EL TRASFONDO HUMANO DE LA GUERRA – Michael Jones

EL TRASFONDO HUMANO DE LA GUERRA – Michael JonesGuerra total, guerra absoluta, guerra de exterminio; al decir de un veterano del Ejército Rojo, “una guerra insensibilizadora… que sacó de cada uno lo mejor y lo peor, al extremo”. ¡La guerra de las Tierras de Sangre! Tal fue la contienda entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, en lo que se ha calificado como escenario decisivo o epicentro de la Segunda Guerra Mundial (en Europa). Como sabemos, una confrontación de vida o muerte entre dos potencias totalitarias que se sobrepujaban en la propaganda del odio y la deshumanización del enemigo sólo podía resultar en escalas espeluznantes de destrucción, cuyas cifras –por expresivas que sean- desafían la capacidad de empatizar con aquellos que se vieron involucrados en la pesadilla. Involucrados como víctimas pero también como actores, para decirlo de una vez.  No eran autómatas los que empuñaban las armas, los que remataban heridos, los que saqueaban y violaban, los que arrasaban con ciudades y poblados; de uno y otro lado, las atrocidades y las responsabilidades criminales son inexcusables. Con todo, bien vale la pena aproximarse al punto de vista emocional y a ras de suelo del conflicto: no el de las ideologías en liza ni de las grandes estrategias políticas y militares (monstruosas por donde se las mire), sino el del diario vivir y padecer de los soldados en el curso de la guerra más terrible de la historia. Una aproximación como esta es la que nos ofrece Michael Jones en su libro El trasfondo humano de la guerra.

Libro que por esquema y propósitos sigue la línea de publicaciones anteriores como El sitio de Leningrado (Crítica, 2008) y La retirada (Crítica, 2010), del mismo autor.  Jones reconstruye  la marcha del Ejército Rojo desde la batalla de Stalingrado hasta la toma de Berlín, en un ejercicio que combina fuentes secundarias con materiales testimoniales del tipo de cartas, diarios y entrevistas con supervivientes.  Aunque las fuentes primarias comprenden  a soviéticos y alemanes, el énfasis está puesto en los primeros: intención expresa del autor es rendir homenaje a la entrega y el sacrificio desplegados por los combatientes del Ejército Rojo, pilar fundamental en la derrota de la Alemania nazi; un triunfo, empero, mancillado por las atrocidades perpetradas por muchos de esos combatientes. El autor no hurta el cuerpo a esta faceta negativa, de hecho uno de los temas centrales de su libro es el embrutecimiento y la degradación moral sufridos por los soldados soviéticos  a medida que la guerra se prolongaba, sometidos como estuvieron a condiciones extremas que incluían no sólo el enfrentamiento con un enemigo despiadado –la maquinaria de guerra más temible de su tiempo, embarcada en una empresa de conquista, genocidio y esclavización-, sino también un mando político y militar habituado a despreciar la vida de sus propios hombres. Esto, por no hablar de la propaganda del odio, cuya virulencia en nada desmerece frente a su equivalente alemán.

Como queda de manifiesto en los testimonios recogidos por Michael Jones, ni el terror estalinista y ni la mentada propaganda explican del todo el denuedo combativo de los soldados soviéticos. Un genuino amor al terruño, a la patria amenazada en su misma subsistencia, era una motivación que no se debe desdeñar. Lo mismo cabe decir de la constatación que las tropas soviéticas hacían de la brutalidad de su enemigo: el descubrimiento de los campos de exterminio –o de sus restos mal disimulados-, o el hallazgo de campos de prisioneros en que los alemanes habían diseminado el tifus a fin de propagar la enfermedad en el Ejército Rojo, entre otras cosas, bastaban para insuflar en el ánimo de los soldados el convencimiento de que la suya era una lucha justificada y sin cuartel. Lo que la historia no justifica, ciertamente, es que el esfuerzo y el heroísmo degenerasen en un afán de venganza tal que las fuerzas soviéticas se convirtieran en un espejo del ofensor. Pero Jones hace hincapié en que la brutalidad no era un fenómeno global, un mal endémico de todo el Ejército Rojo.

Acaso no convenga exagerar el alcance de las manifestaciones de desaprobación del salvajismo soviético por parte de ciertos oficiales y soldados de la misma nacionalidad, pero sí cabe rescatar su capacidad de conservar el pundonor, la conciencia de que su ejército no debía convertirse en el doble del ejército de Hitler: desenfrenado, sanguinario, un azote de la población civil. Afirma el autor que «la situación de Alemania, a principios de 1945, desafía toda generalización, y las historias que nos hablan de un extraordinario autocontrol por parte de los soldados soviéticos coexisten con las de destrucción gratuita». Había una batalla moral al interior de este ejército, una batalla preñada de indicios de fracaso. Como testimonia uno de sus hombres, el soldado Mark Slavin: «Los asesinatos, la orgía de destrucción estaban llevando a nuestro ejército al borde del precipicio. Estábamos perdiendo nuestros valores morales y nuestra propia dignidad como seres humanos». O cierto oficial de nombre David Faufman: «Un ejército de resistencia y defensa propia se estaba convirtiendo, de forma imperceptible, en un ejército de feroces vengadores. Y, de este modo, nuestras grandes victorias se convertían también en una derrota moral».  (Visto en retrospectiva, cómo rechina esa idílica caracterización de “Ejército de resistencia y defensa propia”; para entonces, Finlandia, Polonia y las repúblicas bálticas hubiesen podido decir algo al respecto.)

Según lo planeado por Jones, el libro alcanza su clímax en el capítulo relativo a la liberación de Auschwitz. Y hubo tal liberación, pues el Ejército Rojo debió luchar por apoderarse del complejo: fue una lucha brava y feroz, lo suficiente como para sorprender a los curtidos soviéticos (conocedores de la tenacidad de su rival). Lo medular del capítulo reside en el tema de la distorsión del Holocausto por la Unión Soviética, cuya política en esta materia fue ocultar sistemáticamente la identidad judía de las víctimas del genocidio; y en el impacto que tuvo el descubrimiento del complejo en los soldados soviéticos, quienes –puntualiza Jones– «no estaban tan deshumanizados por la guerra como para no poder establecer contacto emocional con lo que encontraron allí». Valga, pues, lo expresado por un veterano entrevistado por el autor, el teniente Iván Martynushkin:

«Yo era un soldado y tenía una unidad a mis órdenes. […] Acababa de cumplir veintiún años cuando llegamos a Auschwitz, pero llevaba ya tres en la guerra. Y ya había visto muchísimo sufrimiento, el sufrimiento de mi propia gente. Había visto ciudades destruidas, pueblos destruidos, mujeres asesinadas, niños mutilados. No había una sola localidad que no hubiera experimentado el horror, la tragedia. [Pausa] Pero el infierno de Auschwitz es imposible de olvidar. Todo aquello me superó sin remedio. Sentí una infinita compasión por aquellas personas. El recuerdo de aquel campo de exterminio me acompañará durante el resto de mis días».

– Michael Jones: El trasfondo humano de la guerra. Con el ejército soviético de Stalingrado a Berlín. Crítica, Barcelona, 2012. 335 pp.

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15 comentarios en “EL TRASFONDO HUMANO DE LA GUERRA – Michael Jones

  1. iñigo dice:

    Qué bueno… Apuntado queda.

  2. José Sebastián dice:

    Grande, Rodrigo, grande.

    Cuando buenamente pueda «caerá». El autor me encandiló tanto en la durísima «El sitio de Leningrado» como en «La retirada». Su lectura engancha como pocas.

    Aprovecho para recomendar una obra de temática similar en castellano: «la guerra de los Ivanes» de Catherine Merridale. Sencillamente genial.

    Saludos

  3. Rodrigo dice:

    Suscribo esa recomendación.

    Apunten, estimados, que vale la pena.

  4. juanrio dice:

    En muchos de los testimonios o relatos de la campaña soviética, se hace hincapié en la falta de formación cultural y en el atraso material que sufría la URSS, que hacía que el soldado soviético saqueara mas que cualquier otro de otro ejército. Además habría que sumarle la bestialidad de los nazis que trataron a los soviéticos como animales, infrahombres era como les llamaban, las barbaridades que practicaron durante la invasión y la posterior retirada. En el libro del mismo autor, El sitio de Leningrado, se refleja como la orden es que la población de la ciudad, civil, muera de hambre, cosa que los nazis estuvieron a punto de conseguir, el otro día leí que murió mas gente de hambre que por heridas y calculaba el autor del artículo, que hablaba del diario que se acaba de publicar de una pobladora, y superviviente del cerco, en 10.000 personas diarias las que perdieron la vida en la ciudad. Imaginad el odio que debía alimentar a los soldados que habían visto todo eso a su entrada en Alemania, y en otros lugares..

  5. iñigo dice:

    Efectivamente. También en «Guerra absoluta», Chris Bellamy también remarca la orden de Hitler de mantener el cerco de Lenningrado, con el menor número de bajas alemanas posibles, a base de artillería pesada y bombardeos e intentado bloquear cualquier intento de avituallar la ciudad, todo ello debido a la desmedida amplitud del frente ruso provocada por las indecisiones del propio canciller y su incapacidad de mantener la misma presión en el norte como lo estaba haciendo en el centro y sur de la Unión Soviética.

  6. Rodrigo dice:

    Ni hablar de los planes de colonización de la Rusia europea, que condenaban a varios millones de rusos a la muerte por inanición.

    El odio se comprende. Otra cosa es pretender justificarlo, o hacer la vista gorda ante las barbaridades perpetradas por los soviéticos.

    Pero bueno, uno de los temas que más me han llamado la atención en este libro es el de la liberación de Auschwitz. Suele haber la impresión de que el Ejército Rojo apenas hizo otra cosa que ocupar un lugar abandonado por los alemanes, pero lo que muestra Jones es que también hubo una dura batalla en dicho complejo.

  7. Ariodante dice:

    Estupenda reseña, en tu línea habitual, Rodrigo, aunque no es la lectura que me ilusiona, ese tema me agobia. Y ya sabes que yo soy más de novela que de ensayo. Pero me gusta ver que mantienes el nivel y continuas en la brecha. Bravo, Rodri!

  8. Rodrigo dice:

    Gracias mil, Ario.

  9. David L dice:

    El soldado soviético sufrió con respecto a su enemigo alemán una pérdida en bajas de 3 a 1 a favor de estos últimos, en los combates qque participaron sufrieron un 25% de bajas y acabaron la guerra con ocho millones y medio de bajas….¡es increible!. A pesar de todas estas visicitudes, consiguieron llegar a Berlín y derrotar a los germanos. Para explicar este logro no sólo podemos ampararnos en la rápida respuesta del alto mando soviético a la hora de reponer las bajas y en el poder de coacción, que lo hubo y mucho, sino también hay que situarnos en la sociología del soldado de la URSS. Unos hombres que sufrían ya en su vida diaria, antes de que estallase la guerra, unas condiciones de vida durísimas donde el poder de coacción del supra-Estado soviético era omnimpotente, donde la capacidad de aceptación y adaptación al medio era condición indispensable para sobrevivir. La guerra para ellos no dejaba de ser otra experiencia inhumana que debían sortear, no eran superhombres, pero desde luego su capacidad de sufrimiento estaba muy por encima del soldado germano. La propia crudeza de la guerra en el Este terminó de afianzar a estos hombres como verdaderos soldados guerreros.

    Sin haber leído el libro, creo que Michael Jones seguro que nos lo muestra tan magistralmente como en sus anteriores trabajos sobre el sitio de Leningrado o el intento de ocupación de Moscú en 1941.

    Un saludo.

  10. Rodrigo dice:

    Cierto, las cifras son dramáticas. Recuerdo haber leído en algún historiador (¿Overy, C. Bellamy?) que en las fases iniciales de la guerra la proporción de bajas era de 11 a 1, o algo parecido: una monstruosidad. Hacia el final la diferencia se redujo drásticamente, tanto como para llegar a una relativa paridad de 1.5 a 1 (siempre a favor de los alemanes).

    Comparto tu apreciación, David. Entre los muchos factores que inclinaron la contienda del lado soviético, puede uno destacar la progresión inversa de los dictadores. A raíz de los fracasos iniciales Stalin aprendió que en la conducción de la guerra debía ceder espacio a los profesionales, llegando a respetar la opinión de hombres como Zhukov y Rokossovsky. Hitler, en cambio, conforme cambiaban las tornas se acaparó gradualmente las funciones del mando militar, anulando de paso a sus generales; con lo que no hizo más que recrudecer la mortandad: el caso por ejemplo de las ciudades-fortaleza, un derroche absurdo de hombres y recursos. Precisamente, Poznan y Breslau son otros tantos episodios impactantes del libro de Jones.

  11. Iñigo dice:

    Absolutamente cierto. Rusia llegó a perder hasta tres ejércitos completos defendiendo su territorio, Moscú, Leningrado y stalingrado. Pero el granero ruso y la gran industria, junto a la gran población de la parte soviética de Asia fue la que completó la recuperación de territorios y el ataque final a Berlín.

  12. Rodrigo dice:

    … Sin olvidar la ayuda de General Motors y de Mr. Dólar, entre otras cosas.

  13. iñigo dice:

    Por supuesto…

  14. José Sebastián dice:

    Coincido con Rodrigo en que sin el programa de préstamo y arriendo de EEUU difícilmente Stalin hubiera podido detener a los alemanes.

    En cuanto al asedio de Breslau aprece también magníficamente relatado en la obra «¡Asedio!» de Patrick Mac Taggart. Sorprende que fueran los militares profesionales los que tuvieran que convencer a los fanáticos miembros de las «Hitlerjugend» para rendirse tras un derramamiento inútil de vidas en condiciones dantescas.

    En cuanto al cambio de rumbo de Stalin recomiendo fervientemente «La locura de Stalin» de Constantine Pleshakov. Imprescindible.

    Saludos

  15. Rodrigo dice:

    Gracias por las recomendaciones, José Sebastián.

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