DIDO, REINA DE CARTAGO – Isabel Barceló
Según nos cuenta Robert Graves, llamaban «hijos de Homero» a los bardos o poetas errantes que iban cantando y contando las leyendas mitológicas a las gentes de los pueblos, reunidos alrededor de un fuego en invierno y bajo una higuera o un olivo en verano. Ya hablé de ello en la reseña de su novela La Hija de Homero, por lo que me remito allà para no abundar en lo mismo. Pero precisamente traigo a la memoria a los hijos de Homero, porque en el libro que comentamos de Isabel Barceló, Dido, reina de Cartago, se da el caso de que la narradora principal, Imilce, (como la NausÃcaa de Graves) podrÃa aspirar a ser considerada una estupenda hija de Homero, al tratar de narrar la historia según sus propias vivencias y también recurriendo a las vivencias ajenas, bajo una higuera y congregando a sus vecinos alrededor. Y no sólo a Imilce, sino a Isabel Barceló (Sax, Alicante, 1950), podrÃamos considerar otra hija de Homero, puesto que, actualizándose a los medios contemporáneos y aprovechando las ventajas de Internet, a la vez que emulando a los mejores escritores decimonónicos (Dickens, Collins, Conan Doyle, etc) decide ir escribiendo y publicando por entregas en su blog una historia que acaba por convertirse en un libro.

La escritura por entregas, (diferente a la escritura de una obra completa y su publicación por entregas, posteriormente a su finalización) implica que el autor ha de escribir en tramos –capÃtulos- cortos o relativamente cortos, y siempre dejar al lector con el deseo de seguir leyendo. Esa sensación es la que encontramos en la lectura del libro de Barceló, ya que llama la atención, al echar una primera ojeada, su subdivisión en muchos capÃtulos muy breves: de las cinco partes en que el libro está dividido, se subdivide a su vez en una media de quince capÃtulos cada parte. Esta estructura le permite combinar distintas lÃneas narrativas, manteniendo el interés en cada una y consiguiendo que el lector no tenga que volver atrás una y otra vez para recordar quién es este o aquel personaje. Lo que agiliza la novela, a diferencia de otros mamotretos literarios que, sin mermar en su calidad, merman nuestra paciencia y nuestra memoria al leerlos, y destrozan nuestros músculos al mantenerlos levantados. Por otra parte, también hay que destacar el hecho de la participación de los lectores del blog con sus comentarios, reacciones, sugerencias y la peculiar identificación con los personajes de la historia; la autora ha sabido asimilarlos manteniendo su idea y sus lÃneas narrativas.
El hilo principal de la obra es la historia de Dido, la legendaria reina de Tiro (Fenicia) que, ante la traición de su hermano Pigmalión, marcha de su paÃs con un grupo de seguidores a la búsqueda de hospitalarias tierras donde fundar una nueva ciudad, cosa que finalmente y tras muchas aventuras, sucede en las costas libias, y Cartago (=Ciudad Nueva, en lengua fenicia) es fundada tras resolver muy ingeniosamente el más tarde conocido en matemáticas como Problema de Dido o Principio de Minima Acción.
Pero este hilo, narrado por la anciana Imilce, nieta de Barce, testigo de los hechos, y completado en algunas partes por textos del cronista Xilón, es alternado con otro, narrado por Trailo, un bardo troyano, que nos cuenta su versión, más poética, de la huida de Eneas y sus seguidores de la derrotada Troya, y su errar por el mare que aún no era nostrum, sino de muchos, entre ellos los dioses, que competÃan con los humanos y les complicaban la existencia, introduciéndose en sus vidas. Ambos hilos confluyen en el momento en que Eneas desembarca en Cartago y cae rendido de amor ante Dido, que a su vez ha recibido un buen flechazo de Cupido, ordenado por Venus, madre de Eneas. Como de todos es sabido, las Moiras habÃan anudado los hilos de Eneas y tenÃa su destino ya trazado: su misión era fundar una ciudad en el Lacio que darÃa origen a Roma. Por tanto, su unión con Dido no podÃa ser más que un hito, un cruce de caminos destinado a finalizar en breve; final dramático para ambos, trágico para Dido.
En esta obra, además de la historia en sà que se nos cuenta, admiramos otras muchas facetas. La forma en que se nos cuenta, el tono pausado y tranquilo, meditado, -salvo los capÃtulos iniciales, que nos arrebatan- es un leit motiv en toda la obra. Nos sentamos a leerla como si nos sentásemos a escucharla, bajo el granado de la plaza. Y sabemos de otras muchas cosas, detalles pequeños, que nos dan color y sabor a las escenas. No sabemos muchos más datos, salvo los imprescindibles para imaginarnos la escena; es la emoción, esencia del arte, la que domina en la narración. Y ésta nos cuenta de unos personajes cuyo destino les lleva a plasmar sus sueños, su futuro, en unas direcciones, que van mutando conforme los hechos se van presentando: una juiciosa y tranquila reina que primero ha de huir de su patria, buscar una tierra y dirigir un asentamiento, y que de repente, la ciega pasión amorosa la invade y trastorna su vida. Un Eneas cansado y humillado tras la derrota y decidido a llegar a su destino, Italia, que se sumerge en la gruta donde yace con Dido, presa de su amor, amor que tendrá que olvidar para cumplir su obligación. «Pero el amor, dice Barce, es como el mar. No puedes fiarte de él aunque seas un marinero experto». Y no sólo los personajes centrales van evolucionando sus comportamientos: los dos aedos, Imilce y Trailo, que compiten por dar las versiones masculina y femenina, la ideal y la cotidiana, la divina y la humana, ambos van poco a poco transformando su estilo para asemejarse al contrario. Ambos ven que no todo son dioses y tampoco todo son sólo hombres. No siempre son los dioses determinantes de nuestras vidas, sino nuestras propias decisiones son las que nos implican en ellas. Todo esto lo observa el lector/oyente a lo largo del intercambio de narraciones. Y sueña.
De ese modo, nos horrorizamos ante el asesinato del sacerdote Siqueo y huimos con Dido de aquel paÃs fenicio al borde de la guerra civil. Viajamos, pues, con la reina en los barcos ocupados con sus fieles seguidores, a los que se van incorporando paulatinamente otros pasajeros, procedentes de los diversos puertos tocados: los hermanos Xilón y Filón, el filósofo nudista; la amazona Nismacil; el cordelero Kostas, la matemática Teano, y la bailarina Dincer, raptadas en Chipre; viajamos con Eneas y sus amigos troyanos, buscando la tierra prometida, pasajeros del viento, en sus naves a su vez errantes por el agitado mar en el que Eolo y Neptuno mueven a placer los pequeños navÃos mientras las diosas Juno y Venus discuten. Asistimos a la fundación de Cartago; odiamos cordialmente al rey libio Yarbas, rechazado por Dido, que no quiere someter su recién fundada ciudad a reino alguno; disfrutamos del delicioso banquete de bienvenida a los troyanos; sucumbimos a la arrebatadora pasión de Dido por Eneas y corremos, gozosos y húmedos, bajo la tormenta, buscando la gruta del amor. Sufrimos cuando Eneas decide partir, y lloramos al ver los navÃos troyanos alejarse. Y soñamos.
Isabel Barceló, por boca de Imilce y Trailo, es, por usar una expresión orteguiana, una divina sonámbula que nos contamina de su sonambulismo: ¡Sublime, benigno poder que multiplica nuestra existencia, que nos liberta y pluraliza, que nos enriquece con generosas transmigraciones! Deambulamos por sus sueños, que, como el Gran Bardo isabelino ya nos advirtió, están trenzados de la misma materia que los hombres, que vivimos encerrados en sueño.

Ariodante
30 Enero 2010
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9 de Febrero de 2010 a las 3:53 pm
Dido es una novela magnÃfica escrita por una persona muy especial, una mujer que atesora un conocimiento profundÃsimo de la cultura e idiosincrasia grecorromana, una pátina de buen hacer con el que barniza cada una de las páginas de su novela. Isabel le imprime a su obra ese toque especial de las cosas hechas con mucho cariño. Imprescindible.
9 de Febrero de 2010 a las 5:33 pm
Me alegro que estés de acuerdo conmigo, Gabriel.
9 de Febrero de 2010 a las 5:36 pm
A mà me han hablado muy bien de esta novela y de la autora. Y que pedazo reseña de Ario.
10 de Febrero de 2010 a las 10:36 am
Uf, qué buena pinta, a la lista de pendientes que va directa.
Muchas gracias Ario y estupenda reseña.
Saludos,
Richar.
10 de Febrero de 2010 a las 10:40 am
Vaya reseña Ario, estás que te sales. La apunto…
10 de Febrero de 2010 a las 1:01 pm
Estupenda reseña Ario, efectivamente el libro me está gustando mucho (aún no lo he terminado) y me pareció muy curiosa la interactividad de la autora con los que abordan su página o blog o web, que es muy curiosa e interesante, además de identificarme plenamente con su amor por Roma.
¡Vaya racha de libros que llevamos! (buena, claro).