EL ORDEN DEL DÍA – Éric Vuillard

«La verdad está dispersa en toda clase de partículas».

Un grupo de encopetados individuos se reúne en secreto con Hitler, recientemente encumbrado a la cancillería de Alemania. Son veinticuatro industriales que constituyen la vanguardia de la economía nacional, hombres cuyas empresas -Krupp, Opel, Siemens, Bayer, IG Farben, Agfa, etc.- simbolizan el poderío de la tecnología y el capitalismo germanos; veinticuatro señorones, prestos todos a financiar generosamente el incipiente gobierno de los camisas pardas. Algunos años después, en el otoño de 1937, lord Halifax, lord presidente del Consejo británico y uno de los pilares de la política de apaciguamiento, disfruta de una jornada de caza en los dominios privados de Hermann Göring, cuyo extremismo -es un notorio nacionalista y antisemita y un anticomunista feroz- termina pareciéndole razonable, en absoluto contra natura ni mucho menos inmoral. Un brinco adelante en el tiempo y tenemos a Kurt von Schuschnigg, el autocrático canciller de Austria, entrevistándose con su homólogo alemán en el Berghof, la residencia alpina de Hitler; corre febrero de 1938 y más que un encuentro entre pares, la ocasión tiene el carácter de sesión informativa en que el tiranuelo austríaco, humillado y estupefacto, se entera de los preliminares de la fagocitación de su país por aquel austríaco renegado, el dictador nazi. Un mes después, Joachim von Ribbentrop, que acaba de ser elegido por Hitler para la titularidad del ministerio de Asuntos Exteriores, recibe en Londres el honor de un ágape de despedida organizado por el primer ministro Neville Chamberlain; simultáneamente, las tropas alemanas traspasan sin oposición las fronteras austríacas: es la puesta en marcha del Anschluss, el proceso de anexión que borra a Austria del mapa de los estados soberanos. Otro brinco temporal -más bien una zancada hacia atrás-, y tenemos que, en la víspera de la anexión, centenares de personas cometen suicidio, acto terminal cuyos motivos la prensa austríaca anuncia como desconocidos; en realidad, no es difícil adivinar en esos suicidios la desolación provocada por lo que era el abrupto fin de un mundo y el inicio de otro, nacido bajo los peores augurios… Episodios de esta índole, todos atingentes al ascenso del régimen nazi, son los que llaman la atención de Éric Vuillard, escritor francés que en El orden del día empalma una compacta secuencia de momentos que condensan uno de los períodos más ominosos de la historia. El fruto de su quehacer es un escrito tan inclasificable como intenso, absorbente y sumamente valioso. La edición original data de 2017. 

En un formato en extremo libre, exento de convenciones o ataduras de género, Vuillard (n. 1968, cineasta además de literato) plasma una suerte de álbum compuesto de elocuentes estampas históricas (además de alguna imaginaria). Una vez seleccionados, el autor representa los acontecimientos conforme un personalísimo estilo, desenvuelto y nada académico, inmiscuyéndose con sus comentarios en la progresión del texto (que no trama, inexistente), encuadrando los hechos con mirada crítica y no pocas veces irónica. En rigor, no responden a cabalidad estos instantes a las señas características de los “momentos estelares de la humanidad”: no se trata necesariamente de situaciones seminales o de momentos culminantes en la trayectoria de la especie; carecen además de la condición ejemplar e inspiradora de las escenas reunidas bajo el emblemático epíteto por Stefan Zweig. En algunos casos su entidad es apenas anecdótica, y no siempre cargan con un inherente dramatismo. Revestirlos con el grave empaque del drama y del simbolismo es prerrogativa del escritor, soberano en el manejo de sus materiales -y enhorabuena por esto-, pero es como nunca el juicio retrospectivo lo que faculta semejante operación. Es nuestro conocimiento del contexto y de la resonancia de los hechos, aun los anodinos, lo que nos permite administrar sus ropajes y sondear sus (eventuales) significados a la hora de representarlos, recreándolos según juzguemos conveniente: con los atavíos del drama o la tragedia, o con los de la comedia y la parodia. (Es precisamente en clave de sátira que procede en el libro el segmento concerniente a la invasión de Austria, maniobra que debía impresionar al mundo merced al avance de la maquinaria de guerra alemana pero que en realidad estuvo plagada de contratiempos, discurriendo con suma torpeza. El mismo vehículo que transportaba a Hitler sufrió una avería en plena carretera. Un fiasco en toda regla.)

Es en relación con el telón de fondo que un suceso sin importancia aparente se nos revela preñado de sentido, incluso paradigmático. Y no hace falta recordar que el contexto del libro en comento, los años de forja y consolidación del régimen hitleriano, fue en sí mismo significativo, ¡qué digo!, rebosante de peligros y de una enormidad sin parangón: ni más ni menos que el camino de la guerra y de los crímenes en masa perpetrados por el nazismo. «La verdad está dispersa en toda clase de partículas», observa Vuillard. Partículas de la historia son, en efecto, las que captura y reproduce en su escrito. La dificultad reside en apropiarse de ellas de la manera adecuada, enfocándolas e iluminándolas de tal guisa que les permita aflorar en plenitud su sentido, por cifrado que esté, o bien adjudicarles uno en clave metafórica. Mérito de Vuillard es superar exitosamente el desafío.

Véase por ejemplo el caso del corto pero enjundioso fragmento en que nuestro autor pone en escena a Günther Anders, uno de los más ilustres exiliados de la Europa nazificada. Tenemos ahí representado al pensador judeo-polaco, ex marido de Hannah Arendt, sobreviviendo en California como utilero vestuarista a fines de los años treinta, justo cuando la inminencia de la guerra pende sobre el Viejo Mundo. Incrustada esta especie de miniatura -en verdad una partícula- entre acontecimientos descomunales que afectan a multitudes, no parece sino una simple nimiedad; algo así como un desvío o digresión, considerada la ilación del texto; quizá un pormenor disonante. Sin embargo, la pespectiva histórica y el buen hacer literario de Vuillard confieren una particular dignidad al episodio, tan humilde en principio. Y es que el propio Anders (nacido Günther Stern) dejó constancia en su diario personal de la sorprendente diligencia de los amos del espectáculo hollywoodense, que ya habían hecho acopio de uniformes militares alemanes -probablemente copias, pero tanto daba- en previsión de las películas que con seguridad habrían de rodarse. Aun antes de desatada la catástrofe europea, Hollywood se apresuraba a convertirla en negocio. Pero había más. Aquellos uniformes feldgrau (“gris de campaña”, el color estándar del ejército alemán) colgaban en medio de una infinidad de atuendos de época (trajes egipcios, griegos, romanos, medievales, etc.), todo ello meros disfraces, vestuario de pacotilla utilizado en las producciones cinematográficas estadounidenses. Esta minúscula circunstancia nos hace el efecto de una potente alegoría de la condición humana, histórica por naturaleza: los imperios fenecen, al apogeo de las naciones sucede su inevitable decadencia, la gloria de los pueblos y los oropeles de la fama son de suyo perecederos, nada -en fin- escapa a la voracidad del tiempo. Los uniformes alemanes, esos atavíos que pronto esparcirán el terror por el continente europeo y que Anders -paradoja de paradojas- resguarda virtualmente en los almacenes de Hollywood, también ellos padecerán el destino de todo lo humano, de todo cuanto configura el atrezzo de la historia: también ese feldgrau irá a parar al sumidero de lo pretérito y lo caduco, reducido a disfraz o a ruin despojo -en ocasiones caricaturizado, las más de las veces evocado como una siniestra pesadilla.

No, los cielos no se oscurecieron, pero qué duda cabe: aquellos doce años del Reich hitleriano inscribieron una dolorosa marca de fuego en la memoria del género humano. El ejercicio de rastrear la senda que condujo a aquel epítome del mal redobla nuestro pesar, pues nos obliga a tomar nota de las circunstancias -tantas veces banales- que contribuyeron con un granito de arena al malhadado sendero. Cobramos conciencia de las pequeñas y grandes flaquezas que obran a favor de la tiranía y la infamia: las complicidades, la indiferencia, las aquiescencias -de buenas a primeras inofensivas-, las claudicaciones morales -menudas pero recurrentes, tantas veces-. Abjuramos (¿lo hacemos?) de la miopía y la disposición a dejarse embaucar, sobre todo en aquellos, líderes de opinión y gobernantes, en quienes menos debieran influir la estrechez de miras y la falta de perspicacia, la irresolución y la cortedad de ánimo. (De los capitanes de industria y señores de las finanzas no cabe esperar tanto.) Estas y otras cuestiones -siempre urgentes, nunca inactuales- son las que plantea El orden del día, induciéndonos a reflexionar sobre ellas.

¿Novela, crónica, ensayo? ¿Escrito? Da igual. Lo que cuenta es que Vuillard ha creado con encomiable oficio una obra asaz incitante, cuajada de lucidez y dotada de profunda inspiración moral.

– Éric Vuillard, El orden del día.Tusquets, Barcelona, 2018. 144 pp.

     

12 comentarios en “EL ORDEN DEL DÍA – Éric Vuillard

  1. Iñigo dice:

    Me he hecho con él recientemente. Lectura segura para 2019. Ganicas.

  2. Rodrigo dice:

    El libro compensa holgadamente esas ganas, Iñigo. Ya verás.

    Me ha llamado la atención el que se lo destaque insistemente en la prensa y páginas web como una novela sobre los empresarios que contribuyeron a financiar el Tercer Reich, siendo que este asunto es apenas uno de los varios que constan en el libro. Como señalo en la reseña, El orden del día está hecho de episodios muy puntuales, separados en el tiempo y de escenografía harto variada. Cierto que el fragmento referido a la reunión de Hitler con los empresarios es el que sirve de apertura al libro, pero a él lo suceden otros, no menos cargados de significación.

    Rafael Narbona, en su reseña de Revista de Libros (aparecida ayer, mucho más extensa y excelente como siempre), opta por hacer hincapié en ese fragmento inicial, y está muy bien. A su favor cuenta además el que sí informa del carácter variado del libro, aunque sea de modo implícito.

  3. Iñigo dice:

    Tomo nota. Gracias y enhorabuena.

  4. Toni dice:

    Hola rodrigo. Recuerdo esta lectura como muy amena e interesante. Como siempre tus reseñas tocan los puntos clave.

  5. Rodrigo dice:

    No sabes lo mucho que me reconforta tu aseveración. De veras.

    Mil gracias, Toni.

  6. buen libro justo lo termine , gracias

  7. Iñigo dice:

    Buena narrativa, ágil y valiente, pero en la cuestión de fondo histórico no me ha gustado en exceso… No he conseguido empatizar con el modo con el que realiza su crónica histórica de la cuestión austricaca en los años treinta… No sabría decirte porqué, pero me ha dado cierta impresión de ligereza, de chauvinismo intencionado… No lo veo claro. Tendrá que releerla con más calma.

  8. Rodrigo dice:

    Lo del chauvinismo no lo veo por ninguna parte, estimado Iñigo. En cuanto a ligereza, no sé, tal vez es que Vuillard no ha requerido recargar las tintas pero no percibo ligereza en el episodio del Berghof, o en la parte de los suicidios… Cuestión de percepción, quizás.

  9. Iñigo dice:

    A mí me da la impresión de que resulta crítico con los británicos y Chamberlain pero no recuerdo que trate de la misma manera y dureza a los franceses, como espectadores de las actividades alemanas en Austria. Por lo demás su crítica a la política nazi sobre Alemania y Austria olvida de alguna manera la dura crisis que estos países soportaron en el periodo de entre guerras y la debilidad meridiana que presentaban frente al empuje del nazismo. Creo que la historia hay que visualizarla desde otro punto de vista, y en este caso Vuillard carga las tintas en unos hechos ciertos, pero menospreciando, o por lo menos desvinculando dicha situación de la realidad social y económica de aquellos países, propensos a salir de una grave crisis de la mano de la peor opción, el nazismo. ¿se puede criticar el apoyo de los grandes empresarios e industriales al nazismo en su periodo más primigenio, cuando el país estaba ahogado en las ruina económica y social? Y cuidado, que igual me estoy metiendo en un jardín. Ya te digo que quizás no he vislumbrado el sentido de la obra, de ahí el comentario de que a lo mejor debería leerlo de nuevo… Ahora me entra la duda…

  10. Rodrigo dice:

    Desde luego, Iñigo, el prisma que confiere sentido a la obra es menos político que moral, y no tiene mucho sentido evaluarla como evaluaríamos un libro de historia. La pertinecia de ambas consideraciones salta a la vista cuando sopesamos fragmentos como el del industrial Krupp, netamente ficticio, o el de Günther Anders, de relevancia histórica casi nula pero altísima desde el punto de vista ético. Y sí, es cierto que ni siquiera su calidad de ficción literaria -en vez de historiográfica- exime a la novela de evitar los juicios anacrónicos o sesgados, pero tampoco es que el deber de comprender un fenómeno histórico conforme ciertos parámetros irrenunciables implique una paralización o neutralización del juicio crítico. (Aludo en el fondo al famoso “Comprenderlo todo es justificarlo todo”.) Una de las mayores lecciones que extraemos del espantoso episodio nazi es que nada, ni siquiera una crisis socio-económica de proporciones, justifica ninguna abdicación cívica, política o moral, y nada nos excusa de ejercer nuestros deberes y derechos ciudadanos de manera responsable. Por demás, solo una mirada fatalista puede hacernos creer que para cada situación de extremo apremio o necesidad solo hay una salida posible. Es cierto que en la reseña he insinuado mi escepticismo acerca del sentido ético de quienes ostentan el poder económico, pero creo que nada atenúa el mal papel de los potentados alemanes del capital. El camino entero de los nazis hacia el poder es una de las más decidoras advertencias de la historia.

    A propósito se esto, resulta pertinente el cierre que Peter Hayes da a un estupendo libro suyo, Las razones del mal (editado por Crítica en 2018). A modo de advertencia justamente, Hayes reproduce una especie de viñeta aleccionadora:

    «Quizá ningún otro suceso histórico, por lo tanto, confirma mejor [que el Holocausto] la dificilísima advertencia recogida por un proverbio alemán que condensa el sentido que confío en que los lectores extraerán de este libro: Wehret den Anfängen (“¡No lo dejéis crecer!”).

    Este proverbio me viene a la cabeza cada vez que me preguntan, en un foro público, cuándo y cómo creo que se podría haber impedido o parado el Holocausto. Respondo con una fecha y un lugar exactos: del 1 al 5 de abril de 1933, en Berlín. Como es bien sabido, el 1 de abril se produjo el boicot nazi a las tiendas alemanas que eran propiedad de judíos. Pero ese mismo día sucedió también otra cosa: una compañía de camisas pardas ocupó las oficinas de la Asociación Nacional de la Industria Alemana, dirigida por Gustav Krupp von Bohlen und Halbach, que también presidía la empresa acerera y de armamento Krupp. Los matones nazis dejaron claro que no se moverían de allí, y sabotearían la labor de la asociación, hasta que esta despidiera a todos los empleados judíos o afiliados a otros partidos políticos. Cuando Krupp —que era una figura muy destacada y poderosa— intentó convencer a Hitler de que llamara a los perros, el Führer nazi se negó, alegando que no podía contener el entusiasmo de aquellos que, durante el proceso de ascenso al poder, habían estado a su lado en las duras y en las maduras. Krupp acabó cediendo y, el 5 de abril, despidió a todos aquellos que no contaban con la aprobación de los nazis, rompiendo el contrato suscrito con cada uno de ellos.

    Uno de los miembros de la junta directiva de la Asociación de la Industria —un hombre llamado Georg von Müller-Oerlinghausen— escribió una protesta profética que envió a Krupp ocho días después. En ella reprochaba al presidente que se había rendido ante el acoso y en adelante la asociación tendría que ceder ante cualquier exigencia de los nazis. Si los industriales alemanes no defendían los derechos legales contractuales de su propio personal —planteó Müller- Oerlinghausen—, ¿a quién defenderían y con qué razones? Este empresario estaba en lo cierto y, cuanto más poder adquirieron los nazis, más irreversiblemente acertadas fueron sus palabras.

    No lo dejéis crecer.»

  11. Iñigo dice:

    Absolutamente de acuerdo, quizás no he sabido interpretar el librito de Vuillard, más allá de todo el fondo histórico irrefutable, tal como comentas… O es que simplemente es un problema de gusto narrativo, en este caso, de falta de empatía con un texto que, insisto, no me ha gustado… te agradezco profundamente tu explicación, compañero.

  12. Rodrigo dice:

    Y bueno, estimado, solemos coincidir en materia de gustos literarios, alguna vez tenía que caer la excepción.

    Saludos.

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