AL SERVICIO DEL REICH – Philip Ball

9786077711025El caso de los físicos en la Alemania del Tercer Reich ilustra la realidad del nexo entre ciencia y política, dejando en evidencia la idea de la neutralidad del quehacer científico como una simple quimera, un mito. En el propio seno de la física alemana hubo los que, suscribiendo corrientes ideológicas por entonces en boga –pero también llevados de oscuras motivaciones personales-, trazaron un descabellado contraste entre “ciencia aria” y “ciencia judía”, plegándose con toda coherencia no sólo a los presupuestos doctrinarios del nazismo sino también al ascenso de este movimiento al poder. El mismo caso ilustra, además, la condición indeclinable de la responsabilidad ética y social de la labor científica, ostentosamente preterida por la generalidad de los físicos alemanes durante el régimen hitleriano. Lo extremo del contexto histórico no merma la ejemplaridad del episodio, antes bien pone de relieve algunas de las facetas más importantes de la interacción entre ciencia y política, la que, con una mezcla de idealismo, ingenuidad y arrogancia, solía ser tajantemente negada por científicos e ideólogos alemanes de dudosa inspiración. Cabe señalar que no solo en Alemania hallaba partidarios la imagen de una ciencia abstracta, exenta por su propia naturaleza de los azares de la contingencia social (lastre eterno de las humanidades y las ciencias sociales, fuente de su inherente imperfección); pero en ningún otro país generaba la misma una tan extendida conformidad, tanto que podría calificársela de unánime y absoluta si no hubiese descollado un Albert Einstein como insoslayable excepción. Precisamente, su voluntad de romper con el alardeado apoliticismo del hombre de ciencia alemán le granjeó a Einstein el recelo de muchos de sus compatriotas, especialmente entre los miembros del estamento científico; para los más recalcitrantes, su renuencia a acomodarse al arquetipo del científico apolítico no era sino una prueba más de su falsa “alemanidad”, cargo indisociable –según los recalcitrantes- de su condición de judío. También es de destacar que los alemanes no percibían contradicción alguna entre el supuesto apoliticismo del científico y su deber de servir a los intereses del país, un principio que se asumía como irrenunciable cualquiera fuera el régimen de turno; el trasfondo de este imperativo era un nacionalismo –no mero patriotismo, sino nacionalismo- que no admitía fisuras, capaz como tal de excusar la adhesión acrítica e incondicional al poder: una forma de claudicación de la libertad personal que es en sí todo política, política muy concreta y en la más vil de sus manifestaciones, la de la servidumbre voluntaria. 

En su libro Al servicio del Reich, el polifacético investigador y divulgador Philip Ball (químico y doctor en Física de nacionalidad británica) estudia el desempeño de los físicos en la Alemania del Tercer Reich desde el punto de vista de la ética y la política, y lo hace bajo la premisa de que la ciencia no es por sí misma ajena al entorno social. Ball, para decirlo de una vez, denuncia la idea del apoliticismo del hombre de ciencia como un dogma carente de asidero, exponiendo el caso de los físicos alemanes como un ejemplo de transgresión de la responsabilidad ética y social del científico. Aunque contempla la actuación de buena parte de los más reputados físicos alemanes de la época –y aun para oídos profanos constituye una lista resonante por la cantidad e importancia de los nombres, muchos de ellos galardonados con el Premio Nobel-, Ball se sirve de tres personalidades como eje de su pesquisa: Max Planck, Werner Heisenberg y el holandés Peter Debye, quien consumó lo medular de su carrera profesional en Alemania. En la luz o en la sombra, Einstein hace las veces de contrapunto, junto con Max Laue. Acaparando la vertiente más sórdida de esta historia figuran Philipp Lenard y Johannes Stark, dos individuos resentidos que abominaban de Einstein y la teoría de la relatividad y que encabezaron el movimiento de la Deutsche Phisyk, orientado a depurar la “física aria” de lo que tenía por perniciosa influencia judía.

Hurgando concienzudamente en la trayectoria de estas gentes, Ball delinea un panorama de difundida pasividad y obsecuencia en el ámbito de lo público, sólo desmentido por el sórdido espectáculo de los físicos alineados con los nazis. No sorprende un cuadro como este dada la abundancia de indicios sobre la peculiar idiosincrasia de la Alemania de entonces, que no cultivaba un sincero aprecio de los valores democráticos ni digería bien la protesta libertaria. (Por de pronto, el sociólogo Eugen Kogon, que sobrevivió a un prolongado confinamiento en el campo de Buchenwald, sostuvo que los principios constitutivos de la democracia no representaban un problema capital para sus compatriotas.) El silencio de los científicos ante la segregación de sus colegas judíos por la legislación nazi es apenas un capítulo más dentro de una historia de aquiescencia y complicidad pasiva, cuando no de plena aprobación. En lo que viene a confirmar el cuadro de sumisión a la autoridad y veneración abstracta del poder, fenómenos consubstanciales a lo que otrora fuera la cultura política alemana, la indagación de Ball arroja unas cuantas pistas, sobremanera estimables por su referencia a un sector distinto del de los pensadores, los escritores y los artistas (de cuyo papel en los días del régimen nazi suele saberse más).

Una muestra de la docilidad con que la comunidad científica encajó el severo perjuicio ocasionado por la legislación antisemita es la actitud de Max Planck, cuyo prestigio desbordaba largamente los márgenes de la academia. Para él, declarar públicamente su oposición a las medidas del régimen era por completo inconcebible; cuestionar las decisiones del gobierno, por injustas que fuesen, era ajeno no solo a su carácter sino también a su estándar de valores. En su calidad de referente supremo de la física germana, el ejemplo de Planck arrastró a sus colegas y desincentivó a los pocos que insinuaron alguna intención de protesta (como le ocurrió a Otto Hahn, quien fue directamente disuadido por Planck). Sobre la paupérrima reacción de los físicos ante la institucionalización de la arbitrariedad planeaba un rasgo característico de la mentalidad alemana: un legalismo ciego a los fundamentos éticos de las normas estatuidas, de tal suerte que a la ley había que obedecerla simplemente porque emanaba de la autoridad constituida, porque estaba revestida de la correspondiente formalidad. Resumiendo su idea del deber cívico, la respuesta de Planck a las quejas de Lisa Meitner, despedida por ser judía, fue la siguiente: “¿Qué puedo hacer? Es la ley”. Rebelarse ante la injusticia de la ley no era un concepto que tuviese sentido para los alemanes.

Otro rasgo decisivo es uno que arraiga en el tradicional idealismo alemán, que enaltece una autonomía de pensamiento individual desvinculada de la acción exterior, especialmente la que se realiza en el terreno de la política. De acuerdo a esto, el alemán arquetípico podía sentirse justificado en su servil entrega a la autoridad –proverbialmente despótica en la historia nacional- aduciendo una libertad interior que ninguna disposición gubernamental podía menoscabar, con mayor razón cuanto que la política era extraña a todo cuanto concerniese a la vida moral del individuo. El disenso o la franca insubordinación suponían no solo interferir en un área en que la legitimidad y las prerrogativas del Estado eran incuestionables, sino exponerse además a un serio riesgo de corrupción espiritual. Esta aberrante forma de pensar hacía del llamado “exilio interior” la respuesta idónea a situaciones extremas como la de los años del nazismo triunfante, y en la posguerra hubo los que arguyeron su condición de exiliados interiores (desde cualquier punto de vista, perfectas nulidades políticas) para demostrar su falta de complicidad con el Tercer Reich. Al mismo tiempo, explica el desprecio de muchos alemanes hacia los que se exiliaron de verdad, y no sólo se exiliaron sino que desde el exterior se opusieron al régimen nazi, tal como hiciera el célebre Thomas Mann; a ojos de una porción de sus compatriotas, el escritor se había vuelto un renegado de la cultura alemana.

La moral parecía competir exclusivamente al ámbito de lo privado, mientras que el espacio de lo público era un dominio soberano de la autoridad estatal. Libros como Aquellos hombres grises (Christopher Browning) y Soldados del Tercer Reich (Sönke Neitzel y Harald Welzer) muestran la sistemática disociación practicada por los alemanes corrientes entre su integridad moral y su deber como soldados o como agentes del Estado. (Recordemos, de paso, la pertinente observación de Sebastian Haffner: “El valor cívico, es decir, el arrojo necesario para tomar decisiones autónomas y actuar según la propia responsabilidad, es ya de por sí una rara virtud en Alemania […]. Y es una virtud que abandona por completo al alemán cuando éste lleva uniforme”.) Cuando manifestaban algún rechazo de acciones del tipo de las matanzas colectivas de civiles, lo hacían motivados no por escrúpulos morales –más bien pasaban por alto la índole criminal de tales acciones- sino por simple repugnancia física, o porque los métodos empleados eran indecorosos. Para estos soldados y policías, expresar un cierto grado de desacuerdo era una forma de preservar la propia decencia, mientras que el sentido de lo que ocurría y de lo que eran partícipes –ni hablar de su materialización- permanecía intacto. Por su parte, en el campo de la ciencia no había vidas en juego, mas sí se detecta una casi total ausencia de motivación moral para los ocasionales gestos de disconformidad respecto de las políticas gubernamentales. Si los físicos solidarizaban con sus colegas judíos, tibiamente las más de las veces, no era por la iniquidad inherente a su expulsión de las universidades y centros de investigación sino porque semejante medida contravenía la honra profesional y por su inconveniencia práctica, vista la pérdida innecesaria de talentos. Recusar la legitimidad de la exclusión, aludir siquiera a lo perverso de la misma: esto estaba fuera de discusión.

Entre los testimonios reproducidos en Soldados del Tercer Reich destaca el de cierto oficial de aviación que confesó no envidiar la libertad de estadounidenses y británicos; él prefería con mucho la libertad de seguir a su Führer. Esta declaración de amor de la esclavitud es sintomática de toda una atmósfera espiritual, de una muy específica mentalidad. En lo tocante a la ciencia, la pretensión de que se hallaba por encima de los vaivenes del entorno social resultó ser simple autocomplacencia, la que derivó en la renuncia de su autonomía y de su responsabilidad moral por el estamento científico. Por más que Ball no haga de los físicos alemanes de entonces unos villanos, no puede sino emitir un veredicto negativo con respecto a su actuación. «Mientras que hubo líderes religiosos, escritores y artistas, industriales y políticos alemanes que mostraron una fuerte oposición al gobierno nazi a un gran coste personal, sacrificando a veces la propia vida, nada parecido podemos encontrar en la ciencia alemana».

– Philip Ball, Al servicio del Reich. La física en tiempos de Hitler. Turner, Madrid, 2014. 354 pp.

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3 Respuestas a “AL SERVICIO DEL REICH – Philip Ball”

  1. Franku Dice:

    no me gusto el final, me dejo mucha intriga

  2. Arturus Dice:

    Estupenda reseña, Rodrigo, un libro a tener en cuenta.

  3. Rodrigo Dice:

    A tener en cuenta, claro que sí. El libro cubre una faceta quizá secundaria pero reveladora de la atmósfera moral y las dinámicas sociales que propiciaron la consolidación del nazismo. Y, como sugiero en la reseña, el abandono de sus colegas judíos por los físicos alemanes es solo uno de los cargos que cabe imputar al gremio.

    Muchas gracias, Arturus.

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