EL DILUVIO – Adam Tooze

9788498928747Revestida de una pátina moral desde su estallido mismo, quizá incluso desde su lenta gestación, la que en primer término se conocería como la Gran Guerra debía ser no sólo una lucha existencial por la civilización –o por la cultura, según fuese el bando- sino la guerra que acabase con todas las guerras; el germen, desde casi todas las perspectivas, de un nuevo orden mundial. Conforme se difería su final, segando innumerables vidas y decepcionando a los muchos que la supusieron breve (“En casa antes de navidad”), el impulso moralizante de la guerra perdió vigor hasta que la intervención estadounidense le infundió nuevos bríos, de la mano de un líder, el presidente Woodrow Wilson, que confirió al desempeño de la coalición occidental un sentido de cruzada, orientada a acabar con el despotismo y el militarismo y a sepultar el imperio de la arbitrariedad en las relaciones internacionales. Fue éste un giro sorprendente, aun para los moralistas de 1914, pero que en el contexto desastroso de 1918 concitaba la adhesión de gran parte de los europeos, hartos de una guerra que llegó a parecer interminable y que consumió las energías espirituales y materiales de casi todo el continente, además de socavar el régimen tradicional en varios de los estados beligerantes. Con un Reino Unido exhausto y convertido en deudor de los EE.UU., el primer ministro David Lloyd George se resignaba a la idea de que la potencia norteamericana asumiese la primacía del orden liberal, al tiempo que los pueblos europeos se dejaban encandilar por la promesa de un mundo mejor constituido, contenida en el programa wilsoniano. Exceptuando a los revolucionarios de raigambre marxista, encarnación de un programa de transformaciones diametralmente opuesto, vencedores y vencidos cifraban sus esperanzas en un EE.UU. que no solo se alzaba como primerísima potencia económica sino que, sobre todo, irrumpía en la escena planetaria provisto de un aura moral que reducía a simple caricatura la alardeada benignidad del imperialismo británico. El país en cuyo seno el aislacionismo aunaba voluntades por lo general discrepantes; el país embebido de un sentido de excepcionalidad que incitaba más el deseo de no contaminarse con las taras del mundo que el de supeditarlo a su tutela; el país gobernado por un presidente que había sido elegido por su compromiso de mantenerse al margen del conflicto europeo: ese país disponía desde mucho antes de la capitulación de las potencias centrales de la posibilidad de erigirse en árbitro de los asuntos mundiales, en superpotencia capaz de imponerse no por la conquista de territorios y el sometimiento de otros pueblos sino por la pujanza de su economía, por la irradiación de su ideología liberal y por el estatus simbólico alcanzado por su dirigente supremo. 

Fue, sin embargo, una oportunidad que el país desestimó, para bien o para mal. La dependencia de la Entente respecto de los EE.UU. acabó difuminándose mientras que el reordenamiento del mapa europeo defraudó a casi todos, inseminando nuevos conflictos latentes en vez de conjurar las eternas desavenencias continentales; en lugar de sentar las bases de una “pax americana”, que era a lo que aspiraba el presidente Wilson, Versalles y los tratados posteriores dejaron más problemas pendientes que los que lograron resolver, alentando las rencillas y los revanchismos nacionalistas. Así como EE.UU. prefirió volver a su aislamiento político, rehusando incorporarse a la Sociedad de Naciones, Europa se sumió en una era de inestabilidad e incertidumbre que condujo a un nuevo cataclismo bélico, cuajado de horrores que ensombrecieron los de la Primera Guerra Mundial. La crisis aparentemente terminal de la economía capitalista dio alas a aquellos que se posicionaban a contrapelo de la corriente liberal, solazándose en proclamar la impotencia del humanismo, la ingénita debilidad del republicanismo parlamentario y la indigencia espiritual de la modernidad ilustrada. Signo característico del momento fue la consolidación de los extremistas: bolcheviques, fascistas mussolinianos, nazis, militaristas japoneses. No por casualidad, todos ellos veían con recelo el ascenso de esa potencia advenediza pero también de tanta lozanía e inabarcables recursos que era EE.UU.; todos apostaban a la discordia y la violencia, aguijando los resentimientos de los que se veían postergados y pisoteados por un orden que les negaba un lugar al sol. En suma, la historia del período de entreguerras fue esencialmente la del quiebre de la hegemonía liberal y el auge de los totalitarios y los belicistas, además de la historia de un predominio mundial frustrado (habida cuenta de la defección estadounidense). Es en esta historia que pone su foco El diluvio, obra del historiador británico Adam Tooze (n. 1967), publicada originalmente en 2014.

El diluvio se aboca al arco temporal comprendido entre 1916 y 1931, abordando en una lograda trabazón de narrativa y análisis el panorama internacional ofrecido por aquellos años de ajuste pero también de desconcierto, con los aspectos políticos, diplomáticos y económicos en el primer plano de la indagación. Lógicamente, el ideario y la actuación de Woodrow Wilson ostentan un rol preponderante a lo largo del libro. Tooze hace hincapié tanto en la especificidad del discurso wilsoniano como en lo novedoso del contexto en que éste emergió, señalando que el eventual desplazamiento de poder desde el imperio británico a los EE.UU. no representaba un simple relevo, una herencia en situación de continuidad. Por el contrario, enfatiza el autor, el panorama surgido de la Primera Guerra Mundial entrañaba dificultades muy distintas de las que había afrontado el Reino Unido en sus años de esplendor, y aun en el caso de que ya por entonces EE.UU. se hubiera ceñido la corona de la supremacía mundial, la naturaleza de su predominio habría diferido notoriamente de la ejercida por los imperios tradicionales, cimentándose no en la colonización de territorios de ultramar y en la superioridad militar (con la salvedad del poder naval, imprescindible para toda potencia intercontinental) sino en el poder económico y la influencia política, con el ascendiente del estilo de vida y de la cultura popular estadounidenses en ciernes. Wilson, por su parte, es mostrado no como el idealista que pinta el imaginario decantado por las convulsiones de la época –y por buena parte de la bibliografía posterior- sino como un político voluntarista y no pocas veces arrogante, imbuido de ideas mucho menos radicales de lo que se suele pensar, y como personificación en el más alto grado de la creencia en la excepcionalidad y superioridad moral estadounidense –al extremo que se consideraba autorizado para llevar a cabo intervenciones unilaterales sin siquiera informar –no digamos consultar- a sus aliados.

No iban sobre seguro Lloyd George y Clemencau cuando trataban con su colega estadounidense, partiendo por la reluctancia de Wilson a alinearse de manera irrestricta con las potencias occidentales, hacia cuya causa debía en principio sentirse inclinado. Y es que el presidente norteamericano abrazaba una visión postimperialista y antimilitarista del mundo, en la que uno de los motivos rectores era el llamado a superar la fase de fragmentación basada en la distribución de posesiones coloniales y esferas de influencia; Wilson promovía la unificación del orbe a partir de un benéfico entramado de lazos comerciales, de una institucionalidad capaz de canalizar la cooperación entre estados y el arbitraje de conflictos y de la subordinación tácita a la égida moral de EE.UU., necesaria toda vez que los pueblos distaban de ser iguales y la mayoría carecía de los atributos para un genuino autogobierno. (Cabe remarcar que la mentalidad del presidente no estaba exenta del racismo que se estilaba en aquellos tiempos.) Antes de declarar la guerra a Alemania en abril de 1917 (meses después se la declararía al imperio austro-húngaro), Wilson se desentendió de cualquier asociación explícita con la Entente, una medida funcional a su propósito de cultivar una (aparente) equidistancia desde la cual apremiar a los contendores a concertar una paz sin victoria, por ende, sin vencedores. Aun después de hacer frente común con el bando occidental, procuró conservar un margen importante de autonomía, mostrándose muy dispuesto a entablar negociaciones por separado con el enemigo. Pero también actuaba por su cuenta en otros flancos, incluyendo la Rusia bolchevique e Italia, con lo que evidenciaba su desprecio tanto de las instituciones y la clase política europeas como de la lógica establecida de las alianzas político-militares. A pesar de lo exasperantes que resultaban sus iniciativas a sus pares occidentales -exasperación que es en sí un indicio de la brecha ideológica entre las potencias liberales de uno y otro lado del Atlántico-, su pensamiento no era más rupturista de lo que a la sazón podía ser una modalidad avanzada de liberalismo, tal que Tooze opta por caracterizarla como un liberalismo evolutivo de corte conservador.

Con todo, el papel de Woodrow Wilson y los EE.UU. no es excluyente. En tanto que obra panorámica, El diluvio (título tomado de una frase de Lloyd George y que alude a la sensación de catástrofe y de cambio debida a la Gran Guerra) cubre una variedad de escenarios implicados en la reestructuración del orbe, pudiendo destacarse los apartados referidos a la Rusia soviética y a la situación en el Lejano Oriente, con China y Japón como actores principales. La riqueza de los temas y facetas comprendidos en el libro es tal que apenas puede una reseña dar cuenta de ella. Un punto a resaltar es el de la perspectiva epistemológica asumida por el autor. Tooze conduce su estudio con la intención de superar los dos paradigmas vigentes respecto del período en cuestión, a saber, el modelo del “Continente tenebroso” y el del “fracaso de la hegemonía liberal”. El primero debe su nombre al insigne libro de Mark Mazower, ‘Dark continent’ (1998, publicado en España bajo el título de La Europa negra), y visualiza la primera posguerra como una confrontación entre revolución y contrarrevolución, de un modo que anticipa sin las debidas salvedades el dualismo de la Guerra Fría. El segundo se centra en el descarrilamiento de la corriente liberal, o las razones por las que la coalición de potencias liberales (EE.UU., el Reino Unido y Francia) no pudo hegemonizar efectivamente el orden engendrado por la Primera Guerra Mundial. Lo que Tooze se propone es llegar, más que a una síntesis de ambos modelos historiográficos, a un enfoque que realce la peculiaridad del contexto inaugurado por el trienio crucial de 1917 a 1919 y que ponga debida atención a la irreductibilidad de las tensiones de entreguerras a un esquema bipolar, el de la pugna entre dos bandos; pues, como señala el autor, lo característico del período fue que la guerra provocó «una búsqueda multilateral y policéntrica de estrategias de pacificación y apaciguamiento. Y en esta empresa los cálculos de todas las grandes potencias giraron en torno a un factor clave: Estados Unidos». El que este país desistiera de responder satisfactoriamente a esos cálculos es el tema que vertebra el desarrollo de El diluvio.

– Adam Tooze, El diluvio: La Gran Guerra y la reconstrucción del orden mundial (1916-1931). Crítica, Barcelona, 2016. 864 pp.

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7 Respuestas a “EL DILUVIO – Adam Tooze”

  1. Urogallo del Invierno Dice:

    ¡Qué libro! ¡Qué inmenso libro! Y no sólo por su considerable extensión, que hace el volumen un tanto inmanejable, sino por la claridad expositiva y el volumen de datos sobre un momento, una época y unos planteamientos que se han desvirtuado en otros libros y estudios.

    Cuando empecé a leerlo me fascinó su amenidad, y me sorprendió la opinión de un amigo que encontraba la lectura farragosa y espesa.

    Lo cierto es que un volumen de esta complejidad no puede abordarlo sin más un lector novel, es más bien un estudio dirigido a quienes ya han leído otros títulos sobre la materia y los han encontrado incompletos o insatisfactorios.

    Por ejemplo, asume que cualquier lector va a tener un conocimiento concreto del Tratado Naval de Washington de 1921. Pero me temo que nadie vagamente interesado en la historia de la primera mitad del siglo XX puede desconocer este convenio (O no tener el mínimo interés como para consultar la wikipedia y descubrir de que se trató en él)

  2. Rodrigo Dice:

    Cierto, Uro, un estudio bastante complejo pero también cautivante, encaminado en derechura a convertirse en referencia obligada sobre la época que aborda. Lo ejemplifica el que esté en la bibliografía de Descenso a los infiernos, el libro de Ian Kershaw sobre la primera mitad del siglo XX.

    Uno de los mejores libros del año que termina, sin duda.

  3. Urogallo Dice:

    Y, desde luego, de los más originales.

    Aparte, por si fuera poco, de que comienza en Verdún.

  4. Sila Dice:

    Acabado de leer hace apenas un mes. Sorprendente libro, muy, muy recomendable. El autor tiene otra obra con muy buenas críticas, aunque sin traducción al castellano, “The Wages of Destruction: The Making and Breaking of the Nazi Economy”, que no pude resistirme a comprar.

  5. Rodrigo Dice:

    Ojalá veamos la traducción de ese otro libro.

    Ya comentarás, Sila.

  6. Valeria Dice:

    Este ha venido a la saca, pero en formato electrónico. Que son muchas páginas para llevarlo de paseo.

  7. Rodrigo Dice:

    Qué bueno, Valeria. Ya dirás qué te parece.

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