EL ORO BLANCO – Edmund de Waal

EL ORO BLANCO – Edmund de Waal«El blanco es un modo de volver a empezar. No es cuestión de buen gusto, hacer piezas blancas nunca fue cuestión de buen gusto; hacer porcelana es una forma de volver a empezar, de encontrar tu camino, ruta y rodeo hacia ti mismo».

El británico Edmund de Waal (Nottingham, 1964), que merced a su libro La liebre con ojos de ámbar (2010) sumó el prestigio literario al de eximio ceramista -apetecido por galerías de arte y por un público fiel, en Europa como en Estados Unidos-, vuelca en este su segundo escrito su amor por el arte o artesanía de la porcelana, y lo hace de una muy personal manera, modelando una obra soberanamente libérrima en sus formas y contenidos. De Waal configura en El oro blanco una amalgama de materiales y registros de variada naturaleza, y lo hace con la soltura de quien domina el arte de la palabra: tan logrado es, en efecto, su estilo, imbuido de carácter, vivaz y un completo deleite para el lector. Más allá de que el autor cursara estudios de filología antes de derivar al arte de las arcillas, lo cierto es que cultiva una escritura inspirada y resplandeciente, notable por su plasticidad y su diáfana expresividad. Una escritura, por demás, al servicio de una propuesta literaria que en su sentido más íntimo es una pesquisa que tiene tanto de indagación histórica como de reflexión sobre sí mismo, en la medida que el hacer refleje el ser del artífice: ya desde el arranque del libro se nos revela una personalidad embebida de la pasión por su quehacer artístico, que tanto cabe calificar también como obsesión. De Waal es un enamorado de la porcelana, su andadura es la de un deslumbrado por el aura de sortilegio de este material: su proverbial ligereza y translucidez, pero muy especialmente su celebrada blancura -el blanco, símbolo y epítome de la pureza-. Como buen enamorado, dispuesto a dejarse transfigurar por el objeto de su querencia, nunca puede De Waal estar seguro del germen y condición de la misma, y comparte con Herman Melville, creador de la poderosa alegoría de la ballena blanca –ballena asesina, recordémoslo-, la mordiente incertidumbre: ¿qué hay después de todo tras esa atracción por el blanco? (“¿Qué es esto de la blancura?”, reza el epígrafe del libro: una cita de Moby Dick.) Como obseso más que como enamorado, se arroja nuestro hombre tras la pista de la porcelana, rastreando sus orígenes en China, la seducción ejercida en Europa por lo que en Alemania se dio en llamar “oro blanco” (‘Weissgold’) y los esfuerzos europeos por dilucidar los secretos de su composición y sus técnicas de fabricación.

La pesquisa del autor lo pone tras la estela de otros obsesos de la porcelana, que lo precedieron con distancia de siglos y con los que se siente en deuda. Con característico talante lírico, De Waal declara su intención de viajar a las “cuatro colinas blancas” en que se inventó o reinventó la porcelana, lo que lo lleva sucesivamente a China, Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos. El itinerario comprende lugares como Jingdezhen, París, Dresde, Albrechtsburg, Plymouth, Londres, el sur de EE.UU. y Dachau (sí, aquel Dachau, en donde Heinrich Himmler echó a andar una fábrica de porcelana que en sus delirios de grandeza racial habría de ser una empresa modélica; “¡La porcelana blanca encarna el alma alemana!”, vociferaba el primer catálogo de la fábrica, que durante la guerra no titubeó en recurrir a la explotación de mano de obra esclava). Explora De Waal los yacimientos primigenios de arcilla blanca, que surtieron de materia prima a la industria inicial de la porcelana. Recorre viejas instalaciones fabriles, adquiere cacharros y otras piezas artesanales, visita museos, hurga en vetustos archivos con ahínco de historiador, compulsa datos. Registra en su libro información técnica sobre la fabricación de porcelana, de forma amena y bien dosificada: jamás llega a lastrar la exposición con un derroche de tecnicismos ni amenaza con abrumar al público lector, en su mayoría profano en tales cuestiones. ¿Los obsesos, los predecesores a quienes De Waal debe su vocación artística y cuya pista sigue in situ? En primer lugar está François Xavier d’Entrecolles, jesuita francés llegado a China a fines del siglo XVII, autor de unas cartas en que se explaya sobre la ciudad de Jingdezhen, centro neurálgico por entonces de la industria alfarera china: ni más ni menos que la capital mundial de la porcelana. Lo siguen Ehrenfried Walther von Tschirnhaus y Johann Friedrich Böttger. El primero es un matemático con buenas conexiones en las cortes francesa y sajona, y que del estudio de la óptica y la fabricación de espejos ustorios transita a los arcanos químicos de la porcelana; el segundo, un aprendiz de boticario y alquimista con algo de tunante, treinta años menor que Tschirnhaus; trabajando en colaboración para el rey de Sajonia, en 1708 crean la primera pieza de porcelana de Occidente. Finalmente, el inglés William Cookworthy, cuáquero, boticario y traductor de Swedenborg (teólogo y polímata sueco); en sus talleres de Plymouth, emula el logro de los alemanes Tschirnhaus y Böttger con algunas décadas de rezago, inaugurando la industria inglesa de porcelana.

Abunda en las páginas de El oro blanco toda suerte de impresiones, reflexiones e imágenes sugerentes, hábilmente entrelazadas con el afán ilustrativo que subyace a la información técnica e histórica. Escribe de tal manera el oriundo de Nottingham que incluso las breves digresiones que a ratos se permite resultan pertinentes, otros tantos hilos en una urdimbre irreprochablemente armoniosa y coherente. Al menos mientras leemos, maravillados por el don de una prosa danzarina y engalanada por ocasionales referencias literarias -reveladoras de un exquisito gusto en materia de bellas letras-, nos sentimos en verdad contagiados y compenetrados del entusiasmo del autor. Comprendemos su embeleso por el blanco, nos sentimos tentados de penetrar los entresijos del mundo de la porcelana. Más que dejarnos llevar, nos sentimos enaltecidos por un idilio estético y emocional que cabe tener entre los más nobles.

¿Conquista por fin De Waal el inquietante misterio del blanco, su abstracto objeto de seducción? Él mismo deja entrever que no. Siguiendo a Melville, que invistió de blanco a su moderno Leviatán de los océanos, no puede sino convencerse de que la asociación de la blancura con ideas e imágenes de benignidad no es sino un artificio, un convencionalismo, y que lo mismo puede representar el mal o encarnar el terror. Como fuere, ¿no es consubstancial a los símbolos un cierto grado de porosidad e indeterminación conceptual?, ¿no reside en la ambigüedad y el desdoblamiento de significados una parte importante de su poder de fascinación? Más aun, ¿acaso llega alguien –llega cualquiera de nosotros- a descifrar de modo claro y distinto la raíz de su obsesión, o la índole de su pasión?

Gracias, en fin, por tan gratos momentos, Edmund de Waal.

– Edmund de Waal, El oro blanco. Historia de una obsesión. Seix Barral, Barcelona, 2016. 528 pp.

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6 Respuestas a “EL ORO BLANCO – Edmund de Waal”

  1. Derfel Dice:

    Este libro me llama muchísimo la atención, y la reseña no hace más que aumentar ese llamamiento.

    Ciertamente, los libros en los que el autor plasma sus obsesiones, y lo hace con énfasis y elegancia, me encantan, trate del tema que trate.

    Me lo apunto.

  2. Farsalia Dice:

    A la espera de leerlo aún…

  3. Ariodante Dice:

    La verdad es que lo pones de dulce, Rodrigo. Me sorprende un poco este giro en tus intereses lectores. Y me gusta, claro. En fin, lo buscaré, me parece que merece que le eche un ojo.

  4. Rodrigo Dice:

    Leo cosas bastante diversas, Ario, pasa nomás que no todo tiene cabida aquí, en la PAPRI.

    No habrá perdida, compañeros. Es un libro de veras deleitoso. Me recuerda un poco al holandés Frank Westerman, que se las arregla para atraparlo a uno en temas de interés aparentemente restringido.

  5. ARIODANTE Dice:

    Me encanta que me descubras autores que desconozco, Rodri.

  6. Rodrigo Dice:

    Con lo que lees, mucho y variado, ya es un mérito descubrirte a alguien. ;-)

    Un honor, Ario.

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