EL HOMBRE, UN LOBO PARA EL HOMBRE – Janusz Bardach y Kathleen Gleeson

el-hombre-un-lobo-para-el-hombre-janusz-bardach-primo-levi-D_NQ_NP_4847-MLA3922935298_032013-F«Naturalmente, no perdíamos la esperanza de que lo que vivíamos algún día se contara: tarde o temprano se acaba explicando toda la verdad sobre todos los acontecimientos de la historia». Alexander Solzhenitzyn

Habida cuenta de la sórdida fisonomía del siglo XX, al que con sobrado fundamento –y perfecta naturalidad- solemos conocer como la “era de extremos”, el corpus bibliográfico constituido por narraciones testimoniales o denunciatorias vertebradas por la experiencia traumática de los campos de concentración -la literatura concentracionaria, por mejor nombre- es una genuina especialidad de la época, un signo distintivo de la pasada centuria, con la impronta de otra de sus mayores características: los regímenes totalitarios. No es descabellado considerar a esta especie literaria como un género por sí mismo, o cuanto menos un subgénero, poblado como todos los géneros y subgéneros librescos por especímenes de muy diversa entidad. Disputándose los fueros -colindantes mas no idénticos- de la veracidad y de la verosimilitud, los hay que combinan ficción y realidad en distintas proporciones, y los que reclaman para sí el reconocimiento debido a la estricta verdad. Los hay también de notable nivel estilístico y los que se decantan preferentemente por la fuerza emocional; los mejores, sin duda, materializan una armoniosa simbiosis entre ambas facetas. Por méritos intrínsecos y por el impacto logrado, por su capacidad de perdurar y de inscribirse entre los hitos editoriales del siglo, Si esto es un hombre (Primo Levi) y Archipiélago Gulag (Alexander Solzhenitsyn) asoman quizá como las manifestaciones cimeras de la literatura concentracionaria, y el que así ocurra parece una muy contundente corroboración de la índole variopinta del género, un homenaje a su diversidad: se trata, en efecto, de obras notoriamente disímiles, y no sólo por extensión (concisa en un caso, monumental en el otro). También es una circunstancia decidora el que conciernan a los dos regímenes modélicos del totalitarismo, el nazi y el soviético (los más rigurosamente orwellianos, según los calificara en su momento François Furet). Pero hay otros títulos de verdad eminentes, decisivos por su poder acusatorio y por su profundo calado moral, libros que confieren espesor y significado no sólo a la conciencia histórica sino a la comprensión integral de la naturaleza humana, indisoluble por demás de la historicidad. No irá desencaminado quien tenga las memorias de Janusz Bardach, El hombre, un lobo para el hombre, por uno de esos libros.

Janusz Bardach (Odessa, 1919 – Iowa City, 2002), ciudadano polaco de prosapia judía, residía en la ciudad de Volodímir-Volinski (Polonia oriental) cuando la tormenta se desató sobre su país, el fatídico septiembre de 1939. Aunque había tenido ocasión de probar los sinsabores del arraigado antisemitismo polaco; aunque estaba vinculado a la Unión Soviética por su nacimiento –el ruso era su idioma materno- y por una nutrida parentela soviética (la suya era una familia de médicos con un enorme prestigio académico y profesional, tanto en Odessa como en Moscú), la lealtad del joven Bardach estaba con Polonia. Pero era una lealtad no correspondida por la patria: la universidad había vetado recientemente su ingreso, por ser judío, y luego, arreciando la agresión alemana, el ejército hizo befa de su intención de incorporarse a filas. Una vez borrada Polonia del mapa y sometida Volodímir-Volinski a la jurisdicción soviética, Janusz procuró adaptarse a las circunstancias, cosa a que lo predisponían su sincera simpatía por el ideario comunista y su familiaridad con la URSS. La Operación Barbarroja lo revistió con el uniforme del Ejército Rojo, el de tanquista por más señas, pero la fatalidad estaba decidida a cebarse en él: una mala maniobra lo hizo volcar accidentalmente el T-34 que conducía durante el vadeo de un río, por lo que fue hallado culpable de sabotaje y traición. Convertido así en un zek, su destino fue el peor de los imaginables: Kolimá, infierno helado de cuyos implacables rigores sabemos por testimonios como los recogidos por Solzhenitzyn en su obra capital, o aquellos otros no menos espeluznantes que consumaran Evguenia Ginzburg (El vértigo) y Varlam Shalámov (Relatos de Kolimá).

Es difícil saber si Bardach se ahorra algo en su descripción del tormento padecido en sus alrededor de cuatro años de cautividad, o el de otras víctimas de la iniquidad estalinista. Lo que sí sabemos es que la magnitud de esta iniquidad es sólo parangonable con la institucionalizada por otros sistemas totalitarios, y que los horrores registrados por el autor debieran servir de disuasión y advertencia respecto de las quimeras revolucionarias, germen del totalitarismo. Lejos de ser un fenómeno marginal o tangencial, los campos de concentración son la quintaesencia del terror político, y este a su vez es el instrumento natural del despotismo totalitaritario. François Furet lo consignó en letras de molde: “No se trata de un medio circunstancial –el terror-, como sucede en la tiranía, sino de un aparato esencial, total, que abarca el dominio entero de las leyes políticas y de las leyes civiles en las que la historia no repara en su marcha hacia el hombre nuevo [desideratum insigne de la utopía revolucionaria]. (…) Empeñado en conjurar la división del cuerpo social, y dispuesto a abolir incluso el espacio de la vida privada que separa a los individuos, el terror se ejerce en nombre de todos, por todos y sobre todos: es la única fuerza de la Ley en ese mundo sin leyes. Los campos de concentración ponen al descubierto la esencia del totalitarismo” (cfr. F. Furet, El pasado de una ilusión). Bardach lo confirma señalando que la perpetuación del terror y la paranoia “era el principal modo que tenía Stalin de mantener a los ciudadanos bajo control”. Como es natural, el Gulag hizo de él un desengañado de la quimera comunista. Con toda una vida a cuestas, fue en su ancianidad que se decidió a dejar memoria de su experiencia concentracionaria, para lo cual contó con la colaboración de la escritora estadounidense Kathleen Gleeson. La publicación original de El hombre, un lobo para el hombre data de 1998.

Experiencia, la de Bardach, que ya en sus preámbulos dio señales de una crudelísima rotundidad. Una tentativa de fuga desde el ferrocarril que lo trasladaba de una estación del Gulag a otra acabó para el frustrado combatiente en una serie de palizas; los celadores del NKVD hicieron gala de una saña casi inenarrable, resueltos como estaban a servirse de Bardach como escarmiento para los demás reos. Reducido a despojo sanguinolento y apenas capaz de respirar, el joven soportó de tal suerte el primero de muchos episodios que lo desengañarían de la condición humana en general, que sin necesidad de demasiados estímulos puede no ya frisar sino incurrir en una ferocidad supuestamente lupina. Homo homini lupus. Varios de los pasajes que componen el calvario del narrador –y el de otros reclusos- son un verdadero desafío a los redaños del lector, en particular aquel que muestra una violación masiva perpetrada a bordo de un buque por una banda de urki –los atroces delincuentes tatuados que con su salvajismo irrefrenable llegan a desmentir todos los supuestos sobre la bondad natural de la especie humana-. Afortunadamente, no es el libro una retahíla interminable de sevicias y violencias sin cuento, ni es todo él una imagen absolutamente negativa del ser humano. La etapa final del confinamiento siberiano de Bardach fue mucho menos brutal, cosa que se refleja de manera drástica en la –hasta entonces- pavorosa intensidad de la narración. Nuestro hombre se las compuso de tal manera que logró hacerse con un puesto de asistente médico en un hospital para reclusos, y desde entonces su salud y sus expectativas de supervivencia mejoraron dramáticamente. Trabó amistad con personas afectuosas y civilizadas; recuperó el sencillo placer de dormir en una cama provista de frazadas y sábanas limpias. Es cierto que rozó la muerte por causa de una infección, pero los malos tratos, el hambre enloquecedora y el trabajo de esclavos realizado a la intemperie –la intemperie siberiana, ya se sabe- quedaron atrás. Sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, los esfuerzos de su hermano mayor (abogado y oficial del ejército polaco, único superviviente de la rama polaca de la familia, exterminada por los alemanes) le valieron una liberación anticipada.

Denuncia tan estremecedora como las que jalonan las etapas tempranas de la literatura concentracionaria, el testimonio de Janusz Bardach es sin duda uno de sus capítulos insoslayables.

- Janusz Bardach y Kathleen Gleeson, El hombre, un lobo para el hombre. Libros del Asteroide, Barcelona, 2009. 478 pp.

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4 Respuestas a “EL HOMBRE, UN LOBO PARA EL HOMBRE – Janusz Bardach y Kathleen Gleeson”

  1. Derfel Dice:

    Este es uno de los libros que la próxima vez que me tope con él, me lo compro.

    Lo tenía localizado en una librería de lance -una edición en excelente estado y precio más que razonable- pero alguien más listo que yo se me adelantó.

    Me tendré que rascar el bolsillo, pero sé que merecerá la pena: ahora, tras la soberbia reseña de nuestro querido chileno, aún con más fundamento.

    Lo de que, por un mal volantazo, acabes en el Gulag, resulta de una comicidad siniestra e irresistible. Parece una broma macabra.

    Gracias, don Rodrigo!

  2. Rodrigo Dice:

    Muy macabra. Refleja de alguna manera los extremos a que pudo llegar la mentalidad soviética, con aquel tirano paranoico metido en el Kremlin…

    Millón de gracias, estimado Derfel. Tus palabras, que no sé si merecidas, son un tirón de ánimo para mí.

  3. ARIODANTE Dice:

    Yo, con tu permiso, Rodrigo, creo que de éste, paso. Bastantes agobios me trae mi vida cotidiana para ponerme a leer cosas espeluznantes, aunque reconozca que el libro puede ser una magnifica obra de denuncia y de mostrar el mal a aquellos que aun no saben hasta donde puede llegar la maldad humana.

  4. Rodrigo Dice:

    No hay problema, Ario.

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