró apenas unos meses a Miran Hussein. Como si previera su próximo y violento final, este hombre de «impetuoso y cruel temperamento» se entregó a una vida de desenfreno y aterrorizó a la ciudad con sus compañeros de borracheras. Quince príncipes fueron asesinados en un solo día cuando el Wakil Mirza Khan (ahora también comandante en jefe), que había sido acusado falsamente de querer poner en el trono a un hermano de Murtaza, para demostrar su lealtad convenció a Miran de que se deshiciera de los varones de la familia real. Finalmente, Mirza vio peligrar su posición a causa del permanente recelo de los decanís por los altos funcionarios extranjeros; cuando supo que en sus borracheras Miran hablaba de cortarle la cabeza con sus propias manos o de hacerlo pisotear por sus elefantes, lo encerró en el Palacio Baghdad para proclamar Sultán a un sobrino de Murtaza, Ismael, de doce años. En medio de las ceremonias, se oyó un gran tumulto a las puertas del fuerte; la muchedumbre de soldados congregada allí estaba liderada por un mansabdar (militar) llamado Jamal Khan que solicitó ver a Miran Hussein; cuando se les informó de que había sido depuesto, Jamal Khan llamó a oponerse a Mirza Khan y su camarilla de extranjeros que habían usurpado el poder; el gentío se incrementó y quienes fueron enviados a calmar los ánimos o fueron asesinados o salvaron por poco la vida. Las tropas que salieron del fuerte sufrieron una derrota. El joven Ismael apareció en los muros bajo la sombrilla que simbolizaba el poder real, pero resultó herido por las flechas. Mirza Khan ordenó entonces decapitar a Miran Hussein; su cabeza fue colocada en una lanza a la vista de todos, y se pidió a la muchedumbre que aceptara al nuevo soberano con la promesa de recompensas, pero Jamal Khan excitó de nuevo a la multitud al jurar venganza. Las puertas del fuerte fueron quemadas, a lo que siguió la masacre de sus cerca de trescientos ocupantes. Mirza Khan logró huir, pero fue capturado cerca de Junnar: tras pasearlo por las calles de Ahmednagar sobre un jumento, fue cortado en pedazos. Sus amigos fueron ejecutados, y sus cuerpos disparados con cañones. En una semana se asesinó a cerca de mil extranjeros: «el noble, el rico, el señor y el sirviente, el mercader, el peregrino y el viajero. Sus casas fueron quemadas y sus cabezas, pisoteadas en el polvo. Vírgenes que ocultaban sus rostros por modestia del sol y la luna fueron arrastradas por los cabellos en reuniones de borrachos» (Firishta).

Jamal Khan mantuvo en el trono al Sultán niño, y en calidad de nuevo amo de Ahmednagar favoreció a quienes como él pertenecían a la secta sunita Mahdavi. Su fundador, Hazrath Syed Muhammad Jaunpuri, nació mediado el siglo XV en Jaunpur, al norte de la India, y destacó desde niño por su devoción. A los 53 años peregrinó a la Meca y se proclamó allí el Mahdi (guiado), el profetizado redentor del Islam. No fue el primero —ni sería el último— que se atribuía ese papel, y los ulemas de la Meca lo ignoraron, pero de regreso en la India, donde era conocido desde los 21 años como Syed ul Aulia (líder de los santos), logró el reconocimiento de mucha gente, y el Mahdavismo penetró incluso en algunas regiones de Irán.
Ahora un gran número de madhavis acudieron a Ahmednagar y reconocieron a Jamal Khan como su califa, con el juramento de dar su vida por él si era preciso. Los descontentos con la preponderancia de esta secta se alzaron en armas en Berar, y Bijapur envió sus tropas a Ahmednagar, pero Jamal consiguió neutralizar a los primeros con promesas y pactó la retirada de las fuerzas del sultanato vecino a cambio de la entrega de ciertas fortalezas y el pago de una indemnización, además de la vuelta a Bijapur de Chand Bibi y Khodeija Sultana.

Unos años antes, el 21 de marzo de 1585, con ocasión de la fiesta de Nauroz, que celebra el principio de la primavera, Akbar había concedido audiencia en Lahore a varios exiliados de Ahmednagar. Poco después, las tropas de la provincia fronteriza de Malwa entraron en el sultanato con la pretensión de apoyar los derechos al trono del hermano pequeño de Murtaza, Burhan. Los mogoles llegaron a Elichpur en un día de mercado: saquearon a los mercaderes y quemaron el lugar, arrasando, «en un pestañeo, una ciudad que justo antes había aventajado a El Cairo y Damasco en población y prosperidad. Se apoderaron de mujeres y niños, ataron e hicieron prisioneros a todos cuantos cogieron, sin hacer distinción entre musulmanes e infieles» (Burhan-i-Maasir). La expedición finalmente no llegó a nada, y el gobernador de Malwa tuvo que cruzar de vuelta la frontera, abandonando el bagage pesado y los elefantes a sus perseguidores.
Ahora el fanatismo madhavi había empujado al exilio a los extranjeros de Ahmednagar (entre ellos Firishta), y proporcionó a los mogoles una razón más para intervenir en el sultanato decaní, de nuevo en apoyo de Burhan, padre del sultán niño. En esta ocasión Burhan advirtió a Akbar de que ser acompañado por un ejército extranjero podía crear prejuicios contra él, por lo que desde la fronteriza Hindiya escribió cartas a los nobles que sabía descontentos y los animó a sumarse a su bando. Al éxito de su convocatoria se unió el apoyo de Bijapur. Al cabo, Jamal Khan fue encerrado con sus tropas en un paso en Rohankhed y murió de un tiro de mosquete. El ejército se dispersó, y en la huida el joven sultán Ismael fue abandonado en un pueblo por el eunuco que lo tenía a su cargo. Cuando lo encontró su padre, besó su frente y lo perdonó, para después confinarlo en el fuerte de Bakhar.
Burhan tenía una edad avanzada al llegar al poder en 1591, lo que no evitó que se diera «al placer del vino, las mujeres y la música» (Radhey Shyam).

Estando en campaña contra Jamal Khan, fue defenestrado el regente de Bijapur, el general Dillawar Khan, que años antes había llegado al poder tras apoderarse de la capital y sacarle los ojos a su antecesor. Cuando Ibrahim alcanzó la madurez comprobó que el hábito del poder no se abandona fácilmente, y se determinó a deshacerse de él. Salió de noche del campamento para unirse a los conjurados, y vale la pena reseñar que hubo que abofetear al guarda del establo para conseguir un caballo, pues no se atrevía a entregarlo sin conocimiento del exregente. «Dillawar Khan, aunque por encima de los ochenta años, había dedicado su tiempo esa noche al placer con una hermosa virgen del Decán, a la que deseaba desde hacía tiempo y acababa de obtener» (Firishta), sus asistentes, que tenían orden de no molestarlo, no permitieron que se le comunicara la partida del sultán. A la mañana siguiente fue en su busca, y al estar ante él le dijo que era impropio marcharse durante la noche y esperaba que volviera a su campamento. Ibrahim exclamó entonces: «¿Nadie castigará a este traidor?», un oficial espoleó a su caballo e hirió a Dillawar con su sable, pero éste —después de que un elefante montado por uno de los suyos se metiera por medio— consiguió refugiarse entre sus hombres y escapó a Ahmednagar, pues pocos estaban dispuestos a desafiar al propio sultán. Burhan se negó a entregarlo e incluso, instigado por él, movió sus tropas contra Bijapur. Ibrahim ofreció entonces a Dillawar Khan recuperar su posición, ya que había advertido, «aunque tarde, la locura de su propia conducta». El anciano pidió garantías de que serían respetadas su vida y su propiedad, pero la misma noche en que pisó de nuevo Bijapur Ibrahim ordenó que «se mostrara al regente una muestra de su propio castigo favorito y se le sacaran los ojos» (Firishta), pues no iba en contra de lo prometido. Permaneció preso en la fortaleza de Sittareh hasta su muerte.

El siguiente desafío de Ibrahim vino de su hermano pequeño, Ismael, a quien en la pubertad se envió a una fortaleza de Belgaum, «donde fue mantenido en una especie de honorable confinamiento» (Gribble). En 1593, con el respaldo de buena parte de la nobleza y del sultán de Ahmednagar, además de la promesa de ayuda de los portugueses, el joven tomó el fuerte y proclamó su independencia. Ibrahim envió a su comandante Hummeed Khan con la falsa pretensión de unirse con sus hombres a los sublevados. Eyn-ul-Mulk, un noble ambicioso, ya en su vejez, se aprestó a recibirlo con Ismael en un magnífico pabellón fuera de las murallas de Belgaum, pero al llegar Hummeed Khan se abalanzó sobre ellos con su caballería y apenas tuvieron tiempo de montar al ver la traición; Eyn-ul-Mulk cayó herido del caballo y fue decapitado inmediatamente, a Ismael se le tomó prisionero cuando intentaba escapar, y para prevenir nuevas rebeliones su hermano ordenó quitarle la vida. La cabeza de Eyn-ul-Mulk fue enviada a Bijapur, donde Ibrahim la expuso en un alto poste frente a su palacio durante una semana, para acabar disparada desde el que, se decía, era el cañón más grande del mundo, el Malik-i-Maidan (Señor del Llano).
El monstruo de 55 toneladas (que, sorprendentemente, se ha conservado) mide 4,5 m de largo y 1,5 de diámetro, y está bellamente grabado. Lo fundió el turco Muhammad-bin-Hasan Rumi para el sultán de Ahmednagar en 1549. Capturado el fuerte de Parnadah, donde estaba instalado, por las tropas de Bijapur, fue llevado a esta ciudad como trofeo de guerra y colocado —con ayuda de 10 elefantes, 400 bueyes y cientos de soldados— en la cima del baluarte conocido como Sherzah Burj. El artillero que lo disparaba tenía que sumergir su cabeza en agua para evitar quedarse sordo.

Chand Bibi adquirió al final de su vida el título de Chand Sultana, curiosamente concedido por el príncipe mogol Murad, que sitiaba entonces Ahmednagar. En 1595 el sultán Ibrahim Nizam Shah murió de un tiro en la cabeza cuando batallaba contra las fuerzas de Bijapur. Chand Bibi se encontraba en Ahmednagar y apoyó los derechos sucesorios del hijo de Ibrahim, un niño llamado Bahadur; pero el ministro Mian Manjhu, temeroso de la intromisión de Ibrahim Adil Shah en los asuntos del sultanato a través de ella, elevó al trono a Ahmad, un muchacho de doce años, hijo de un impostor muerto en prisión llamado Shah Tahir. Aparecido en tiempos de Murtaza, Tahir pretendía ser hijo de Muhammad Khudabanda, un hermano de Hussain Nizam Shah I que había muerto en la lejana Bengala, a donde huyó tras el conflicto sucesorio que siguió a la muerte de su padre. Otra facción tenía su propio pretendiente, Moti Shah, un chico sacado del mercado al que presentaron como vástago de Ibrahim Nizam Shah, y otra apoyó a un hijo ya anciano de Burhan I (sultán más de cuarenta años atrás).
Mian Manjhu solicitó ayuda a los mogoles, a los que aún pesaba el que Burhan II se hubiera negado a aceptar su soberanía como había prometido cuando recibía su ayuda. El príncipe Murad desde Gujarat y Khan Khanan desde Malwa avanzaron hacia Ahmednagar. Mian Manjhu en el último momento había visto su posición reforzada y lamentó profundamente haber invitado a intervenir a los mogoles. Sobrepasado por la presión, huyó con Ahmed para buscar refugio en Bijapur. No fueron los únicos. Chand Bibi se presentó en la fortaleza y formó un consejo que hiciera frente a la situación. Bahadur Nizam Shah fue proclamado sultán. Los mogoles aparecieron en el horizonte de la ciudad un 14 de diciembre de 1595 y la sitiaron durante tres meses. En medio del peligro y las privaciones, se les ocurrió a algunos que sería oportuno que Chand Bibi se mostrara para infundir ánimos en la gente. «Cubierta con una centelleante armadura y montada en un elefante se aproximó a su ejército. Una fuerte ola de entusiasmo comenzó a surgir en los corazones de sus soldados, que dispararon y lanzaron flechas y granadas sobre el enemigo. Impertérrita, ella avanzó en medio del fuego de las armas mogolas y, dirigiéndose a la gente, dijo: “Aunque disponer de la propia vida está prohibido por el sentido común y la ley divina, aun así tengo una copa de veneno para salvarme de la indignidad que el enemigo me infligiría. El martirio es seguro por la herida del enemigo de la Fe y el Estado, ¿cómo puedo yo guardarme contra tales heridas?”. En adelante, Chand Bibi se convirtió en un objeto de general admiración y conversación en el campo de los enemigos. Desde ese día la regente, que había sido siempre llamada Chand Bibi, adquirió el título de Chand Sultana» (Radhey Shyam).
No quiero dejar de referir una anécdota deliciosa sucedida en este cerco: Chand Bibi escribió una carta al ejército que habían formado los sultanatos para socorrer la ciudad en la que pedía que se apresurasen a llegar. Casualmente fue interceptada por los mogoles, pero el comandante Sadiq Ali Khan, lejos de detener su curso, se limitó a añadir una nota antes de remitirla a su destinatario, Suhail Khan, de Bijapur; nota con la que insistía en que se acelerara el avance para decidir de una vez la cuestión.
Al final el invasor aceptó retirarse a cambio de la cesión de la provincia de Berar. Era 1596 y en apenas tres años los mogoles estaban de vuelta, pues el traspaso de Berar no se terminó de hacer y de nuevo las disensiones internas habían hecho que una facción pidiera su intervención. En Ahmednagar la situación era grotesca: Chand Bibi había hecho Peshwa a Abhang Khan, pero su relación se deterioró hasta el punto de que ella cerró las puertas del fuerte para impedirle el paso. Ante los intentos de reconciliarlos, dijo que preferiría ser esclava de los Timúridas antes que depender de él. Abhang Khan, por su parte, intentó tomar el fuerte sin éxito varias veces.
El príncipe mogol Daniyal se plantó ante los muros de Ahmednagar, y el sitio se prolongó varios meses. Cuando el hambre se reflejaba ya en las caras de los sitiados, Chand Bibi se sintió obligada a abrir negociaciones, lo que no fue entendido por quienes eran partidarios de luchar hasta el final. Uno de ellos, el eunuco Hamid (o Jita) Khan, corrió por las calles anunciando que Chand Bibi estaba dispuesta a entregar la ciudad; un grupo de gente se le unió, forzaron la entrada al palacio y la asesinaron. El militar y erudito Abul Fazl, encargado del Decán en la administración mogola, y que mantenía correspondencia con ella, afirma que cayó víctima de la locura de sus propios hombres, aunque la tradición dice que se suicidó para salvar su honor.
Bahadur se salvó de la masacre de cerca de 15000 personas que siguió a la toma de la ciudad, pero fue encerrado en el fuerte de Gwalior de por vida.
***

La película en canarés Parichaya (2009) versa sobre el papel del destino en el amor: Jayanth (Tarun Chandra) queda prendado de Nimmy (Rekha Vedavyas) un día de San Valentín en que, casualmente, se encuentran repetidas veces; pero cuando le pide su número de teléfono ésta le dice que si están predestinados el uno al otro, sin duda se encontrarán de nuevo. El tiempo pasa y no vuelven a verse…

Nadedhaduva kamanabillu (falta el primer verso)

naDedaaDuva kaamanabillu
Ella es un arcoiris que camina
usiraaDuva bombeyu ivaLu
Ella es una muñeca que respira
sigalaaraLu holikegivaLu
Ella no se puede comparar
Enendaru sundaru suLLu
la comparación sería una dulce mentira
(2)

nakkare sErida haage saavira shubhashakuna
Si se ríe es como juntar cien buenos augurios
maatina lahariyu ondu sundara savigaana
La fluidez de su conversación es como una hermosa canción
(2)
beLLi mODa ivaLa manasu manasu
Una nube de plata, su corazón y su alma, corazón y alma
minchu baLLi andada munisu
Una chispa iluminadora, su atractivo enojo
swargadallu irada sogasu sogasu
Ni siquiera el cielo ofrece tal belleza, belleza
maaruttaaLe mayada kanasu
Ella vende sueños mágicos
pade pade pade pade arere maruLaade nODi
ivaLentha mODi

Una y otra vez, una y otra vez estoy totalmente abrumado por su magia
naDedaaDuva kaamanabillu
usiraaDuva bombeyu ivaLu

(2)

deepada kaNNugaLalli huNNime prati kshanavu
Con la luz de sus ojos, ella es como una luna llena cada segundo
kenneya diNNegaLalli mugiyada munjaavu
En el hoyuelo de su mejilla hay un alba que nunca termina
(2)
hejje haaku ivaLa nayake nayake
Une tus pasos a su gracia, a su gracia
bhoomigunu puLakada chaLaka
Incluso la tierra está fascinada con su romanticismo
baaninda illigu iNuki iNuki
Desde el cielo hasta aquí, mientras echan un vistazo
devarigu nODuva tavaka
los dioses no soportan no verla
savi savi savi savi ahaha
Dulce, dulce, dulce
ee huDugi jEnu
Esta chica es miel
sharaNaade naanu
Yo me he rendido a ella
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MensajePublicado: Mie May 23, 2012 3:27 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Imaduddin Muhammad bin Qasim tenía sólo veintidós años cuando fue ejecutado por orden del califa de Damasco. Con diecisiete y la experiencia de haber administrado la provincia de Fars, su suegro el gobernador de Irak, Al-Hajjaj bin Yusuf, le había otorgado el mando de la hueste que realizó la primera conquista musulmana de territorio indio a principios del siglo VIII. Para entonces los árabes estaban asentados ya en Mekrán (la antigua Gedrosia), en la costa del mar Arábigo. Piratas de la vecina Sindh asaltaron ocho barcos en los que el rey de Ceilán enviaba a Al-Hajjaj, además de unos presentes, unas huérfanas de mercaderes musulmanes (en otra versión las damas son esclavas compradas para Abdul Malik, que entonces había cedido ya el califato a su hijo Walid I). El rajá de Sindh, Dahir, se negó a reparar el agravio con la excusa de que los agresores estaban más allá de su control, lo que motivó dos primeras expediciones de castigo que no lograron su objetivo. La tercera fue capitaneada por el joven Qasim, y vale la pena observar que al mismo tiempo que él era enviado al Indo se enviaba a Qutayba ibn Muslim al Yaxartes (Sir Daria), con la ambición de que uno de los dos llegara a China (Sir Henry Miers Elliot, Appendix to the Arabs in Sind). Qutayba alcanzó la ciudad de Kashgar, en el Turquestán chino, pero la muerte del benévolo Walid I con apenas cuarenta y cinco años llevó al trono a su despiadado hermano Suleimán, del que poco podía esperar, habiendo sido él un protegido del entonces oportunamente fallecido Al-Hajjaj, que había intentado convencer a Walid de que pretiriera a su hermano en la línea de sucesión. Qutayba quiso rebelarse contra el vengativo califa, pero fue asesinado junto a varios miembros de su familia por soldados árabes en Ferghana.

Qasim se plantó con seis mil caballos sirios y otros tantos camellos de combate ante el puerto de Debul, que logró tomar con ayuda de una enorme ballesta llegada por mar llamada «La novia», manejada por quinientos hombres. Habiendo rechazado la conversión, los varones mayores de diecisiete años fueron pasados a cuchillo, y las mujeres y los niños, esclavizados. «700 bellas mujeres, que habían tomado refugio en el templo, fueron capturadas con sus valiosos ornamentos y ropas adornadas con joyas», escribe Kází Ismàíl —primer cadí de Sindh— en su Chach Nama; de ellas se separó a setenta y cinco jóvenes y se le enviaron a Al-Hajjaj con el quinto del botín. En las siguientes plazas conquistadas, Qasim no debió de seguir estrictamente la ortodoxia islámica que establece la alternativa de conversión o muerte para los idólatras, pues recibió los reproches de Al-Hajjaj, que en Asia Central había erradicado la idolatría al soslayar la ficción legal aplicada más al oeste que consideraba las escrituras de Zoroastro equiparables al Libro: «Estoy escandalizado por la debilidad de tu política. ¡La gente pensará que estás tratando de lograr la paz! Deberías inspirar miedo. […] No muestres debilidad y recuerda que Dios hace el final del piadoso feliz. Parece por tu carta que las normas que has hecho para la conveniencia de tus hombres están en estricta conformidad con la ley religiosa. Pero la manera de conceder el perdón prescrita por la Ley es diferente de la que has adoptado tú… El gran Alá dice en el Corán (47.4): “Oh, verdaderos creyentes, cuando encontréis a los infieles cortad sus cabezas”. Este mandato del gran Alá es un gran mandato y debe ser respetado y seguido. No deberías ser tan aficionado a mostrar clemencia como para anular la virtud de la Ley. En adelante no indultes a ninguno de los enemigos ni les muestres clemencia o todos te considerarán un hombre de poca voluntad» (citado en The Sword of the Prophet: History, Theology, Impact on the World, de Serge Trifkovic).

Qasim se encontró con las fuerzas de Sindh en Rawar, en junio del 712. Después de dos días de batalla, Dahir encontró la muerte, y su hermana —y esposa nominal— Rani Bai se inmoló dentro de la fortaleza junto a las mujeres de su servicio para cumplir su parte del jauhar, que establecía el sacrificio de los hombres en el campo de batalla y la inmolación de las mujeres para evitar caer en manos del enemigo. Los restos del ejército ofrecieron resistencia en Brahmanabad, tras cuya captura se pasó a cuchillo a varios miles de hombres. Allí Qasim se hizo con Rani Ladi, auténtica esposa de Dahir, con la que acabó casándose, y con dos hijas doncellas de éste: Parmal Devi y Suraj Devi, que fueron destinadas al harén del califa. La capital, Aror (o Alor), estaba en manos de un hijo de Dahir convencido de que su padre había logrado sobrevivir a su derrota. Rani Ladi fue enviada para informarle de que su cabeza había sido enviada a Al-Hajjaj, pero se la trató con desprecio por haberse unido al invasor. La ciudad cayó tras la huida del príncipe. Después de Sindh, Qasim se hizo también con Multan (en el actual Punyab paquistaní), límite de sus conquistas. En la crónica contemporánea Chach Nama se dice que llegó al río Jhelam, el Hydaspes de los griegos, concretamente a un lugar llamado Panj-mahiát (Las cinco Aguas), y Sir Henry Miers Elliot observa que la descripción que se hace de él concuerda con la que aparece en la Historiae Alexandri Magni Macedonis de Quinto Curcio Rufo al tratar la victoria sobre el rey Poro, aun admitiendo que muchos consideran Jelalpur como el lugar por el que Alejandro cruzó el célebre río.
Pese a los valiosos servicios prestados al califato, la estrella de Qasim estaba a punto de apagarse: cuando Walid I quiso compartir su lecho con la hija mayor de Dahir, Suraj Devi, ésta le dijo que era indigna, pues Qasim las había deshonrado a ella y a su hermana. Transportado de ira, Walid escribió de su puño y letra que se le enviara dentro de un cuero crudo cosido. Al llegar la macabra caja a Damasco, Suraj Devi, vengado ya su padre y no pudiendo esperar más que el deshonor, confesó la falsedad de su acusación; ambas hermanas fueron emparedadas vivas o, en otra versión, arrastradas por caballos hasta la muerte por las calles de Damasco. Esta es la explicación de la muerte del joven conquistador que figura en el Chach Nama, y la encuentro en libros de Kishori Saran Lal, V. S. Naipaul y Jaswant Lal Mehta, sin embargo, Sir Henry Miers Elliot sostiene que es más fiable la historia que relata el persa Ahmad ibn Yahya al-Baladhuri (s. IX) en su Kitab Futuh al-Buldan (Libro de las Conquistas de Tierras): según él la muerte de Qasim se debió al resentimiento del califa Suleimán hacia Al-Hajjaj por haber intentado evitar su acceso al trono; muerto poco antes el gobernador de Irak, Suleimán se cebó en su familia: Qasim fue sustituido en la gobernación de Sindh y encarcelado en Wasit (Mesopotamia), a cargo de Salih, cuyo hermano Adam había sido asesinado junto a muchos correligionarios jariyíes (una secta musulmana que combatió a los Omeyas) por el terrible Al-Hajjaj. Como otros miembros de su familia, fue torturado hasta la muerte.

No quiero dejar de copiar una anécdota referida por Vidiadhar Surajprasad Naipaul en su Among the Believers: An Islamic Journey: «En septiembre de 1979, en el Día de la Defensa de Pakistán, se publicó un largo artículo en el Pakistan Times sobre Bin Qasim como estratega. La evaluación era militar, neutral, imparcial respecto a los soldados de ambos bandos; y suscitó un reproche del presidente de la Comisión Nacional de Investigación Histórica y Cultural:
“El empleo de una fraseología apropiada es necesario cuando se proyecta la imagen de un héroe. Expresiones tales como ‘invasor’ y ‘defensores’, o el ‘ejército indio’ que lucha bravamente pero no es lo bastante rápido para ‘abalanzarse sobre el enemigo que se retira’ dominan el artículo, que se estropea más con afirmaciones desequilibradas tales como: ‘Si Raja Dahar hubiera defendido el Indo heroicamente e impedido a Qasim cruzarlo, la Historia de este subcontinente podría haber sido muy diferente’. Uno no logra entender si el escritor está aplaudiendo la victoria del héroe o lamentando la derrota de su rival”».

El orientalista Edward Denison Ross (Islam) nos dice que, después de la desaparición de Qasim, los musulmanes en Sindh eran tan pocos que se fueron mezclando con los indios e incluso en Mansura (antes Brahmanabad) adoptaron su religión, si bien el poder siguió en manos de musulmanes, algunos de ellos príncipes indios convertidos.
En Multan y Mansura se establecieron principados virtualmente independientes en 871, con una vinculación sólo protocolaria al califato abasí. A principios del s. XI el califa de Baghdad tenía un poder meramente espiritual sobre dinastías surgidas entre los pueblos conquistados por los árabes. Una de ellas fue la Samánida, fundada a finales del s. IX por Isma’yl Saman, bisnieto de un terrateniente de la provincia de Balkh (el converso zoroastriano Saman-Khudat) y que se consideraba descendiente del general sasánida Bahram Chubin (s. VI). El Imperio Samánida se extendió por Transoxiana, Jorasán y buena parte de Afganistán, y constituía la frontera del islam con las tribus turcas paganas de Asia Central. Los turcos, llegados como esclavos y soldados a los reinos islámicos, asimilaron la lengua y la cultura irania e hicieron valer sus excelentes aptitudes militares para ascender en la sociedad. El historiador Satish Chandra nos habla en su Medieval India del espíritu ghazi (en árabe asalto, incursión) de los turcomanos islamizados que iban a luchar voluntariamente contra sus congéneres paganos de las estepas, y se refiere también a la institución del iqta, por la que se asignaba a un guerrero la potestad de recaudar impuestos en un distrito a cambio de la obligación de mantener cierto número de tropas; institución que favoreció el poder militar turco en Jorasán e Irán.
En el 961 Abd al-Malik ben Nuh, emir de Jorasán y Transoxiana, murió con apenas 17 años de una caída del caballo mientras jugaba al polo. La joven erudita Susan Wise Bauer refiere en The History of the Medieval Word que su comandante en jefe, el turco Alp-tigin, intentó forzar la elección de su propio hijo como emir en vez de apoyar al más cercano pariente de sangre de Abd al-Malik, su hermano Mansur. Fracasado su empeño, se retiró a Gazhni (en Zabulistán, al sudeste del imperio), que tomó por la fuerza y donde se estableció como un monarca semindependiente en el año que le quedaba de vida. Tras su muerte, su oficial esclavo Abu Mansur Sabuktigin convenció al heredero, Abu Ishaq, de que debían viajar al oeste, a la corte de Mansur I ben Nuh, para legitimar su posición a cambio de jurarle lealtad.
Sabuktigin había nacido hacia el 942 junto al inmenso Yssik Kul (lago de la actual Kirguistán). A los doce años fue capturado por una tribu turca rival y vendido en el mercado de esclavos de Bujara, capital de los samánidas. Su comprador fue el entonces oficial turco Alp-tigin. Unos años después de la temprana muerte de Abu Ishaq, Sabuktigin, que se había casado con la hija de Alp-tigin, accedió al poder en Ghazni y amplió sus posesiones hasta convertirlas en el Imperio Gaznávida. Ferishta lo hace descender del último emperador sasánida, Yazd-Jurd-i-Shahryar (Yazdgerd III), asesinado cuando huía de los invasores árabes, y cuya familia se había refugiado en el Turquestán. Una preciosa leyenda dice que, siendo aún siervo de Alp-tigin en Ghazni, se encontraba un día cazando en el bosque y vio un ciervo con su cría; espoleó a su caballo y se hizo con el cervato, pero cuando se marchaba con su presa sujeta a la montura, se volvió y advirtió que la madre les seguía con gemidos lastimeros; conmovido por su sufrimiento, dejó libre a su presa. Esa misma noche tuvo un sueño en el que se le apareció un ser celestial y le dijo: «La amabilidad y piedad que has mostrado hoy por un animal afligido ha complacido a Dios y, por tanto, ha sido determinado que un día serás rey de Ghazni, pero ten cuidado de que la grandeza no destruya tu virtud o te haga menos amable a los hombres de lo que has sido ahora con los animales».

El emir samánida Nuh II tuvo siempre en él un fiel aliado, al que recurrió cuando el gobernador de Jorasán, el ismaelita Abu Ali Simjuri, desafió su autoridad; y poco pudo hacer para frenar la formación de su imperio, pues estaba ocupado con los turcos Qarakhanidas, que habían empezado a cruzar el Oxus después de hacerse con las minas de plata del valle de Zarafshan; un proceso imparable que llevaría al ilek Nasr ibn 'Ali a tomar Bujara en el 999.
Leo en The Cambridge History of India, de Sir Wolseley Haig, que si bien los historiadores musulmanes presentan a Sabuktigin como un campeón de la Fe empeñado en propagar el islam, lo cierto es que nunca cruzó el Indo, y sus enfrentamientos con el vecino reino Hindu Shahiya (en el Punyab) se debieron a la expansión del pequeño territorio que heredó. El rajá Janjua Maharajadhiraj Jayapal (el «enemigo de Dios» en la crónica del contemporáneo Al-Utbi), que ya se había enfrentado al antecesor de Sabuktigin, avanzó hacia Ghazni para vengar las incursiones musulmanas en el territorio fronterizo de Lamghan (hoy los valles de Jalalabad y Kabul) e intentar frustrar el nacimiento del nuevo imperio. Los ejércitos se encontraron en el cerro de Ghuzak, pero los indios no estaban acostumbrados al duro tiempo de la montañosa región, y Jayapal tuvo que pedir la paz en términos que recoje Al-Utbi en su Tarikh-i-Yamini: «Has visto el ímpetu de los hindús y su indiferencia ante la muerte cuando alguna calamidad les ocurre, como ahora. Si, por tanto, rehúsas conceder la paz en la esperanza de obtener botín, tributo, elefantes y prisioneros, entonces no hay alternativa para nosotros salvo montar el caballo con determinación, destruir nuestra propiedad, sacarles los ojos a nuestros elefantes, echar a nuestros hijos en el fuego, y precipitarnos uno contra otro con espada y lanza, para que todo lo que te quede sea piedras y tierra, cadáveres y huesos desparramados». Al-Utbi refiere la superstición de que una corriente de agua de la que se surtían los indios causó la tormenta y el frío al arrojarse en ella carne de animal que la impurificó, lo que tal vez indique que Sabuktigin se valió de la treta de corromper el agua de los enemigos.
Aunque su primogénito Mahmud, entonces de quince años, le compelía a aplastar a los indios, Sabuktigin se conformó con imponer un tributo de dinero y elefantes y nombró oficiales para recogerlo, pero Jayapal, una vez en su capital, los apresó y se dispuso a volver a enfrentarse al gaznávida. Sobre la nueva batalla nos dice Al-Utbi que «el polvo que se levantó impidió ver a los ojos... Fue sólo cuando se disipó que se encontró que Jayapal había sido derrotado y sus tropas habían huido dejando tras de sí su propiedad, utensilios, armas, provisiones, elefantes y caballos».
Estas victorias les supusieron a los gaznávidas hacerse con el célebre Paso Khyber, en la cordillera Safēd Kōh, cerca del Hindu Kush. Considerado la entrada de la India, este paso de más de cincuenta kilómetros había sido utilizado por Darío I y Alejandro, y lo sería después por mogoles y afganos, además de ser parte de la antigua Ruta de la Seda.
En agosto del 997 murió Sabuktigin cerca de Balkh, habiendo nombrado sucesor en el lecho de muerte a su hijo Ismail por delante del mencionado Mahmud, que se encontraba entonces en Nyshapur. Ferishta escribe que la madre de Mahmud era de una familia noble de Zabulistán, mientras el poeta contemporáneo Ferdowsi lo hace hijo de una esclava en unos versos satíricos, y algunos historiadores consideran que se le pretirió en la sucesión por esta circunstancia. Sin embargo, el persa Ferdowsi quizá tenía motivos para estar resentido con él, pues según cronistas medievales posteriores no le había pagado lo prometido por su poema épico Shāhnāmeh (La Épica de los Reyes), sobre los reyes iranios preislámicos. Iniciado en tiempos de los persas samánidas y terminado treinta años después, cuando los gaznávidas, de origen turco, eran los nuevos amos del Jorasán, es probable que Mahmud no tuviera mucho interés en el poema, pero también lo es que las anécdotas sobre su mala relación con el autor sean apócrifas, como señala Richard Davis en su artículo dedicado al poeta en la enciclopedia Medieval Islamic Civilization. Se cuenta que Ferdowsi —un chií, a diferencia del suní Mahmud— se sintió tan decepcionado al ver que no se le pagaba lo acordado que repartió el dinero entre el portero del baño en que se encontraba, el esclavo que le había hecho la entrega y un vendedor ambulante; para después huir de Ghazni. Mahmud, finalmente, accedió a pagarle lo prometido, pero sus emisarios llegaron a la casa del anciano poeta en Tus cuando se celebraba su funeral. Para añadir más confusión a la leyenda, Ferdowsi en unos pasajes de la obra lamenta su vejez y pobreza, y en otros parece un hombre satisfecho con su suerte.

Ismail fue coronado con todas las ceremonias en el propio Balkh, y «para adquirir popularidad, abrió el tesoro, y distribuyó gran parte de la riqueza de su padre en presentes a la nobleza y en costosos espectáculos para el pueblo. También aumentó la paga de las tropas, y recompensó pequeños servicios con inusual profusión. Los soldados, sin embargo, se dieron cuenta de que esta generosidad surgía por temor a su hermano y, en consecuencia, plantearon sus demandas y llegaron a la rebeldía» (Ferishta, Tarikh). Mahmud le manifestó por carta su amor fraternal, al tiempo que lo conminaba a renunciar a una corona para la que —decía— no estaba preparado. Las armas decidieron en su favor cerca de Ghazni, y cuenta Ferishta que le preguntó a Ismail qué habría hecho con él de resultar vencedor, a lo que éste contestó que lo hubiera encerrado de por vida sin privarle de nada más. Así hizo Mahmud con su hermano en un fuerte de Jorjan.

Muchas crónicas indo-musulmanas comienzan su narración de la historia del islam en la India con Abdul Qasim Ibn Sabuktigin, conocido como Mahmud de Ghazni. Fue el primer gobernante musulmán en llevar el título de Sultán (del arameo shultana, poder, a través del árabe). El califa de Baghdad, Al-Qadir Bi-llah, lo reconoció como gobernante de Afganistán y Jorasán, le envió el honorífico khilat (toga), y le otorgó los títulos de Amin ul Millat (Protector de los Musulmanes) y Yamin ud Daulah (Mano Derecha del Imperio), título éste que dio otro nombre a la dinastía: Yamini. En su investidura prometió al plenipotenciario del Califa que haría la jihad a los kafirs (infieles) y organizaría anualmente expediciones contra la «tierra de los idólatras» (la India). En treinta y tres años de reinado condujo diecisiete campañas en el subcontinente: partía de Ghazni al final de la estación lluviosa india (en septiembre u octubre) y pasaba en la India un invierno para él casi cálido; para volver a Ghazni en marzo o abril, antes del comienzo de las lluvias. El 27 de noviembre del 1001, tras cruzar el Khyber, derrotó y capturó cerca de Peshawar al hindushahi Jayapal; quince mil cadáveres del ejército vencido «desplegaban como una alfombra sobre la tierra… Comida para bestias y aves de presa», escribe Al-Utbi, secretario de Mahmud. El príncipe Anandpal tuvo que entregar 250 000 dinares y 150 elefantes para rescatar a su padre y otros parientes. A Jayapal no se le ahorró la humillación de ser expuesto en un mercado de esclavos, probablemente para forzar el pago de su rescate. Más tarde, y siguiendo una tradición Rajput, se inmoló en las llamas de una pira funeraria.
Antes de enfrentarse con el ahora entronizado Anandpal, Mahmud se dirigió contra el gobernador qarmatia (un subgrupo del ismaelismo) de Multan, Abdul Fateh Daud, que a su condición de hereje unía sus tratos con aquél. Además de ser obligado a pagar tributo, tuvo que comprometerse a seguir la doctrina suní; pero, cinco años después, la vuelta a sus prácticas heréticas supuso el retorno de los gaznávidas y la matanza de miles de sectarios. Daud fue encerrado en la fortaleza de Ghorak de por vida.
Después de su primera expedición a Multan, una incursión de los Qarakhanidas en Jorasán tuvo ocupado a Mahmud alrededor de dos años, ausencia que aprovechó el converso Nawasa Shah —antes llamado Sukhpal (o Sevakpal), un nieto de Jayapal capturado en la batalla de Peshawar— para recuperar su fe prístina y comenzar a actuar como gobernante independiente en los territorios indios conquistados, a cuyo cargo estaba. Mahmud se dirigió contra él y lo apresó cuando intentaba huir a las montañas de Cachemira. En el Zayn al-Akhbar del persa Abu Said Gardezi (s. XI) se lee que murió en prisión en vida de Mahmud, pero Muhammad Nazim, en su elogiado The Life and Times of Sultan Mahmud of Ghazna (1931), afirma que lo sobrevivió (tras pasar muchos años entre rejas, por lo tanto) y logró escapar a Cachemira, donde formó una confederación de caciques de las montañas, para morir cuando intentaba tomar Lahore, entonces parte del imperio gaznávida.
Unos diez años después de su ascenso al trono, Mahmud se enfrentó a Anandpal a orillas del Indo. El hindushahi conminó a otros príncipes a unir fuerzas contra el invasor, y entre la gente del norte de la India se suscitó un gran entusiasmo que llevó a las mujeres a vender sus ornamentos o trabajar duro en sus ruecas para contribuir al esfuerzo bélico. En el momento decisivo de la batalla, cuando 30 000 khokhars (un pueblo punyabí) habían penetrado en las líneas enemigas y matado «en pocos minutos a tres o cuatro mil musulmanes» (Ferishta), el elefante que montaba Anandpal se asustó por las balas de nafta y el vuelo de las flechas, y su desbandada desconcertó a los combatientes indios, que la consideraron una retirada y abandonaron la lucha. Mahmud se dirigió inmediatamente a Nagarkot y saqueó su templo, cuyas riquezas, nunca vistas por las gentes del Asia Central, expuso en los jardines de Ghazni durante muchas semanas. Como señala Jaswant Lal Mehta (Advanced Study in the History of Medieval India), el botín de Nagarkot proporcionó una pista de la riqueza acumulada durante siglos en los santuarios indios.

Me extendería mucho si relatara todas las campañas de Mahmud. A quienes quieran profundizar en el tema les sugiero la lectura del fascinante The History of India, as Told by Its Own Historians. The Muhammadan Period, de Sir Henry Miers Elliot, una auténtica delicia para los amantes de la Historia.
No obstante, no puedo dejar de referirme a su más famosa expedición, la dirigida contra el templo de Somnath, en la península de Kathiawar (Guyarat), que le valió convertirse en una leyenda en todo el mundo islámico. El Kamilu-t Tawarikh de Ibn Asir (s. XII) es la principal fuente de información que tenemos de este hecho: en el se lee que el ídolo de Somnath era el más grande de la India y que todos los días lo lavaban con agua traída del Ganges, «a unas 200 parasangas» (una parasanga equivale a unos 5 km). Mil brahmanes se ocupaban de llevar a cabo la adoración del ídolo y de introducir a los visitantes; trescientas personas estaban empleadas en rasurar las cabezas y las barbas de los peregrinos; quinientas devadasis (bailarinas y cantantes) actuaban en la entrada del templo. «Cuando Mahmud fue obteniendo victorias y derribando ídolos en la India, los hinduistas dijeron que Somnath estaba disgustado con esos ídolos, y que si él hubiera estado satisfecho con ellos, nadie podría haberlos destruido u ofendido».
El sultán gaznávida llegó a Somnath en enero de 1026, tras atravesar el desierto de Thar con entre sesenta y ochenta mil hombres. Después de tres días de lucha, entró en la ciudad sobre los cadáveres de cincuenta mil defensores, muchos llegados de fuera para proteger el sagrado santuario. Los habitantes fueron pasados a cuchillo, y en el templo Mahmud ordenó destruir el linga (representación) de Shiva, un bloque de piedra; dos fragmentos fueron eviados a Ghazni para ser colocados en el umbral de la gran mezquita y en una puerta del palacio, donde Ferishta nos dice que aún podían verse 600 años después. La destrucción del ídolo en Somnath es un hecho tan significativo que la historia ha sido embellecida con circunstancias que no mencionan los primeros autores que se ocuparon de ella: el propio Ferishta refiere que los sacerdotes ofrecieron a Mahmud una gran cantidad de dinero si renunciaba a romperlo, a lo que éste habría respondido que prefería ser recordado como un butshikan (rompedor de ídolos) que como un but-farosh (vendedor de ídolos).
Mahmud se retiró dos semanas después, tras incendiar el templo y arrasarlo hasta los cimientos. En el largo camino de vuelta los profanadores encontraron su némesis: el desierto de Sind se convirtió en la tumba de muchos de ellos; se dice que Mahmud sospechó de un guía indio y lo sometió a tortura para averiguar que era, en realidad, un sacerdote de Somnath.

Pese a sus éxitos en el campo de batalla, Mahmud no extendió su imperio más allá de consolidar la posesión de Afganistán y anexionar la mayor parte del Punyab. Sus campañas se dirigían contra grandes ciudades y ricos templos, y Jaswant Lal Mehta le ha podido dedicar una frase lapidaria: «Fue un hombre codicioso que vivió para el dinero y murió por él». Sólo una vez soñó con forjar un gran imperio en la India: tras entrar en Anhilwara (1026), a la vuelta de Somnath, se sintió tan fascinado con lo agradable del clima, la riqueza de la gente y la fertilidad del suelo de Guyarat que compartió con sus lugartenientes su deseo de quedarse allí, pero estos y los soldados lo apremiaron a regresar cuanto antes a Ghazni.
De las enormes riquezas que extrajo del norte de la India da una idea el sorprendente hecho —referido por Kishori Saran Lal en The Legacy of Muslim Rule in India— de que no se han encontrado monedas (dramma) de Jayapal, Anandpal o su sucesor Trichonapal. Como cabe suponer, Ghazni fue embellecida con palacios, mezquitas y jardines, y Mahmud la dotó con una biblioteca, una universidad y un museo que albergó sus trofeos de guerra; además, muchos célebres eruditos, poetas y artistas desarrollaron su labor allí bajo su patronazgo; sin embargo, no se formaron instituciones socio-culturales o políticas de naturaleza duradera, su régimen fue una mera dictadura militar, incluso para las convenciones de la época; baste mencionar el destino de Abul Abbas Fasih Ahmad bin Isfarieni, el capaz visir de su padre: al llegar al poder, Mahmud confirmó en su puesto a este hombre ascendido por su valía desde un humilde puesto en la administración, pero, dos años después, una diferencia sobre la posesión de un esclavo turco lo llevó a destituirlo y a permitir que sus enemigos de la nobleza lo torturaran hasta la muerte.
En cuanto al norte de la India, voy a citar de nuevo a Jaswant Lal Mehta: «Los ciudadanos fueron masacrados a sangre fría por los asaltantes, que se llevaron a miles de ellos como esclavos para ser vendidos en los mercados de Baghdad, Samarcanda y Bujara. Prósperas ciudades fueron arrasadas, espléndidos templos fueron profanados y saqueados, y centenarios edificios de valor artístico, arquitectónico y cultural quedaron arruinados. Hábitats enteros resultaron arrasados hasta el suelo, y millones de personas perdieron su hogar y quedaron desamparadas en su propio país. Muchos fueron convertidos a la fuerza al islam. Mucho después de la partida de Mahmud, el norte de la India debe de haber presentado el aspecto de un vasto campo de refugiados».
***

La canción de hoy está cantada en punyabí y pertenece a la película «Aryan» (2006). La cinta toma su nombre del protagonista, un boxeador aficionado (interpretado por Sohail Khan) que sueña con ganar el campeonato nacional. Su novia Neha (en la piel de la omaní de origen indio Sneha Ullal, que es clavada a Aishwarya Rai, por cierto) lo apoya, pero pasa el tiempo, Aryan renuncia al boxeo, se convierte en comentarista deportivo, y la pareja tiene un hijo. Pese a todo, él no es feliz. Cuando le ofrecen la oportunidad de volver al cuadrilátero, acepta, pero Neha lo abandona…

Janeman, en las voces de Shreya Ghoshal y Sonu Nigam

sajan ghar aana tha
Quería llegar a casa del amado
sajan ghar aaye hai
y he llegado
sajan ghar aana tha
sajan ghar aaye hai
piya mann bhana tha

Quería complacer su corazón
piya mann bhaaye hai
y lo he complacido
har khushi hai ab tumhari
Toda la felicidad es ahora tuya
mujhe de do gam
Dame a mí el dolor
jaaneman jaaneman
Cariño, cariño

sajan ghar aana tha
Querías llegar a casa del amado
sajan ghar aaye tum
y has llegado
piya mann bhana tha
Querías complacer su corazón
piya mann bhaaye tum
y lo has complacido
har khushi hai ab tumhari
Toda la felicidad es ahora tuya
mujhe de do gam
Dame a mí el dolor
jaaneman jaaneman - 2

zindagi mein aaye tum chaahaton ke raste

Llegaste a mi vida por el camino del amor
kaash yeh raste sanam kat jaaye haste haste
Ojalá este camino, cariño, transcurra con sonrisas
sone dildara tere pyar to main vaariyaan
Dulce amada, por tu amor yo daré mi vida
meri ya duvaawa tainu lag jaave saariyaan
Todas mis oraciones son sólo por ti
chaand ho tum chaandani se bheega jaaye mann
Eres la luna y tu luz empapa mi corazón
jaaneman jaaneman

khwaabon ke iss ghar ki khair kare o rabba

Cuida de esta casa de sueños, ¡oh, Señor!
duur talai kalash aur bair kare o rabba
Manten lejos los problemas y la enemistad, ¡oh, Señor!
naaz se bade maine kari hai tayyariya
La he preparado con orgullo
din raat pyar diya nazara utaariya
Noche y día rogué protección para nuestro amor
yeh mohabbat hai ibaadat kabhi ho na kam
Este amor es una devoción que nunca disminuirá
jaaneman jaaneman
Cariño, cariño

aaghosh mein meri zulf sanwari teri
Ven a mis brazos, acariciaré tus cabellos…
chahat ke rangon se main maang saja du teri
y los llenaré con el color del amor
maahiya ve aaj mainu aaive kyon ve lagda
Cariño, ¿por qué siento hoy así?
aashiq je sachha hove roop honda rab ka
El amado que es auténtico es una imagen del Señor
ham yahaan hai tum yahaan ho hone do milan
Yo estoy aquí y tú estás aquí, vamos a estar juntos entonces
jaaneman jaaneman


Ultima edición por momper el Dom Ago 18, 2013 9:11 pm; editado 1 vez
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momper



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MensajePublicado: Jue Ago 02, 2012 2:10 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«—Escucha, Chacha, lo que Mamun-bhai me estaba diciendo: que un hombre sensato como Shakhawat Hossain debe darse cuenta de que Fatima Jinnah es otra Razia Sultana.
—¿Quién diablos es ésa?
Altaaf se volvió a Mamun. Éste era su momento. Aclaró su garganta y comenzó: “Tú eres el editor de un periódico. La gente aprendería de él que una vez una mujer musulmana ascendió al trono de Delhi. Ella no fue sólo una capaz administradora, sino que solía conducir al ejército a la batalla. El historiador Minhazuddin dice que, a pesar de ser una mujer, estuvo a la altura del más grande de los reyes, en administrar justicia, en fomentar la educación, en su habilidad en la guerra”.
Los ojos de Hossain Saheb se abrieron mucho. “¿Realmente —preguntó con genuina sorpresa— existió tal persona? ¿Una mujer? ¿Una musulmana?”.
—En 1236, Razia, la hija del sultán Iltumis, ascendió al trono de Delhi. Derrotó al despreciable Ruknuddin y…
Altaaf lo interrumpió. “Nuestro Ayub es Ruknuddin, ¿me sigues, Chacha? Razia estaba soltera, como Fatima Jinnah. Ningún periódico se ha centrado en estas cuestiones. Si somos los primeros en publicarlo… Ya ves por qué Mamun-bhai me dijo: No tenemos que convencer a un hombre prudente como tu Chacha”.
Hossain Saheb dio un puñetazo en la mesa. “Por supuesto, estaba sólo poniéndote a prueba. Como si no supiera de Razia. Ésta es su nueva encarnación. ¡Debes de tener grandes titulares! ¡Fatima Jinnah es otra Razia Sultana!”».
Sunil Gangopadhyay, Purbo-Paschim (Este-Oeste)

«”Fue una mujer asombrosa, una brillante administradora, una gloriosa luchadora”. Casi con timidez, añadió: “Si alguna vez tengo una hija, la llamaré Razia”».
Kamila Shamsie, Burnt Shadows

Qutb-ud-din Aibek, fundador del Sultanato de Delhi tras la desmembración del imperio Ghurida, murió en Lahore en 1210 mientras jugaba un partido de chaugan (una especie de polo) al clavársele la perilla de la silla en una caída de su caballo. Llevaba sólo cuatro años en el trono. Los emires turcos designaron en la propia Lahore como sucesor a Aram Shah, cuya relación con Aibek se ha discutido sin mucho fundamento: el cronista Minhaj al-Siraj Juzjani, que escribió mediado ese siglo, lo identifica como su hijo en el título de un capítulo de su Tabaqat-i-Nasiri, aunque también dice que tenía tres hijas, lo que llevó a Henry George Raverty (uno de sus traductores en el s. XIX) a pensar que eran sus únicas descendientes, y Aram quizá su hijo adoptivo; Abu’l Fazl (s. XVI) piensa que era su hermano. Como quiera que sea, pronto se hizo manifiesta su incompetencia e impopularidad, y ese mismo año los nobles turcos de Delhi elevaron al trono al gobernador del distrito de Badaun, Shams-ud-din Iltutmish. El conflicto se resolvió con la victoria de éste en Bagh-i Jud y la desaparición de Aram Shah (no se sabe si muerto en combate o asesinado una vez preso).

La vida de Iltutmish tiene muchos puntos en común con la del propio Aibek, y es tan novelesca que uno no puede evitar pensar en la película que el Hollywood del star-system podía haber hecho con ella. Nacido en una familia noble de la tribu Ilbari, en el Turquestán, su belleza e inteligencia eran tan notables ya de niño que sus hermanastros, por celos, lo vendieron con engaño a un tratante de esclavos, que lo revendió a su vez en Bujara al sadr-i-jahan (jefe de magistrados) de la ciudad. En esa casa recibió una esmerada educación, y aquí debo señalar con el medievalista Khaliq Ahmad Nizami que los niños esclavos de más cualidades podían ser formados para el servicio de reyes y gobernadores, y con este objeto incluso eran educados con los propios hijos del dueño. Tiempo después lo encontramos en Ghazni, donde el sultán Muhammad Ghori ofreció mil dinares de oro por él y, al ser rechazada la oferta por su entonces propietario, prohibió que nadie lo comprara. Tres años después estaban de vuelta en Ghazni y esta vez Aibek —esclavo a su vez del sultán y comandante de sus fuerzas en la India— oyó hablar de él y solicitó con éxito poder adquirirlo. Iltutmish pronto fue hecho sar-i-jandar (jefe de la guardia personal de Aibek) y más tarde se le nombró amir-i-shikar (maestro de caza); su carrera continuó como gobernador, sucesivamente, de los iqtas de Gwalior, Baran y Badaun. Al llegar al poder se convirtió, de hecho, en el primer sultán de Delhi, pues le concedió la capitalidad que había ostentado Lahore. Para consolidar su posición se casó con una de las hijas de Aibek, y le mostró al qazi Wajih-ud-din, que se oponía a su ascenso por su condición de esclavo, la carta de manumisión emitida en su día por orden del último sultán ghurida, Muhammad Ghori (que lo recompensó así por el valor con que lo había visto combatir a las tribus Khokhar del Punyab), un hecho cuya auténtica significación se advierte al pensar en que no concedió ese honor ni siquiera a sus principales generales, como Aibek.

Quiero referir aquí una anécdota que nos cuenta el citado Juzjani; en cierta ocasión un cortesano le mencionó a Muhammad Ghori la falta de herederos, a lo que éste contestó: «Otros monarcas pueden tener uno o dos hijos, yo tengo muchos miles, a saber, mis esclavos turcos, que serán los herederos de mis dominios y que, después de mí, se ocuparán de preservar mi nombre en el Khutbah (oración del viernes) a lo largo de esos territorios». Aibek comenzó su reinado identificándose como malik (rey) y sipahasalar (generalísimo), títulos que le había otorgado tiempo atrás el sultán ghurida, y acuñó monedas y ordenó que se leyese el Khutbah en nombre del sobrino y sucesor de éste, Ghiyath al-Din Mahmud (Ghiasuddin Mahmud), que lo recompensó enviándole el ceremonial chhatri (parasol) y supuestamente concediéndole el título de sultán, algo que, como se ha dicho, no tiene confirmación numismática. En cambio, Taj-ud-din Yaldoz, otro general esclavo de los ghuridas, se hizo con el poder en Ghazni en detrimento de los derechos del citado Ghiyath al-Din Mahmud, que conservó Ghor, cuna de la dinastía, y mantuvo su imperio con capital en Firuzkuh sólo hasta 1215. Yaldoz, tras la oportuna muerte de Aibek, le envió a Iltutmish los símbolos de su soberanía sobre él: el chhatri y el durbash (bastón ceremonial). Iltutmish se tragó el insulto a la espera de tiempos mejores. En su primera inscripción, de octubre del 1211, se le nombra malik y no sultán. Apenas cuatro años después, Yaldoz fue expulsado de Ghazni por Alauddin Muhammad, shah de Corasmia (o Jorasmia), grosso modo entre los mares Caspio, de Aral (qué tiempos) y Arábigo. Queriendo rehacer su posición, le tomó Lahore al también antiguo general ghurida Nasir al-Din Qubacha (otro ghulam, esclavo) y se hizo con el Punyab, tras lo cual reclamó su derecho sobre las conquistas en el Indostán como oficial ghurida de más edad. El 25 de enero de 1216 fue derrotado por Iltutmish en el campo de batalla de Tarain, donde más de veinte años antes se les había abierto la puerta de Delhi a los ghuridas. Encarcelado en Badaun, poco después fue ejecutado. Iltutmish fue entonces a por Nasir al-Din Qubacha, que había vuelto a ocupar Lahore. Lo derrotó en Mansura, a orillas del Chenab (1217), pero Qubacha escapó con vida y mantuvo su soberanía sobre Sind hasta 1228, cuando, huyendo de las tropas de aquél, se ahogó en el Indo (según un relato, se suicidó).

Nos dice Jaswant Lal Mehta en su Advanced Study in the History of Medieval India que hacia 1220-21 Iltutmish recibió noticias alarmantes sobre los mongoles, hordas de nómadas salidos de las tierras altas de Tartaria que, después de hacerse con el norte de China, habían vuelto sus ojos a Asia Central, a causa de que el shah de Corasmia hizo ejecutar a unos mercaderes mongoles que portaban un salvoconducto del propio Gengis Kan. Mientras el shah, tras un encontronazo con la avanzada de los invasores, se refugiaba en el Caspio, el príncipe heredero Jalauddin Mankbarni entró en el valle del Indo y pidió ayuda a Iltutmish. Éste, que no quería implicarse en los asuntos de Asia Central, ejecutó al enviado y contestó a Jalauddin que «aunque no tenía ninguna objeción en darle refugio, temía que el clima de la India no le conviniera». No interesan aquí las andanzas de Jalauddin, que lo llevaron a casarse con una princesa Khokhar de la Cordillera de la Sal, en el Punyab, y a enfrentarse con éxito a Qubacha antes de volver a Jorasán en 1224. Lo mongoles, después de derrotarlo a orillas del Indo en 1221, merodearon tres meses por allí, pero en esta encrucijada de la Historia «el abrasador calor del verano indio no fue de su gusto, y volvieron sobre sus pasos a Asia Central» (Jaswant Lal Mehta).

En febrero de 1229 un enviado del califa abasí Al-Mustansir Billah llegó a Delhi para conferirle a Iltutmish los títulos de Sultan-i-Azam (gran sultán) del Indostán y nasir amir ul momnin (asistente del líder de los fieles), con lo que se consagrababa la ruptura del sultanato con Ghazni: «Cuando Su Majestad volvió de ese fuerte, el autor también vino a Delhi… con el victorioso ejército de ese invencible rey, y alcanzó la ciudad en el mes de Ramazan AH 625 (agosto 1228). En este tiempo, mensajeros que traían espléndidas ropas ceremoniales desde la sede del Califato alcanzaron las fronteras de Nagore, y un lunes, el segundo del Rabiulawwal AH 626 (febrero 1229), llegaron a la capital, y la ciudad fue adornada con motivo de su presencia. El rey y sus principales nobles y sus hijos y otra nobleza y sirvientes fueron todos honrados con vestiduras enviadas desde la metrópoli del Islam» (Minhaj al-Siraj Juzjani, Tabaqat-i-Nasiri).
Cuando los enviados de Bagdad estuvieron en Delhi, se estaba levantando a varios kilómetros el alminar más alto del mundo, el Qutab Minar, que llegaría a alcanzar los 72,5 m que tiene ahora. A sus pies, la Quwwat-ul-Islam-Masjid es la primera mezquita construida en la India. Una inscripción en su puerta este informa de que se construyó con los materiales obtenidos de demoler «27 templos idolátricos». Quizá como venganza por tamaña barbarie, en 1947 el Organiser, semanario de la discutida Rashtriya Swayamsevak Sangh (una organización nacionalista india), publicó que el Qutab Minar no fue empezado a construir por Qutb-ud-din Aibek, sino que es obra del último rey hinduista de Delhi, Prithvi Raj Chauhan, que lo erigió con el nombre de Vijay Stambh (torre de la victoria) para que su hija Bela pudiera ver desde su cima el río Yamuna. «La atribución de la magnífica torre Qutab a Prithvi Raj Chauhan no es sólo una reafirmación del pasado hinduista preislámico de Delhi, sino también la apropiación de uno de los edificios más preciados y estéticamente celebrados de la nación como un monumento hinduista» (Mrinalini Rajagopalan, cap. 10, Reuse Value). La controversia no ha cesado y el propio Organiser publicó en 1954 otro artículo (Who built Qutb Minar?) en el que su construcción se remontaba a los tiempos de Visaldev (abuelo de Prithviraj) y se analizaban cuestiones que abundaban en la polémica, como que su posición respecto a la mezquita no sea la ortodoxa. Lo que nadie parece poner en duda es que lo construyeron artesanos locales, lo cual puede explicar algunas objeciones que se han hecho a su origen islámico.
Toma su nombre, probablemente, de Qutb-ud-din Aibek, aunque algunos historiadores lo relacionan con el santo Qutbuddin Bakhtiar Kaki, nacido en el Valle de Fergana, en Transoxiana, y que propagó el sufismo en Delhi en tiempos de Iltutmish.
El sufismo, como es sabido, representa la dimensión mística del islam y es, con diferencia, la modalidad religiosa preferida por los musulmanes surasiáticos. En su «Índika. Una descolonización intelectual», Agustín Pániker nos dice que «el hecho de que los sufíes hallaran un terreno tan propicio en la India se debe en buena medida a su sintonía con las formas y prácticas hindúes. […]
»Las órdenes sufíes siempre están abiertas a quienes no son musulmanes. A diferencia de la mezquita, que es un espacio cerrado, exclusivamente musulmán, el santuario sufí es un espacio público y abierto. Mientras que la mezquita cae bajo la jurisdicción de los ulemas, los santuarios están en manos de los pîrs (preceptores similares a los gurús hinduistas). Son ellos los verdaderos intercesores entre los devotos y Dios. Ya pueden balbucear los integristas islámicos de hoy lo que quieran, que los devotos acudirán a la tumba del santo sufí para pedir su mediación favorable ante Alá.

»La comunicación con Dios puede tomar la forma de una simple plegaria, o de largas invocaciones, incluso conversaciones íntimas. La práctica más habitual consiste en la repetición constante (dhikr) del nombre divino. Esta práctica meditativa, ya recomendada en el Corán, es muy parecida a la de ciertos yogas tántricos, a las invocaciones del sijismo o a la simple recitación de mantras del hinduismo. Prácticas como el uso de amuletos (ta’wîdh), la postración ante el maestro, la creencia en la astrología o la peregrinación y veneración de las tumbas de los santos (ziyârat), todas ellas tomadas de los hindúes y un tanto heterodoxas desde el punto de vista de un islam literal, eran y son importantes entre los sufíes y el grueso de la comunidad islámica índica».
Iltutmish, un ortodoxo suní que persiguió a los ismaelitas, «buscó la legitimidad más en los sufíes que en los ulemas».

El periodo que siguió a su muerte en Delhi en 1236, después de veinticinco años de reinado, se conoce como «El gobierno de los Cuarenta». Iltutmish quiso rodearse de una elite que le debiera todo a él e hizo iqtadars (gobernadores) o ministros a sus oficiales esclavos. El nombre de «los Cuarenta» (chalisa o chihalgani) se debe al historiador del siglo siguiente Ziauddin Barani, que nos habla del fuerte orgullo que impregnó a estos hombres: «Ninguno de ellos hubiera hecho una reverencia o se hubiera sometido a otro, y en la distribución de territorios, fuerzas, oficios y honores buscaron la igualdad con los demás». En la política islámica no hubo una ley establecida sobre la sucesión, el propio Iltutmish se había valido de la norma no escrita de encumbrar al más apto; sin embargo, quiso convertir en hereditario el Sultanato de Delhi, en contra de los deseos de la nobleza que él mismo había creado. Nos dice Jaswant Lal Mehta que «los Cuarenta» jugaron en los años siguientes el papel de «hacedores de reyes». Para complicar la situación, el primogénito de Iltutmish, el capaz Nasiruddin Mahmud, había muerto prematuramente en 1229 en Bengala, donde ejercía de gobernador. No teniendo un buen concepto de su segundo hijo, Ruknuddin Firoze, que llevaba una vida licenciosa, Iltutmish deseó dejar el trono a su hija Razia (tenida con Turkman Khatun). Minhaj al-Siraj Juzjani, cadí en el Uch de Qubacha antes de ocupar los puestos de cadí y sadr-i-jahan en el Delhi de Iltutmish, escribe en su Tabaqat-i-Nasiri:

«En el tiempo de su padre, ella había ejercido la autoridad con gran dignidad. Su madre fue la esposa principal de Su Majestad, y ella residía en el principal palacio real, el Kushk-Firozi. El Sultán percibió en su semblante las señales del poder y el valor, y, aunque ella era una muchacha y vivía en retiro, cuando el Sultán volvió de la conquista de Gwalior ordenó a su secretario, Tajul Malik Mahmud, poner su nombre por escrito como heredera del reino y sucesora al trono. Antes de que este firmán fuera cumplido, los servidores del Estado que trabajaban directamente con Su Majestad le representaron que, viendo que el rey tenía hijos crecidos que eran merecedores de la dignidad, qué sabiduría podía haber en hacer a una mujer heredera de un trono musulmán y qué ventaja podía venir de ello. Le rogaron que los tranquilizase, pues el camino que había propuesto parecía muy inconveniente. El rey respondió: “Mis hijos están dedicados a los placeres de la juventud, y ninguno de ellos está preparado para ser rey. No están capacitados para gobernar el país, y después de mi muerte encontraréis que no hay nadie más competente para guiar el Estado que mi hija". Más tarde se aceptó de común acuerdo que el rey había juzgado sabiamente».

Más tarde, ya que en un primer momento Razia fue preterida por los nobles en favor de Ruknuddin, cuya negligencia («estaba enteramente esclavizado por la disipación y el libertinaje», escribió Juzjani) supuso el acceso al poder también de su madre, la reina viuda Shah Turkan. La otrora sirvienta de Iltutmish debió de acumular cierto resentimiento en su ascenso a lo más alto, pues se afirma que hizo asesinar a algunas de las mujeres del harén, mientras a otras les retiró la asignación. A un joven hijo de Iltutmish llamado Qutubddin lo hizo cegar para después ejecutarlo con endebles acusaciones, y a Razia la intentó envenenar.

Pronto quienes habían sido llamados los nobles shamsi —por Shams-ud-din Iltutmish— se alzaron contra Delhi desde las provincias. Execrado por la gente por su incompetencia, Ruknuddin tuvo que salir al encuentro de los rebeldes. «Bajo estas circunstancias, Razia reunió coraje para enfrentarse al pueblo y evitar que la marea se volviera contra toda la familia de su ilustre padre» (Jaswant Lal Mehta). Vestida de rojo (Iltutmish había establecido que quien se sintiera oprimido llevara ropa teñida) acudió a la Jama Masjid un viernes y se dirigió a la multitud para pedir protección por el cruel trato que recibía de Shah Turkan y recordar que el trono debería haber sido para ella. Finalmente, prometió abdicar y hacer frente incluso a la pena de muerte si no cumplía las expectativas que tenían sobre ella. La muchedumbre, completamente entregada a la joven, asaltó el palacio real y asesinó a Shah Turkan. Ruknuddin volvió apresuradamente, pero sólo para ser encarcelado y, poco después (a finales de 1236, tras seis meses de reinado), asesinado, probablemente por órdenes de Razia, que subió al trono como Sultan Raziat al-Dunia wa’l Din bint al-Sultan… «bendecida por el mundo terrenal y por la fe». (Aquí hay que advertir que lo propio es llamarla sultán, y no sultana, que en rigor es la mujer de éste). La revuelta popular acalló en un principio a quienes deploraban el quebrantamiento de la tradición islámica, que desde luego no contempla el gobierno de una mujer: pese al descontento de los ulemas y de buena parte de la nobleza, se leyó el khutba y se acuñaron monedas en su nombre. «El hombre con criterio no podía encontrar ningún defecto en ella, excepto el haber sido creada con forma de mujer» (Ferishta, Tarikh). Cuatro gobernadores provinciales en torno al visir, el tayiko Nizamul-Mulk Junaidi, acamparon frente a Delhi con sus fuerzas, pero Razia, pese a lo precario de su situación, salió a su encuentro y tras ganarse a dos de ellos hizo saber a los demás que pronto serían conducidos a Delhi encadenados. La facción se deshizo, y Nizamul-Mulk Junaidi murió como un fugitivo en las montañas Sirmur.

Razia dejó a un lado la ropa femenina, se cortó el pelo y se vistió con la túnica y el tocado de los hombres. Desechó el purdah (práctica de ocultar a las mujeres de los hombres que no sean de la familia) y aparecía en público montada en un elefante y sin velo. «Esto debe de haber conducido a murmuraciones entre los sectores ortodoxos, pero no hubo pública oposición a ello porque ella tenía el apoyo de la gente de Delhi» (Satish Chandra, Medieval India). Quizá queriendo reducir el poder de la nobleza de origen turco, Razia concedió altos cargos a personas de otras etnias. Una de ellas fue el antiguo esclavo habshi (abisinio) Jamal-ud-Din Yakut, a quien hizo amir-akhur (superintendente de los establos). Yakut ya había desempeñado cargos en la corte con Iltutmish y Ruknuddin, pero ahora, entre los rumores que se propagaron para desacreditar a Razia, estaba el de que promovía a este hombre porque tenía una relación ilícita con él. Minhaj al-Siraj Juzjani habla de la «familiaridad» existente entre ellos, «tanta que, cuando ella quería montar, él la alzaba al caballo cogiéndola por debajo de los hombros».
La ejecución del gobernador de Gwalior después de ser llamado a la corte por sospechas de rebeldía (1238) consternó a los nobles shamsi, para quienes Razia había comenzado a organizar «asesinatos políticos por una mera sospecha». Su inmensa popularidad entre los habitantes de Delhi hizo ver a quienes conspiraban contra ella que debían sacarla de la capital para intentar derrocarla. Se produjeron varias revueltas en provincias. Fue a Lahore para sofocar en persona la de su gobernador, pero no tuvo suerte quince días después con el alzamiento de Malik Altunia, gobernador de Bathinda (en el Punyab) y amigo de la infancia. De nuevo Razia condujo en persona su ejército, pero esta vez fue derrotada y apresada. Yakut, capturado en el campamento real en medio de la batalla, fue asesinado por los conspiradores. Los cómplices en Delhi alzaron al trono al hermano pequeño de Razia, Behram, poniendo fin así a los poco más de tres años de reinado de ésta, pero a la hora de repartirse las prebendas olvidaron al lejano Altunia, que, disgustado, volvió los ojos a su joven prisionera. Su matrimonio, su marcha a Delhi para intentar reconquistar el poder, y su derrota y muerte tras el abandono de muchos de sus soldados son descritos por Satish Chandra como «un romántico paréntesis que nunca tuvo muchas posibilidades de éxito».
Jaswant Lal Mehta escribe que «lucharon heroicamente con el enemigo cerca de Kaithal, pero fueron derrotados y hechos prisioneros el 13 de octubre de 1240, ambos fueron decapitados al día siguiente». En otros libros encuentro el dato de que quienes los asesinaron fueron dacoits (bandidos), una afortunada circunstancia, quizá (pienso) una adulteración del momento destinada a enmascarar el asesinato de la legítima soberana, de quien Juzjani pudo escribir que «fue una gran monarca, sabia, justa, generosa, benefactora para su reino, una dispensadora de equidad, la protectora de su pueblo y capitán de sus ejércitos». Ibn Battuta contó un siglo después en su Rhila (periplo) que ella huyó del campo de batalla y, encontrándose sedienta y cansada, le pidió a un labrador algo de comer. Tras saciar su hambre con un pedazo de pan, cayó dormida, y entonces el campesino advirtió que debajo de su ropa de hombre llevaba un vestido tachonado con joyas. Se dio cuenta de que era una mujer y la mató para robarle; ahuyentó su caballo y luego enterró el cuerpo en su campo. La terrible historia acaba de un modo edificante: el campesino acude al mercado a vender una de las prendas, pero la gente sospecha y lo lleva al shihna (una especie de policía), a quien le confiesa su crimen y dónde está enterrado el cuerpo. Éste fue desenterrado, lavado, envuelto en un sudario y enterrado allí de nuevo. Ibn Battuta nos dice que en su tiempo la gente la había convertido en una santa: «Una cúpula fue construida sobre su tumba que es hoy en día visitada para obtener bendiciones». La tumba de Razia en Siwan, cerca de Kaithal, ha tenido que competir con otra situada en Delhi, junto a la del santo sufí Baba Turkman Bayabani, en lo que en el siglo XII era parte de la jungla (bayabani). Baba murió en 1206, y se cuenta que avisó a Aibek, que lo reverenciaba, que se mantuviera alejado de los caballos si no era por causa mayor. Cuenta Ronald Vivian Smith en The Delhi that no-one knows que Iltutmish no fue un mureed (seguidor) del santo, pero Razia sí. «Cómo ella vino a ser enterrada cerca del santuario es un misterio». Una segunda tumba en el lugar se atribuye a su hermana pequeña Shazia. Un tercer supuesto lugar de enterramiento de Razia se ha encontrado hace pocos años a cientos de millas de Delhi, en la lejana Tonk —en Rajastán—, en su día sometida a sitio por Iltutmish. El profesor de urdu Sayed Sadique Ali sostiene que dos tumbas de tiempos del sultanato que hay allí son las de Razia y su esclavo abisinio Yaqut, pues cree haber descifrado la caligrafía árabe representada con las piedras de formas irregulares que rodean las tumbas; las inscripciones rezarían: «Shahide Muhabbat Quvvatul-Mulk Jamaluddin Yaqut» junto a la tumba más pequeña, y «Sultanul Hind Razia» alrededor de la más grande y elevada. Como señala Rohit Parihar en su artículo Unwritten epitaph (India Today, 23-7-09), «De ser cierto, se requeriría una reescritura de muchos hechos históricos aceptados, por no mencionar la leyenda romántica».

La leyenda romántica es lo que han acentuado las ficciones que han recreado la vida de esta primera y única Sultán de Delhi, lo que no le hace justicia, pues su corta existencia fue mucho más que una trágica historia de amor. «La única debilidad de Razia pareció ser su sexo, e incluso sus mejores talentos y virtudes fueron insuficientes para protegerla de esta sola debilidad» (Jaswant Lal Mehta).

***

Después de los turcos, el siguiente grupo étnico en importancia en la nobleza de los primeros tiempos del sultanato fueron los tayikos. Eran originarios de Transoxiana y Jorasán, y si los turcos se caracterizaban por sus virtudes guerreras, ellos eran considerados prácticos administradores, hasta el punto de que aquellos los motejaban de nawisanda (chupatintas). Hoy escucharemos a una cantante tayika, Firuza Hafizova, que interpreta una canción iraní:

Vay Behalesh

شبا همش به میخونه میرم من
Por la noche siempre voy al bar
سراغ می و پیمونه میرم من
voy tras la copa y el vino
تو این میخونه ها خسته دردم
Estoy allí cansada del dolor
بدنبال دل خودم میگردم
Busco mi propio corazón
تو این میخونه ها خسته دردم
بدنبال دل خودم میگردم

دلم گم شده پیداش میکنم من

Mi corazón está perdido, pero lo encontraré
اگه عاشقته وای به حالش
Si esa te ama, ¡ay de ella!
رسواش میکنم من
La avergonzaré
وای به حالش رسواش میکنم من
¡Ay de ella! La avergonzaré

یه روز خیمه زدی تو سرنوشتم
Tú acampaste en mi destino un día
منم از عاشقیم واست نوشتم
y yo te escribí a causa de mi amor
گمون کردی هنوز پر شر و شورم
¿Te crees que estoy aún llena de vida y energía?
هنوز عاشقم و خیلی صبورم
¿que todavía te amo y soy paciente?
شبا همش به میخونه میرم من
Por la noche siempre voy al bar
سراغ می و پیمونه میرم من
voy tras la copa y el vino
تو این میخونه ها خسته دردم
Estoy allí cansada del dolor
بدنبال دل خودم میگردم
Busco mi propio corazón

دلم گم شده پیداش میکنم من
Mi corazón está perdido, pero lo encontraré
اگه عاشقته وای به حالش
Si esa te ama, ¡ay de ella!
رسواش میکنم من
La avergonzaré


تو که قدر وفامو ندونستی
Tú no apreciaste mi lealtad
میشد یرنگ بمونی نتونستی
Era posible para ti ser honesto y sincero pero no lo fuiste
گمون نکن تو دستات یه اسیرم
No creas que soy una prisionera en tus manos
دیگه قلبمو از تو پس میگیرم
Ahora te retiro mi corazón
شبا همش به میخونه میرم من
Por la noche siempre voy al bar
سراغ می و پیمونه میرم من
voy tras la copa y el vino
تو این میخونه ها خسته دردم
Estoy allí cansada del dolor
بدنبال دل خودم میگردم
Busco mi propio corazón

دلم گم شده پیداش میکنم من
Mi corazón está perdido, pero lo encontraré
اگه عاشقته وای به حالش
Si esa te ama, ¡ay de ella!
رسواش میکنم من
La avergonzaré


Ultima edición por momper el Vie Sep 06, 2013 3:31 pm; editado 3 veces
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momper



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MensajePublicado: Dom Oct 14, 2012 2:29 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«A la mañana siguiente, el 24 de diciembre de 1704, los dos niños, Zorawar Singh de ocho años y Fateh Singh de cinco, fueron llevados ante el Subedar, en el Durbar. Había soldados armados, muchos cortesanos y otros altos oficiales. Se dispuso así para inspirarles miedo. Se les dijo que su padre, sus hermanos y muchos otros partidarios habían muerto. El cadí propuso a los pequeños aceptar el islam, con la promesa de tener una vida regalada y una próspera posición en la sociedad. Estos no mostraron ninguna señal de ceder, antes bien lo miraron con gran desdén. Sucha Nand Khatri, que ocupaba un alto cargo en el Durbar, comentó que las crías de una víbora venenosa eran también venenosas. Los niños fueron devueltos a la fría torre. Al día siguiente se les presentó de nuevo en la corte. Mostraron una gran animadversión e ignoraron al Subedar. Wazir Khan se irritó mucho y pidió al cadí una fatwa para castigarlos. Nabab Sher Mohammad Khan de Malerkotla se inmiscuyó y dijo que los jóvenes no habían cometido ningún crimen y no deberían ser castigados. Wazir Khan desestimó su propuesta y pidió al cadí la fatwa y que sugiriera un castigo. El cadí anunció su fallo, que los niños fueran emparedados vivos en los muros del fuerte. El castigo se cumplió y los niños fueron asesinados de esta brutal manera».
Prithi Pal Singh, The History of Sikh Gurus

El noble gesto del nabab de Malerkotla no salvó a los hijos de Gobind Singh, el décimo Gurú de los sijes, pero su recuerdo pervivió y doscientos años después evitó a los 4000 musulmanes de su ciudad engrosar el número de víctimas que produjo la partición de la India. Alrededor de doce millones de personas cruzaron en 1947 la recién creada frontera; varios cientos de miles (o quizá hasta un millón o dos) murieron asesinadas, cientos de miles de mujeres fueron secuestradas por hombres de diferente religión, y de ellas al menos 75000 fueron violadas. Buena parte de esta violencia se desató en el Punyab —que resultó traumáticamente partido entre los dos países—, aunque ya en 1946 la «Acción Directa» a la que llamó la Liga Musulmana para acelerar la creación de un Estado islámico (después de que el Partido del Congreso rechazara la propuesta de federar tres grupos de provincias: dos islámicos y uno hindú) había tenido como resultado un baño de sangre en Bengala y Bihar.

El lahorí de nacionalidad sueca Ishtiaq Ahmed, profesor en la Universidad de Estocolmo, publicó en 2004 un excelente trabajo sobre los acontecimientos vividos en Lahore entonces: «Forced Migration and Ethnic Cleansing in Lahore in 1947: Some First Person Accounts». Al analizar los «ocasionales» conflictos en los años previos a la catástrofe, refiere los sucesos que siguieron a la publicación del libro «Rangeela Rasul (The Merry Messenger of God)», considerado una sátira difamatoria de Mahoma. Su editor, el hindú Raj Pal, que no quiso revelar el nombre del autor, fue condenado el 18 de enero de 1927 a dieciocho meses de cárcel y una multa de 1000 rupias por causar enemistad entre hindús y musulmanes. Tras sufrir varios intentos de asesinato, el 6 de abril de 1929 fue apuñalado hasta la muerte por el joven musulmán Ilam Din. Ejecutado éste en la horca el 31 de octubre en Mianwali, las autoridades británicas accedieron, después de reiteradas manifestaciones populares y peticiones de notables de la comunidad islámica, a que el cadáver le fuera entregado a su familia para inhumarlo en Lahore. Allí recibió «el entierro de un héroe» y se le dio el título honorífico de Ghazi Ilam Din Shaheed.
Ishtiaq Ahmed también menciona un conflicto que estalló en 1935 sobre un lugar en que coincidían una vieja mezquita y un gurdwara (santuario sij), circunstancia debida a que los sijes pensaban que su santo Bhai Taru Singh había sido ejecutado allí por el gobernador mogol doscientos años antes. En la noche del 7 de julio los sijes demolieron la mezquita; las consiguientes manifestaciones de protesta acabaron con la intervención de la policía británica y la muerte de más de una docena de personas. En el momento en que se discutía el Acta de la India, que concedía autonomía provincial, este problema local era un estorbo y acabó en manos de un Comité de Conciliación promovido por el propio Muhammad Ali Jinnah, que lideraba la Liga Musulmana.

Pese a estos arranques de violencia, Aghar Afshar puede decirnos en su autobiografía Aik Dil Hazaar Dastan (Un corazón y mil historias) que durante su juventud en Lahore en los años veinte estudió y se fue de juerga con chicos de todas las comunidades, y que tuvo profesores sijes e hinduistas de los que guardó un buen recuerdo. Yunas Adeeb (Mera Shehr Lahore, Mi ciudad Lahore), que vivió su juventud a finales de los años treinta y principios de los cuarenta, escribe que la gente había desarrollado sus propias maneras de sortear las constricciones de la ortodoxia religiosa. Los hindús arrojaban flores sobre la procesión de Muharram (en recuerdo del martirio del Imán Hussein, nieto de Mahoma), y muchos musulmanes acudían al festival de Ram Lila (representación de la vida de Rama) o tomaban parte en las celebraciones de Divali —que comparten hindús, sijes y jainistas— o Dusera.
El pintor, escultor y poeta Ahmar Nath Sehgal también vivió allí entonces: «En 1939 llegué a Lahore para estudiar en el Government College y me gradué en 1941. Lahore era un dechado de hermandad. Hindús, musulmanes, sijes y otros vivían en paz y armonía. Las cosas comenzaron a cambiar hacia 1944, cuando los primeros lemas políticos sobre Pakistán fueron gritados. Hacia 1946 las cosas habían cambiado fundamentalmente. Una simple sospecha de que dudabas de la viabilidad de Pakistán podía significar que algún intransigente miembro de la Liga Musulmana atacara tu garganta. En mayo de 1947 dejé Lahore porque los apuñalamientos, saqueos e incendios habían llegado a ser una rutina diaria. Fue una desgarradora salida de un lugar que había aprendido a amar mucho. Sin embargo, cuando llegué al Punyab oriental las cosas no fueron mejor. En el Valle de Kangra-Kulu una matanza sistemática de la minoría musulmana tuvo lugar entre agosto y septiembre. De 35000 sólo 9000 lograron escapar vivos a Pakistán. El Beas estaba lleno de cadáveres y un olor nauseabundo impregnó el aire durante semanas después de la masacre».

La convivencia interreligiosa suele idealizarse una vez se ha desatado la violencia. El periodista Som Anand escribe en su Lahore: Portrait of a Lost City que hindús y musulmanes «vivían como dos corrientes que fluyen una al lado de otra pero no se encuentran en ningún punto». Sus recuerdos de la infancia sorprenden por las restricciones culturales, incluso respecto al contacto físico entre ambas comunidades, con las que había crecido todavía la generación de sus padres. Pran Nevile (Lahore: A Sentimental Journey) nos deja ver que los medios de vida también los separaban claramente: «Mientras la mayoría de la población de la ciudad eran musulmanes, muy pocos de ellos se dedicaban a los negocios, la administración pública o las profesiones liberales. Fue sólo después de que entrara en vigor la política de reserva de empleo del Gobierno que el número de musulmanes en los servicios se incrementó. Los musulmanes constituían la mayoría de los obreros y artesanos, siendo empleados o en industrias de la artesanía o en fábricas cuyos propietarios eran hindús. Sin embargo, controlaban los mercados de frutas y vegetales, la producción de leche, las tiendas de muebles, la fabricación de tiendas de lona y el negocio de la sastrería. Hubo también una considerable aristocracia terrateniente musulmana que debía su riqueza y posición al gobierno británico». Ante estas diferencias el Partido Comunista de la India adoptó una resolución que calificaba el movimiento por la independencia de Pakistán de «progresista». Sus líderes musulmanes se acercaron a la Liga y participaron en sus reuniones con el mensaje de que había que emancipar a las masas musulmanas. Las elecciones del invierno de 1945/46 fueron utilizadas por la Liga para culpar a hindús y sijes de los males de la comunidad musulmana: «La Tierra de los Puros se propagó como la respuesta musulmana a la “opresión hindú” y al “capitalismo hindú” representado por el Congreso y su líder baniâ (mercader) Mohandas K. Gandhi» (Agustín Paniker, Índika, una descolonización intelectual). Aquellos musulmanes que se opusieron a la Liga fueron considerados renegados, e incluso se emitieron fatwas para negarles un entierro islámico. La táctica tuvo éxito: en la asamblea nacional la Liga copó los 30 escaños reservados a musulmanes, y en las provinciales se hizo con 442 escaños de los 500 que se les reservaban. En el Punyab el Partido Unionista (que pretendía aglutinar a terratenientes y campesinos sin reparar en diferencias religiosas), el del Congreso y el Akali Dal de los sijes formaron una coalición para hacerse con el gobierno. A principios de 1947 la Liga —clara ganadora de esas elecciones— lanzó su «acción directa» contra esta coalición. El concepto aludía a que cierto día los musulmanes no fueran a trabajar, cerrarán sus tiendas y se congregaran para promover la idea de Pakistán, pero un año antes —como se ha señalado— la iniciativa había causado en Bengala y Bihar disturbios que costaron más de 11000 vidas. Inmediatamente fueron ilegalizados el hindú RSS (Rashtriya Swayamsevak Sangh, asociación de voluntarios nacionales) y la Guardia Nacional Musulmana, como organizaciones paramilitares que eran. En las oficinas de esta última, se detuvo a varios de sus líderes por obstaculizar el registro. Como señala Ian Talbot en el libro que dedicó a Khizr Tiwana (líder del Partido Unionista y primer ministro entonces del Punyab), la Liga Musulmana había adquirido su cause célèbre. Los disturbios que se sucedieron en varias ciudades forzaron la renuncia de Tiwana en marzo. El gobernador inglés, Sir Bertrand James Glancy, encargó al líder local de la Liga que intentara formar gobierno, pero a la dirección nacional no le interesaba un arreglo limitado que contradijera su ya decidida apuesta por un Pakistán independiente. El 4 de marzo, dos días después de la dimisión de Tiwana, comenzaron las altercaciones en Lahore; el día antes el líder sij Master Tara Singh había agitado su kirpan (espada) ante una multitud, gritando «Pakistan murdabad, sat sri akal» (abajo Pakistán, larga vida al sijismo), y ese mismo día hizo una peligrosa proclama: «¡Oh, hindús y sijes! Vuestro juicio os espera. Estad preparados para la autodestrucción como los japoneses y los nazis. Nuestra madre tierra está pidiendo sangre y nosotros saciaremos la sed de nuestra madre con sangre…». La violencia desatada en la capital siguió en varios pueblos de mayoría hindú y sij, en los que murieron al menos 2000 personas de estas religiones a manos de milicias próximas a la Liga. El día 8 el All-India National Congress Committee, formado por delegados del Partido del Congreso de todo el país, aprobó una resolución que demandaba la división del Punyab en dos provincias. Ante la creciente violencia, el Virrey Louis Mountbaten pidió a Gandhi y Jinnah que emitieran un comunicado conjunto en el que pidieran el fin de los ataques; se publicó el 15 de abril pero no tuvo apenas efecto. El 3 de junio el gobierno británico anunció el Plan de Partición; la asamblea punyabí fue dividida en dos entidades, la occidental y la oriental, la primera votó contra la partición y la segunda, a favor (y aquí debe señalarse que los musulmanes eran mayoría tanto en Punyab como en Bengala y no deseaban, en palabras de Jinnah, «un Pakistán lisiado, mutilado y apolillado»). El distrito de Lahore —ciudad considerada la «cuna de los gurus»— quedó en la parte occidental, pues la población musulmana casi doblaba al resto.

En el mencionado trabajo de Ishtiaq Ahmed se recogen varios testimonios de personas que vivían allí en el momento de la Partición. Som Anand era entonces un adolescente:
«La dirección del [Partido del] Congreso es en gran parte responsable por dar consejos equivocados y garantías a los no musulmanes de que Lahore no debía ser abandonada. Sin embargo, justo al final pactaron secretamente con los líderes de la Liga Musulmana un intercambio de población. Un día Nehru visitó un campo de refugiados hindús y sijes en el D. A. V. College de Lahore. La muchedumbre airada lo maldijo por no decirles la verdad de que el Congreso había pactado el intercambio de población. Gandhi continuó creyendo que, una vez que la violencia remitiera, él conduciría una congregación de no musulmanes de vuelta a Lahore, y la amistad y la armonía serían de nuevo restablecidas.
Nosotros vivíamos en Model Town, una localidad de clase media alta que se componía mayormente de hindús y sijes. […] Un pariente nuestro estaba con nosotros en ese momento. Era como cuatro o cinco años mayor que yo. Decidimos ir a ver a un conocido. Durante nuestra ausencia algunos pathans afridi (pastunes de la tribu afridi) asaltaron nuestra casa. En ese tiempo muchas bandas de pathanes habían descendido desde las áreas tribales sobre Lahore. Iban por los alrededores saqueando a los no musulmanes. Unos diez o doce de ellos vinieron a nuestra casa en tongas (un carruaje ligero). Justo en ese momento, nuestro vecino musulmán, Maulvi Sahib, que era partidario del Partido del Congreso, llegó. Nuestras familias compartían el mismo porche en la entrada. Cuando vio a los pathans, vino y los reprendió, diciéndoles que temieran la ira de Dios por sus fechorías. En lugar de esto, se enfadaron y le gritaron por defender a los hindús. En el alboroto, un anciano caballero sij, Kartar Singh, que vivía justo enfrente de nuestra casa, vino hacia ella para ver qué pasaba. Cuando los pathans lo vieron, lo mataron disparándole. La gente los oyó lamentarse de que habían desperdiciado una bala; una puñalada con un cuchillo habría hecho el trabajo más económicamente.
Mi padre se quedó en Lahore a pesar de todos los asesinatos. Él, de hecho, se había casado con una mujer musulmana. Era director general de un banco y el gobierno de Pakistán necesitaba sus servicios. Cuando murió en 1957, vine desde la India para asistir a la ceremonia de cremación. Un Brahmin que seguía viviendo en Lahore y era empleado del gobierno ofició los ritos funerarios, aunque no era un sacerdote en ejercicio».

Jamna Das Akhtar (periodista, vive en Delhi):
«Trabajé en Lahore para varios periódicos. Cuando comenzaron los disturbios, extremistas de ambos bandos participaron en el asesinato y el saqueo de gente inocente. Cuando la situación empeoró, llevé a mi familia a Delhi. Estábamos en julio. Esperaba volver a Lahore pero no pude. En Delhi me convertí en miembro activo de una organización que iba recuperando chicas musulmanas secuestradas por criminales hindús y sijes. En 1948 pude visitar Pakistán otra vez. Mi amigo Shorish Kashmiri y otros me aseguraron que la violencia había remitido. Las autoridades me dieron su plena cooperación y ayuda para seguir la pista y recuperar a las chicas hindús y sijes capturadas por los musulmanes.
Lo que sucedió en Lahore y en el Punyab en 1947 me desconcierta incluso ahora. Debe de ser alguna locura temporal que atrapó a todas las comunidades».

Nanak Singh Broca (fue propietario del primer estudio cinematográfico de Lahore, vive en Bombay):
«Fundé una compañía de distribución de cine y también un estudio cinematográfico cerca de los Jardines de Shalimar. El técnico de sonido que empleé era musulmán. El famoso actor musulmán Najmul Hassan y yo llegamos a ser socios en el negocio. Uno nunca se sintió amenazado o inseguro en ningún momento, por el contrario Lahore era una muy agradable ciudad. Los problemas comenzaron después de la conducta provocativa de Master Tara Singh a principios de marzo de 1947. Un día Najmul Hassan propuso que hiciéramos una película sobre un amor intercomunitario. Yo le dije que eso podía llevar a altercaciones. Él replicó: “Broca Sahab, este es el momento de decirle a la gente que somos uno. Somos del mismo linaje étnico, nuestros ancestros eran hindús. ¡Y qué si hemos adoptado las fes islámica y sij!”. Tales sentimientos y la muy buena conducta de mis vecinos musulmanes me disuadieron de dejar Lahore.
Mi hermano pequeño se había doctorado en 1947. Fue asignado a un hospital cerca de las montañas Murree, en el área de Rawalpindi. Yo había ido allí con mi esposa e hijos para visitarlo. Era el 14 de agosto. Una ceremonia para celebrar la independencia de Pakistán estaba teniendo lugar en las colinas de abajo. Un hombre vino corriendo hacia nosotros y dijo: “Quieren que baje y se una a las celebraciones”. Yo tomé parte en la ceremonia de izado de bandera. Cuando regresé mi hermano acababa de volver de Rawalpindi. Estaba muy preocupado. Dijo: “Menos mal, has vuelto sin ningún percance. Los hindús y sijes están siendo atacados en todas partes”. Salimos para la India vía Cachemira el 25 de agosto. Así terminó mi estancia en el Pakistán independiente».

Rattan Chand (propietario a principios de los cuarenta de un estudio de fotografía en Lahore, vive en Delhi):
«En 1937-38 Sir Choutu Ram, ministro en el gabinete de Sir Sikander Hayat (del Partido Unionista), aprobó una ley que derogó el sistema de préstamo privado. En su lugar el gobierno empezó a abrir bancos que ofrecieron préstamos a los agricultores. Este fue el comienzo de la tensión entre hindús y musulmanes. Esta medida golpeó a los sahukars (prestamitas) duramente y muchos se arruinaron. Los límites de las castas y las tensiones comunitarias comenzaron a manifestarse cuando la tradicional estructura económica hindu-musulmana se desmoronó. […]
A principios de los cuarenta abrí una tienda de fotografía cerca del santuario de Data Ganj Baksh. Funcionó muy bien. La mayoría de las tiendas de alrededor eran de musulmanes y éramos excelentes vecinos. Yo tenía muchos amigos musulmanes, en ningún momento me sentí inseguro viviendo y trabajando en una zona predominantemente musulmana. Esos fueron días de gran armonía y alegría. […] En 1946 volví a Lahore y abrí otra tienda cerca de la estación de tren. Vivíamos en una localidad cercana, al otro lado de las vías, donde los musulmanes eran mayoría.
A principios de 1947 las tensiones comunitarias se incrementaron en Lahore. De hecho, cuando los Khaksars (miembros de un movimiento paramilitar de inspiración musulmana, aunque con cierto carácter integrador) empezaron a desfilar por las calles de Lahore a principios de los cuarenta, los hindús se organizaron en el RSS y se manifestaron en localidades hindús. Aunque las cosas no se pusieron serias hasta marzo de 1947. Cuando nació mi hija mayor, el 25 de mayo, Lahore estaba bajo toque de queda. Algunas personas me advirtieron que era inseguro vivir en una zona musulmana. Pero yo no creí que las cosas se pusieran tan mal como para que nuestras vidas pudieran estar en peligro. Como precaución nos trasladamos a una casa cercana a nuestra tienda. Por esta época la violencia comunitaria estaba teniendo lugar por toda Lahore. Los hindús comenzamos a sentirnos inseguros y muchos de nosotros empezamos a desplazarnos al este, pero la idea general que prevalecía en nuestros círculos era que mientras Gurdaspur sería dada a Pakistán, Lahore sería concedida a la India.
Hacia julio de 1947 los ataques comunitarios llegaron a ser más frecuentes. A principios de agosto el infierno estalló a nuestro alrededor. Los hindús y sijes que vivían en los alrededores de la estación de tren fueron atacados por muchedumbres sedientas de sangre. Muchos de nosotros tomamos refugio en una hostería hindú. No recuerdo su nombre ahora, pero resultó un fácil objetivo. Unos 50 de nosotros, hombres, mujeres y niños, por tanto, buscamos refugio en la cercana Naulakha Church. Sin embargo, dejamos nuestras posesiones en un sótano de la hostería. El sacerdote, que era un converso del hinduismo y llevaba un nombre hindú, nos protegió y compartió con nosotros la exigua comida a su disposición. Él contactó con las autoridades y usó su influencia para procurar ayuda. Un camión militar de tropas Gurkhas llegó y nos llevó a un lugar seguro en el acantonamiento de Lahore.
[…]
El 15 de agosto volví a la hostería, pero todo había sido saqueado. Peor todavía, de repente me encontré rodeado por una muchedumbre. Querían matarme. Los asesinos locales estaban entre ellos. Agitaban sus cuchillos en el aire. Yo corrí por mi vida. Ellos me siguieron. Sentí que la muerte era inminente. De repente me encontré delante de una comisaría. Salté por encima de su bajo muro. En el recinto un oficial de policía británico estaba sentado en una silla. A su alrededor estaban de pie algunos miembros de su personal, todos eran musulmanes.
Me arrojé a los pies del británico y le imploré que salvara mi vida. Él permaneció indiferente y no hizo nada. Yo entonces supliqué a otros oficiales de policía que salvaran mi vida. Ellos me reprendieron, insultándome y golpeándome con las culatas de sus rifles. Dijeron que nadie iba a matarme y, por tanto, no necesitaba armar tal alboroto. Al otro lado del muro de la comisaría permanecía la multitud. Sentí que una violenta y dolorosa muerte sería mi suerte en cualquier momento e hice un intento más por escapar. Salí corriendo de la comisaría en una dirección que parecía desatendida. La multitud siguió pisándome los talones. Sentí que mi final había llegado. No hay nada que pueda ser comparado al miedo a la muerte. Yo estaba ahora corriendo por el medio de la calle. De repente un camión de bomberos con personal sij surgió de algún lugar. Me arrojé al suelo enfrente de él. La muchedumbre se dispersó rápidamente cuando vió a los sijes en uniforme, y estos me llevaron a salvo al acantonamiento, donde me reuní con mi familia.
Cruzamos a la India el 16 de agosto. Tuvimos que pasar muchas dificultades. Lo habíamos perdido todo. No había ningún lugar al que volver. Finalmente llegué a Delhi. Aquí comencé a trabajar en una tienda de fotografía cuyo propietario era musulmán. Éste, Mr. Ahmed Hassan, decidió emigrar a Pakistán en 1948. Yo he prosperado otra vez a fuerza de trabajar duro. Llegué a ser presidente de la Asociación de Fotógrafos de Delhi y hace unos años me retiré.
Todavía recuerdo mis días de Lahore. Todas las comunidades vivían en paz y concordia. Aún tengo amigos musulmanes en Lahore y Karachi. Algunos de ellos me han visitado. Me han invitado a las bodas de sus hijos, pero el miedo adquirido cuando la muchedumbre estaba decidida a matarme me ha traumatizado para siempre. Me gustaría volver y ver Lahore, pero probablemente nunca me atreveré a hacerlo».

Pran Nevile (comenzó su carrera como periodista y más tarde se incorporó al Indian Foreign Service; es autor del ya citado Lahore: A Sentimental Journey; vive en Delhi):
«Vivíamos en un mohalla (barrio) hindú. Al lado había un mohalla musulmán. […] En ese tiempo hindús y musulmanes no comían juntos, pero mi padre tenía muchos amigos musulmanes y los hombres se juntaban para discutir, beber y divertirse. Las mujeres seguían los códigos ortodoxos y las restricciones más estrictamente. Las normas eran aceptadas como dadas y, normalmente, no producían resentimiento o tensión.
Por otra parte, fruteros musulmanes, lecheros, verduleros, etc. proveían de la mayoría de las necesidades diarias en las localidades hindús. Cuando las mujeres musulmanas entraban en una localidad hindú se levantaban el velo rutinariamente. Todos sabían cómo conducirse en tales situaciones.
[…]
Después de la Resolución de Pakistán de marzo de 1940, estudiantes musulmanes de UP (United Provinces, más tarde Uttar Pradesh) comenzaron a llegar a Punyab. Ellos empezaron a envenenar la atmósfera en Lahore, pero hasta 1946 las cosas permanecieron en calma. Los musulmanes de UP sintieron que si se creaba una patria musulmana, ellos serían la clase dominante. No creían que los musulmanes punyabís serían rivales para ellos. Los asesinatos de Calcuta y los disturbios de Bihar echaron leña al fuego.
Entre hindús y sijes había miedo de que Lahore pudiera ir a Pakistán, porque en el distrito los musulmanes estaban en mayoría. En la ciudad propiamente dicha la mayoría era para hindús y sijes. […]
Yo me había unido al Servicio en Delhi en 1946, pero mis padres estaban en Lahore cuando los disturbios comenzaron. Un día de junio, mi padre estaba volviendo en un tonga de una visita a Mughalpura. Una muchedumbre de musulmanes reconoció que era hindú por la manera en que llevaba el turbante. Estaban a punto de atacarlo cuando uno de ellos, a quien mi padre había una vez hecho cierto favor, detuvo a los otros y lo acompañó todo el camino a Beadon Road, donde estuvo a salvo. Aunque los miembros de mi familia inmediata pudieron dejar Lahore sin contratiempos, muchos de mis maestros y profesores fueron asesinados.
Mi padre estaba en el departamento postal. De hecho, optó por Pakistán. Cuando las cosas se pusieron realmente mal, sus amigos musulmanes lo persuadieron de dejar Lahore por el momento y volver cuando la ley y el orden hubieran sido restaurados. El 14 de agosto subió al tren para Amritsar… Nunca pudo recuperarse de la conmoción de dejar Lahore. Fue destinado al acantonamiento de Ambala, donde murió en 1954, desconsolado, a la edad de 58 años».

Dr. Jagdish Chander Sarin (comenzó su carrera en un hospital de Lahore; vive en Delhi):
«Tengo algunos amigos de aquellos tiempos con quienes he mantenido el contacto. Nosotros vivíamos en Mozang y nuestro casero era musulmán. Solíamos ir a su casa y comíamos allí, él también nos visitaba y comía con nosotros. Los Khaksars solían venir a nuestra localidad para hacer sus desfiles militares. Nunca nos molestaron. Pero muchos musulmanes e hindús los temían por su conducta combativa. En la escuela yo tenía muchos amigos musulmanes. […]
Hasta los últimos días antes de marcharme al Punyab oriental nunca se me ocurrió que tendríamos que dejar Lahore. Primero vino el arrebato de Master Tara Singh. Luego, unos pocos días después, siguió el ataque sobre hindús y sijes en los pueblos alrededor de Rawalpandi y Jhelum. Yo me presenté voluntario con otros dos doctores para ir a los campamentos adonde habían llevado a las víctimas. Permanecí un mes completo. Al menos diez mil personas fueron asentadas en el campamento en el que estaba. Vi mucha gente mutilada. En algunos casos la mutilación había sido hecha con excepcional brutalidad. Incluso a mí, un doctor, me impresionó. Los atacantes habían cortado los pechos de las mujeres y las habían violado muchas veces. Los hombres habían sufrido brutales actos de desfiguración. Algunos niños, incluso bebés, habían sido atravesados con objetos afilados como lanzas para después lanzar sus cuerpos al aire. Cuando hablé con algunos de los supervivientes me dijeron que hordas musulmanas habían sido adoctrinadas por gente llegada de UP y Bihar. Los desmovilizados soldados musulmanes que habían combatido en varios frentes en la Segunda Guerra Mundial parecían haber planeado toda la operación. En esos días uno escuchaba todos los días que alguien había sido asesinado o gravemente herido. Diariamente mataban a siete u ocho personas. Si un día se asesinaba a siete hindús, al siguiente se hablaba de la muerte de siete u ocho musulmanes. En nuestra propia zona, que yo sepa, los musulmanes locales no nos atacaron.
[…]
Dejé Lahore el 9 o 10 de julio porque algunos amigos nos habían avisado de que nuestra casa sería atacada. Me dijeron que volviera cuando la normalidad fuera restablecida. El resto de miembros de mi familia se habían ido ya. Fue muchas semanas después cuando pudimos localizarnos unos a otros. Yo, de hecho, comencé mi viaje de vuelta a Lahore el 11 de agosto, porque el 12 tenía que presentarme en el trabajo. Sin embargo, en el camino encontré a hindús y sijes que huían a miles. Me quedó claro que volver era imposible y, por tanto, desistí».

Yuvraj Krishan (ex alto funcionario indio y autor de muchos libros, como The Doctrine of Karma y Ganesa: Unravelling of an Enigma; vive en Delhi):
«Nací en Lahore en 1922. Aunque había diferencias entre las comunidades y de vez en cuando uno oía hablar de tensiones, la mayoría del tiempo las cosas estaban pacíficas. Yo tenía varios amigos musulmanes. […]
La policía en Lahore era abrumadoramente musulmana y tuvo una actuación muy parcial durante ese periodo. Nosotros perdimos la confianza en la maquinaria del Estado. Si un hindú o un sij iban a una comisaría a pedir ayuda, les era negada en la práctica, si no formalmente. Debe ser señalado que los líderes políticos de todos los partidos, incluido Jinnah, habían asegurado a las minorías que no tendrían que marcharse, pero ya que la división del país también previó que los servicios serían divididos, la administración había sido dividida teóricamente y ya no debió lealtad al Estado unificado. De este modo, oficiales y funcionarios comenzaron abiertamente a favorecer a sus propios correligionarios. Hindús y sijes en Lahore sintieron que no tenían protección contra los elementos criminales de la comunidad musulmana.
[…] El problema comenzó cuando se dio la opción a los funcionarios del gobierno central y de los gobiernos provinciales de Punyab y Bengala de elegir entre unirse a la India o a Pakistán. Esto los hizo parciales. La emigración forzada fue inevitable cuando la maquinaria de la ley y el orden, en vez de simplemente ignorar las llamadas de ayuda, llegó a estar activamente implicada en los ataques sistemáticos para expulsar a la gente de otras comunidades. Pienso que los funcionarios de la administración y la policía cargan con la mayor responsabilidad en los asesinatos comunitarios».

Ramanand Sagar (comenzó su carrera como periodista y llegó a ser editor del periódico pro Congreso Milap; vive en Bombay):
«A principios de marzo de 1947 disturbios comunitarios estallaron en Lahore cuando estudiantes hindús y sijes se enfrentaron con sus homólogos musulmanes. De repente nadie se sintió seguro. […] Tuvimos que dejar Lahore en julio cuando las cosas fueron de mal en peor. En ese momento yo estaba escribiendo mi novela Aur insan mar gaya (Y la humanidad murió), basada en los horrores de la Partición a partir de mi experiencia personal de esos días.
Logramos abordar el avión de Srinagar a Delhi. Trabajé un tiempo en Delhi y luego vine a Bombay. Llevo en esta ciudad 52 años y he logrado un destacado éxito en la industria del cine, pero todavía me siento un refugiado. El sentimiento de ser un refugiado nunca te va a dejar. Los primeros treinta años de mi existencia en Lahore son los que siempre apreciaré más. Es donde la mayoría de mis recuerdos de la juventud están enraizados.
Lahore está siempre en mi corazón, pero no creo que la visite alguna vez. Me han dicho que ha cambiado considerablemente. Quiero conservar la memoria de la Lahore anterior a la Partición. Fue una ciudad de amor y armonía. Ahora, cuando vuelvo la vista a los sucesos que condujeron a la Partición, estoy más convencido que nunca de que los auténticos cerebros detrás de la división de la India fueron los británicos. De alguna profundamente maléfica manera querían castigarnos por demandar la libertad. ¿Qué podía ser más satisfactorio que sangrar a quienes habían desafiado su supremacía?».

Mujahid Tajdin (en el tiempo de la Partición fue un militante Khaksar; vive en Lahore):
«Yo vivía en Mozang. Siendo curioso por naturaleza, solía visitar templos hindús, gurdwaras sijes e iglesias cristianas, además de rezar cinco veces al día en la mezquita. Quería saber cómo la gente, perteneciendo a otras religiones, vive y predica su Fe. Ahora, cuando considero aquellos años, puedo decir que los ingleses han hecho más servicio a la humanidad que cualquier otra gente.
Yo era un muy ferviente y activo miembro del movimiento Khaksar. Cuando se llamó a crear un estado islámico llamado Pakistán, muchos de nosotros quedamos fascinados por la idea. Yo tomé parte activa en la lucha contra hindús y sijes. Maté a cuatro sijes cerca del Atchison College y tomé parte en el asesinato, saqueo y quema de hindús y sijes cuando se prendió fuego a Shahalmi Gate y otras de sus localidades. El Thanedar de la comisaría de Mozang planeó el ataque sobre el Chaeveen Padshahi (un gurdwara sij). Él entrenó a algunos de nosotros durante cuatro días. Fuimos a tomar posesión de importantes lugares hindús y sijes cuando tuvo lugar la Partición. Nos dijo que si moríamos luchando contra los no musulmanes seríamos shaheeds (mártires), y si sobrevivíamos, ghazis (soldados de Alá). Nos dijo que nuestros hermanos y hermanas estaban siendo asesinados en la India, y el principal objetivo de los entrenamientos era proteger a los musulmanes y vengarnos.
Se nos dio un plan de seguridad para proteger Mozang de un asalto de hindús y sijes; por tanto, establecimos nuestros morchas (puestos de defensa).
Era el vigesimosexto día del Ramadán (13 de agosto) cuando irrumpimos en el templo sij. Yo con otros cinco entramos trepando por su alto muro. Dimos un lalkar (grito de guerra) a los sijes para que salieran. Nadie respondió. Había una extrema oscuridad en ese momento. Rompimos la puerta principal y entramos. Los sijes habían salpicado kora tel (aceite de mostaza) caliente sobre el suelo, con el resultado de que nos resbalábamos. Cuando encendimos un fósforo, el aceite empezó a arder.
Yo tomé el kabza (posesión) del principal takht (un largo banco). Éramos de 25 a 30 en total. Gritábamos “Pakistán Zindabad” (larga vida a Pakistán) y desafiábamos a los sijes a que salieran. De repente uno de ellos apareció de debajo del takht con un talwar (espada) en la mano. Me asestó un golpe que alcanzó mi mano, y recibí un profundo corte en la muñeca, pero conseguí arrebatarle la espada y matarlo. Mientras tanto, otros muchos habían entrado en el gurdwara. Ahora los sijes salieron de sus escondites y comenzó un combate cuerpo a cuerpo en la oscuridad. Talwars, churras (grandes cuchillos) y dandas (bastones) fueron usados. Algunos tiros de pistola se dispararon también. Alguien prendió fuego con ayuda de petróleo. En mi opinión, Thanedar Malik Maqsood había proporcionado el petróleo a alguno de nuestro grupo. Yo no fui informado de ello. Había 20 ó 30 hombres y mujeres sijes en el templo. Todos ellos perecieron en el infierno. Por nuestra parte, perdimos a Naseer.

¿Qué sientes sobre lo que sucedió entonces? ¿Lamentas lo que hiciste?
Con lágrimas en los ojos, Taj Din dijo:


Se nos dijo que Pakistán sería un Estado islámico donde el nizam (sistema) establecido por Alá y su Profeta reviviría otra vez. Para hacer esto, hindús y sijes, que eran kafirs (infieles), tenían que ser asesinados o echados de Pakistán. Sólo entonces podría tener éxito un Estado islámico.
Una vez se creó Pakistán, yo, como muchos otros, comencé a esperar ansiosamente el resurgimiento del verdadero Estado y sociedad islámicos. Durante el periodo del General Ayub Khan estaba particularmente esperanzado en que las cosas cambiarían. Les escribí a él y al gobernador del Punyab, Nawab Amir Mohammad Khan de Kalabagh. Más tarde deposité mis esperanzas en el General Zia-ul-Haq. Incluso mantuve correspondencia con el Shah de Irán y muchos otros gobernadores musulmanes del mundo en la esperanza de que ellos harían algo por la gloria del islam y el auge de los musulmanes. (Muchos certificados de estos altos dignatarios y la ensangrentada espada que le arrebató al sij en el templo estaban colgados de la pared).
Sin embargo, nunca tuvimos un Estado islámico. Todos los gobernantes nos saquearon. Pakistán es una muy corrupta sociedad. Si todo esto iba a suceder, ¿por qué se nos pidió hacer lo que hicimos?
A veces de noche no puedo dormir por los crímenes que he cometido. Los rostros de los sijes a quienes maté están siempre en mi mente.
En 1968 asistí con una delegación de Pakistán al Urs (festival religioso anual) de Hazrat Nizamuddin Aulia (un santo sufí) en Delhi. En la frontera los sijes nos dieron la bienvenida. Entregaron a cada uno de nosotros dos naranjas y una manzana. En Delhi fui reconocido por un hindú que había vivido en Anarkali, Lahore. Fue muy amable y ofreció su ayuda y servicios para cualquier cosa que pudiera necesitar.
Sucede muy a menudo que rezo a Dios para que me conceda mafi (perdón) por el asesinato de esos sijes e hindús. Presiento que Alá me comprende y me ha perdonado. Fuimos engañados y utilizados por nuestros políticos».

Krushwant Singh (famoso escritor e historiador sij; en el quincuagésimo aniversario de la Partición escribió el artículo Last Days in Lahore: From the brittle security of an elite rooftop, a view of a city burning):
«Esa tarde de junio de 1947 permanece grabada en mi mente. Había vuelto del Tribunal Superior cuando escuché el tumulto. Corrí arriba, a la azotea de mi apartamento. El sol caía implacable sobre la ciudad. Desde el centro se elevaba una inmensa nube de denso, negro humo. No tenía que hacer conjeturas; el mohalla hindu-sij de Shahalmi estaba en llamas. Goondas (sicarios) musulmanes habían quebrado la resistencia de los no musulmanes. Nosotros fuimos espectadores mudos de los partidarios de la Liga Musulmana que marchaban en disciplinadas falanges cantando Pakistan ka naara kya? La Ilaha Illilah (¿Cuál es el lema de Pakistán? Que no hay más Dios que Alá).
La agitación tuvo poca repercusión en los adinerados que vivían alrededor de los Lawrence Gardens y a cada lado del canal. Íbamos en nuestros coches a nuestras oficinas, pasábamos las tardes jugando al tenis en el Cosmopolitan o en el Club Gymkhana, había cenas donde el Scotch que costaba 11 rupias la botella fluía como las aguas del Ravi. En las zonas residenciales de la élite la vieja cordialidad del “Hindu-Muslim bhai bhaisim" (hindús y musulmanes son hermanos) continuaba».

¿Contó Lahore con una sociedad homogénea tras la Partición? Tan pronto como en 1953 estalló una sangrienta agitación contra los musulmanes ahmadíes planeada por algunos líderes de la Liga. El Movimiento Ahmadía fue fundado a finales del siglo XIX por Mirza Ghulam Ahmad, quien pretendía encarnar tanto al Mahdi como la Segunda Venida de Cristo (de éste decía que había llegado hasta la India y estaba enterrado en Cachemira). En 1974 el Parlamento Paquistaní los declaró no musulmanes, con lo que sufren el hostigamiento que se reserva a las minorías religiosas en el islam; en particular tienen prohibido «predicar, declararse públicamente como musulmanes, orar en público o en mezquitas no ahmadíes, etc.»; además, todos los paquistanís, al solicitar el carné de identidad o el pasaporte, deben firmar el juramento de que Mirza Ghulam Ahmad fue un impostor y los Ahmadíes no son musulmanes (!). Mohammad Abdus Salam, Premio Nobel de Física en 1979 y perteneciente a este movimiento, se exilió en 1974 en protesta por la aprobación de la ordenanza citada. Fallecido en 1996, está enterrado en Pakistán; en su lápida puede leerse un incomprensible «Primer Nobel Laureado» desde que un magistrado local ordenara borrar la palabra «Musulmán» de ella. El 28 de mayo del 2010 atentados cometidos supuestamente por terroristas de Tehrik-e-Taliban en dos mezquitas ahmadíes costaron la vida a 95 personas.
Desde finales de los ochenta, Lahore es también escenario de la lucha sangrienta entre chiíes y suníes, lucha llevada también hasta las respectivas mezquitas.
***

El largo (y problemático) proceso de normalización de las relaciones entre la India y Pakistán tuvo uno de sus hitos en el mundo de la cultura a principios de los ochenta, cuando el productor y director de cine Subhash Ghai invitó a la cantante paquistaní Reshma a interpretar uno de los temas de su película Hero (1983): Lambi Judai. Escucharemos esta canción en la voz de la niña bengalí Rima Chakraborty, finalista en la edición de 2010 del concurso Little Champs:

Lambi Judai

Vídeo original

Bichhde abhi to ham bas kal parson
Nos separamos apenas ayer o anteayer
Jioongi main kaise, is haal mein barson
¿Cómo viviré en esta condición durante años?
Maut na aayi teri yaad kyon aayi
La muerte no llegó, ¿por qué llegó tu recuerdo?
Hay lambi judai
¡Oh, larga separación!
Chaar dinon ka pyaar ho rabba
Cuatro días de amor, ¡Dios mío!
Badi lambi judai, lambi judai
¡Cuán larga separación…!
Honthon pe aaye meri jaan duhai
A mis labios vino un lamento, amor mío
Hay lambi judai
¡Oh, larga separación!
Chaar dinon ka pyaar ho rabba
Cuatro días de amor, ¡Dios mío!
Badi lambi judai, lambi judai
¡Cuán larga separación…!

Ek to sajan mere paas nahin re
Primero, mi amado no está cerca de mí
Duje milan di koi aas nahin re (2)
Segundo, no hay esperanza de encontrarlo
Uspe yeh sawan aaya (2)
Además, ha llegado el mes de sawan (de las prometidas)
Aag lagaayi, hay lambi judai
y ha prendido un fuego, ¡oh, larga separación!
Chaar dinon ka pyaar ho rabba
Amor por cuatro días, ¡Dios mío!
Badi lambi judai, lambi judai
¡Cuán larga separación…!


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MensajePublicado: Vie Feb 22, 2013 4:21 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Rani de Jhansi. Muerta por un soldado de caballería cuya identidad nunca fue descubierta. Herido en el lomo, el caballo de la Rani no se dejó conducir. Ella entonces disparó al hombre y este la traspasó con su espada. Solía vestir como un hombre (con un turbante) y cabalgaba también como uno… No era guapa y estaba marcada por la viruela, pero tenía unos bonitos ojos y figura. Llevaba ajorcas de oro y un collar de perlas de Scindia, del saqueo de Gwalior (Scindia dice que su valor es incalculable). Cuando estaba muriendo distribuyó estas joyas entre la soldadesca que la había llevado a morir bajo un grupo de mangos. La infantería criticó a la caballería por permitir que la mataran, esta dijo que ella cabalgaba demasiado lejos al frente. Su tienda era muy coqueta… Dos damas de honor cabalgaban con ella, una murió también».
Lord Canning, Gobernador General de la India desde principios de 1856 (papeles personales).

«Detesto el país y a mucha de su gente».
Marqués de Dalhousie (Private Letters).

Era el 17 de junio de 1858, y la Rebelión India estaba en su desenlace. Sir Robert Hamilton, Agente del Gobernador General para India Central, indagó el paradero de esta joven de apenas treinta años llamada Lakshmibai antes incluso de que cesara el combate; acompañado del doctor Christison, fue conducido a un lugar bajo unos árboles en el que había restos de una pira funeraria, pues la Rani de Jhansi había manifestado su deseo de no caer ni viva ni muerta en manos de los ingleses. Hamilton la había conocido en 1854 y siempre se refirió a ella en términos afectuosos, lo que no deja de ser significativo si tenemos en cuenta que los ingleses la culpaban de la masacre de Jhansi, en la que perdieron la vida no solo los hombres de la guarnición inglesa, sino también sus esposas e hijos.

Si la Rebelión India había comenzado el 9 de mayo de 1857 en Meerut (a 72 km al nordeste de Delhi), el día 18 el capitán Alexander Skene, a cargo de la administración de Jhansi (a más de 400 km al sur de Delhi), comunicaba a sus superiores en Agra: «No creo que haya ninguna causa de alarma aquí. Las tropas continúan leales y expresan su ilimitado aborrecimiento por las atrocidades cometidas en Meerut y Delhi. Estoy siguiendo el principio de mostrar total confianza, y estoy seguro de que hago bien». El 30 de mayo, en cambio, su informe se ensombreció: «Hay, por supuesto, un gran desasosiego entre los hombres adinerados de la ciudad, y los thakurs están empezando —se dice— a hablar de hacer algo… Todo se calmará aquí, estoy completamente seguro, al recibir noticias de nuestro éxito». Para entonces Skene había accedido a la petición de Lakshmibai de disponer de una guardia personal en previsión de altercados. «Algunos historiadores han sugerido que fue incapaz de resistir el encanto de la Rani» (Rainer Jerosch, The Rani of Jhansi: Rebel against Will).
Manikarnika (tal era su verdadero nombre) se había casado a los catorce años con el rajá de Jhansi, Gangadhar Rao, de cuarenta años en el momento de la boda, aunque hay quien rebaja la edad hasta cerca de treinta. Era hija de un funcionario al servicio del último peshwa, Baji Rao, en su exilio de Bithur. El antiguo valido maratha (al que los lectores de este foro recordarán atormentado por un fantasma durante buena parte de su vida) se encariñó con la pequeña Manu y la llamaba Chhabili (juguetona). Su posición social no la destinaba a convertirse en rani, y como dice Rainer Jerosch «es en cierto modo extraño que la leyenda no haya aprovechado este súbito —casi un cuento de hadas— giro inesperado en la fortuna de Manikarnika, ya que no hay historias de un amor intenso, un trascendental encuentro o algo por el estilo». ¿Por qué el Rajá de Jhansi, viudo sin hijos, eligió a esta joven de Bithur sin fortuna? Se decía de él que tenía un carácter adusto, y su vida privada fue objeto de rumores; interpretó papeles femeninos en el teatro (algo que, por otra parte, hacían los hombres entonces) y le gustaba vestirse de mujer y ponerse, incluso con atuendo masculino, brazaletes femeninos. Se ha conjeturado que la diferencia de edad y de caracteres debió de ensombrecer su relación, y que la estricta etiqueta de la corte tuvo que resultarle poco llevadera a una joven que se había educado prácticamente como un chico. En la boda, la adolescente llamada a partir de entonces Lakshmibai (por la diosa de la fortuna y la prosperidad, Lakshmi, encarnación de la belleza) ordenó, ante la perplejidad de todos, que el Brahman atara «firmemente» el nudo entre las ropas de los novios que establecía el ritual. Pero su hijo llegó tras nueve años de matrimonio. Su muerte cuando contaba solo tres meses tuvo fatales consecuencias en el destino de esta mujer. Dos años después, en 1853, Gangadhar cayó enfermo y, el día antes de morir, adoptó a un sobrino de cinco años. En virtud de la Doctrina del Lapso, que establecía la anexión de aquellos territorios dependientes cuyo gobernante fuera «manifiestamente incompetente» o muriera sin un heredero directo, su solicitud de que se lo reconociera como heredero no fue atendida al cabo por el Gobierno de la India. Pese a que en el tratado de 1843 se recogía que el principado pasaría a los warisan (herederos directos) o janisinan (sucesores), Lord Dalhousie —Gobernador General de la India (cargo designado todavía por la Corte de Directores)— consideró que Gangadhar no había dejado un heredero «de su cuerpo» y que la adopción hecha por un hombre agonizante era «susceptible de sospecha». El Asistente del Agente Político de la Compañía, Major Robert Ellis, había apoyado el reconocimiento del heredero, pero le correspondió comunicar esta resolución a la rani viuda, que recibía a los ingleses sentada detrás del purdah (circunstancia de carácter meramente protocolario para ella): «Maharani Sahiba, lamento mucho no poder comunicaros la buena noticia que albergaba mi corazón desde hace tiempo, y que esperaba obtener impacientemente. Estoy obligado a comunicaros una declaración gubernamental totalmente opuesta…». Lakshmibai se desmayó al oír que no se le reconocían derechos sucesorios al hijo adoptado y se colocaba el área de Jhansi bajo el mando del propio Ellis. Cuando recuperó la conciencia, entre las palabras de consuelo de los presentes escuchó a este decir: «Conforme a las órdenes del Agente Político, será debidamente respetada, y un generoso arreglo para su mantenimiento será dispuesto»; entonces exclamó: «Meri Jhansi nahin dungi» (Nunca entregaré mi Jhansi). Así se lee en el reciente Rani of Jhansi de Bhawan Singh Rana y en otros libros anteriores, como el clásico Jhansir Rani (1956) de la bengalí Mahasweta Devi; la célebre expresión también figura en el relato que el abogado John Lang (que había ganado algún pleito a la Compañía y fue consultado por la rani) hizo de sus viajes por la India en 1854, Wanderings in India:

«Le informé de que el Gobernador General no tenía poder para devolverle el principado y reconocer la reivindicación de su hijo adoptivo sin una consulta a Inglaterra, y que la resolución más prudente que podía adoptar era solicitar el trono y, mientras tanto, cobrar la pensión de 6000 libras bajo protesta de que esto no perjudicaría los derechos de su hijo adoptivo. Al principio ella rehusó hacer esto, y enérgicamente exclamó: “Meri Jhansi nahin dungi”; yo entonces le señalé, tan delicadamente como fue posible, cuán fútil sería cualquier oposición, y le dije, lo que era verdad, que una sección de un regimiento nativo y cierta artillería estaban a tres marchas del palacio; le recalqué que la más ligera oposición a su avance destruiría todas sus esperanzas y, en pocas palabras, pondría en peligro su libertad. Hice esto porque ella me dio a entender —como hizo también su vakil [abogado], y mi impresión es que decían la verdad— que la gente de Jhansi no deseaba ser entregada al gobierno de la Compañía de las Indias Orientales.
Pasaban las dos de la noche cuando dejé el palacio. Había persuadido a la dama de que viera el asunto según mi manera de pensar, exceptuando que ella no iba a acceder a cobrar ninguna pensión del Gobierno Británico».

La Compañía licenció a los soldados locales abonándoles seis meses de paga, y su lugar fue ocupado por el Duodécimo Regimiento Nativo de Infantería de Bengala. Las armas acumuladas durante décadas de poder maratha fueron destruidas. Y la desairada rani tuvo que cambiar el palacio del rajá en la fortaleza por otro situado en el corazón de la ciudad y aceptar finalmente la pensión de 5000 rupias al mes que se le había ofrecido.
El 21 de diciembre de 1854, Lakshmibai dirigió un escrito a la Corte de Directores en el que denunciaba el «ejercicio de poderes sin derecho del grande y fuerte contra el débil y pequeño» y advertía con juicio de que los príncipes indios estaban expectantes ante la respuesta dada a su solicitud. Su siguiente paso fue enviar una misión a Inglaterra que resultó también infructuosa y en la que gastó 60 000 rupias (según algunos, desaparecidas en los bolsillos de sus dos comisionados). En el libro Selections from the Letters, Despatches and Other State papers, 1857-58, del archivero George W. Forrest (creador de la Oficina de Registros Imperiales en Calcuta en 1891), leemos: «De este modo, la reina Maratha, alta en estatura, atractiva en su persona, joven, enérgica, orgullosa y firme, desde ese momento satisfizo la severa pasión de la ira y la venganza». Aquí debo hacer un receso para aclarar que la foto de Lakshmibai que circula por la red no parece corresponderle: Allen Copsey, en su excelente página Lakshmibai, Rani of Jhansi, nos dice que recientemente su correspondiente Krishna Balakrishnan encontró una vieja edición del The Indian War of Independence de Vinayak Damodar Savarkar en el que se reproduce la foto de marras con el siguiente texto explicativo: «La foto de la izquierda, mostrada como la de Rani Lakshmibai de Jhansi, es, de hecho, no su retrato, sino el de Sultan Jahan Begum de Bhopal. Esta es una de las imágenes que estaban siendo presentadas en el extranjero como de la Rani, y de ahí el error». Así pues, para hacerse una idea de su aspecto recurriremos a Lang:

«Le había escuchado al vakil que la Rani era una mujer muy atractiva, de sobre veintiséis o veintisiete años, y tenía mucha curiosidad por verla; y si fue por accidente o por designio del lado de la Rani, yo no lo sé, pero mi curiosidad fue gratificada. La cortina fue echada a un lado por el pequeño niño [el príncipe], y pude ver bien a la dama. Fue sólo un momento, es cierto, pero la vi lo suficientemente bien como para poder describirla. Era una mujer de estatura media, más bien corpulenta pero no demasiado. Su rostro debe de haber sido muy hermoso cuando era más joven, e incluso ahora tenía mucho atractivo, aunque, de acuerdo a mi idea de belleza, era demasiado redondo. La expresión era muy amable y muy inteligente. Los ojos eran particularmente hermosos, y la nariz estaba muy delicadamente formada. Su piel no era muy clara, pero estaba lejos de ser oscura. Ella no tenía ornamentos, por extraño que parezca, sobre su persona, excepto un par de pendientes de oro. Su vestido era una simple muselina blanca, tan fina en textura, y recogido sobre ella en tal manera y tan ceñidamente que el contorno de su figura era claramente discernible, y tenía una figura notablemente bella. Lo que la echaba a perder era la voz, que era algo entre un chillido y un graznido. Cuando el purdah fue descorrido, ella estaba, o afectaba estar, muy molesta, pero en ese momento sonrió y, de buen humor, expresó su esperanza de que verla no había disminuido mi simpatía con sus sufrimientos ni perjudicado su causa.
—Por el contrario —repliqué—, si el Gobernador General pudiera ser tan afortunado como he sido yo siquiera por un breve momento, estoy completamente seguro de que devolvería inmediatamente Jhansi para que fuera gobernado por su hermosa reina.
Ella me devolvió este cumplido, y los siguientes diez minutos estuvieron dedicados a un intercambio de tales materias. Yo le dije que el entero mundo resonaba con las alabanzas a su belleza y a la excelencia de su intelecto; y ella me dijo que no había un rincón en la tierra en el que los rezos por mi bienestar permanecieran sin decir.
Luego volvimos al asunto, su caso…».

Claro que los ingleses no se fijaron solo en sus charms, invariablemente alabaron su inteligencia y lo estimada que era por todos en Jhansi. Sir Robert Hamilton destacó que se comportaba «como toda una dama» incluso cuando estaba disgustada. Quizá el inglés que más simpatía sintió por ella fue Robert Ellis, que se ganó el enfado de sus superiores por no haber logrado disuadirla de demandarle a la Compañía la devolución del gobierno de Jhansi. «Hamilton estaba palpablemente molesto con él por no haberle informado del encuentro de Lang con la Rani. Uno sólo puede imaginar cuál habría sido su reacción si hubiera sabido que Ellis era quien le había sugerido que invitara a Lang a Jhansi» (Tapti Roy, Raj of the Rani). Su amistosa relación deparó 150 años después una curiosa noticia que leo en el Hindustan Times del 18 de febrero de 2008: partidos políticos y grupos sociales de todo Bundelkhand (región histórica del centro de la India) solicitaron con éxito la retirada de circulación en Uttar Pradesh (llegaron a pedir una prohibición nacional) de la novela Rani, de Jaishree Misra. En ella esta autora afincada en Inglaterra narra una relación amorosa entre Lakshmibai y Ellis ante un problema de impotencia de Gangadhar Rao, lo que hirió el «orgullo bundela» y manchó la reputación de Rani Lakshmibai, en cuyo nombre, se nos dice, todavía jura la gente allí.

En los dos años siguientes sus relaciones con la Compañía no estuvieron exentas de contratiempos, pese a que normalmente contó con el apoyo de Hamilton. De entrada se la hizo depender del Teniente Gobernador de la Provincia Noroccidental, con lo que dejaba de estar subordinada directamente al Gobernador General en la persona de su Agente para India Central, como era el caso de los principados semiautónomos. El Teniente Gobernador le demandó el pago de una vieja deuda familiar de 36 000 rupias so pena de descontársela de su pensión, y se negó a anticiparle parte del dinero que se le guardaba a su hijo hasta que alcanzara la mayoría de edad (pues esta herencia sí se había reconocido) y que necesitaba para su Upanayana (o Ceremonia del Cordón Sagrado, un rito de iniciación al estudio propio de las castas superiores), salvo que cuatro «personas respetables de Jhansi» se comprometieran a garantizar la devolución, como finalmente sucedió. Por otra parte, Laskhmibai se sumó a las infructuosas protestas por el levantamiento de la prohibición de matar reses, algo que hería profundamente los sentimientos religiosos de los hinduistas.

El 1 de junio de 1857, a plena luz del día, dos barracones donde se alojaban los soldados ardieron, tal como había sucedido allí donde había llegado la revuelta, pero Skene y los otros oficiales (Ellis y Hamilton no estaban en Jhansi) no querían crear una «alarma innecesaria» y consideraron el hecho un mero «accidente». Había 66 ingleses en la ciudad y no pocos habían reparado en las «reuniones nocturnas» que sostenían los cipayos; el 5 de junio se confirmaron sus temores: de nuevo las barracas de los soldados —situadas fuera de la muralla, en torno al pequeño Star Fort— fueron el escenario de la agitación y hubo disparos aislados. Lakshmibai envió inmediatamente un mensaje al capitán Skene para invitar a las mujeres y niños británicos a refugiarse en su Rani Mahal, pero Skene optó por hacerlos retirarse al Town Fort, sobre una altura en medio de la ciudad. También se rechazó su oferta de enviar cuarenta de sus soldados para reforzar la guarnición británica.
El día 6 el capitán Francis David Gordon, Deputy Commissioner de Jhansi, envió un informe a sus superiores de Jabalpur:

«A petición de Skene les envío unas pocas líneas para decirles que el Duodécimo o mejor una porción del mismo se ha rebelado abiertamente y ha tomado el Star Fort, que contiene el polvorín y todo el tesoro, que asciende a alrededor de 450 000 rupias. […] Ayer muchos cipayos, habiendo alzado el clamor de que el polvorín era atacado por dacoits (bandidos), se abalanzaron sobre el lugar. Cierto número de hombres no implicados directamente se unieron a los amotinados, e inmediatamente cargaron los cañones y los pusieron en posición. Los buenos, o mejor dicho los indiferentes salieron, pero el polvorín está todavía tomado por unos cuarenta hombres que disponen de dos cañones. Estamos en este aprieto, que no podemos confiar en ninguno de los soldados del regimiento de infantería nativo ni, creo, del de caballería. Desalojaría a los amotinados con Thakurs, pero el primer disparo arrojaría al resto al motín. […] La totalidad de los europeos está a salvo en este momento, estamos todos en el fuerte, que procuraremos defender. Han sido enviados mensajes a Gwalior y Cawnpore para pedir ayuda, sin embargo apenas esperamos nada y debemos, me temo, confiar en nuestros propios recursos. El calor es espantoso, pero las damas están soportándolo valientemente. He pedido ayuda a Samthar y a Orchha. Nada puede ser esperado de Datia, donde el rajá acaba de morir y prevalece un estado de anarquía».

A primera hora de la tarde la situación llegó a un punto crítico: varios oficiales ingleses habían pasado la noche en sus alojamientos junto a los barracones de los soldados, en un intento desesperado de crear una impresión de normalidad, pero en ese momento una muchedumbre llegada desde el Rani Mahal —donde tal vez intentaron que Lakshmibai se sumara a la rebelión (Jerosch)— llamó a los soldados nativos a la oración, y se aprovechó el inocuo momento para disparar sobre los oficiales británicos; tres de ellos y otros tantos nativos murieron inmediatamente; el teniente Taylor, en cambio, consiguió montar su caballo, y desde las murallas de la fortaleza se le vio alcanzar herido una de sus puertas perseguido por dos jinetes. Ahora había dentro 63 ingleses: 27 hombres, 16 mujeres y 20 niños; acompañados por un número indeterminado de asiáticos. La Rani entre tanto «puso guardas en su puerta y se encerró en su palacio» (Forrest). La noche del 7 de junio los rebeldes celebraron una reunión con los partidarios de ésta en la que se discutió quién tomaría las riendas del poder en Jhansi; al no obtener un compromiso decidieron llamar a un pariente lejano del rajá de veintisiete años, Sadasheo Rao, que ya había reclamado el trono cuando murió este, y que se presentó allí dos días después. En la reunión también se decidió la muerte de los ingleses, pese a que esa misma noche el Ressaldar (comandante de la caballería rebelde) Faiz Ali accedió a la petición de Ahmed Hussein, un tehseeldar (recaudador de impuestos), de liberar a los sitiados. Se encargó a un ordenanza del capitán Gordon cautivo de los rebeldes, Madar Bakhsh, que entregara la propuesta: «Al acercarme al fuerte encontré que estaba rodeado por cipayos de la Rani, que me maltrataron y dijeron: “Las órdenes de Rani son que nadie entre en el fuerte”». Madar Bakhsh se dirigió entonces al propio Rani Mahal y consiguió un salvoconducto. «Cuando estaba llevando la carta del Ressaldar a los sahibs en el fuerte, vi al señor Scott y a los dos [hermanos] Purcell, que eran conducidos prisioneros por los cipayos de la Rani». Estos tres hombres habían sido enviados por Skene a Lakshmibai para pedirle ayuda, «desafortunadamente a Madar Bakhsh no se le ocurrió informar a los hombres que los custodiaban del contenido de la carta que llevaba» (Jerosch). Tras pasar por el Rani Mahal, donde no se sabe si fueron recibidos, los llevaron a las barracas de las afueras y los asesinaron. La carta de Faiz Ali, por otra parte, no tuvo ningún efecto.

60 millas al norte, en Gwalior, el capitán Murray se disponía a dirigirse a Jhansi con infantería leal para socorrer a los sitiados, que desconocían esta circunstancia y carecían ya de comida y municiones. Los relatos nos hablan de un tal Andrews, que intentó escapar disfrazado de nativo y fue descubierto y asesinado; y de un señor Crawford, comerciante de la Compañía, que logró escabullirse y huir de la ciudad por la noche. La presencia de la guardia personal de la rani (150 soldados) entre los sitiadores empujó al capitán Gordon a escribirle una carta en la que la reconocía soberana de Jhansi y le pedía que les dejara abandonar la ciudad; al parecer su respuesta fue: «¿Qué puedo hacer yo? Los cipayos me han rodeado y dicen que he escondido a los gentlemen y que tengo que conseguir que el fuerte sea evacuado y ayudarlos; para salvarme a mí misma les he enviado armas y a mis partidarios; si deseáis salvaros, abandonad el fuerte, nadie os hará daño». Se habló entonces en Jhansi de que Lakshmibai había hecho desenterrar cañones que se habían ocultado a los ingleses y había entregado a los rebeldes entre 100 000 y 300 000 rupias, además de un par de elefantes. Según un testimonio, otro mensaje de Gordon no recibió respuesta.
A primera hora del día 8 los amotinados lograron entrar en el fuerte forzando dos de sus puertas. Tras defenderlo todo lo que fue posible, a las tres de la tarde Skene pactó entregarlo. Según el relato de un sirviente nativo, para entonces Gordon había preferido meterse un tiro en la cabeza, aunque otros contaron que lo había alcanzado un disparo en la muralla. En el informe que elaboró más tarde el capitán F. W. Pinkney se dice que los rebeldes juraron «por lo más sagrado» que se permitiría la partida de los sitiados si deponían las armas. A media tarde abandonaron el fuerte, a los hombres se los ató, y todos fueron conducidos a través de la ciudad hacia el Star Fort… Pero apenas traspasada la muralla, en un lugar conocido como Jokhan Bagh, un mensaje del comandante de la caballería rebelde Kala Khan los detuvo. Lo que siguió es contado así en el informe de Pinkney:

«Bakhshish Ali, darogah de la cárcel, mató primero al capitán Skene con su espada. La señora McEgan, intentando salvar a su marido, lo rodeó con sus brazos, pero la golpearon y echaron a un lado, el doctor McEgan fue reducido y asesinado, ella se arrojó entonces sobre su cuerpo y fue asesinada allí mismo también. La señorita Brown cayó sobre sus rodillas ante un cipayo e imploró por su vida, pero fue inmediatamente muerta por él. No tengo detalles respecto a las muertes del resto de nuestros desafortunados compatriotas, pero todos fueron asesinados en el Jokhan Bagh, con excepción de la señora Mutlow [una anglo-india], que se había ocultado en la ciudad disfrazada de nativa».

Se despojó de la ropa a los cadáveres y, tras tres días a la intemperie, se los arrojó a una cantera cercana. Cuatro días después del crimen, los amotinados partieron para Delhi. Ese mismo día 12 Lakshmibai escribió al Major Walter Coningsby Erskine, Comisionado en Sagar, quien a su vez envió un resumen de su carta al Gobierno en Calcuta:

«Después de los cumplidos, afirma que las Fuerzas del Gobierno en Jhansi por su deslealtad, crueldad y violencia mataron a todos los civiles y militares europeos, a los empleados y a todas sus familias, y la Rani no pudo ayudarlos por falta de armas y soldados… lo que lamenta mucho. Afirma además que los amotinados se comportaron después con mucha violencia con ella y sus sirvientes, y le extorsionaron mucho dinero […] Añade que, tomando en consideración su posición, se vio obligada a acceder a todas las peticiones hechas y a soportar muchas molestias, y tuvo que pagar grandes sumas en pertenencias, además de en dinero para salvar su vida y honor.
Sabiendo que ningún oficial británico se había salvado en todo el distrito, se sintió inducida a dirigir perwannahs a todas las Agencias subordinadas del Gobierno, como la policía, etc., para que permanecieran en sus puestos y ejercieran sus funciones como era usual. Teme continuamente por su vida y la de la gente de allí.
Lo apropiado era haber hecho este informe inmediatamente, pero los desafectos no le dieron oportunidad. Como ellos hoy se han dirigido a Delhi, ella no ha perdido tiempo para escribir».

Tanto Erskine como Ellis —entonces Comisionado Político en Nagode— aceptaron en sus informes a Calcuta que Lakshmibai se había visto forzada a asistir a los amotinados, pues otras fuentes se lo habían confirmado. En su contestación, Erskine le encomendó la administración de Jhansi hasta que fuera enviado un nuevo superintendente. «Su iniciativa no fue bien recibida por Canning, y se le hizo saber que el Gobernador General no lo culpaba por creer el relato de la Rani, pero que ella no debería ser protegida si resultaba ser falso» (Copsey). Casi un año después, Hamilton escribió que el khansama (sirviente) de Skene, Shahab-ud-Din, que permaneció fuera del fuerte, «vio que un cañón era dispuesto por orden de la Rani para ser usado contra los oficiales [ingleses] y que la gente de la ciudad, los cipayos amotinados y los sirvientes de la Rani estaban disparando… Un día antes del asesinato de los oficiales fue proclamado en la ciudad a golpe de tambor que el país pertenecía al Badshah, la Rani tenía el gobierno y los oficiales estarían muertos mañana».

A finales de 1857, los ingleses habían ya sofocado la rebelión en Delhi y Oudh, y podían volver sus ojos a pequeños principados como Jhansi. El 1 de enero Lakshmibai escribió a Hamilton: «Referir todos los extraños e inesperados sucesos que tuvieron lugar durante su ausencia de la India es una penosa tarea. No puedo describir los problemas y adversidades que he sufrido durante este periodo. Su vuelta a la India me ha dado nueva vida…». En la carta lamentaba la dificultad de las comunicaciones y que no le hubiera llegado la proclamación como responsable del distrito de Jhansi que se le había anunciado; por otra parte, los principados de Datia y Orchha habían aprovechado la confusión general para invadir Jhansi, la propia ciudad se había salvado al precio de «miles de preciosas almas». La Compañía no había atendido su reiterada solicitud de ayuda: «Como estos individuos cortos de vista parecen despreocupados por la supremacía británica y hacen todo lo posible por echarnos a perder a mí y todo el país, le suplico que me proporcione toda la ayuda que pueda, para así salvarme a mí misma y a esta gente que está en el último extremo y no puede ya hacer frente al enemigo». Para entonces en la Compañía habían calado los rumores que la señalaban como instigadora de la masacre de Jokhan Bagh. «Las fuerzas de Orchha que habían puesto sitio a Jhansi entre el 3 y el 24 de octubre afirmaron actuar en nombre de los británicos» (Copsey). No hubo respuesta de Hamilton. Más tarde, cuando pudo investigar en la propia Jhansi la masacre, le escribió al funcionario de la Compañía e historiador John William Kaye que no había encontrado «ninguna evidencia de que ella deseara o se beneficiara del asesinato de ningún europeo».

El 6 de enero de 1858, tropas inglesas al mando de Sir Hugh Rose se dirigieron a Jhansi, y vale la pena recordar aquí que el comportamiento de los soldados de la Compañía en las zonas rebeldes escandalizó incluso a Lord Caning y la Reina Victoria. El doctor Thomas Lowe, Oficial Médico en la fuerza de Rose, tachó tales consideraciones de «sentimentalismo empalagoso». El 14 de enero Rose sometió a juicio sumario a 149 amotinados de Sehore y los hizo fusilar por un gigantesco pelotón de 150 hombres. El teniente J. Bonus escribe en una carta a sus padres fechada en Sagar el 13 de febrero de 1858:
«Veo por los periódicos de allí que la gente cree a Canning demasiado indulgente, nosotros también pensamos así, pero no hay indulgencia aquí. Sir Hugh no conoce la lengua nativa así que presta poca atención a lo que un prisionero dice. Su primera pregunta es: “¿Fue este hombre tomado con armas en las manos?”. Si la respuesta es “Sí”, Sir Hugh dice: “Entonces pegadle un tiro”».

Los informes de la inteligencia británica revelaron que Lakshmibai se comunicaba con algunos líderes rebeldes y estaba «muy enfadada y abatida» por los éxitos ingleses, pero no se determinaba a afrontar a la Compañía: «No parece tener intención de luchar, pero hay alrededor de 150 sowars (soldados de caballería) y 200 soldados de infantería de los amotinados con ella».
El 21 de marzo comenzó el sitio de la ciudad. Según los informadores de la Compañía, hasta el día 15 Laskhmibai vaciló… Junto a 14000 voluntarios, formaban parte de su ejército 1500 cipayos y muchos de ellos habrían sido ejecutados de entregar la ciudad, por no hablar de lo que podía esperar ella misma. Hay dos testimonios que hacen referencia a sendas negociaciones (una de ellas mantenida por Hamilton, que formaba parte de la columna), pero no ha quedado ningún registro de ellas. Después de diez días de intenso bombardeo y tras hacer frente en el cercano río Betwa a los más de 20000 hombres del líder rebelde Tatya Tope, llegado en auxilio de la ciudad sitiada, los soldados de la Compañía consiguieron abrir brecha en una de las puertas de la muralla y escalar esta en otros puntos, con lo que penetraron en la ciudad el 3 de abril. «Cada palmo de tierra fue disputado hasta que el palacio fue alcanzado. Jhansi fue un pestilente matadero bajo el cielo oriental» (Forrest, Selections). La orden de Rose era que «no se perdonara a nadie de más de dieciséis años, exceptuando a las mujeres, por supuesto». Cuatro o cinco mil personas perdieron la vida. En su «The Rani of Jhansi», D. V. Tahmankar recoge el testimonio del sacerdote hinduista Vishnu Godse: después de que la masacre y el saqueo hubieran terminado…
«En las plazas de la ciudad cientos de cuerpos fueron reunidos en gandes montones y cubiertos con madera, tablas y todo lo que hubo a mano, y se les prendió fuego. Ahora cada plaza brillaba con cuerpos ardiendo, y la ciudad parecía una vasta tierra ardiente. Se hizo difícil respirar porque el aire apestaba con el hedor de la carne quemada y la putrefacción de los animales en las calles».
Pese a que el doctor Lowe consideró estas muertes una «retribución infligida a esta Rani Jezabel y su gente», los ejecutores de la matanza de Jokhan Bagh encontraron, en realidad, su «retribución» un mes más tarde, defendiendo ante las fuerzas de Rose el fuerte de Lohari.
Laskhmibai se les escapó de entre las manos: disfrazada de hombre y con su hijo —que entonces contaba diez años— y más de trescientos soldados se escabulló en la oscuridad, cuando el fuerte estaba a punto de ser tomado y para consternación de Rose. La leyenda dice que, llevando al pequeño a la espalda, saltó a caballo desde la muralla, algo difícil de creer, aunque el lugar —como debe ser— es enseñado a los turistas. «La prensa inglesa en la India compartió el asombro de Rose por la desaparición de la Rani del fuerte. El Bombay Telegraph and Courier publicó el 9 de abril: “Nos confesamos perfectamente incapaces de comprender esto. O el telegrama anterior ha malinterpretado los hechos o alguna confabulación con nuestras tropas nativas capacitó a la Rani para pasar sin ser advertida a través de nuestros centinelas. Tal circunstancia demanda la más estricta investigación, y esperamos que no será pasada por alto”» (Joyce Lebra-Chapman, The Rani of Jhansi, A Study in Female Heroism in India). Curiosamente, así como los informes indios refieren que en la toma de la ciudad se abrieron las puertas de la muralla a traición, los informes ingleses hablan de la complicidad de un nativo de la fuerza de Rose en el escape de la Rani. Quizá los ingleses no sabían que en el fuerte prácticamente se habían quedado sin agua (con la que podrían haber resistido uno o dos meses), y sea cierta la explicación del teniente Anthony Lister, edecán de Rose, que sugirió a este que le dejara una vía de escape a la Rani para incitarla a abandonar su encierro.
Sea como fuere, al advertir su fuga los ingleses enviaron destacamentos por toda la zona en su persecución. Su padre, que la había incitado contra ellos y estaba herido en una pierna, se perdió en la oscuridad junto a otro fugado y fue capturado y ahorcado en el propio Jokhan Bagh. A ella la sorprendieron junto a su escolta afgana en Bhander, a 21 millas de Jhansi. En el feroz encuentro murieron casi todos sus hombres. El teniente Dowker la persiguió cuando escapaba con solo cuatro escoltas y, pese a que resultó herido en la contienda —según algunos autores indios por el sable de la propia Rani—, nos dejó un comentario delicioso que dice mucho de la impresión que causaba esta joven: «La Reina Maratha estaba tan relajada cabalgando como en la zenana escuchando a su trovador favorito».

En Kalpi, Lakshmibai se juntó con los líderes rebeldes Tantia Tope y Rao Sahib, que no accedieron a su solicitud de comandar el ejército. Los ingleses los derrotaron en Kulch y tomaron Kalpi, donde se dice que un proyectil estalló en las habitaciones de la Rani y mató a dos de sus asistentes. Los líderes rebeldes escaparon a tiempo y se hicieron con Gwalior a primeros de junio, después de que las tropas locales se les unieran en contra del criterio del joven marajá Jayaji Rao Scindia, aliado de los británicos. Nana Sahib fue proclamado peshwa de la Confederación Maratha y su bandera se alzó en el monumental fuerte. Con Rose ad portas, Lakshmibai no quiso participar en las ostentosas celebraciones que siguieron. Mediado ese junio de 1858, encontró la muerte mientras defendía uno de los accesos a la ciudad. Una de las dos damas de honor que la acompañaron hasta el final, Kashi Kumbin, fue quien preparó la pira funeraria y, junto a otro cercano asistente, se ocupó de su hijo durante dos años, antes de entregarlo a los ingleses bajo la promesa de que sería bien tratado. Al chico le concedieron una pensión vitalicia, pero no le entregaron la herencia de su padre. Varios autores modernos sostienen que, en realidad, Lakshmibai no murió en Gwalior, sino que sobrevivió hasta los años veinte del siglo pasado, viviendo como una sannyasini (peregrina).

***

Hoy escucharemos un tema de la comedia romántica Anjaana Anjaani (2010), pero en la versión del grupo Ozyris The Band:

Tujhe Bhula Diya

Naina Laggeyan Baarsihan
Llueven lágrimas en mis ojos
Tu sukke sukke sapne vi pijj gaye
que han empapado incluso mis áridos sueños
Naina Laggeyan Baarsihan
Llueven lágrimas en mis ojos
Rove palkan de Kone vich neend meri
mientras mis sueños lloran en los rincones de mis párpados
Naina Laggeyan Baarsihan
Llueven lágrimas en mis ojos
Hanju digde ne chot lage dil te
las lágrimas caen y mi corazón duele
Naina Laggeyan Baarsihan
Llueven lágrimas en mis ojos
Rut birha de badlan di chhaa gayi
cuando llega el tiempo de las oscuras nubes de la separación

Kaali kaali khaali raaton se
Con las negras, negras noches
Hone lagi hai dosti
estoy empezando a trabar amistad
khoya khoya in raahon mein
Perdido en estos caminos
Ab mera kuch bhi nahi
nada me pertenece
Har pal har lamha, main kaise sehta hoon
Cada momento, cada instante, cómo lo soporto
Har pal har lamha main khud se yeh kehta rehta hoon
Cada momento, cada instante, sigo diciéndome
Tujhe bhula diya, oh
que te he olvidado
Tujhe bhula diya, oh
te he olvidado
Tujhe bhula diya, oh
Phir kyun teri yaadon ne

Entonces, por qué tus recuerdos…
Mujhe rula diya, oh
me hacen llorar
Mujhe rula diya
me hacen llorar

Teri yaadon mein likhte jo lafz dete hai sunaai
Puedo escuchar las palabras escritas en tus recuerdos
beete lamhe poochhte hain kyun hue aise juda khuda
los momentos pasados preguntan por qué nos separamos así
Khuda mila jo yeh faisla hain
Oh, Dios, esta distancia
Khuda tera hi yeh faisla hain
Dios, es sólo tu decisión
Khuda hona tha woh ho gaya
Dios, ha sucedido
Jo tune thha likha
lo que tú habías escrito
Kaali kaali khaali raaton se…

Dol pal tujh se juda thha

Apenas dos momentos estuve unido a ti
Aise phir rasta muda thha
entonces el camino se volvió tal
Tujh se main khone laga
que empecé a perderte
Juda jaise hone laga
como si empezara a separarse
Mujh se kuch mera
algo de mí
Tu hi mera liye abb kr dua
Reza por mí ahora
Tu hi is dard se kar de juda
sólo tú puedes apartar de mí este dolor
Tera hoke tera jo main na raha
Siendo tuyo, no voy a seguir siéndolo
Main yeh khud se kehta hoon
y me digo a mí mismo
Tujhe bhula diya, oh
que te he olvidado
Tujhe bhula diya, oh
te he olvidado
Tujhe bhula diya, oh
Phir kyun teri yaadon ne

Entonces, por qué tus recuerdos…
Mujhe rula diya
me hacen llorar
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MensajePublicado: Dom Ago 25, 2013 8:20 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Fui dos meses después de mi vuelta de Rajputana, en 1823, a la catedral de York para asistir al memorable festival de ese año. Los sublimes recitados de Haendel en Jephtha’s Vow, la sonora aflicción de Sapio “Deeper and deeper still” poderosamente evocaron la triste muerte de la Rajputni; y la representación apenas después de la tragedia de Racine Iphigénie otra vez sirvió para despertar el recuerdo de este sacrificio. El siguiente pasaje no sólo expresa unos sentimientos, sino que lo hace en el preciso lenguaje en el cual la “Virgen Krishna” se dirigió a su padre, y prueba que la naturaleza humana tuvo sólo un modo de expresión para el mismo sentimiento. Tengo la tentación de transcribir:

Padre mío,
dejad de trastornaros, no sois traicionado en absoluto.
Cuando mandéis, seréis obedecido.
Mi vida es vuestra propiedad. Queréis recuperarla,
vuestras órdenes pueden hacerse entender sin rodeos;
con una mirada tan dichosa, con un corazón tan sumiso
como yo acepto el esposo que me habíais prometido,
yo sabré, si es preciso, víctima obediente,
tender al hierro de Calchas una cabeza inocente,
y respecto al golpe por usted mismo ordenado,
devolveros toda la sangre que me disteis».
Lieut.-Col. James Tod, Annals and Antiquities of Rajasthan

Nunca hubo una nación llamada Rajastán o Rajputana, ni siquiera una confederación de los estados rajputs. A partir de los siglos octavo y noveno, los clanes dominantes en esta región del noroeste de la India conformaron estados caracterizados por el poder de los señores feudales (samantas) que rodeaban el khalisa, el territorio directamente gobernado por el rajá. Los rajputs se mantuvieron semiindependientes frente a mogoles y marathas. El restaurador del imperio mogol, Akbar, integró a sus rajás en el mansabdari, su red de gobernadores, y se desposó con una princesa de Amber, Rajkumari Hira Kunwari; Jaswant lal Mehta nos dice en su Advanced Study in the History of Medieval India que Akbar «quedó tan fascinado con el atractivo y las dotes de su esposa rajput que llegó a sentir auténtico amor por ella y la alzó al estatus de reina principal». Si los mogoles no tenían mucho que ganar con la integración de Rajastán en su imperio, no sucedía lo mismo con Gujarat, una tierra fértil y abundante en recursos que les ofrecía además una salida al mar. Pero en el camino estaba Mewar. Udai Singh (siendo Singh un sobrenombre muy común derivado del sánscrito sinha, león) lo había convertido en el estado más poderoso de la región, y ahora se aprestó a luchar contra la potencia imperial para salvaguardar el etos rajput. Llamó a los mogoles públicamente «extranjeros impuros» y consideró una «humillante alianza matrimonial» la boda de la princesa de Amber; finalmente, al acoger en Chittor a un fugitivo suyo, el sultán de Malwa, Miyan Bayezid Baz Bahadur, su conflicto con ellos se desencadenó.

Los mogoles en realidad no habían tenido justificación para invadir Malwa (1561), territorio desgajado de Delhi tras la conquista de Tamerlán y que sólo había conocido el dominio mogol brevemente veinticinco años antes; sus cronistas tienen que aludir al abandono de sus deberes de un sultán «rendido a la sensualidad». «El honor del trono imperial exigía que este país fuera traído otra vez bajo su control y encontrara paz y seguridad», escribe Nizamuddin Ahmad —bakhshi (asistente general) de Akbar— en su Tabakat i Akbari, pero el historiador de origen persa Abd-ul-Qadir Bada’uni pudo escandalizarse unos años después de que en la matanza que siguió a la toma de Sarangpur incluso sayyids (descendientes del profeta) y sheikhs (eruditos islámicos) «con el Corán en las manos» fueron asesinados. El pastún Baz Bahadur había sucedido a su padre a principios de 1556 tras vencer y asesinar a sus hermanos, pero fracasó poco después en su intento de conquistar el vecino Gondwana, cuyo ejército conducía en persona la regente Rani Durgavati. «La derrota a manos de una mujer le causó tanta humillación que perdió todo aliciente por la conquista agresiva y cayó en la desidia; buscó solaz en la música y los placeres sensuales» (Ashirbadi Lal Srivastava, Akbar the Great). En la paz de su corte en Mandu se consagró a componer canciones dedicadas a su esposa favorita, la hinduista Rupmati, bien una pastora a la que escuchó cantar cuando estaba cazando, bien una brahmán de Sarangpur, en cualquier caso también una talentosa bailarina, poeta y cantante, «renombrada a través de todo el mundo por su belleza y encanto», al decir del cronista de los mogoles Abu’l-Fazl (Akbarnama), y cuya historia —con una selección de sus poemas— escribió en persa en 1599 Ahmad-ul-Umri Turkoman (la primera traducción al inglés es de 1926: The Lady of the Lotus: Rupmati, Queen of Mandu: A Strange Tale of Faithfulness). Dichas canciones «fueron tan populares que pudieron ser escuchadas en todos los bazares del Indostán» (Bamber Gascoigne, The Great Moghuls). Pero esta legendaria historia de amor terminó trágicamente: derrotado Baz Bahadur en Sarangpur, nos dice Abu’l-Fazl que los mogoles encontraron a Rani Rupmati malherida por «un monstruo a cuyo cuidado había sido dejada», aunque Abraham Eraly (Emperors of the Peacok Throne. The Saga of the Great Mughals) supone que probablemente fue ella quien pidió a uno de sus guardias que la ayudara a morir; como sea, después ingirió veneno para evitar formar parte del harén del vencedor. Baz Bahadur logró recuperar Malwa por un corto periodo de tiempo con ayuda de los sultanes de Khandesh y Berar, pero fue derrotado de nuevo por los mogoles y pasó alrededor de quince años huyendo de corte en corte hasta que se entregó a Akbar en Nagaur; obtuvo de su clemencia un jagir (pequeño territorio) e incluso actuó para él, no en vano el citado Nizzamudin reconoce que «fue el más consumado hombre de su tiempo en el arte de la música y las canciones en hindi».

Udai Singh abandonó junto a su familia la capital, Chittor, cuando estaba a punto de caer en manos de los mogoles en 1568. La toma de la ciudad tras cuatro meses de asedio costó la vida a 30 000 personas. En el momento de la inminente derrota, las mujeres ejecutaron el jauhar, la autoinmolación colectiva, y los hombres cumplieron su parte del sacrificio, el saka: según la Crónica de los Rathores de Badnor, el joven qiledar (comandante) de la guarnición, Jaimal Rathore, pese a estar herido en una pierna, condujo a los hombres en una embestida suicida contra los mogoles cuando penetraban por una brecha de la muralla; al morir lo sustituyó en el mando Patta Sisodia —hijo de uno de los comandantes ya fallecido—, que encontró también la muerte heroicamente, pues sólo se le pudo derribar con la embestida de un elefante. Se dice que a Akbar le impresionó tanto el valeroso sacrificio de estos dos jóvenes que les erigió sendas estatuas montados en elefantes en la puerta de Agra. Sin embargo, en el Fathnama-i-Chitor el propio Akbar afirma que fue él quien mató al «despreciable» Jaimal con un tiro de mosquete cuando este intentaba con un cuerpo de hombres cerrar la brecha en la muralla, y que estaba predestinado que acabara «en lo más hondo del infierno». El alcance de los mosquetes mogoles era de unos 90 m, y no es probable que el emperador se expusiera tanto. Después de la espantosa masacre que siguió a la toma de la ciudad (que seguía desploblada doscientos años después), Akbar se llevó sus puertas a Delhi junto a dos inmensos nagaras (tambores) que se utilizaban para anunciar la partida y la llegada de los príncipes. Por la importancia que habían tenido en el asalto los trescientos elefantes de su ejército, mandó erigir dos estatuas que representaran sendos ejemplares armados en la puerta principal del Fuerte de Agra (estatuas que, trasladadas más tarde a Delhi, fueron destruidas por el fanático Aurangzeb un siglo después).

Udai Singh trasladó su capital a Udaipur, en el valle del río Girwa, incrustado en la cordillera Aravalli, y siguió luchando contra los mogoles hasta su muerte en 1572. Su hijo Pratap Singh continuó durante veinticinco años una lucha desigual contra «el más rico y poderoso monarca del mundo durante el último cuarto del siglo dieciséis» (Vincent Arthur Smith, Akbar the Great), una lucha guerrillera, que lo obligó a criar a su heredero Amar «entre bestias salvajes y apenas menos salvajes hombres» (Jaswant Lal Mehta, op. cit.). En 1576, conquistadas ya Bihar y Bengala, el ejército imperial y sus aliados rajputs —para quienes el patriotismo de Rana Pratap era una ofensa— se concentraron en acabar con los rebeldes de Mewar. El imán Abd-ul-Qadir Bada'uni solicitó participar en esta «guerra sagrada» para ganar el título de ghazi (soldado que lucha contra los infieles), y dejó un relato de esta campaña en su célebre Muntakhab-ut-Tawarikh (Selección de Crónicas). El paso de Haldi Ghati, en las estribaciones de la Aravalli, fue el escenario del encuentro que se quería decisivo. Rana Pratap perdió a la mitad de sus tres mil hombres y resultó herido, pero pudo retirarse a las montañas de nuevo. Akbar hizo del sometimiento de este príncipe Sisodia «una cuestión de prestigio» (Ashirbadi Lal Srivastava, op. cit.) y al año siguiente preparó otra campaña. Esta vez penetraron profundamente en los bosques en los que se escondía y lo cercaron en la fortaleza de Kumbhalgarh, que cayó tras cinco meses de asedio, pero no sin que antes huyera en la oscuridad de la noche. Al año siguiente una nueva campaña, y al siguiente otra en la que el propio Akbar hizo acto de presencia en Sambhar para estimular la moral de sus tropas. Todo fue en vano. En 1581 Rana Pratap incluso se permitió lanzar una ofensiva, aprovechando la revuelta suscitada en el Imperio por una fatwa del qazi de Jaunpur en la que se decía que Akbar (demasiado tolerante a ojos de los mulás) había dejado de ser un verdadero musulmán y, por tanto, luchar contra él era un deber religioso de todos los fieles. Cuando el “Leónidas de Rajastán” —como lo llama James Tod— murió en 1597, había recuperado el control sobre la mayoría de Mewar. «Los últimos momentos de Pratap —escribe Tod— fueron una adecuada apostilla a su vida, que él terminó, como el cartaginés, haciendo prometer a su sucesor una lucha eterna contra los enemigos de la independencia de su patria». Su hijo, Rana Amar Singh, hizo frente durante años a nuevos empeños infructuosos de los mogoles, pero en 1615 se avino a aceptar su tutela después de una devastadora campaña conducida por el nieto de Akbar, el príncipe Khurram (después llamado Shah Jahan, rey del mundo, y célebre constructor del Taj Mahal). El emperador Jahangir concedió una paz honorable a Rana Amar Singh y le brindó una cálida bienvenida en Ajmer cuando se encontró con él. Leo en The Truth of Babri Mosque, de Ashok Pant, que lo hizo porque estaba abatido por la crueldad de su hijo, que había torturado incluso a mujeres y niños para compeler al rajput a rendirse; se dice que en plena campaña le había escrito un «estricto mensaje» en el que lo conminaba a respetar sus vidas.

Los rajput sólo volverían a entrar en conflicto con los mogoles cuando gobernó en Delhi Aurangzeb. Durante cerca de veinte años, este hombre intransigente y ambicioso evitó un conflicto abierto con los estados de Rajputana, pero al cabo les impuso el pago de la jazya y se anexionó Marwar tras la muerte de su marajá sin heredero (1679), lo que suscitó una ola de indignación entre los rajput. El gadi vacante fue vendido al gobernador de Nagaur, hasta entonces subordinado al marajá y ahora, al gobernador mogol. Pocos meses después ambos tuvieron que huir de Jodhpur ante el avance del ejército popular formado en torno a la familia depuesta, que había logrado escapar disfrazada de Delhi con un hijo póstumo del marajá (su madre se libró del sati por estar embarazada). Según una fuente contemporánea, Aurangzeb había ofrecido a los Rathores (dinastía reinante en Marwar) poner al niño en el gadi si aceptaban su conversión al islam; tras la fuga presentó al hijo de un lechero como el auténtico príncipe y solemnizó su conversión. Al perder Jodhpur proclamó la yihad contra Marwar, y los rajput, con excepción de Amber, tomaron las armas. Con variante grado de intensidad, el conflicto se arrastró hasta más allá de la muerte de Aurangzeb en 1707, con el inicio del declive del poder mogol.
No quiero dejar de referir una atroz leyenda asociada a estos hechos: cuando los mogoles recuperaron Jodhpur, además de exigir al rajá de Kishengarh (feudatario de esa ciudad) el pago de la jazya, Aurangzeb pretendió la mano de su hija, Rajkumari Rupmati, conocida en toda Rajputana por su belleza y dotes. Ante la seca negativa del rajá, se puso sitio a su fortaleza. En esta crítica situación, la joven princesa envió a su purohit (sacerdote familiar) a Udaipur, donde se habían refugiado la rani viuda y su hijo; al ser recibido por el rana, Raj Singh, el brahmán arrojó a sus pies un rico brazalete que contenía una nota manuscrita de la princesa: «¿Tiene el cisne que ser compañero de la cigüeña: una rajputni, de sangre pura, esposa de un bárbaro cara de mono?», continuaba diciendo que elegiría la muerte antes que el deshonor, y que su mano debía ser dada al verdadero rajput que la salvara de tan terrible destino. Al cabo de sólo unas horas, el galante (aunque ya maduro) Raj Singh se dirigía al frente de sus tropas hacia Kishengarh, donde el ejército invasor fue aniquilado. Durante la ceremonia nupcial se declaró la guerra contra los mogoles. Al acabar el festejo, Raj Singh se aprestaba a reunirse con sus soldados cuando reparó en que su joven esposa lo observaba desde un corredor del palacio; no quiso irse sin un recuerdo suyo, así que envió un sirviente a pedírselo; Rupmati, considerando que su esposo no podría cumplir su misión si ocupaba sus pensamientos con ella, tomó la terrible decisión de mandarle su propia cabeza… La leyenda, con todo, no figura en el contemporáneo Rajaprasasti, un conjunto de 27 losas de mármol situadas en el Rajsamand (lago artificial hecho en 1660 al norte de Udaipur) en las que está inscrito un mahakavya (poema épico) de Ranchhod Bhatt que refiere la historia de Mewar.

En 1761 el pastún Ahmad Shāh Durrani —que había formado un imperio tras el colapso de los afsáridas— derrotó a una fuerza expedicionaria marata a la que había tenido sitiada dos meses en Panipat, a unos 90 km al norte de Delhi. Pero acabada su yihad regresó a Afganistán, impelido por sus propios soldados y la poca consistencia de sus alianzas indias. El control del norte de la India por los maratas apenas se retrasó diez años. Entonces, desaparecida buena parte de su nobleza en Panipat, fueron los principados de la Confederación, los Scindia y Holkar, los que se limitaron a hacer incursiones en favor de sus intereses, a veces contrapuestos. Como resultado, los estados de la zona entraron gradualmente en la órbita de la Compañía Británica de las Indias Orientales en busca de protección. «Los gobernantes retuvieron sus palacios, sus bailarinas y su principesco estilo de vida. Retuvieron su derecho a administrar sus reinos, aunque bajo la supervisión del Agente Político» (M. S. Naravane, The Rajputs of Rajputana: A Glimpse of Medieval Rajasthan). Se echó a perder así la posibilidad de establecer el pregonado Hindu Pad Padshahi (imperio nacional hinduista), un concepto ya muy debilitado antes de Panipat por la torpeza de los dirigentes maratas y los estragos de sus tropas, y convertido después en una fórmula vacía.
En 1802 el propio Peshwa tuvo que recurrir a los ingleses para mantenerse en el poder. Baji Rao II fue derrotado a las puertas de Pune por el marajá de Indore Yashwant Rao Holkar y se refugió en Bombay, una de las tres Presidencias de la Compañía. El tratado que firmó después en Bassein con sus protectores suponía la pérdida de la independencia política de los maratas y fue considerado una «desgracia nacional» incluso por Daulat Rao Scindia, marajá de Gwalior, que había luchado con él contra Holkar. Se desencadenó así la Segunda Guerra Anglo-Marata. Su prolongación durante tres años dio a los maratas que combatían por el peshwa tiempo para pensar en lo absurdo de contribuir a la destrucción de su propio imperio. Temiendo que acabaran todos componiendo sus diferencias para volverse contra la Compañía, la Corte de Directores apresuró el fin de una guerra ya claramente inclinada a su favor. «Esta desastrosa conclusión de la guerra plantó las semillas de otra más crucial contienda —escribía el periodista e historiador John Clark Marshman sesenta años después—. Nada faltaba para asegurar la pacificación de la India salvo completar el acuerdo con Scindia, ya cerca de lograrse, y terminar con el poder de Holkar y Amir Khan, que estaban en una situación crítica. La política de la Corte de Directores trajo paz a la Compañía, pero perturbación a la India» (History of India from the earliest period to the close of Lord Dalhousie’s administration).
Los acuerdos de paz abrieron de nuevo la puerta de Rajputana a pastunes y maratas, pues incluyeron cláusulas que cancelaban los tratados de protección de la Compañía sobre los estados al norte del Chambal (tributario del Yamuna), cuya desunión los hacía muy vulnerables. El General Gerard Lake, Comandante en Jefe de la India, dimitió en protesta por el abandono de los aliados indios.

Ya antes de acabar esta guerra, los rajput habían empeorado su situación al enredarse en un conflicto que se enquistó hasta parecer irresoluble…

Nos dice John Malcolm (militar y diplomático de la Compañía a la sazón) en su Memoir of Central India que una alianza con la ilustre casa de los Sisodia de Mewar era considerada el más alto honor al que podía aspirar un príncipe rajput, y su marajá Bhim Singh, además, tenía una muy bella hija: Krishna Kumari (o Kunwari, virgen), de la que James Tod pudo escribir: «Brotada de la más noble sangre del Indostán, añadió belleza de rostro y persona a un comportamiento encantador, y fue justamente proclamada “la flor de Rajastán”».

(Llegado a la India en 1799, Tod hizo carrera en el Ejército de Bengala y en 1818 se convirtió en Agente Político en los Estados Rajput Occidentales. Felizmente no se limitó a cumplir sus funciones, sino que sintió auténtico interés por la India y recopiló valiosa información geográfica e histórica sobre la India Central y Rajputana. De hecho, su retiro en 1822 se debió, además de a motivos de salud, a la desaprobación en la Compañía de sus sentimientos pro rajput. Reginald Heber, obispo de Calcuta, escribió:
«Su desgracia fue que, como resultado de favorecer tanto a los príncipes nativos, el Gobierno de Calcuta llegó a considerarlo sospechoso de corrupción y, consecuentemente, a limitar sus atribuciones y asociarle otros oficiales, hasta que él se disgustó y dejó su cargo. Ahora están, pienso, convencidos de que tales sospechas eran infundadas»).

Krishna Kumari había sido comprometida con el rajá de Jodhpur (Bhim Singh); tras su muerte en 1803 el compromiso pasó a su sucesor, Man Singh, pero el padre de Krishna se sintió ofendido cuando éste privó a un pariente suyo de los beneficios del territorio de Khalirao, y en consecuencia anuló la boda y ofreció la mano de su hija al rajá de Jaipur, Jagat Singh. Tropas de Jaipur se desplazaron hasta Mewar (1805) para proporcionar ayuda frente a un descontento Man Singh, lo que introdujo en el conflicto a Daulat Rao Scindia, de quien era tributario este Estado. Los ingleses, que todavía ejercían su protectorado sobre Jaipur, pidieron a Jagat Singh que retirara sus soldados, y al Scindia que aceptara el matrimonio concertado en detrimento de su aliado Man Singh; por lo demás, prácticamente se desentendieron de un asunto que, en el marco de la política de no intervención, juzgaban de carácter interno. Man Singh y Jagat llegaron a pactar que ninguno de los dos se casaría con Krishna Kumari, y que su padre no podría comprometerla sin la conformidad de ambos; además, Man Singh se casaría con la hermana de Jagat, y este, con la hija de aquel (1806). Pero Jagat, que no pensaba renunciar al enlace, mantuvo sus fuerzas en Mewar, y Scindia se vio impelido a enviar allí dos grandes destacamentos para forzar su retirada. Con Bhim Singh en sus manos, Scindia intentó (él también) desposarse con Krishna Kumari, algo que un orgulloso rajá rajput difícilmente podía aceptar. De todos modos, con la reaparición en escena de Jaswant Rao Holkar, que saqueó Jaipur y reclamó tributo de Mewar, Scindia tuvo que retirarse de allí y olvidar a su princesa.

Me alargaría mucho si refiriera los pormenores de este conflicto, baste decir que Jagat quiso mejorar sus expectativas apoyando las pretensiones al gadi de Jodhpur de un supuesto hijo póstumo del anterior rajá, y que todo se complicó todavía más (y dramáticamente) con el protagonismo adquirido por Amir Khan, un pindari (jinetes que guerreaban junto a los maratas a cambio de botín) que conducía una tropa de pastunes al servicio de los Holkar de Indore, de los que se hizo cada vez más independiente. «Durante los años 1807-10 Amir Khan gradualmente se convirtió en el hombre más poderoso de India Central. En 1807 puso a Man Singh de Jodhpur bajo su control. En 1810 se aprovechó de la demencia de Jaswant Rao Holkar y llegó a ser de facto el gobernante de su Estado. Su influencia casi eclipsó la de Scindia» (R. K. Gupta y S. R. Bakshi, Rajasthan Through the Ages: The Heritage of Rajputs). Nos dice M. S. Naravane (op. cit.) que «si hubiera existido un reino donde el engaño, el desenfreno, la traición y la crueldad fueran las principales virtudes y pilares del estado, su corona sólo podría haber sido de una persona: Amir Khan». Al servicio de Jagat cuando este se dirigía a Jodhpur con el pretendiente Dhonkal Singh, problemas en el pago de las tropas lo llevaron a pactar con un Man Singh ya parapetado en Mehrangarh. La descomposición de la fuerza invasora invitaba a tomar venganza contra Dhonkal y su importante partidario el noble Sawai Singh, y Amir Khan se ocupó de ello: se presentó en la ciudad de Nagaur (1808), donde se habían refugiado, y juró ante el Corán que había desertado del rajá; cuando estaban celebrando su alianza en una carpa con música y bailarinas, se excusó un instante y sus hombres desplomaron la estructura y acabaron con sus ocupantes. Se les escapó el supuesto príncipe, pero las cabezas de cuarenta y dos destacados miembros de su facción, entre ellas la de Sawai, fueron enviadas a Man Singh.

En mayo de 1810 Amir apareció en Mewar con sus huestes. Ante el rechazo de Bhim Singh a encontrarse con él, se presentó en Udaipur y logró arrancarle al indefenso marajá la concesión de un cuarto de sus ingresos y la contratación de parte de sus tropas. Lo siguiente que pretendió fue que se reconociera el derecho de Man Singh a la boda con Krishna Kumari… o se sellara la paz con la muerte de la joven —que entonces contaba apenas dieciséis años—, con la amenaza de llevársela por la fuerza a Jodhpur si no se atendía su sugerencia.
Bhim Singh tenía tres años cuando su padre fue asesinado, y creció dominado por una madre a la que estuvo sometido incluso en su vida adulta, lo que según Tod «marcó su carácter». Ahora estaba dominado por su cortesano Ajit Singh, que respaldó la propuesta de Amir Khan. El Residente de la Compañía en Delhi, en una carta oficial del 4 de agosto (1810), informó que la decisión de asesinar a la princesa fue tomada y llevada a efecto por los nobles de Mewar «con la concurrencia de un infeliz padre». Nos dice Tod que se sondeó primero a dos parientes varones para que cometieran el crimen, al primero lo conoció bien y da fe de que era «un hombre honrado»: «¡Maldita la boca que lo manda!, polvo sobre mi lealtad si de este modo ha de ser preservada» fue su respuesta. El segundo aceptó la monstruosa tarea, «pero cuando en su juvenil hermosura Krishna apareció ante él, la daga cayó de su mano, y él regresó más desdichado que la víctima». Se recurrió entonces al veneno; al entregarle la fatídica copa, Krishna exclamó: «Este es el matrimonio al que estaba condenada».

«Los gritos de la frenética madre resonaron por todo el palacio, mientras imploraba piedad o execraba a los asesinos de su hija, la única que se había resignado a su suerte. “¿Por qué te aflijes, madre, por este acortamiento de las penas de la vida? ¡No temo morir! ¿No soy yo tu hija? ¿Por qué he de temer la muerte? Estamos marcados para el sacrificio desde nuestro nacimiento, apenas nos adentramos en el mundo, que somos enviados fuera de nuevo, ¡quiero agradecer a mi padre haber vivido tanto tiempo!».
James Tod

El Asiatic Annual Register recogía la noticia el 4 de noviembre de ese 1810:
«El más importante suceso político que ha ocurrido últimamente en el Indostán es la muerte envenenada de la princesa de Udaipur… La rivalidad de estos dos rajás (por su mano) llevó a una guerra… La contienda ha sido, a la larga, terminada del modo referido. El veneno fue administrado a la princesa por su propia tía, y con el conocimiento de su padre. El informe añade que todo el plan fue secretamente ideado por Amir Khan, quien, encontrando que el Rana de Udaipur (ahora enteramente en su poder) estaba demasiado comprometido con el Rajá de Jaipur para retractarse, y habiendo resuelto que su propio aliado, el Rajá de Jodhpur, no debería ser deshonrado por el triunfo de su rival, sugirió este expediente, como el único modo de, al mismo tiempo, zanjar todas sus pretensiones y terminar la guerra de diez años que esta segunda Elena había suscitado».

Informado de la muerte por Ajit, Amir Khan lo despachó con desdén y exclamó mordazmente: «¿Será este el cacareado valor rajput?». La desconsolada madre murió pocos días después. Uno de los grandes nobles del Estado se dirigió apresuradamente a Udaipur al saber lo que se tramaba, pero habiendo llegado demasiado tarde, arrojó a los pies de Bhim Singh su espada y su escudo y dijo: «Mis ancestros han servido a los tuyos durante treinta generaciones, pero nunca más estas armas serán usadas en tu servicio». Para consternación de Tod, Amir Khan acabó estableciendo tratados «de amistad» con los ingleses, por los que se obligaba a desligarse de los maratas y desmantelar sus legiones a cambio de la concesión de considerables territorios, de los que se convirtió en Nabab. «Aunque no cumplió una sola estipulación, este hombre, cuyos servicios no valían la paga de un simple cipayo, reclamó y obtuvo el precio al que nos habíamos comprometido».

Hoy en día, en el impresionante City Palace de Udaipur se enseña la Krishna Vilas, la que fue habitación de Krishna Kumari, que su padre llenó con una rica colección de miniaturas sobre procesiones reales, festivales y juegos de los marajás, y en la que, según una leyenda local, todavía está presente su espíritu.

***

La película Dirty Picture (2011) está basada en la vida de la actriz Silk Smitha, mito erótico del cine del sur de la India desde principios de los ochenta que se quitó la vida en 1996 a la edad de 35 años. La protesta de su familia hizo que los productores matizaran que la cinta reflejaba, en realidad, la vida de varias personas relacionadas con el cine, entre las que se ha mencionado incluso a Marilyn Monroe. La canción que traigo es un excelente remix de uno de sus temas interpretado por Shreya Ghoshal y Bappi Lahiri, en el vídeo se incluyen imágenes de Silk Smitha:

Ooh la la

Chutki jo tune kaati hai
Me has pellizcado
Jori se kaati hai, yahan wahan
me has pellizcado aquí y allí
Roothi hoon, main tujhse roothi hoon
Disgustada, estoy disgustada contigo
Mujhe mana le na o jaan-e-jaan
Engatúsame, cariño
Chhedenge hum tujhko
Te provocaré
Ladki tu hai badi bumbaat
Chica, eres un bombón de la pantalla
Oh, la, la, oh, la, la…
Tu hai meri fantasy

Tú eres mi fantasía
chhoona na, chhoona na, chhoona na, chhoona na
No toques, no toques…
Ab main jawan ho gayi
Mi juventud ha madurado
Haan chhua jo tune toh dil ne maari seeti
Cuando me tocaste, mi corazón silbó
De de inn gaalon pe ek pappi meethi meethi
Pon un dulce beso en mis mejillas
Yauvan tera, saavan bhara
Tu juventud es una estación lluviosa
Bheeg gaya dil yeh mera
y este corazón mío se empapó
Aaha tune hi barsaat karaayi
Sólo tú has hecho llover
Kya kare yeh yauwan bechara bechara bechara
Qué puede hacer mi pobre juventud, pobre, pobre
Ooh la la, ooh la la…
Tu hai meri fantasy
chhoona na, chhoona na, chhoona na, chhoona na

Gira ke apna pallu, baarbaa

Dejando escurrirse su sari
Kar deti woh humko bekaraar
me perturba
Aag lagayi tune tann mein kya kare yeh pallu bechara
Tú prendes fuego a mi cuerpo, ¡qué puede el pobre sari hacer!
Bechara, bechara
el pobre, el pobre
Chhedenge hum tujhko
Ladki tu hai badi bumbaat
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MensajePublicado: Dom Feb 09, 2014 11:38 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Yo no sabía el nombre de mi abuela, pero no importaba. Debo de haber tenido seis años cuando hice el primer viaje al pueblo de mi padre. India, dicen, de hecho vive en medio de un millón de aldeas sobre su paisaje, no en las metrópolis de Nueva Delhi, Bombay, Calcuta, Madrás o Hyderabad. Poodur es una aldea típica a veinte kilómetros de Karimnagar, la más cercana sede del distrito, y a unos doscientos de la gran ciudad de Hyderabad.
El nombre hindú de mi familia era Bobbili. La mayoría de la gente en esta particular parte de la India tenía nombres que reflejaban o la región de la que habían venido o la identidad de una casta, una subcasta o el estamento de su actividad económica. El nombre de la familia de mi padre puede ser rastreado hasta la ciudad de Bobbili, lejos al este de Poodur y Karimnagar. Bobbili estaba justo fuera de la periferia de los dominios del nizam…».
Anantha Sudhaker Babbili, The Road from Poodur: A Passage to America (Biographical passages: essays in Victorian and Modernist biography)

En diciembre de 1750, cuando el emperador mogol ya sólo ejercía un poder nominal sobre las provincias del imperio, Muzaffar Jung llegó a ser Nabab Subedar (virrey) del Decán y Nizam de Hyderabad gracias a los nababs pastunes que traicionaron a su tío, Nasir Jung Mir Ahmad, recientemente ascendido al masnad y que tenía preso a su ambicioso sobrino. La contienda civil que acabó con el asesinato del nizam de un tiro de mosquete se enmarcó en la que ha sido llamada Segunda Guerra Carnática; tales guerras —que tuvieron su origen en sendos conflictos sucesorios en Hyderabad y su región subordinada de Karnataka— sirvieron a maratas, franceses e ingleses para dirimir la supremacía en el subcontinente indio. (Curiosamente, la similitud del término Karnataka con la palabra española «carne» hizo que los ingleses acuñaran la expresión Meat Wars). Vale la pena señalar con Henry H. Dodwell (The Cambridge History of India) que en un principio «tan buenas eran las relaciones entre ingleses y franceses que estos últimos enviaban sus mercancías de Pondicherry a Madrás para una mejor custodia»; pero el declive del poder mogol desde principios del siglo XVIII alentó las ambiciones colonialistas, y las contiendas europeas resonaron en la India.

La inevitable desconfianza de Muzaffar Jung hacia quienes no habían sido leales a su tío pronto se vio justificada: ansiosos de recibir desorbitadas recompensas y descontentos con que se apoyara en el ambicioso Gobernador general de los asentamientos franceses, Joseph François Dupleix (a quien había solicitado incluso una guardia personal), aprovecharon los desmanes de sus oficiales mogoles cuando estaba acampado en Rayachoti de vuelta a la capital Aurangabad para enfrentarse a él. El Nabab de la vecina Cudapah animó a sus tropas afganas a tomarse venganza por las aldeas incendiadas… «Las tropas afganas entraron en acción inmediatamente, pero en vez de atacar a las tropas del Nizam de frente, atacaron la retaguardia, donde estaban acomodadas las mujeres mogolas, lo que fue una gran afrenta» (Sarojini Regani, Nizam-British Relations, 1724-1857). Mientras el Marqués de Bussy-Castelnau Charles Joseph Patissier, comandante de la escolta proporcionada por Dupleix, intentaba apaciguar los ánimos, los nababs pastunes escribieron a Muzaffar que lo esperaban «espada en mano». Éste aceptó el desafío y se abalanzó sobre ellos con el apoyo de la artillería francesa, pero perdió él también la vida en el houdah sobre su elefante al ser alcanzado por una jabalina. El marqués de Bussy se apresuró a llenar el vacío e hizo reconocer allí mismo —cerca del Paso de Lakkireddipalli— como nuevo Nizam al hermano pequeño de Nasir Jung, Asaf-ad-Daulah Mir Ali Salabat Jung, pese a que ni él ni Dupleix lo tenían en alta estima. Salabat Jung se mostró generosamente agradecido con los franceses por su encumbramiento y amplió las concesiones territoriales que les había hecho Muzaffar Jung. Su posición se reforzó poco después con la repentina muerte de su hermano mayor, el primogénito Gazi-ud-Din Khan Feroze Jung, cortesano en Delhi hasta entonces y que se había presentado en Aurangabad con un imponente ejército (sep. de 1752) para respaldar el firmán del emperador mogol que lo convertía en Nabab Subedar del Decán; nos dice Robert Orme en su A History of the Military Transactions of the British Nation in Indostan que fue envenenado por su madrastra, la madre de Salabat Jung.

El poder adquirido por los oficiales de la Compagnie Française des Indes y la rapidez con que hicieron fortuna fueron un motivo de agravio para los nobles locales y de disgusto para la gente en general. A la cabeza de sus críticos estaba el propio divan Syed Laskhar Khan, que no ahorró esfuerzos para echarlos de allí: se aseguró de que sus tropas (300 europeos y varios miles de cipayos) acumularan meses de retraso en la paga y convenció a Monsieur Goupil (sustituto de un Bussy alejado seis meses de Hyderabad por una grave enfermedad) de que la recaudación de impuestos sería más eficaz si se ocupaban de ella sus soldados, lo que ciertamente no aumentó su popularidad. Bussy volvió a Hyderabad en julio de 1753 apremiado desde Pondicherry por Dupleix, que había interceptado cartas comprometedoras de Syed Laskhar Khan a los ingleses. Con la determinación de la que carecía su suplente, restauró la disciplina de las tropas y negoció el pago de los atrasos con el qiledar de la fortaleza de Golconda (junto a Hyderabad), Mahammud Hussain, una pieza más en las intrigas del divan, pero lo bastante avisado para advertir que Bussy «no era alguien con quien marear la perdiz» (Sarojini Regani, op. cit.). Syed Laskhar Khan lo destituyó inmediatamente en cuanto supo de estos arreglos en Aurangabad, y siguió conspirando contra los franceses: animó a los zamindars de la costa este a no pagarles impuestos e incluso atacar sus jaghirs (zonas administradas directamente por ellos); además, convenció a Salabat Jung de que escribiera a Dupleix y a Bussy con objeciones sobre el dinero que se adeudaba a sus tropas y la sugerencia de que se estacionaran en Masulipatam. La respuesta de Bussy revela hasta qué punto los príncipes indios estaban sometidos a las potencias coloniales:

«Además de mi usual franqueza contigo, tengo derecho a escribirte como lo hago porque todos en el Decán saben que te llamo mi hijo y tú me consideras un padre. ¿De dónde viene que no conserves ya el mismo lenguaje? ¿Quién puede haberte hecho cambiar de parecer? A pesar del cambio en tus sentimientos y palabras, estaré cerca de ti en un par de días. […] Seguiste el consejo de tus enemigos antes que el mío… Acabas de despachar a Mir Muhammad, de quien me habías hablado tan bien, probablemente esto también es obra de mis enemigos, que son también los tuyos. Te advierto que, si continúas confiando ciegamente en esa gente, te perderás a ti mismo y perderás indefectiblemente el Decán. Estaré a tu lado en unos pocos días. Espero que ya estarás curado de una ceguera que puede conducir a tu caída» (citada en Bussy in the Deccan, de Alfred Martineau).

Bussy hizo preparativos para entrar en Aurangabad (nov. de 1753) en formación de batalla, pero Syed Laskhar Khan salió a recibirlo con las debidas ceremonias e incluso le ofreció sus sellos oficiales en señal de renuncia, según se lee en el Diario de Ananga Ranga Pillay, dubash (intérprete e intermediario comercial) al servicio de los franceses. Conociendo su popularidad y entendiendo los nobles motivos que había tras sus intrigas, Bussy no los aceptó y se conformó con insinuar que el control de los ricos distritos llamados Circars del Norte (en la costa occidental de la Bahía de Bengala) le permitiría mantener a sus tropas. El acuerdo que se firmó con protestas de amistad sólo retrasó la inevitable caída del divan. Su sustituto Shah Nawaz Khan, pese a ser designado por consejo de Bussy, no pudo soslayar la ruina financiera a que los arrastraban las guerras que imponían los intereses franceses, y acabó dando nueva vida al «partido antifrancés».

En los Circars, Jaffar Ali Khan —faujdar de Rajahmundry y Chicacole— encabezó la negativa a someterse a la Compagnie e indujo a los zamindars de Vizianagaram y Bobbili a unirse a la liga antifrancesa. Bussy se vio compelido en un momento de particular estrechez a pedir prestado incluso a pequeños comerciantes, lo que convirtió a los franceses en el hazmerreír de todo el Decán. El 1 de agosto de 1754 llegó a Pondicherry como Comisionado del Rey uno de los directores de la Compañía (institución mucho más burocratizada que su homóloga británica), Charles Robert Godeheu de Zaimont, para sustituir a Duplaix y con la orden sellada de arrestarlo si se resistía. No fue necesario.

Joseph François Dupleix, que había invertido su fortuna en la obra colonial y al que se le negó una indemnización, murió en la indigencia en París en 1763. Poco antes, después de años de humillantes procesos judiciales, había publicado una angustiada Mémoire:
«J’ai sacrifié ma jeunesse, ma fortune, ma vie, pour enrichir ma nation en Asie. D’infortunés amis, de trop faibles parents consacrèrent leurs biens au succès de mes projets. Ils sont maintenant dans la misère et le besoin. […] Mes services sont traités de fables, je suis traité comme l’être le plus vil du genre humain. Je suis dans la plus déplorable indigence…».
Siete años antes había muerto su esposa, de soltera Jeanne Albert de Castro y conocida por los indios como Jan Begum: criolla de Pondicherry, era la joven viuda de un consejero de la Compañía cuando se casó con Dupleix, y le fue de gran ayuda por su inteligencia y conocimiento del tamil y el persa, aunque se granjeó la antipatía de los indios por su intransigencia con el hinduismo. Una de sus hijas, Marie Françoise Gertrude, tenida con su primer marido y conocida familiarmente como Chonchon, fue pedida en matrimonio por el marqués de Bussy cuando contaba dieciséis años (y después de haber sido pretendida por el mismísimo emperador mogol), pero la obligada marcha de la familia a Francia ese mismo año frustró el enlace.

La situación en los Circars se encarriló al apartar de la órbita de Jaffar Ali al rajá de Viziaganaram, Vijaya Rama Raju, con el acuerdo de arrendarle el gobierno de Rajahmundry y Chicacole (aunque finalmente no pudo pagar lo prometido y el último distrito se le arrendó a Ibrahim Khan). Jaffar Ali huyó al acercarse los franceses y unió esfuerzos con Shah Nawaz Khan para echarlos del Decán. El divan persuadió a Salabat Jung de prescindir de ellos y exigirles que se retiraran a sus territorios, pero Bussy, sabiendo que eran maniobras suyas, parapetó a sus soldados en varios edificios de Hyderabad —entre ellos el famoso Char Minar— y resistió los embates del ejército del nizam hasta que un divan del emperador mogol, Muhammad Hussain, concertó una conferencia de reconciliación entre Salabat Jung, Shah Nawaz Khan y él.

Si esto sucedía en agosto de 1756, en noviembre tuvo que partir con 500 europeos y 4000 cipayos hacia los Circars, donde sólo Vijaya Rama Raju pagaba sus impuestos debidamente. Una carta del 19 de octubre del entonces Gobernador general, Georges Duval de Leyrit, al Interventor general de la Compañía reza: «Desde la ruptura de nuestra entente con Salabat Jung, no creo que sea ya necesario para monsieur Bussy residir junto al Subedar. Me dicen que continúa siendo temido allí, pero que ya no es querido y la gente anhela su partida. Estoy esperando ansiosamente respuesta a la carta que le escribí para que volviera a nuestras provincias. Este arreglo está en concordancia con los deseos del nabab, quien quiere que seamos sus jaghidars, es decir, que estaremos obligados a enviarle tropas y acudir en su ayuda si nos llama. Mr. Bussy nos ha sangrado suficientemente, para el mantenimiento del ejército del nabab, de armas, municiones y dinero, sin mucho provecho para nosotros».

El 19 de diciembre llegaba Bussy a Rajahmundry (en la orilla izquierda del Godavari), donde los cipayos se habían sublevado contra el administrador francés de los Circars, Duplant de Laval, compelido a entregar las llaves de la fortaleza. El instigador de la revuelta, el faujdar de Chicacole Ibrahim Khan, huyó a una Bobbili cuyo rajá, Gopala Krishna Ranga Rao, era el único zamindar que mantenía ahora su negativa a pagar impuestos. Vijaya Rama Raju se unió a Bussy en Rajahmundry con 10000 hombres. La profesora Sarojini Regani le atribuye una vieja enemistad con el rajá de Bobbili por cierta disputa sobre las aguas de un canal; en el Gazetteer of South India (ed. W. Francis), en cambio, se remontan cien años para encontrar el origen de sus diferencias: «Cuando en 1652 Sher Muhammad Khan, el Nabab de Chicacole, entró en el distrito, le seguían en su séquito dos rivales, Peddarayudu, antepasado del actual dirigente de Bobbili, y el antepasado de la familia Vizianagram; de este tiempo data la rivalidad entre las dos dinastías».
Fracasadas las negociaciones al rechazar Ranga Rao cambiar el lugar de sus ancestros por otro zamindari, la muerte de un cuerpo de treinta soldados franceses en una emboscada cuando pasaban por territorio de Bobbili decidió a Bussy a resolver su problema con el rajá por las armas, pese a que el suceso no pudo ser aclarado. El 27 de enero de 1757 se puso sitio a su fortaleza, no sin que antes Ranga Rao, caballerosamente, aconsejara a Ibrahim Khan que se marchara para salvar la vida. La breve batalla que siguió ha sido glorificada en baladas, relatos, dramas y películas, más allá del poco valor histórico del hecho en sí, apenas una demostración de fuerza de los franceses. Después de que su artillería abriera brechas en las murallas de barro, fueron necesarios tres asaltos para acabar con la tenaz resistencia de los defensores; cuando cesó el combate, se dice que Bussy rehusó entrar en la fortaleza al saber lo que le esperaba dentro: antes de morir luchando junto a sus hombres, el rajá había ordenado que se pusiera fuego a las habitaciones donde se resguardaban las mujeres con sus hijos para evitarles el deshonor de caer en manos enemigas, las que intentaron escapar de las llamas fueron apuñaladas. La rani Mallamma y las damas de su séquito se suicidaron. El hijo del rajá, Chinna Ranga Rao, de apenas un mes de edad, había sido confiado a la joven sirvienta Venkata Lakshmi para que lo pusiera a salvo lejos de allí; descubierta por soldados de Vijaya Rama Raju y llevada ante Bussy, éste, magnánimamente, confirió al pequeño príncipe el zamindari que había rechazado su padre en lugar de Bobbili. Pero el epílogo de este cruento suceso no lo escribió el comandante francés, sino el sardar (general) Tandra Papayya (hermano de la rani), que había permanecido en Rajam en previsión de que la fuerza enemiga penetrara por allí; tres días después de la batalla, se introdujo por la noche, subrepticiamente, con dos de sus hombres en la tienda en que dormía Vijaya Rama Raju y lo apuñaló mortalmente. Se dice que lo despertó diciéndole: «Puli, Puli... Bobbili Puli» (Tigre, tigre… tigre de Bobbili), el rajá de Vizianagaram le espetó que no debería denigrar a su clan entrando por la puerta de atrás como un cobarde, a lo que Tandra Papayya habría contestado: «Tú has aniquilado a todo nuestro clan por dudosos medios y no tienes derecho a ser tratado éticamente». El inmediato suicidio de los tres para no ser capturados los convirtió en mártires para los velamas, el jati (pueblo) dominante en Bobbili.
Los bardos de la zona comenzaron pronto a referir el suceso y a conformar el Katha (relación) de Bobbili, cuya primera transcripción fue hecha en 1832 por iniciativa de Charles Philip Brown, un funcionario de Madrás interesado en la recopilación de literatura en telugu. Ser descendientes de quienes lucharon y murieron en Bobbili se convirtió en el rasgo identitario esencial para los velamas, que desarrollaron a partir de este suceso una nueva conciencia de casta (Michael Katten, Making caste in nineteenth-century India: a history of telling the Bobbili Katha & velama identity).

El folklore indio también recoge la historia de Sri Pydimamba (o Pydithalli), hermana de Vijaya Rama Raju. En One God, two Goddesses, three studies of South Indian cosmology (vv. aa.) leemos que «todo rey de Andhra necesita una diosa… una diosa que sea como una hermana para él, que lo consuele, lo proteja y lo salve, sin preguntar, sin poner condiciones». En la leyenda, Raju y su hermana eran huérfanos y «se tenían sólo el uno al otro» (aunque él ya estaba casado cuando la Bobbili Yuddham, guerra de Bobbili). La joven de catorce años intentó sin éxito convencer a su hermano de que no participara en la batalla que tantas vidas iba a costar; más tarde, Kanaka Durga —diosa de los reyes de Vizianagaram de la que era devota— se le apareció en sueños y la avisó de lo que le iba a suceder a Raju (en una versión de la historia, cuando tiene lugar la revelación ella está enferma de masuchi, viruela, la clásica enfermedad de las diosas en el sur de la India); queriendo prevenirlo, partió hacia Bobbili, pero a la altura del Pedda Cheruvu («gran lago», en las afueras de Vizianagaram) tuvo noticia de su muerte y, tras recuperarse de un desvanecimiento, anunció que su alma se iba a fundir con la diosa Durga, para lo cual se adentró en el agua… Poco después unos pescadores encontraron un ídolo que la representaba y le construyeron un primer templo; se la consideró la Grama Devata (divinidad local) de Vizianagaram. Hoy en día se celebra cada año en esta ciudad el Sirimanu Uthsavam (festival de Siri Manu, en alusión al tronco de árbol, manu, que se utiliza en el ritual), que reúne a entre doscientas y trescientas mil personas para honrar a la diosa Sri Pydithalli Ammavaru (significando Ammavaru «nuestra madre»).

En 1754 Charles Robert Godeheu había negociado un tratado con la Compañía británica que fue considerado desventajoso incluso en Pondicherry, e historiadores posteriores han juzgado que prácticamente certificaba el fin de la preeminencia francesa en el Decán, pero en A history of modern India, 1480-1950 (editado por Claude Markovits) se explica que nunca se ejecutó, pues no fue ratificado en Francia, toda vez que el Gobierno británico rechazó que el acuerdo de neutralidad estuviera vigente a partir del Cabo de Buena Esperanza. El fin de la aventura colonial francesa en la India se inició, en realidad, el 6 de octubre de 1756, cuando llegó a Bombay la noticia de la declaración, el 17 de mayo anterior, de la que fue llamada Guerra de los Siete Años. Chandernagore cayó el 23 de marzo de 1757, pérdida compensada por las «hazañas» de Bussy, que al enterarse se abalanzó sobre las factorías inglesas de la costa de Orissa (también en la bahía de Bengala) y aseguró el control francés de seiscientos kilómetros de costa. Thomas Arthur, conde de Lally y barón de Tollendal, fue enviado entonces a la India con una formidable fuerza. Hombre inteligente e intrépido, curtido en la Guerra de Sucesión Austriaca, pero también «pretencioso, intransigente y altivo» (A history…, ed. C. Markovits), llegó a la India en abril de 1758 después de un año de travesía. Además de expulsar a los ingleses de allí, le encomendaron «erradicar el espíritu codicioso de los empleados de la Compañía en Pondicherry y restablecer el orden, la disciplina y el espíritu militar en las tropas». No tuvo éxito. En junio ordenó a un Bussy renuente a abandonar el Decán que se le uniera con sus hombres con objeto de sitiar Madrás, lo que aprovecharon los ingleses para invadir los Circars en octubre y tomar Masulipatam en abril de 1759… Salabat Jung les prometió que nunca volvería a negociar con los franceses. Los desconfiados soldados de Lally-Tollendal dijeron participar en el asedio a la colonia inglesa porque «era mejor morir de una bala bajo las murallas de Madrás que de hambre dentro de las de Pondicherry» (A history…, ed. C. Markovits), pero la presencia de la flota inglesa obligó a levantar el cerco. Poco después Lally-Tollendal cayó enfermo y quiso que Bussy se hiciera cargo de la comandancia, pero éste rechazo el honor, no queriendo responsabilizarse de sus errores estratégicos. Por aquella época tuvo noticia de la muerte en París unos meses antes de su otrora prometida Chonchon.

En enero de 1760, intentando recuperar Vandavashi, el desastre fue total y el propio Bussy fue capturado al ser derribado su caballo. En una decisión disconforme con las expectativas del Consejo de Madrás, que quería poner fin cuanto antes al ingente coste de la guerra, el coronel Eyre Coote renunció a una marcha forzada sobre Pondicherry (a cuarenta millas de distancia de Vandavashi) y dedicó los siguientes meses a someter la provincia y ocupar los fuertes franceses. «Este lento estrangulamiento, por supuesto, fue una mala noticia para los nativos, que sufrieron la política de tierra quemada de la caballería de Coote» (G. J. Bryant, The war in the Carnatic, en The Seven Years’ War). El 18 de marzo 14 buques de la flota inglesa aparecieron en la rada de Pondicherry, y 15000 soldados completaron en tierra el bloqueo marítimo. Escribe Marguerite V. Labernadie en su Le Vieux Pondichéry que a fines de diciembre «perros, gatos, cuero cocido, cualquier cosa era buena para comer; una rata costaba dos rupias». Lally-Tollendal capituló el 17 de enero (1761) y fue llevado prisionero a Inglaterra. En su prisión en Londres tuvo conocimiento de que en Francia se le acusaba de traición y, desoyendo el consejo de no volver a su país, solicitó bajo palabra de afrontar el juicio que se le liberara. En Francia estuvo encarcelado dos años más a la espera de que comenzara su proceso, que se prolongó otros dos años. El marqués de Bussy (que había recorrido un trayecto similar desde que fue apresado en Vandavashi) tuvo que defenderse en 1763 de sus acusaciones en su propio proceso por «traición a los intereses del Rey», y ahora —nobleza obliga— declaró contra él. Finalmente, el 6 de mayo de 1766 lo condenaron a muerte, sentencia cumplida unos días después mediante decapitación; fue conducido al cadalso amordazado para evitar que exigiera justicia. Había pasado cuatro años en la Bastilla, donde fue encerrado por lettre de cachet sin derecho a elegir abogado; en el cadalso en la place de Grève, Jean-Baptiste Sanson (padre del célebre Charles-Henry) le destrozó la mandíbula con la espada y tuvo que repetir el golpe, lo que causó una gran indignación en toda Europa. Pronto se lo consideró un chivo expiatorio de las derrotas francesas en la India. Thomas Carlyle (French Revolution, vol. I) calificó su muerte de «asesinato judicial».

La Compañía Francesa de las Indias quedó reducida a varios emporios y factorías (entre ellos Pondicherry, recuperada en el Tratado de París de 1763 que puso fin a la Guerra de los Siete Años). Bussy fue nombrado Gobernador de los establecimientos franceses en la India en 1783 y ocupó el cargo sus dos últimos años de vida. Perdido el monopolio del comercio mas allá del Cabo de Buena Esperanza en 1790, la Compañía fue abolida por la Convención en noviembre de 1793, su fin llevo aparejado un escándalo político y financiero por los sobornos con que los directores quisieron soslayar el control gubernamental de su liquidación.

***

La influencia de la cultura persa en la India comenzó, prácticamente, con el Sultanato de Delhi (a partir del siglo XIII), muchos de cuyos nobles eran turcos persianizados de Asia Central. En el siglo XVI los mogoles, llegados de un área ya persianizada, hablaban una lengua túrquica, el chagatai, pero acabaron adoptando el persa, hasta el punto de que el profesor Muzaffar Alam (The Pursuit of Persian: Language in Mughal Politics) sugiere que llegó a ser la lengua franca del imperio; además fue considerada la lengua de la cultura y la ciencia y ha tenido una gran influencia en el urdu y el hindi.
Hoy traigo una canción iraní interpretada por Mahasti:

Bia benevisim

bia benevisim rooye khak roo derakht roo pare parande roo abra
بیا بنویسیم روی خاک رو درخت
رو پر پرنده رو ابرا

Vamos a escribir en el suelo, en el árbol, en las alas del pájaro, en las nubes
bia benevisim rooye barg rooye ab tooye daftare moj too darya
بیا بنویسیم روی برگ روی آّب
توی دفتر موج رو دریا

Vamos a escribir en las hojas, en el agua, en el libro de las olas, en el mar
bia benevisim ke khoda tahe ghalbe ayenast
بیا بنویسیم که خدا ته قلب آینه است

Vamos a escribir que Dios vive en el corazón amable y sincero
mese shoore faryad ya nafas too hesare sinas
مثل شور فریاد یا نفس تو حصار سینه است

Vamos a escribir que Dios es como un ansioso grito, como un aliento en el pecho
ba hamishe moondan vaghti ke hichi moondani nist
با همیشه موندن وقتی که هیچی موندنی نیست

Vamos a escribirlo y mostrarlo al permanecer juntos para siempre mientras nada existirá siempre
oje har sedaye asheghe ke shekastani nist
اوج هر صدای عاشقه که شکستنی نیست

Los gritos del amor no serán silenciosos
ba sedam miam hame ja to ro minevisam
با صدام میام همه جا تو رو مینویسم

Te escribiré con mi voz en todas partes
rooye ayeneye geryeham goonehaye khisam
روی آینه گریه هام گونه های خیسم

Te escribiré en el espejo de mis lágrimas, en mis húmedas mejillas
ey ke manie esme to asemoone pake
ای که معنی اسم تو آسمون پاکه

Oh tú, aquél cuyo nombre significa cielo claro
risheye seda nabze eshgh zire pooste khake
ریشه صدا نبض عشق زیر پوست خاکه

aquél cuyo nombre es la raíz de la voz, cuyo nombre es como una raíz que late bajo el suelo

bia benevisim rooye khak roo derakht roo pare parande roo abra…
بیا بنویسیم روی خاک رو درخت
رو پر پرنده رو ابرا


tooye khabe khak risheha moseme shekoftan
hamsedaye man mikhoonan vaghte az goftan
توی خواب خاک ریشه ها موسم شکفتن
همصدای من میخونن وقت از تو گفتن

El suelo duerme todavía y cuando sea tiempo de florecer, tiempo de hablar de ti, todas las raíces te cantarán conmigo
cheshme bastamo to bia be sepideh va kon
چشم بستمو تو بیا به سپیده وا کن

Ven y abre mis ojos al alba
ba taraneye nafashat baghcharo seda kon
با ترانه نفسات باغچه رو صدا کن

y llama al jardín con la canción de tus alientos
ba sedam miam hame ja to ro minevisam
با صدام میام همه جا تو رو مینویسم

Te escribiré con mi voz en todas partes
rooye ayeneye geryeham goonehaye khisam
روی آینه گریه هام گونه های خیسم

Te escribiré en el espejo de mis lágrimas, en mis húmedas
mejillas
ey ke manie esme to asemoone pake
ای که معنی اسم تو آسمون پاکه

Oh tú, aquél cuyo nombre significa cielo claro
risheye seda nabze eshgh zire pooste khake
ریشه صدا نبض عشق زیر پوست خاکه

aquél cuyo nombre es la raíz de la voz, cuyo nombre es como una raíz que late bajo el suelo

bia benevisim rooye khak roo derakht roo pare parande roo abra…
بیا بنویسیم روی خاک رو درخت
رو پر پرنده رو ابرا

ba taraneye nafasat man tarane migam
با ترانه نفسات من ترانه میگم

Recito un poema con la canción de tus alientos
esmeto mese ye ghazal asheghane migam
اسمتو مثل یه غزل عاشقانه میگم

Te llamo tan amorosamente como si cantara un poema
bia ke dige vaghteshe vaghte bargashtane
بیا که دیگه وقتشه وقت برگشتنه

Ven, porque es el tiempo, es el tiempo de volver
booye pirhanet ke bia lahzeye didane
بوی پیرهنت که بیاد لحظه دیدنه

Cuando inspiro tu blusa es tiempo de verte
ba sedam miam hame ja to ro minevisam
با صدام میام همه جا تو رو مینویسم

Te escribiré con mi voz en todas partes
rooye ayeneye geryeham goonehaye khisam
روی آینه گریه هام گونه های خیسم

Te escribiré en el espejo de mis lágrimas, en mis húmedas mejillas
ey ke manie esme to asemoone pake
ای که معنی اسم تو آسمون پاکه

Oh tú, aquél cuyo nombre significa cielo claro
risheye seda nabze eshgh zire pooste khake
ریشه صدا نبض عشق زیر پوست خاکه

aquél cuyo nombre es la raíz de la voz, cuyo nombre es como una raíz que late bajo el suelo

bia benevisim rooye khak roo derakht roo pare parande roo abra…
بیا بنویسیم روی خاک رو درخت
رو پر پرنده رو ابرا
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MensajePublicado: Lun Ago 25, 2014 9:12 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

—Es el más peligroso conspirador dentro y fuera de la India. Ha hecho más daño que todos los demás juntos. Ya sabes que hay una banda de estos indios en Berlín; bien, él es el cerebro. Si pudiera ser quitado de en medio, podría permitirme ignorar a los otros; es el único que tiene agallas. He estado intentando atraparlo durante un año, llegué a pensar que no lo lograría, pero ahora al fin tengo una oportunidad y por Dios que voy a aprovecharla.
—Y ¿qué vas a hacer entonces?
R sonrió sombríamente:
—Dispararle, dispararle sin más.
[…]
—¿Te fijaste en que al final del informe que te pasé se dice que no se sabe que tenga nada que ver con mujeres? Bien, eso era cierto, pero ya no lo es. Ese condenado loco se ha enamorado.
R cogió su portafolios y sacó un paquete atado con una cinta azul claro.
—Mira, aquí están sus cartas de amor.
[…]
—Uno se pregunta cómo un hombre capaz como ese puede permitirse colarse por una mujer. Es lo último que hubiera esperado de él.
William Somerset Maugham, Giulia Lazzari (cap. 8 de Ashenden: Or the British Agent, 1928)

En la Viena ocupada por los Aliados, varios oficiales del ejército británico —entre ellos un sij— se presentaron en el domicilio de la señorita Emilie Schenkl para obtener información sobre el hombre con el que estaba relacionada sentimentalmente. No estando ella, fueron atendidos por su madre y su hermana. Tras registrar la casa, se llevaron las cartas que le había enviado él desde el Sudeste Asiático.
A mediados de 1934, Subhas Chandra Bose —a quien el tratamiento de la tuberculosis había traído a Europa— se estableció en Viena para escribir el libro sobre el movimiento de independencia indio que tenía comprometido con la editorial Wishart. El 24 de junio entrevistó a una joven con objeto de emplearla como secretaria: Emilie Schenkl, que le había recomendado un amigo común indio establecido allí, el doctor Mathur, por su conocimiento del inglés. En el prefacio a The Indian Struggle, fechado el 29 de noviembre, Emilie es la única persona mencionada por su nombre en los agradecimientos. Tiempo después, un amigo y colaborador de Bose, Arathil C. N. Nambiar, pudo decir: «Subhas Chandra Bose fue un hombre entregado a una idea: la independencia de la India. Pienso que la única desviación, si se puede usar la palabra desviación, fue su amor por la señorita Schenkl». Viena y los retiros montañosos de Badgastein y Karlovy Vary fueron los primeros escenarios de una relación que, según Emilie, culminó en una boda secreta (de la que no existen documentos ni testigos conocidos), sea en Badgastein el 26 de diciembre de 1937, como le contó al historiador Leonard A. Gordon, o a principios de 1942, como le dijo a Sarat Bose, hermano mayor de Subhas.
Durante los años que compartieron estuvieron mucho tiempo separados por los continuos viajes de él a la India y por Europa, pero siempre mantuvieron una fluida relación epistolar, hasta el punto de que las cartas de Bose a Emilie forman un volumen separado en sus Collected Works. «No pasa un solo día sin que piense en ti. Estás conmigo todo el tiempo, quizá no pueda pensar en otra persona en el mundo… No puedo expresarte cuán solo y afligido me he sentido todos estos meses. Sólo una cosa me haría feliz, pero no sé si es posible. Sin embargo, pienso en ello día y noche y rezo a Dios para que me muestre el camino correcto…», le escribe en 1937. A finales de año se reunió con ella en Badgastein, donde empezó a escribir su autobiografía An Indian Pilgrim: «El amor es la esencia del universo y el principio esencial de la vida humana», se lee al final de esta inacabada obra.

En enero del 38 tuvo que volver a la India para asumir el cargo de rashtrapati (presidente) del Congreso Nacional Indio (o Partido del Congreso). Entonces contó con el respaldo de Gandhi, pero a lo largo de su presidencia anual radicalizó sus posiciones y se distanció de él y de Nehru, lo que «significó su suicidio político» (Marhsall J. Getz, Subhas Chandra Bose: A Biography), materializado con su dimisión en abril de 1939, pese a haber sido reelegido poco antes. Bose había demandado a los ingleses la libertad de la India en seis meses y mostrado un creciente interés por el fascismo europeo. A mediados de los años veinte había pasado cerca de tres años en la cárcel de Mandalay (donde fue encerrado sin juicio) acusado de vínculos con terroristas nacionalistas, aunque «no hay evidencia de que alguna vez participara directamente en actos violentos, fuera de la guerra, ni de que tuviera contacto con terroristas» (Marshall J. Getz, op. cit.), hasta el punto de que en 1926 ¡desde la cárcel! le ganó un pleito por difamación al periódico anglo-indio The Englishman, que tuvo que pagarle 2000 rupias (pese a lo cual no fue liberado). Andrew Montgomery señala en su excelente estudio Subhas Chandra Bose and India's Struggle for Independence (publicado por el Institute for historical review) que «durante sus años en Mandalay y otro corto periodo de prisión en la cárcel de Alipore en 1930, leyó muchas obras sobre teoría política, como Bolshevism, Fascism and Democracy, de Francesco Nitti, y From Socialism to Fascism, de Ivanoe Bonomi». Justo antes de salir de la cárcel había sido nombrado alcalde de Calcuta; en su primer discurso en el cargo, al día siguiente de ser liberado en Alipore, manifestó su pensamiento político:
«Yo diría que tenemos aquí, en esta política y este programa, una síntesis de lo que la Europa moderna llama socialismo y fascismo. Tenemos aquí la justicia, la igualdad, el amor, que es la base del socialismo; y combinado con esto, la eficiencia y la disciplina del fascismo como existe en Europa hoy».

Por insólito que nos pueda parecer este punto de vista, su explicación en The Indian Struggle (cuya primera parte se publicó en Londres en 1935, aunque se prohibió en la India) es incontestable:
«A pesar de la antítesis entre comunismo y fascismo, hay ciertos rasgos en común. Ambos creen en la supremacía del Estado sobre el individuo. Ambos condenan la democracia parlamentaria. Ambos creen en la dictadura del partido y en la implacable represión de todas las minorías disidentes. Ambos creen en una planificada reorganización industrial del país. Estos rasgos comunes formarán la base de la nueva síntesis».

Bose se sentía atraído en particular por el fascismo de Mussolini, a quien entregó en persona una copia de su libro en 1935. Más tarde, en una entrevista con el periodista comunista inglés R. Palme Dutt (aparecida en el Daily Worker el 24 de enero de 1938) se justificó:
«Me gustaría señalar que cuando estaba escribiendo el libro el fascismo no había comenzado su expedición imperialista [la conquista de Abisinia], y me parecía simplemente una enérgica forma de nacionalismo… Lo que yo realmente quise decir es que nosotros queremos nuestra libertad nacional y, una vez conseguida, avanzar en la dirección del socialismo. Esto es lo que quise decir cuando me referí a una síntesis entre comunismo y fascismo. Quizá la expresión que usé no fue afortunada». Y en el discurso inaugural de su presidencia en febrero de 1938 en Haripura moderó también el tono: «El partido mismo tendrá un fundamento democrático, a diferencia de, por ejemplo, el partido Nazi, que está basado en el “principio del líder”. La existencia de más de un partido y la base democrática del partido del Congreso prevendrá que el futuro Estado indio llegue a tener un carácter totalitario». Unas y otras, afirmaciones que «probablemente reflejen sus esfuerzos por ganar más respetabilidad política, por probar que era más que sólo un radical y revolucionario bengalí» (Andrew Montgomery, op. cit.). Cuando sus diferencias con la facción de Gandhi forzaron su dimisión un año después, volvió a defender la vía autoritaria mediante una peculiar síntesis de los extremismos europeos; pese a lo cual, pretendía representar el ala izquierda del partido. Marshall J. Getz nos advierte de que «para comprender la política india de los años veinte y treinta, uno debe evitar identificar las etiquetas usadas en la India con sus significados en Occidente». Como fuere, su izquierdismo motivó el sarcasmo de Jawaharlal Nehru, un comprometido socialista que no veía en el fascismo «más que un crudo y brutal esfuerzo del presente orden capitalista por preservarse a toda costa»; en una carta fechada en febrero de 1939 le dice: «Me parece que muchos de los llamados izquierdistas son más de derechas que los llamados derechistas. Un lenguaje fuerte y la capacidad de atacar al viejo liderazgo del Congreso no es una prueba de izquierdismo en política».

En el momento de su reelección, el precio de su compromiso político se le había hecho dolorosamente patente: «Ich denke immer an Sie – Warum glauben Sie nicht?... Ich weiss nicht was ich in Zukunft tun werde. Bitte sagen Sie was ich machen soll» (Pienso en ti todo el tiempo, ¿por qué no me crees?... No sé qué haré en el futuro. Por favor, dime qué debería hacer), le escribió a Emilie entonces.
Tras abandonar la presidencia, fundó el Forward Bloc, al principio una facción izquierdista dentro del Congreso Nacional Indio, y a partir de junio de 1940 un partido independiente que defendía la lucha armada contra los británicos. En julio de ese 1940 fue encarcelado por su supuesta intención de dañar el Monumento Holwell en Calcuta (que conmemoraba las muertes en el Black Hole tras la caída del Fuerte William en 1756) en el contexto de una campaña contra este símbolo del colonialismo británico; pero en el trasfondo de su nueva entrada en prisión está el haber organizado masivas protestas contra la declaración de la India como estado beligerante en la guerra mundial. En diciembre, al undécimo día de haber emprendido una huelga de hambre, consiguió forzar su liberación al precio de estar sometido a una estrecha vigilancia. Poco después, no obstante, escapó a la Unión Soviética disfrazado de pastún (sordomudo, pues no hablaba el idioma). En su tránsito por el neutral Afganistán (esta vez con pasaporte de conde italiano) fue ayudado por agentes de la Abwehr que pasaban por ingenieros de la Organización Todt, presente allí para supervisar la construcción de infraestructuras.

Stalin ni siquiera recibía al ortodoxo Nehru, así que a comienzos de abril de 1941 Bose estaba a bordo de un avión correo con destino a Berlín. En el artículo Subhas Chandra Bose in Nazi Germany (que leo en el semestral Revolutionary Democracy), Sisir K. Majumdar nos dice que Bose estaba siguiendo la estela de «la aproximación a Alemania de los revolucionarios indios en la Primera Guerra Mundial». Pero la India seguía estando muy lejos del Reich, y la simpatía nazi por las aspiraciones de los nacionalistas indios fue siempre superficial. Bose fue un invitado de lujo cuya presencia se mantuvo en un principio en secreto y que tuvo que esperar más de un año para entrevistarse con el Führer. En el ínterin, les habló a sus anfitriones de la formación de un gobierno indio en el exilio, un plan que inevitablemente crearía malestar con los líderes indios que no estaban exiliados, «lo que no habría procurado ningún dividendo político a Alemania» (Sisir K. Majumdar). Vigilado constantemente y con las comunicaciones intervenidas, se desesperó cuando fue inminente la invasión de la URSS, pues, como le señaló a Ribbentrop, la opinión pública india simpatizaba con los soviéticos.
El 29 de mayo de 1942 se consumó su decepción en la cancillería, Hitler le dijo que unos pocos miles de soldados bien equipados podían controlar a millones de revolucionarios desarmados, y que no habría ningún cambio político en la India hasta que un poder externo llamara a su puerta, algo que no estaba todavía al alcance de Alemania: desplegó ante él un mapa para subrayar la enorme distancia que separaba las posiciones de la Wehrmacht en Rusia de la India, lo que hacía inoperante una declaración de apoyo a la independencia. A Alemania le llevaría uno o dos años extender su influencia hasta allí, y a la India, 100 ó 200 poner la casa en orden y reconstruirse para lograr la unión; cuando sus fuerzas alcanzaran la frontera india, él sería invitado a entrar en compañía de los liberadores alemanes para desencadenar la «revolución». «Fue una promesa vacía y una broma cruel» (Sisir K. Majumdar). Los nazis, eso sí, financiaron generosamente su Centro de India Libre y le ayudaron a reclutar unos 3500 prisioneros de guerra indios del norte de África para formar su Legión India (que acabó siendo utilizada en Holanda y Francia). También establecieron para él la Azad Hind Radio (Radio India Libre), desde donde el 25 de marzo del 42 se dirigió a sus compatriotas para desmentir su supuesta muerte en accidente de avión en el este de Asia (sic), anunciada por la BBC (a la que llamaba la Bluff and Bluster Corporation, corporación de faroles y bravatas).

«Los puntos de vista del señor Bose son los de los nazis, y no hace ningún secreto de ello», publicaba el influyente The Statesman de Calcuta en noviembre de 1941; pero en la India, donde incluso Gandhi podía decirle al periodista norteamericano Louis Fisher (en junio de 1942): «No veo diferencia entre los poderes fascista o nazi y los aliados… Todos son explotadores», Bose empezó entonces a ser conocido como netaji (de neta, líder, y la partícula de respeto ji), adoptando así la gente una resolución del Centro de India Libre. Por otra parte, nunca aprobó la legislación racial nazi, a él mismo se le había llamado «negro» en las calles de Munich cuando estuvo allí en 1934, y estudiantes indios le dijeron que habían sido incluso apedreados por el color de su piel.

Pese a la frustración de sus expectativas políticas, su presencia en Alemania durante dos años tuvo un gran aliciente para él: convivir de nuevo con Emilie. Sarmila Bose, en su breve ensayo Love in the Time of War: Subhas Chandra Bose’s Journeys to Nazi Germany (1941) and towards the Soviet Union (1945) (Economic & Political Weekly, Nro. 3, enero de 2005), sugiere que en buena medida fueron motivaciones personales las que lo llevaron allí en ese momento. «Te sorprenderá recibir esta carta mía, y más aún saber que la estoy escribiendo en Berlín. Llegué ayer tarde y te habría escrito inmediatamente, pero me mantuvieron ocupado hasta la noche», le escribe el 3 de abril de 1941, después de estar desde el inicio de la guerra sin poder comunicarse con ella. Ese mismo día desde el ministerio de exteriores alemán se le envió un telegrama a Emilie a Viena: «Bose está ahora en Berlín y le pide que si es posible venga aquí inmediatamente. Confirme por cable». Bose le ofreció volver a trabajar con él en el Centro de India Libre para facilitar que dejara su empleo, y vivió con ella en la lujosa residencia con mayordomo, cocinero y chófer que se puso a su disposición. Su única hija, Anita (hoy una profesora de economía retirada), nació en noviembre de 1942. El historiador Leonard A. Gordon menciona en su elogiado Brothers Against the Raj: A Biography of Indian Nationalist Leaders Sarat and Subhas Chandra Bose que la mayoría del personal del Sonderreferat Indien (una sección de asuntos indios establecida a la sazón) no simpatizó con Emilie: «Pensaban que ella y Bose no estaban casados y que estaba usando su relación para vivir una muy confortable vida durante los duros tiempos de la guerra»; a Emilie, por su parte, no le gustaba en especial Adam von Trott —enlace de la citada oficina con Bose—, a quien consideraba un aristócrata estirado. Gordon ve en este conflicto un prejuicio de clase: los oficiales que trabajaban para Bose procedían de la clase media alta, si no de la nobleza, y «miraban por encima del hombro a esta secretaria de clase media baja de Viena, a quien veían vivir y comer mucho mejor que ellos en medio de la guerra».

Vale la pena detenerse en este Friedrich Adam von Trott zu Solz, joven abogado y diplomático que había estudiado en Oxford y pasado después seis meses en Estados Unidos, donde tenía familia. Contrario a los nazis, en vísperas de la guerra utilizó sus contactos en Gran Bretaña para intentar convencer al gobierno de que abandonara su política de apaciguamiento con Hitler. En octubre de 1939 estaba en Washington con el mismo empeño, y amigos suyos le aconsejaron que no volviera a Alemania. El sentido del deber lo llevó de vuelta allí y formó parte del movimiento opositor bautizado después por la Gestapo como Círculo de Kreisau, que estuvo detrás del atentado del 20 de julio. Tenía treinta y cinco años cuando fue ejecutado en la prisión de Plötzensee en agosto de 1944. En 1940 se había unido al partido nazi para acceder a información que necesitaba el grupo clandestino. Según Gordon, Bose probablemente no supo nada de sus actividades antinazis.

El líder nacionalista indio no quiso que se conociera en su país su relación con Emilie. De sus motivos para actuar así bien nos pueden dar cuenta estas líneas de Nirad C. Chaudhuri —secretario de Sarat Bose— escritas muchos años después en su autobiográfico Thy Hand, Great Anarch!: «Nunca me hubiera imaginado, desde mi conocimiento de su carrera y carácter, que fuera capaz de un enredo tan banalmente europeo como casarse con una secretaria… Había hermosas chicas bengalís que, si simplemente las hubiera mirado, lo habrían adorado como a una divinidad y amado como Eloísa a Abelardo». Como para contestar por adelantado a este reproche, Bose le había escrito a Emilie en marzo de 1936: «Nunca pensé que el amor de una mujer pudiera atraparme. Muchas me amaron antes, pero no me fijé en ellas. En cambio, tú, traviesa mujer, me has cautivado».

El Times of India del 12 de mayo del 2005 publicaba que se había registrado una denuncia de cinco investigadores de la Comisión Mukherjee (que se ocupó a partir de 1999 de la desaparición de Bose) contra los productores de la película india Bose: The Forgotten Hero sólo horas antes de su estreno en Calcuta, principalmente por presentar al Netaji casado con «la señorita austriaca Emilie Schenkl» (también protestaron por que se le considerara un héroe «olvidado»). «A pesar de nuestras peticiones —dijo el abogado e investigador de la vida de Bose Rudrajyoti Bhattacharjee—, las escenas románticas que muestran a un Netaji casado no fueron suprimidas, lo que nos ha forzado a ir a los tribunales». La demanda fue rechazada, pues «no hay intención en la película de perjudicar la imagen del Netaji».

Las cartas que le escribió a Emilie (se han conservado pocas de las que le envió ella) contienen, como cabe esperar, pasajes deliciosos, pero junto al leitmotiv de que piensa en ella en todo momento, la preocupación por su salud (la convenció de que dejara de fumar) y por su formación («¿Qué hay de tu español?»), etc., hay también algunos enfados que, a la luz de las apasionadas declaraciones de amor que le prodigó, resultan casi simpáticos... A principios del 36 tuvo una curiosa idea: «Estoy pensando en algún trabajo de periodista para ti, tan pronto como la idea esté más desarrollada te escribiré». Emilie se convirtió pronto en articulista del periódico de Madrás The Hindu, y Bose, todavía en Europa, le pidió que le dejara revisar sus artículos antes de enviarlos. El 10 de marzo del 36 le escribe desde Badgastein:

«Querida Frl. Schenkl:
Tu artículo es insatisfactorio. En primer lugar, has olvidado completamente que no eres una corresponsal en Viena, sino una corresponsal para los Balcanes y el Próximo Oriente; en segundo, hay varios errores de los cuales una austriaca debería estar avergonzada. El artículo es rechazado. (Pero lo he corregido para mostrarte tus errores).
He escrito el primer artículo por ti. Por favor mecanografía tres copias y envíame una inmediatamente, la revisaré y te la devolveré. Entonces la enviarás a Madrás. […]
Observaciones:
1) Mal inglés.
2) El Partido Socialdemócrata nunca estuvo a cargo del Gobierno (salvo por unas pocas semanas). Estaba a cargo de la ciudad de Viena solamente.
3) El Partido Católico en Austria nunca fue llamado Partido del Centro, fue llamado Partido Socialcristiano.
4) Es erróneo decir que a eslovenos y croatas les gustaría reintegrarse a Austria. ¿Quién te dijo eso?
5) Te equivocas al decir que Italia se opone a la restauración de los Habsburgo. Sólo Alemania se opone.
¡Muy mal! ¡Muy decepcionante! ¡El inglés también mal!».

Bose era trece años largos mayor que ella y había sido un estudiante brillante, mientras que Emilie sólo pudo terminar la secundaria después de dejar el convento en el que su padre la había tenido cuatro años. No sé si eso explica estas impaciencias, pero el caso es que dos días después aún debía de seguir enfadado, porque a la pobre Emilie le cayó otra:

«Querida señorita Schenkl:
Acabo de recibir el paquete que me has enviado y no puedo expresarte cuán grandemente disgustado estoy contigo. No sé bajo instrucciones de quién me has enviado estas cosas. Me son totalmente inútiles puesto que aquí no hay nieve. Además, no puedo llevar más equipaje que el que tengo conmigo, y tengo que enviarte todo de vuelta a Viena.
Te dije en una carta previa que tuvieras las cosas preparadas para que pudiera pedirte que me las enviaras si fuera necesario. En una reciente carta te dije que me las enviaras con Mathur o Sen, si alguno de ellos venía aquí. Pero quién te dijo que las enviaras por correo:
Por favor, déjame saber cuánto dinero has gastado en esto.
Seguro que estás siempre gastando un montón de dinero a lo loco.
Pensaba que tenías más luces, pero ya veo que eres muy alocada. Lo lamento muy mucho.
Además, podías fácilmente haber hecho un paquete con la ropa. ¿Por qué enviaste una maleta además de la ropa? Ojalá hubieras usado menos el cerebro y seguido más las instrucciones.

Atentamente
Subhas C. Bose

PS. Fijándome en el paquete, encuentro que has malgastado más dinero al enviarlo urgente. Cuál era la urgencia, me pregunto. Has gastado bastante en este sinsentido».

Después de la derrota alemana en Stalingrado, no tenía sentido permanecer en Alemania, y el 8 de febrero de 1943 Bose abordó en Kiel un submarino de la Kriegsmarine que lo llevó hasta cerca de Madagascar, donde fue transbordado a un submarino japonés. A mediados de mayo —después de pasar 90 días bajo el mar— estaba en Tokio y el 2 de julio en Singapur, para hacerse cargo de un revivido Ejército Nacional Indio; formado en 1942 bajo el auspicio de Japón con prisioneros de guerra, había sido presa hasta entonces de diferencias con sus propios patrocinadores, acusados de utilizarlo como una mera herramienta de propaganda. El Azad Hind Fauj (literalmente Ejército de la India libre) —al que correspondió a partir de 1943 un Gobierno Provisional de la India Libre— llegó a contar con unos 85 000 soldados y combatió infructuosamente junto a los japoneses en la frontera nororiental india.

A finales de agosto de 1945, Emilie se encontraba una noche en la cocina con su madre y su hermana cuando en las noticias de la radio escucharon que el «colaboracionista indio» Subhas Chandra Bose había muerto en un accidente de avión en Taihoku (Taipei). Sin decir nada, se dirigió a la habitación donde dormía su hija, se arrodilló junto a la cama y rompió a llorar.

El avión —un bombardero japonés con destino a Dairen (Dalián), en Manchuria— se estrelló nada más despegar el 18 de agosto; Bose sobrevivió al impacto propiamente dicho, pero salió del avión convertido en una antorcha humana y su vida acabó unas horas después. Ocurrido el accidente en el caos del final de la guerra, se han perdido los certificados de muerte de las víctimas y —si lo hubo— el informe oficial, no se hicieron fotos, en los periódicos locales no hubo noticia de ningún avión estrellado... Sin embargo, el personal del hospital militar japonés que trató a los heridos ha mantenido siempre la versión conocida del suceso; Leonard A. Gordon habló mucho después con ellos y aceptó la historia del accidente. Un espía británico identificado como Agente 1189 informó en su momento del accidente mortal. El periodista indio Harin Shah estuvo en Taipei en agosto de 1946 y fotografió restos de un avión estrellado que identificó como el del Netaji.
Sin embargo… Bose ya había desaparecido antes, y se pensaba que se dirigía a Manchuria para ponerse en contacto con los soviéticos (a punto de echar de allí a los japoneses). El testimonio de su secretario Habibur Rahman —que escapó del avión con él— no bastó a muchos para confirmar el deceso; Louis P. Lochner, periodista norteamericano ganador del Pulitzer, podía insinuar en 1948 (sin citar su fuente) que EE. UU. había capturado y ejecutado (!) a Bose en Japón, y el New York Times no publicó su necrológica hasta 1956, cuando un comisión designada por el Gobierno indio (el Comité Shah Nawaz) aceptó los hechos conocidos después de una exhaustiva investigación (con todo, lastrada por la ausencia de relaciones diplomáticas con Taiwán). El que uno de los hermanos mayores de Bose, Suresh, que formaba parte de la comisión, se negara a firmar las conclusiones a causa de ciertas ligeras divergencias en los testimonios recogidos fomentó la creencia de que Bose había sobrevivido. En 1970 se designó una nueva comisión (Comisión Koshla) para investigar su «desaparición», que de nuevo admitió su muerte en el accidente de avión. Pero en 1999, a instancias de la Alta Corte de Calcuta, el gobierno indio tuvo que ordenar otra investigación. La Comisión Mukherjee obtuvo un comunicado oficial del Gobierno taiwanés: «No plane accident has happened during the period of 14th August 1945 to 20th September 1945 in the areas near Taihoku». A partir de esta información las pesquisas llevaron a concluir que todo fue un ardid tramado para permitir escapar a Bose (Japón ya se había rendido el 14 de agosto), ardid del que fue parte necesaria, entre otros, el mencionado Habibur Rahman, único de sus colaboradores que lo acompañaba en ese momento. Sobre las supuestas cenizas de Bose conservadas en el templo budista de Renkōji en Tokio, la Comisión se hacía eco de la investigación de Harin Shah en 1946: solicitó y obtuvo en Taipei los presuntos informes médico y policial de la muerte de Bose y el certificado que autorizaba su cremación, pero al ser traducidos al inglés advirtió que se referían, en realidad, al soldado japonés Ichiro Okura, muerto de un infarto al día siguiente del supuesto accidente; cuando señaló este hecho a los funcionarios taiwaneses, se le indicó que el oficial japonés cuyas instrucciones habían seguido les dijo que, por razones de Estado, los datos del fallecido debían ser mantenidos en secreto. Varios laboratorios negaron la posibilidad de examinar el ADN de las cenizas, y cuando se solicitó a los responsables del templo que se abriera otra vez la urna para buscar restos óseos entre ellas, no se obtuvo respuesta.

Los mismos investigadores de la Comisión que después llevaron a los tribunales a los productores de la citada Bose: The Forgotten Hero amenazaron al director con acciones legales si mostraba que Bose había muerto en un accidente de avión.

No se pudo probar nada sobre la presencia del Netaji en la URSS después de la guerra (se dice que acabó en una prisión siberiana). El secretario Sham Lal Jain había afirmado bajo juramento ya ante la Comisión Koshla que Nehru, «el 26 o 27 de diciembre de 1945», le había pedido que le hiciera cuatro copias de un papel manuscrito en el que se leía (citaba de memoria): «Netaji Subhas Chandra Bose, procedente de Saigón por avión, llegó hoy 23 de agosto a Dairen (Manchuria) a las 13:30 h de la tarde. Dicho avión era un bombardero japonés… Al descender del avión, Netaji tomó té con bananas. Cuando acabó el té, él y otros cuatro hombres, uno de los cuales era japonés, llamado general Shedei, se montaron en un jeep que había cerca, el cual se dirigió a territorio ruso. Dicho jeep volvió tres horas después, y se informó al piloto, que voló de vuelta a Tokio». Sham Lal Jain también habló de una carta que le dictó Nehru dirigida al Premier británico Clement Attlee, en la que denunciaba que Stalin había permitido a «your criminal war» Subhas Chandra Bose entrar en territorio ruso. Pero los documentos del Gobierno Británico referidos a Bose no se desclasificarán hasta después del 2021, y la India tampoco quiere revelar los suyos, pues, como indicó en su respuesta a la campaña del investigador Anuj Dhar (autor de India’s Biggest Cover-up) y el Hindustan Times para que lo hiciera: «La revelación de la naturaleza y los contenidos de estos documentos heriría los sentimientos de la gente en general y podría suscitar reacciones generalizadas. Las relaciones diplomáticas con países amigos podrían también verse negativamente afectadas si dichos documentos son divulgados».

Basándose en un testimonio que sitúa a Bose en Quetta (Pakistán) en septiembre de 1945 custodiado por oficiales británicos (un muchacho lo vio dentro de un Ford militar que se detuvo un instante delante de su casa), Anuj Dhar conjetura que pudo ser utilizado como moneda de cambio por Stalin en un trueque con algún importante prisionero soviético en manos de los británicos, como el general Vlasov. Lord Mountbatten había demandado que se ejecutara a Bose «on the spot» en cuanto lo tuvieran en sus manos, lo que explicaría su desaparición.
La doctora Purabi Roy (profesora de Relaciones internacionales en la Universidad Jadhavpur de Calcuta y autora de The Search for Netaji) abunda en la pista rusa e informó en su día a la Comisión Mukherjee del testimonio del antiguo general Alexander Kolesnikov, del Instituto Ruso de Estudios Orientales, quien afirmaba haber visto en 1996, en el Archivo Militar de Paddolsk, el registro de una reunión del Politburó de agosto del 46 en la que se discutió si se debía permitir a Bose permanecer en la URSS. Justice Manoj Mukherjee, juez retirado de la Corte Suprema india, se enfrentó también en este asunto, como en el resto de la investigación, a la poca cooperación de las autoridades, ya fueran de la India, Japón, Rusia o Reino Unido. Como gesto de protesta ante su ministro del interior, eludió entregarle el informe personalmente. El Gobierno, por su parte, rechazó sus conclusiones.

En el informe también se analizaba la extendida creencia de que Bose —con profundas inquietudes espirituales en su juventud, como se lee en su autobiografía— se había convertido tras su desaparición en un sadhu (ermitaño). A principios de los sesenta se llegó a identificarlo con el fundador de un ashram (monasterio) en Shaulmari, en el norte de Bengala, aunque el propio monje, Srimat Saradanandaji, negó ser el Netaji. La identificación más interesante es la que ve a Bose en un sanayasi (ermitaño) de Faizabad, Bhagwanji (también llamado Gumnami Baba, el santo sin nombre); desgraciadamente, la historia sólo tuvo un alcance local hasta después de su fallecimiento en 1985. Su parecido físico —dicen— era grande; su médico, el doctor Priyabrat Banerjee, cuenta que admitió en privado ser Bose; se le atribuyen declaraciones misteriosas como: «Mi aparición no sería en interés del país, no haría ningún bien a nadie»; tenía relación con un hermano de Bose, Suresh (que ya en febrero de 1966 había anunciado en la prensa que su hermano reparecería en marzo), y al poco de morir se encontraron entre sus pertenencias (inventariadas a petición de una hija de Suresh) fotos de miembros de la familia Bose y textos manuscritos de Suresh sobre la Comisión Shah Nawaz, además de, entre otros objetos, un par de binoculares alemanes, un Rolex y clásicos de la literatura inglesa con anotaciones que un reputado experto independiente adjudicó a Bose, opinión rebatida en un análisis encargado a su vez por el Gobierno. Como dice Hugh Purcell (Subhas Chandra Bose: The Afterlife of India’s Fascist Leader, en History Today, noviembre del 2010), «O Bhagwanji había sido un obsesivo coleccionista de recuerdos de Bose, o alguien los añadió a sus pertenencias póstumamente, o él realmente fue Bose». J. M. Mukherjee llegó a solicitar un análisis de ADN al que se prestó la familia del Netaji … pero que tuvo un resultado negativo (lo que algunos atribuyeron a que se había hecho en un laboratorio oficial).
Sorprendentemente, a principios del 2010 saltó la noticia de que J. M. Mukherjee, durante la grabación del documental sobre Bose Black Box of History, había hecho fuera de pantalla una inesperada confidencia al realizador Amlankushum Ghosh: «Es mi impresión personal, no me citéis, pero estoy cien por cien seguro de que él es el Netaji». Ghosh, para disgusto de Mukherjee, no respetó la confidencialidad.
El 31 de enero del 2013 la Alta Corte de Allahabad solicitó al gobierno de Uttar Pradesh que constituyera una comisión para investigar quién fue realmente Bhagwanji.

Emilie pasó sin el apoyo de su marido por las penalidades del final de la guerra y la posguerra, aunque por lo menos pudo afirmar después que los soldados rusos —para desmentir la imagen que han dejado— se habían comportado con ella con amabilidad y compasión. En la India, en los días de la Independencia (agosto de 1947), los líderes del Congreso Jawaharlal Nehru y Vallabhbhai Patel exasperaron a Sarat Chandra Bose al propalar que su hermano pequeño había vivido con una mujer en Alemania, algo que, según cuenta en el semanal Outlook (10/02/14) la nieta de Sarat, Madhuri, nadie de la familia conocía, y que proyectaba una sombra sobre la reputación de un hombre muy popular, presentado ahora como «un mujeriego que había puesto a una chica en problemas». Sarat tardaría un año más en recibir la carta que el 12 de marzo del 46 le había enviado Emilie:
«Su hermano me pidió cuando estábamos en Berlín si aceptaba casarme con él. Conociéndolo desde hacía años como un hombre de buen carácter y ya que había una mutua comprensión y estábamos muy encariñados uno con el otro, acepté. La única dificultad fue conseguir el necesario permiso de matrimonio del Gobierno alemán… Decidimos resolverlo entre nosotros y, por tanto, nos casamos por el rito hindú en enero de 1942… El 29 de noviembre nació nuestra hija».
Emilie le hablaba también de que su hermano le había escrito una carta en bengalí en la que le informaba de su matrimonio y del nacimiento de su hija, una carta que ella tenía que enviarle si algo le sucedía.
El 10 de abril del 48 Sarat contestó a Emilie (a quien dos de sus hijos habían conocido en los años treinta como secretaria de su tío):
«Estimada señora Schenkl:
Esta carta será probablemente una sorpresa para usted. No nos hemos encontrado nunca, pero estoy seguro de que no somos unos completos extraños…».
Ambos querían creer que Bose seguía vivo. En otoño de ese mismo año, Sarat, su esposa y tres de sus hijos fueron a Viena a conocer a Emilie y Anita, y las invitaron a instalarse en Calcuta, lo que no se llevó a efecto.
En 1973 Emilie le contó a Surya Kumar, nieto de Sarat, que en 1950 el periodista de Alemania del Este Raimund Schnabel le dijo que tenía información de que el Netaji estaba en la Unión Soviética después de 1945. Cuando su hija fue a la India en 1960, le pidió que intentara hablar con Habibur Rahman, pero éste vivía en Pakistán y era complicado conseguir visados para ir allí. Según Madhuri Bose, que vino a estudiar a Europa en 1978 y tuvo oportunidad de trabar una estrecha relación con ella que se prolongó hasta su muerte en 1996: «Hasta su último día tía Emilie no aceptó la historia del accidente de avión».

«Quizá no pueda volver a verte —le había escrito Bose con ocasión de uno de sus regresos a la India—, pero, créeme, siempre estarás en mi corazón, en mis pensamientos y en mis sueños. Si el destino debe separarnos en esta vida, te anhelaré en mi próxima vida».
***

Main Aisa Hi Hoon (2005) es una version india de la película norteamericana Yo soy Sam (2001). La música es de un habitual de este foro, el bombaití Himesh Reshammiya, y la canción que traigo está interpretada por Shaan y Sunidhi Chauhan (en este vídeo acompaña imágenes de Bose y Emilie):

Just walk into my life

Just walk into my life
Simplemente entra en mi vida
Kahe deewanapan
dice la insensatez

Tenu dil wich rakh loon jaan-e-man
Yo guardaré tu corazón, amor mío
Tenu dil wich rakh loon jaan-e-man...

Just walk into my life
Kahe deewanapan…

Tenu dil wich rakh loon jaan-e-man…

Dil mera todo na, todo na

No rompas mi corazón, no lo rompas
Saath mera chodo na, chodo na
No me dejes, no lo hagas
Tumse hain kayi umeedein
En ti he puesto muchas esperanzas

Just walk into my life
Simplemente entra en mi vida
Kahe yeh pagalpan
dice esta locura

Tenu dil wich rakh loon jaan-e-man…
Yo guardaré tu corazón, amor mío…

Tumse koyi pyaara, pyaara
Otra más hermosa que tú
Dekha nahin yaara, yaara
nunca he visto, amor mío
Tum hi ho, mera sahaara
Eres la única, mi soporte

Just walk into my life
Simplemente entra en mi vida
Kahe meri dhadkan
dicen los latidos de mi corazón

Tenu dil wich rakh loon jaan-e-man…
Yo guardaré tu corazón, amor mío…

Pyaar hi pyaar doon, pyaar doon
Te daré sólo amor, sólo amor
Tumpe yeh jaan waar doon, waar doon
pondré mi vida en tus manos

Tum karo zara ishaara
Sólo hazme una señal

Just walk into my life
Simplemente entra en mi vida
Kahe apna bandhan
dice nuestro vínculo

Tenu dil wich rakh loon jaan-e-man…


Ultima edición por momper el Vie Abr 19, 2019 6:21 pm; editado 1 vez
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momper



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MensajePublicado: Jue Ago 13, 2015 5:13 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Para alcanzar la entrada tuvimos que subir por un camino corto, empinado y lleno de baches. Las paredes del palacio se elevaban sobre nosotros a la derecha. Una zona yerma, seca y arenosa cercada por tres paredes era lo que quedaba del patio. Si me paraba a pensarlo, casi podía ver el palacio en su original magnificencia: paredes de mármol intactas, torres completas y ventanas acristaladas. Quizá antaño el patio tenía una fuente y bancos y plantas florecientes. Pero ahora una pintada en dari estaba garabateada en alguno de los muros, y grises y bajas suculentas habían tomado el control.
Dentro la devastación reinaba. Algunas habitaciones tenían carteles de “No entrar”. Supusimos que advertían de la presencia de bombas sin explotar o tal vez de la poca firmeza del piso. Una habitación, quizá una sala de baile, era circular, y las deslucidas columnas todavía sostenían los restos del techo. Las estatuas habían perdido sus cabezas, y las escaleras terminaban en el aire…
No había nadie allí ese día salvo nosotros».
P. B. Travis, Kabul Classroom. Memoir of an American Teacher in Afghanistan


El 20 de febrero de 1920, el emir afgano Habibullah Khan fue asesinado de un disparo en la cabeza mientras dormía en su tienda, durante una cacería en la provincia oriental de Laghman. En un tiempo en que Afganistán se debatía entre los intentos modernizadores de Habibullah y las posiciones conservadoras, el estamento religioso vio la oportunidad de recuperar terreno: al día siguiente el resto de la partida alcanzó Jalalabad, y los mulás declararon que, habiendo muerto el Emir como un shahid (mártir), debía ser enterrado sin ceremonias con la misma ropa que llevaba, y por su sucesor, lo que llevó a la coronación inmediata de su hermano menor, el shahzada (príncipe) Nasrullah Khan, un hafiz (memorizador del Corán) que defendía una política estrictamente conforme con los principios islámicos, y cuyas ambiciones Habibullah había querido neutralizar nombrándolo primero comandante en jefe del ejército y, más tarde, heredero por delante de sus propios hijos. Ya en 1910, en su Afghanistan, el historiador Angus Hamilton hablaba de la débil voluntad de Habibullah, y consideraba a Nasrullah un «turbulento petrel en el mar afgano de la política nacional».

Atrapada entre las ambiciones de Rusia y el Reino Unido, en 1879 Afganistán había perdido el control de su política exterior cuando, con las tropas del Raj ocupando buena parte del país, el emir Mohammad Yaqub Khan tuvo que firmar en un campamento militar británico cerca de la ciudad de Gandamak el tratado que convertía a su país en un protectorado. A partir de entonces el rechazo al dominio foráneo fue común entre las corrientes reformista y conservadora, un sentimiento exacerbado aún más con el Convenio anglo-ruso sellado en San Petersburgo en 1907, que establecía las respectivas áreas de influencia en Asia Central. Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, unos y otros reclaman que el país se alinee con el bando germano-turco, pero Habibullah, sopesando fríamente las realidades económicas y militares del país, desoyó la llamada a la yihad contra los Aliados hecha, como califa, por el sultán otomano Mehmed V y mantuvo la neutralidad de Afganistán, una «controvertida posición que pudo haber sellado su destino» (Asta Olesen, Islam and Politics in Afghanistan). La aplastante derrota de Turquía y el colapso del Imperio ruso dejaron en Afganistán una amarga sensación de oportunidad perdida de defender el islam y luchar por la libertad nacional.

En 1915 se había plantado allí sin esperar invitación (y tras novelescas peripecias para eludir a los servicios de inteligencia británicos y rusos) la misión diplomática Niedermayer–Hentig, a la que dieron nombre los oficiales alemanes que la conducían y que integraban unos 20 miembros entre alemanes, turcos e indios exiliados; su objeto era convencer al emir de entrar en la guerra junto a las Potencias Centrales, para lo cual el Káiser le ofrecía llevar las fronteras afganas hasta Samarkanda, en el Turquestán ruso, y Bombay (!). El Virrey de la India había advertido ya a Habibullah de la aproximación de «agentes alemanes y sicarios», y éste había prometido arrestarlos en cuanto llegaran a Afganistán, sin embargo se les dio una calurosa bienvendida en Herat y tuvieron el camino abierto hasta Kabul, donde se llegó a firmar un borrador de acuerdo por el que el emir se comprometía a atacar la India si contaba con apoyo de tropas germano-turcas, con el añadido posterior de que, previamente a su campaña, los indios debían alzarse en rebelión. «Finalmente, en 1916 Nashrullah se ofreció a derrocar a Habibullah y valerse de las tribus fronterizas para una campaña contra la India británica, pero la misión se dio cuenta de que tal acción sería infructuosa y declinó la propuesta» (Nasrullah Khan, World Heritage Encyclopedia). Habibullah pronto recibió avisos de la inteligencia británica de que corría el riesgo de ser asesinado…

En el artículo The Life and Times of Amir Habibullah Khan (Afghanistan Online), Rameen Moshref elogia su impulso modernizador, «aunque sus reformas no cambiaron significativamente la vida de la gente». El primer instituto de enseñanza secundaria (masculino, claro) de Afganistán, el Habibya, se funda en 1904 con profesores musulmanes traídos de la India, cuando se calcula que el 98% de lo afganos eran analfabetos y la educación fuera de la capital consistía en poco más que memorizar el Corán; su biblioteca fue también la primera pública en Afganistán. En 1913 abre el primer hospital de Kabul, con personal indio y dirección de dos doctores turcos, en un tiempo en que la salud se confiaba mayoritariamente a remedios tradicionales administrados por hakims, que se servían de amuletos y magia. Entre 1904 y 1906 se estableció la Madrasse-ye Harbi-ye Siragieh (Real Colegio Militar), academia castrense que dirigió un coronel turco, aunque las buenas intenciones chocaban una vez más con la dura realidad, pues casi todos los cadetes eran incapaces siquiera de leer un manual de instrucciones. Eso sí, entre 1911 y 1918, en lo que fue un impresionante logro de su reinado, se construyó en el río Salang, al norte de la capital, la Planta hidroeléctrica de Kohestan, la primera del país, que surtió de electricidad al palacio real y a algunas factorías de Kabul.
Habibullah quedó seducido por la tecnología occidental en una visita de Estado a la India en 1907, donde —según el Guardian— tuvo oportunidad de montar por primera vez en un coche (The Afghan Ameer at Agra. The king of Afghanistan is impressed by the motor-car on a state visit to India [15 January 1907]). A la vuelta estaba persuadido de que el camino a la modernidad pasaba por la occidentalización, e incluso alentó el uso de ropa occidental.

Para ganar el apoyo de la gente a sus ambiciosos proyectos, disolvió el odiado y temido servicio de información del que se valía su padre, Abdur Rahman Khan, amnistió a opositores apresados o exiliados, y prohibió la tortura de prisioneros y castigos como la amputación de manos y lengua, o la privación de la vista. Pero ya a principios de su reinado en 1901 un pequeño grupo de intelectuales formó el Jam`iat-i-Sirr-i-Milli (Partido Secreto Nacional), conocido también como Mashruta Khwahan (los Constitucionalistas), que abogaba por una monarquía constitucional liberada del tutelaje británico. No quería llegar tan lejos el emir: descubiertos en 1909, 45 de sus miembros fueron ejecutados (hay quien eleva la cifra hasta 500). El testigo fue recogido por otro grupo nacionalista surgido entonces: Jawanan-i-Afghan (Jóvenes Afganos, a semejanza de los Jóvenes Turcos): su líder, Mahmud Tarzi, había regresado en 1902 del exilio al que se vio arrojada su familia durante el emirato de Abdur Rahman Khan, y pronto Habibullah contó con su colaboración como intermediario ante las autoridades turcas para traer expertos a Afganistán. Sus ideas atrajeron también a los dos hijos mayores del emir: Inayatullah y Amanullah, que además desposaron a sus hijas.

En 1911 Tarzi empezó a publicar el quincenal Seraj al-Akhbar (La Antorcha de Noticias) donde —nos dice Senzil K. Nawid (Tarzi and the Emergence of Afghan Nationalism: Formation of a Nationalist Ideology [The American Institute of Afghanistan Studies])— «abogaba por una síntesis de los logros materiales de Occidente, su ciencia y su tecnología, con la espiritualidad del islam» y fomentaba la unidad de las tribus afganas en una conciencia nacional compartida, pero «no publicó ningún artículo favorable a la democracia o el parlamentarismo, sea por su estrecha relación con la corte o por la convicción de que el país no estaba preparado para un régimen democrático». Con todo, sí se atrevió a criticar en términos apasionados el sometimiento de su país a «una nación extranjera no musulmana», lo que le valió finalmente ser reprendido y multado:

«¡Oh noble nación afgana! Debes proteger tu dignidad y tu honor nacional. Debes proteger la independencia de tu gobierno. ¿Puede el pueblo afgano, que es conocido por su bravura, aceptar la dominación de otra nación sobre su política exterior? Nunca» (artículo censurado del 7-1-16).

El Seraj al-Akhbar al-Afghaniya fue clausurado en 1918 por orden del emir. Cuando al año siguiente ascienda al trono Amanullah Khan, casado en 1915 con su hija Soraya, Tarzi pasará a ocupar el nuevo cargo de ministro de asuntos exteriores.

En el momento de la muerte de Habibullah, su tercer hijo, el sardar Amanullah Khan, que ejercía de naib-ul hukuma (vicegobernador) de Kabul, se declaró inmediatamente emir, y su primera decisión fue aumentar la paga en el ejército: con el arsenal y el tesoro en sus manos, Nasrullah tuvo que renunciar a sus pretensiones, pese a quienes le animaban a afrontar el desafío (se dice que el badishah de Islam Pur, en la provincia oriental de Nangarhar, le ofreció 50000 hombres de su tribu). El 27 de febrero era formalmente coronado el nuevo emir, con la precisión de que su hermano mayor, Inayatullah, había perdido sus derechos al apoyar en Jalalabad la entronización de Nasrullah. Uno y otro, junto a muchos partidarios, fueron aprisionados, pero finalmente sólo Nasrullah resultó condenado —a cadena perpetua— por supuesta complicidad con un coronel ejecutado como autor material del crimen. Al efímero emir, que se entregó para «evitar el derramamiento de sangre», se le había prometido libertad para exiliarse en Arabia Saudí, como pretendía, pero fue detenido el 3 de marzo y murió en la cárcel un año después, al parecer asesinado.
En su Modern Afghanistan. A History of Struggle and Survival, el profesor Amin Saikal refiere que a principios de los años 30, quien había sido chambelán de Habibullah, Shuja-ud-Dawla, confesó en su exilio en Alemania ser el autor del crimen en conversación con el entonces antiguo ministro de exteriores de Amanullah, Ghulam Siddiq Charki, e incluso le enseñó la pistola utilizada. Como sea, con el acceso al trono de Amanullah, pasó a desempeñar altos cargos, empezando por la jefatura de la policía de Kabul. El periodista e historiador Halim Tanvir añade una curiosa historia de resonancias clásicas a la muerte de Habibullah: su abuela, Taj Babi, era hija del general Amir Mohammad Khan y contaba que su padre había tenido conocimiento del complot para asesinarlo, y se lo había comunicado por medio de una carta… que se encontró tras su muerte en uno de sus bolsillos. Cuando accedió al poder Amanullah, el general fue torturado y asesinado, y su familia, deportada a Faizabad, en el extremo nororiental del país (Afghanistan. History, Diplomacy & Journalism).

Amanullah estaba decidido a acelerar la modernización del país, pese a que en las áreas rurales la autoridad del emir tenía un alcance muy limitado. Su primer paso fue conseguir la independencia de un Reino Unido que salía de la guerra mundial: a finales de abril declaró en la Masjid-e Eidgah (una de las principales mezquitas de Kabul) la yihad contra los británicos, recibida por la multitud con un entusiasta Ya margh ya istiqlal! (¡Muerte o libertad!). En la breve Tercera Guerra Anglo-Afgana, las mal equipadas y entrenadas tropas afganas contaron con el eficaz apoyo de los muyahidines que se unieron a la yihad; el desmotivado ejército del Raj, por su parte, sólo pudo equilibrar el embate y mandar a la RAF sobrevolar las altas montañas del Afganistán oriental para bombardear Jalalabad y Kabul, lo que motivó una carta de protesta de Amanullah al gobierno británico, en la que le recordaba su condena de los bombardeos con zepelines sobre Londres. Pronto se llegó a un punto muerto que condujo a unas negociaciones —iniciadas en la ciudad punyabí de Rawalpindi y culminadas en Kabul a finales de 1921— por las que Afganistán era reconocido como un Estado soberano al precio de aceptar una insatisfactoria frontera con la India británica y, claro, perder su ayuda financiera. Amanullah se convirtió en una figura incómoda para el Reino Unido al alcanzar una gran predicamento en la región como líder musulmán anticolonialista…

Entonces se establecieron formalmente por primera vez en el país un gobierno y una asamblea legislativa. En 1923 se introdujo el Nizamnama (código fundamental), una constitución de facto redactada con ayuda de expertos turcos que establecía el imperio de la ley —a la que estaba sujeto el propio emir— y reconocía las libertades de expresión y de religión; también se implantaron leyes basadas en códigos legales seculares turcos y se codificó la sharia para ser aplicada en tribunales civiles; «básicamente, las reformas políticas y legales fueron emprendidas para transferir el poder de los ulemas, con gran influencia debido a su capacidad de interpretar la sharia, a la monarquía y el gobierno central» (Andrew Chua, The Promise and Failure of King Amanullah’s Modernisation Program in Afghanistan [The ANU Undergraduate Research Journal - Volume Five, 2013]).
Se decretó la educación obligatoria y se crearon incluso escuelas nocturnas para alfabetizar adultos, se estableció el servicio militar obligatorio (inicialmente con una duración de dos años, que se ampliaron después a tres) y la carrera militar se abrió a las minorías religiosas, se vendieron a muy bajo precio tierras públicas a campesinos pobres, se separaron las propiedades del Estado y las del emir… Pero el campo de reformas más significativo —y también controvertido— fue el de los derechos de la mujer: «La mujer en la sociedad afgana —nos dice Asta Olesen—, y particularmente entre los pastunes, es una figura cargada con significación simbólica y encarna el nang (deshonra) y el namus (reputación, castidad) de todo el grupo familiar». Con ayuda de su esposa Soraya Tarzi, Amanullah intentó emancipar a las afganas de los matrimonios forzosos y la discriminación en las herencias, de la falta de oportunidades educativas y laborales… Se pretendió, en suma, cambiar su papel en la sociedad, pero, eso sí, «haciendo grandes esfuerzos para justificar estas reformas en términos islámicos» (Andrew Chua): argüía Amanullah que la monogamia era más propiamente islámica que la poligamia; la reina Soraya reclamaba en un discurso conmemorativo de la independencia que las mujeres debían participar más en la sociedad, «a la manera de los primeros tiempos del islam»; se animaba a las mujeres a quitarse el velo, pues era una costumbre tribal más que un requerimiento islámico. Gertrude Mary Deane, esposa del embajador británico Francis Humphrey, recordaba a Amanullah en una reunión en Paghman hablando sobre la libertad de la mujer…
«Pidió a la gente que diera libertad a sus mujeres y las liberara del velo, y entonces se lo quitó a su princesa Soraya y dijo: Todos vosotros podéis ver a mi esposa desde ahora…».

Si ya de por sí eran difíciles de asumir propuestas que desafiaban la mentalidad conservadora y transformaban las relaciones sociales en detrimento de la organización tribal, «la circulación de rumores y exageraciones intensificaron el recelo y la hostilidad hacia Amanullah y su programa [en el Afganistán rural]» (Andrew Chua). Las reformas, además, incluyeron costosas inversiones en infraestructuras, abordadas prácticamente sin financiación exterior, con lo que implicaron una subida de impuestos.

En 1924, en la pequeña ciudad suroriental de Khost, se desató el primer gran desafío a la revolución que se operaba desde la capital: un funcionario local había respaldado el matrimonio de una joven que pretirió al hombre con el que la habían comprometido en su niñez, pues tales arreglos estaban ahora prohibidos; un mulá del lugar, Abdulla Kharoti (alias Mullah-i Lang, el mulá cojo), privado de su prerrogativa en estos casos, acusó al funcionario de actuar contra la sharia, y pronto se unieron a su acusación otros mulás. El embajador británico informó a Londres del suceso: «Con la nueva normativa en una mano y el Corán en la otra, llamaron a las tribus para elegir entre la palabra de Dios y la del hombre, y las exhortaron a oponerse a unas demandas cuya aceptación reduciría a sus hijos a la esclavitud en el ejército y a sus hijas a la humillante influencia de la educación occidental».

(Hasta entonces las tribus, exceptuando algunas que estaban eximidas por razones políticas, participaban en el reclutamiento mediante el sistema hasht nafari, implantado en tiempos de Abdur Rahman Khan, que les permitía seleccionar por sí mismas a uno de cada ocho hombres en edad militar; ahora se quería hacer la selección de modo aleatorio, lo que aumentó el rechazo al reclutamiento forzoso; en particular, entre las tribus pastunes, que reclamaron que sólo se realizara en tiempo de guerra).

El gobierno mandó al ministro de justicia y a ciertos ulemas a la capital provincial, Gardez, para explicar a los contestatarios que las nuevas leyes estaban en conformidad con la sharia, pero las negociaciones no fructificaron (se dice que el mulá Abdulla Kharoti defendía puntos tan peregrinos como que la edad mínima para los profesores de las niñas [que solo debían aprender el corán] fuera de ochenta años), y las tribus insurrectas atacaron a una compañía en Kotal-i Tirah…
En plena rebelión, Amanullah convocó una institución de origen pastún que no estaba contemplada en el Nizamnama: la loya yirga (de loya: gran, y yirga: asamblea), tradicional asamblea de notables a la que se atribuye una antigüedad de hasta mil años. El objetivo era que los estamentos tradicionales manifestaran su conformidad con las nuevas leyes, pero los líderes de la rebelión habían cuestionado la devoción de los ulemas próximos a la corte y, en los quince días de asamblea en Paghman (en julio de 1924), estos sacaron a relucir algunas objeciones que Amanullah tuvo que atender para que reconocieran su derecho a subir impuestos y modificar el reclutamiento, y emitieran una fetua contra los rebeldes en la que eran tachados de traidores: se eliminaron las trabas a la poligamia, se rebajo a 13 años la edad legal para casarse, se recuperó el papel judicial de los cadíes y el pago del jizya para los no musulmanes… En un momento en que a Amanullah le convenía ostentar una acendrada religiosidad, se permitieron en Kabul ataques a la minoría qadiani (ahmadí), e incluso que un tribunal religioso condenara a la lapidación a un joven misionero de la secta llegado de la India que había apelado a la libertad religiosa reconocida en el Nizamnama, algo que a la prensa oficial le resultó muy difícil justificar. Andrew Chua subraya que Amanullah no supo someter al estamento religioso como sí hicieron sus predecesores: «Abdur Rahman amenazó a los mulás que se le opusieron con el exilio o la partida “al otro mundo”, mientras Habibullah ejecutó inmediatamente a los que se manifestaron públicamente en contra de su visita a la India». Pocos meses después (a principios de 1925), en lo que Asta Olesen llama una «caza de brujas», fueron también lapidados públicamente dos comerciantes ahmadíes en Kabul.

Entretanto, una nueva figura había hecho su aparición en el escenario: Abdul Karim era hijo del otrora emir Yaqub Khan (exiliado en la India tras abdicar en 1879) e intentó liderar el bando rebelde con la promesa de gobernar con un consejo de 40 ulemas. Las fuerzas sublevadas derrotaron a las oficiales y llegaron a estar a ocho kilómetros de Kabul… Pero, como el propio Abdul reconoció más tarde: «Esa victoria resultó ser la fuente de mi ruina, pues casi todos los soldados se marcharon a sus casas con el botín» obtenido en los pueblos del camino. Amanullah pudo bombardear a los rebeldes con dos aviones de la guerra mundial comprados a los británicos y pilotados por mercenarios alemanes, y «volvió las tornas del conflicto al declarar que la aparición de Abdul Karim en Afganistán era un complot británico para recuperar el control del país; pero, de hecho, los británicos no sabían cómo había llegado a Afganistán y quién lo estaba financiando allí» (Thomas Barfield, Afghanistan. A Cultural and Political History). Abdul Karim huyó de vuelta a la India, de donde fue expulsado por quebrantar el asilo. Murió asesinado en Birmania, probablemente por un agente afgano. El mulá Abdulla Kharoti y unos cincuenta de sus partidarios fueron ejecutados públicamente en Kabul; uno de ellos, justo antes de ser fusilado, tachó a Amanullah de infiel ante la muchedumbre.

«Sólo dos años después de hacer tantas concesiones a los conservadores en la loya yirga de 1924 —escribe Thomas Barfield—, Amanullah rescindió muchas de ellas e incluso reabrió las escuelas para chicas, tan objetadas por el clero». Por entonces cambió el título de emir por el de padshah (rey) y emprendió (a finales de 1927) un gran viaje que lo llevó a visitar países como la Turquía de Mustafa Kemal Atatürk y la Persia de Reza Shah —sumidos en su propio proceso de reformas—, India, Egipto y las grandes capitales europeas: Roma, París, Bruselas, Berna, Berlín, Londres, Varsovia y Moscú. Era la primera gira de una pareja real después de la Gran Guerra y suscitó una enorme expectación. «Toda Europa siguió con curiosidad las hazañas de este visitante de otro mundo» (Louis Dupree, Afghanistan). La prensa india informó por extenso del viaje, y el agente comercial afgano en Quetta (hoy Pakistán), supuestamente contrario a la política de Amanullah, se aseguró de hacer llegar a Kabul todos los periódicos que incluían fotos de Soraya sin velo. En su Afghanistan dar Masir-i Tarikh (Afganistán en el curso de la Historia, 1968), el escritor Mir Ghulam Mohammad Ghobar, jefe de la policía de Kabul en 1921, refiere que el poeta y agente británico Najaf Ali Khan (salido del instituto Habibya y colaborador del Seraj al-Akhbar) falsificó muchas fotos de Soraya en las que se la veía indecentemente vestida. En Londres Amanullah compartió con un conocido su convicción de que los ingleses todavía lo querían fuera de circulación. Señala Louis Dupree que «Sus ataques verbales a Gran Bretaña en el Jeshn (fiesta de la independencia), con el embajador británico presente, avergonzaban a muchos afganos, además de al cuerpo diplomático… Y los desairados británicos cada vez estaban más preocupados por la penetración rusa». Con Rusia se había firmado el primer tratado de amistad del nuevo gobierno en 1921, después de que Lenin recibiera en Moscú, en octubre de 1919, a un embajador extraordinario afgano que le pidió ayuda para liberar todo Oriente del «yugo del imperialismo europeo».

Decidido a acelerar el programa de reformas, Amanullah regresó, mediado 1928, a un país donde circulaban rumores tan imaginativos como que quería importar una máquina para hacer jabón con cadáveres. En Turquía Mustafa Kemal Ataturk le había aconsejado culminar la reforma del ejército antes de acometer cambios que desafiaran convenciones sociales muy arraigadas, y prometió enviarle algunos oficiales para formar a las tropas, pero Amanullah «permitió que su vergüenza por el atraso de Afganistán nublara su pensamiento» (Andrew Chua). Tan pronto como en el siguiente agosto, convocó una loya yirga en Kabul para informar a más de mil representantes (a los que se exigió vestir con ropa occidental) de los importantes resultados diplomáticos de su viaje y de la necesidad de profundizar en las reformas emprendidas, es decir, en una mayor secularización; lo que —apunta Leon B. Poullada (Reform and Rebellion in Afghanistan, 1919-1929)— fue interpretado correctamente por el estamento religioso como una declaración de guerra.
«Los oficiales turcos llegaron, pero demasiado tarde para hacer algo más que observar el desastre que siguió» (Louis Dupree).

Unas cuatrocientas autoridades religiosas firmaron un documento, presentado a Amanullah a principios de septiembre, en el que se afirmaba que sus intentos de occidentalización y los métodos empleados no estaban en conformidad con el islam. En octubre, Amanullah ejecutó al principal cadí de Kabul, Abdur Rahman de Begtut, acusado de traición tras haberse negado a sancionar el programa de reformas y haber intentado escapar a la India.

«Amanullah ha levantado un hermoso monumento sin una base —había advertido Mahmud Tarzi—. Retira un ladrillo y se vendrá abajo».

En noviembre de 1928, pastunes de la tribu shinvari atacaron un puesto militar en el Paso Khyber e incendiaron en Jalalabad el palacio de Serajul-Emara y el consulado británico. El detonante del estallido fue, según Poullada, la intromisión gubernamental en el badragi, el cobro que hacía la tribu de un peaje en ciertos lugares de paso (como el Khyber). Cuando los religiosos sancionaron la revuelta añadieron sus propias razones al conflicto. Tropas regulares fueron enviadas al este para enfrentarse al lashkar (ejército) tribal, pero muchos soldados desertaron y se unieron a los rebeldes, con los que Amanullah se enzarzó en una guerra paralela de fetuas y contrafetuas. Entre tanto, desde Kohistan, al norte, se vio desafiado también por la hueste del bandido tayiko Habibullah Kalakani —apodado por sus adversarios Bacha-i Saqqao (hijo del portador de agua)—, al que Asta Olesen, en la estela de Hobsbawm, se aviene a considerar un exponente del «bandolerismo social», los bandidos que llegan a ser revolucionarios, aunque admitiendo que es difícil saber hasta qué punto este asaltante de caravanas, mitificado por campesinos empobrecidos, estaba comprometido en una lucha ideológica.

Se cuenta que un viejo sufí le dijo en su juventud que algún día llegaría a ser emir, y a principios de 1929 estaba a las puertas de Kabul, donde había desertado del ejército diez años antes. Amanullah rechazó su primera acometida, pero finalmente, abandonado por sus propios soldados, abdicó en su hermano mayor, el sardar Inayatullah (que llevaba diez años haciendo una vida estrictamente privada), y se reunió con Soraya en Kandahar, bastión de los mohammadzai a los que pertenecía la familia real. Cuando salía de Kabul la noche del 14 de enero de 1929, estuvo a punto de ser capturado por la caballería de Kalakani, al quedar el Rolls Royce que le había regalado Jorge V momentáneamente atascado en un amontonamiento de nieve.
El «ladrón que llegó a ser rey» —como él mismo se definió en la biografía escrita por su partidario Jamal Gul— advirtió por carta a Inayatullah que se rindiera o se preparara para luchar, a lo que éste contestó que nunca había querido ser rey, con lo que dio por terminado su efímero reinado de tres días. Kalakani, que representaba lo más reaccionario de la sociedad afgana, se convirtió en emir con el nombre de Habibullah Ghazi (guerrero por la fe) y se casó con una mohammadzai de la familia real capturada para que le enseñara a comportarse como un rey. Pero la realeza no se improvisa, e incluso para los líderes tribales rebeldes «reconocer como emir a un bandido kohistaní llegado de los estratos inferiores de la sociedad era una ruptura tan radical con el pasado que, comparado con esto, la idea de una mujer sin velo caminando por las calles de Kabul parecía algo asumible» (Thomas Barfield).

Kalakani conservó nueve meses el poder en un Kabul aterrorizado, y tuvo éxito al principio al enfrentarse a las fuerzas de un Amanullah que —presionado por los mohammadzai— jugaba sus últimas cartas para recuperar el poder, y de las tribus pastunes que no le eran afines (uno de sus rivales, Ali Ahmad, general que se aventuró a proclamarse emir en Jalalabad después de la abdicación, tuvo la desgracia de caer en sus manos en Kandahar y fue despedazado con un cañón), pero finalmente acabó como tantos personajes surgidos de la oscuridad para ocupar un lugar en la Historia. Su némesis fue personalizada por Nadir Khan: héroe de la guerra contra los británicos como jefe del ejército y más tarde embajador en Francia, Nadir abandonó su retiro en la Riviera para obtener un gran apoyo tribal con la propuesta de convocar una loya yirga que designase al nuevo emir. Después de reñidos combates, forzó la huida de Kabul de Kalakani, que pocos días después, tras ser apedreado por aldeanos en el propio Kohistan (Jamal Gul), se rindió con la promesa de Nadir de que sería perdonada su vida. Pero los líderes tribales exigieron su ejecución: según Jamal Gul, cuando se le preguntó formalmente si se consideraba culpable o inocente, Kalakani escupió en el suelo y dijo: «Ahí tenéis mi respuesta»; y antes de ser fusilado se le dio la oportunidad de hacer las paces con Dios: «No tengo nada que pedirle a Dios —contestó—, me ha dado todo lo que quería, me ha hecho rey».

Nadir Khan fue designado sah y tuvo que hacer importantes concesiones a las fuerzas tradicionalistas que lo habían aupado al poder. Amanullah huyó con su familia a la India y se exilió en Italia, «donde el rey Víctor Manuel había sido lo bastante imprudente como para investirlo con el Collar de la Anunciación, y aceptarlo así como un “primo”. De este modo, la petición de asilo apenas podía ser rechazada» (Martin Evans, Afghanistan, A New History). Murió en 1960.

«La tragedia del caso de Amanullah —reflexionaba Fyodor Raskolnikov, embajador soviético en Kabul a principios de los años veinte— radica en el hecho de que emprendió reformas burguesas sin la existencia de ninguna burguesía nacional». Cincuenta años más tarde los propios soviéticos cometieron el mismo error.

***

La bombaití Abhilasha Chellam quedó en segundo lugar en la edición del año 2010 del famoso concurso musical Sa Re Ga Ma Pa (do, re, mi, fa, sol), y la vamos a escuchar en una canción para la película Dostana (amistad, 2008) del dúo de compositores Vishal–Shekhar (Vishal Dadlani y Shekhar Ravjiani), que le hacen los coros desde el jurado:

Jane Kyun

tu hai to tedhi medhi rahein, ulti pulti baatein seedhi lagti hai
Si estás tú los caminos sinuosos y las conversaciones ambiguas parecen sencillos
tu hai to jhoothe muthe vaadein, dushman ke iraade sacche lagtein hain
Si estás tú las falsas promesas y las intenciones del enemigo parecen bien
jo dil mein taare vaare de jaga, woh tu hi hai, tu hi hai
El que alza estrellas en mi corazón eres sólo tú, sólo tú
jo roote roote de hasa tu hi hai wohi
El que me hace reír cuando lloro eres sólo tú
jaane kyun dil jaanta hai, tu hai to i'll be all right
No sé por qué mi corazón sabe que si estás tú, estaré bien

saari duniya ek taraf hai, ek taraf hai hum
Todo el mundo está en un sitio y nosotros, en otro
har khushi to door bhage, mil rahein hai gum
La felicidad se esfuma y da paso al dolor
but when you smile for me, world seems all right
pero cuando me sonríes el mundo parece estupendo
yeh meri zindagi pal mein khil jaaye, jaane kyun
Mi vida en un instante florece no sé por qué
jaane kyun dil jaanta hai, tu hai to i'll be all right
No sé por qué mi corazón sabe que si estás tú, estaré bien
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Tu quoque, Eslava Galán?
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