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El pequeño Pataxú, Tristan Derème

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momper



Registrado: 14 Dic 2008
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MensajePublicado: Mie Ago 24, 2016 4:34 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Habíamos sido invitados a explorar el área de cazadores de cabezas por el Indonesian Press [Council], nuestra labor era probar que los indígenas del Borneo central no atacaban a los extraños. Muchos indonesios temían perder sus cabezas si se internaban en las junglas…». Quien así se expresaba en un número del Junior Scholastic de 1969 era la fotoperiodista Wyn Sargent, que se llevó a tan arriesgado viaje a las tierras de los Dyak a su hijo Jmy (sic), de doce años, «a quien encontraron —nos dice— mucho más aceptable que a mí con mi más de metro ochenta». La experiencia la llevaría a crear un fondo de ayuda que proporcionó a estos pueblos un pequeño hospital y una escuela, y a publicar My Life With the Headhunters (donde afirmaba, sorprendentemente, que los Dyak no identificaban el coito con el embarazo).

En 1970, el presidente Suharto la conoció en Disneylandia y, estando muy impresionado por su trabajo en Borneo, la invitó a ir a Irian Barat (Papúa) para conocer a los Dani, en el Valle de Baliem. A finales de 1972 allí que se fue (esta vez sin su hijo); les proporcionó medicinas, algunas herramientas… y, tras un par de semanas entre ellos, esta mujer que mediaba la cuarentena tomó una decisión que suscitó la atención de los medios de todo el mundo: su presencia había agudizado las tensiones entre tribus que vivían en permanente estado de conflicto, así que propuso casarse con el jefe Obaharok para que la ceremonia diera pie a un compromiso de paz. Las otras seis esposas del afortunado le prepararon un traje a su usanza (convenientemente adaptado al pudor occidental), y la celebración de casi un mes se convirtió en un gran acontecimiento para la región. Sin embargo, poco después fue conminada por las autoridades a marcharse, bajo la acusación de actuar en detrimento del desarrollo de la región; se dijo que sólo tenía interés en las prácticas sexuales primitivas, que trabajaba para compañías extractoras de uranio… En entrevista con el New York Times (2-XII-1974), Sargent explicaba que la verdadera razón de su expulsión fue que había tomado fotografías y había sido franca en sus cartas sobre cómo los Dani estaban sufriendo abusos a manos de los oficiales del Gobierno. También se refería indignada a cierta entrevista con Obaharok publicada en el Paris Match, en la que éste aseguraba que ella compró su consentimiento a casarse y reconocía que fue impotente en su noche de bodas: «No hubo sexo entre nosotros en absoluto, no me casé para acostarme con nadie, el único propósito de ese matrimonio fue contribuir a pacificar tres tribus guerreras».

Años después, Leslie Butt viajó al lugar para trabajar en su tesis doctoral (The social and political life of infants among the Baliem Valley Dani, Irian Jaya, 1998) y nos dice que «en todos los relatos, los Dani son tan insistentes en que Sargent consumó el matrimonio como lo es ella en que no lo hizo». Con el tiempo la imagen que tienen de ella se ha solapado con la de los forasteros, turistas o no, que participan en las fiestas, comen toda la carne que pueden, toman sus fotos y se marchan «sin considerar siquiera las obligaciones de reciprocidad» (como le dijo a Leslie un misionero de la zona).

En la entrevista del New York Times, Sargent contaba que estaba haciendo cursos de medicina con la esperanza de volver a Irian Jaya (antes Irian Barat) y abrir una clínica para los Danis, pero que veía muy difícil hacerlo mientras estuviera bajo control indonesio (que se consolidó entre 1963 y 1969).

«Fue muy doloroso, simplemente horrible», dijo esta mujer que se definía como «chapada a la antigua» sobre las acusaciones de haber ido a Papúa a investigar la sexualidad primitiva (hay que decir que no hay nada sobre sexualidad en su People of the Valley: Life with a cannibal tribe in New Guinea). «Lo único que me ayudó a pasar mi hora más negra fueron las palabras de mi hijo [a la prensa]: “Mi madre sabe lo que hace”».

«Nunca una madre ha estado más orgullosa de su hijo».


She Tells Why She Married a Tribal Chief (New York Times, 2-XII-1974)

On Being a White Woman: The Spectre of Wyn Sargent (Leslie Butt, The social and political life of infants among the Baliem Valley Dani, Irian Jaya, pág. 52 y ss.)

Un imperio de Oriente, Norman Lewis
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momper



Registrado: 14 Dic 2008
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MensajePublicado: Mie Ago 31, 2016 9:40 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

La costa noroeste americana se convirtió en las décadas finales del siglo XVIII en un territorio codiciado por rusos, españoles e ingleses. Los primeros exploraban Alaska desde 1741, y veinte años después el embajador español en San Petersburgo empezó a advertir de los asentamientos que estaban estableciendo allí; en 1768 era el Virrey de Nueva España el que llamaba la atención sobre los movimientos de Inglaterra, que ya se había hecho con el Canadá francés y no reparaba en «gasto, fatiga o diligencia» para adelantar sus descubrimientos. Esto motivó que España apresurara la colonización de la Alta California y el inicio de una serie de exploraciones que proporcionaran información y dejaran una huella española en la zona: la primera tuvo lugar en 1774 y en ella se descubrió el estrecho de Nootka (en una isla adyacente a Vancouver), por donde pasó poco después, en 1778, el capitán Cook… Después de algunos incidentes que bien pudieron acabar en guerra, las Convenciones de Nootka (1790, 1793 y 1794) abrieron esta costa a los asentamientos ingleses.

La principal tribu con la que unos y otros tuvieron conflictivos tratos en Nootka eran los Moachat. Para conocer quiénes eran recomiendo vivamente la lectura del delicioso «Diario y aventuras en Nootka», del joven herrero inglés John Hewitt, cautivo de estos indios durante más de dos años (a partir de marzo de 1803). El jefe que lo apresó tras matar a casi todo el resto de la tripulación se llamaba Maquina (transliterado también en los diversos relatos que lo mencionan Macuina, Muquinna, etc.). Su antecesor en el cargo también se llamaba así y se piensa que vivió hasta 1795, pero el explorador Alexander Walker, que pasó por allí en 1786, dice en su An account of a voyage to the north west coast of America in 1785 & 1786 que Muquinna el viejo estaba ya ciego y que Muquinna el joven había asumido el liderazgo. Siendo el primero de baja estatura y el segundo de unos seis pies de alto, difícilmente puede haber confusión entre ellos. En los dos testimonios que voy a copiar se habla con admiración de sus esposas favoritas, y no sé que sería más extraordinario, que se refirieran a dos chicas distintas o que fuese la misma persona (se me ocurre que podría haberse casado con ambos):

Los tenientes de navio Espinosa y Cevallos formaban parte en 1791 de la celebérrima expedición Malaspina y escriben en su diario:

«El cacique nos presentó a su mujer, cuya bella figura no nos sorprendió menos que el centinela y los fusiles: tendrá como veinte años de edad y se distinguía entre otras muchas por su color blanquísimo, del propio modo que por la delicadeza y la proporción de sus facciones: si después de una navegación dilatada se pudiera juzgar de la hermosura con rectitud, nos atreveríamos a decir que esta graciosa muchacha excede en belleza a las heroínas de novela, tales como nos las hacen concebir los prestigiosos de la poesía y la imaginación de los poetas».

John Hewitt estuvo allí doce años después:

«Tienen [las mujeres] en general muy buen aspecto, y algunas son muy guapas. La esposa favorita de Maquina en particular, que era una princesa Wickinninish, sería considerada una mujer muy bella en cualquier país. Estaba extraordinariamente bien formada, era alta y de apariencia majestuosa; su piel era notablemente clara para estas gentes, con considerable color, muy guapa de rasgos y con los ojos negros, dulces y lánguidos; tenía el pelo muy largo, espeso y negro, como el de todas las mujeres en general… se lo aceitan y trenzan con mucho cuidado formando dos anchas trenzas, cuyos extremos atan con una tira del paño del país, dejándolas caer a cada lado de la cara».

***

Expediciones a la Costa Noroeste (Varios, Crónicas de América, Historia 16).

Españoles en Canadá: la crisis de Nootka (Canal del Misterio).

Dictionary of Canadian Biography.
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momper



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MensajePublicado: Lun Sep 12, 2016 11:03 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

En diciembre de 1972, tras romperse las negociaciones de paz, Richard Nixon ordenó el minado de los puertos norvietnamitas y masivos bombardeos aéreos. Entre el 18 y el 29 de diciembre, al menos 20 000 toneladas de explosivos fueron arrojadas, principalmente sobre Hanoi, en lo que se llamó Operación Linebacker II (conocida después como Christmas Bombings), la mayor campaña aérea llevada a cabo por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Los ataques se suspendieron el día de Navidad, pero sólo durante los días anterior y posterior la U. S. Air Force hizo más de 729 salidas nocturnas.

El 26 de diciembre el capitán Michael John Heck (de 30 años), laureado comandante de un grupo de tres bombarderos B-52, con 175 misiones realizadas, comunicó a su comandante de ala en la base de U-Tapao Air Force en Tailandia que no tomaría parte en ningún bombardeo más y se declaró objetor de conciencia. Su superior le aconsejó buscar ayuda legal, desobedecer órdenes lo dejaba al borde de un consejo de guerra (que podría haberle costado dos años de cárcel, y del que se libró finalmente porque no se quería excitar más aún el sentimiento contra este impopular conflicto).

Heck compartía alma mater con el propio Richard Nixon: el californiano Whittier College, y eso hizo su caso más atractivo a la prensa. El 11 de enero los periódicos publicaban sus declaraciones en Tailandia, donde le habían adjudicado tareas administrativas mientras se resolvía su caso. En el Greenfield Recorder se lee:
«El muy condecorado piloto comenzó a pensar en no participar más en la guerra en septiembre pasado, cuando volvió para su tercer periodo de servicio en Vietnam. Hizo su última misión la víspera de Navidad. “Después de la tregua de Navidad, se reanudaron los bombardeos masivos y decidí que tenía que dar el paso: cualquier guerra crea algo peor que lo que está intentando impedir, cualesquiera que sean las razones. Las metas no justifican la destrucción masiva y los asesinatos. Esto está desgarrando nuestro propio país”.
»Preguntado sobre si otros pilotos lo habían llamado gallina o le habían dado la espalda, dijo: “Es sorprendente cuán comprensiva es la mayoría de la gente. Muchos no están de acuerdo conmigo, pero otros muchos sí, aunque por varias razones no pueden hacer lo que hice yo. Yo no estoy haciendo carrera aquí, tengo menos que perder. Mucha gente no está conforme con los bombardeos, pero sienten que es su deber, y cumplen las órdenes aunque no estén de acuerdo con ellas. Incluso yo lo hice algún tiempo”.

»Heck dijo que las fuertes pérdidas recientes de B52 —16 reconocidas por el alto mando, con más de 100 tripulantes muertos, capturados o desaparecidos— “han hecho a muchos preguntarse si esto vale la pena”. Antes del 18 de diciembre sólo un B52 había sido derribado en siete años y medio de guerra.
»Volando sobre áreas peor defendidas, no había mucha conciencia sobre lo que se estaba haciendo, continúa Heck. “No importa si estabas a favor o en contra de la guerra, había un entumecimiento sobre ello, no había una implicación emocional al arrojar bombas. Eran como misiones de entrenamiento. Ahora andas por el campamento y ves poner los efectos personales de alguien en una caja, casi todos han perdido a algún conocido, nadie quiere subir allí arriba. No puedo decir si esto causa un problema moral, pero hace que la gente piense más”».

Un día antes el Chicago Tribune se hacía eco de una carta enviada por otro capitán (y firmada también por un sargento) al senador de su estado, que a su vez la remitió al presidente del Senate Armed Services Committee: «O por estupidez o por profunda negligencia, mi tripulación bombardeó el mismo objetivo la primera y tercera noches de las incursiones usando las mismas rutas de ida y vuelta, cuando se sabía que ya estaban cubiertas por misiles tierra-aire enemigos. A consecuencia de ello, el avión que nos precedía fue derribado… No volveré a volar sobre Hanoi si no se cambia la ruta de vuelta». El capitán le decía a su senador que no escribía para oponerse a la prolongación de la guerra, pero añadía: «aunque ciertamente me opongo a la continuación de la guerra».

En el mismo periódico, el 12 de enero, se recogían las palabras de Heck:
«Soy sólo un pequeño piñón en la rueda. No me hago ilusiones de que lo que estoy haciendo acorte la guerra, pero un hombre tiene que responder ante sí mismo primero».
Su padre le decía al periódico en Chula Vista (California): «Ha estado muy, muy en contra desde que lo pusieron en un B52 hace cuatro años». Hack se quería dedicar a la enseñanza del teatro, pero en 1966 se unió a la Fuerza Aérea para eludir el llamamiento a filas.

En febrero se le licenció en condiciones poco honorables en una base de la fuerza aérea en Luisiana: «Estoy más seguro que nunca de que lo que hice fue lo correcto —dijo entonces en rueda de prensa—. Debería haber tomado mi decisión antes. Me siento culpable por ello.
»Amo este país, sólo quiero hacerlo un lugar más decente en el que vivir.
»Cuando se reanudaron los bombardeos en diciembre, estaba en un estado de conmoción moral. Era como deambular en una pesadilla… Consideré que la guerra no estaba justificada».

Su madre declaró que estaba «muy, muy orgullosa de él». «Pienso que ha hablado por la conciencia de América».

En una curiosa página de alumnos del Whittier College se dice de él:
«Para muchos americanos opuestos a nuestras desventuras en el Sudeste Asiático, Michael Heck tomó su decisión demasiado tarde, pero hasta el momento su acto de conciencia es lo más cerca que un alumno del Whittier College ha estado de ser un héroe americano».
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MensajePublicado: Vie Sep 23, 2016 10:25 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno».
Mateo 10:28

Esta cita evangélica está grabada en la tumba de Fanny Adams en el cementerio de Alton (Inglaterra). El 24 de agosto de 1867, a primera hora de la tarde, Fanny, de ocho años, se dirigió con su hermana pequeña Lizzie y su amiga Minnie Warner (de cinco y siete años respectivamente) a jugar a un prado cercano. A las cinco de la tarde, Minnie y Elizabeth volvieron solas a casa y explicaron que se habían encontrado en el camino con un hombre bien vestido que les había ofrecido unos peniques para que fueran a gastárselos, mientras a Fanny se lo ofrecía para que lo acompañara por un viejo camino… La niña cogió la moneda y, aunque se negó a ir con él, el tipo la cogió y se metió con ella en un campo de lúpulo cercano, fuera de la vista de las otras niñas. Éstas jugaron solas un rato antes de regresar.

Al saber lo que había pasado, su madre, Harriet Adams, y una vecina fueron al lugar y se toparon en el camino con el mismo hombre: ¿Qué ha hecho con ella?, le preguntaron; éste les dijo que sólo les había dado dinero para unos dulces, como solía hacer con los niños, y que era pasante de un abogado del lugar, William Clement. Su aspecto respetable las impresionó y lo dejaron marchar. Un par de horas después, una batida de vecinos encontró el cuerpo de Fanny desmembrado y decapitado, sin ojos, con las entrañas arrancadas y esparcidas por allí. Poco después, Frederick Baker, de 29 años, era detenido en la oficina de William Clement. En la comisaria a la que llegó protegido de una muchedumbre furiosa, se declaró inocente, pero no pudo explicar las manchas de sangre en su ropa ni los dos cuchillos también ensangrentados que obraban en su poder. Un compañero de oficina informó de que Frederick le había contado esa tarde su encuentro con las dos mujeres y había añadido que «si la niña aparecía muerta, sería terrible para él»; más tarde, en un bar, le había dicho que quizá abandonara la localidad, y si no tenía suerte, siempre podía trabajar de «carnicero». Dos días después se analizó su diario, la entrada del sábado 24 de agosto reza: «Maté a una niña. Fue divertido y picante».

En los días siguientes se encontraron nuevas evidencias, como la piedra con que había aplastado su cabeza.

En el juicio, el 5 de diciembre, siguió negando la autoría del asesinato y atribuyó las palabras del diario a que «estaba bebido». Su abogado aludió a problemas mentales en su familia: su padre había tenido tendencias violentas, un primo había estado ingresado varias veces en un psiquiátrico, su propia hermana había muerto de encefalitis; él, por su parte, había intentado suicidarse tras un fracaso amoroso. El jurado sólo deliberó quince minutos. A las ocho de la mañana del 24 de diciembre, Frederick Baker fue colgado ante 5000 personas. Antes había escrito a los padres de Fanny: les expresaba su profundo dolor por el crimen que había cometido «en unos momentos de irreflexión y no con mala intención premeditada». Pedía solemnemente su perdón y les decía que «aunque el llanto de la niña lo enfureció, su muerte ocurrió sin dolor o lucha». También añadía, enfáticamente, que no la había violado.

La pobre Fanny sería una víctima más de la barbarie humana si no fuera por un macabro apéndice a su trágica historia: en 1869 se introdujo en la marina británica la carne enlatada; el producto no debía de tener un aspecto demasiado apetitoso, y a los marinos pronto se les ocurrió que los trozos de cordero estofado debían de ser la «dulce Fanny Adams». La expresión Sweet Fanny Adams se impuso en el habla coloquial como sinónimo de algo sin mucho valor, a lo que se añadió el uso como eufemismo de su derivado sweet fuck all (de fuck all, muy poco). Las latas fueron reutilizadas como mess tins, pequeñas cacerolas de campaña, las cuales hoy en día todavía son conocidas como Fannys.
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MensajePublicado: Mie Jun 14, 2017 6:00 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

La historia de Ignaz Philipp Semmelweis muy bien contada por José Ayoze Sánchez Silva en la revista Zona Tes:

«Este médico húngaro de origen judío nace en Buda, la que era capital de Hungría, en 1818. Estudia medicina en su ciudad natal y posteriormente en Viena, donde se gradúa como médico obstetra en 1844. Allí entabla amistad con varios médicos que serán muy importantes a lo largo de su vida y, a la postre, en la ciencia: Karl von Rokitansky, fundador de la anatomía patológica; Josef Skoda, que desarrollará la técnica de auscultación, y Ferdinand von Hebra, padre de la dermatología.

»En febrero de 1846, con 28 años, ocupa el cargo de ayudante en la infame Sala 1ª de obstetricia en el Allgemaines KrankenHaus, el Hospital General de Viena, el mejor centro de formación obstétrica de su tiempo. En esta época, Semmelweis entra en contacto con lo que hasta ese momento era un concepto médico abstracto para él: la fiebre puerperal. Esta patología, que era muy común entre las mujeres justo después del parto, producía una serie de síntomas muy característicos, como fiebre alta, abdomen hinchado, abscesos purulentos por todo el cuerpo y, finalmente, al cabo de unos días, la muerte. Sus mentores le transmiten una sensación de conformismo hacia la enfermedad y le sugieren que la considere una mera complicación del proceso del parto.

»Las salas de obstetricia del Hospital General de Viena es un lugar a donde vienen a parir las mujeres declaradas "indigentes", madres solteras que no cuentan con la bendición de la iglesia (a mediados del siglo XIX, las mujeres casadas paren en sus casas, asistidas por matronas). La tasa de mortalidad por fiebre puerperal en la Sala 1ª ronda el 10%, aunque el primer mes en que Semmelweis entra a trabajar la mortalidad es del 17,30%. Esta elevada tasa de mortalidad por fiebre puerperal es una epidemia que azota a casi todos los hospitales de la época; sin embargo, Semmelweis se da cuenta de que en la Sala 2ª, que está gestionada y atendida casi en su totalidad por matronas, la tasa de mortalidad no excede el 1%. Semmelweis pone este hecho en conocimiento de su jefe, el Doctor Klein, un hombre tan falto de capacidades y aptitudes que dirían de él que "era el más incapaz entre los inútiles". Klein no ve el problema y se limita a encogerse de hombros con actitud indiferente.

»Semmelweis, profundamente intrigado por las diferentes tasas de mortalidad, llega a la conclusión de que si se tratara de una epidemia, como afirman sus colegas médicos, la tasa de mortalidad debería ser similar entre las dos salas. Se esfuerza en encontrar diferencias entre las salas, pero ambas son iguales: mismas dimensiones e igual número de camas, mismas técnicas de exploración y asistencia al parto y mismo puerperio. Semmelweis habla con sus colegas, y las explicaciones que encuentra son de lo más peregrinas: la mala ventilación, la presencia de hombres en los partos, la vergüenza de las parturientas e incluso la presencia de extranjeros son solo algunos de los argumentos que esgrimen sus compañeros. Semmelweis lo intenta todo, desde ventilar las habitaciones hasta cambiar los hábitos de alimentación de las mujeres; nada funciona.

»Este hombre sencillo, que hasta ese momento había tenido una vida despreocupada, se sume en el desasosiego, y en vez de su habitual carácter alegre, comienza a mostrar un perfil serio y melancólico. Se esfuerza en practicar más y más autopsias a las mujeres que han fallecido de fiebre puerperal y siempre encuentra el mismo resultado; después, sale de las salas de autopsias y se dirige a la Sala 1ª, donde realiza cuidadosas exploraciones de las parturientas y las madres con sus estudiantes. Esta práctica hace que el número de mujeres que sufren la fiebre puerperal aumente, pero Semmelweis desconoce el porqué. La tasa de mortalidad a finales de 1846 ronda ya el 12%. De este período, Semmelweis escribirá en su libro: "Todo quedaba sin la menor explicación, todo era dudoso. Sólo el gran número de muertes era una realidad indudable".

»Semmelweis se empieza a obsesionar con el problema. Pasa noches estudiando, elaborando estadísticas y leyendo los informes de las autopsias de las mujeres fallecidas; pero no es capaz de descubrir la razón. Se sume cada vez más en su mal carácter y desesperación; tanto, que su amigo y compañero de habitación Jacob Kolletschka y su propia esposa temen que sufra una crisis nerviosa, por lo que insisten en que coja unas vacaciones. Después de grandes esfuerzos logran que se vaya a Venecia tres semanas en marzo del año 1847.

»Cuando Semmelweis regresa a Viena, en abril, no ha recuperado la tranquilidad, es más, regresa con fuerzas renovadas y esa misma mañana se presenta en la sala de autopsias para examinar más cadáveres de mujeres fallecidas. Una vez allí se extraña de que no esté Kolletschka, y es informado por un asistente de que este ha fallecido en su ausencia. Semmelweis, absolutamente impactado por la noticia, quiere saber cómo ha fallecido su amigo; le informan que durante la realización de una autopsia a una mujer que ha muerto de fiebre puerperal, un estudiante le ha causado una herida en un brazo con un bisturí y, que a los pocos días, enfermó y murió. Semmelweis rápidamente pide el informe de la autopsia y descubre que su amigo ha fallecido presentando los síntomas que tan bien conoce: abdomen hinchado, abscesos purulentos por todo el cuerpo, fiebre alta, delirios…

»Semmelweis se hace una pregunta: ¿Cómo puede ser que mi amigo haya muerto presentando los mismos síntomas que las mujeres que mueren de fiebre puerperal? ¿Acaso hay algo en los cadáveres en descomposición que, al ser arrastrado al interior del cuerpo de las personas vivas, provoca la muerte? Este dramático momento en la vida de Semmelweis es uno de esos brillantes momentos de la ciencia donde en el cerebro del científico se hacen las conexiones pertinentes y conducen a solventar un enigma aparentemente irresoluble.

»¿Podría ser que las mismas sustancias que causaron la muerte de Kolletschka pudieran ser transportadas en mis manos y, al ser depositadas en las heridas de las mujeres que están de parto, les causen la muerte? Esta pregunta tortura la mente de Semmelweis, porque si la idea es correcta, resolvería el enigma de las diferentes tasas de mortalidad entre la Sala 1ª y la Sala 2ª (esta última regentada por matronas que en ningún momento intervienen en las autopsias). El mundo de este hombre se derrumba bajo sus pies, torturado por la idea de llevar la causa de la muerte de las parturientas en sus manos. La culpa y la conmoción que siente son tan inmensas que piensa en suicidarse; deja de dormir por las noches, atormentado por un cargo de conciencia que no le abandonará en lo que le queda de vida. Posteriormente escribirá: "[...] sólo Dios sabe el número de mujeres que han bajado a la tumba prematuramente por mi culpa".

»A la mañana siguiente, Semmelweis, sin consultar con su jefe Klein, ordena instalar lavamanos, cepillos de uñas y jarras que contienen agua con lejía a la entrada de las salas de obstetricia y pone carteles en la entrada de la clínica con el siguiente comunicado: "A partir de hoy, 15 de mayo de 1847, todo médico o estudiante que salga de la sala de autopsias y se dirija a la sala de alumbramientos, está obligado, antes de entrar en ésta, a lavarse las manos cuidadosamente en una palangana con agua clorada situada en la puerta de la entrada. Esta disposición rige para todos. Sin excepción. I.P. Semmelweis".

»El lavado de manos no fue admitido de buen grado por sus colegas y estudiantes; estos pensaban que era un procedimiento lento, tedioso, poco útil y caprichoso. Semmelweis recorría las salas día y noche, como un centinela, obligando a sus compañeros a realizarlo correctamente. La desidia de los estudiantes y la negligencia de los médicos hacen que frecuentemente estalle en brotes de cólera, amargando aún más su carácter y convirtiéndole en un tirano a la vista de los demás. Semmelweis sabía que las manos sucias transmitían enfermedades, pero no sabía por qué. Sin la explicación adecuada, imposible de dar en su tiempo, sus colegas sencillamente se reían de él. Aún faltaban 20 años para que Pasteur y Lister sentaran las bases científicas que demostraban que las enfermedades infecciosas tienen su origen en los microorganismos.

»En pocos meses, la tasa de mortalidad de la Sala 1ª baja a tan solo el 3% de los casos, y solo fallecen 56 mujeres de 1.841 partos que se atienden. Aun así, sigue siendo superior al 1% de la Sala 2ª, pero es una confirmación inequívoca de su teoría. Este es, probablemente, el período más feliz en la vida de Semmelweis, consciente de que, a pesar de los grandes esfuerzos que debe realizar, está salvando decenas de vidas.

»En octubre de 1847 se topa con otro gran problema que le llevará a realizar un segundo e importante descubrimiento. Al entrar en una de las salas donde están doce mujeres, Semmelweis descubre que todas están enfermas de fiebre puerperal. Desconcertado, no puede encontrar una explicación, ya que está seguro de que no ha habido ni un solo médico ni estudiante que haya entrado en la sala sin haber pasado por el lavado de manos. Después de pensar mucho en el problema y entrevistar a todos los médicos que intervinieron en la sala, descubre que la mujer de la primera cama tiene un avanzado cáncer de útero que se ha infectado. Después de explorarla, los médicos siguieron haciendo la ronda de exploraciones al resto de las mujeres de la sala. Entonces Semmelweis llega a la conclusión de que, cualquiera que sea la sustancia causante de la fiebre puerperal, también está presente en las personas vivas y puede transmitirse de persona viva a persona viva y no solo de personas muertas a vivas. Este descubrimiento aumenta aún más el celo de Semmelweis por el lavado de manos y comienza a obligar a todo el personal a lavarse las manos entre paciente y paciente, y a lavar los materiales con los que se explora a las pacientes, y aísla en salas especiales a las pacientes enfermas con signos de fiebre puerperal. Esta situación, calificada de insoportable, genera una nueva y aún más airada ola de protestas de los médicos a Klein, el jefe del servicio.

»Tras este segundo descubrimiento y con el endurecimiento de las medidas de higiene, Semmelweis recibe sus frutos y descubre que la tasa de mortalidad llega a caer por debajo de la de la Sala 2ª. Escribiría posteriormente: "¿[…]dónde, en nombre de Jesucristo, podría haber una demostración más clara de la justicia de mis ideas y de mis procedimientos?". A finales de 1847, y con una gran cantidad de datos que avalan sus teorías, se pone en contacto con sus amigos vieneses Skoda y Hebra. Ambos le indican que es el momento de poner por escrito todos sus descubrimientos, pero Semmelweis se niega. Hebra escribe dos artículos en 1848, comunicando al colectivo médico los descubrimientos de Semmelweis, pero apenas tienen repercusión. Skoda, por su parte, insta al cuerpo de profesores de la universidad a que abran una comisión para estudiar los descubrimientos acerca del lavado de manos. Klein, conocedor de los datos y temeroso de lo que se podría descubrir, maniobra políticamente y consigue que se cierre la comisión; es más, consigue que a Semmelweis no se le renueve el contrato bianual que mantiene con el hospital y se deshace de él en una de las maniobras más mezquinas de las que se tiene constancia en el mundo científico.

»Todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad, y Semmelweis, después de ser expulsado por la puerta de atrás del hospital vienés, consigue que sus ideas sean discutidas en el Colegio Imperial de Medicina de Viena gracias a su amigo Skoda. Su torpe y atropellada explicación tiene una pequeña aceptación en la comunidad médica, pero al resistirse de nuevo a poner por escrito sus descubrimientos, estos caen en el olvido, y a los 9 meses se marcha de Viena sin despedirse de sus amigos. Se refugia en la cuidad de Pest, en Hungría, donde después de algunos problemas de salud que le impiden trabajar durante unos meses, es contratado en el Hospital de San Rafael. Al llegar se encuentra un oscuro hospital situado en un edificio medieval. En una sala con seis madres descubre que una de ellas está muerta, otra agoniza y otras cuatro están enfermas de fiebre puerperal. Este hecho logra sacar lo mejor de su interior y siente resurgir su pasión por el lavado de manos, y allí, lejos de las élites de Viena, logra de nuevo reducir de forma casi milagrosa la tasa de mortalidad de las parturientas. Solicita la plaza vacante de director de obstetricia y de nuevo se convierte en un tirano del lavado de manos; corre el mes de mayo de 1851. Nuevos casos de fiebre puerperal le hacen descubrir que la ropa de cama también favorece la transmisión de la fiebre puerperal, ya que esta no se cambia después de ser usada por los pacientes, lo que hace que entre en conflicto con la dirección del hospital; la disputa por la ropa de cama contaminada se solucionará cuando, en un ataque de indignación, lleva un montón de sábanas sucias y malolientes y las pone encima de la mesa del administrador. Sus esfuerzos logran hacer descender la mortalidad por debajo del mítico 1% de aquella casi olvidada Sala 2ª del Hospital General de Viena al que había pertenecido tiempo atrás.

»En 1855 asume la cátedra de Obstetricia Teórica y Práctica en la Universidad de Pest. Debido a que es una universidad pequeña y apartada, su política de limpieza y lavado de manos apenas tiene eco en Europa. En 1866, 19 años después de descubrir la causa de la fiebre puerperal, se decide por fin a escribir un libro que se titulará Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal. Aunque se trata de una obra breve, mal escrita, repetitiva y duramente crítica con sus oponentes, contiene la esencia de su descubrimiento y sus avances en la lucha contra la fiebre puerperal. En el congreso de médicos y biólogos alemanes, reunidos en la ciudad de Speyer en el año 1861, su libro apenas tiene repercusión. Solo un médico, el profesor Lange, de la ciudad alemana de Heidelberg, asegura haber llevado a cabo su método de limpieza y lavado de manos, y cuenta con únicamente un caso de fiebre puerperal en 300 partos; pero no sirve de nada, nadie está dispuesto a prestar atención a Semmelweis, que frustrado y encolerizado por la falta de visión de sus colegas de profesión, inicia la publicación de una serie de cartas abiertas contra ellos, el contenido de las cuales gira siempre en torno al mismo tema: "[...] Asesinos llamo yo a todos los que se oponen a las normas que he prescrito para evitar la fiebre puerperal. No es necesario cerrar las salas de maternidad para que cesen los desastres que deploramos, sino que conviene echar a los tocólogos, ya que son ellos los que se comportan como auténticas epidemias [...]".

»La fama de buen médico de Semmelweis desaparece y sus pacientes se desvanecen de la noche al día; todo ello debido a las cartas abiertas a sus colegas, su carácter cada vez más despótico y sus clases en la facultad de medicina, en las que se alternan peroratas incomprensibles con ataques de ira y llantos incontrolados. Cuenta la leyenda que paraba a las parejas de enamorados por las calles de Pest para rogarles que cuando tuvieran hijos no dejaran que les atendiera en el parto un médico que no se lavara las manos. Su personalidad se torna paranoica, tiene ideas persecutorias y tiene miedo de que secuestren a sus hijos por la noche.

»En julio de 1865, su mujer se pone en contacto por carta con Hebra, uno de sus antiguos amigos en Viena, y acuerdan llevarlo de regreso a la capital con el pretexto de que este quiere verle, para que descanse de sus labores en el hospital. Cuando Hebra ve a Semmelweis después de varios años, se sorprende de lo cambiado y viejo que está; hablan durante horas en el jardín de su clínica, y cuando le invitan a ir a su habitación, Semmelweis se da cuenta de la trampa en la que ha caído. Su mujer y Hebra en realidad le han llevado a un manicomio y, en contra de su voluntad, le encierran en una habitación acolchada con una camisa de fuerza. Varios días después, Semmelweis cae enfermo, presenta fiebre alta, abdomen hinchado, abscesos purulentos, y después de casi una semana muere de sepsis; es el 14 de agosto de 1865. Su muerte, triste y paradójica, aún es una historia controvertida: unas fuentes cuentan que pudo herirse en el forcejeo que se produjo en el momento del encierro en la celda, y otras fuentes –menos creíbles– relatan que Semmelweis, en un momento de ira, antes de ir a Viena se hiere con un cuchillo en un dedo durante una autopsia, para demostrar que su teoría es cierta.

»En la actualidad, Semmelweis es considerado un héroe en su país, y su cuerpo se encuentra enterrado en su casa familiar, en Budapest. En Viena hay una estatua en su honor junto al Hospital General, donde pasó gran parte de su vida y realizó sus importantes descubrimientos, y también se ha acuñado una moneda conmemorativa en Austria. La antigua Universidad Nagyszombat de Budapest se renombró en 1955 como Universidad Semmelweis en honor al "Salvador de las madres". El trabajo de Semmelweis fue reconocido 20 años después, cuando Pasteur y Lister, que habían leído su libro, difundieron sus descubrimientos entre la clase médica de la época, citándole como un adelantado a su tiempo».

José Ayoze Sánchez Silva, Ignaz Philipp Semmelweis (revista Zona Tes)
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MensajePublicado: Lun Jun 26, 2017 12:25 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«En palabras de su biógrafa Gudrun Kammasch, “Clara Immerwahr creía ciegamente que el estudio científico obligaba a respetar la vida” y le parecía una perversión de la ciencia el cariz que estaba tomando la investigación de su marido.
»El primer ataque con gas tuvo lugar en Ypres, en el sector belga del frente occidental, en abril de 1915. Ese día murieron más de cinco mil soldados, siendo cientos de miles los heridos y muertos en ataques posteriores, dentro de la guerra química llevada a cabo por ambos bandos. Haber fue ascendido a capitán y en una fiesta en su honor, antes de su partida al frente oriental a supervisar nuevos ataques químicos, Clara le mostró su oposición al horror que suponía la guerra química y discutió fuertemente con él sobre el límite moral que no deben sobrepasar las aplicaciones científicas… él al parecer la acusó de ser una traidora a la patria.
»El 2 de Mayo de 1915 justo el día de la partida de Fritz, Clara Immerwahr empuñó la pistola reglamentaria de su esposo y se disparó en el pecho, aparentemente atormentada por la cantidad de muertos que había producido e iba a producir la investigación de su marido».
El suicidio de Clara Immerwahr, una química pacifista en tiempos del Káiser Guillermo (blog de divulgación científica Juan de la Ciencia).

«Debemos abstenernos de proyectar sobre Clara Haber de una manera ahistórica nuestras ideas contemporáneas acerca de las activistas de los derechos de las mujeres o de la paz».
Bretislav Friedrich y Dieter Hoffmann, Clara Haber, nee Immerwahr (1870-1915): Life, Work and Legacy


Las mujeres se incorporaron a la universidad en Prusia en 1908, pero desde 1895 se les permitía asistir como oyentes invitadas con un permiso del ministerio, que requería de un certificado de buena conducta entre otras referencias. En 1896 Clara Immerwahr (1870), hija de un químico formada como maestra, consiguió superar un examen equivalente al abitur que calificaba a los varones para entrar en la universidad. Pese a su condición oficial de “oyente”, llegó a ser a finales de 1900 la primera mujer doctorada (en química) en la Universidad de Breslau.

Siendo aún una estudiante de instituto, conoció —al parecer en una clase de baile— a Fritz Haber, dos años mayor. Éste contó más tarde que quedó tan prendado de ella que sus intentos de pasar página fueron infructuosos. En 1901 volvieron a encontrarse en la conferencia anual de la Sociedad Electroquímica Alemana en Friburgo, donde ella era la única científica presente: «Nos vimos, hablamos y, al final, accedió a que nos diéramos una oportunidad», recordaba Fritz. Clara también se refirió a su compromiso en una carta de 1909 a su antiguo director de tesis (y compañero de estudios de Fritz en la Universidad de Berlín) Richard Abegg: «Me hice a la idea del matrimonio bajo la convicción de que, si no me casaba, una página decisiva del libro de mi vida y una fibra de mi alma quedarían desocupadas. Pero el estímulo que obtuve de ello no duró mucho». Para Margit Szöllösi-Janze, autora de una biografía de Fritz Haber, la boda el 3 de agosto de 1901 marcó el final del «capítulo “ciencia Química” en el libro de la vida de Clara, lo cual debe de haber estado claro para ella incluso sin ningún efecto sobre la “fibra” de su alma».

Al principio, Clara colaboró con su marido en el Technische Hochschule de Karlsruhe y dio algunas conferencias sobre el amplio tema de «ciencia en la casa». Fritz, un exitoso científico galardonado en 1918 con el Premio Nobel de Química, le dedicó su libro de 1905 Thermodynamics of technical gasreactions: «A mi querida esposa, la doctora Clara Haber, en gratitud por su silenciosa cooperación». Pero no estaban llamados a ser los Pierre y Marie Curie alemanes… En 1902 llegó al mundo su hijo Hermann, un niño enfermizo que requirió la constante atención de su madre, que además no podía permitirse entonces personal de servicio. Con su marido absorbido por su carrera, Clara escribía en su mencionada carta de 1909 a su amigo y confidente Richard Abegg: «[Fritz es un tipo de persona] al lado del cual cualquiera que no fuerce su camino incluso más imprudentemente a expensas del otro que él perecerá. Y ese es mi caso».
Richard tenía una gran afición a los globos aerostáticos, y murió al estrellarse en uno de ellos en 1910, cuando contaba 41 años. A finales de 1914 Clara sufriría otra grave pérdida personal, su Kommilitone (compañero de estudios) en la universidad Otto Sackur murió ante sus ojos a los 34 años, en un accidente en el laboratorio de Fritz, que prohibió desde entonces la investigación con explosivos en el Instituto Káiser Guillermo de Química-Física y Electroquímica.

Al estallar la guerra, Fritz hizo honor a su máxima de que «En la paz por la humanidad, en la guerra por la patria» y se puso a disposición del Ministerio de la Guerra. Si en 1910 había patentado un modo de producir fertilizantes en cantidades industriales, lo que se describió como crear «pan del aire», ahora la síntesis del amoniaco permitiría crear «pólvora del aire». De otro modo, el ejército alemán se habría quedado sin municiones como muy tarde en 1915...
En medio del callejón sin salida de la guerra de trincheras, y con los franceses valiéndose ya de gases lacrimógenos, también en sus variantes letales, Haber se ganó el ominoso apodo de «padre de la guerra química» al proponer el uso de un arma que extendería «veneno en lugar del aire».

El primero de mayo de 1915, celebró en su mansión el «éxito» del ataque con cloro el 22 de abril en Ypres y su acceso al rango de capitán. Durante la madrugada, Clara cogió la pistola reglamentaria de Fritz, salió al jardín y se disparó en el pecho. Murió en brazos de su hijo. Sorprendentemente, a Haber no le concedieron permiso para quedarse y tuvo que partir al día siguiente al frente oriental.

En 1917 volvió a casarse, pero se separó diez años después. Siendo judío, con la llegada de los nazis al poder fue despedido de sus ocupaciones. No quiso hacer valer su condición de converso al cristianismo. Se le invitó a trabajar en Cambridge, donde Ernest Rutherford, el llamado padre de la física nuclear, se negó a estrecharle la mano. Murió en Basilea en 1934, cuando se dirigía a Palestina a dirigir un instituto de investigación a instancias de Chaim Weizmann. En su testamento expresó su deseo de ser enterrado junto a Clara. Su hijo Herman se ocupó de traer las cenizas de ésta a Basilea.

En su libro de 1967 The Story of Fritz Haber, Morris Goran sostuvo —sin aportar sus fuentes— que Clara estaba «vitalmente afectada» por la implicación de su marido en la guerra química, y que su suicidio fue precedido por una «acalorada discusión» con él por lo que ella consideraba «una perversión de la ciencia» y «un signo de barbarie». Goran también nos dice que Clara era depresiva (sobre lo que hay varios testimonios) y «la guerra química fue una vía o excusa para la mórbida preocupación que pareció favorecer».
En 1993 Gerit von Leitner se apropió de esta imagen de Clara en su muy leído Der Fall Clara Immerwahr. Leben für eine humane Wissenschaft: Clara sería una abierta pacifista y una excelsa científica destruida por su opresivo marido, se presentan su vida y su suicidio como «un faro contra las armas de destrucción masiva y por una ciencia humana». Las fuentes de nuevo o están ausentes o son muy selectivas.

En los años cincuenta, Johannes Jaenicke, antiguo colaborador de Fritz Haber, se propuso escribir la biografía de éste, para lo que reunió material y realizó entrevistas a personas de su entorno. Uno de los testimonios que recogió fue el de Paul Krassa, primo de Clara; le contó que ésta visitó a su mujer poco antes de suicidarse y le habló de los «espantosos efectos» de la guerra química, que ella había atestiguado en las pruebas con animales. Jaenicke también habló con el físico James Franck, que trabajó con Fritz: según éste, «la implicación de su marido en la guerra química tuvo seguramente un efecto en su suicidio, sin embargo, Fritz se esforzó mucho por reconciliar los puntos de vista de ambos en cuestiones políticas y humanas».

Adelheid Noack, sobrina política de Clara, hizo referencia en su testimonio a un detalle perturbador: a Clara «la horrorizaba la sensualidad», de hecho, había abandonado para siempre el lecho conyugal en 1902; lo que fue corroborado por la segunda esposa de Fritz, Charlotte Nathan. Hermann Lütge, mecánico en el Instituto Káiser Federico-Guillermo, contó que durante la fatídica noche Clara encontró a su marido in fraganti con Charlotte Nathan, administradora del club político Deutsche Gesellschaft 1914, algo que fue contradicho por la interesada, que negó en sus memorias (1970) haber estado en esa fiesta y pretendió haber conocido a Fritz en 1917. Sin embargo, cartas de dos conocidas del matrimonio, Edith Hahn (esposa del químico Otto Hahn) y la física Lise Meitner, escritas poco después del suicidio, indirectamente corroboran la historia.

El 15 de enero de 1915, en la contestación a una carta de Setsuro Tamaru —colaborador japonés de Haber, que tuvo que dejar Alemania después del estallido de la guerra—, Clara habla de la necesidad de ser «provechosa» y «útil» a su país, menciona que su marido trabaja «18 horas diarias» y que ella cuida de «57 pobres niños» (al parecer, hijos de soldados en el frente), mientras su propio hijo está «constantemente enfermo desde noviembre»; en cuanto a las quejas de Tamaru sobre una situación política que lo ha obligado a dejar el país, le dice que ella es «demasiado ignorante en cuestiones de relaciones internacionales como para poder responder propiamente».

El Dr. Kremmer, director de la escuela a la que asistió Hermann, en su carta de condolencia a éste por la muerte de su padre en 1934, describió como su Frau Mutter lo informó del éxito del primer ataque de gas en Ypres justo después de recibir el telegrama que se lo notificaba. Hermann Lütge le dijo a Jaenicke que Clara «no estaba en un estado de ánimo que le permitiera plantearse lo censurable de la guerra con gas. La jefa estaba orgullosa de los servicios prestados por su marido».


Bretislav Friedrich y Dieter Hoffmann, Clara Haber, nee Immerwahr (1870-1915): Life, Work and Legacy

Interview with Professor Friedrich about Clara Immerwahr (unicat – Unifying Concepts in Catalysis, 11-2-16)
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MensajePublicado: Sab Jul 01, 2017 9:51 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

El 8 de enero de 1946, la policía francesa rodeó un edificio de apartamentos en la Rue de Grenelle. Habían recibido un soplo de que en el cuarto piso se encontraba un muy buscado traidor inglés. De algún modo, él advirtió su presencia y les disparó desde la puerta en cuanto aparecieron por la escalera, pero los disparos de respuesta fueron más certeros y murió desangrado allí mismo.

Harold Cole (1906-1946), al que el MI6 calificó como «el peor traidor británico de la guerra», empezó su carrera como delincuente juvenil en el East London y se graduó en robos, malversaciones y uso de cheques sin fondo. Había sido encarcelado dos veces antes de unirse al ejército en 1939 y formar parte de la Fuerza Expedicionaria Británica en Francia como sargento. Cuando todos se precipitaban a Dunkerque, el quedó atrás, encerrado en un calabozo por haberse apropiado de los fondos del comedor de los sargentos para gastárselo en prostitutas. Consiguió escapar de los alemanes y, en un Peugeot negro robado, se aventuró en el mercado negro de Lille haciéndose pasar por un antiguo agente de Scotland Yard que había sido guardaespaldas de Wallis Simpson antes de que llegara a ser duquesa de Windsor y se encargaba ahora, como capitán de la Inteligencia británica, de devolver a casa a soldados huidos de los alemanes. Cole comenzó a construir una red de refugios, mensajeros, falsificadores de documentos y colaboradores, y la enlazó a una red ya establecida en Marsella con el mismo propósito. A quien le ayudaba, se lo agradecía «en nombre de mi rey y mi país».

Pese a que, según documentos oficiales, no hablaba nada de alemán y apenas un «muy mal francés con un fuerte acento cockney», no se molestó en disfrazar su apariencia inglesa e incluso se dejó ver en bares y restaurantes frecuentados por los alemanes. Su temeridad llegó al punto de detener un camión militar germano para solicitar ayuda en cierta ocasión en que el coche en que transportaba evadidos británicos se averió (!).

En Marsella, Monsieur Paul, como se hacía llamar entonces, pasaba buena parte de su tiempo en clubs nocturnos y restaurantes. «No te preocupes —decía a quien le aconsejaba cautela—, tengo a los alemanes en el bolsillo». Pero sus asociados en la red clandestina comenzaron a sospechar de su indiscreción y sus ingentes gastos y descubrieron que estaba apropiándose de cientos de miles de francos enviados desde Londres para financiar las operaciones de rescate. Lo citaron en un piso y lo enfrentaron con las pruebas de que gastaba en sí mismo el dinero de la organización. Cole se derrumbó ante las evidencias y suplicó clemencia en nombre de que también había hecho «cosas buenas». Lo encerraron en el servicio mientras decidían qué hacer con él, con pocas alternativas a liquidarlo; mientras deliberaban, se les escapó por la ventana. Poco después estaba en Lille… en manos de los alemanes. No se sabe si se les entregó o le seguían la pista y lo capturaron, pero como fuere se convirtió en uno de sus secuaces. Les reveló todo lo que sabía sobre los procedimientos y las rutas de escape: sus informaciones llenaron 30 páginas mecanografiadas. Había llamado la atención por cantar God Save The King con fervor patriótico y escupir con desprecio a espaldas de los soldados alemanes, pero ahora se embarcó en una colaboración con la Gestapo que costó a la vida a unos 150 hombres y mujeres. Incluso utilizó a su joven e ingenua esposa francesa —Suzanne, con la que había contraído matrimonio en 1942—, que actuaba de mensajera para grupos de resistencia y a quien hizo creer que era un doble agente al servicio de los Aliados. Cuando ella descubrió la verdad huyó de él, y desde entonces durmió con una pistola bajo la almohada por si daba con su paradero. También engañó a una novia francesa, Charlotte Leblanc, a la que convenció de que le entregara sus ahorros, que le devolvería con la fortuna que supuestamente tenía en Londres.

En 1944, con los Aliados acercándose, Cole huyó de París. En junio de 1945, apareció en una pequeña ciudad alemana a orillas del Danubio, donde ofreció sus servicios a la fuerza estadounidense de ocupación haciéndose pasar por el «capitán Mason», un supuesto agente encubierto inglés. Participó con los norteamericanos en operaciones de captura de nazis ocultos y mató a —por lo menos— uno de ellos. Se codeó con el alto mando de las fuerzas de ocupación allí e incluso les organizó una fiesta en la vivienda que había requisado de un propietario nazi.

Pero su buena fortuna lo llevó a cometer un error: envió una carta a Charlotte en París, y esto puso a la Inteligencia británica sobre su pista. Fue detenido en la localidad alemana de Bad Saulgau: «Sabía que esto llegaría un día —dijo—. Sé que debo morir por lo que he hecho». Lo registraron minuciosamente para asegurarse de que no tenía encima una cápsula de cianuro. Encarcelado en una prisión militar de la SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force) en París, consiguió escapar el 18 de noviembre de 1945 disfrazado de sargento norteamericano y con la máquina de escribir en la que decía estar redactando sus memorias bajo el brazo (!). Esta vez sí era su última oportunidad, en una Europa llena de refugiados podía haber desaparecido para siempre, pero un hombre que respondía a su descripción fue visto en un club nocturno... Era su final.

Las palabras de un sacerdote escocés que formaba parte de la red marsellesa bien podrían ser su epitafio si no hubiera sido enterrado en una fosa común, para él Cole fue «un despreciable traidor sin vergüenza. Desertaste de tu país y vendiste a tus amigos a los nazis por dinero, que Dios te ayude».

The worst traitor of all... (Daily Mail, 30-6-17)
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MensajePublicado: Vie Jul 14, 2017 8:45 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«La operación estaba bien planeada. Unos mecánicos cortaron las líneas de teléfono de la prisión. Otros vaciaron los depósitos de combustible de los coches de la policía para que no pudieran seguirlos. Pusieron vigías a lo largo de las 150 millas que separaban Marietta de la cárcel de Milledgeville.
»Colgaron a Frank al amanecer en un robledal del antiguo sheriff de Marietta, poniéndolo en dirección a la casa de Phagan. La fiscalía local prometió encontrar a los linchadores. Nadie fue a juicio.

»Más de cien años después, el esfuerzo para implicar a Frank en el crimen continúa. ¿Por qué este caso continúa galvanizando a la comunidad supremacista blanca? Porque el juicio dio lugar a la creación de la Liga Antidifamación, que enlazó a las comunidades negras sureñas con las judías norteñas en una causa por los derechos civiles».
Jacob Bogage, Leo Frank was lynched for a murder he didn’t commit. Now neo-Nazis are trying to rewrite history (The Washington Post, 22-5-17)

«Slaton [gobernador de Georgia] comenzó a revisar el caso detalladamente, llegando incluso al extremo de visitar la fábrica de lápices. Después de revisar más de 10000 páginas de documentación, conmutó la pena de muerte por cadena perpetua. Su decisión fue una bofetada en la cara de la opinión pública. Los atlanteses marcharon a la mansión del gobernador, lo que forzó a Slaton a declarar la ley marcial y llamar a la Guardia Nacional.

»Su mandato terminaba unos días después, momento en que fue escoltado por la policía hasta la estación de tren. Slaton y su esposa abordaron el tren, dejaron el estado y no volvieron en diez años, tan grande fue el clamor popular contra ellos.
»La muchedumbre que había marchado a la casa del gobernador volvió su atención a la prisión donde estaba encerrado Frank. Entraron a la fuerza, arrastraron a Frank fuera y lo llevaron a Marietta, de donde era Phagan.

»El 17 de agosto de 1915, Leo Frank fue colgado de un roble. Entre los linchadores había prominentes miembros del mundo de la política y las finanzas, incluyendo el hijo de un senador. Más tarde, llamándose a sí mismos los “Caballeros de Mary Phagan”, se reunieron en la cima del monte Stone y revivieron el Ku Klux Klan».
The Lynching of Leo Frank (The Temple)

«El asesinato de Mary cristalizó el resentimiento de la clase trabajadora de Atlanta por la explotación de sus hijos por desalmados capitalistas. Muchedumbres anti Frank rodearon el palacio de justicia diariamente. En esta atmósfera enrarecida el jurado deliberó menos de dos horas antes de encontrar a Frank culpable; al día siguiente el juez lo condenó a muerte.

»Los judíos organizados intervinieron, financieramente y de otros modos. Adolph Ochs, editor del New York Times, y Louis Marshall, presidente del American Jewish Committee, respaldaron con sus instituciones a Frank. Entre la empática línea informativa del Times y el dinero de Marshall, los contactos y el asesoramiento jurídico, el caso llegó a ser una cause célèbre nacional. Cuando la Corte Suprema denegó la petición de Frank de un nuevo juicio, dos millones de personas firmaron peticiones y cien mil enviaron cartas en las que pedían al popular y progresista gobernador de Georgia, John Slaton, conmutar la pena de muerte de Frank por cadena perpetua.

»En el otro bando, el antiguo miembro del Partido Populista (y moderado en cuestiones raciales) Tom Watson, ahora un exaltado, racista, antisemita y anticatólico defensor de la “causa perdida”, entró en la refriega, usando su periódico, The Jeffersonian, para juntar a pobres blancos sureños contra los ricos hombres de negocios judíos del norte que estaban pagando la defensa de Frank. Cuando el gobernador conmutó la pena de Frank, un indignado Watson proclamó las virtudes de la ley de Lynch, y un grupo de Marietta (ciudad natal de Mary) respondió a su llamada».
Warren Goldstein, Who Killed Mary Phagan? (New York Times, 26-10-2003)

Mary Phagan tenía sólo 13 años de edad y trabajaba desde los diez en la National Pencil Company de Atlanta. El sábado 26 de abril de 1913, se había puesto sus mejores galas para asistir a las festividades del Confederate Memorial Day. Antes, sobre las 12 h, fue a la fábrica a cobrar del superintendente Leo Frank su paga de un dólar veinte. Cuando entró en su despacho, eran los únicos ocupantes de la segunda planta del edificio. Frank dijo a la policía después que la chica salió tras recoger su dinero y que la oyó hablar con otra chica.

El vigilante Newt Lee se incorporó al trabajo a las 16 horas y encontró a Frank en estado de gran nerviosismo. Éste le pidió con insistencia, sorprendentemente, que volviera en un par de horas. Al cabo de ese tiempo, Lee lo encontró más nervioso todavía (ni siquiera podía manejarse con el reloj de fichar). Al marcharse se cruzó en la entrada con John Milton Gantt, y Lee advirtió que daba un respingo al verlo. Gantt había sido despedido tres semanas antes como pagador de la firma por un desfase de un dólar en el dinero de las nóminas y acudía a recoger unos zapatos que se le habían quedado allí; era un hombre alto de ojos azules y bien parecido, se dijo que tenía cierta amistad con Mary (Frank se lo dijo también a la policía)... «¿Fue su despido un caso del dragón librándose del príncipe para conseguir a la princesa?».

A las 19 horas, Frank llamó a Lee para preguntarle si todo iba bien, algo que no había hecho nunca antes, según éste. Unas horas más tarde, Lee encontró en el sótano el cuerpo estrangulado de Mary (en la autopsia se descubrieron desgarros en la vagina, aunque no había semen).

Frank negó a la policía conocer el nombre de la chica, pero hubo testigos que recordaron haberlo visto hablar con ella muchas veces, acercándosele demasiado, poniendo incluso la mano en su hombro, y llamándola «Mary». Cuando la policía fue con él a la fábrica a la mañana siguiente, estaba tan nervioso que las manos le temblaban y le fue difícil meter la llave en una cerradura. Les dijo que no había salido de su despacho entre las doce y las doce y media pasadas (el momento en que habían asesinado a Mary, según la autopsia), pero la trabajadora de 14 años Monteen Stover testimonió que fue al despacho a las doce horas pasadas y allí no había nadie, hasta el punto de que, tras esperar varios minutos, acabó marchándose. Frank admitió que posiblemente sobre esa hora había ido al servicio ubicado en la metal room… la habitación donde la fiscalía situó el asesinato por las manchas de sangre y los cabellos encontrados.

Los partidarios de Frank contrataron enseguida a la agencia de detectives Pinkerton para encontrar al culpable, pero los agentes llegaron a la conclusión de que el hombre que buscaban era Frank. Tuvieron que reclamar por vía judicial el pago de su trabajo.

El barrendero de la fábrica Jim Conley hizo dos declaraciones a la policía antes de derrumbarse y contar su versión definitiva: contó que Frank a veces lo hacía vigilar la entrada de la fábrica mientras él «charlaba» con empleadas adolescentes en el piso de arriba (en el juicio veinte jóvenes declararon que acosaba a las chicas y tres, que nunca se había propasado con ellas en particular). El día de autos, tras encontrar Conley el cadáver, Frank le habría confesado que había matado accidentalmente a Mary cuando ésta se resistió a sus insinuaciones, y le habría pedido ayuda para deshacerse del cuerpo. Ambos lo bajaron al sótano en el ascensor, y Conley se comprometió a quemarlo más tarde a cambio de 200 dólares, pero se quedó dormido y no volvió ese día a la fábrica. Su detallado relato se correspondía con las evidencias encontradas en el lugar de los hechos. También admitió que Frank le pidió que escribiera unas notas que pasaran por ser obra de Mary y resultaran en la incriminación del vigilante Lee.

Cuatro judíos formaban parte del jurado de 21 personas. Tras cuatro horas de deliberación, unánimemente declararon culpable a Leo Frank. Sus abogados presentaron en los meses siguientes apelaciones en todas las instancias posibles, y todas fueron rechazadas.

Alonzo Mann trabajaba a sus trece años en la oficina de la National Pencil Company. A la policía le dijo que había salido de la fábrica ese sábado a las 11:30 h, pero en 1982 declaró algo totalmente distinto: había vuelto poco después de mediodía y vio a Jim Conley en la primera planta llevando el cuerpo de una chica… «Se volvió hacia mí y me dijo en voz baja pero amenazante: “Si mencionas siquiera esto, te mataré”». Alonzo corrió a casa y le contó a su madre lo que había visto. Sus padres le aconsejaron guardar silencio. «Y él guardó silencio muchos, muchos años (se dice que Jim Conley murió en 1957 —según otra información en 1962—, y presumiblemente su amenaza de muerte no sobrevivió al deceso). ¿Por qué unos padres blancos como los de Alonzo, en la racialmente segregada Atlanta de 1913, dirían a su hijo que no delatara a un asesino negro cuando como resultado un hombre blanco inocente acabó condenado a la horca? Y ¿por qué le permitieron ir al trabajo el lunes a la amplia y cavernosa fábrica si estaba amenazado de muerte?».

En su libro The Murder of Little Mary Phagan, Mary Phagan Kean, sobrinanieta de Mary, cuenta que su abuelo (hermano de Mary) confrontó en 1934 a un Jim Conley que contenía las lágrimas al recordar lo ocurrido, y quedó convencido de que decía la verdad.

«La más horrible impostura, la auténtica injusticia, del caso Frank es que a millones de confiadas personas a lo largo de todo el mundo una implacable campaña mediática de millones de dólares ha implantado la idea de que Leo Frank, el monstruo que forzó y estranguló a la radiante y hermosa Mary Anne Phagan, es la “auténtica víctima” de este caso».
100 Reasons Leo Frank Is Guilty (The American Mercury, 26-4-2013)
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MensajePublicado: Dom Oct 15, 2017 4:14 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«La más espantosa y terrible tragedia ha tenido lugar en Esher. La señora Brough, durante ocho meses nodriza de Bertie, ¡ha asesinado a sus seis hijos! Era, a lo que parece, una muy depravada mujer. Taciturna, irritable y estúpida siempre lo fue mientras estuvo en nuestra casa». La reina Victoria escribió esta entrada en su diario el 13 de junio de 1854. Mary Ann Brough estaba casada con el encargado de Claremont House, una de las propiedades más queridas de la reina, y el 9 de noviembre de 1841 se le encargó —entre muchas candidatas— la tarea de amamantar al recién nacido Príncipe de Gales, futuro Eduardo VII. Tal como muchas mujeres de buena cuna en aquella época, Victoria veía el amamantamiento con una insuperable repulsión. A Mary Ann se le pagaron muy bien sus servicios, recibió 1000 libras por ellos, el equivalente a unas 50000 actuales.
El niño se desarrolló sano en esos sus primeros meses de vida, aunque Victoria, que sufrió depresión posnatal, lo consideraba feo y desagradable: «No soportaba a los bebés —nos dice la profesora Jane Ridley, biógrafa de Bertie—. Llegaron demasiado pronto y se interfirieron en sus relaciones maritales». Probablemente Mary Ann pasó entonces más tiempo que ella con el niño. No se sabe bien por qué la despidieron: un periódico habló más tarde de que era alcohólica, otro mencionó que había desobedecido órdenes… Mary Ann tenía una hija de ocho años a la sazón y había perdido después varios niños. «Se cree que sufrió abortos, pero es posible que los niños murieran como resultado de ser privados de la leche materna, ya que le pagaban por darla a bebés de madres adineradas.
»El coste psicológico de dar de mamar a bebés sanos de otras mujeres la leche producida para sus propios hijos muertos sólo puede ser conjeturado» (Annabel Venning, Daily Mail).

En 1843 nació su segunda hija, Georgiana, y siguieron en rápida sucesión cinco niños más. Los vecinos la recordaban como una madre dedicada y cariñosa con su prole. En 1852, después del nacimiento de su séptimo hijo, sufrió un ataque que le paralizó el lado izquierdo. Logró recuperarse hasta cierto punto, pero el doctor Izod, que la trató, observó «síntomas de desequilibrio mental». Se quejaba de mareos y terribles dolores de cabeza, a los que se añadían frecuentes hemorragias nasales. Las medicinas no la aliviaron.

«Lo que parece haber precipitado la tragedia fue que su marido, George, un hombre sobrio y trabajador, comenzó a sospechar que le era infiel. Según un detective aficionado que contrató para seguirla, ella tomó el tren a Londres para una cita con un hombre casado». George puso fin al matrimonio el martes 6 de junio de 1854 y le comunicó a Mary Ann que solicitaría la custodia de los niños, «un terrible golpe para ella». El sábado pensaba llevarle el acuerdo para que lo firmara. «Para agravar su estrés y ansiedad, los niños contrajeron el sarampión, una enfermedad potencialmente letal. Durante varias noches apenas pudo dormir mientras se ocupaba de ellos». El miércoles el doctor Izod se negó a proporcionarle más medicinas para sus dolores de cabeza y le dijo que no se sobreexcitara; el viernes no pudo atenderla y Mary tuvo que volver de vacío de su consulta. Al llegar a casa se desplomó en una silla… Durante horas sus hijos lloraron y gritaron para que acudiera a ellos.

«Enloquecida de agotamiento y desesperada por el pensamiento de que sus hijos le serían arrebatados, algo se quebró dentro de ella». Al superintendente de la policía que le tomó después declaración le dijo: «Había como una nube sobre mis ojos. Pensé ir abajo, coger un cuchillo y cortarme la garganta». Pero en la oscuridad acabó a tientas en la habitación de su marido y cogió su navaja de afeitar. «Entonces, llevada por una trastornada compulsión, cortó las gargantas de sus hijos, uno tras otro: "Fui hasta Georgy y la degollé primero. No la miré. Luego me llegué hasta Carry y la degollé también, luego a Henry. Él dijo: 'No, mamá'. Yo dije que debo hacerlo, y lo degollé. Luego fui a Bill, estaba profundamente dormido, le di la vuelta, no se despertó, y le hice lo mismo"». En la habitación contigua, «Harriet y George estaban despiertos. Harriet se agitó mucho después de que le cortara el cuello. Luego me tumbé y me corté a mí misma. No puedo decirle lo que ocurrió durante un tiempo después de eso, hasta que me sentí débil y me encontré en el suelo. Esa repugnante gran nube negra había desaparecido».

Cuando vio los cadáveres ensangrentados de sus hijos —de entre uno y once años—, y no pudiendo gritar, pues tenía la tráquea seccionada, asomó una almohada ensangrentada por la ventana. Eran las seis menos cuarto de la mañana del sábado 10 de junio de 1854. Un hombre que se dirigía al trabajo la vio…

El juicio se realizó en agosto de 1854. La defensa convocó a un alienista (hoy diríamos un psiquiatra) que diagnosticó una locura temporal. La acusación intentó desmontar esta idea presentando un testamento escrito por Mary sólo unas horas antes del crimen, en el que legaba sus pertenencias a su hija mayor, Mary. Además, en la cárcel le confesó a ésta que había matado a sus hermanos por miedo a que la separaran de ellos. «Sus motivos parecían claros: celos y venganza». También se trajo a colación su adulterio. El juez quedó convencido y pidió al jurado un veredicto de culpabilidad, pero éste la declaró «no culpable por razón de la demencia». La prensa —en lo que fue un caso seguido en muchos países— se mostró conforme con la decisión: «¿Es creíble —se preguntaba un periódico— que, excepto en un extravío, una madre aniquile a sus hijos?».

«Por algún tiempo la casa del horror de Mary Ann se convirtió en una atracción turística, alimentando la fascinación victoriana con el asesinato; en este caso con una conexión real, además» (hoy la escena del crimen está reproducida en el museo de cera de Birmingham). Ella pasó el resto de su —ahora sí— tranquila vida en el hospital psiquiátrico de Bethlehem (conocido como Bedlam), donde murió en 1861. Un doctor de la institución declaró que la enfermedad cerebral era la causante de sus parálisis (que sufrió también allí) y de su tragedia. Mary Ann había dicho que si el doctor Izod la hubiera recibido ese viernes y dado la medicina que aliviaba sus dolores de cabeza y la terrible «nube» en su cerebro, nunca habría cometido los asesinatos.

Victoria's serial killer nurse: The gory story of the murderess who looked after the Queen's son... (Daily Mail, 14-10-17)
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MensajePublicado: Dom Nov 12, 2017 3:27 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

«Los cosacos la arrastraron de la coleta por el andén. Era el inicio de un brutal tratamiento a la prisionera: fue sexualmente humillada y quemaron su piel con cigarrillos. Cuando una carta que escribió describiendo sus sufrimientos fue sacada subrepticiamente de la prisión, se convirtió en una heroína nacional. La prensa la describió como un “ángel”»
Hugh Fraser, The woman who shocked Russia (History Today, 30-4-13)

El 16 de enero de 1906, el inspector general de policía Gavril Nikolaevich Luzhenovsky bajaba del tren en la estación de Borisoglebsk cuando una joven vestida de colegiala, que se le acercó desde el vagón contiguo, le descerrajó cinco tiros que lo hirieron de muerte (expiró el 10 de febrero). La guardia de cosacos la redujo en el andén golpeándola con las culatas de sus armas en el momento en que, no viendo escapatoria, intentaba volarse la tapa de los sesos. Había estado siguiendo a Luzhenovsky varios días por orden del Partido Social-Revolucionario, al que esta joven nacida en 1884 en una familia acomodada de Tambov (480 km al sudsudeste de Moscú) se afilió en secreto cuando contaba 16 años.
«María creció como una jovencita romántica, educada en las tradiciones de la literatura rusa, con sus historias compasivas con los ofendidos y humillados. Esta literatura y educación determinaron en buena medida el curso de su vida» (Leonid Laparenok, Maria Spiridonova, en Russiapedia). La muerte del padre y la tuberculosis que desarrolló la forzaron a dejar el liceo en que estudiaba, marchó entonces a Moscú —donde tenía familia— a formarse como dentista, pero también abandonó estos cursos; cuando cometió el atentado trabajaba en el funcionariado de la asamblea de nobles local.

La periodista Louise Bryant —autora de Six Months in Russia (1918) y que entrevistó a nuestra protagonista— explicó por qué se decidió la muerte de Luzhenovsky: «Luzhenovsky tenía un historial tan negro como el que cualquier otro oficial alguna vez tuvo. Iba de pueblo en pueblo con un demencial, diabólico deleite en torturar a la gente. Cuando los campesinos eran incapaces de pagar sus impuestos o lo ofendían en alguna manera, los hacía formar en el frío durante horas y ordenaba que los azotaran en público; arrestaba a cualquiera que se atreviera a sostener ideas políticas distintas de las suyas; invitaba a los cosacos a cometer toda clase de atropellos contra los campesinos, especialmente contra las mujeres».

Según María Spiridónova, la arrojaron completamente desnuda en una fría celda de Borisoglebsk; más tarde llegaron los oficiales P. F. Abramov y T. S. Zdhanov y durante varias horas le exigieron los nombres de sus cómplices. Ella se negó a hablar, así que la golpearon con fustas, le arrancaron pelos del cabello, le aplicaron cigarrillos en la piel y la amenazaron con entregarla a los cosacos tras aprovecharse ellos mismos de ella.
El 12 de febrero, el periódico liberal de San Petersburgo Rus publicó una carta que María había enviado furtivamente a sus camaradas socialrevolucionarios en la que relataba su tormento. Pese a que en el testimonio recogido por el investigador judicial el 20 de enero había denunciado sólo amenazas sexuales, en la carta daba a entender que había sido violada en el tren que la trasladaba a la cárcel de Tambov («[Abramov] estaba bebido, me desabrochó la ropa… No tuve fuerza para resistirme y no hubiera servido de nada»), tal como después le contó a su abogado; pensó incluso que le habían contagiado la sífilis y llegó a consultar a un médico sobre los síntomas. «La carta establecía ciertos atributos de Spiridónova que eran elementos esenciales del mito del martirio revolucionario femenino: su juventud, señalada por el uniforme escolar; su belleza y deseabilidad, expresada por los hombres que abusaron de ella (“qué sedosos pechos”, “qué agraciado cuerpo”); su castidad, reflejada en la conmoción que le causaron el crudo lenguaje y los avances sexuales; el ser de buena cuna, implícito en su refinamiento moral; y el coraje» (Sally A. Boniece, The Spiridinova case…, en el volumen colectivo Just assassins: the culture of terrorism in Russia).

Círculos liberales de toda Rusia se escandalizaron de que se tratase así a una joven. La autoridades investigaron los hechos y reconocieron que se la había golpeado «en el momento de la detención», y que el oficial Abramov la había ofendido «verbalmente» en el tren (se aducían los testimonios de varios hombres presentes, entre ellos un enfermero del ferrocarril y un empleado civil de la policía); se pretendía, por otra parte, que en la comisaria no se la había golpeado; aunque, de hecho, varios testigos vieron a Abramov abofetearla. El informe, dado a conocer el 8 de abril, revelaba que María intentaba controlar su incipiente imagen pública desde la cárcel mediante cartas enviadas subrepticiamente en las que especificaba, por ejemplo, qué información personal se debía dar a su abogado —como un intento adolescente de suicidio— y cuál no: en una carta, obtenida por la policía al registrar el piso de su hermana mayor Yulia, le pedía a ésta que no revelara su «historia romántica»… al parecer la relación con el líder socialrevolucionario local Vladimir Volsky, un hombre casado (aunque separado de hecho), algo que hubiera destruido la imagen virginal que la gente tenía de ella. En esta correspondencia se muestra conforme con la sugerencia del partido de crear un escándalo sobre la autocracia y luego escapar, «pero sólo si esto va a resultar completamente exitoso, porque es mejor morir cinco veces que ser atrapada».

La prensa liberal juzgó el informe un «encubrimiento» que hacía «indecentes y sucias insinuaciones» sobre la moral de Spiridónova, y acusó a Abramov y Zdhanov de haber «manchado el honor de su uniforme». Ambos fueron asesinados ese mismo año por los socialrevolucionarios. El conservador Novoe vremia habló de la «sangrienta cadena de violencia» que el gobierno no había hecho nada para impedir: «Primero los campesinos de Tambov asesinaron a sus arrendadores, luego Luzhenovsky castigó cruelmente a los campesinos, después Spiridónova mató a Luzhenovsky, tras esto Abramov torturó a Spiridónova, y ahora algún desconocido ha matado a Abramov».

El 11 de marzo de 1906 se celebró el juicio. «No es sólo la humillada y enferma María Spiridónova quien está frente a vosotros —declaró su abogado—, es la humillada y enferma Rusia misma… todo este país se estremece de dolor y horror. Algún día debemos poner fin a esta animosidad. Salid de vuestra deliberación con una rama de olivo, y no con una espada alzada». Apasionadas palabras que no convencieron al tribunal: María fue sentenciada a muerte por ahorcamiento, aunque se pedía al mismo tiempo que se conmutara la pena por trabajos forzados en Siberia «en vista de su incurable enfermedad, tuberculosis pulmonar» y quizá también (aunque no se declaraba) por el hecho de ser una mujer. «Se la tuvo esperando varios días mientras la sentencia era confirmada. Irónicamente, ella los consideró los más “radiantes y felices” de su vida: “Mi muerte me parece tan socialmente valiosa que cualquier favor de la monarquía, tal como el exilio, sería una humillación”. Así que cuando fue informada de que se había conmutado la pena de muerte por un exilio perpetuo, se sintió decepcionada» (Leonid Laparenok, op. cit.).

La enviaron a la colonia penal siberiana de Akatui. En el transporte la acompañaban otras cinco terroristas socialrevolucionarias; las apodaron las shesterka, «las seis», siendo María la más conocida: «Sólo ella tenía un apellido ruso y combinaba los cuatro atractivos atributos de juventud, belleza, pureza y provenir de la clase alta… En ese verano de 1906, multitudes de trabajadores, campesinos y los más prósperos ciudadanos se amontonaron ante el tren en cada parada. Día y noche Spiridónova aparecía en la ventana de su vagón para hablar con la gente que acudía a recibir el tren, muchos de ellos llorando de emoción. Aunque entre las paradas yacía inactiva y con fiebre, tosiendo sangre, su rostro crispado por los nervios, siempre saludaba a su audiencia con sonrisas, contestaba pacientemente sus numerosas preguntas y discutía con ellos, en lenguaje simple y claro, el programa del Partido Socialrevolucionario. “La gente no sabía quiénes éramos las demás —escribió su compañera de exilio Alexandra Izmailovich—, pero ¿quién no conocía su nombre?”. Para muchos rusos, Spiridónova no era una sucia fanática, sino una de ellos; la prensa liberal la definía como “una flor de espiritual belleza”» (Sally A. Boniece, op. cit.).

Desde Akatui, donde eran las únicas mujeres presentes, las trasladaron en febrero de 1907, en lo más crudo del invierno, a la prisión de Maltzev, a más de doscientos kilómetros (en 1911 las devolvieron a Akatui). Pese a la dureza de las condiciones carcelarias, María le dijo a Louise Bryant que aprovechó los once años que pasó presa en Siberia para aprender inglés y francés: «Es algo puramente maquinal y, por tanto, un maravilloso alivio para los nervios». Recuperó la libertad con la amnistía a los prisioneros políticos tras la Revolución de Febrero de 1917: «Llegó a ser de nuevo, brevemente, una celebridad; la principal atracción en los congresos de los socialrevolucionarios. Desafortunadamente, pertenecía al partido equivocado» (Hugh Fraser, op. cit.).

Críticos con el Tratado de Brest-Litovsk, los socialrevolucionarios llevaron a cabo el asesinato del embajador alemán Wilhelm von Mirbach con objeto de que se reanudara la guerra, pero sólo consiguieron dar a los bolcheviques una excusa para deshacerse de ellos. Spiridónova fue detenida junto a otros líderes del partido. Se la condenó a un año de prisión, pero fue indultada al día siguiente (28 de noviembre de 1918). No obstante, sus críticas a los bolcheviques le valieron que la checa la arrestara poco después (febrero de 1919). Esta vez fue condenada a un año de confinamiento en un psiquiátrico por desequilibrio mental (se adujeron sus cambios de opinión, por ejemplo, su apoyo inicial al Tratado de Brest-Litovsk). En realidad fue encerrada en una pequeña celda militar del Kremlin, lo que agravó considerablemente su mala salud. El 2 de abril sus propios guardianes, por mediación de su partido, la ayudaron a escapar. Con el nombre de Onufrieva, vivió clandestinamente en Moscú hasta el 26 de octubre de 1920, en que fue detenida de nuevo cuando se hallaba postrada en cama por el tifus y con problemas mentales que dieron con ella, esta vez sí, en un psiquiátrico. El gobierno desatendió peticiones de que se la liberara e incluso permitiera ir a vivir a Alemania o Francia; en cambio, la instalaron en una dacha en Moscú, donde vivió con su amiga y compañera de presidios siberianos Alexandra Izmailovich hasta 1923, cuando la detuvieron bajo la acusación de planear la fuga. Se le impuso un exilio interior que duró catorce años (pasados en Kaluga, Samarcanda, Taskent; donde con el tiempo pudo trabajar como planificadora económica en el ámbito agrícola), así como el compromiso de no volver a participar en actividades políticas (según el historiador británico Alexander Rabinowitch, no hay ninguna evidencia de que alguna vez infringiera esta exigencia).

El 8 de febrero de 1937 fue detenida por la NKVD en Ufá (República Soviética de Baskiria) junto a su marido —el agrónomo y también líder socialrevolucionario Iliá Mariórov, con quien había contraído matrimonio a finales de los años veinte— y otros dos compañeros de partido con los que compartían vivienda; se les acusaba de preparar un alzamiento campesino. Spiridónova fue condenada en enero de 1938 a veinticinco años de prisión… «Fue enviada a la prisión de Ufá, donde los guardas la trataron tan severamente como la policía zarista unas pocas décadas antes. Se dice que espetó a sus interrogadores que, cuando nacieron, ella ya estaba luchando por la revolución. Sin embargo, sus palabras debieron de sonar ridículas a los despiadados guardas de la nueva generación. Nadie estaba interesado en sus méritos previos, y su edad no los persuadió de compadecerse de ella» (Leonid Laparenok).

En 1941 estaba en la prisión de aislamiento de Orel (unos 360 km al sudsudoeste de Moscú), tras haber protagonizado una huelga de hambre. El 11 de septiembre, con la Wehrmacht a las puertas de la ciudad, fue fusilada en el cercano bosque de Medvedev junto a otros 160 presos políticos. «Asesinada sin sentencia judicial, simplemente por el delito de ser un enemigo del poder soviético, ella fue otro hijo de la revolución consumido por el régimen que ayudaron a crear» (Leonid Laparenok).
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MensajePublicado: Dom Feb 18, 2018 9:51 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

En 1973 se juzgó en Heilbronn (Baden-Wurtemberg) al SS-Sturmmann Rudolf Nikolaus Wüstholz —de 60 años a la sazón— por su papel en diversas masacres en el Frente Oriental. Uno de los testigos fue su antiguo comandante Max Taübner, que ya había sido juzgado por el mismo motivo en 1943 (!) y que contestó a todas las preguntas del tribunal con un «No puedo recordar».

Que el olvidadizo Untersturmfuhrer de las SS estuviera vivo y libre en 1973 es algo que desafía al entendimiento.
Nacido en 1910 en una familia de clase media, Taübner se graduó en ingeniería mecánica aeronáutica en 1933. Ya entonces era miembro del partido nazi, y antes de que Hitler llegara al poder se incorporó a las SS. Se colocó de ingeniero en una planta de la Messerschmitt y en 1937 se unió a la Luftwaffe, pero en mayo de 1941 —en busca, según un conocido, de «mayores desafíos»— se enroló en las Waffen-SS. Para junio ya lo habían hecho comandante de un pelotón de mantenimiento (conformado por unos 37 hombres con una edad promedio de veintiocho años); entonces les dijo a sus subordinados que quería «librarse de al menos 20000 judíos», intención que ya había expresado a sus amigos y su familia. El 8 de septiembre partieron hacia Ucrania. El territorio ocupado que atravesaron ya había sido «limpiado» de judíos, y ningún documento indica que se les requiriera para operaciones de «purificación» o «pacificación» del Lebensraum. Pero, como en otros numerosos casos dentro del ejército invasor, la unidad de Taubner decidió completar el aniquilamiento de la población judía restante. La investigación de las SS llevada a cabo en la primavera de 1942 refiere 965 judíos asesinados sólo en las tres poblaciones en que se alojaron más tiempo, pero también da cuenta de que estuvieron «activos» en otras áreas. Un SS que participó en una de estas aktionen la describió así:

«Parábamos en cualquier lugar para pasar la noche, y Taubner nos ordenaba estar preparados. Nos conducía fuera del pueblo, allí se preparaba un gran hoyo y se reunía a los judíos en un edificio cercano. Luego se les acercaba al hoyo y los hombres de la unidad les disparaban por detrás… Uno de ellos se derrumbó cuando tuvo que matar a una mujer con un bebé… No sé cuántos fueron asesinados, quizá unas docenas. En los recesos entre uno y otro grupo de asesinados, Taubner interpretaba canciones populares con su acordeón para levantarles el ánimo a sus hombres».

Parece que este episodio se sitúa en la villa de Bialowicza. La mayoría de los judíos allí habían sido liquidados a mediados de julio por un Einsatzkommando, pero el alcalde ucraniano le dijo a Taubner que quedaban unos trescientos (hombres, mujeres y niños) en la prisión local y que la Wehrmacht había dado certificados a otros en los que constaba que no eran judíos, a lo que Taubner dijo que el ejército estaba mostrando «demasiada compasión». Una milicia ucraniana excavó un gran hoyo en las afueras de la localidad…

Las matanzas continuaron allí por donde pasaron. Primero mataban a los hijos delante de los padres; un miembro del pelotón declaró en el juicio de 1973 que había confrontado a Taubner sobre matar niños, y éste le contestó que tenía una escala, «arriba del todo están los cerdos, luego hay un gran vacío y al fondo están los judíos». Taubner solía cortar el rostro de las mujeres golpeándolas con una fusta y, saltándose las normas, mandaba fotografiar las ejecuciones. En Novograd-Volynskii no perdonó ni siquiera a unos judíos que trabajaban para la Wehrmacht, lo que enfadó mucho al comandante local.

En Sholokhovo y sus alredores asesinaron a, por lo menos, cerca de doscientos. Un SS que no había participado en anteriores matanzas le preguntó a Taubner si le estaba ordenando participar, éste le dijo que los demás no necesitaban una orden explícita y que él era un «cobarde sin personalidad». En esta localidad también se detuvo a varios rusos y se los ahorcó en el patio del koljoz. En Aleksandriia fueron 459 los liquidados, según el propio tribunal de las SS. Antes de las ejecuciones, el mencionado Rudolf Nikolaus Wüstholz organizó un bárbaro espectáculo al obligar a los judíos a golpearse entre sí con palas. En su juicio uno de los testigos dijo: «Wüstholz tenía dos almas: era un buen camarada, pero al mismo tiempo tenía un deseo asesino de matar judíos, en las conversaciones hablaba de ello abiertamente… y lo llevaba a la práctica». Cuando las unidades de combate de la Primera Brigada de las SS fueron transferidas al frente por la ofensiva soviética que siguió a la Batalla de Moscú, los hombres de Taubner pudieron concentrarse incluso con más empeño en cazar judíos ocultos o rezagados.

Todos estos crímenes improvisados eran rutinarios en el ejército invasor, y sin embargo… hubo un «Caso Taubner». En la primavera de 1942 el pelotón volvió a su base de Arys, en la Prusia oriental, y sus miembros compartieron orgullosos sus hazañas con los soldados estacionados allí. Las fotografías tomadas por el propio Taubner y uno de sus hombres, Ernst Fritsch, fueron mostradas con jactancia a parientes y amigos. Un joven oficial de las SS recordaría más tarde una en la que se veían los cadáveres de un gran número de mujeres. Obviamente nadie podía sentirse muy impresionado por unas imágenes que formaban parte de las rutinas del Reich, pero algunos oficiales empezaron a preocuparse de que se divulgaran con ligereza esos hechos. El asunto llegó hasta el Hauptamt SS-Gericht, departamento jurídico de las SS. Taubner y cuatro miembros de su pelotón (entre ellos Wüstholz y Fritsch) fueron detenidos. La instrucción duró más de seis meses, un «dolor de cabeza» para el juez encargado, el Sturmbannführer Heinz Meurin. Los acusados no se ahorraron detalles al describir los hechos, pues no sentían haber hecho nada incorrecto; Taubner incluso había alardeado en una carta a su familia de haber quemado una cabaña con judíos dentro, y acompañaba una foto del suceso. Los jueces no daban crédito a que se hubieran fotografiado despreocupadamente ejecuciones de mujeres, niños y ancianos, fosas llenas de cadáveres, ahorcamientos, torturas… Taubner afirmó ignorar que estuviera prohibido fotografiar ejecuciones y que matar judíos fuera un secreto: «Todos lo sabían y hablaban de ello» —dijo—, habían actuado conforme a la «Orden del Führer», de la que Meurin dijo no saber nada; y sin embargo, todos en los Einsatzgruppen del frente oriental habían escuchado a sus comandantes apelar a ella para justificar las masacres. El asunto llegó hasta el mismísimo Himmler, que confirmó al tribunal que Hitler se había expresado verbalmente en el sentido de la orden: «Es un deber matar judíos, ningún judío asesinado es una gran pérdida»; por otra parte, el propio Himmler se refería a ella en privado. Pero la gran preocupación de todos eran las fotos. En septiembre de 1942 los alemanes supieron que el activista judío norteamericano Stephen Samuel Wise había escrito al Subsecretario de Estado de EE. UU. Sumner Welles respecto al exterminio de los judíos europeos. Himmler ordenó a la Gestapo ocultar toda evidencia de estas matanzas e insistió en la prohibición de tomar fotografías de ellas. Las del pelotón de Taubner fueron destruidas en presencia de tres jueces de las SS.

«Himmler se veía a sí mismo como un “moralista” y esperaba que, después de asesinar a miles de judíos, sus SS siguieran siendo (de acuerdo a su definición) “decentes”. El 4 de octubre de 1943, unos días después de haberse ocupado de nuevo del caso Taubner, pronunció sus famosas palabras ante los Gruppenfürers de las SS reunidos en Posen: “La mayoría de vosotros sabéis lo que es ver cien cadáveres uno al lado de otro, o quinientos o mil. Haberse mantenido firmes en medio de algo así y —excepto casos de humana debilidad— haber seguido siendo decentes nos ha endurecido”. Es razonable suponer que Himmler tenía en mente a Taubner y sus hombres cuando hablaba de “excepcionales casos de humana debilidad”».

Himmler no podía perdonar una indisciplina que podía volverse en su contra, pero tampoco atenazar a los ejecutores de la Solución Final. Sus instrucciones al aparato judicial de las SS con motivo de este juicio estaban marcadas como «de alto secreto», en ellas se especificaba que «Las ejecuciones por motivos puramente políticos no conllevarán castigo alguno, a no ser que sea necesario para mantener la disciplina y el orden… Quienes actúen por egoísmo, sadismo o motivaciones sexuales serán sancionados por un tribunal judicial con cargos de asesinato u homicidio». Era una licencia para matar, ningún SS fue juzgado por matar judíos por sadismo o depravación sexual. Unos pocos días después de que el tribunal tuviera conocimiento de este documento se dio carpetazo al procesamiento de los subordinados de Taubner, todo se atribuía a la «irresponsable conducta de su comandante». Tres de ellos fueron reintegrados a su unidad; en cuanto al cuarto, Walter Müller, Himmler dio instrucciones para que se le degradara y se considerara su expulsión de las SS. Quizá ofendía la sensibilidad estética del Reichsführer su costumbre de arrancarles los niños a sus madres para alzarlos por el pelo y dispararles en la cabeza.

El juicio de Taubner comenzó el 2 de mayo de 1943 en el Tribunal Supremo de la Policía y las SS en Munich, muy por encima del tribunal de primera instancia que hubiera correspondido: Himmler quiso alejar el caso del lugar de los hechos para minimizar su impacto en los soldados del frente. Se le acusó de ignorar las instrucciones del servicio, quebrantar la disciplina militar, planear el asesinato del comandante de una milicia ucraniana sospechoso de comunicarse con los partisanos e incitar a practicar un aborto (aunque se supo que su esposa no había estado ni siquiera embarazada). Respecto a las masacres, los jueces se contentaron con señalar que Taubner «debería haber sabido que matar judíos era tarea de comandos entrenados para tal propósito». De hecho, se reconoció en su favor el haber creído su deber participar en el exterminio y se consideró su odio hacia los judíos una «motivación política»; él se defendió diciendo que matar judíos era «un castigo por el sufrimiento infligido por ellos a la nación alemana». Sólo se le afeó la crueldad desplegada por «impropia de un alemán y un comandante de las SS» (sic), su conducta salvaje había llevado al «embrutecimiento» de sus hombres. «No es el estilo alemán —rezaba la sentencia— aplicar métodos bolcheviques durante el necesario exterminio de nuestro peor enemigo… Taubner permitió a sus hombres actuar con tal despiadada brutalidad que estos se condujeron como una horda de salvajes». Se decía de Taubner que su conducta, «indigna de un alemán decente», ponía de manifiesto su «débil carácter y su desprecio por la ley», aunque también se le reconocían «rasgos positivos» y se achacaba su comportamiento a una ausencia de «supervisión». Sólo por la negligencia mostrada en su deber como comandante en la masacre de Alexandriia le cayeron cinco años de prisión; las matanzas en otros lugares, en cambio, habían sido ejecutadas de una «manera ordenada» (el propio Himmler lo había anotado así de su puño y letra en la hoja de cargos). Su mayor reproche fue por las fotos, «hubiera sido muy fácil pasarlas de contrabando a Suiza para ser usadas en la propaganda enemiga». El caso Taubner fue registrado como el Photographiefall, el «Caso de las fotografías». Pero también en este punto se mostraron comprensivos y lo dejaron en un mero acto de indisciplina.

Le cayeron diez años de cárcel y fue expulsado de las SS y declarado «no apto» para el ejército. Se le envió a Dachau.
Como Gerichtsherr (máxima autoridad judicial de las SS), Himmler se tomó su tiempo para dar el visto bueno al fallo. En agosto de 1943 Taubner le solicitó el indulto sobre la base de que había actuado de buena fe y en apoyo incondicional a los objetivos del Führer. En noviembre el tribunal fue informado de que «el Reichsführer ordena que después de dos años en prisión se sopese concederle la libertad condicional, pero rechaza su solicitud de indulto». En diciembre de 1944 Taubner —que llevaba dos años en Dachau— volvió a solicitarlo, esta vez con éxito, aunque Himmler afirmó concederlo «en el espíritu de las recomendaciones de las autoridades judiciales de las SS» e hizo que lo firmara un juez en su nombre. Después de catorce días de permiso, se le envió a una unidad de las Waffen-SS en el frente oriental con la confianza de que «se mostrara digno del indulto». Acabó cayendo prisionero del Ejército Rojo y permaneció en campos de trabajo soviéticos hasta su liberación en 1949.

En 1959 se inició un proceso contra él, pero se canceló con el capcioso argumento de que ya había sido juzgado por sus crímenes, lo que no era cierto. Vivió el resto de su vida en la oscuridad de un anonimato sólo perturbado por los intentos de la fiscalía de llevarlo de nuevo a juicio, algo que la Corte Suprema Federal desestimó definitivamente en 1972.

Yehoshua R. Büchler, Unworthy Behavior: the case of SS officer Max Taübner (revista Holocaust and Genocide Studies, Vol. 17, No. 3).
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MensajePublicado: Dom Mar 25, 2018 9:17 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Una llamada de teléfono despertó al joven periodista de la BBC Michael Cole a primera hora de la mañana el 23 de mayo de 1969. Poco después conducía sesenta millas hasta la base de la RAF en Mildenhall, sede del 36º Escuadrón Aerotransportado de la Fuerza Aérea de EE. UU.
A las 5:08 h un avión de transporte, un Hercules C-130, había despegado con el sargento Paul Meyer a los mandos, un mecánico de veintitrés años que apenas tenía nociones de pilotar aviones ligeros. El supervisor de vuelo de la base en ese momento, Staff Sergeant Alexander, condujo hasta el avión al ver los motores encendidos y quedó estupefacto al ver a Meyer en la cabina. Con el aparato ya en marcha, Alexander no tuvo más remedio que hacer caso a sus gestos de que se apartara. Dos patrullas de seguridad se presentaron inmediatamente, pero no se decidieron a disparar a las ruedas para impedir el despegue. El avión se inclinó peligrosamente a la izquierda nada más abandonar el suelo, antes de perderse en el cielo…

A las dos de esa madrugada, Meyer había sido detenido por merodear borracho por una vecindad cercana a la base, donde había asistido a una fiesta. Sorprendentemente, y después de que intentara escapar de la custodia, fue enviado de vuelta a su barracón sin más. A las cuatro, todavía bebido, se introdujo en la habitación de un capitán y le robó las llaves de su vehículo. Haciéndose pasar por él, llamó a la pista y pidió que llenaran el depósito del avión 37789. A las cuatro y media —oliendo a alcohol, pero más sobrio— llegó en su vehículo robado y supervisó la carga de combustible (suficiente para llevarlo hasta EE. UU.).

«Cuando llegué a la base, se me dijo que el avión había volado sobre los suburbios del norte y el oeste de Londres, donde cientos de miles de personas estaban durmiendo felizmente inconscientes del peligro sobre sus cabezas» (Michael Cole). Después de bordear el Aeropuerto de Heathrow, se dirigió hacia el sur y dejó atrás la costa entre Portsmouth y Southampton. Es lo último que se supo del avión. Un caza F-100 Super Sabre supersonic había partido en su busca, pero fue incapaz de verlo o de comunicarse con él, a pesar de que estuvo localizado por rádar durante casi veinte minutos.

Meyer llevaba poco más de tres meses en el Reino Unido, adonde fue enviado sólo ocho semanas después de su boda. Además, había dejado a su mujer, Jane, con problemas financieros derivados de una demanda de su anterior marido. «Se casó con mi madre —dice su hijo Henry Ayer— cuando ésta ya tenía tres niños. Para él nosotros éramos sus nenes. En sus cartas siempre decía: “Besa a los nenes por mí”. Éramos suyos y él quería volver a casa y echar una mano». En el informe que hizo del incidente la Fuerza Aérea de EE. UU. se lee que Meyer «estaba bajo la constante presión de su esposa para volver a casa, usando cualquier razón necesaria». Para empeorar las cosas, recientemente había sido preterido injustamente —a su parecer— en una promoción.

Durante el vuelo pudo comunicarse por radio con Jane, sus últimas palabras —según el informe oficial— fueron: «Déjame cinco minutos, tengo un problema». Un periódico dio a entender que se refirió a problemas con el piloto automático. Para entonces llevaba más de hora y media en el aire.

«Un sargento de la Fuerza Aérea de EE. UU. estaba a cargo de la oficina de prensa. Era invariablemente alegre y simpático, pero, a medida que transcurrió la mañana, se volvió más y más taciturno. Sospecho que sabía que el avión había sido derribado. Simplemente no podía decírnoslo. Durante las siguientes horas los periodistas esperamos y esperamos…» (Michael Cole).
Finalmente, a última hora de la tarde de ese domingo se informó a los medios de que restos del avión habían sido encontrados cerca de las Islas del Canal. Cincuenta años después, se prepara una inmersión para encontrar al «joven que sólo quería volver a casa» y determinar si, como sospecharon entonces algunos periodistas, fue derribado.

Mystery of the lost love plane: How could a drunken, homesick serviceman steal the giant Hercules... and did he really crash into the Channel? - Daily Mail, 24-3-18
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