AÑOS DE VÉRTIGO – Philipp Blom

AÑOS DE VÉRTIGO – Philipp Blom«Se había impuesto un nuevo ritmo al mundo. ¡Cuántas cosas acontecían ahora en un año!» Stefan Zweig

Iniciaba Barbara Tuchman su reputado libro sobre el cuarto de siglo que precedió a la Primera Guerra Mundial, La torre del orgullo (1962), afirmando que aquel período no fue una era dorada más que en una parcial apreciación de las clases privilegiadas; contribuía a la distorsión el que mucha gente embelleciese el recuerdo de aquellos años por contraste con el caos de la guerra. En la misma línea de razonamiento, Philipp Blom, historiador alemán que traza una nueva semblanza de los años de preguerra (desde 1900 hasta 1914), sostiene que la visión nostálgica e idealizada que subyace al nombre de Belle Époque resultaría extraña para la mayoría de quienes vivieron en torno al 1900. Una representación más fidedigna de la época es la que destaca la sensación de hallarse en un mundo lanzado en acelerada transformación: un mundo signado por el cambio y la velocidad, factores que para muchos resultaban tan excitantes como escalofriantes. En concepto del autor, la célebre fotografía en que se observa la mitad posterior del bólido de carreras Nº 6, con sus formas aparentemente alteradas por la velocidad (imagen capturada en 1912 por Jacques-Henri Lartigue), es un verdadero símbolo del momento. Aquellos eran, para los europeos, unos genuinos años de vértigo.

En los quince capítulos del libro -uno por cada año del período comprendido-, Philipp Blom (Hamburgo, 1970) compone una panorámica que privilegia las aristas socioculturales y se concentra en las potencias mayores de Europa, abordando diversas facetas de la época a partir de alguna señal propicia o de un acontecimiento emblemático. Así pues: en el primer capítulo, la Exposición Universal de París realizada en 1900 representa oportunamente la entrada al nuevo siglo. El capítulo II comienza con el instante en que el káiser Guillermo II cierra los ojos de la reina Victoria, su británica abuela, quien acaba de fallecer (enero de 1901): es el punto de partida para una caracterización de la situación socio-política de las mayores potencias europeas, centrándose en un contraste entre Alemania y el Reino Unido. En el arranque del capítulo siguiente tenemos una rápida vista de la prensa vienesa de un día de marzo de 1902, desembocando en una mención incidental de Sigmund Freud en una nota periodística cualquiera: es el capítulo de Viena, ciudad que por entonces fuera una de las mayores capitales culturales de Occidente. En el capítulo IV, la concesión en 1903 del Premio Nobel de Física a Marie Curie es el punto de partida para una aproximación a los cambios radicales que la ciencia depara por entonces, no siendo despreciable, como anticipo de lo venidero, el hecho de que una mujer rompiese con antiquísimos estereotipos sexistas. En 1904, el irlandés Roger Casement entrega a la Oficina Colonial de Londres su informe sobre las atrocidades perpetradas en el denominado Estado Libre del Congo: ocasión para acometer el tema del imperialismo europeo. Y así sucesivamente, nuestro autor pasa revista a una amplia variedad de asuntos: el pacifismo y diversas visiones alternativas del mundo y el futuro tales como la teosofía y la antroposofía; el feminismo; los avances en la tecnología del transporte y el culto de la velocidad; las enfermedades nerviosas «de moda», indicio del desajuste provocado por la vertiginosa modernidad; el impacto social del cine; la sociedad de consumo y la estandarización de la producción industrial; el pensamiento eugenésico y sus desvaríos, etc.

Entre las muy heterogéneas atracciones de la Exposición Universal de París destacaban los prodigios de la ciencia y la tecnología, muy especialmente las dínamos que suministraban energía a las máquinas eléctricas y que, sobre todo en observadores sensibles, provocaban visiones a un tiempo maravillosas y espantables. En efecto, el enorme pabellón de las dínamos infundía una sensación de poder, el que acaso un día llegase a escapar del control de los hombres. Representaba el frenesí de unos tiempos de creciente urbanización, de ferrocarriles surcando los paisajes y de automóviles rodando por las calles, de una arquitectura y un diseño que ponían el acento en lo funcional y parecían prontos a renegar de la ornamentación… Tiempos en que los incipientes aparatos de rayos X causaban tal estupor que llegaba a atribuírseles propiedades universales, a extremos grotescos (desde la curación del cáncer hasta la posibilidad de «blanquear a los etíopes»). Las novedades y la sensación de rapidez resultaban sobrecogedoras. Como señaló el pintor Fernand Léger, «un hombre moderno registra cien veces más impresiones sensoriales que un artista del siglo XVIII». Con frecuencia, el asombro se entreveraba con una impresión de precariedad e inseguridad.

Parecía pues que una amenaza acechaba entre tanto esplendor. En la misma época que parecía consignar el triunfo de la ciencia, proliferaban las voces que diagnosticaban la crisis de la modernidad y el desmoronamiento de la civilización occidental. Los agoreros de siempre veían en el estancamiento  de la natalidad –especialmente en Francia- y en la alta fecundidad de las «razas orientales» una amenaza al futuro de Occidente. Las certezas tradicionales llevaban largo tiempo sufriendo embates desde todos los flancos y ahora, en el mismísimo umbral de una nueva centuria, el racionalismo y su fe en el progreso indefinido evidenciaban abundantes fisuras. ¿Anuncio del triunfo de la sinrazón? Por lo menos se podía hablar de una cada vez más próspera contracultura, que tenía en personalidades como William Blake, Charles Baudelaire, Friedrich Nietzsche y Henri Bergson algunos de sus más insignes profetas. La Era de la Razón se mostraba anémica en certidumbres y en capacidad de sugestionar los espíritus; para saciar la sed de mito había que abrevar en otras fuentes: el instinto, el misticismo –sobre todo en variedades que la ortodoxia religiosa calificaría de espurias-, la voluntad libre de inhibiciones, la inspiración guiada por las emociones.

Es cierto que el común de las gentes deseaba por lo general integrarse en la modernidad y disfrutar de sus beneficios. Elementos como la consolidación de los medios de comunicación de masas, la fulminante difusión del cine y el éxito del primer automóvil popular, el Ford modelo T, hablan a las claras de dicho fenómeno. Pero no es menos cierto que el de aquellos años era un clima propicio a las cosmovisiones alternativas a la propugnada por el racionalismo. Los progresos científicos y tecnológicos convivían con la rebelión contra el orden moderno. El nacionalismo, el racismo y el antisemitismo eran formas ideológicas de particularismo identitario que impugnaban los ideales universalistas de la Ilustración. El disparate conocido como «darwinismo social» revestía de empaque pseudocientífico a abominables proyectos de segregación y exclusión social. En Alemania, el rechazo de la modernidad constituía una verdadera tradición intelectual, académica y artística, mientras que en Francia el caso Dreyfus había movilizado a nacionalistas y reaccionarios no ya contra «un mero individuo», sino contra lo que ellos consideraban como la denigración del orden tradicional.

Circulaban por doquier las obras de Nietzsche, y su virulenta crítica de los valores establecidos encontraba oídos sobradamente receptivos. Freud puso al inconsciente y la sexualidad en el centro de la atención, y, lo que en principio era un paradigma científico, devino en el imaginario ciudadano una celebración de lo irracional. Madame Blavatsky y Rudolf Steiner eran sólo los más famosos de entre los muchos gurúes cuyas enseñanzas prometían el ansiado «reencantamiento del mundo». Las vanguardias artísticas solían nutrirse de un desembozado primitivismo, el que apelaba a lo arcaico, lo atávico y lo pagano (tomados del Occidente premoderno o bien del presente de los pueblos  extraeuropeos). Stravinsky se inspiró en el folclor y la mitología rusas para producir algunas de sus más célebres obras, alcanzado la cúspide con la recreación de un antiguo ritual ruso en La consagración de la primavera (1912).  El cuadro La alegría de vivir (1906), de Henri Matisse, exuda arcaísmo en toda su superficie y celebra la armonía utópica de una perdida Edad de Oro. La iconografía mitológica de Gustav Klimt carece de los aires olímpicos que imprimían los renacentistas o los pintores barrocos a sus dioses griegos, pero exponen las pasiones primigenias que bullen en el alma moderna bajo su pátina de refinada civilización. En fin, ¿no se contaron unas máscaras africanas entre las fuentes de inspiración del cuadro Las señoritas de Aviñón, de Picasso? El naciente siglo XX traía consigo la protesta de lo irracional, la que alimentó movimientos sociales, culturales y políticos de la más diversa índole, desde inspiradas vanguardias artísticas y de pensamiento hasta el culto de la masculinidad y de la violencia. En palabras del autor: «El culto de la sinrazón fue un elemento importante en movimientos aparentemente tan incompatibles como el modernismo abstracto y el fascismo» (p. 585).

En importante medida, los años de 1900 a 1914 fueron el fermento creativo de muchos de los logros y pesadillas del siglo XX. «Todo lo que en el siglo XX llegaría a tener importancia –desde la física cuántica hasta la emancipación de la mujer, desde el arte abstracto hasta los viajes espaciales, desde el comunismo y el fascismo hasta la sociedad de consumo, desde el asesinato industrializado hasta el poder de los medios de comunicación– ya había dejado improntas profundas en los años anteriores a 1914, de tal modo que el resto del siglo fue poco más que un ejercicio, alternativamente maravilloso y horrendo, consistente en desarrollar y explorar esas nuevas posibilidades» (p. 17). El inicio del siglo resultaba alentador para espíritus optimistas y maravillados de la ebullición cultural que les era dado presenciar; espíritus como Stefan Zweig, que en sus memorias -publicadas bajo el título de El mundo de ayer- daba fe del sentir de no pocos europeos cultivados: «Nunca quise más a nuestra vieja Tierra que en esos años antes de la primera guerra mundial; nunca abrigué más confianza en la unificación de Europa, nunca creí más firmemente en su porvenir que en aquel tiempo en que se tenía la sensación de distinguir una nueva aurora. Pero, en realidad, era el resplandor del incendio universal que se aproximaba».

Un período seminal que, por otra parte, guarda bastantes similitudes con el tiempo presente, afirma Blom. Ambas épocas se caracterizan por su índole abierta. Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, cundía en Europa una buena dosis de incertidumbre acerca del perfil del mundo en un futuro próximo. La caída de la Unión Soviética fue también la caída del esquema confrontacional a que se vio reducido el mundo en los días de la Guerra Fría; con todo, el enfrentamiento entre dos sistemas globales deparaba una serie de puntos de referencia. Hoy, el horizonte no parece estar muy claro.

Libro excelente, a mi entender, que combina la erudición con una prosa tan ágil como esmerada –se agradece la notable traducción-. Sólo reprocharía a la edición de Anagrama la deficiente calidad de muchas de las reproducciones fotográficas que pueblan sus páginas.

-Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1915. Anagrama, Barcelona, 2010. 679 pp.

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16 Respuestas a “AÑOS DE VÉRTIGO – Philipp Blom”

  1. Farsalia Dice:

    Magnífica reseña de un libro apasionante, aunque desigual. El interés con el que se leen los primeros capítulos, especialmente los cinco primeros. Luego, el libro adolece de un cierto desequilibrio, alternando buenos capítulos (el 7º, los Dreadnought, el Kaiser y Alemania) con algunos más confusos, para recuperar, en mi opinión, el pulso en los capítulos finales. La comparación con Barbara Thuchman es ineludible, aunque me parece que en el combate final gana la historiadora estadounidense por algo más que los puntos, sin llegar a ser un KO.

    Uno se pregunta, en cuanto a la edición (comparto las críticas por las pésimas imágenes interiores) por qué diablos se escogió la imagen de portada y no la de Jacques-Henri Lartigue que comenta Blom en el prólogo y le sirve de excusa argumental para echar la vista atrás y reevaluar los años previos al estallido de la Primera Guerra Mundial.

    Buen libro, con todo, magnífico en algunos de sus capítulos. Ya Blom deslumbró anteriormente con su libro sobre la Encyclopedie y promete con su próximo obra, que esperamos que se traduzca pronto: A Wicked Company: The Forgotten Radicalism of the European Enlightenment (2010).

  2. ARIODANTE Dice:

    Excelente, excelente reseña, Rodri: iEnhorabuena! me ha encantado su lectura y creo que el libro me encantaría. Quizás me plantee conseguirlo. Digo “quizás” por el estado de mi pila e pendientes, no porque dude del interés del libro. Conforme iba leyendo me iba planteando ¿no vivimos tiempos semejantes? Salvando las distancias, desde que se masificó internet, la telefonía móvil, las últimas generaciones de ordenadores, etc.el ritmo del avance científico es vertiginoso, y la velocidad de las comunicaciones nos ha cambiado el mundo. Y por otra parte, esa emergencia del irracionalismo, o del anti-racionalismo, es también muy vigente, desde finales del siglo pasado…No sé, veo como si el autor hubiera puesto un espejo donde las características de ambos comienzos de siglo se parecen. Esperemos que no llegue el parecido a las grandes guerras, que ya tenemos bastante con todas las que hay actualmente.

  3. cavilius Dice:

    No sé por qué, pero me he acordado de un documental que vi por la tele hace muchos años sobre los tiempos del cambio de siglo más o menos. Recuerdo que hablaron de que cuando aparecieron por primera vez coches capaces de alcanzar los 40 km/h, los periódicos de la época se preguntaban horrorizados si el organismo humano estaba preparado para soportar semejantes velocidades.

  4. Rodrigo Dice:

    Ambos libros son estupendos y se complementan muy bien. Puestos a elegir… Gustándome el de Barbara Tuchman, prefiero con ventaja el de Philipp Blom. No le he encontrado punto alguno de confusión y me seduce más por su énfasis en lo cultural: los mejores momentos (si cabe, en un libro que carece de altibajos) los proporcionan los capítulos en que Blom hace el retrato cultural y social de la época; son, a mi modo de ver, los que mejor plasman el vértigo de los cambios. Barbara Tuchman se centra más bien en lo político, un enfoque útil y necesario pero, considerando la época tratada, no me interesa tanto. (Por lo mismo es que la lectura de “La torre de orgullo” me resultó a ratos farragosa y aburrida, con todo y escribir tan bien su autora.)

    Precisamente, Ario, Blom esboza un somero paralelismo entre ambas épocas, haciendo hincapié en la sensación de incertidumbre e inquietud que preside la experiencia vital de muchas personas. Y, ¿qué hay del optimismo con que empezaba el siglo XX? Aquí es donde percibo la mayor diferencia. A estas alturas sabemos que la ciencia no es la panacea prometida por el racionalismo, y de las utopías sociales y políticas, ni hablar.

  5. Rodrigo Dice:

    He leído algo sobre eso, Cavilius. Creo recordar que el límite de velocidad estimada como razonable para la salud era incluso inferior, unos 30 km/h o algo así.

    Pensar que hay aviones que han volado a una velocidad de Mach 3, tres veces la velocidad del sonido… Poco más de 3600 km/h: una locura.

  6. Farsalia Dice:

    Precisamente son los capítulos dedicados a la sociedad y cultura entre 1890 y 1914 los que más me gustaron del libro de Tuchman; entre los capítulos que recuerdo con muy buenas sensaciones destacaría el de Strauss y Stravinski. En cambio, el capítulo de Blom dedicado al grupo de Virginia Woolf (el 11º), se me hizo más… no sé, pesado. Quizá por las expectativas despertadas por los primeros capítulos de Blom. Es cierto que son los capítulos culturales de Blom los que reflejan esa sensación de “vértigo” de la época, pero no me sentí tan cómodo en esas páginas como, por ejemplo, en el capítulo sobre Curie, Einstein y Rutherford (cap. 4º).

  7. ARIODANTE Dice:

    Ah, pero…¿dedica un capítulo al grupo de Bloomsbury? Y resumiendo, ¿qué dice de ellos?

  8. Rodrigo Dice:

    Más bien se trata de un capítulo sobre la revolución en las artes, el que arranca con Virginia Woolf refiriéndose -en conferencia pronunciada en 1923- a las enormes dificultades que la literatura contemporánea enfrentaba para captar y transmitir el cambio que se había producido en la naturaleza humana, cambio que ella fechaba arbitrariamente en 1910. A partir de este detalle, anécdota si se quiere, Blom estudia el fenómeno de las vanguardias artísticas (en literatura, música, danza y pintura), en un capítulo que a mí me ha parecido brillante.

  9. Rodrigo Dice:

    La cabecera es excelente, por cierto. Demuestra por parte de Nuru o Javi mucho más tino que el de la gente de Anagrama (lo que refiere Farsalia).

  10. Javi_LR Dice:

    Nuru, Nuru… Es un hacha y un lujo, la verdad.

  11. Galaico Dice:

    Rodrigo, más que una reseña parece una editorial publicada por cualquiera de los afamados columnistas que hay hoy en día en nuestra prensa escrita. Cualquiera diría que lo que estuve leyendo se refería a la llamada Belle époque. Te has lucido, cronista. Bloom parece otro adelantado a sus tiempos y predijo y acertó de pleno d todo lo que consumimos hoy día. Me recuerda, salvando las distancias, claro está, al propio Julio Verne, que en sus libros nos dio a conocer aparatos acuáticos o aéreos que en su época era impensable que pudiesen existir y hoy día existen, como el submarino, por ejemplo. Nos has regalado una crónica excelente. Felicidades.

  12. asiriaazul Dice:

    Gran reseña Rodrigo,para un libro que pinta muy pero que muy interesante.Apuntado queda.

  13. ARIODANTE Dice:

    Suscribo lo de la cabecera!

  14. Rodrigo Dice:

    Gracias.

    Las felicitaciones para Nuru, entonces. Esperaba justamente que acertase con la foto de Lartigue.

  15. Iallans Dice:

    Estimado y admirado Rodrigo:

    No hemos podido leer todavía el libro que reseñas, estamos empezando el de Fiin de Siècle Vienna de Carl E. Schorske, en el que creo que Philipp Blom se ha inspirado para estructurar su ensayo.

    En relación con lo apuntas en tu reseña, queremos aportar dos ideas contrarias a algunas tesis de Blom:

    1) Es cierto que hay determinadas ideas del siglo XX que ya estaban en la Belle Epoche, pero eso ocurre siempre. Hay ideas del romanticismo que ya estaban en la Ilustración etc. Pero esas ideas sufren un corte traumático con la I Guerra Mundial y tienen un desarrollo brusco en el siglo XX. El nacionalismo, por ejemplo, ya existía en la Belle Epoche, pero no se hubiera desarrollado como lo ha hecho de no haber sido por los Tratados de Paz tras la I GM. Dichos Tratados se hacen imponiendo la idea del Estado nación…Lo mismo se puede decir con el psicoanálisis, el surrealismo y el dadaísmo, el feminismo etc.

    2) Es un tópico o un comodín decir que era una época dorada sólo para la clase privilegiada. Eso vale para todas las épocas. En el Siglo de Oro, en los años 60…Muchos intelectuales cometen el error de hablar como si hoy en día no hubiera pobres o no existiera África. Es más, hoy en día con el progreso técnico es menos justificable la miseria que en épocas pasadas.

    Saludos y volveremos a decir algo tras leer el libro

  16. Rodrigo Dice:

    ¿Corte traumático? No sé… tal vez sea más correcto entender a la PGM como un detonante, o como el acelerador de ideas e impulsos germinados en los años previos. Las vanguardias artísticas como las que señalas, Iallans, no surgen de la nada sino que avanzan por el sendero del rupturismo y la innovación radical abierto por los vanguardistas que los precedieron. Otro tanto puede decirse de los movimientos culturales y sociales en general.

    En cuanto a lo segundo: es que no se trata tanto de una cuestión de clases como de percepciones, de estados de ánimo y de atmósferas culturales. Barbara Tuchman alude a las clases privilegiadas, es cierto, pero el acento lo pone en la sensación de confianza, inocencia, paz y seguridad que posteriormente se atribuyó al período. Que existían esas cualidades no lo niega la historiadora, pero de ahí a volverlas predominantes hay un buen trecho. En Blom la idea es similar, y lo que este autor postula es que la sensación de vivir una era de relativa seguridad y solidez se confundía con un sentimiento de angustia y de inestabilidad, todo asociado con la percepción de la aceleración del ritmo de vida y con el vértigo del cambio. Y era algo que no excluía a los estamentos privilegiados, al contrario. De hecho, la llamada Belle Époque bullía en ideas de decadencia y de precariedad de la civilización occidental, lo que no condice demasiado con la idealización posterior. En ambos historiadores, y esto no es privativo de ellos puesto que se lo encuentra en otros autores, lo esencial es que el recuerdo de la época estuvo embellecido y distorsionado por el choque traumático de la PGM.
    Saludos.

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