EL MIEDO Y LA LIBERTAD – Keith Lowe

EL MIEDO Y LA LIBERTAD – Keith LoweAunque el término de la Segunda Guerra Mundial no supuso para todos los pueblos el cese de las atrocidades y el inicio de un proceso de normalización y convivencia pacífica (véase nada más el funesto panorama europeo pintado por Keith Lowe en Continente salvaje), sí puso a una gran parte de la humanidad en un umbral de expectativas inconmensurables, proporcionales a la hecatombe desatada en 1939. A raíz de la devastación de vidas, bienes e infraestructuras en magnitudes nunca vistas hasta entonces, el mundo podía creer que la locura de los hombres había tocado fondo, y que las condiciones que los habían abocado a una lucha implacable de todos contra todos debían haber quedado periclitadas, erigiéndose el deseo de un “Nunca más” en supremo desideratum y divisa universal: un lema bajo cuya inspiración la humanidad habría de conjurar los demonios que habían hecho presa de ella en los anteriores treinta años. Entregadas a la urgente reconstrucción de un mundo en ruinas, gentes de todas las latitudes –no sólo en Alemania- se ilusionaban con la imagen de una realidad en situación de tabula rasa u “Hora cero” desde la que podrían acordar la escritura de la historia en curso, exentas por fin de los lastres ideológicos y estructurales que habían arrastrado a las naciones a su perdición. Los imperios sucumbían, y los que no caían de inmediato parecían tener las horas contadas; factores como el nacionalismo, el expansionismo, el despotismo y el racismo habían mostrado su cara más repulsiva, quedando expuestos como fuerzas depredadoras de las que no cabía sino abominar frontalmente; la democracia, la equidad y la autonomía de los pueblos despuntaban más que nunca como principios irrenunciables, y sus posibilidades aumentaban conforme proliferaban los movimientos libertarios a lo largo y ancho del orbe; al alero de las potencias vencedoras, los estados se mostraban dispuestos a asociarse y coordinar esfuerzos en pos de la paz, la justicia y el bienestar mundiales, objetivos motrices de la incipiente Organización de Naciones Unidas; sobre los viejos valores y las fuentes tradicionales de poder y de prestigio arreciaba por doquier el descrédito. No por nada, la libertad asomaba como una de las fuerzas preponderantes en lo que había de ser la forja de un nuevo orden planetario. El optimismo de cara al futuro parecía tener buen pie, pero lo mismo cabía decir de su contraparte: junto a la esperanza cundía también el miedo, miedo y ansiedad apenas disimulados y no carentes de justificación.

1945 suponía para el mundo no sólo un umbral de nobles aspiraciones, una promesa de redención de la trayectoria humana completa; suponía también el umbral de una nueva y ominosa era: la era atómica, que Hiroshima y Nagasaki anunciaban como una época supeditada a la amenaza de una destrucción total, genuinamente apocalíptica. La escalada de lo que pronto daría en llamarse “Guerra fría” no haría sino consolidar el temor a que los líderes de las superpotencias acabaran por dirimir su confrontación presionando el botón rojo, de resultas de lo cual los supervivientes –los pocos que quedaren del holocausto nuclear- retrocederían a una segunda edad cavernaria. El solo hecho de la escisión del mundo de posguerra en dos grandes bloques ideológicos implicaba la abrupta frustración de las expectativas de armonía y entendimiento globales, alimentadas en su día por la derrota de las potencias del Eje. El colapso del totalitarismo de signo fascista dejó vía libre al totalitarismo comunista en amplias extensiones de Europa y otros continentes, mientras que las que presumían de potencias liberales no siempre se comportaron a la altura de sus alardeadas virtudes. Algunas de ellas se obstinaron en vender cara su postergación en el concierto de las grandes potencias (el caso de Francia sobre todo, aunque también el Reino Unido dio coletazos de imperio en decadencia), en tanto que la emergente hegemonía estadounidense abultó un negro historial de intervencionismo ejerciéndolo en los más diversos confines tercermundistas. El telón de acero, el secuestro de Europa del este por la URSS, la proclamación de la “doctrina Truman”, la fundación de la OTAN y del Pacto de Varsovia, el triunfo de Mao Zedong en China, la guerra de Corea, el incremento del arsenal atómico de las dos superpotencias, la multiplicación de conflictos locales en Asia, África y Latinoamérica (materialización en buena medida de una “guerra por poderes”, animada más o menos clandestinamente por las superpotencias): antes de transcurridas dos décadas desde el fin de la SGM, las señales que el orbe mostraba bastaban para confirmar la mayoría de los temores de 1945. Temores como los que expresó el primer ministro indio Jawaharlal Nehru en 1949, cuando señalaba que “Todos los bandos declaran que ésta es la última guerra, que ahora toca luchar por la democracia y todo lo demás. La guerra concluye, pero los conflictos persisten y vuelve a iniciarse la misma preparación para el enfrentamiento. Y entonces estalla otra guerra”. Los belicistas y los instigadores de la discordia podían antojarse para muchos una especie en extinción, pero algo fallaba en la naturaleza humana, de tal suerte que de nuevo se veía impelida a los eternos arrebatos y a los tropiezos de siempre, empujada una vez más al borde del abismo.

Miedo y libertad, pues: no los únicos pero sí preeminentes entre los factores que movieron al mundo después de la SGM. De modo congruente, operan ambos como los ejes temáticos del nuevo libro de Keith Lowe, urdido de punta a cabo sobre la idea de la remodelación del orbe, en el plano de lo material como en el de lo moral y lo ideológico, a partir de los estragos causados por la conflagración de 1939-1945. El historiador británico cubre en su estudio una amplia gama de las vertientes involucradas en la configuración del mundo durante la posguerra, corroborando paso a paso –capítulo tras capítulo- que la conceptualización de la Segunda Guerra Mundial como gran cesura histórica o punto de inflexión en el devenir de la época contemporánea no es en absoluto baladí: tanto la realidad posterior al conflicto como los mitos, creencias e imaginarios que desde entonces poblaran la mentalidad de los hombres y las sociedades son deudores del terrible acontecimiento. Lowe concede al elemento testimonial un rol neurálgico en la estructura del libro: sus 25 capítulos se hilvanan en torno a sendas historias personales, 25 testimonios de vida seleccionados por el grado -fidedigno y dramático- en que representan las repercusiones de la guerra y los trastornos con frecuencia traumáticos que se verificaron en sus respectivos entornos desde que un enorme proceso de reordenamiento se pusiera en marcha, después de concluir la contienda. La lógica subyacente a este procedimiento apunta a la interacción de lo particular y lo general, esto es, el entrelazamiento de las narrativas personales con la gran narrativa universal, tanto más acusado –y relevante desde el punto de vista heurístico- cuanto más sentido cobraba la idea de la globalización. La muestra de individuos abarca a todos los continentes aunque hay una especial preferencia por los testimonios de ciudadanos estadounidenses: deriva que el autor justifica por el indiscutible protagonismo de los EE.UU. en lo que, no por casualidad, recibió el nombre de “siglo americano”. Algunos de los que sirven como testigos fueron entrevistados por el autor, otros dejaron testimonio de su experiencia vital en memorias, autobiografías y entrevistas otorgadas a la prensa escrita. Algunos son personalidades notorias: el caso del historiador Otto Dov Kulka y del novelista Aharon Appelfeld (recientemente fallecido), ambos israelíes y supervivientes del Holocausto; el del médico japonés Nagai Takashi, autor de una autobiografía que se alzó como uno de los primeros testimonios publicados sobre la destrucción de Nagasaki; el del soviético Andréi Sájarov, célebre físico nuclear y activista disidente, galardonado con el Premio Nobel de la Paz; o el de Chittaprosad Bhattacharya, artista gráfico indio que registró en su obra –de pronunciada connotación social y política- la lacerante realidad de su país, partiendo por la calamitosa hambruna de Bengala en 1943.

Indicios de cambio, discursos e imaginarios circulantes, fluctuaciones de ánimo, atmósfera moral y espiritual, puntos de vista acerca de un presente sometido a constante tensión: estos son algunos de los elementos que mejor captura la indagación de Lowe, todos ellos funcionales al propósito de plasmar una vista panorámica de un mundo en transformación. A través de ellos percibimos varios de los lineamientos políticos, económicos y sociales que estructuraron la realidad internacional, con secuelas que perduran hasta el día de hoy. Según lo constatado por el autor, el paradigma del cambio para mejor no pudo prescindir de un imaginario surcado de héroes y villanos monstruosos, cuya manifestación primaria se nutrió de la convicción de haber librado, la coalición angloestadounidense, una guerra buena y necesaria, la guerra justa por antonomasia. Desde entonces, estadounidenses y británicos evocan el heroísmo y la presunta ejemplaridad de sus soldados y, lo que es más decisivo, revisten sus causas bélicas de un halo moral que en el caso estadounidense se tiñe de mesianismo, útil a su papel de “policía del mundo”. La característica propensión estadounidense a moralizar y sacralizar el discurso político se fortaleció a raíz de su desempeño en la SGM como “fuerza del bien”, y desde entonces nos es familiar el lenguaje de un país que se autorepresenta como “faro de libertad” y “guardián de la democracia”, embarcado recurrentemente en “cruzadas” contra los agentes del mal (lo encarne el “imperio del Mal”, el “eje del Mal”, el terrorismo islamista o cualquiera sea el enemigo de turno). El problema de la idealización de los héroes –quintaesencia de lo mejor del “Nosotros”- es que conlleva la demonización de los adversarios, unos “Otros” a los que se degrada deshumanizándolos: estandarizados como monstruos o seres infrahumanos –entidades de una sola pieza, indistinguibles entre sí e invariablemente perversas e irredimibles-, resulta fácil convertirlos en objeto de desprecio o de odio destructivo. Lo cierto es que la práctica de la estigmatización mediante estereotipos no es la más favorable a la comprensión de la realidad; salvo en el terreno propagandístico, no se gana mucho con caracterizar a los villanos del momento (un Saddam Hussein, un Slobodan Mirosevic, un Osama Bin Laden o un Vladimir Putin) como “reencarnaciones de Hitler” y “epítomes del mal”. Por otro lado, aún hoy tanto los estadounidenses como los británicos suelen ser reticentes a admitir que el comportamiento de sus combatientes y de sus líderes en la SGM no fue todo lo altruista e intachable que quisieran. La representación esquemática del mentado conflicto como una batalla épica entre el Bien y el Mal absolutos ha demostrado ser uno de los mitos más persistentes, entre otras cosas porque permite deslindar responsabilidades en la perpetración de atrocidades y atribuirlas en exclusivo al bando contrario.

El catálogo de proezas logradas por la ciencia y la técnica alimentó uno de los capítulos del gran relato del heroísmo. Aunque el contexto de la guerra dio ejemplos tan espantables como los de Josef Mengele y los médicos japoneses que ensayaban procedimientos quirúrgicos con prisioneros chinos –o el desarrollo de armas de alta tecnología como las bombas volantes alemanas, por no hablar de la bomba atómica-, el énfasis de la posguerra estuvo puesto en la ciencia y en la ingeniería como generadoras de un mundo nuevo de ilimitadas posibilidades. Los espectaculares avances en áreas como la aeronáutica, la informática y la medicina fueron un espaldarazo a la ilusión de un futuro cercano hecho de abundancia y prosperidad para todos. Pero también lo fue para el paradigma de la planificación estatal, que dio impulso a los progresos científicos y tecnológicos obtenidos en tiempo de guerra. Por de pronto, vastos programas de urbanización y vivienda social fueron implementados en las décadas que siguieron a la guerra, muchos de los cuales acabaron en conjuntos residenciales disfuncionales, tan alienantes como horripilantes; otros en cambio –el caso de varios proyectos escandinavos- resisten bien la crítica estética y la socioeconómica. El decidido protagonismo ejercido por los gobiernos en materia de urbanismo, una función avalada por ciertas corrientes arquitectónicas que vieron en la necesidad de reconstruir las ciudades arrasadas por la guerra la ocasión de materializar sus utópicos proyectos, es ilustrativo del auge alcanzado por la idea de la planificación central. Por supuesto, este auge no careció de opositores, antes al contrario. La escuela liberal tuvo en Friedrich Hayek un resuelto adalid de la crítica del intervencionismo estatal en materias económicas y sociales, mientras que la Sociedad Mont Pelerin (de la que Hayek fue uno de los fundadores) aglutinó a una serie de ilustres defensores del individualismo y la economía de libre mercado. El sonado fracaso de muchos de los proyectos de urbanización, acentuado ya en los años 60, fue apenas uno de los factores que concurrieron en el desprestigio creciente de la planificación estatal, que en los 80 se vio desbancada por la desregulación económica en casi todo el hemisferio occidental.

Entre las aristas acuciantes de la visión de conjunto plasmada por Lowe asoma la tensión entre la pulsión de pertenencia y la de emancipación, calificada por el autor como «uno de los dilemas filosóficos más apremiantes del período de posguerra». Es una disyuntiva que atañe al sempiterno problema de la identidad, y que involucró a un copioso muestrario de colectivos subyugados a convencionalismos y prácticas discriminatorias de muy añeja data: mujeres, homosexuales, los pueblos coloniales, las minorías étnicas, los pobres, todos constitutivos de una “alteridad” históricamente relegada a lugares marginales y subalternos en el entramado social o en las relaciones internacionales. Liberarse no era sencillo, no solo porque los prejuicios dominantes y las estructuras tradicionales de poder ofrecerían una enconada resistencia. Cabía aspirar a la igualdad, afín en principio al ideal de la universalidad, tan celebrado desde la derrota de las fuerzas que en la SGM simbolizaran el particularismo agresivo, pero la igualdad tendía a confundirse con la asimilación; el ejemplo extremo de los judíos alemanes y austríacos, muchos de ellos perfectamente asimilados a sus respectivas sociedades, mostraba que no bastaban generaciones sucesivas de integración cultural para contrarrestar las manifestaciones más nocivas de discriminación ideológica. ¿Debían interiorizarse los negros estadounidenses de todas las particularidades de la identidad blanca?; ¿debían las minorías religiosas renegar de la fe de sus ancestros y adoptar la de la mayoría? ¿No aprovecharía mejor a las minorías y los colectivos oprimidos el hacer de la alteridad un principio activo, enalteciendo la singularidad y remarcando la diferencia con las identidades hegemónicas? Acaso asemeje esta una opción atractiva, pero tiene el inconveniente de reforzar los prejuicios y de volver a las minorías unos cómplices de la discriminación, además de fomentar la segregación y la fragmentación social: parece la receta segura para hacer de las sociedades genuinos polvorines, prestos a estallar en cualquier momento. Erich Fromm fue uno de los que reconocieron la importancia de la disyuntiva entre libertad y pertenencia. En su famoso ensayo El miedo a la libertad (1942) reflexiona sobre el abrumador desafío que supone para la condición humana la libertad, tan exigente que muchos prefieren acogerse a ideologías y organizaciones que consagran la devoción a causas colectivas, delegando el ejercicio de la responsabilidad en quienes ostentan el liderazgo; claudicar de la autonomía personal en aras de la lealtad y la cohesión comunitarias –especialmente en tiempos de crisis- es entonces interpretado como un mal menor, un costo aceptable para aquellos que ven en la exclusión, la incertidumbre y la inseguridad un peligro terminal. Que esto fuera sintomático de la Alemania que entregó el poder a los nazis (tesis principal de Fromm) no lo hace menos pertinente para otras sociedades y otras épocas.

En conjunto, estamos ante una obra de profundo calado y sobrado interés, complementaria en más de un sentido del estremecedor cuadro ofrecido por el autor en su aclamado Continente salvaje. A modo de cierre, valga una de las conclusiones extraídas por Lowe: «La Segunda Guerra Mundial no sólo cambió nuestro mundo, sino que nos cambió a nosotros. Nos enfrentó cara a cara con algunos de nuestros peores temores y nos traumatizó de modos que aún no hemos aceptado plenamente; de hecho, algunas zonas del planeta jamás se han recuperado de la experiencia. No obstante, también nos inspiró y nos enseñó el verdadero valor de la libertad, no sólo de la libertad política y nacional y la libertad de culto y de creencias, sino también de la libertad personal y de las impresionantes responsabilidades que impone al individuo».

– Keith Lowe, El miedo y la libertad. Cómo nos cambió la Segunda Guerra Mundial. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. 640 pp.

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3 comentarios en “EL MIEDO Y LA LIBERTAD – Keith Lowe

  1. Derfel dice:

    Uno de mis objetivos futuros y ahora, sin duda, con más motivo…

    La reseña, en la línea de excelencia acostumbrada.

  2. atenea dice:

    Excelente reseña Rodrigo. Si es la mitad de bueno que “Continente salvaje” ya me doy por satisfecha. A la pila va.

  3. Rodrigo dice:

    Muchísimas gracias a ambos.

    Disculpen la tardanza, es que mi madre ha estado muy complicada de salud y esto ha acaparado mi atención.

    Un abrazo a todos.

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