EL EQUIPO DE STALIN – Sheila Fitzpatrick

EL EQUIPO DE STALIN - Sheila FitzpatrickPara el estudio de la naturaleza y la mecánica del régimen estalinista, disciplinas como la ciencia política, la sociología y la teoría de la administración proponen esquemas conceptuales que privilegian una o varias de las modalidades de lo que cabe tener por factores impersonales: las estructuras organizacionales de gobierno, los procesos de gestión y de toma de decisiones, el discurso público y los lineamientos ideológicos, la contingencia histórica (el cúmulo de circunstancias que dan forma al contexto epocal). Sin intención de hacer tabla rasa de los modelos teóricos, la historiadora australiana Sheila Fitzpatrick, versada en los terrenos de la sovietología y la historia social, prefiere abordar el problema desde la perspectiva del factor humano, centrándose en el corro de individuos que rodeaba y asistía a Stalin en la conducción del estado soviético: sucintamente dicho, las personas y sus interacciones. Del enfoque asumido por la historiadora se desprende cuanto menos un desacuerdo fundamental con respecto al modelo primigenio del totalitarismo: el de Stalin no fue un régimen de gobierno absolutamente unipersonal, tal que el déspota acaparase de modo excluyente los atributos del poder. Ni en aquel tiempo ni en el posterior hubo dudas sobre quién encabezaba el gobierno de la Unión Soviética, pero ni aun la indiscutida jefatura ejercida por Stalin podía corresponderse con la imagen a todas luces ingenua del líder omnímodo y omnisciente, capaz por sí solo de echarse al hombro la dirección del estado (encima de un país descomunal como la URSS). En el polo opuesto constaría la idea de una autoridad despótica de carácter corporativo, propensa a asignar al círculo de colaboradores del georgiano unas cuotas de poder apenas inferiores a las del dictador: nada más que una ficción, en el caso que nos convoca. El trayecto del país lo decidía en última instancia el propio Stalin, que imponía su sello tanto en política exterior como en la interior. Sin embargo, sus subordinados inmediatos distaban de ser unos peleles o meros figurantes desprovistos por completo de envergadura política. Aunque incapaces –colectivamente o por separado- de torcer de raíz la voluntad de Stalin, no estaban enteramente despojados de iniciativa ni se fundaba su proceder en una insidiosa rivalidad como la que operaba –constante y sistemáticamente- en el séquito de Hitler. Durante importantes períodos de tiempo, Mólotov, Mikoyán, Voroshílov, Malenkov, Beria y los otros capitostes de la URSS trabajaron como equipo, en un ambiente de sincera camaradería y coordinando lealmente sus funciones.

Quienes hayan leído el amenísimo libro de Simon Sebag Montefiore, La corte del zar rojo (2003), se preguntarán por la necesidad de otra panorámica del entorno de Stalin. Conviene señalar que no hay riesgo de redundancia puesto que el trabajo de Montefiore encaja en la categoría de biografía colectiva, con la mira puesta en los amplios dominios de las relaciones sociales y la intimidad doméstica y con no poca atención al clima emocional afín al cotilleo. En cambio, por más que la autora le imprima el tono y los modos de la historia divulgativa, El equipo de Stalin (‘On Stalin’s Team’, 2015) es un escrutinio de las dinámicas del poder en la cúspide del sistema estalinista. Ahora bien, la composición de esta cúspide, que debía por fuerza variar en los largos años que duró el gobierno de Stalin, casi coincidía con la de una entidad formal como era el Politburó, el órgano ejecutivo del Comité Central del Partido Comunista, mas no eran lo mismo. El núcleo del grupo original remontaba sus orígenes a los años de la revolución y la guerra civil (en algunos casos los lazos personales con Stalin eran anteriores) y se consolidó a la par que cristalizaba la situación de preeminencia de Stalin y declinaban sus rivales en la lucha por la sucesión de Lenin. Kírov, Kúibyshev y Ordzhonikidze fallecieron en los años 30 y Kalinin, que desde 1938 ostentó nominalmente la jefatura del estado soviético en su calidad de Presidente del Soviet Supremo de la URSS –un cargo honorífico en realidad-, murió en 1946. Zhdánov, Malenkov, Beria y Jrushov fueron incorporados en reemplazo de los primeros. Mólotov, Kaganóvich, Mikoyán, Voroshílov y Andréyev fueron los de más prolongada membresía desde el principio hasta el final del grupo, que se disgregó tras la ejecución de Lavrenti Beria en diciembre de 1953 y el ascenso subsiguiente de Jrushov a la jefatura suprema de la URSS.

No discute Sheila Fitzpatrick la dependencia de estos dirigentes respecto de Stalin, a quien debían su promoción a las altas esferas y al que rendían cuentas. Ellos mismos calibraban su valía en términos de lealtad personal para con el líder georgiano, principalmente, apelando además a su trayectoria revolucionaria y a su contribución a la edificación y afianzamiento del estado soviético (ni qué decir que la cualificación profesional contaba apenas subsidiariamente, si es que llegaba a hacerlo). El cuadro ofrecido por las purgas de la segunda mitad de los años 30 ilustra la condición subalterna del equipo. A pesar de que ninguno de sus componentes fue víctima directa del terror (la posición de Ordzhonikidze tambaleaba pero el hombre se suicidó antes de consumarse una eventual purga), ni uno solo podía dar por garantizado su cargo o aun su vida, ni la de sus cercanos; esposas e hijos podían sucumbir, como de hecho ocurrió, y ni siquiera la familia política de Stalin –los parientes de su desaparecida esposa, Nadia Allilúyeva- estuvo a salvo. En la inmensidad de la Unión Soviética, sólo una persona se libraba del terror. Así pues, lo que Fitzpatrick somete a revisión no es la supremacía de Stalin sino la importancia efectiva de la élite gubernamental, frecuentemente subestimada en opinión de la historiadora.

¿Élite, corte, séquito, simple banda de cómplices del estalinismo? Siguiendo a Fitzpatrick, designar al círculo interior con términos como “corte” y “séquito” tiene valor metafórico en la medida que evoca ciertas características del ejercicio del poder en el Antiguo Régimen, aunque su capacidad descriptiva no resiste muy bien un análisis acucioso: la asociación clientelar con el titular del régimen subsiste en varias formas pero no el origen social, obviamente, ni el tipo de relación cotidiana y oficial entre uno y otros (los zares se resistían a tratar con sus ministros si no era por separado y guardando siempre las distancias, mientras que Stalin gustaba de alimentar la ficción de ser el primero entre iguales). La base carismática del régimen, que prestó sustento al “culto a la personalidad”, no casa del todo con el concepto de política cortesana. Por otro lado, no siempre fue el conjunto una simple instancia consultiva servilmente rendida a la autoridad de Stalin; en los años de la industrialización forzada, a principios de los 30, y durante la guerra contra el Tercer Reich –especialmente en sus primeros compases- los del equipo asumieron responsabilidades bastante más exigentes que las que supone cualquier servilismo. La autora remite al alza reciente, en el ámbito de los estudios historiográficos, del paradigma oligárquico en desmedro del paradigma unipersonal de gobierno (Oleg Jlevniuk, Arch Getty); es una lástima que el enfoque preferentemente divulgativo de su libro la exima de profundizar en estos interesantes dilemas conceptuales.

Está claro que el equipo de Stalin contrastaba con la pléyade de talentos cultivados y cosmopolitas que protagonizó la revolución; no por nada los más veteranos de entre ellos deslucían si se los comparaba con Trotski, Kámenev o Bujarin. Más que de líderes autónomos, solían tener madera de administradores diligentes o de ejecutores brutales, aptos precisamente para ejercer como hombres de confianza de Stalin, aunque en algunos de ellos alentaba suficiente ambición –y no poco ingenio- como para aspirar a algo más que una posición de segundo rango (Beria y Jrushov los más probables).

Así como varió la conformación del grupo, también su marcha y su estatus experimentaron notorias oscilaciones. La concordia reinante en los primeros tiempos declinó bajo la sombra ominosa del Gran Terror, que instiló en el grupo –como en todas las áreas de la sociedad soviética- una atmósfera de desconfianza, temor y suspicacia. La guerra contra la Alemania nazi levantó nuevamente el sentido de mancomunidad y solidaridad, revestido de la conciencia de compartir la responsabilidad de salvaguardar el país en su momento más crítico desde la guerra civil, para decaer una vez más en los años de posguerra. La senectud, el cansancio y la enfermedad hicieron mella en Stalin, que en sus años finales compensaba el alejamiento de sus hijos y su soledad con las sórdidas francachelas de sus “camaradas” (montadas por él mismo, que se limitaba a instigar y a observar). Pero no estaba acabado, ni por asomo: el terror típicamente estaliniano recrudecía de manera sostenida desde fines de los 40, y la muerte del dictador (marzo de 1953) suspendió lo que una multitud de indicios anunciaba como una segunda gran purga en el corazón del régimen. En un ambiente de creciente tensión entre Stalin y sus colaboradores, estos fueron capaces de inyectar sangre al alicaído espíritu de cuerpo -con vistas a una defensa recíproca-; como nuestra autora expone, en algunas decisivas ocasiones afrontaron y contradijeron eficazmente al viejo lobo. Quizá la más llamativa sea aquella en que Stalin debió renunciar a su decisión de marginar a Mólotov y Malenkov: ni siquiera su aura de todopoderoso vencedor en la Gran Guerra Patriótica impidió que sus colaboradores lo presionaran a fin de readmitir a los caídos en desgracia.

Por descontado que estamos frente un libro meritorio y de sobrado interés.

– Sheila Fitzpatrick, El equipo de Stalin. Los años más tenebrosos de la Rusia Soviética de Stalin a Jrushov. Crítica, Barcelona, 2016. 496 pp.

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7 comentarios en “EL EQUIPO DE STALIN – Sheila Fitzpatrick

  1. Argonauta dice:

    Una gran reseña sí señor…
    Curiosamente hace poco vi una película que me fascinó y que trata de este tema “la muerte de Stalin”, y que me dejó pensando en qué tanto la caricatura, necesaria para la película, Es en cierto modo aun un reflejo valido de los personajes reales en su esencia.
    Daré una buena lectura a este libro si cae en mis manos!

  2. Rodrigo dice:

    Tomo nota de la película.

    Gracias, Argonauta.

  3. Vorimir dice:

    Maldita sea Hislibris, nido liberal de falsificación ant-Stalin. jejeje, es broma Rodrigo pero es lo primero que se me ha venido a la cabeza al leer la reseña, recordando antiguas polémicas.
    Como siempre, una reseña sobresaliente. :D

  4. Urogallo dice:

    El cosmopolita Vorimir siempre tratando de ridiculizar la ortodoxia soviética desde su infantilismo trostkista.

    Gran reseña Misha, y que curiosa la referencia a Montefiore, que siempre parece más interesado en introducir anécdotas familiares que en los hechos, cayendo en la paradoja burguesa que le es propia.

    1. Vorimir dice:

      Urogallo, ¿eres tú? ¿Qué haces con ese piolet?

  5. Rodrigo dice:

    Este libro es mejor que el de Montefiore, por donde se lo mire.

    Antiguas y lamentables polémicas, Vorimir, vaya que sí.

    Mil gracias, estimados.

  6. Rafael dice:

    Por alusiones y espero que no se me censure.

    Voy a obviar la discusión sobre los paradigmas empleados en la teorización de los circulos de poder ó del Estado soviético y me limito a la pura facticidad de la evidencia aportada por la profesora Fitzpatrick.

    Este libro de Arch getty es infinitamente mejor que el de fitzpatrick:

    http://www.history.ac.uk/reviews/review/1587

    Y en este sentido factual la profesora australiana hace un mal libro.En una primera lectura ya encontré más de 20 errores, en la segunda y tercera he llegado a ¡¡ 100!!, es decir, la obra es flojísima desde el el punto factual .

    En suma, un completo escamoteo al lector que debe “creer” como fiel de una iglesia, las aseveraciones de la señora Fitzpatrick.

    Está claro que lo suyo es la historia social y cultural, no la historia política interna de la Unión soviética, a diferencia por ejemplo de sus colegas revisionistas como Arch Getty y Geoffrey Roberts.

    Fitzapatrick se limita a repetir la vulgata anticomunista en muchos casos,eso si desde una perspectiva “moderada” de corrección política liberal de izquierdas.

    Pero eso no implica que el libro sea tan falso cómo si hubiera sido escrito por un colega “cold warrior”.

    Stanley payne hizó una reseña de este libro en RL,y ya le señalé algunos de sus errores de bulto.

    https://www.revistadelibros.com/resenas/on-stalins-team-de-sheila-fitzpatrick

    En conclusión otro libro antisoviético más lo cuál no es novedad ninguna- veáse por ejemplo la escandalosa falsificación de la última obra de Stephem kotkin, aún no publicada en Castellano.

    https://www.amazon.com/Stalin-Waiting-1929-1941-Stephen-Kotkin/dp/1594203806

    Saludos.

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